"La gracia me llegó en forma de gato"
Por Juan Gelman
“La gracia me llegó en forma de gato”, anotó William Burroughs en sus diarios finales; especialmente en forma de Riski, su preferido. El ídolo de los beatniks quería bastante menos a los seres humanos, pensaba que el amor “es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo que ha sido sistemáticamente vulgarizada y degradada por el virus del poder”. Estos diarios no son el canto del cisne de un gran heterodoxo: más bien dan testimonio de las imposiciones de la vejez, como “Qué es el mundo”, el poema que Beckett escribiera un año antes de morir. El título de los diarios, publicados en el 2000, es sin duda adecuado: “Last words”. Hace además referencia a la fascinación del autor de El almuerzo desnudo por el delirio terminal del gangster Dutch Schultz –rigurosamente transcripto por un taquígrafo de la policía– que lo llevó a crear un guión cinematográfico sobre el tema. Felinos aparte, en estas páginas abundan otras entidades no humanas, demonios, extraterrestres que él no ve y espíritus de diversa especie que sí ve.
“Una vez pregunté en un sueño a un espíritu maligno italiano ‘¿quién eres?’ Y él se reía y se reía, y siguió riéndose en una laguna oscura de mármol contra un decorado italiano y era deliciosamente maligno”, apunta quien compusiera Yonquis, ese cuasi tratado sobre la drogadicción. Burroughs había regresado a la ingesta de drogas a los 63 de edad, luego de 18 años de abstinencia. James Grauerhotlz, editor y prologuista de los diarios, describe la vida cotidiana de Burroughs entonces y hasta su muerte en 1997. Habitaba una cabaña de dos ambientes en Lawrence, Kansas, con rosales en el porche y una etiqueta en la puerta que informaba de la presencia de gatos en el interior que debían ser salvados en caso de emergencia. Comenzaba la mañana con una inyección de metadona y un desayuno suculento. Después de mediodía practicaba tiro al blanco con pistola y cuchillo. El tiempo de los tragos llegaba a las 15.30 en punto y solía trabajar en sus diarios hasta la cena con amigos. Se acostaba a las 9 de la noche, no sin antes hacer una ronda alrededor de la cabaña pistola al cinto.
Burroughs había cambiado. Atrás quedaban las larguísimas tenidas de droga y alcohol. En una de ellas –es notorio– mató a su mujer cuando trataba de partir con un tiro la manzana que ella tenía sobre la cabeza. Sucedió en México y en estos diarios afirma que equivocó el disparo porque estaba poseído por “El Espíritu Feo”. Consigna que se comunica con los muertos, fabrica conjuros, opera una “máquina deseante” que le permite el acceso a una suerte de soñar despierto, reconoce espíritus que lo protegen y demonios que lo asaltan. Estos raptos de ocultismo y magia negra alternan con las expresiones de odio que propina a humanistas negadores de otras dimensiones y a la irracionalidad de un mundo que usa el disfraz de la razón. Burroughs tenía conciencia plena de los campos de concentración, del racismo y la censura, de las seguridades que deshumanizan. Su obra, como la de Daumier o Goya, es una sátira violenta contra el autoritarismo y una parodia de los amantes y ocupantes del poder.
Burroughs precisó estas posiciones en una entrevista radiofónica que Eric Mottram le hiciera para la BBC de Londres en 1964 con motivo de la prohibición de sus libros. “El virus del poder –dijo el autor de Nova Express– se manifiesta a sí mismo de muchas maneras. En la construcción de armas nucleares, en prácticamente todos los sistemas existentes que procuran anular la libertad interior, es decir, controlarla. Se manifiesta en la extrema sordidez de la vida diaria en los países occidentales. Se manifiesta en la fealdad y la vulgaridad que vemos en las personas y se manifiesta, por supuesto, en las enfermedades causadas por el virus. Por otra parte, los que resisten están en todas partes, pertenecen a todas las razas y naciones. El que resiste puede ser definido simplemente como un individuo que tiene conciencia del enemigo, de sus métodos operativos, y que está empeñado activamente en combatir a ese enemigo.” Bush hijo incluiría a Burroughs en la lista de terroristas más buscados.
La escritura de estos diarios es similar a la de sus novelas, en las que se entrecruzan sueños, fragmentos de relatos en borrador, citas propias y de otros autores, frases de periódicos y revistas, versos de viejas canciones, ideas que aparecen al correr del pensamiento, párrafos de cartas a los amigos carentes de todo contexto personal. Es la técnica del “cut-up” –“cut and paste”, se diría en lenguaje cibernético– o del collage, tan empleada en la pintura. Burroughs grababa al azar ese material aparentemente inconexo, escuchaba luego la cinta y la detenía en un punto para pasar a máquina una frase o varias. El segundo paso consistía en componer un texto doblando una de las páginas mecanografiadas e instalando la mitad en otra página “con la intención de alterar y expandir estados de conciencia en uno mismo y también en los lectores”. Decía que las palabras “están vivas como animales, no les gusta que las enjaulen. Corten las páginas y dejen a las palabras en libertad”.
La obra de Burroughs fue muy criticada y aun atacada –censurada además– por su exposición sin tapujos del sexo, el alcoholismo y la drogadicción. Anthony Burgess fue uno de los pocos que descubrieron muy temprano su naturaleza innovadora: “Si algún escritor hay que puede reanimar una forma agotada y mostrarnos lo que todavía es posible hacer con una lengua que Joyce pareció exprimir hasta dejarla seca, ése es William Burroughs”. El que amaba a los gatos.
Lo vi en un encuentro internacional de poesía que tuvo lugar en Roma a fines de los años ‘70. Menudo, delgado, con sombrero panamá, impecable traje gris, camisa blanca, corbata al tono y coca-cola en mano, pasaba entre los asistentes de manera inadvertida, casi sigilosa. Recordé las impresiones de Paul Bowles cuando en 1961 Burroughs lo visitó en su lecho de enfermo en Tánger: “Su figura era tan tenue que su presencia en la habitación era incierta”.
Fuente: Página 12, 04/01/04
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William Burroughs: el ciudadano de la noche roja
Poquísimas personalidades fuera de la esfera musical ejercieron tanta influencia sobre el rock como el novelista William Burroughs. Un outsider provocador y controvertido, que vivió el R&R Way of Life años antes de que siquiera se inventara esa música, y que existió en los bordes de la sociedad en una niebla de drogas, armas y violencia, permaneciendo como el santo patrono de la vanguardia hasta el día de su muerte. Su obra combina la fuerza visionaria con la sátira libertaria; en lo formal, se caracteriza por el uso de técnicas innovadoras como el montaje, el collage, la escritura automática y el libre fluir de la conciencia. Y además, esta especie de profeta bíblico en ácido tuvo el mérito de ser muy bien leído por gente como Bob Dylan, John Lennon, Frank Zappa, Lou Reed, Tom Waits, William Gibson, Bruce Sterling, Joaquín Sabina o el Indio Solari...
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"QUE SE OIGAN EN TODAS PARTES MIS ÚLTIMAS PALABRAS. QUE SE OIGAN EN TODOS LOS MUNDOS MIS ÚLTIMAS PALABRAS. OIGAN TODOS USTEDES, SINDICATOS Y GOBIERNOS DE LA TIERRA. Y USTEDES AUTORIDADES QUE APAÑAN NEGOCIADOS INMUNDOS CONCERTADOS VAYA UNO A SABER EN QUÉ LETRINAS PARA APODERARSE DE LO QUE NO ES DE USTEDES. PARA VENDER EL SUELO BAJO LOS PIES DE LOS QUE NO NACERÁN - (...) ¿TIEMPO PARA QUÉ? ¿PARA MÁS MENTIRAS? ¿PREMATURO? ¿PREMATURO PARA QUÉ? DIGO A TODOS QUE ESTAS PALABRAS NO SON PREMATURAS. ESTAS PALABRAS PUEDEN SER DEMASIADO TARDÍAS. FALTAN MINUTOS. MINUTOS PARA EL OBJETIVO ENEMIGO – (...) MENTIROSOS COBARDES COLABORACIONISTAS TRAIDORES. MENTIROSOS QUE QUIEREN MÁS TIEMPO PARA MÁS MENTIRAS. (...) PARA ESO HAN VENDIDO USTEDES A SUS HIJOS. HAN VENDIDO EL SUELO BAJO LOS PIES DE LOS QUE NUNCA NACERÁN. (...) REÚNAN EL ESTADO DE LAS NOTICIAS - INVESTIGUEN DESDE EL ESTADO HASTA EL AUTOR - ¿QUIÉN MONOPOLIZÓ TIME LIFE Y FORTUNE? ¿QUIÉN LES QUITÓ LO QUE ES DE USTEDES? ¿LO DEVOLVERÁN TODO AHORA? ¿ALGUNA VEZ HAN DADO ALGO A CAMBIO DE NADA? ¿ALGUNA VEZ HAN DADO ALGO MÁS DE LO QUE TENÍAN PARA DAR? ¿ACASO NO HAN VUELTO A APODERARSE DE LO QUE HABÍAN DADO CADA VEZ QUE HA SIDO POSIBLE Y SIEMPRE LO HA SIDO? (...)" (Expreso Nova, 1964)
William Seward Burroughs nació el 5 de febrero de 1914 en San Luis, Missouri, en el seno de una familia acomodada del Medio Oeste norteamericano (era nieto del fundador de la compañía de máquinas de oficina Burroughs Adding Machine, y su madre estaba emparentada con el general Lee, jefe de los ejércitos confederados durante la Guerra de Secesión). De chico ya leía las obras de poetas malditos como Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire y William Blake; luego estudió literatura inglesa en Harvard, medicina en Viena, antropología en México, viajó por América y Europa y continuó ampliando el universo de sus lecturas (Jung, Wilhelm Reich, Korzibsky, Joyce, Spengler, L. Ron Hubbard, Kafka, Nietzsche, Zoroastro, El Libro Tibetano de los Muertos, el Tao Te King, los Upanishads).
Pero el joven Burroughs estaba fascinado por las armas y el submundo del delito, y terminó rechazando una a una todas las convenciones de la clase a la que pertenecía. Cierto: por un buen tiempo vivió de la fortuna de sus padres, pero su vida y obra posteriores demuestran acabadamente que era bastante más que un mero burguesito rebelde hijo de mamá...
Tras ocuparse en varios oficios (periodista, exterminador de cucarachas) y un breve paso por el Ejército, se radicó en Nueva York, donde medró en la clandestinidad de los homosexuales y los drogadictos de la época. Hacia 1944 conoció allí a las futuras figuras de la Generación Beat como Jack Kerouac, Allen Ginsberg y Lucien Carr, así como a quien luego sería su esposa, Joan Vollmer, con la que se casó en 1946 tras divorciarse de su primera mujer (una refugiada alemana de origen judío, con la que se había casado con el solo fin de asegurarle un permiso de residencia en Estados Unidos). La amplitud de su cultura y bagaje de experiencias fueron en extremo inspiradoras para el resto del grupo.
A pesar de ser mayor que los demás, Burroughs todavía tenía que comenzar a escribir, como ya Kerouac y Ginsberg habían hecho. Finalmente completó "Junkie", editada en 1953, una historia autobiográfica sobre su adicción a la heroína, firmada con el seudónimo de William Lee y publicada por Ace Books, donde refulgen sentencias como "He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar: es una manera de vivir". "Queer" ("raro"), un examen de su homosexualidad igualmente descarnado, fue rechazado por el editor y no salió a la luz pública por décadas.
A principios de los años '50 Burroughs, perseguido por las autoridades antinarcóticos, debió emigrar con su familia a México. Allí, intentando impresionar a sus amigos con sus habilidades como tirador, le pidió a Joan que participara en una prueba al estilo de Guillermo Tell; un tiro fallido mató a la Vollmer y lo obligó a huir por medio planeta, tras ser acusado de homicidio involuntario. Burroughs terminó estableciéndose en Tánger, Marruecos.
En una biografía publicada en 1982 ("Literary outlaw", o "forajido literario") Burroughs formula la terrible declaración de que fue el asesinato de su esposa lo que lo convirtió en un escritor serio. "Me vi forzado a extraer la espantosa conclusión de que nunca me habría convertido en escritor de no ser por la muerte de Joan, y a comprender la magnitud hasta la cual tal evento ha motivado y formulado mis escritos. Vivo con la constante amenaza de la posesión, y una constante necesidad de escapar de la posesión, del Control. Entonces la muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, el Espíritu Feo, y me llevó a una vida de lucha en la que no tuve otra elección que abrirme camino escribiendo".
Tras el éxito de sus respectivos "En la carretera" y "Aullido", tanto Kerouac como Ginsberg se habían convertido en celebridades, y con la Generación Beat en su esplendor, rastrearon a William Burroughs hasta África, encontrándolo hundido en su adicción, aunque todavía capaz de escribir brillantes fragmentos de prosa experimental. Kerouac comenzó a tipear el material e incluso le dio un título, "The naked lunch" ("el almuerzo desnudo").
Como casi toda su obra, es de difícil lectura de corrido. (“No pretendo imponer relato, argumento, continuidad... En la medida en que consigo un registro DIRECTO de ciertas áreas del proceso psíquico, quizá desempeñe una función concreta... no pretendo entretener”). Empero, la prosa de Burroughs es extrañamente sugestiva, casi hipnótica, e increíblemente poderosa. "El almuerzo desnudo" es un registro descarnado de la manera en que funciona (o no) la mente de un adicto. Burroughs usa técnicas de escritura no convencionales para pintar la historia (hasta donde hay una historia) de un mundo subterráneo enfrentado a una sociedad tecnológica autodestructiva. A la vez fue saludado como prueba de un genio literario y desechado como basura indescifrable, porque la novela fue escrita fuera de todo estándar de la prosa narrativa, con abruptas transiciones de sentido, capítulos en orden aleatorio, largas digresiones guiadas por el libre flujo de la conciencia, extrañas construcciones gramaticales y palabras inventadas pero de poderosa sonoridad, porque, como él afirmara: "las palabras son una manera de hacer las cosas con rodeos, como si avanzáramos en un carro tirado por bueyes... son instrumentos torpes que finalmente serán dejados de lado".
Y Burroughs no sólo despedaza el lenguaje: también lo hace con la hipocresía de la moral burguesa, la manipulación de los grandes medios de comunicación, la criminalización de las drogas como medio para implantar el control gubernamental de la vida privada de los ciudadanos, la prepotencia imperial de la política exterior de su país. Su anarquismo extremo era una forma de individualismo radical muy norteamericana: tampoco le resultaban simpáticos los regímenes socialistas.
Tras un exitoso tratamiento contra su adicción y la publicación de "El almuerzo desnudo" en 1959, Burroughs se convirtió en una celebridad. La novela, que sufrió un proceso por obscenidad del que resultó absuelto y fue un hito en la defensa de la libertad de expresión, permanece aún hoy como su libro más conocido e influyente.
LA TÉCNICA DEL CUT-UP
"Brion Gysin fue el principal instigador de los 'cut-ups' [algo así como "corte"]. Emergen nuevas palabras y nuevos significados: al cortar palabras, nuevas palabras aparecen, a veces la palabra justa. Es un proceso de expansión de la conciencia. (¿Cuán aleatorio es el azar?). Cada vez que se mira por la ventana, se camina alrededor de la casa o se anda por cualquier calle, el fluir de la conciencia es interrumpido por palabras e imágenes aparentemente al azar".
En 1959, el artista plástico Brion Gysin le comentó a Burroughs que "la literatura estaba cincuenta años atrasada con respecto a la pintura". Le sugirió, siguiendo el ejemplo de movimientos de vanguardia como los dadaístas y los surrealistas, que usara técnicas de collage en su escritura. Burroughs y Gysin experimentaron con montajes de texto e imágenes, por ejemplo, superponiendo discursos presidenciales y fragmentos de Rimbaud o Shakespeare. Burroughs había utilizado sin saberlo la técnica del cut-up en "El almuerzo desnudo", pero el comentario de Gysin lo liberó de sus prejuicios y lo invitó a continuar experimentando.
Dijo el crítico Robin Lydenberg: "en lugar de licuefacción condensada en una sola imagen, Burroughs crea una aleatoria, infinita variedad de implosiones y explosiones, el ritmo pulsante mismo de la vida". Esto es, una manera de expresar múltiples visiones por medio de la mezcla de hechos disparatados, ciencia ficción e imaginería para hallar puntos de convergencia que antes estaban escondidos. Un ejemplo en la red de su prosa, de los menos abiertamente "experimentales": http://www.apocatastasis.com/almuerzo-desnudo-naked-lunch.htm
DESPUÉS DEL ALMUERZO...
... Burroughs continuó editando libros. En 1961 salió "La máquina blanda", primer resultado de la aplicación de la técnica del cut-up; un año después salió "El tiquet que explotó"; en 1963, un volumen de su correspondencia con Allen Ginsberg, "Cartas del yage". (La amistad y colaboración literaria con el poeta sobrevivió a la ruptura de su relación sentimental; Ginsberg lo echó con una memorable frase, gritada en plena calle en Nueva York: "no quiero tu asquerosa pija").
Tras "Expreso Nova" (1964) grabó el disco "Call me Burroughs", una colección de lecturas de materiales de "El almuerzo desnudo" y "La máquina blanda".
En 1971 apareció " The wild boys: a book of the dead", y en 1973, "Exterminator!". En colaboración con John Giorno editó sus discos "Nothing here now but the recordings" (1975) y "You're the guy I want to share my money with" (1981). En ese año se radicó en Lawrence, Kansas, y salió su libro "Cities of the Red Night".
Su estilo había cambiado. Como él mismo dijera: "creo que Finnegan`s Wake ejemplifica muy bien la trampa en que puede caer la literatura experimental cuando se convierte en puramente experimental. Yo he ido así de lejos en algunos experimentos concretos y luego he retrocedido; es decir, ahora vuelvo a escribir narrativa lineal puramente convencional, pero aplicando lo que he aprendido con el cut-up y con las otras técnicas a los problemas de la escritura convencional”.
A fines de los '80 era una especie de ícono pop, un oscuro símbolo de la sordidez de lo dionisíaco. Un papel secundario en 1989 en "Drugstore Cowboy", de Gus Van Sant, le dio su mayor exposición a la luz pública. En 1991 el cineasta canadiense David Cronenberg filmó "El almuerzo desnudo", en realidad un collage expresionista que tomaba elementos de la vida real de Burroughs (la muerte de su esposa, su relación con Ginsberg y Kerouac, circunstancias de su exilio en Tánger), tanto como de "El almuerto desnudo", "Exterminador" y "Junkie" (de hecho, el personaje principal de la película se llama William Lee, como el seudónimo que usara Burroughs). Cronenberg fue lo suficientemente inteligente como para no intentar una traducción automática del libro, sino que trató de asimilar las obsesiones del viejo Bill y expresarlas en el lenguaje del cine, algo que logra en buena medida. Cronenberg dijo en una oportunidad que una adaptación literal "duraría cuatro horas, costaría 90 millones de dólares y sería prohibida en cada país de la Tierra".
En 1990 salió "Dead City Radio", una colección de lecturas respaldadas en la música de, entre otros, Sonic Youth, John Cale y la Orquesta Sinfónica de la NBC. En 1992 apareció en la canción de Ministry "Just one fix", y al año siguiente grabó " The 'priest' they called him" con Kurt Cobain. Ese año también salió su último disco, "Spare Ass Annie and other tales" [Annie Culo de Repuesto y otros cuentos] junto a los Disposable Heroes of Hiphoprisy.
En sus últimos años, su voz sampleada apareció en discos de Jesus and Mary Chain, Laurie Anderson y Material; coescribió con Tom Waits la ópera gótica "The black rider", y apareció brevemente en el final del videoclip de U2 "Last night on Earth", de 1997, unas pocas semanas antes de morir pacíficamente de un ataque al corazón, el 2 de agosto, en Lawrence, nada menos que a los 83 años de edad...
Fuente: www.cinefania.com
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YONQUI, WILLIAM BURROUGHS
Traducción: Martín Lendínez
1ª. edición: septiembre, 1980
La presente edición es propiedad de Editorial Bruguera, S. A. Mora la Nueva, 2. Barcelona (España) Traducción: © Editorial Bruguera, S. A. 1980
Diseño cubierta: Soulé-Spagnuolo
Printed in Spain ISBN 84-02-07420-0 / Depósito legal: B. 24.774 -1980
Impreso en los Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S. A. Carretera Nacional 152, km 21,650. Parets ael Valles (Barcelona)
WILLIAM BURROUGHS Nació en St. Louis, en los Estados Unidos, en 1914. Graduado en Harvard, ejerció innumerables oficios en Europa y América a lo largo de sus viajes. Su experiencia vital, legendaria y activa, y que transcurre entre México, París, Londres y Tánger, le proporcionó material de primera mano para sus novelas. Los ejes fundamentales de su obra son la sociedad de la posguerra en los países totalitarios del Este, la marginación de la homosexualidad y su propia experiencia con las drogas duras.
OTRAS OBRAS DEL AUTOR El almuerzo desnudo (1959) El exterminador (1960) Máquina blanda (1961) Cartas del yage (1963) Nova Express (1964)
BREVES NOTAS A LA TRADUCCIÓN Siempre que aparece la palabra «droga», debe considerarse traducción de «junk», es decir, producto destinado a «pincharse», fundamentalmente opiáceo y, sobre todo, heroína. Cuando se trata de otras sustancias que la ley también incluye en el apartado de drogas, se utiliza su nombre, tanto científico como jergal, según convenga al original. «Yonqui» es una castellanización de «junkie» (o de «junky», como Burroughs ha retitulado recientemente la novela con ocasión de su edición masiva inglesa en los conocidos libros de bolsillo, «Penguin»). Es decir, el que usa «junk». En principio, es una palabra de uso bastante extendido y habitual entre los que «se pinchan». Un «grano» («grain») es una medida de peso anglosajona que equivale a 60 miligramos; la dosis terapéutica de morfina más usual oscila entre 10 y 30 miligramos. Se ha traducido «drugstore» por «botica», que parece corresponderse mejor con el local designado por la palabra americana, que «farmacia». «Fije» es la traducción de «fix» («pinchazo»), «chute», de «shot» («inyección, disparo»); ambas también de uso corriente entre «yonquis». M. L.
PROLOGO
Nací en 1914 en una sólida casa de ladrillo de tres pisos, en una gran ciudad del Medio Oeste. Mis padres eran gente acomodada. Mi padre poseía y dirigía un negocio de maderas. La casa tenía un prado delante, un patio interior con jardín, un estanque y tina cerca muy alta de madera a todo su alrededor. Recuerdo al farolero encen diendo los faroles de gas de la calle y el inmenso y brillante Lincoln negro y los paseos por el parque los domingos. Todas las ventajas de una vida acomodada, segura, que ya se ha ido para siempre. Podría escribir sobre alguna de aquellas nostálgicas costumbres del viejo médico alemán que vivía en la puerta de al lado y sobre las ratas co rreteando por el patio interior y el coche eléctrico de mi tía y mi sapo favorito que vivía junto al estanque. En realidad mis primeros recuerdos están teñidos por un miedo de pesadilla. Me asustaba estar solo, y me asustaba la oscuridad, y me asustaba ir a dormir a causa de mis sueños, en los que un horror sobrenatural siempre parecía a punto de adquirir forma. Temía que cualquier día el sueño siguiera estando allí cuando me despertase. Me acuerdo de oír a una sirvienta hablando del opio y de cómo fumar opio proporcionaba sueños agradables, y me dije: -Cuando sea mayor fumaré opio. De niño tenía alucinaciones. Una vez me desperté con la primera luz de la mañana y vi a unos hombrecillos jugando dentro de una casa de bloques de madera que yo había construido. No tuve miedo, sólo sentí sosiego y sorpresa. Otra alucinación o pesadilla recurrente se refería a «animales en la pared», y comenzó con el delirio de una extraña fiebre no diagnosticada que tuve a los cuatro o cinco años de edad. Fui a un colegio progresista con los futuros ciudadanos honorables, los abogados, médicos y hombres de negocios de una gran ciudad del Medio Oeste. Con otros niños me mostraba tímido y me asustaba la violencia física. Había una pequeña lesbiana muy agresiva que quería arrancarme el pelo siempre que me veía. Ahora me gustaría romperle la cara, pero hace años que se partió el cuello al caerse de un caballo. Cuando tenía unos siete años mis padres decidieron trasladarse a las afueras «para apartarse de la gente». Construyeron una enorme casa con parque y bosque y un estanque donde había ardillas en lugar de ratas. Allí vivían en una confortable cápsula, con un hermoso jardín y sin mantener contacto con la vida de la ciudad. Fui a un colegio privado de las afueras. No era especialmente bueno ni malo en los deportes, ni tampoco brillante ni retrasado en los estudios. Tenía una evidente falta de visión para las matemáticas o las cosas mecánicas. Jamás me gustaron los juegos colectivos de competición y los evitaba siempre que podía. De hecho, me convertí en un enfermo imaginario crónico. Me gustaba pescar,
cazar y caminar por el campo. Leía más de lo normal para un muchacho norteamericano de aquella época y lugar: Oscar Wilde, Anatole France, Baudelaire, incluso Gide. Mantuve una relación ro mántica con otro chico y pasábamos los domingos explorando antiguas canteras, andando por ahí en bicicleta y pescando en estanques y ríos. En esta época, quedé muy impresionado por la autobiografía de un ladrón, titulada No puedes ganar. El autor aseguraba haber pasado gran parte de su vida en la cárcel. Eso me sonaba bien comparado con la inercia de un lugar de las afueras de una ciudad del Medio Oeste en que cualquier contacto con la vida estaba cortado. Consideraba a mi amigo un aliado, un cómplice en el crimen. Encontramos una fábrica abandonada y rompimos todos los cristales y robamos un formón. Fuimos atrapados y nuestros padres tuvieron que pagar los daños. Después de esto mi amigo me dio pasaporte porque nuestra relación ponía en peligro su permanencia en el grupo. Comprendí que no existía compromiso posible entre el grupo, los otros y yo, y me encontré solo gran parte del tiempo. Los alrededores estaban vacíos, el enemigo oculto y yo me dediqué a solitarias aventuras. Mis actos criminales eran gestos, carecían de provecho y la mayor parte de las veces quedaban sin castigo. A veces entraba en las casas y las reco rría sin llevarme nada. En realidad, no necesitaba dinero. Otras veces paseaba en coche por el campo con una carabina del 22 disparando a las gallinas. Recorría las carreteras conduciendo temerariamente hasta que tuve un accidente del que salí ileso de milagro. Esto me hizo ser más precavido. Fui a una de las tres grandes universidades, donde me matriculé en Literatura Inglesa, debido a mi falta de interés por cualquier otra materia. Odiaba la universidad y odiaba la ciudad donde estaba. Todo lo que se relacionaba con aquel lugar estaba muerto. La universidad tenía una falsa organización inglesa regentada por graduados en falsos colegios de pago ingleses. Estaba solo. No conocía a nadie y los extraños eran vistos con desagrado por la cerrada corporación de los deseables. Conocí por casualidad a algunos homosexuales ricos, pertenecientes a ese círculo internacional de locas que se extiende por el mundo, tropezándose unas con otras en los locales de maricas, de Nueva York a El Cairo . Encontré un modo de vida, un vocabulario, referencias, un sistema simbólico completo, como dicen los sociólogos. Pero aquellas personas eran en su mayor parte unos cursis y, tras un período inicial de fascinación, me aparté del círculo. Cuando me gradué, sin honores, me dieron una asignación de ciento cincuenta dólares mensuales. Eran los años de la depresión y no había trabajo y, en cualquier caso, no podía pensar en ningún trabajo que me gustara. Anduve por Europa durante un año o así. Los residuos de la posguerra aún se hacían sentir en Europa. Los dólares norteamericanos podían comprar gran cantidad de habitantes de Austria, machos o hembras. Esto era en 1936 y los nazis se echaban encima con rapidez. Volví a los Estados Unidos. Con mi asignación económica podía vivir sin trabajar o vagabundear. Seguía separado de la vida como lo había estado en las afueras de aquella ciudad del Medio Oeste. Perdía el tiempo en cursos de psicología para postgraduados y recibiendo lecciones de jiujitsu. Decidí pasar por un psicoanálisis y lo continué durante tres años. El análisis eliminó inhibiciones y ansiedad y entonces pude vivir del modo que yo quería vivir. Gran parte de mis progresos en el análisis tuvieron lugar a pesar de mi analista, a quien no le gustaba mi «orientación», como él decía. Finalmente, abandonó la objetividad analítica y me consideró un «perfecto destructivo». Yo estaba más contento con los resultados que él. Tras ser rechazado en las pruebas físicas de cinco programas para entrenamiento de oficiales, fui alistado por el Ejército y recurrí a mi ficha de salud mental -en una ocasión había montado el truco de Van Gogh y me corté una falange del dedo para impresionar a alguien que me interesaba en aquel momento. Los médicos del manicomio donde me internaron nunca habían oído hablar de Van Gogh. Me consideraron esquizofrénico, añadiendo que además era del tipo paranoide para explicar el hecho asombroso de que supiera dónde me encontraba y quién era el presidente de los Estados Unidos. Cuando en el Ejército vieron el diagnóstico me licenciaron con la nota: «Este hombre nunca volverá a ser reclutado ni alistado.» Después de esta ruptura de relaciones con el Ejército desempeñé diversos oficios. En aquellos momentos podía conseguir el empleo que quisiera. Trabajé de detective privado, de exterminador, de tabernero. Trabajé en fábricas y oficinas. Anduve jugando en las fronteras del crimen. Pero mis ciento cincuenta dólares mensuales siempre estaban allí. No tenía que tener dinero. Parecía una extravagancia romántica poner en juego mi libertad mediante algún tipo de acto delictivo. Fue entonces y en esas circunstancias cuando entré en contacto con la droga, convirtiéndome en un adicto, y de ese modo conseguí la motivación, la auténtica necesidad de dinero que nunca había tenido antes. La pregunta se plantea con frecuencia: ¿Por qué un hombre se convierte en drogadicto? La respuesta es que normalmente uno no se propone convertirse en drogadicto. Por lo menos es necesario pincharse dos veces al día durante tres meses para adquirir el hábito. Y uno no sabe realmente lo que es la enfermedad de la droga hasta que ha tenido varios hábitos. Yo tardé casi seis meses en adquirir mi primer hábito, y aun entonces los síntomas de carencia eran leves. Creo que no es exagerado decir que fabricar un adicto lleva cerca de un año y varios cientos de pinchazos. Las preguntas, naturalmente, pueden responderse: ¿Por qué empieza uno a usar estupefacientes? ¿Por qué sigue uno usándolos lo bastante como para convertirse en un adicto? Uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de motivaciones fuertes en cualquier otra dirección. La droga se impone por defecto. Yo empecé por cuestión de seguridad. Seguí pinchándome mientras pude conseguir droga. Terminé colgado de ella. La mayor parte de los adictos con los que he hablado cuentan una experiencia semejante. No empezaron a utilizar drogas por ninguna razón que sean capaces de recordar. Si uno nunca ha sido adicto, no tiene una idea clara de lo que significa necesitar droga con la especial necesidad del adicto. Nadie decide ser un adicto. Una mañana uno se despierta enfermo y ya es adicto. Jamás he lamentado mi experiencia con las drogas. Creo que tengo mejor salud en la actualidad como resultado de utilizar droga intermitentemente, de la que tendría si nunca hubiera sido adicto. Cuando uno deja de crecer empieza a morir. Un adicto nunca deja de crecer. Muchos adictos cortan el hábito periódicamente, lo que implica una contracción del organismo y el reemplazamiento de las células que dependen de la droga. Una persona que utiliza la droga está en un estado continuo de contracción y crecimiento en ese ciclo diario de necesitar el pinchazo y el pinchazo recibido. Muchos adictos parecen más jóvenes de lo que son. Los científicos hicieron recientemente experimentos con un gusano al que lograban contraer suprimiéndole la alimentación. Por contracción periódica el gusano estaba en crecimiento continuo, la vida del gusano era prolongada indefinidamente. Quizá si un yonqui pudiera mantenerse en un estado constante de tira y afloja podría vivir hasta una edad verdaderamente fenomenal. La droga es una ecuación celular que enseña al usuario hechos de validez general. Yo he aprendido muchísimo gracias al uso de la droga: he visto la vida medida por cuentagotas de solución de morfina. He experimentado la agonizante privación de la enfermedad de la droga, y el placer del alivio cuando las células sedientas de droga beben de la aguja. Quizá todo placer sea alivio. Yo he aprendido el estoicismo celular que la dro ga enseña al que la usa. He visto una celda llena de yonquis enfermos, silenciosos e inmóviles, en aislada miseria. Ellos conocían la inutilidad de quejarse o moverse. Ellos sabían que básicamente nadie puede ayudar a otro. No existe clave, no hay secreto que el otro tenga y que pueda comunicar. He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la yerba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir.
UNO
Mi primera experiencia con droga fue durante la guerra, en 1944 o 1945. Había conocido a un hombre llamado Norton que por entonces trabajaba en unos astilleros. Norton, cuyo verdadero nombre era Morelli o algo así, había sido expulsado del Ejército antes del comienzo de la guerra por falsificar cheques, y fue clasificado 4-F debido a su mal carácter. Se parecía a George Raft, aunque era más alto. Norton estaba intentando mejorar su inglés y adquirir unos modales afables, educados. Sin embargo, en él la afabilidad no resultaba natural. En calma, su expresión era hosca y sombría, y se daba uno cuenta de que siempre tenía ese aspecto sórdido en cuanto le dabas la espalda. Norton era un ladrón empedernido, y no se sentía bien si no robaba algo todos los días en los astilleros donde trabajaba. Alguna herramienta, unas latas de conservas, un par de monos de mecánico, cualquier cosa. Un día me llamó y me dijo que había robado una metralleta Thompson. ¿Sabía de alguien que quisiera comprarla? Yo le dije: -Es posible. Tráela. La escasez de viviendas estaba en pleno apogeo. Yo pagaba quince dólares a la semana por un asqueroso apartamento que daba a la escalera y jamás veía la luz del sol. El empapelado estaba desgarrado porque el radiador dejaba salir el agua cuando había agua que pudiera salir de él. Tenía las ventanas forradas con papel de periódico para protegerme del frío. Todo estaba lleno de cucarachas y ocasionalmente mataba alguna chinche. Estaba sentado junto al radiador, un tanto mojado por el vapor, cuando oí llamar a Norton. Abrí la puerta y allí estaba en el oscuro vestíbulo con un enorme paquete envuelto en papel de estraza bajo el brazo. Sonrió y dijo: -Hola. Yo dije: -Entra, Norton, y quítate el abrigo. Desenvolvió la metralleta y nos acercamos a ella y apretó el gatillo. Dije que encontraría alguien que la comprara. Norton dijo: -Mira, aquí tengo otra cosa que me he pulido. Se trataba de una caja amarilla con cinco ampollas de medio grano de tartrato de morfina.
-Esto es sólo una muestra -dijo señalando la morfina-. Tengo otras quince cajas en casa y puedo conseguir muchas más si te deshaces de éstas. -Veré lo que puedo hacer -le dije. En aquella época yo nunca había tomado drogas y tampoco se me había ocurrido probarlas. Empecé a buscar alguien que quisiera comprar las dos cosas y fue entonces cuando entré en contacto con Roy y Hermán. Yo conocía a un joven maleante de la zona norte de Nueva York que trabajaba de cocinero en Jarrow, «para disimular», como él decía. Le llamé y le dije que tenía algo que colocar y nos citamos en el bar Angle de la Octava Avenida, cerca de la calle 42. Este bar era el lugar de reunión de los maleantes de la calle 42, un grupo de fanfarrones y criminales en potencia. Siempre estaban buscando alguien que les invitara a una copa, alguien que planeara un asunto y les dijera exactamente lo que tenían que hacer. Como nadie que planeara algo serio se arriesgaba a contar con tipos tan evidentemente ineptos, cenizos y fracasados, ellos seguían buscando, fabricando mentiras disparatadas sobre golpes fabulosos y trabajando ocasionalmente de lavaplatos, camareros, pinches, ligan do de vez en cuando a un borracho o a un marica tímido; buscando, siempre buscando quien les propusiera un buen asunto, alguien que les dijera: -Te he estado buscando. Eres la persona que necesito para este asunto. Escucha bien... Jack -a través del cual conocí a Roy y Hermán- no era una de estas ovejas perdidas en busca de un pastor con sortija de diamantes y pistola en la sobaquera y voz firme y segura que sugiere contactos, sobornos, planes que hacen que cualquier atraco suene a cosa fácil y de éxito seguro. A Jack le iban bien las cosas de vez en cuando y se le podía ver con ropa nueva y hasta con coches nuevos. También era un mentiroso impenitente que parecía mentir más para sí mismo que para cualquier auditorio visible. Tenía buen aspecto, rostro saludable de campesino, aunque había algo extrañamente enfermizo en él. Era un tipo que sufría súbitas fluctuaciones de peso, como un diabético o un enfermo del hígado. Estos cambios de peso solían ir acompañados de incontrolables arrebatos de inquietud que le hacían desaparecer durante unos cuantos días. Era algo realmente misterioso. Unas veces se le podía ver con aspecto de niño sano. Una semana o así después podía volverse delgado, macilento y envejecido, y era preciso mirarle atentamente un par de veces antes de reconocerle. Su cara estaba recorrida por un sufrimiento en el que sus ojos no participaban. Eran sólo sus células las que sufrían. El mismo -el ego consciente reflejado en la mirada tranquila y alerta de sus ojos de maleante- no tenía nada que ver con ese sufrimien to de su otro yo, un sufrimiento del sistema nervioso, de carne y vísceras y células.
Se deslizó en el diván en que yo estaba y pidió un whisky. Se lo bebió de golpe, dejó el vaso y me miró con la cabeza ligeramente inclinada a un lado y dijo: -¿Qué es lo que tienes? -Una metralleta Thompson y unos treinta y cinco granos de morfina. -La morfina puedo colocarla inmediatamente, pero la metralleta quizá me lleve algún tiempo. Entraron dos policías de paisano, y se apoyaron en la barra hablando con el barman. Jack hizo un gesto cor la cabeza en su dirección. -La pasma. Vamos a dar un paseo. Le seguí fuera del bar. Se deslizó a través de la puerta con disimulo. -Voy a llevarte a ver a alguien que querrá la morfina -dijo-. Debes olvidar su dirección. Bajamos al andén inferior del metro. La voz de Jack, dirigiéndose a su invisible auditorio, seguía y seguía. Tenía la habilidad de lanzar su voz directamente a la conciencia del otro. Ningún ruido exterior la apagaba. -Sólo tienen que darme un treinta y ocho. Con acariciar el percutor basta. Soy capaz de tumbar a cualquiera a doscientos metros. Da igual lo que pienses. Mi hermano tiene dos ametralladoras del calibre 30 escondidas en Iowa. Salimos del metro y empezamos a caminar por aceras cubiertas de nieve. -El tío me debía dinero desde hacía tiempo. Sabía que lo tenía pero que no quería pagarme, así que le esperé a la salida del trabajo. Yo sólo tenía un puñado de monedas. Nadie puede acusarte de nada por llevar dinero de curso legal. Me dijo que estaba sin blanca. Le rompí la mandíbula y le quité el dinero que me debía. Dos de sus amigos estaban delante, pero se mantuvieron aparte. Les había amenazado con una navaja. Subíamos las escaleras de una casa. Los escalones eran de metal negro muy gastado. Nos paramos ante una pequeña puerta metálica, y Jack golpeó la puerta de un modo especial inclinando la cabeza hacia el suelo como un ladrón de cajas fuertes. La puerta fue abierta por un marica de media edad, alto, blando, con tatuajes en los brazos e incluso en las manos. -Este es Joey -dijo Jack. Y Joey dijo: -Hola. Jack se sacó del bolsillo un billete de cinco dólares y se lo dio a Joey. -Tráenos un litro de Schenley, ¿quieres, Joey? Joey se puso un abrigo y salió. En muchos apartamentos la puerta da directamente a la cocina. Eso pasaba en este apartamento y por tanto estábamos en la cocina. Cuando Joey salió vi que había otro hombre allí que me estaba mirando. Ondas de hostilidad y desconfianza salían de sus grandes ojos castaños como una especie de emisión televisada. El efecto casi era como un impacto físico. El hombre era bajo y muy delgado; su cuello se perdía entre el jersey. Su tez iba del marrón al amarillo, y se había aplicado maquillaje en un vano intento de disimular una erupción de la piel. La boca se le estiraba por los lados con una mueca de aburrimiento petulante. -¿Quién es ése? -dijo. Su nombre, como supe más tarde, era Hermán. -Es amigo mío. Tiene algo de morfina y quiere deshacerse de ella. Hermán encogió y estiró los brazos y dijo: -Me parece que no tengo muchas ganas de molestarme. -Bien -dijo Jack-, se la venderemos a otro. Vamos, Bill. Nos fuimos a la habitación delantera. Había una radio pequeña, un Buda de porcelana con una vela encendida delante, algunos otros trastos. Un hombre estaba tumbado en una cama. Cuando entramos en la habitación se sentó y dijo hola y sonrió de modo agradable mostrando unos dientes amarillos. Su voz era del sur, con un ligero acento del este de Texas. Jack dijo: -Roy, éste es un amigo mío. Tiene algo de morfina y quiere venderla. El hombre se sentó más derecho y bajó las piernas de la cama. Su mandíbula pendía sin fuerza, dando a la cara una expresión vacía. La piel de la cara era blanda y oscura. Los pómulos eran altos y parecía un oriental. Las orejas formaban ángulo con un cráneo asimétrico. Los ojos eran castaños y tenían un brillo especial, como si hubiera un punto de luz tras ellos. La luz de la habitación centelleaba sobre los puntos de luz de sus ojos como un ópalo. -¿Cuánta tienes? -me preguntó. -Setenta y cinco ampollas de medio grano. -El precio corriente es dos dólares el grano -dijo-, pero las ampollas valen un poco menos. La gente quiere tabletas. Las ampollas tienen mucha agua y hay que abrirlas y calentar el líquido. -Se calló y la cara se le puso blanca-. Puedo pagarte a uno cincuenta el grano -dijo finalmente. -Supongo que estará bien -dije. Me preguntó cómo podíamos estar en contacto y le di mi número de teléfono. Joey volvió con el whisky y todos bebimos. Hermán señaló con la cabeza hacia la cocina y dijo a Jack: -¿Puedo hablar contigo un momento? Les oí discutir sobre algo. Después Jack volvió y Hermán siguió en la cocina. Todos bebimos unos tragos y Jack empezó a contarnos una his toria. -Mi socio limpiaba el cuarto. El tipo estaba dormido y yo le vigilaba pegado a él con un trozo de cañería de baño. La cañería tenía un grifo al final. De pronto, el tío se despierta y salta de la cama y echa a correr. Le hice una caricia con el grifo y siguió corriendo hasta la otra habitación, arrojando sangre por la cabeza a tres metros de distancia con cada latido del corazón. -Hizo un movimiento de bombeo con la mano- Se le veían los sesos y la sangre que le caía de ellos. -Jack se echó a reír de modo incontrolable-. Mi chica estaba esperándome en el coche. Me llamaba, ¡ ja, ja, ja!, me llamaba, ¡ja, ja, ja!, asesino de sangre fría. Se rió hasta que la cara se le puso morada. Unas noches después de mi entrevista con Roy y Hermán, utilicé una de las ampollas, lo que constituyó mi primera experiencia con droga. Las ampollas que yo tenía eran de un tipo especial: parecían un tubo de pasta de dientes con una aguja al final. Pinchando con un alfiler a través de la aguja se abría el conducto y la ampolla quedaba lista para pinchar. La morfina pega primero en la parte de atrás de las piernas, luego en la nuca, y después se extiende una gran relajación que despega los músculos de los huesos y parece que uno flota sin límites, como si estuviera tendido sobre agua salada caliente. Cuando esta relajación se extendió por mis tejidos, experimenté un fuerte sentimiento de miedo. Tenía la sensación de que una imagen horrible estaba allí, más allá de mi campo de visión, moviéndose en cuanto volvía la cabeza de modo que nunca podía verla. Sentí náuseas; me tumbé y cerré los ojos. Pasaron una serie de imágenes, como si estuviera viendo una película: un enorme bar con luces de neón que se hacía más y más grande hasta que calles y tráfico quedaron incluidos en él; una camarera traía una calavera en una bandeja; estrellas en el cielo claro. El impacto físico del miedo a la muerte; el corte de la respiración; la detención de la sangre. Me adormilé y desperté con un principio de miedo. A la mañana siguiente vomité y me sentí mal hasta el mediodía. Roy me llamó aquella noche. -Con respecto a lo que estuvimos hablando la otra noche -me dijo-, puedo darte cuatro dólares por caja y llevarme cinco cajas ahora mismo. ¿Estás ocupado? Me acercaré hasta tu casa. Llegaremos a un acuerdo, ya verás.
Pocos minutos después llamaba a la puerta. Llevaba una chaqueta a cuadros y una camisa color café. Miró a su alrededor y dijo: -Si no te molesta, me pondré una. Abrí la caja. Cogió una ampolla y se la inyectó en la pierna. Se bajó los pantalones y sacó veinte dólares del bolsillo. Puse cinco cajas sobre la mesa de la cocina. -Creo que sacaré las ampollas de las cajas -dijo-. Ocupan demasiado. Se metió las ampollas en los bolsillos de la chaqueta. Luego dijo: -No creo que se rompan. Oye, te volveré a llamar mañana o así, cuando haya colocado éstas y tenga dinero para más. -Se puso el sombrero y dijo-: Hasta la vista. Al día siguiente volvió. Se pinchó otra ampolla y sacó veinte dólares. Le di diez cajas y me quedé con dos. -Estas son para mí -le dije. Me miró sorprendido: -¿También tú te picas? -De vez en cuando. -Es mal asunto -dijo moviendo la cabeza-. Es lo peor que puede sucederle a un hombre. Todos creemos al principio que podremos controlarlo. Luego ya dejamos de querer controlarlo -sonrió-. Te compraré todo lo que consigas a este precio. Al día siguiente volvió. Preguntó si no había cambiado de idea y quería venderle las dos cajas. Le dije que no. Me compró dos ampollas a dólar cada una, y se las pinchó. Luego se marchó diciéndome que estaría de viaje un par de meses.
DOS 
Durante el mes siguiente utilicé las ocho ampollas que no había vendido. El miedo que había experimentado tras la utilización de la primera ampolla no se reprodujo a partir de la tercera; sin embargo, de vez en cuando, y tras una inyección, despertaba con un comienzo de miedo. Seis semanas después telefoneé a Roy, aunque no confiaba que hubiera regresado de su viaje. Pero oí su voz al teléfono. Le dije: -Oye, ¿tienes algo para vender? De aquello que yo te vendí a ti antes. Hubo una pausa. -Sí -dijo-, puedo pasarte seis, pero el precio es de tres dólares cada una. Es que no tengo muchas. Ya sabes. -De acuerdo -dije-. Ya sabes el camino. Acércamelas hasta aquí. Se trataba de doce tabletas de un cuarto de grano metidas en un tubo estrecho de cristal. Le pagué los dieciocho dólares y volvió a lamentarse del precio. Al día siguiente volvió a comprarme dos granos de lo que me había vendido. -Resulta difícil conseguirlas al precio que sea -dijo, buscándose una vena en la pierna. Por fin, encontró la deseada y se inyectó el líquido con una burbuja de aire-. Si las burbujas de aire mataran, no habría ningún yonqui vivo. Ese mismo día Roy me indicó una botica donde vendían agujas hipodérmicas sin hacer preguntas (hay muy pocas boticas que las vendan sin receta). Me enseñó cómo hacer un anillo de papel para unir la aguja a un cuentagotas. Un cuentago tas resulta más fácil de usar que una jeringuilla, especialmente para inyectarse uno mismo en la vena. Unos días después Roy me mandó a visitar a un médico con un cuento sobre piedras en el riñon, para conseguir una receta de morfina. La mujer del médico me dio con la puerta en las narices, pero Roy consiguió convencerla y el médico extendió una receta de diez granos. La consulta del médico estaba situada en plena zona de drogadictos, en la calle 102 junto a Broadway. Era un viejo chocho incapaz de oponer resistencia a los yonquis que acudían a su consulta y que, de hecho, eran sus únicos pacientes. Debía sentirse importante viendo su sala de espera llena de gente. Supongo que había llegado a un punto en el que era capaz de modificar la apariencia de las cosas según sus deseos y cuando miraba su sala de espera debía de ver una clientela distinguida, probablemente bien vestida al estilo de 1910, en lugar de aquel montón de yonquis con pinta de ratas en busca de una receta de morfina. Roy solía embarcarse cada dos o tres semanas. Sus viajes eran de transporte de tropas y generalmente cortos. Cuando estaba en la ciudad solía agenciarse unas cuantas recetas. El viejo médico gruñón de la 102 terminó por enloquecer del todo y en ninguna farmacia querían despachar sus recetas, pero Roy localizó a un médico italiano del Bronx que recetaba con facilidad. Yo me picaba de vez en cuando, pero estaba muy lejos de adquirir el hábito. En esta época, me trasladé a un apartamento de la parte baja de la zona norte. Se trataba de una casa cuya puerta daba directamente a la cocina. Empecé a parar en el bar Angle todas las noches y solía ver a Hermán. Conseguí eliminar la primera mala impresión que le había causado, y pronto empecé a pagarle bebida y comida, y él me pedía dinero prestado con cierta regularidad. Entonces Hermán todavía no tenía el hábito. De hecho, raramen te tenía droga, a no ser que otro se la comprase. Pero siempre estaba alto con algo - yerba, bencedrina, barbitúricos-. Solía aparecer por el Angle todas las noches con un tipo asqueroso llamado Whitey. En el Angle había cuatro Whities, lo que creaba cierta confusión. Este Whitey reunía la sensibilidad de un neurótico y la inclinación a la violencia de un psicópata. Estaba convencido de que desagradaba a todo el mundo, y eso era algo que le hacía sufrir cantidad. Un martes por la noche estábamos Roy y yo en la barra del Angle. Estaba Mike el Metros y también Frankie Dolan. Dolan era un irlandés con un defecto en la vista, especialista en borrachos indefensos; les robaba y cargaba con el mochuelo a sus camaradas. -Carezco de honor. Soy una rata -solía decir. Luego se reía. Mike el Metros era un tipo de cara ancha, pálida y grandes dientes. Parecía una especie de animal de alcantarilla que ataca a los animales de superficie. Trabajaba con habilidad a los borrachos, pero era muy cobarde. Cualquier policía le echaba el ojo encima con sólo verle, y era muy conocido por la brigadilla del metro. Por eso, Mike solía pasarse la mitad del tiempo en la cárcel por vago y maleante. Era un taleguero consumado. Esa noche Hermán estaba con nembutal encima y la cabeza se le caía pesadamente sobre la barra. Whitey andaba arriba y abajo intentando que alguien le invitara a un trago. Los tipos de la barra se mantenían tensos y rígidos, agarrados a sus bebidas y guardándose apresuradamente las vueltas. Oí que Whitey le decía al barman: -¿Quieres guardarme esto un momento? -mientras le pasaba su enorme navaja automática por encima de la barra.
Los clientes estaban sentados silenciosos y lúgubres bajo las luces fluorescentes. Todos tenían miedo de Whitey. Todos excepto yo. Roy bebía su cerveza con calma. Los ojos le brillaban con aquella fosforescencia especial suya. Su largo cuerpo asimétrico se apoyaba en la barra. No miraba a Whitey, sino a la pared de enfrente donde estaban colocadas las botellas. En una ocasión, me dijo: -No está más borracho que yo. Todavía puede beber más. Whitey estaba en mitad de la barra con los puños apretados y las lágrimas rodándole por la cara: -No soy bueno -decía-. No soy bueno. ¿Alguien es capaz de comprender que ni siquiera sé lo que hago? La gente se apartaba de él a toda prisa tratando de no atraer su atención. Slim el Metros, un compinche ocasional de Mike, entró y pidió una cerveza. Era alto y huesudo y su fea cara tenía aspecto inanimado, como si fuera de madera. Whitey le dio un golpecito en la espalda y oí que Slim decía: -Por el amor de Dios, Whitey. Hablaron algo más que yo no oí. Whitey tenía su navaja en la mano. El barman debía de habérsela devuelto. Atacó a Slim por detrás y le clavó la hoja en la espalda. Slim cayó hacia adelante aullando. Vi que Whitey se guardaba la navaja en el bolsillo. -Vamonos -dijo Roy. Whitey había desaparecido y la barra estaba vacía, exceptuando a Mike, que había agarrado a Slim por un brazo. Frankie Dolan le cogía por el otro. Al día siguiente oí a Frank contar que Slim estaba bien. -El tipo que le atendió en el hospital dijo que la navaja no le había alcanzado el riñon por muy poco -decía. Roy dijo: -El muy asqueroso. Yo puedo entendérmelas con un tío musculoso, pero no con una rata como ésa, que se dedica a distraer las monedas de la barra. Poco después el Angle fue cerrado y cuando abrió de nuevo había cambiado de nombre y se llamaba Kent Grill. Una noche fui a la calle Henry en busca de Jack. Una chica alta y pelirroja me abrió la puerta. -Soy Mary -dijo-, entra. Al parecer, Jack estaba de negocios en Washington. -Pasa a la habitación por delante -dijo la chica, apartando la cortina de terciopelo-. Recibo a los caseros y a los cobradores en la cocina. Vivimos aquí dentro.
Miré alrededor. La habitación parecía un chop-suey. Había mesas rojas y negras lacadas esparcidas por todas partes, unas cortinas negras tapaban la ventana. En el techo estaba pintada una rueda con pequeños cuadrados y triángulos de diferentes colores, produciendo el efecto de un mosaico. -La hizo Jack -dijo Mary señalando la rueda-. Tenías que haberle visto. Extendió una tabla entre dos escaleras y se tumbó encima de ella. La pintura le caía en la cara. A veces le gusta hacer cosas de ésas. Nos tiramos unos enrolles tremendos con esa rueda cuando estamos altos. Nos tumbamos mirando a la rueda y enseguida se pone a dar vueltas. Cuanto más se la mira, más de prisa va. La rueda tenía esa vulgaridad de pesadilla de los mosaicos aztecas, la sangrienta, vulgar pesadilla, el corazón latiendo bajo el sol de la mañana, los deslumbrantes rosas y azules de los ceniceros, tarjetas postales y calendarios de recuerdo de algún sitio. Las paredes estaban pintadas de negro y había un carácter chino lacado en rojo sobre una de ellas. -No sabemos lo que significa -dijo. -Camisas a treinta y un centavos -sugerí. Se volvió hacia mí sonriendo con frialdad. Empezó a hablar de Jack. -Soy el ligue de Jack -dijo-. Trabaja para ser un buen ladrón. Es un trabajo como otro cualquiera. A veces por la noche llega a casa con una pistola y me dice que la esconda. También le gusta trabajar en la casa pintando y haciendo muebles. Mientras hablaba se movía por el cuarto, saltando de una silla a otra, cruzando y descruzando las piernas, ajustándose las bragas como para que viera su anatomía por etapas. Me contó que sus días estaban contados a causa de una extraña enfermedad. -Sólo se conocen otros veintiséis casos. Dentro de unos pocos años ya no seré capaz de ponerme de pie. Mi organismo no puede asimilar el calcio y los huesos se van disolviendo lentamente. Tendrán que amputarme las piernas y después los brazos. Era, en realidad, como si no tuviera huesos, como si fuera una criatura de las profundidades marinas. Sus ojos tenían la frialdad de los de un pez y parecían mirar a través de un medio viscoso. Podía imaginarse a aquellos ojos en una forma protoplásmica ondulando en las oscuras profundidades. -La bencedrina es un buen rollo -dijo-. Tres tiras de papel o unas diez tabletas es bastante. O dos tiras y un par de cápsulas de seconal. Se juntan adentro y pelean. Un buen golpe. Tres jóvenes maleantes de Brooklyn entraron. Caras de palo, manos en los bolsillos, estilizados como un ballet. Buscaban a Jack. Les había estafado en un trapicheo. Por lo menos eso parecía.
Se expresaban menos con palabras que con movimientos de la cabeza y de sus cuerpos a través del apartamento y apoyándose en las paredes. Por fin, uno de ellos se dirigió a la puerta. Hizo un gesto con la cabeza y los otros le sigu ieron. -¿Te gustaría colocarte un poco? -preguntó Mary -. Debe de haber alguna colilla por algún sitio. -Empezó a rebuscar en cajones y ceniceros-. Me parece que no queda nada. ¿Por qué no salimos? Conozco a buenos contactos y probablemente consigamos algo. Una joven entró dando tumbos con un objeto envuelto en un papel pardo bajo el brazo. -Deshazte de esto al salir -dijo, poniendo el paquete sobre la mesa. Entró tambaleándose en la habitación del otro lado de la cocina. Cuando salíamos levantó el papel y vi una caja de cabina pública forzada con palanqueta. En Times Square subimos a un taxi y empezamos a recorrer diversas calles. Mary daba las direcciones y de vez en cuando chillaba: «¡Pare!», y saltaba fuera, con la cabellera pelirroja al viento, para ver a alguien. En seguida volvía diciendo: -El contacto estaba aquí hace diez minutos, pero se acaba de marchar. Este tío tiene, pero no hay forma de que suelte nada. Otras veces decía: -El contacto no volverá en toda la noche. Vive en el Bronx. Pero vamos a parar aquí un momento. Quizá podamos encontrar a alguien en Rich's. Finalmente: -Parece que no está nadie en ningún sitio. Ya es un poco tarde para conseguir nada. Vamos a comprar tubos de bencedrina y después a Denny's. Podemos tomar café y colocarnos con la bencedrina. Denny's era un sitio cerca de la calle 52 y la Sexta Avenida, donde solía haber músicos tomando pollo frito y café a partir de la una de la madrugada. Mary abrió un tubo, sacó el papel doblado y me pasó algunas tabletas: -Tómalas con el café. El papel soltó un mareante olor a mentol. Algunos de los de alrededor olfatearon y sonrieron. Me dieron vómitos al tragar, pero logré pasarla. Mary puso unos cuantos discos viejos en la máquina y llevaba el ritmo con la mano, golpeando sobre la mesa poniendo cara de mongólico masturbándose. Empecé a hablar muy de prisa. Tenía la boca seca y la saliva espesa y pegajosa, formando bolas blancas -escupir algodón se llama eso-. Estábamos caminando por Times Square. Mary quería localizar a alguien con un «piccolo» (victrola). Me sentía lleno de buenos sentimientos y muy ex pansivo, quería llamar a gente a la que no había visto hacía meses e incluso años, gente que no me gustaba y a quien yo no gustaba. Hicimos algunos infructuosos intentos tratando de localizar al dueño del piccolo ideal que Mary buscaba. En algún lugar durante nuestra búsqueda encontramos a Peter y finalmente decidimos volver al apartamento de la calle Henry, donde por lo menos había una radio. Peter y Mary y yo pasamos las siguientes trece horas en el apartamento. De vez en cuando hacíamos café y tragábamos más bencedrina. Mary describía las técnicas que usaba para obtener dinero de los «cabritos», lo que constituía su principal fuente de ingresos. -Siempre hay cabritos. Son diferentes de los puteros. Cuando te acuestas con un putero hay que estar alerta todo el tiempo. No tienes que darle nada. Sólo hay que quitarle cosas. Pero un donjuán es diferente. Le tienes que dar lo justo por su precio. Cuando te acuestas con él te lo pasas bien y quieres que él también se divierta. »Si lo que quieres es hundir a un tío, basta con encender un pitillo en mitad de la folladera. Claro que a mí los hombres no me gustan sexualmente. Lo que de verdad me gustan son las tías. Me enrolla mucho ligarme a una tía orgullosa y hundirla, hacerle ver que sólo es un animal. Una tía ya nunca es guapa una vez que la has hundido. Mira, eso es como el rollo del fuego -dijo señalando a la radio, que era la única luz encendida en la habitación. Su cara se contraía en una expresión de rabia simiesca cuando hablaba de los tíos que la molestaban por la calle-. Hijos de puta -gruñó-. No saben ni enterarse de cuándo una mujer está de ligue. Yo solía pasearme con un puño de metal debajo del guante esperando a que uno de esos paletos se acercase a mí. Un día Hermán me habló de un kilo de yerba de primera calidad de Nueva Orleans, que podía conseguir por setenta dólares. Trapichear con yerba parece fácil sobre el papel, algo así como cultivar pieles o criar ranas. A setenta y cinco centavos el porro y setenta porros hacen una onza, eso sonaba a dinero. Estaba convencido y compré la yerba. Hermán y yo nos asociamos para colocar la yerba. Él conocía a una lesbiana llamada Marian que vivía en el Village y decía que era poetisa. Guardamos la yerba en el apartamento de Marian, a condición de que la dejásemos fumar lo que quisiera y le diéramos el cincuenta por ciento de comisión en las ventas. Otra lesbiana se instaló con ella, y siempre que iba al apartamento de Marían me encontraba con aquella pelirroja llamada Lizzie que me miraba con sus ojos de pez llenos de estúpido odio. Un día, la pelirroja Lizzie abrió la puerta y me impidió el paso. Su cara estaba pálida de muerte e hinchada del nembutal. Me tiró el paquete de yerba diciendo: -Toma esto y llévatelo. Nos miró con ojos de odio y dijo: -¡Cabrones! Cerró la puerta de un portazo. El ruido debió despertarla. Abrió la puerta de nuevo y empezó a gritar con una rabia histérica. Desde la calle todavía podíamos oírla. Hermán contactó a otros fumetas. Todos ellos nos ponían los nervios de punta. En la práctica, traficar con yerba sólo trae quebraderos de cabeza. Para empezar, la yerba ocupa mucho sitio. Se necesita una maleta llena para conseguir algo de dinero. Si la pasma llama a la puerta, es lo mismo que tener una bala de alfalfa. Los fumetas no son como los yonquis. Un yonqui suelta el dinero, coge la droga y se las pira. Pero los fumetas no hacen eso. Esperan que el traficante les invite a unos porros y se sientan sin querer largarse antes de media hora o así. Y tienes que aguantar todo eso para vender dos dólares. Si vas directamente al asunto dicen que eres un siniestro de la mierda. De hecho, un tipo que trapichea con yerba nunca dice que es un traficante. No, él sólo coloca algo de yerba entre unos cuantos tíos y tías porque se mueve bien y sabe hacerse las cosas y conoce a mucha gente. Todo el mundo sabe que él es el vendedor, pero está mal decirlo. Dios sabe por qué. A mi juicio, los fumetas son inescrutables. Hay muchos secretos profesionales en el negocio de la yerba, y los fumetas mantienen esos supuestos secretos con una astucia estúpida. Por ejemplo, la yerba tiene que estar curada porque si está verde raspa la garganta. Pero pregunta a un fumeta cómo hay que curar la yerba y te dará una respuesta ambigua mirándote estúpidamente. Quizá la yerba afecta al cerebro o puede ser que los fumetas sean estúpidos por naturaleza. La yerba que yo tenía estaba verde y la puse en la tetera. Metí la tetera en el horno hasta que la yerba tuvo ese color pardusco que debe tener. Este es el secreto de curar la yerba, o al menos un modo de curarla. Los fumetas son gregarios, son sensibles y paranoicos. Si te consideran un cenizo o un pelmazo no lograrás hacer negocios con ellos. Pronto me di cuenta que no podía tratar con ese tipo de gente y me alegraba de que cualquiera me quitara la yerba de las manos sin mirar el precio. A partir de entonces decidí no traficar nunca más con yerba. En 1937, la yerba quedó incluida en la Ley Harrison de Narcóticos. Las autoridades afirman que la yerba es una droga adictiva, que su uso es perjudicial para mente y cuerpo, y que hace cometer delitos a quien la usa. Estos son los hechos: la yerba no es adictiva. Uno puede fumar yerba durante años y no experimentará ninguna molestia si de pronto deja de hacerlo. He visto fumetas en la cárcel y ninguno de ellos mostraba síntomas de carencia. Yo mismo he fumado yerba durante quince años y nunca sentí molestias cuando dejaba de hacerlo una temporada. La yerba es menos adictiva que el tabaco. La yerba no daña la salud. De hecho, muchos de los que la fuman aseguran que aumenta el apetito y tonifica el organismo. No conozco ningún otro producto similar que incremente el apetito. En una ocasión suprimí un hábito de droga con yerba. El segundo día después de dejar de pincharme fui capaz de comer. Por lo general, después de dejar de pincharme soy incapaz de comer durante unos ocho días. La yerba no empuja a nadie a cometer delitos. Jamás he visto que nadie se pusiera agresivo bajo la influencia de la yerba. Las fumetas son muy sociables. Demasiado sociables para mi gusto. No puedo entender por qué la gente que asegura que la yerba induce al crimen no exige que se prohiba también el alcohol. Todos los días se producen crímenes cometidos por borrachos que no obrarían así estando sobrios. Se ha hablado mucho de los efectos afrodisíacos de la yerba. Por alguna razón, los científicos se niegan a admitir que la yerba sea afrodisíaca, y muchos farmacólogos dicen que «no hay pruebas para mantener la creencia popular de que la yerba posee propiedades afrodisíacas». Yo puedo asegurar que la yerba es un afrodisíaco y que el sexo es más agradable bajo la influencia de la yerba que sin ella. Cualquiera que haya usado yerba verificará esta afirmación. Se oye decir que la gente se vuelve loca por usar yerba. Hay, es cierto, una forma de locura causada por el excesivo uso de yerba. Este estado se caracteriza por ideas de referencia. La yerba que se puede obtener en los Estados Unidos no es lo bastante fuerte como para enloquecer a uno, y las psicosis producidas por yerba son muy raras en este país. La psicosis inducida por yerba se corresponde más o menos con el delirium tremens y desaparece en cuanto la droga se suprime. El que fuma unos cuantos cigarrillos al día no tiene más posibilidades de volverse loco que un hombre que tome unos cuantos cocktails antes de las comidas. Algo más acerca de la yerba. Un hombre bajo la influencia de la yerba no está capacitado para conducir un coche. La yerba disturba el sentido del tiempo y en consecuencia el sentido de las relaciones espaciales. Una vez, en Nueva Orleans, tuve que aparcar en la cuneta y esperar hasta que se disiparan los efectos de la yerba. Era incapaz de determinar a qué distancia estaba algo o cuándo debía girar o frenar en un cruce.
TRES
Ahora me pinchaba todos los días. Hermán se había trasladado a mi apartamento de Henry Street, puesto que ya no quedaba nadie que pagara la renta del apartamento que había compartido con Jack y Mary. Jack fue atrapado mientras realizaba un trabajo, al parecer muy seguro, y estaba en la cárcel del Bronx en espera de juicio. Mary se había largado a Florida con un «cabrito». A Hermán nunca se le había ocurrido que tenía que pagar un alquiler. Había vivido toda su vida en apartamentos de otras personas. Roy tenía por entonces un buen arreglo. Había localizado a un médico en Brooklyn que le extendía recetas. El tipo era capaz de extender tres recetas al día con prescripciones de hasta treinta tabletas cada una. De vez en cuando se mostraba remolón, pero a la vista del dinero terminaba siempre por decidirse. Hay diversas variedades de médicos de esta clase. Unos sólo extienden la receta si están convencidos de que eres un adicto, otros sólo si están convencidos de que no lo eres. Muchos adictos cuentan historias gastadas por años de uso. Otros hablan de piedras en la vesícula o el riñon. Esta es la historia que se cuenta con mayor frecuencia, y yo mismo he visto a médicos levantarse y enseñarme la puerta en cuanto hablé de cálculos en la vesícula. Suelo obtener mejores resultados con la neuralgia facial porque me conozco los síntomas de memoria. Roy tenía una cicatriz de operación en el estómago y la utilizaba para apoyar su historia de cálculos en la vesícula. Había un médico viejo que vivía en una casa victoriana de ladrillo por la calle Setenta Oeste. Con él bastaba con presentar un aspecto respetable. Si uno conseguía entrar en su consulta, la cosa estaba hecha, pero sólo extendía tres recetas. Otro médico siempre estaba borracho y había que cogerle en el momento justo. A veces extendía la receta mal y había que volver para que la corrigiera. Entonces, podía decir que la receta era falsa y te echaba de su casa. También estaba otro médico senil al que había que ayudar a llenar la receta. Se olvidaba de lo que estaba haciendo, dejaba la pluma a un lado y se ponía a recordar a los pacientes tan importantes que trataba antes. En especial le gustaba hablar de un hombre, un tal George Gore, que en una ocasión le había dicho: -Doctor, he estado en la Clínica Mayo y puedo asegurarle que usted sabe más medicina que toda la clínica junta. Era imposible pararle y el adicto se veía obligado a escuchar pacientemente. Muchas veces, la mujer del médico aparecía en el último momento y rompía la receta o se negaba a confirmarla cuando llamaban de la botica. Por lo general, los médicos ancianos extienden recetas con mayor facilidad que los jóvenes. Los refugiados extranjeros constituían un buen terreno, pero los adictos en seguida los quemaban. En ocasiones un médico montaba en cólera ante la simple mención de estupefacientes y amenazaba con llamar a la policía. Los médicos están tan atiborrados de ideas exageradas acerca de su posición que, por lo general, un planteamiento directo es lo peor que a uno puede ocurrírsele hacer. Aunque no se crean la historia que les largas prefieren que se la sueltes de cabo a rabo. Algo así como el afeitado ritual de los orientales. Un hombre interpreta el papel de médico lleno de grandes propósitos que no quiere extender una receta ni siquiera por mil dólares, el otro se esfuerza por parecer un enfermo auténtico. Si uno dice: -Mire, doctor, quiero una receta de estupefacientes y estoy dispuesto a pagarle por ella el doble de lo normal. Si uno dice algo como eso, el matasanos monta en cólera y te echa de su consulta. Es necesario saber comportarse con los médicos o no se va a ninguna parte. Roy se picaba tanto que Hermán y yo teníamos que pincharnos más de lo que necesitábamos para mantenernos a su altura y que nos tocase la parte que nos correspondía. Yo empecé a inyectarme directamente en la vena para ahorrar material y porque el efecto inmediato era mejor. Empezamos a tener problemas con las recetas. Muchas boticas sólo nos despachaban una o dos veces, y otras ni siquiera una vez. Había una botica que nos despachaba todas las recetas, y por eso íbamos siempre allí, pero Roy dijo que debíamos andarnos con cuidado para que los inspectores no nos descubrieran. Sin embargo, andar de botica en botica era molesto y terminábamos por acudir siempre al mismo sitio. Yo estaba aprendiendo a esconder mi material cuidadosamente para que Roy y Hermán no lo encontrasen y me lo quitaran. Quitarle a un yonqui parte de la droga que tiene escondida es pegarle un palo. Resulta difícil protegerse contra esta forma de robo porque los yonquis saben dónde buscar el material. Hay algunos que siempre llevan la droga encima, pero un hombre que haga eso se expone a una acusación de posesión si lo detiene la policía. Cuando empecé a pincharme diariamente, e incluso varias veces al día, dejé de beber y de salir por las noches. Cuando se usa droga no se bebe. Es probable que un cuerpo que tiene una determinada cantidad de droga en sus células no absorba el alcohol. La bebida se queda en el estómago, poco a poco provoca náuseas, incomodidad y vértigo. Usar droga quizá sirva como cura de alco hólicos. También dejé de lavarme. Cuando se usa droga la sensación del agua en la piel resulta desagradable por alguna razón, y los yonquis suelen negarse a tomar baños. Se han escrito muchas tonterías sobre los cambios que padece una persona cuando ha adquirido un hábito. De pronto, el adicto se mira en el espejo y no se conoce. Los cambios son difíciles de especificar y no aparecen en el espejo. Es decir, el adicto adquiere una especie de ceguera a medida que progresa en su hábito. Por lo general, no se da cuenta de que está adquiriendo ese hábito. Dice que no se adquiere un hábito si se tiene cuidado y se observan unas cuantas reglas, como por ejemplo pincharse un día sí y otro no. De pronto, deja de observar esas reglas, pero cada pinchazo extra lo considera excepcional. He hablado con muchos adictos y dicen que se sorprenden cuando descubren que tienen el primer cuelgue encima. Muchos de ellos atribuyen sus síntomas a cualquier otra causa. Cuando una persona se adicciona los demás intereses pierden importancia. La vida queda enfocada hacia la droga, un fije y a esperar el siguiente, todo está lleno de «material» y «recetas» y «agujas» y «cuentagotas» y «cucharas». A veces el adicto cree que lleva una vida normal y que la droga es algo accidental. Hasta que su provisión no se corta por alguna razón, no se da cuenta de lo que la droga significa para él. -¿Por qué necesita estupefacientes, señor Lee? -es una pregunta que suelen hacer los psiquiatras estúpidos. -Necesito droga para levantarme de la cama por la mañana, para afeitarme y para desayunar. La necesito para seguir vivo -es la respuesta. Claro es que por lo general los yonquis no mueren por falta de droga. Pero, en un sentido muy literal, descolgarse implica la muerte de las células que dependen de la droga y su reemplazamiento por células que no necesitan droga. Roy y su mujer se trasladaron al mismo edificio de apartamentos. Todos los días nos reuníamos en mi casa después de comer para planear nuestro programa diario de droga. Uno de nosotros tenía que entendérselas con un matasanos. Roy siempre intentaba que fuera otro el que se ocupara del asunto. -Esta vez yo no puedo ir. He reñido con él. Pero puedo explicarte lo que tienes que decirle. O trataba de que Hermán o yo fuéramos a probar con otro médico nuevo. -No puede fallar. No le dejes que te diga que no. Estoy seguro de que es de los que extienden receta. Yo no puedo ir. Uno de sus matasanos seguros quiso denunciarme de mano. Se lo conté a Roy y dijo: -Seguramente está ya quemado. Alguien le hizo una putada uno de estos días. Seguro que fue por eso. Después de eso no volví a arriesgarme con médicos desconocidos. Pero nuestro tipo de Brooklyn se hacía el remolón. Todos los médicos terminan por cortar antes o después. Un día, cuando Roy fue por su receta, el médico le d ijo: -Esta es la última que le doy y lo mejor que pueden hacer es desaparecer de aquí un tiempo. El inspector vino a visitarme ayer. Tiene todas las recetas que les había extendido a sus amigos. Me dijo que perdería mi licencia si extendía una receta más, así que ésta voy a ponerla con fecha de an teayer. Dígale al de la botica que ayer se
encontraba demasiado mal para ir a comprarla. Han dado ustedes direcciones falsas en algunas ocasiones y eso es una violación del artículo 344 de la Ley de Salud Pública, así que no digan que no les he avisado. Por el amor de Dios, no me denuncien si les interrogan. Eso significaría el final de mi carrera profesional. Sabe perfectamente que siempre me he portado bien con ustedes. Quería haber dejado de hacer todo esto hace meses, pero no quería dejarles en la estacada. Déme un respiro. Aquí tiene la receta y, por favor, no vuelva más. Roy volvió al día siguiente. El cuñado del médico estaba allí para proteger el honor de la familia. Cogió a Roy por la solapa y le echó fuera. -La próxima vez que le encuentre por aquí molestando al doctor no le dejaré en condiciones de irse caminando por sí mismo -dijo. Diez minutos después llegó Hermán. El cuñado estaba dispuesto a darle el mismo tratamiento que a Roy, cuando Hermán sacó un vestido de seda de debajo de su chaqueta y, volviéndose hacia la mujer del médico, que había acudido atraída por todo aquel follón, dijo: -Pensé que quizá le gustase este vestido. De este modo tuvo oportunidad de hablar con el médico, que le extendió una última receta. Tardó tres días en conseguir que se la despacharan. En nuestro botica habitual dijeron que les vigilaba el inspector y que no querían exponerse a despachar más recetas. -Lo mejor será que desaparezcan -dijo el propietario -. Creo que el inspector tiene órdenes de detención contra vosotros. Nuestro médico había hecho las maletas. Se largó de la ciudad. Recorrimos Brooklyn, el Bronx, Queens, Jersey City y Newark. No podíamos conseguir ni pan topón. Era como si los médicos estuvieran esperándonos, precisamente esperando por nosotros en su despacho para decirnos: -Definitivamente, no.
Parecía como si todos los médicos de Nueva York y sus alrededores hubieran decidido de pronto no dar jamás ninguna otra receta de estupefacientes. Teníamos que dejar la droga. En cuestión de horas nos encontraríamos sin nada que inyectarnos. Roy decidió ir a la isla de Riker a sufrir «una cura de treinta días». No se trata de una cura de reducción. No dan nada de droga, ni siquiera pastillas para dormir. Todo lo que hacen es mantener encerrados a los adictos treinta días. El sitio está siempre lleno. Hermán fue detenido en el Bronx mientras buscaba un médico que le extendiese una receta. No le acusaban de nada concreto, simplemente a dos agentes no les gustó su aspecto. Cuando le llevaron a la comisaría, los de estupefacientes tenían una orden de detención contra él extendida por el inspector del Estado. La acusación concreta era haber falseado la dirección en una receta de estupefacientes. Un abogado de mala muerte me telefoneó para preguntarme si podía pagar la fianza de Hermán. En vez de eso le mandé dos dólares para cigarrillos. Si un tipo va a estar preso, lo mejor es que empiece cuanto antes. En este momento me encontraba limpio de droga y con los últimos algodones hervidos ya dos veces. La droga se calienta en una cuchara y se introduce en el cuentagotas o jeringa a través de un trozo de algodón que sirve de filtro. Algo de la droga se queda en el algodón y los adictos suelen conservarlos para emergencias. Conseguí una receta de codeína de un viejo médico, después de largarle un rollo sobre migrañas y dolores de cabeza. La codeína es mejor que nada y cinco granos en la piel evitan que uno se ponga enfermo. Por alguna razón, es peligroso inyectarse codeína en la vena. Recuerdo una noche en que Hermán y yo no teníamos nada excepto sulfato de codeína. Hermán lo calentó y se inyectó un grano en la vena el primero. Inmediatamente, se puso rojo, después muy pálido. Se sentó en la cama débilmente. -¡ Dios mío! -dijo. -¿Qué te pasa? -le pregunté-. Todo está bien. Me miró agriamente. -¿Que todo está bien, dices? Entonces pínchate un poco. Calenté mi grano y me preparé para inyectármelo. Hermán me observaba inquieto. Seguía sentado en la cama. En cuanto me saqué la aguja de la vena tuve una sensación desagradabilísima, totalmente diferente a la que se siente tras una buena dosis de morfina. Noté que se me hinchaba la cara. Me senté en la cama, al lado de Hermán. Mis dedos se habían inflado a un tamaño doble del normal. -Bueno -dijo Hermán-, ¿todo va bien?
-No -dije. -Tenía los labios entumecidos como si me hubieran pegado un puñetazo en la boca. Un dolor de cabeza terrible. Empecé a pasear inquieto arriba y abajo por la habitación. Sostenía la vaga teoría de que si conseguía que la circulación se mantuviera, la sangre podría eliminar la codeína. Una hora después me sentí un poco mejor y me acosté. Hermán me habló de un amigo suyo que se había pasado y puesto azul tras una inyección de codeína: -Le metí una ducha fría y se recuperó -dijo. -¿Por qué no me dijiste eso antes? -pregunté. Hermán se mostraba súbita e imprevisiblemente irritado. Los orígenes de sus enfados, por lo general, eran inescrutables. -Bien -comenzó-. Uno se arriesga a algo cuando se droga. Además, sólo porque una persona tenga una determinada reacción, no se puede deducir que a los demás les vaya a suceder lo mismo. Tú parecías estar seguro de que todo iba a ir bien y yo no quería molestarte con historias.
CUATRO 
El día que me enteré que Hermán había sido arrestado, imaginé que yo sería el siguiente, pero ya me sentía mal y carecía de energías para dejar la ciudad. Fui detenido en mi apartamento por dos policías de paisano y un agente federal. El inspector del Estado había presentado una denuncia contra mí, acusándome de haber violado el artículo 334 de la Ley de Salud Pública por dar un nombre falso al retirar una receta de estupefacientes. Los dos inspectores de paisano eran el bueno y el malo, como de costumbre. El bueno me preguntó: -¿Cuánto tiempo llevas drogándote, Bill? Sabes perfectamente que debías haber dado tu verdadero nombre en la botica. El malo le interrumpía, chillándome: -Venga, suéltalo de una vez, que no somos hermanas de la caridad. Pero mí caso no les interesaba demasiado y no necesitaban que hiciera una declaración en toda regla. Mientras me llevaban a la comisaría, el agente federal me hizo algunas preguntas y rellenó una especie de formulario. Me llevaron despues a los calabozos y fui fotografiado y fichado. Mientras esperaba a que me llevaran ante el juez, el policía bueno me dio un cigarrillo y empezó a hablarme de los inconvenientes de la droga. -Aunque vayas tirando treinta años, te estás engañando a ti mismo. Es como los degenerados sexuales -le brillaban los ojos-, que los médicos dicen que no pueden hacer nada para salvarse. El juez me puso una fianza de mil dólares. Fui llevado de nuevo a los calabozos y se me ordenó que me desvistiese y me duchara. Un guardia apático examinó mi ropa. Me vestí de nuevo, fui al ascensor y me metieron en una celda. A las cuatro de la tarde las celdas se cerraban. Las puertas corrían automáticamente haciendo un ruido tremendo que levantaba ecos en las galerías. Se me había terminado la última codeína que me quedaba. La nariz y los ojos se me empezaron a agitar, sudaba por todos los poros. Relámpagos fríos y calientes me golpeaban a través de la puerta que se abría y cerraba continuamente. Me mantuve tumbado en la colchoneta, demasiado débil para moverme. Las piernas me molestaban y no podía encontrar una postura cómoda. La voz de un negro cantaba: -Levántate, mujer, levántate, sal del polvo.
Otra voz decía: -¡Cuarenta años! ¡ No puedo pasarme cuarenta años en la trena! Hacia medianoche, mi mujer pagó la fianza y me dio unas anfetaminas nada más salir a la calle. Las anfetaminas ayudan un poco. Al día siguiente estaba peor y no podía levantarme de la cama. Así que seguí en la cama todo el día tomando nembutal a intervalos. Para la noche, me tomé unas cuantas bencedrinas y fui hasta un bar, sentándome cerca de la máquina de discos. Cuando se está enfermo la música suele ayudar bastante. En una ocasión, en Texas, me descolgué de la heroína con ayuda de la yerba, una pinta de elixir paregórico y unos cuantos discos de Louis Armstrong. Casi peor que la enfermedad es la depresión que viene con ella. Una tarde cerré los ojos y vi Nueva York en ruinas. Ciempiés y escorpiones se deslizaban por los vacíos bares, cafeterías y boticas de la calle Cuarenta y dos. Entre los adoquines del pavimento crecía la yerba. No se veía a nadie. A los cinco días empecé a sentirme un poco mejor. A los ocho días me entró la pájara y sentí un tremendo apetito. Diez días después la enfermedad había desaparecido. Mi juicio había sido aplazado. Hermán volvió de su cura de treinta días en la isla de Riker y me presentó a un traficante que vendía H mexicana en la Calle 103 y Broadway. Aquellos primeros años de la guerra, las importaciones de H estaban virtualmente suspendidas y la única droga que se podía conseguir era la M de las recetas. Sin embargo, las líneas de comunicación se restablecieron y la heroína comenzó a llegar de México, donde había campos de amapolas cultivadas por chinos. El caballo mexicano es de color marrón, pues contiene algo de opio en bruto. El cruce de la calle 103 y Broadway se parece a cualquier otra zona de Broadway. Una cafetería, un cine, tiendas. En mitad de Broadway hay una isla con algo de yerba y bancos. La calle 103 es una parada de metro. Se trata de un territorio de droga. La droga sale de la cafetería, rodea la manzana de casas y a veces cruza hasta Broadway para descansar en uno de los bancos de la isla. Un fantasma diurno en una calle abarrotada hasta los topes. Siempre se puede encontrar a unos cuantos yonquis sentados en la cafetería o rondando por sus alrededores, mirando inquietamente como si esperaran a su contacto. Por el verano, suelen sentarse en los bancos y parecen buitres. El traficante tenía cara de adolescente. No representaba más de treinta años aunque de hecho tenía cincuenta y cinco. Era un hombre bajo, siniestro, de cara delgada y aspecto de irlandés. Cuando se dignaba aparecer -y como muchos yonquis antiguos nunca era puntual- se sentaba en una mesa de la cafetería. Le dabas el dinero y tres minutos más tarde había que reunirse con él en una esquina de la calle donde te entregaban la droga. Jamás llevaba la droga encima, pero debía tenerla escondida en algún sitio cercano. Este hombre era conocido por el Irlandés. En una ocasión había trabajado para Dutch Schultz, pero los gángsters no quieren yonquis en su banda porque los consideran poco de fiar, así que le largaron. Ahora traficaba de vez en cuando y desvalijaba borrachos en el metro cuando no tenía nada que vender. Una noche, el Irlandés fue cazado en el metro por vago y maleante. Se ahorcó en los calabozos. El trabajo de traficante es una especie de servicio público que va rotando de uno a otro miembro del grupo. La duración de tal servicio suele de unos tres meses. Todo el mundo está de acuerdo en que se trata de un trabajo ingrato. Como dijo George el Griego: -Siempre se termina en la cárcel y palmado. Todo el mundo te llama cabrón si no le fías; y si lo haces, se aprovechan de ti. George era incapaz de dejar a nadie en la estacada. La gente solía explotar su amabilidad, comprándole a crédito y pagando al contado a cualquier otro traficante. George se pasó tres años en el talego y cuando salió se negó a volver a traficar. Los yonquis modernos, los hipsters esos del bebop, jamás aparecían por la calle 103. Los tipos de la calle 103 eran todos de los antiguos -caras delgadas y pálidas; bocas contraídas y amargas; duros y de gestos estilizados. (Hay algunos gestos que delatan al yonqui igual que la señal en la muñeca delata al esclavo.) Eran yonquis de diversas nacionalidades y distinto aspecto físico, pero todos se parecían algo. Guardaban cierta semejanza con la droga. Estaban el Irlandés, George el Griego, Rosa Pantopón, Louie el Botones, Eric «el Maricón», «el Sabueso», «el Marinero» y Joe el Manito. Algunos han muerto, otros están en la trena. Ya no hay yonquis en la calle 103 y Broadway esperando a su contacto. Los traficantes se han largado a otra parte. Pero la sensación de droga permanece. Te golpea en las esquinas, te sigue por la manzana, y de pronto desaparece. Joe el Manito tenía una cara delgada con la nariz larga y puntiaguda y la boca para abajo, desdentada. La cara de Joe tenía arrugas y cicatrices, pero no era la de un viejo. A su cara la habían pasado algunas cosas, pero Joe no se vio afectado por ellas. Sus ojos eran brillantes y jóvenes. Exhalaba amabilidad como les ocurre a muchos yonquis antiguos. Se le podía distinguir a lo lejos. En la multitud anónima de la ciudad permanecía aparte, se le podía distinguir entre los demás como si se le mirara con prismáticos. Era un gran mentiroso y, como muchos mentirosos, modificaba continuamente sus historias, cambiando tiempo y personas de un relato a otro. Una vez podía contarte algo de un amigo suyo y la vez siguiente podía aplicarse la misma historia a sí mismo. Solía sentarse en la cafetería, ante un café, hablando al azar de sus experiencias. -Conocíamos a un chino que tenía algo de material escondido y queríamos que nos dijera dónde estaba. Le atamos a una silla. Encendí unas cuantas cerillas -hizo ademán de encender una cerilla-, y se las acerqué a las plantas de los pies. No quería hablar. Me dio pena. Entonces mi compinche le pegó en la cara con la pistola y la sangre le corrió por la cara. -Se puso las manos sobre la cara y las deslizó hacia abajo para indicar el fluir de la sangre-. Cuando vi eso me sentí mal y dije: «Vamonos de una vez, dejemos a este tipo en paz. No nos va a decir nada.» Louie era mechero y había perdido la tranquilidad que alguna vez tuviera. Llevaba abrigos largos negros y gastados que le daban aspecto de soplón. Ladrón y yonqui se unían en él. Las pasaba moradas. Oí que en cierta ocasión había sido soplón de la policía, pero cuando yo le conocí todos le co nsideraban legal. A George el Griego no le gustaba Louie y decía que sólo era un vago. -No le invites nunca a que vaya a tu casa. Se aprovechará de ti. Es capaz de picarse delante de tu familia. Carece de clase -me dijo en una ocasión. George el Griego era considerado el arbitro del grupo. Decidía quién era legal y quién no. George se enorgullecía de su integridad: -Jamás he vendido a nadie. Cuando he tenido que
comerme algo, me lo he comido yo solo. Había estado ya tres veces en la cárcel. La vez siguiente la sentencia sería de por vida por reincidente. Trataba por todos los medios de no comprometerse en nada peligroso. Nada de traficar, nada de vender; de vez en cuando trabajaba en los muelles. Estaba rodeado por todos lados y no podía evitar ir hacia abajo. Cuando no podía conseguir droga -lo que ocurría la mitad de las veces- se emborrachaba o se pegaba lo que fuera. Tenía dos hijos muy jóvenes que le causaban bastantes problemas. Su rostro tenía las señales de una batalla constante siempre perdida. La última vez que estuve en Nueva York no pude encontrar a George. La gente de la calle 103 con quien hablé ignoraba qué había sido de George el Griego. Fritz el Portero era un hombre pálido y delgado que daba la impresión de ser paralítico. Estaba en libertad condicional tras cumplir cinco años por haber ido a comprarle a un soplón. El soplón necesitaba urgentemente delatar a alguien y entre él y un policía necesitado de méritos le montaron una historia de gran traficante e hicieron un arresto sonado. En el fondo, Fritz estaba orgulloso de haber sido tan importante y en Lexington contaba encantado su rollo de traficante famoso.
El Maricón era un ratero brillante. Se dedicaba a desvalijar borrachos y sus marcas eran realmente increíbles. Dentro de la jerarquía de los carteristas ocupaba el lugar más alto. Era el hombre que llega siempre el primero a su presa, nunca el que aparece cuando el borracho ya ha quedado tirado, con los forros de los bolsillos al aire. Siempre parecía guiado por un radar especial. Sólo quería dinero, anillos y relojes. Después de él, venían los que robaban el borracho el sombrero, los zapatos y el cinturón. Finalmente, llegaban los más miserables, que se llevaban el abrigo o la chaqueta. El Maricón siempre se las arreglaba bien. En una ocasión robó mil dólares en la estación de la calle 103. Por lo general, sus golpes eran de unos cientos. Si el tipo al que robaba se daba cuenta, fingía que sus intenciones eran sexuales. Su mote se debía a esto. Siempre iba bien vestido, por lo general con una chaqueta de twed y unos pantalones de franela. Unas maneras pretendidamente europeas y un ligero acento escandinavo completaban su aspecto. Imposible tener menos pinta de ratero. Trabajaba siempre solo. Tenía buena suerte y evitaba la compañía en su trabajo. El contacto con la gente suele traer mala suerte para los que la tienen buena. Los yonquis son envidiosos y la gente que pululaba por la calle 103 envidiaba al Maricón. Pero todos tenían que admitir que era un tío legal y dispuesto a echar una mano. Las cápsulas de heroína cuestan tres dólares cada una y se necesitan tres al día para ir tirando. Me encontraba sin dinero, así que empecé a robar carteras en el metro, acompañado por Roy. íbamos en el vagón hasta que uno de nosotros descubría a un primo dormido en un banco del andén. Bajábamos. Yo me ponía delante de él con un periódico abierto y cubría a Roy mientras rebuscaba en los bolsillos del tipo. Roy solía darme instrucciones entre dientes -«un poco hacia la izquierda», «más atrás», «ahí», «no te muevas»-. Muchas veces llegábamos tarde y el borracho estaba ya con los bolsillos vueltos del revés. También solíamos robar en los propios vagones. Yo me sentaba junto al tipo con mi periódico y Roy le limpiaba los bolsillos por detrás de mí. Si se despertaba me veía con ambas manos en el diario. Sacábamos una media de diez dólares por noche. Una noche normal se desarrollaba más o menos así. Empezábamos a trabajar hacia las once. Un día en la estación de la calle 149 localicé a un primo. La estación de la calle 149 tiene varios niveles y resulta peligrosa para los carteristas porque hay muchos sitios donde puede esconderse un policía y resulta imposible cubrir todos los ángulos. En el nivel inferior, la única salida posible es el ascensor. Nos acercamos al tipo haciendo la pared como si no le viéramos. Era de media edad, se apoyaba contra la pared y respiraba pesadamente. Roy se sentó a su lado y yo me paré delante de ellos con un periódico abierto. Roy dijo: -Un poco hacia la derecha. Espera un poco. Ahí. Vale. De pronto, la pesada respiración se detuvo. Recordé una escena de una película donde la respiración se detenía durante una operación. Pude sentir la tensa inmovilidad de Roy ante mí. El borracho masculló algo y cambió de postura. Lentamente la respiración se reanudó. Roy se levantó. Hizo un gesto afirmativo y caminó rápidamente hacia el otro extremo de la plataforma. Tenía un puñado de billetes y contó hasta ocho dólares. Me dio cuatro diciendo: -Es lo que tenía en el bolsillo del pantalón. No pude dar con la cartera. Por un minuto pensé que iba a echarse sobre nosotros. Empezamos otra vez, más abajo. En la estación de la calle 116 localizamos a otro borracho, pero el tipo se levantó y salió a la calle antes de que consiguiéramos acercarnos a él. Un tipo andrajoso con una boca enorme se acercó a Roy y comenzó a hablar. Era otro carterista. -El Maricón triunfa una vez más -dijo-. Dos billetes y un reloj de pulsera en la calle Roy murmuró algo y miró su periódico. El tipo siguió hablando en voz baja: -Hace poco uno se me volvió y dijo: «¿Qué haces con la mano en mi bolsillo?» -¡Por el amor de Dios, no digas esas cosas! -dijo Roy alejándose de él-. ¡ Hijoputa! -No hay carteristas de verdad, el Maricón y el Sabueso sólo. Todos envidian al Maricón porque da buenos golpes. Si el primo se da cuenta, hace como si le estuviera acariciando la pierna. Esos mierdas de la calle 103 se meten con él porque es bueno, pero no es más maricón que yo -Roy hizo una pausa-. No tanto como yo, por cierto. Seguimos hasta el final de la línea de Brooklyn sin localizar a nadie más. En el viaje de vuelta había un borracho dormido en uno de los coches. Me senté a su lado y abrí el periódico. Sentí el brazo de Roy por detrás de la espalda. El borracho se despertó y me miró inquieto. Pero mis dos manos eran perfectamente visibles sobre el periódico. Roy fingió leer el periódico conmigo. El borracho volvió a dormirse. -Será mejor que nos larguemos -dijo Roy-. Salgamos un rato a la calle. No compensa estar demasiado tiempo. Tomamos un café en un bar de la calle 34 y nos repartimos el dinero recién adquirido. Eran tres dólares. -Cuando uno se trabaja a un tipo en el vagón -me explicaba Roy-, es preciso seguir el ritmo del balanceo. Antes fui demasiado de prisa. Por eso se despertó el tío. Sintió algo raro, aunque no supo determinar de qué se trataba.
En Times Square nos encontramos con Mike el Metros. Hizo un gesto con la cabeza pero no se detuvo. Mike siempre trabajaba solo. -Vamos a darnos una vuelta por Queens Plaza -dijo Roy-. Pertenece a la Compañía Independiente. La Independiente tiene policías especiales contratados por la compañía, pero no llevan armas. Si te cogen, trata de escapar y corre. Queens Plaza es otra estación peligrosa donde es imposible cubrir todos los ángulos. Hay que confiar en la puerta. Había un borracho dormido en un banco, pero no podíamos hacer nada porque había demasiada gente alrededor. -Esperaremos un rato -dijo Roy-. Recuerda esto: nunca dejes pasar más de tres trenes. Si no ves una oportunidad clara entonces, lo mejor es que olvides el asunto aunque parezca clarísimo. Un par de jovenzuelos, aprendices, se apearon llevando a un primo entre ellos. Se sentaron en un banco, después nos miraron. -Vamos a llevarle al otro lado -dijo uno de los chavales. -¿Por qué no le desplumáis aquí mismo? -preguntó Roy. Los juveniles hicieron como que no entendían: -¿Desplumarle, dices? No entiendo. ¿De qué va el marica este? -dijeron. Se levantaron y se marcharon con su tipo al otro lado del andén. Roy se dirigió a ellos y sacó una cartera del bolsillo del nuestro. -No es momento para finezas -dijo. La cartera estaba vacía. Roy la dejó en el banco. -¡Deja las manos quietas! -gritó uno de los jóvenes desde el otro lado. -¡ Cállate! -dijo Roy-. Como os vuelva a ver por aquí os tiro a la vía. Uno de los juveniles vino y le pidió a Roy una parte. Roy le dijo que no tenía nada y el otro que le había sacado la cartera. -Estaba vacía -dijo Roy. Paró un tren y nos subimos, dejando al jovenzuelo dudando todavía si ponerse duro o no. -Estos jóvenes creen que se trata de un juego. Ya aprenderán cuando se pasen una temporada en el talego... Me parece que estamos de mala suerte. La vida es así. Unas noches se hacen cien dólares. Otras no se hace nada.
CINCO
Una noche cogimos el metro en Times Square. Un hombre vestido llamativamente caminaba delante de nosotros, vacilando ligeramente. Roy le miró y dijo: -Ahí tenemos un buen golpe. Vamos a ver dónde va. El pájaro subió en el tren que iba a Brooklyn. Esperamos de pie en la plataforma hasta que pareció dormido. Entonces nos acercamos a él y yo me senté a su lado abriendo el New York Times. El Times era una idea de Roy. Decía que con él yo parecía un hombre de negocios. El coche estaba vacío y allí estábamos nosotros pegados al tipo con siete metros vacíos disponibles. Roy comenzó a funcionar por detrás de mi espalda. El hombre se despertó y me miró con aire de aburrimiento. Un negro que estaba sentado enfrente sonrió. -Ese de ahí sabe de qué va la cosa. No hay que preocuparse -me dijo Roy al oído. Roy tenía problemas para encontrarle la cartera. -Cuando te diga, tropieza con él y moveré el abrigo al tiempo... ¡Ahora...! ¡Vaya por Dios! Un poco más fuerte... -Dejémoslo -volví a d ecir. Sentía un nudo de miedo en el estómago-. ¡ Va a despertarse! -No. Vamos a intentarlo... ¡Ahora...I ¿Qué cono pasa contigo? Sólo tienes que dejarte caer contra él -dijo Roy. -Roy -dije-. Dejemos esto. Va a despertarse. Intenté levantarme, pero Roy no me dejó hacerlo. De pronto, me dio un empujón y caí pesadamente contra el tipo. -Ahora lo conseguí -dijo Roy. -¿Tienes la cartera? -No. He despejado el camino. Ahora estábamos ya en el elevado. Sentí náuseas de miedo, todos los músculos estaban rígidos haciendo esfuerzos por controlarse. El hombre sólo estaba medio dormido. Estaba seguro de que en cualquier momento empezaría a aullar. Por fin, oí a Roy que decía: -Ya lo tengo. -Entonces, larguémonos.
-No, lo que tengo es un puñado de billetes. Tiene que haber una cartera por algún lado y voy a encontrarla. Tiene que tener cartera, seguro que la tiene. -Ya no puedo más. -No. Espera -sentí que seguía funcionando por detrás de mi espalda de modo tan abierto que me parecía imposible que el hombre pudiera seguir dormido. Era el final de la línea. Roy se puso de pie y dijo: -Cúbreme. Extendí el periódico lo más que pude para ocultar sus maniobras a Jos demás pasajeros. Sólo quedaban tres, pero estaban situados en diferentes extremos del vagón. Roy andaba en los bolsillos del hombre abiertamente. Al fin dijo: -Salgamos. Estábamos en la plataforma todavía cuando el tipo se despertó. Metió la mano en su bolsillo. Entonces se dirigió hacia Roy. -Muy bien, amigo -dijo-, pero ahora devuélveme el dinero. Roy pareció sorprendido al decir, enseñando las manos vacías: -¿Qué dinero? ¿De qué está usted hablando? -Sabes cojonudamente de lo que te estoy hablando. Me has quitado un montón dé billetes. Ya me los estás devolviendo. Roy hizo un gesto de sorpresa y cansancio: -¿De qué habla usted, señor? No sé nada de su dinero. -Te veo todas las noches en esta línea. Es tu recorrido habitual. -Se volvió hacia mí y dijo-: Y éste es tu compinche. Bien, ¿vas a devolverme ahora mismo lo que me acabas de robar? -Pero ¿qué coño dice de robar? -De acuerdo. Debo estar equivocado -pero, de pronto, el hombre metió sus manos en los bolsillos de la chaqueta de Roy mientras gritaba-: ¡Hijoputa de la mierda! ¡Devuélveme el dinero! Roy le pegó en la cara y le apartó diciendo: -¡Quítame las manos de encima! El conductor, viendo una pelea en marcha, tenía el tren parado para que nadie cayese a la vía. -Larguémonos -dije yo, y saltamos al andén. El hombre corrió en nuestra persecución. Alcanzó a Roy y le agarró con fuerza. No se podía soltar. -¡ Quítame a este cabrón de encima! -gritó Roy. Golpeé un par de veces al hombre en la cara y cayó de rodillas.
-¡ Rómpele la cabeza! -chilló Roy. Le golpeé y noté que una costilla cedía. Se llevó la mano al costado. -¡ Socorro! -gritó. No intentó levantarse. -Alejémonos enseguida -dije. Oí el silbato de un policía. El hombre seguía de rodillas y gritaba: -¡Auxilio! ¡Auxilio! Cuando llegamos a la calle estaba lloviendo. Resbalé. Estábamos junto a una gasolinera cerrada, mirando al elevado. -Vamonos -dije. -Nos verán. -No podemos quedarnos aquí. Echamos a andar. Noté que tenía la boca completamente seca. Roy sacó un par de anfetaminas. -Tengo la boca demasiado seca -dije-. No puedo tragarlas. Seguimos andando. -Seguro que nos buscarán -dijo Roy-. Ojo con los coches. Si viene alguno nos meteremos entre los árboles. Estarán esperando que volvamos al metro, de modo que lo mejor será seguir caminando. La lluvia no daba muestras de parar. Ladraban perros a nuestro paso. -Recuerda lo que debes contar si nos cogen -dijo Roy-. Nos dormimos y despertamos al final de la línea. El tipo ese nos acusó de que le habíamos robado el dinero. Nos asustamos, así que le golpeamos y corrimos. Nos van a dar con ganas, vete pensándolo. -Ahí viene un coche de la policía -dije. Nos ocultamos entre unos arbustos de la cuneta, nos agachamos bajo un indicador. Se alejó en seguida y volvimos a caminar. Me sentía muy mal y no sabía si llegaría a casa y a las morfinas que tenía guardadas. -Cuando estemos más cerca, será mejor separarse -dijo Roy-. Aquí podemos ayudarnos. Si encontramos un guardia le diremos que estábamos con unas chicas y vamos hacia el metro. Esta lluvia es una suerte, los guardias estarán a cubierto, tomando café en algún tugurio. ¡ Y haz el favor de no mirar para atrás de esa forma! A veces me volvía y miraba. -Mirar hacia atrás es algo natural -dije. -Sí, natural para los ladrones. Por fin, llegamos a otra línea de metro y nos dirigimos a Manhattan.
Roy dijo: -No creo que fuera yo solo el que pasaba miedo. Toma, ésta es tu parte. -Me entregó tres dólares. Al día siguiente le dije que yo había terminado como ratero. -No te lo reprocho -dijo-. Pero te equivocas. Si aguantaras suficiente tiempo te encontrarías con buenas cosas, tienes madera.
SEIS
Mi caso fue juzgado. Me condenaron a cuatro meses, pero me dieron la condicional. Después de haber dejado de robar en el metro, decidí traficar con droga. No se gana mucho dinero con ello. Casi todos los vendedores callejeros consiguen sólo lo suficiente para mantener su hábito. Pero, al menos, cuando uno trafica, tiene una buena provisión de droga y eso proporciona una sensación de seguridad. Por supuesto que hay gente que hace dinero traficando. Conocí a un traficante irlan dés que empezó colocando H por la calle dos años después, cuando le cayeron encima tres años, tenía treinta mil dólares y un edificio de apartamentos en Brooklyn. Si uno quiere traficar, lo primero que tiene que hacer es agenciarse un proveedor seguro. Yo carecía de proveedor, así que me asocié con Bill Gains, que tenía un buen contacto italiano por la parte baja del lado Este. Adquiríamos el material a noventa dólares el cuarto de onza, lo cortábamos con lactosa y lo preparábamos en cápsulas de un grano. Las cápsulas las apalancábamos a dos dólares cada una. Solían contener de un diez a un dieciséis por ciento de H, lo cual constituye un porcentaje bastante alto. De cada cuarto de onza de H solíamos obtener unas cien cápsulas. Bill Gains era de «buena familia» -me parece que su padre había sido presidente de un banco en algún sitio de Maryland- y tenía clase. Gains tenía la costumbre de robar abrigos en los restau rantes, y realizaba perfectamente ese trabajo. Un individuo americano de la clase media alta está compuesto de valores negativos. Por lo general, puede definírsele por lo que no es. Gains iba más allá. No era solamente negativo. Era una cierta clase de fantasmas que sólo pueden materializarse con ayuda de una sábana o de cualquier otra ropa que les proporcione unos contornos definidos. Gains era de esa clase. Se materializaba gracias al abrigo de otra persona. Gains tenía una sonrisa maliciosa e infantil que contrastaba de modo chocante con sus ojos, que eran azul pálido, carecían de vida y parecían los de un anciano. Sonreía para sus adentros como si hubiera algo allí que le divirtiera. A veces, después de un fije, sonreía y escuchaba y decía distraídamente: -Este material es fuerte. Con una sonrisa idéntica era capaz de referirse a las desgracias de los demás: -Hermán era un tipo agradable cuando llegó a Nueva York. El problema es que permitió que su imagen se deteriorara.
Gains era uno de los escasos yonquis que tenía especial placer viendo cómo adquiría un hábito un tipo que todavía no estaba colgado. Muchos traficantes se ponen contentos al ver un nuevo adicto, pero eso se debe a razones económicas. Si uno tiene un negocio es natural que desee tener clientes. Pero a Gains le gustaba invitar jovencitos a su habitación y darles un pinchazo, por lo general sacado de algodones viejos, y después observar los efectos mientras sonreía levemente. Por lo general, los chicos decían que estaba bien, y eso era todo. Otro rollo como el nembutal, las anfetaminas o la yerba. Pero siempre había unos cuantos que seguían rondando por allí hasta quedar colgados, y Gains miraba con agrado a estos nuevos conversos: un sacerdote de la droga. Poco después, podía oírsele decir: -Mira, chico, debes comprender que no puedo mantener tu cuelgue por más tiempo. La relación quedaba rota. Había llegado el momento de que el chico se la buscase por sí solo. Y tenía que buscarse toda la vida, en las esquinas de la calle o en las cafeterías, un contacto, el mediador entre hombre y droga. Gains era un simple párroco en la jerarquía de la droga. Se refería a sus superiores con tono sepulcral: -Los contactos dicen... Sus venas habían desaparecido escondidas en el hueso para escapar de la aguja. Durante algún tiempo se picaba en las arterias, que son más profundas que las venas y más difíciles de pillar, y debido a ello tenía que utilizar unas agujas especiales muy largas. Solía rotar de las venas de sus brazos y manos, a las de sus pies. A veces encontraba una buena vena, pero, por lo general, la mayor parte de las veces, tenía que pincharse en la piel. Pero sólo se picaba en la piel después de pasar más de media hora intentando encontrar una vena, teniendo que limpiar la aguja varías veces puesto que se obturaba con la sangre coagulada. Uno de mis primeros clientes fue un tipo del Village que se llamaba Nick. Cuando hacía algo, Nick pintaba. Sus telas eran muy pequeñas y parecía como si hubieran sido concentradas, comprimidas, pintadas en un mal momento debido a una tremenda presión. -El producto de una mente depravada -había pronunciado solemnemente un agente de la brigada de estupefacientes después de ver uno de los cuadros de Nick. Nick siempre estaba medio enfermo; sus gran des, suplicantes ojos pardos siempre estaban húmedos y su fina nariz moqueando. Solía dormir en casas de amigos, sobreviviendo gracias a la precaria indulgencia de individuos neuróticos, inestables, estúpidamente susceptibles que, de pronto, sin motivo y sin aviso, le echaban de sus casas. También les vendía yerba a estos tipos esperando conseguir lo suficiente para calmar su constante apetito de droga. A veces, sólo obtenía un agradecimiento distraído, pues el comprador suponía que Nick había obtenido de él por otros medios el precio de la yerba recibida. Debido a esto, Nick empezó a robar de verdad. Toda la existencia de Nick se resumía en eso. Su constante, insatisfecho apetito de droga había destruido cualquier otro interés. Hablaba vagamente de ir a Lexington para curarse, o de embarcarse en la marina o comprar elixir paregórico en Connecticut y colocarlo en otra parte. Nick me presentó a Tony, un camarero de un local del Village. Tony había sido traficante y estuvo a punto de terminar en la trena cuando los agentes federales irrumpieron en su apartamento. Apenas tuvo tiempo de tirar la mitad de un cuarto de onza de H debajo del piano. Los federales no encontraron nada, excepto su instrumental, y le dejaron en paz. Tony se asustó mucho y dejó de trapichear. Era un italiano joven que obviamente sabía desenvolverse en la vida. Parecía capaz de mantener la boca cerrada. Un buen cliente, sin duda. Yo iba todas las noches al bar de Tony y pedía una coca-cola. Tony me decía cuántas cápsulas quería y entonces yo iba al teléfono o el retrete y envolvía las cápsulas solicitadas en papel de plata. Cuando volvía a la barra, el precio de las cápsulas estaba junto al vaso como si se tratara de cambio. Yo dejaba las cápsulas en el cenicero y Tony lo limpiaba bajo la barra, cogiendo así las cápsulas. Estas operaciones eran necesarias porque el propietario sabía que Tony había s ido adicto y le había dicho que, o se mantenía lejos de la droga, o se buscaba otro
trabajo. De hecho, el hijo del dueño también era yonqui -en esta época estaba en un sanatorio curándose. Cuando salió se dirigió directamente a mí tratando de comprarme material. Decía que no podía descolgarse. Un joven hipster italiano que se llamaba Ray acostumbraba a venir todas las noches a este bar. Parecía legal, así que también le vendí a él, dejando sus cápsulas en el cenicero junto a las de Tony. Este bar donde trabajaba Tony era un local muy pequeño unos cuantos escalones por debajo del nivel de la calle. Sólo tenía una puerta. Siempre me sentía encerrado cuando entraba. El sitio me producía tal depresión que tenía que hacer grandes esfuerzos para atravesar la puerta. Después de atender a Tony y a Ray, por lo general me reunía con Nick en una cafetería de la Sexta Avenida. Siempre llevaba encima dinero para unas cuantas cápsulas. Yo sabía, naturalmente, que además de yerba vendía parte de lo que me compraba a otra gente, pero hacía como que no me daba cuenta. Lo sabía perfectamente porque Nick siempre estaba en carencia aunque tenía suficiente dinero para comprarme la droga necesaria para ponerse bien. Hay gente que necesita intermediarios que le adquieran su droga, bien porque acaban de llegar a la ciudad o porque lleven tiempo descolgados y no saben dónde conseguirla. Pero el • traficante tiene motivos para desconfiar de la gente que manda a alguien a comprar para ellos. En general, la razón por la que un hombre no puede comprar es porque se le considera «poco legal». Por eso manda a otro que compre para él, y ese otro quizá no sea «poco legal», sino simplemente alguien que busca desesperadamente droga y no tiene dinero. Comprar para un confidente es decididamente poco ético. Por lo general, un hombre que compra para soplones termina convirtiéndose en un soplón. Yo no estaba en situación de rechazar ningún dinero. Mis márgenes eran mínimos. Tenía que vender diariamente las cápsulas suficientes para comprar el próximo cuarto de onza, y nunca me quedaban más que unos pocos dólares. Así que cogía el dinero que Nick tenía y no hacía preguntas. Empecé a trapichear con Bill Gains que manejaba el mercado de la parte alta de la ciudad. Me reunía con él en una cafetería de la Octava Avenida después de terminar en el Village. Bill tenía unos pocos clientes muy escogidos. El mejor era probablemente Izzy. Trabajaba de cocinero en un remolcador del puerto. Era uno de los tipos de la calle 103. Izzy había cumplido una condena por tráfico, era considerado un tipo legal y tenía una fuente de ingresos regular. El cliente perfecto. A veces Izzy aparecía con su compinche, Goldie, que trabajaba en el mismo barco. Goldie era un hombre delgado, de nariz ganchuda, con la piel de la cara tersa y una mancha de color en cada mejilla. Otro de los amigos de Izzy era un joven ex paracaidista que se llamaba Matty, un joven fuerte y guapo que no tenía ninguna de las características propias del drogadicto. También había un par de putas a las que atendía Bill. Generalmente, las putas no son un buen negocio. Atraen a la pasma y la mayoría de ellas hablan. Pero Bill insistía en que estas putas concretas eran legales. Otro de nuestros clientes era el viejo Bart. Cogía unas pocas cápsulas cada día y las vendía a comisión. Yo no sabía quiénes eran sus clientes, pero tampoco me preocupaba. Bart era legal. Si le detenían nunca hablaría. Además, llevaba treinta años en el rollo de la droga y sabía lo que estaba haciendo. Cuando llegué a la cafetería donde nos reuníamos, Bill estaba sentado en una mesa vestido con un traje robado. El viejo Bart, andrajoso e insignificante, mojaba un bollo en su café. Bill me dijo que ya se había ocupado de Izzy, así que le di a Bart diez cápsulas para que las vendiera, y Bill y yo cogimos un taxi hasta mi apartamento. Nos picamos e hicimos cuentas tratando de reunir noventa dólares para el próximo cuarto de onza. Después de pincharse, Bill tenía el rostro algo rojo y casi parecía tímido. Era mala señal. Recordé una ocasión en que contó cómo había intentado ligárselo un marica ofreciéndole veinte dólares. Bill declinó la oferta diciendo: -Creo que no quedarías satisfecho. Ahora Bill decía contrayendo sus delgados labios: -Deberías verme desnudo. Soy realmente atractivo. Uno de los temas de conversación más desagradables de Bill consistía en los detallados partes que daba del estado de sus intestinos. -Escucha -le dije-, nuestro contacto nos está dando material de menos. Sólo conseguí preparar dieciocho cápsulas a partir de la última entrega, aunque la corté en la proporción de siempre. -Bueno, tampoco puedes esperar demasiado de tipos así. ¡ Si pudiera ir al hospital para que me dieran un buen enema! Pero no te lo ponen como no rellenes el boletín de inscripción, y yo no puedo hacer eso. Te tienen allí esperando durante veinticuatro horas por lo menos. Yo les dije: «Se supone que estoy en un hospital. Tengo dolores y necesito tratamiento. ¿Por qué no llaman a alguien que sepa de estas cosas y...?» No había quien lo parase. Cuando la gente empieza a hablar del movimiento de sus tripas es tan inexorable como los procesos de los que hablan. Las cosas siguieron así durante semanas. Uno por uno, los contactos de Nick me localizaron. Estaban cansados de comprar a través de Nick, que robaba más de la mitad de las dosis de las cápsulas. ¡Vaya basca! Rateros, maricones, jugadores de ventaja, soplones, vagabundos -incapaces de trabajar, demasiado inútiles para robar, siempre sin dinero, siempre comprando a crédito. En todo el grupo no había ni uno que no fuera a largarlo todo en cuanto un policía le preguntara: -¿Dónde conseguiste esto? El peor de todos era Gene Doolie, un irlandés huesudo, muy bajo, con aspecto entre maricón y chuloputas. Gene era soplón hasta los huesos. Lo más probable es que escribiera sucias listas de gente -sus manos siempre estaban asquerosas- y se las leyera a la policía. Te lo podías imaginar denunciando a los independentistas durante el levantamiento irlandés; dando información a la Gestapo; al servicio de la GPU; sentado en una cafetería hablando con uno de la estupa. Siempre con la misma cara delgada de rata, con un traje pasado de moda, con su voz penetrante tan desagradable. Lo más inaguantable de Gene era su voz. Era algo que te atravesaba de parte a parte. Aquella voz constituyó mi primer conocimiento de su existencia. Nick acababa de llegar a mi apartamento con el dinero de las ventas del día cuando fui llamado al teléfono del vestíbulo. -Soy Gene Doolie -dijo la voz-. Estoy esperando por Nick, y llevo esperando mucho tiempo. -Su voz alcanzó el nivel de chillido, casi de aullido cuando llegó a «mucho tiempo». -Está aquí ahora -dije-. Supongo que lo verás directamente a él -y colgué.
Al día siguiente Doolie me volvió a llamar. -Estoy cerca de tu casa. ¿Qué te parece si me acerco hasta ahí? Prefiero que estés solo. Colgó antes de que pudiera decir nada, y diez minutos más tarde estaba llamando a la puerta. Cuando una personalidad conoce a otra por primera vez hay un período de mutuo examen a nivel intuitivo, de empatia e identificación. Pero llegar hasta el yo de Doolie resultaba absolutamente imposible. En realidad, su yo se reducía a ser el punto focal de una fuerza hostil. Podía sentírsele moverse por la psiq ue de uno y mirar a ver si en ella había algo de lo que pudiera hacer uso. Me retiré un poco de la puerta para evitar su contacto. Entró titubeando y en seguida se sentó en la cama y encendió un cigarrillo. -Es mejor que nos veamos a solas -su sonrisa era ambiguamente sexual-. Nick era un tío demasiado nervioso -se puso de pie y me tendió cuatro dólares-. ¿Qué te parece si me desnudo aquí mismo? -dijo quitándose la chaqueta. Nunca había oído a nadie usar aquella expresión para eso. Por un momento pensé que estaba haciéndome proposiciones. Se quitó la chaqueta y se arremangó la camisa. Le di dos cápsulas y un vaso de agua. Se lo hizo él todo, cosa que le agradecí. Observé cómo se picaba la vena, apretaba el cuentagotas y se volvía a bajar la manga. Cuando uno está colgado, los efectos de un pinchazo no son dramáticos. Pero el observador que sabe mirar es capaz de ver la acción inmediata de la droga en la sangre y las células de otro adicto. Pero en Doolie no puede detectar ningún tipo de cambio. Se puso la chaqueta y cogió el cigarrillo que había dejado en un cenicero. Me miró con sus ojos azul pálido que parecían no tener profundidad. Eran como artificiales. -Voy a decirte algo -dijo-. Estás cometien do un error al confiar en Nick. Hace unas cuantas noches estaba en la cafetería Johnson y entró Rogers, el de la estupa. Me dijo: «Sé que Nick os anda vendiendo a todos los malditos yonquis del Village. Estáis consiguiendo un buen material -entre el dieciséis y el veinte por ciento-. Bien, puedes decirle a Nick esto: podemos atraparle en cuanto queramos, y cuando le cojamos va a trabajar para nosotros. Ya me hizo un trabajillo en otra ocasión. Volverá a hacerme unos cuantos. Vamos a averiguar de dónde viene ese material.» Doolie me miró detenidamente y chupó el cigarrillo. Luego, como distraídamente, me largó: -Cuando cojan a Nick, te cogerán a ti. Mejor será que le digas a Nick que si habla le meterás en un saco y le tirarás al río. Creo que con esto ya sabes bastante. Puedes hacerte cargo de la situación perfectamente. Me miró tratando de descubrir el efecto de sus palabras. Era imposible de determinar cuánto me creía de toda esta historia. Quizá sólo era un modo de decirme:
-Nunca sabrás quién te ha jodido vivo. Nick sería el más sospechoso, pero si yo hablo nunca podrás estar seguro de quién lo hizo. Lo cierto es que dijo de pronto: -¿Puedes darme una cápsula a crédito? Lo que te acabo de contar creo que se merece algo. Le di la cápsula y se la metió en el bolsillo sin decir nada. -Bien, ya volveremos a vernos. Mañana te llamaré a la misma hora -dijo al marcharse. Hice que siguieran a Doolie para ver lo que podía saber de él y para comprobar su historia. Nadie sabía nada concreto. Tony, el camarero, me dijo: -Doolie te delatará si tiene que hacerlo. Pero no pudo darme datos más concretos. Sí, se sabía que Nick había cantado en una ocasión. Pero los datos del asunto, en el que Doolie también estaba implicado, indicaban que el soplo también podía proceder de Doolie. Unos días después del episodio de Gene, salía del metro en Washington Square cuando se me acercó un muchacho delgado y rubio. -Bill -me dijo-, supongo que no me conoces. He estado comprándole a Nick y estoy cansado de que me robe. ¿Puedes atenderme tú directamente? Pensé: Qué importa. Después de Gene Doolie, ¿por qué voy a preocuparme? -Vale, muchacho -le dije-. ¿Cuánto quieres? Me dio cuatro dólares. -Vamos a dar una vuelta -dije, y me dirigí hacia la Sexta Avenida. Tenía un par de cápsulas en la mano y buscaba un sitio tranquilo para pasárselas. -Estáte preparado -dije, y le pasé las dos cápsulas. Nos citamos para el día siguiente en una cafetería de Washington Square. Este chico rubio se llamaba Chris. Había oído decir a Nick que su familia tenía dinero y que vivía del dinero que le mandaban. Cuando me encontré con él al día siguiente en Felton, empezó a soltarme enseguida la historia del ten -cuidado-con-Nick. -A Nick le están siguiendo. Si le cogen, seguro que les soltará tu nombre, dirección y teléfono. -Eso ya lo sé -le dije. -Bueno, supongo que sabrás lo que haces -dijo todo escocido-. Ahora escúchame. Esta tarde recibiré un cheque de mi tía. Mira esto. Sacó un telegrama del bolsillo. Le eché un ojo. Había una vaga referencia a un cheque. Él siguió habiéndome del cheque. Mientras hablaba me co gía por el brazo y me salpicaba de saliva la cara. Me resultaba imposible seguir aguantando a aquel ser pegajoso. Para cortar de una vez, le di una cápsula antes de que me pidiera dos o tres. Al día siguiente apareció con dólar och enta. No dijo nada del cheque. Y así continuó. Siempre venía con menos dinero del necesario, o sin nada. Seguía hablando continuamente de que iba a recib