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el
caso del comisario Bertoni
[Un Borges poco conocido, cuento oral de Borges
escrito por Bioy Casares]
"Se decía que hombres como el comisario Bertoni se habían acabado, que ya no
había más funcionarios con ese sentido del deber, de la justicia, de la
responsabilidad. Una anécdota ilustraba estas prendas del comisario. Junto a la
comisaría había un baldío y allá pastaba una potranca a la que le había echado
el ojo un muchacho del barrio, un mozo pierna. Una madrugada, en la seguridad de
que no habría nadie, el mozo se le acercó sigilosamente, la volteó y se la
cogió. Bertoni, que no era sonso y que estaba en todo, había maliciado las
intenciones del joven vecino y esa mañana había madrugado más de lo habitual.
Desde el alero de la comisaría, donde mateaba, vigilaba el potrerito. En el
momento oportuno se apareció en el lugar del hecho y sorprendió al mozo. Con
aquel sentido del deber y de la responsabilidad que ya no volverá a verse, le
dijo al mozo: "Bajate los pantalones". Y ahí nomás le rompió el culo".
[Extracto de una charla de bar en la que participaron Borges, Bioy, Silvina,
Estela Canto, Marta Mosquera y Wilcock. Serán publicadas en "Borges" de Adolfo
Bioy Casares, Editorial Destino]
Fuente: Revista Ñ, Clarín, 16/09/06.
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La
poesía y el arrabal
[Conferencia pronunciada en el el auditorio de la Universidad de Antioquia,
Colombia, en 1963]
Señoras y señores:
Uno de los primeros versos del Evangelio según San Juan dice, si no me equivoco,
“El Espíritu sopla dondequiera”. Y ahora a esta cita voy a agregar otra que
parece más diversa, y sobre todo asaz diversa del tema que voy a tratar, que es
la poesía y el arrabal. Se trata de una cita de Bernard Shaw. A éste le
preguntaron: “¿Usted cree realmente que el Espíritu Santo ha escrito la
Biblia?”, y Bernard Shaw contestó: “No sólo la Biblia, sino todos los libros que
vale la pena releer.” Es decir, para Bernard Shaw, el Espíritu Santo es lo que
antiguamente llamaban la Musa. Recordemos aquella tradicional invocación de
Homero: “Canta, oh Musa, la cólera de Aquiles.” O, ya que soy argentino,
recordemos aquel pedido del gaucho Martín Fierro: “Pido a los santos del cielo
que ayuden a mi pensamiento”, etcétera. Y nuestra mitología moderna, no mucho
más clara y ciertamente menos hermosa, prefiere hablar no de la Musa y del
Espíritu, sino de la subconsciencia o del subconsciente colectivo, lo cual no
contribuye a aclarar las cosas.
Pues bien, a todo esto me ha llevado el tema de la conferencia de hoy,
aparentemente tan lejano: la poesía y el arrabal. Voy a explicarme. El proceso
histórico argentino, ese proceso que ha sido abreviado esta mañana por Sergio
Moreno Torres en una conferencia admirable, ese proceso, como todos los procesos
históricos, es un proceso complejo. Aunque nuestra historia es breve, ya que
podemos hacerla brotar de aquella lluviosa mañana de mayo de 1810; o también
podemos pensar en las dos fracasadas invasiones inglesas que fueron rechazadas,
no por las autoridades coloniales, sino por los habitantes de la ciudad de
Buenos Aires (y ese hecho sirvió para que sintiéramos que podíamos ser algo,
algo que no podíamos precisar pero que presentíamos: ser argentinos). Luego vino
la revolución, vino aquella guerra de independencia en que colombianos y
argentinos compartieron la gloria. Luego, otros hechos. Las sangrientas guerras
civiles, la guerra contra el Brasil, la primera dictadura, la reorganización del
país, la guerra entre Buenos Aires y las provincias, la gradual conquista del
desierto —que en la provincia de Buenos Aires duró hasta 1880. La guerra con el
indio en el norte, que fue posterior, y luego tenemos la segunda dictadura, la
inolvidable para tantos argentinos revolución de 1955.
Y, además, una literatura. Una literatura que empieza con los románticos, con Lafinur, con Echeverría, y luego llega a la poesía culta de... —pero al decir estos nombres no quiero omitir otros—: Ezequiel Martínez Estrada y Enrique Banchs. Y a todo esto podemos agregar también los complejos destinos humanos, las generaciones humanas, esa suerte de rutina humana y acaso divina del nacimiento, del estudio, del amor, de la desventura, de las enfermedades, que son una forma de la muerte, y luego de la muerte. Es decir, tenemos un proceso bastante complejo como el de todas las naciones. Y, a priori, quién hubiera dicho que hay ciertos acontecimientos que hubieran podido inspirar una literatura no indigna de estudio. Digamos, la guerra de la independencia, por ejemplo, o el minucioso destino de cualquier hombre argentino, ya que yo creo que a todo hombre le ocurren todas las cosas esenciales, que son las únicas que importan. Y, sin embargo, al estudiar la literatura argentina vemos que hay dos cosas fuera, digamos, de la dicha o desdicha personal, que parecen haber inspirado a los escritores, y esas dos cosas son la llanura y el arrabal: o, si ustedes prefieren, el gaucho y el compadrito. Por eso dije al principio que el Espíritu sopla dondequiera.
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La literatura es muy misteriosa, no sabemos cómo se produce, tiene sus
preferencias y sus relaciones secretas; o, como una cortesía mexicana, dijo
Alfonso Reyes, simpatías y diferencias —que es, como ustedes saben, el nombre de
uno de sus libros. Y, antes de hablar del arrabal, querría, a riesgo de
repetirme, decir algunas palabras sobre el otro tema, el tema del gaucho, tan
importante en nuestras letras desde los diálogos de Bartolomé Hidalgo hasta las
novelas de Ricardo Güiraldes y de Acevedo Díaz. Porque ese tipo humano, ese tipo
de pastor ecuestre, ese tipo de domador de caballos, para decirlo con las
últimas palabras de la Ilíada, y de este tropero de hacienda a través de
regiones desiertas, es un tipo que se ha dado realmente en toda América, digamos
desde Nebraska o Montana hasta los confines australes del continente. Ha habido
diferencias étnicas. Ese hombre, ese hombre arquetípico, ha llevado diversos
nombres; se ha llamado o se llama cowboy, vaquero, llanero, yagunzo, guaso,
gaucho... gaucho... pero su destino de riesgo y de soledad ha sido más o menos
el mismo, con rasgos diferenciales de escasa importancia. Ahora bien, ese
personaje ha dado, en el norte, el western, que no debemos despreciar, y ha dado
en la República Oriental del Uruguay y en la República Argentina la poesía
gaucha. Es decir, estamos aquí ante un fenómeno literario.
Preguntar por qué se dio la literatura gaucha en la región del Plata es una
pregunta difícil; puede deberse al hecho de que hombres de la ciudad
convivieron, durante la guerra, y durante los veraneos también, con el gaucho:
ésa sería una razón. Tendríamos también otra razón de orden filológico: el hecho
de que no hay, contrariamente a lo que afirman los autores de diccionarios de
argentinismos, un dialecto gaucho, sino más bien una entonación gauchesca del
común idioma español.
Lo cierto es que los argentinos, más allá de nuestras convicciones, nos sentimos
de algún modo identificados con el gaucho, y no creo que eso ocurra en otras
regiones. Por ejemplo, en la literatura de los Estados Unidos, el cowboy es un
personaje bastante lateral y subalterno; y desde luego un americano del norte
puede sentirse identificado con el Middle West, con la época feudal del sur
antes de la guerra de secesión; con New England, la erudita, lectora y
escritora. En cambio los argentinos —aunque desde luego queramos que esto
ocurra— sentimos cierta identidad con el gaucho. Y tenemos un caso muy curioso
en Domingo Faustino Sarmiento, que ciertamente abominaba del gaucho; y este
Sarmiento crea para las memorias de las venideras generaciones la figura del
caudillo gaucho riojano de Facundo Quiroga, que tuvo dos circunstancias
afortunadas: una fue que lo asesinaron en una galera, lo cual se presta a la
pintura, y otra fue que Sarmiento, que lo aborrecía, escribió su biografía.
Bueno, algo parecido ocurre con el arrabal, al cual llego: al fin —dirán
ustedes.
Ahora, el arrabal de Buenos Aires no es un arrabal especialmente pintoresco, o
que tenga rasgos diferenciales importantes; sobre todo el arrabal de lo que
podríamos llamar el mito del arrabal. Ni siquiera era muy pobre; era menos pobre
que las villas miseria que ha creado la industria. En un país ganadero y un poco
agrícola, la pobreza no podía ser muy grande. Cuando yo era chico, por ejemplo,
recuerdo que, fuera de algunas zonas un poco perdidas al sur del Riachuelo, el
arrabal no era de ranchos de lata sino de casas de material. No era
especialmente pintoresco tampoco, fuera de algunas esquinas pintadas de rosa o
de verde; había cierta diferencia en la indumentaria, pero no muy grande
tampoco. Quiero decir que lo importante del arrabal en la literatura argentina
es más bien la importancia que esa literatura le ha dado, además de otro rasgo
al cual me referiré más tarde. Ahora, ¿cuándo empezó esa literatura argentina
del arrabal?
El arrabal, que no se llamaba así antes, por ejemplo mi abuelo no hablaba del
arrabal, ni mi padre tampoco, sino de las orillas, y al decir las orillas
pensábamos menos en las orillas del agua, en lo que se llamaba El Bajo, desde
Palermo hacia un poco más allá del barrio de las bocas del Riachuelo, no:
pensábamos ante todo en las orillas de la tierra; porque esa metáfora que
confunde la llanura con el mar es una metáfora natural, no una metáfora
artificiosa. Es decir, pensábamos en esas vagas, pobres y modestas regiones en
que iba deshilachándose Buenos Aires hacia el norte, hacia el oeste y hacia el
sur. Esas regiones de casas bajas, esas calles en cuyo fondo se sentía la
gravitación, la presencia de la pampa; esas calles ya sin empedrar, a veces de
altas veredas de ladrillo y por las que no era raro ver cruzar un jinete, ver
muchos perros. Nada de esto era muy pintoresco, pero ahora quizá lo sea, porque
ya lo vemos, no a través de la realidad, sino a través de la imaginación de
quienes lo han contado.
Decía Mr. Coole, refiriéndose al silver progress memorial, que una de las
maravillas de la literatura es que lo imaginado por un hombre llegue a ser parte
de la memoria de otros. Y así las orillas un tanto grises —nada pintorescas, por
cierto— de Buenos Aires, sin embargo, han atraído a los escritores. No se ha
escrito hasta ahora, que yo sepa, un libro sobre el arrabal y la literatura en
Buenos Aires, como tenemos, por ejemplo, un libro de William Alzaga sobre la
pampa en la literatura argentina, que empieza con Echeverría y llega a Güiraldes
y llega más allá también. Si yo tuviera que escribir ese libro —que ciertamente
no escribiré porque me queda poco tiempo, y prefiero dedicar ese tiempo al
estudio, a la filología, y a mis imaginaciones personales, que a los trabajos
eruditos para los cuales me incapacitan no sólo mi casi segura ceguera sino mi
plena haraganería—, empezaría ese libro con Hilario Ascasubi, que fue uno de los
primeros poetas gauchescos. Y lo hago porque en los versos de Hilario Ascasubi,
escritos durante la primera tiranía, la de Don Juan Manuel de Rosas, ya está la
voz del compadrito, ya está el tono del compadrito. Y él mismo emplea esa
palabra en una larga estrofa, que no recuerdo, pero en la cual un hombre le dice
al fin a una mujer: “Mi alma, yo soy compadrito.” Pero ésa está sobre todo, yo
creo, en estrofas breves, como ésta en que Ascasubi se refiere al cielito; el
cielito era la música popular de Buenos Aires, esto lo sabemos por Hidalgo, por
el mismo Ascasubi, y por una referencia de Mitre, en que habla del cielito que
el porteño hace oír. Pues bien, Ascasubi dice:
Vaya un cielito rabioso
cosa linda en ciertos casos
en que anda un hombre ganoso
de divertirse a balazos
Ahora bien, esta entonación —y creo que lo principal, lo esencial en la poesía
es la entonación, no las ideas— es exactamente la entonación de ciertas coplas
populares del compadrito, es decir, del plebeyo de Buenos Aires, o mejor dicho
de las orillas de Buenos Aires, porque su situación económica no le permite
vivir muy cerca del centro, aunque las orillas estaban muy cerca del centro. He
repetido unos versos de Ascasubi. Ahora oirán ustedes unas coplas populares y
verán que la entonación es la misma:

Yo soy del barrio del norte
soy del barrio de Retiro
yo soy aquel que no miro
con quien tengo que pelear
y a quien en milonguear
ninguno se puso a tiro
O:
Soy del barrio Monserrate
donde relumbra el acero
lo que digo con el pico
lo sostengo con el cuero
O:
Hágase a un lao, se lo ruego,
que soy de la Tierra ‘el Fuego
... es decir, los alrededores de la penitenciería nacional. Ustedes ven que la
entonación es la de Ascasubi. Creo que estas coplas le hubieran gustado a
Ascasubi.
Y luego llegamos a un escritor, no sé si justa o injustamente olvidado, pero del
cual procede, si no me engaño, el sainete. Hablo de un compadrito que tenía
nombre de compadrito: se llamaba Nemesio Trejos. Y frecuentaba, hacia mil
ochocientos sesenta y tantos, creo, setenta y tantos (yo tengo mucha facilidad
para el olvido, pero sobre todo para el olvido de fechas. Ahí mi memoria se ha
especializado, digamos), bueno, él frecuentaba un almacén en el cual se reunían
payadores, guapos, gente del hampa, que se llamaba El
Almacén de la Milonga, y que estaba situado —esta topografía es para argentinos—
en la esquina de Charcas y Andes, es decir, Charcas y José Evaristo Uriburu,
diremos ahora, no muy lejos de lo que Lugones llama el barrio galante. Hay una
página admirable de Lugones, en su historia de Sarmiento, en la cual él se
refiere al compadrito y al arrabal: lo hace de paso, pero lo hace, como todo lo
suyo, de un modo insuperable; habla de la peligrosa topografía de esta región.
Mi madre me ha hablado de una zanja que había en la calle Viamonte. La calle
Viamonte era la calle de las casas malas por aquella época, que luego se
trasladaron a la calle Junín, y luego más o menos hubo algunas en cada barrio, y
creo que ya van a centrarse en el Bajo. El hecho es que este Nemesio Trejos fue
uno de los tertulianos de este almacén, y Lugones ha tenido la piedad, digamos,
de conservar el nombre de uno de ellos: el Tigre Flórez. Y habla de esa gente
que vivía peleando con la policía o esquivándola, vivían matándose en duelos
oscuros, muriendo en una esquina cualquiera, y además —como Ovidio, dice
Lugones— cantando las tristezas del amor y del destierro. Este Nemesio Trejos
frecuentó ese almacén, encontró allí el tema para los primeros sainetes, y luego
vienen otros que ya lo siguen. Tenemos a Pacheco, tenemos a Vacarezza, tenemos
obras como El arroyo Maldonado, y ahí se crea lo que alguno ha llamado la
mitología del compadre, con las exageraciones y énfasis que eran acaso
inevitables, ya que los autores de esos sainetes tenían que acentuar los rasgos
diferenciales del habla del compadrito, puesto que sus piezas serían
representadas ante un público culto. En cambio el compadrito al hablar, o al
tocar la guitarra, no necesitaba acentuar esos rasgos que los demás poseían.
Además, un hombre inculto no puede saber cuáles son las palabras incultas para
acumularlas artificialmente, como lo han hecho después casi todos los autores de
letras de tangos. Es decir, el hombre de pueblo habla con espontaneidad,
intercala alguna palabra en lunfardo, acaso sin saber que esa palabra está en
lunfardo, pero no las acumula artificiosa y jocosamente como tantos otros
—Contursi, Discépolo— lo han hecho después.
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Desde luego que ya tendríamos para esa conjetural historia de la poesía y del
arrabal —que ojalá no se escriba, porque las historias de la literatura suelen
ser tediosas— ya tendríamos el nombre de Ascasubi y el de Nemesio Trejos. Y a
ésos tendríamos que agregarle otro no menos importante: el de Eduardo Gutiérrez.
Leopoldo Lugones ha escrito que Eduardo Gutiérrez —esto lo escribió en 1916,
quizá muchas novelas actuales confirmarán su opinión— sigue siendo nuestra única
posibilidad de novelista, malgastada en nuestra eterna dilapidación de talento.
Es verdad que Gutiérrez no escribió sobre el compadrito, pero escribió sobre el
gaucho, especialmente sobre el gaucho pendenciero y cuchillero. Luego, los
hermanos Podestá —uruguayos— difundieron o aumentaron la difusión de las novelas
de Eduardo Gutiérrez, mediante sus representaciones circenses, especialmente el
Juan Moreira. Yo vi una de las últimas representaciones de los Podestá, que se
hizo en un circo que estaba en la calle Artes —los argentinos notarán que soy un
hombre viejo, porque debería decir Pellegrini y Corrientes, que se representaba
en la pista del circo. Porque Moreira, el Martín Fierro, diremos, de esa pieza,
el gaucho noble perseguido por la policía entraba en el escenario a caballo, y
luego bajaba del caballo para pelear con los policías.
(Un hecho curioso es que, salvo en la República Oriental y en Entre Ríos, la
pelea entre estos hombres ecuestres ha sido siempre a pie; tanto es así que se
dice “una de a pie” por una pelea o una discusión. Ahora, esto puede deberse al
armamento; puede deberse al hecho de que todos usaban cuchillo y de que muy
pocos tenían una lanza a mano. Sin embargo, me contaron hace poco que Guillermo
Hoyos, famoso cuchillero de origen irlandés —ya el nombre de Guillermo indica
algo extraño, y Hoyos puede ser algún Hoss o Hess deformado, era tropero, y
trabajaba en la estancia de un señor que vivía cerca del Arroyo del Medio. Este
señor notó que entraban ladrones en la estancia y robaban ovejas. Y había un
mangrullo en la estancia. Si les digo que un mangrullo es un dichadero, habré
explicado lo desconocido, por lo más desconocido. Pero creo que basta pensar en
una estructura alta, muy endeble, desde la cual puede verse, desde lejos, la
llegada de las tropas de hacienda. Y este señor, a principios de siglo, vio que
entraba gente extraña en la estancia, le avisó a Hormiga Negra —que entre los
intervalos de pelear con la policía era un buen peón de estancia y un buen
tropero— que había entrado gente a la estancia; entonces Hormiga Negra encintó
una lanza, montó a caballo y lanceó a tres de los que habían entrado; luego, los
otros escaparon, y el patrón le hizo una reconvención a Hormiga Negra. Le dijo:
“¡Pero cómo! ¡Has lanceado a tres! ¡Pero qué es esto!” Entonces el otro,
humildemente y con la lanza aún ensangrentada en la mano, le dijo: “Perdón,
patroncito, se me fue la mano...”)
Pues bien, el compadre, o por lo menos el compadre que yo he conocido, solía ser
carrero, cuarteador, matarife; por eso, entre todos los barrios de Buenos Aires,
el de El Corrales fue el más famoso por su compadraje. Todo ocurría cerca de la
Plaza Constitución, después en el Parque de los Patricios. El compadre era
lector de Eduardo Gutiérrez, cuando sabía leer; y cuando era analfabeto, lo cual
es más común, era espectador de los Podestá. Es decir, no se veía sí mismo como
un compadre, se veía como una suerte de gaucho, y además era, en muchos casos,
un hombre ecuestre [...] Nosotros lo veíamos heroico a Juan Moreira. Y recuerdo
el caso análogo del Noi, malevo del barrio del Abasto, barrio de aquel Charles
Gardés —más conocido como Carlos Gardel, ¿no?— Recuerdo que el Noi, saliendo de
una casa mala, tuvo un cambio de palabras con un muchacho, le dio una distraída
bofetada —las bofetadas entonces no eran para derribar a un hombre, eran
simplemente para ponerlo en su lugar o para iniciar una pelea verdadera, ya que
se hablaba de peleadores de puños con cierto desprecio, ya que el boxeador no
arriesga la vida al pelear. Pues bien, el Noi ya es viejo, ya famoso, ya con una
constelación de muertes, digamos, abofeteó distraídamente a ese muchacho, que no
sabía con quién se las había, y que sacó un revólver y lo mató. Y luego ese
muchacho tuvo que mudarse del barrio porque la gente lo aborrecía y lo
despreciaba, porque quién era él para matar al Noi —como quién era el sargento
Chirino para matar a Juan Moreira.
Y ahora que he hablado de estos personajes, voy a llegar a uno que conocí
personalmente; voy a llegar a otro de los inventores poéticos del arrabal. Me
refiero a Evaristo Carriego. Evaristo Carriego era un muchacho de los que
llamamos allá familia bien, muy venida a menos. Era hijo de un doctor, Evaristo
Carriego, que tiene que haber sido muy valiente, porque el doctor Carriego en la
Legislatura de Paraná, durante la dictadura de Urquiza —Urquiza era un hombre
que, con la pierna volcada sobre el
recado, veía, tomando mate, degollar a
filas de prisioneros. Bueno, pues, en vida de Urquiza, algún adulón propuso que
en Paraná le hicieran una estatua a Urquiza. El doctor Carriego dijo que ese
acto era un acto de adulación y que las estatuas sólo debían erigirse a muertos
y no a vivos. Y el doctor Carriego sabía que estaba jugándose la vida, o más
precisamente la garganta al decir esas palabras. Y sin embargo lo hizo. Carriego
era un hombre de escasa cultura. Tenía esa veneración, ciertamente muy justa,
por Francia, que tuvieron todos los hombres de su generación —pensemos en Darío,
en Lugones—, pero el hecho es que él sabía muy poco de Francia, fuera de las
campañas napoleónicas. Recuerdo, en las sobremesas de los domingos en mi casa,
que él y mi padre nos explicaban la batalla de Austerlitz, o la batalla de
Viena, o la última batalla, la de Waterloo, ayudándose con los cuchillos, los
tenedores, los vasos, las tacitas de café, las copas que habían quedado, para
mostrarnos cómo habían sido aquellas batallas. Y, además, Carriego fue un gran
lector de Dumas. Uno de sus poemas se titula, precisamente, Leyendo a Dumas. Y
lo leía en español, no sabía francés. Y en aquella época —estoy hablando de
1910— no saber francés era casi como no saber leer y escribir: todos sabíamos
francés. No quiero decir que lo habláramos correctamente o que pudiéramos tener
una conversación en francés; quiero decir algo mucho más importante: todos
podíamos gozar directamente de la literatura francesa. La memoria de los hombres
de aquella generación estaba llena de versos de Racine, de Musset, de Hugo, y
luego, cuando triunfa el modernismo, de versos de Verlaine y de Baudelaire.
Y ahora vuelvo a lo que dije al principio. "In my end is my beginning", en mi fin
está mi principio. (Ya Heráclito había dicho que en la circunferencia el
principio se confunde con el fin, pero la frase es abstracta, y María Estuardo
se mostró mejor escritora, mejor literata que Heráclito cuando hizo grabar esa
sentencia, que luego utiliza Eliot en un poema, en un anillo. Porque el anillo
viene a ser un ejemplo de la inscripción. El anillo es circular, y el anillo
está hablando y diciendo en mi fin está mi principio.) Quiero volver a la épica.
No sé si con razón o sin ella, pero —esto ya lo sabía Aristóteles— la historia
es menos verdadera que la poesía... la poesía, o la poesía argentina, ha querido
ver en el compadrito, y sobre todo en el guapo —personaje, ya lo he dicho, común
a toda América— y en el suburbio —que se da en todas las ciudades de América
también—, ha querido buscar allí, con o sin justificación histórica, su
necesidad de la épica.
Hace cerca de cuarenta años yo cometí la imprudencia de escribir un cuento
titulado El hombre de la esquina rosada, cuyo tema es ése: el desconocido que
provoca a un desconocido, el desconocido que llega de un barrio lejano a un
barrio perdido en el oeste de Buenos Aires, y desafía a otro a pelear con él.
Ahora, cuando escribí ese cuento lo hice con un propósito visual, porque me
había impresionado lo visual de muchos cuentos de Stevenson y de Chesterton. Y
pensé que sería curioso aplicar la materia orillera a esa técnica, esa técnica
que quiere que cada cosa ocurra de un modo vívido; es decir, que todas las cosas
ocurran de un modo vívido; es decir, que todas las cosas ocurran como un ballet
(y hace unos tres o cuatro años se ha hecho un ballet con ese argumento de El
hombre de la esquina rosada). Ahora bien, en ese cuento yo necesitaba que la
provocación fuera brusca. Y así, el corralero entra en el salón de baile y
provoca bruscamente al guapo local, que se llama, creo, Rosendo Suárez.

Bueno, cuando escribí ese cuento sabía, porque lo había presenciado muchas
veces,
que eso era
históricamente falso. Las provocaciones nunca se hacían así.
Llegaba el desconocido, se acercaba respetuosamente al hombre que iba a
desafiar, lo colmaba de elogios, y luego esos elogios eran tan copiosos que se
habían convertido en burlas, y luego lo desafiaba a pelear. Yo he asistido
personalmente a una escena de ésas. Un amigo mío, de cuyo nombre no quiero
acordarme, estaba escribiendo una historia de la milonga y del tango, y yo lo
llevé a casa de mi amigo, caudillo de la parroquia de Palermo, Don Nicolás
Paredes, que tenía bien cumplidos los setenta años. Paredes nos recibió con
mucha cortesía, trajo la guitarra, se negó a tocarla antes que la tocara el
visitante. Después dijo: “Yo también toco un poquito.” Tomó la guitarra, tocó
mejor que el musicólogo que lo visitaba, felicitó al musicólogo por su
conocimiento de la guitarra, y entonces el musicólogo dijo: “Bueno, pero es que
yo me he criado en Cañuelas” (que es un pueblo de la provincia de Buenos Aires).
Ahora, en cuanto mi amigo dijo “yo me he criado en Cañuelas”, o no, creo que
dijo “yo soy de Cañuelas”, comprendí que algo había ocurrido en el universo, que
ahí empezaba algo que yo no alcanzaba a entender. Porque inmediatamente el viejo
Paredes cambió, y me dijo, con una especie de temblor en la voz: “¡De Cañuelas!
¡De Cañuelas había sido el hombre!” Y luego me explicó: “En mi tiempo, cuando
llegaba alguien de Cañuelas, los más guapos se aporroneaban.” Y luego siguió
hablando el musicólogo, y Paredes a cada rato lo interrumpía para decirme, sotto
voce: “¡El hombre es de Cañuelas!”, con un tono aterrado. Y esto habrá durado
quizá tres cuartos de hora, o una hora. Y luego el viejo nos pidió disculpas por
dejarnos un momento, fue al fondo de la casa y volvió con dos puñales: Y yo
noté, y notó naturalmente el musicólogo, que uno de los puñales le llevaba un
palmo al otro. “Y bueno —le dice— elija su arma y hágale un tajo a este pobre
viejo.” Y al decirle eso fue acercando la cara a la del otro. El otro,
naturalmente, le dijo que no tenía ningún deseo de estropear una noche tan
agradable como ésa. Entonces Paredes se encogió de hombros y dijo: “Pero cómo,
¿y no había dicho que era de Cañuelas?” Y entonces volvió y nos convidó con
asado y con aguardiente, y después, cuando yo quise comentar el incidente con
él, dijo que el otro tocaba muy bien la guitarra y era muy valiente. Pero yo
comprendí que todo eso correspondía a una época. Correspondía, sin que Paredes
se lo hubiera propuesto, a una época en la que un hombre no podía decir —y creo
que eso ocurre aquí ahora—, en ciertos ambientes no podía decir yo soy de tal
barrio o de tal pueblo, porque eso era poner a los otros en inferioridad, era
desafiar a los otros.
En fin, podría contarles historias innumerables de desafíos. Y otra, que no
sirve para ser contada, porque duró tres o cuatro minutos, y concluyó con la
muerte de uno de los hombres. Y la muerte es terrible, pero no encierra una
anécdota como las que he contado.
1. “Guapo”, vocablo del Río de la Plata. En el sentido de
“pendenciero”, “perdonavidas”, “violento audaz”.-N. de la R.
2. El noi, en catalán “el muchacho”.-N. de la R.
3. Atado de todos los aparejos del jinete.-N. de la R.
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GRACIAS Y DESGRACIAS DEL OJO DEL CULO
Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645)
GRACIAS Y DESGRACIAS DEL OJO DEL CULO
Dirigidas a Doña JUANA MUCHA, MONTON DE CARNE,
Mujer gorda por arrobas.
Escribiólas JUAN LAMAS, EL DEL CAMISON CAGADO.
Edición de DANIEL LEBRATO, Maestro Oculista.
[El manuscrito se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid]
Quien tanto se precia de servidor de vuesa merced, ¿qué le podrá ofrecer sino
cosas del culo? Aunque vuesa merced le tiene tal, que nos lo puede prestar a
todos. Si este tratado le pareciere de entretenimiento, léale y pásele muy
despacio y a raíz del paladar. Si le pareciere sucio, límpiese con él, y béseme
muy apretadamente. De mi celda, etcétera.
No se espantarán de que el culo sea tan desgraciado los que supieren que todas
las cosas aventajadas en nobleza y virtud, corren esta fortuna de ser
despreciadas de ella, y él en particular por tener más imperio y veneración que
los demás miembros del cuerpo; mirado bien es el más perfecto y bien colocado
dél, y más favorecido de la naturaleza, pues su forma es circular, como la
esfera, y dividido en un diámetro o zodíaco como ella. Su sitio es en medio como
el del sol; su tacto es blando: tiene un solo ojo, por lo cual algunos le han
querido llamar tuerto, y si bien miramos, por esto debe ser alabado, pues se
parece a los cíclopes, que tenían un solo ojo y descendían de los dioses del
ver. El no tener más de un ojo es falta de amor poderoso, fuera de que el ojo
del culo por su mucha gravedad y autoridad no consiente niña; y bien mirado es
más de ver que los ojos de la cara, que aunque no es tan claro tiene más
hechura. Si no, miren los de la cara, sin una labor, tan llanos que no tienen
primor alguno, como el ojo del culo, de pliegues lleno y de molduras, repulgo y
dobladillos, y con una ceja que puede ser cola de algún matalote, o barba de
letrado o médico. Y así, como cosa tan necesaria, preciosa y hermosa, lo traemos
tan guardado y en lo más seguro del cuerpo, pringado entre dos murallas de
nalgas, amortajado en una camisa, envuelto en unos dominguillos, envainado en
unos gregüescos, abahado en una capa, y por eso se dijo: "Bésame donde no me da
el sol". Y no los de la cara, que no hay paja que no los haga caballeriza, ni
polvo que no los enturbie, ni relámpago que no los ciegue, ni palo que no los
tape, ni caída que no los atormente, ni mal ni tristeza que no los enternezca.
Lléguense al reverendo ojo del culo, que se deja tratar y manosear tan
familiarmente de toda basura y elemento ni más ni menos; demás de que hablaremos
que es más necesario el ojo del culo solo que los de la cara; por cuanto uno sin
ojos en ella puede vivir, pero sin ojo del culo ni pasar ni vivir.
Lo otro sábese que ha habido muchos filósofos y anacoretas que, para vivir en
castidad, se sacaban los ojos de la cara, porque comúnmente ellos y los buenos
cristianos los llaman ventanas del alma, por donde ella bebe el veneno de los
vicios. Por ellos hay enamorados, incestos, estupros, muertes, adulterios, iras
y robos. Pero ¿cuándo por el pacífico y virtuoso ojo del culo hubo escándalo en
el mundo, inquietud ni guerra? ¿Cuándo, por él, ningún cristiano no aprendió
oraciones, anduvo con sinfonía, se arrimó a báculo ni siguió a otro, como se ve
cada día por falta de los de la cara, que expuestos a toda ventisca e
inclemencia, de leer, de fornicar, de una purga, de una sangría, le dejan a un
cristiano a buenas noches? Pruébenle al ojo del culo que ha muerto muchachos,
caballos, perros, etc.; que ha marchitado hierbas y flores, como lo hacen los de
la cara, mirando lo ponzoñosos que son: por lo que dicen que hay mal de ojo.
¿Cuándo se habrá visto que por ser testigo de vista hayan ahorcado a nadie por
él, como por los de la cara, que con decir que lo vieron forman sus calumnias
los escribanos? Fuera de que el ojo del culo es uno y tan absoluto su poder, que
puede más que los de la cara juntos. ¿Cuándo se ha visto que en las
irregularidades se metan con el ojo del culo?
Lo otro, su vecindad, es sin comparación mejor, pues anda siempre, en hombres y
mujeres, vecino de los miembros genitales; y así se prueba que es bueno, según
aquel refrán: Dime con quien andas, te diré quien eres. El se acredita mejor con
la vecindad y compañía que tiene que no los ojos de la cara, que éstos son
vecinos de los piojos y caspa de la cabeza y de la cera de los oídos, cosa que
dice claro la ventaja que les hace el serenísimo ojo, del culo. Y si queremos
subtilizar más esta consideración, veremos que en los ojos de la cara suele
haber por mil leves accidentes, telillas, cataratas, nubes y otros muchos males;
mas en el del culo nunca hubo nubes, que siempre está raso y sereno; que, cuando
mucho, suele atronar, y eso es cosa de risa y pasatiempo. Pues decir que no es
miembro que da gusto a las gentes, pregúnteselo a uno que con gana desbucha, que
él dirá lo que el común proverbio, que, para encarecer, que quería a uno
sobremanera, dijo: "Más te quiero que a una buena gana de cagar". Y el otro
portugués, que adelantó más esta materia, dijo: "Que no había en el mundo gusto
como el cagar si tuviera besos." Pues ¿qué diremos si probamos este punto con
texto del filósofo que dijo:
No hay contento en esta vida
que se pueda comparar
al contento que es cagar.
Otro dijo lo descansado que quedaba el cuerpo después de haber cagado:
No hay gusto más descansado
que después de haber cagado.
Los nombres que tiene juzgarán que no tiene misterio. ¡Bueno es eso! Dícese
trasero, porque lleva como sirvientes todos los miembros del cuerpo delante de
sí, y tiene sobre ellos particular señorío. Culo, voz tan bien compuesta que
lleva tras sí la boca del que le nombra. Y ha habido quien le ha pueto nombre
gravísimo y latino llamándole antífonas y nalgas, por ser dos; otros, más
propiamente, le llaman asentaderas; algunos, trancaílo, y no he podido ajustar
por muchos libros que he revuelto para sacar la etimología; lo más que he
hallado es que se debe decir tancahigo, por lo arrugado y pasado que siempre
está.
Con más facilidad topé por qué se decía al lindo ojo del culo "manojo de
llaves": por lo redondo del cabo y muchas molduras que hacen aquel mismo
repulgo, y viene bien con los que llaman cofre al culo, que es darle cerradura.;
y en los animales vemos que la Naturaleza les cubre el culo con la cola o rabo,
para que como parte más necesaria y secreta, estuviera acompañado tapado y
abrigado, y con mosqueador para de verano, y en las aves lo mismo. Si miramos su
ocupación, es hacer lo que ninguno nunca hizo ni pudo: pues en este mundo todos
hemos menester a otros para ser proveídos: el alguacil al corregidor, el
corregidor al oidor, el oidor al presidente, el presidente al rey. Pero el culo
se provee a sí mismo y aún en el presidente, servidor por otro nombre (que así
llaman al bacín), cosa equívoca a los derretidos de las damas.
El culo no tiene cosa común, ni aunque me pruebes que hace cámaras, a imitación
de otros muchos, pues lo que él hace son mojones, que son fin de términos, para
dar a entender que en llegando al culo no has de pasar adelante.
Háceme fuerza que en las almonedas dicen: "¿Hay quien puje?"; que ni sé si
convidan a cagar (propiamente entonces pujar) o si a comprar; con que es cierto
que tiene grandes preeminencias, cuando se valen de sus voces para otras cosas.
Hasta los excrementos o mierda (pasa adelante, porque no te empalagues con tan
dulce plato) son de provecho, pues según defienden los doctores galenistas y
boticarios droguistas, son buenos para desligar Cárdeno y Alberto los del
lagarto para los ojos; los de bestias, que llaman estiércol, es con lo que se
fertilizan los campos, y a quien debemos los frutos; la del gato de Algalia, no
hay que probar ni examinar cuánto es su valor y estimación; la mierda del buey,
o boñiga, para inmensos remedios es provechosa. Esto probado y asentado, ¿habrá
curioso alguno que diga que los ojos de la cara tienen alguna virtud? Luego el
ojo del culo, él por sí solo, es mejor y de más provecho que los ojos de la
cara.
Lo que dicen del culo (los que tienen ojeriza con él) es que pee y caga, cosa
que no hacen los ojos de la cara; y no advierten lo cuitados que más y peor
cagan los ojos de la cara y peen que no el del culo, pues en ellos no hay sueño
que no lo caguen en cantidad de legañas, ni pesadilla o susto que no meen en
abundancia de lágrimas, y esto sin ser de provecho, como lo que echa el culo,
como ya queda probado.
Lo del pedo es verdad, que no lo sueltan los ojos; pero se ha de advertir que el
pedo antes hace al trasero digno de laudatoria que indigno de ella. Y, para
prueba desta verdad, digo que de suyo es cosa alegre, pues donde quiera que se
suelta anda la risa y la chacota, y se hunde la casa, poniendo los inocentes sus
manos en figura de arrancarse las narices, y mirándose unos a otros, como
matachines. Es tan importante su expulsión para la salud, que en soltarle está
el tenerla. Y así, mandan los doctores que no les detengan, y por esto Claudio
César, emperador romano, promulgó un edicto mandando a todos, pena de la vida,
que (aunque estuviesen comiendo con él) no detuviesen el pedo, conociendo lo
importante que era para la salud. Otros dijeron que lo había hecho por
particular respeto que se debe al señor ojo del culo.
Pues decir que no es bullicioso un pedo, ¡bueno es eso! ¿Hay cosa de más gusto
que ver en un concurso grande, si se suelta uno, el rumor que mete y qué agudos
acuden todos a taparse las narices, como está dicho, y otros que más lo huelen,
haciendo la disimulada toman tabaco?
Y es probable que llega a tanto el valor de un pedo, que es prueba de amor; pues
hasta que dos se han peído en la cama, no tengo por acertado el amancebamiento;
tambien declara amistad, pues los señores no cagan ni se peen, sino delante de
los de casa y amigos. Y un portugués preguntado cuál era la parte principal del
cuerpo dijo que el culo, que se asentaba primero que nadie y aunque fuese
delante del rey.
Los nombres del pedo son varios: cuál le llama "soltó un preso", haciendo al
culo alcaide; otros dicen: "fuésele una pluma", como si el culo estuviera
pelando perdices; otros dicen: "tómate ese tostón", como si el culo fuera
garbanzal. Otros dicen algo crítico: "cuesco", derivado de la enigma; y otros
han dicho: "Entre peña y peña el alba, río que suena". De aquí se levantó aquel
refrán que dice: "Entre dos peñas feroces, un fraile daba voces". Y finalmente,
dijo el otro: "El señor don Argamasilla cuando sale chilla".
Baste ya de probanzas de la nobleza del señor don Pedo y pase por ahora plaza de
don caballero que porque no digan me revuelco demasiado no le acoto con otros
muchos lugares y autoridades.
Dejo de tratar de los pedos degollados, si bien con esto conocerán de su
hidalguía y caballería y grandeza que tiene el culo en este caso. Pues su
fortaleza ¿quién la encarecerá?, si es tanta que el sólo limpiarse con un paño
delgado se deja de modo por las dos partes, que es más difícil de tomar que la
inclusa.
Y, volviendo a los demás sentidos, digo que lo que se queda en el pañuelo de la
boca es gargajo, y lo de las narices moco, y lo de los ojos legañas, y lo de los
oídos cera; pero lo queda del culo en la camisa es palomino, nombre de ave muy
regalada. Fuera de que los ojos no tienen cosa señalada con que limpiarse; que a
veces piden el pañuelo prestado a las narices y a la boca, y otras se limpian
con las manos, y al mismo tenor los otros sentidos. Mas volviendo al culo, ¡qué
de firmas de grandes señores ha iluminado! ¡Qué papeles de los más íntimos
amigos no ha visto! ¡Qué de libros de los hombres más doctos ha gastado! ¡Qué de
billetes de damas ha firmado! ¡Qué de procesos importantes ha manchado! y, ¡qué
de camisas de Cambray y Holanda ha teñido! Y al fin le han servido de limpiadera
las mejores y más hermosas manos del mundo, según aquel:
La mano de marfil es muy forzoso
que al culo de su dueña haya llegado.
Y lo merece todo, porque también, sin ser abeja, hace cera o cerote (que así
dicen de los medrosos).
Hasta las melecinas deben su ganancia al ojo, que aunque no ve, algunos dijeron
que veía Fulano la luz por el ojo del culo de Zutano. Y en verdad que no es
vista que invidiar
De si tiene alguna gracia o no los culos sería largo de contar, baste decir que
culos que se conocen, en la calle se saludan. Marcial dice que son saludadores
compressis narebus Joven salutat, que en español quiere decir: represando las
nalgas saluda a Júpiter, tratando de uno que se peió y por eso algunos le dan
tanta antigüedad que dicen: ¿Qué tiene que ver el culo con el pulso? Como si
dijeran de una cosa que no da cuidado ninguno y muy con verdad comparándola a
otra que de cada accidente se desconcierta.
Y si nos dilatamos en esta materia será proceder infinito, sólo digo que en
cuanto he hablado y ponderado del culo aunque me queda el rabo por desollar, que
sus gracias son muchas y muy dignas de ponderación, como no son menores sus
desgracias siguientes:
DESGRACIAS DEL OJO DEL CULO
PRIMERA DESGRACIA
Enseña un ayo mugriento la lición a un descuidado niño. Encomiéndasela a la
memoria y como potencia vil pásasele y jugando, olvida y en pena de lo que pecó
la memoria abre el culo a azotes.
SEGUNDA
Va un estudiante un madrugón a una viña, vendimia a la mitad de ella, lleva un
lagar en el estómago, topa con una fuente, y porque se lo pide el gusto bebe
hasta hartarse: pícase la sed y deshácese en cámaras y págalo el ojo del culo.
TERCERA
El otro mesurado o engullidor miserable, por comer de balde llenó tanto el
estómago que se ahitó movido del apetito y págalo el culo a puro jeringazos.
CUARTA
Tiene un mal curado enfermo modorra y porque el humor se le ha apoderado de los
sentidos y los descuidos que tuvo el poco prevenido médico, lo paga el culo a
puro sanguijuelas que lo sajan vivo.
QUINTA
Sábese, según doctrina de muchos filósofos, que el regüeldo es pedo malogrado y
que hay algunos tan desdichados que no se les permite llegar al culo, así lo
enseña Angulo que no ha acabado de salir por la boca cuando le dicen todos:
"¡Vaya a una pocilga!", y cuando sale por el ojo del culo todo es aplaudido y
cuando más le dicen cuerno, como otro tenía costumbre de decir cuando uno se
peía "¡cuerno! por ahí comas carne y por la boca mierda, y papa te vea la madre
que te parió porque te vea más medrado; en las sopas te lo halles como garbanzo,
con esa música te entierren, sabañones y mal de gamones, coz de mula gallega,
por donde salió el pedo meta el diablo el dedo, la víbora el pico, el puerco el
hocico, el toro el cuerno, el león la mano, el cimborrio de El Escorial y la
punta de mi caracol te metan amén".
SEXTA
Da el otro extranjero en caballerear, bizarrear y servir a damas y traer mucha
bambolla y fausto, falta a los negocios y pierde el crédito y lo que pecaron los
miembros genitales lo paga el inocente culo. Pues al punto dicen: "Fulano ya dio
de culo".
SEPTIMA
Va el otro narciso, pisaverde a pie por la calle en tiempo de todos y por más
cuidado que pone en las chinas o piedras que están descubiertas para asegurar
los pies y andar de guija en guija, resbálase el pie y hace pedazos el pobre
culo y de más a más se hace una plasta de todo que le coge de pies a cabeza.
OCTAVA
Da el otro pobre a la medianoche en tiempo de invierno una correncia o
evacuación de tripas y porque con la priesa que tiene no se acuerda bien hacia
donde quedó el brasero o barreño de la lumbre tropieza en él y hace pedazos las
piernas y el culo, cobrando con esta desgracia enfremedad para muchos días.
NONA
Tan desgraciado es el culo que hasta los animales les muerde el lobo por él y en
las monas se ve que porque quieren descansar y sentarse a menudo se llenan el
culo de callos y por eso han dado en decir: "Fulano tiene más callos que culo de
mona".
DECIMA
Viene el otro picarón a sentir el calor del verano y porque yéndose a rascar la
comezón de una ladilla frisona le estorbó el matarla una horrenda población de
pendejos que topa hacia el culo, determina de matarlas con unas tijeras y
teniendo las manos torpes y no ver lo que hace ni poder sufrir más el ser puerco
abre a tijeretazos el pobre culo.
UNDECIMA
Viene la otra pobre casada o doncella a descubrir más de lo que fuera menester
su natural inclinación de ser puta, tiene celo de ello el galán y causa cuidado
al marido y por dar a entender que conocen la fragilidad y imperfección del
sujeto, dicen: "de res que se mea el rabo, no hay que fiar".
DUODECIMA
Dale al otro una apretura en la calle o cógele en la comedia, sale con priesa a
buscar dónde desbuchar, y porque no llegó tan presto a las necesarias o le
embarazó algún nudo ciego, emplástase o embadúrnase de mierda el pobre culo.
DECIMOTERCERA
Viene el otro estudiante o platicante de medicina y al ir a ordenar un
medicamento a la cocina topa a la criada que se había hecho del ojo, y ella por
darle gusto y apagar el fomes de la concupiscencia y titilaciones venéreas,
empieza sus cernidillos y bamboleos, diviértese con el gusto y acribilla a
golpes el pobre culo de escalón en escalón.
DECIMOCUARTA
Vienen las Carnestolendas, alégranse las gentes en diferentes festines y por no
más de antojo de muchachos o pasatiempo de hombres ociosos pagan los culos de
los perros atándoles a la cola mazas diferentes.
DECIMOQUINTA
Vese el otro pobre condenado toreador de a pie embestido del toro, vuélvese para
huir, túrbase o no salen los pies con presteza y por no salir ellos presto
degárrale el toro el pobre culo.
DECIMOSEXTA
Va una vieja a echar una ayuda a un enfermo, ve poco, no la ha templado bien,
encájasela dos dedos del culo, y dale entre las nalgas con ella, escáldale el
culo que paga el pobre el descuido de la vieja borracha.
ULTIMA DESGRACIA
Finalmente, tan desgraciado es el culo que siendo así que todos los miembros del
cuerpo se han holgado y huelgan muchas veces, los ojos de la cara gozando de lo
hermoso, las narices de los buenos olores, la boca de lo bien sazonado y besando
lo que ama, la lengua retozando entre los dientes, deleitándose con el reir,
conversar y con ser pródiga y una vez que quiso holgar el pobre culo le
quemaron.
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