| Se conoce como la Masacre de Rincón Bomba al asesinato de aborígenes de las etnias toba, pilagá y wichi, perpetrado entre el 10 y el 30 de octubre de 1947 por tropas de Gendarmería Nacional en las cercanías de Las Lomitas, en el entonces Territorio Nacional de Formosa. Fueron masacrados más de 500 aborígenes, hombres, mujeres y niños, desnutridos y desarmados. |
NOTAS EN ESTA SECCION
El pueblo pilagá |
Matanza de
Rincón Bomba | La masacre de los Pilagá, poir Sebastián
Hacher
Hallan restos de aborígenes fusilados por Gendarmería en 1947 |
Entrevista a un sobreviviente de la masacre
Aparecen nuevos cadáveres
en Rincón Bomba | Genocidios indígenas, la
historia enterrada
Resolución inédita y novedosa en el caso de la masacre de Rincón
Matanza indígena de Rincón Bomba: Rechazan todas las excepciones del Estado
Nacional
Rincón Bomba: Peritos determinaron que aborígenes fueron asesinados con armas de
fuego
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Masacre de Napalpí
El
pueblo Pilagá
Los pilagás -principales víctimas de la matanza- son un pueblo de la familia
Guaycurú que habita en el centro de la provincia de Formosa y en Chaco. Junto a
los abipones, mocovíes y tobas, fueron llamados "frentones" por los españoles, y
guaycurúes por los guaraníes por la costumbre de raparse la parte delantera de
la cabeza. Hablan su propio idioma junto con el castellano. Actualmente (2007)
existen unos 10.000 pilagás repartidos en 19 comunidades en el centro de la
provincia de Formosa. Antiguamente fueron cazadores y recolectores. Entre los
frutos que recolectaban estaban los del algarrobo, chañar, mistol, tuna y del
molle.
2007
Integrantes de las comunidades toba, wichí y mocoví fueron en agosto a la casa
de gobierno en Resistencia a reclamar la renuncia del Ministro de Salud, Ricardo
Mayol, por la muerte de once indígenas debido a falta de atención sanitaria.
Estas muertes en serie fueron básicamente provocadas por la falta de defensas
orgánicas debido a la desnutrición. Los delegados dejaron un escrito dirigido al
gobernador en el que señalaban: "Nunca más un indígena con hambre, nunca más un
indígena con desnutrición. No nos acostumbramos a la exclusión y al racismo".
Anunciaron asimismo que se preparaba un documento para entregar al Juez de la
Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, de visita en Chaco.
A su vez, la Pastoral Social denunció la situación que
padecen hoy los pueblos originarios: "Sus territorios han sido invadidos y
cercados impidiendo el paso de los indígenas para cazar, pescar, recoger miel,
plantas alimenticias y medicinales.
Los montes han sido arrasados con topadoras y los árboles derribados han sido
quemados, exterminando de esta manera la muy importante fuente de proteínas que
brindaban los animales silvestres.
Las tierras fiscales (donde comúnmente vivían los indígenas) han sido saqueadas
y rematadas por monedas a los amigos del gobierno de turno. La gente debe
refugiarse en las banquinas de las rutas, a lo largo de las vías muertas del
ferrocarril o en la periferia de las ciudades sin encontrar allí trabajo, una
vivienda digna, acceso al agua potable y a sistemas mínimos de eliminación de
basura y excretas".
Matanza
de Rincón Bomba
Por Luis Zapiola
La llamada "Matanza de Rincón Bomba", acaecida en las cercanías de la hoy ciudad
de Las Lomitas, ocurrió entre el 10 y el 30 del mes de octubre del año 1947,
hace 58 años, en el entonces Territorio Nacional de Formosa.
El Juzgado Federal de Formosa recibió una denuncia de una supuesta violación de
derechos humanos por crímenes de "lesa humanidad", contra el Estado nacional por
estos echas. Por la misma se solicita la indemnización de daños y perjuicios,
lucro cesante, daño emergente, daño moral y determinación de la verdad
histórica, a favor del pueblo de argentinos de etnia Pilagá.
Dicha demanda fue presentada por el Abogado Julio César García con el patrocinio
del Doctor Carlos Alberto Díaz. A continuación, la presentación hecha por Díaz y
García narrando la forma en que habrían ocurrido los hechos hace casi 60 años en
territorio formoseño. El informe señala que: En el mes de abril de 1947 miles de
braceros Pilagás, Tobas y Wichís son despedidos sin indemnización alguna del
Ingenio San Martín de El Tabacal.
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En mes antes habían sido traídos, desde el Territorio Nacional de Formosa,
caminando cientos de kilómetros, cargando al hombro sus pobres enseres, sus
mujeres y sus niños con la promesa que se les pagaría $ 6 por día. Una vez en El
Tabacal se les quiso abonar la suma de $ 2,50 por día. "...Considerándose
defraudados recurrieron ante las autoridades respectivas de El Tabacal y no
pudieron obtener justicia, por el contrario, cuando insistieron en sus
reclamaciones fueron despedidos inhumanamente. El pueblo condolido les ayudó
dentro de sus posibilidades.
Del Tabacal volvieron a pie hasta Las Lomitas porque carecían de medios para
hacerlo por ferrocarril..."(Diario "Norte", de Formosa del 13 de mayo de
1947). Allí se reúnen entre 7.000 a 8.000 indígenas según Teófilo Ramón Cruz,
Revista Gendarmería Nacional, ed.120-3-1991. Las primeras víctimas de la
hambruna y las enfermedades comenzaron a ser los niños y los ancianos. Luego los
hombres y las mujeres. La situación expulsa a esta población a salir de su
ámbito natural y buscar ayuda en las poblaciones cercanas, ubicándose en el
paraje conocido como "Rincón Bomba". Una delegación encabezada por el Cacique
Nola Lagadick y Luciano Córdoba piden ayuda a la Comisión de Fomento de Las
Lomitas y al Jefe del Escuadrón 18 Lomitas de Gendarmería Nacional, Comandante
Emilio Fernández Castellanos.
Se trasladan hasta un descampado, ubicado a 500 metros, aproximadamente, del
pueblo "para que se vean nuestras miserias...". Comienzan a mendigar las madres
con sus hijos en brazos, puerta por puerta, pidiendo tan sólo un poco de pan. Al
principio algunos se solidarizan, inclusive el Jefe del Escuadrón de
Gendarmería, como algunos de sus hombres a su mando, se preocupan por la
desesperante situación, les dan yerba, azúcar y ropas. Pero al transcurrir de
los días las puertas ya no se abren y no se les recibe más en el Escuadrón.
"Mandaron lenguaraces al poblado y lograron se concretara el primero de sus pedidos, consistente en víveres diversos y ropa para vestir (de pies a cabeza) a seis indios, con la misión de posibilitarles su traslado a Buenos Aires para entrevistar a las autoridades y al Presidente Perón. El jefe de Unidad reunió entonces a comerciantes y ganaderos obteniendo de su colaboración víveres y ganado en pie que eran distribuidos por personal del Escuadrón. Así al principio. Pero al poco tiempo, los indios ya no pedían: exigían. De que primero quisieron ver al Presidente en Buenos Aires, es cierto, tan cierto, como que después desistieron proponiendo que el Presidente los visitara a ellos "para que viera cómo vivían"... hubo muchas indigestiones, y hasta dos muertes, más la madre del propio Pablito (el cacique). Amanecieron indigestados y debido al fuerte descenso de la temperatura en horas de la noche, resfriados y engripados, aduciendo entonces "haber sido envenenados".
El Presidente de la Comisión de Fomento, telegráficamente, lo impone de la
situación al Gobernador Federal solicitándole el urgente envió de ayuda
humanitaria.
El Gobernador se comunica diligentemente con el Ministro del Interior de la
Nación haciéndole saber la gravedad de la situación y la falta de recursos en el
territorio para afrontarla. Este a su vez le hace saber al presidente Juan
Domingo Perón quien ordena inmediatamente, como parte de una ayuda mayor y
planes de desarrollo social, el envió de tres vagones por el ferrocarril General
Belgrano, con alimentos, ropas y medicinas. La carga llega a la ciudad de
Formosa en la segunda quincena del mes de septiembre consignada al delegado de
la entonces Dirección Nacional del Aborigen Miguel Ortiz.
Permanece en la estación, a la intemperie, diez días aproximadamente. Enterado
el gobernador Hertelendy de la injustificada demora y consiente de la situación
de los indígenas, conmina por intermedio y en persona del Jefe de la Policía
Nacional de Territorios, al delegado de la Dirección Nacional del Aborigen la
inmediata partida del cargamento.
A la estación de Las Lomitas, llega un solo vagón lleno, dos semivacíos, los
primeros días de octubre de 1947, sólo con alimentos, la mayoría en mal estado
por el tiempo transcurrido entre el envío y la irresponsable dilación en su
entrega por parte del Delegado de la Dirección Nacional del Aborigen: harina con
gorgojos y moho; grasa para cocinar derretida por el calor; azúcar; yerba,
galletas ya verdes en bolsas. Son distribuidos y consumidos rápidamente por los
miles de famélicos, hambrientos, enfermos, semidesnudos y debilitados seres
humanos.
A las pocas horas comienzan a sentir los síntomas de una intoxicación masiva.
Fuertes dolores intestinales, vómitos, diarreas, desvanecimientos, temblores y
nuevamente la muerte... primeramente de los que se encontraban más débiles que
llegó a más de cincuenta, mayormente niños y ancianos. Los gritos y quejidos de
dolor en las noches de las madres que aún sostienen en sus brazos a sus bebes
muertos retumbaban en la noche formoseña. No tenían consuelo. Los primeros son
enterrados en el cementerio "cristiano" de Las Lomitas. Al ser tantos se les
niega que lo sigan haciendo en el mismo, evitando el acceso de los cadáveres al
mismo. No les queda otra posibilidad que hacerlo en el monte. Las ceremonias
mortuorias, con sus danzas rituales marcadas con el ritmo de instrumentos
milenarios, retumban noche tras noche.
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El jefe del Escuadrón lo llama al Delegado Nacional del Aborigen, increpándolo y
pidiéndole explicaciones sobre las faltas en los abastecimientos y el mal estado
en que habían llevado y se habían distribuidos. Este, al parecer de carácter muy
soberbio, le contesta en forma descomedida diciéndole que "...que tanto se
preocupaba si al final son indios...". Fernández Castellanos, muy nervioso por
la situación que le toca manejar e indignado, seguramente, por el desprecio
hacia los indígenas demostrado por Ortíz, le pega una cachetada que lo tira de
espaldas en la puerta de su despacho, adelante de algunos de sus subordinados.
Ortiz sale corriendo del Escuadrón y desaparece de Las Lomitas.
Comienza a circular el rumor, lanzado a rodar por no se sabe quién, que aquellas
sombras de seres humanos no sólo ahora hambrientos, desarmados, indefensos, sino
también enfermos, estarían por atacar a no se sabe quién. Comienza a hablarse
del "peligro indio". Gendarmería Nacional forma un "cordón de seguridad"
alrededor del campamento aborigen. No se les permite traspasarlo ni ingresar al
pueblo a los Pilagás. Se colocan ametralladoras en "nidos", en distintos sitios
"estratégicos". Ya son más de 100 los gendarmes, armados con pistolas
automáticas y fusiles a repetición que día y noche custodian el "ghetto".
Hasta que sucede lo inexorablemente esperado. En el atardecer del 10 de octubre
"...el cacique Pablito pidió hablar con el Jefe (del escuadrón), por lo que
concerté una entrevista a campo abierto. Los indios, ubicados detrás de un
madrejón, nos enfrentaban a su vez, hallándonos con dos ametralladoras pesadas,
apuntando hacia arriba. En los aborígenes (más de 1.000) se notaba la existencia
de gran cantidad de mujeres y niños, quienes portando grandes retratos de Perón
y Evita avanzaban desplegados en dirección nuestra".
En tales instantes se escucharon descargas cerradas de disparos de fusil
ametralladora, carabinas y pistolas, origen de un intenso tiroteo del que el Cte.
Fernández Castellanos ordenó un alto de fuego, pensando procedía de sus dos
ametralladoras, lo que no fue así: el 2º Cte. Alia Pueyrredón, sin que nadie lo
supiera, hizo desplegar varias ametralladoras en diferentes lugares del otro
lado del madrejón, o sea unos 200 metros de nuestra posición y en medio del
monte...".
Se lanzan bengalas para iluminar la dantesca escena y determinar mejor los
blancos a tirar. Cientos de mujeres con sus niños en brazos, ancianos y hombres
comienzan a huir hacia ninguna parte que los lleva fatalmente a la muerte. Con
las primeras luces del alba la imagen es dantesca. Más de 300 cadáveres yacen.
Los heridos son rematados. Niños de corta edad, desnudos, caminan o gatean,
sucios, entre los cadáveres, envueltos en llanto.
Luego del ametrallamiento "...pensando que al llegar la noche atacarían
avanzando sobre Las Lomitas, efectuamos tiros al aire desde todos lados para
dispersarlos. El tableteo de la ametralladora, en la oscuridad, debemos
recordarlo, impresiona bastante. Muchos huyeron escondiéndose en el monte, al
que obviamente conocían palmo a palmo..." (Comandante Mayor (R) Teófilo Ramón
Cruz, ob. cit.).
Pero allí no termina la matanza. Comienza la persecución de los que pudieron
escapar, "para que no queden testigos", contando la Gendarmería Nacional con la
"colaboración" de algunos civiles. Van en dirección a Pozo del Tigre la mayoría,
otros para Campo del Cielo, miles se guarnecen en la espesura de los pocos
montes que quedan. En los días subsiguientes son rodeados por las partidas. Y
allí nuevamente son masacrados en distintos lugares (Campo del Cielo, Pozo del
Tigre, etc.) más de 200 personas. Entre los represores ninguna víctima. Se
hubiera podido seguir la trayectoria de las tropas por las piras de cadáveres
humanos que se quemaban, porque "no había tiempo para enterrarlos", a medida que
avanzaban.
La presentación de los abogados Díaz y García habla de que "en total son
asesinados en la "campaña" entre 400 a 500 argentinos de etnia Pilagá,
aproximadamente, además de los heridos y más de 200 "desaparecidos". Ello sumado
a los más de 50 muertos por intoxicación, hambre y falta de atención médica y la
desaparición de un número indeterminado de niños, elevan las bajas a más de 750,
entre niños, ancianos, mujeres y hombres. La locura llega al extremo de
solicitar la intervención de dos aviones caza-bombardeos".
La tragedia en los diarios de la época
Las noticias de la matanza llegan muy confusas a la capital del territorio.
Públicamente no se inicia ninguna investigación.
"Extraoficialmente, informamos a nuestros lectores que en la zona de Las Lomitas
se habría producido un levantamiento de indios. Los revoltosos pertenecen a los
llamados pilagás quienes, según las confusas noticias que tenemos, vienen bien
previstos de armas... ya se habrían producido algunos encuentros, no se sabe si
con los pobladores de la zona o tropas de la Gendarmería Nacional". (Diario
"Norte", Formosa, pág.1, Col. 5).
Los diarios de la región de la época también publican noticias contradictorias
pero entre líneas se puede observar la verdad de la matanza. "El viernes último,
en horas de la tarde, en la localidad de Las Lomitas, Territorio de Formosa, se
ha producido un levantamiento de indios pilagás, como consecuencia de un asalto
que habrían realizado estos últimos contra vecinos de ese pueblo, lo que habría
obligado a intervenir a las fuerzas de la Gendarmería Nacional allí destacadas".
(Diario "El Intransigente", Salta, 12 de octubre de 1947, pág. 6, col.1-3).
"No resulta tan ciertas las versiones de que los indios hubiesen asesinado. Se
los persiguió y se los sigue persiguiendo. En cuanto a los muertos, nada se sabe
en forma oficial porque después de la masacre fueron quemados los cadáveres.
También es inexacto que los indígenas tuvieran algunos armamentos, como lo
prueba el hecho de que sólo atinaron a huir cuando los gendarmes descargaron
sobre ellos y además en sus huestes no se registraron bajas ni heridos.
El miércoles 15 llegó otro tren con pasajeros trayendo nuevos refuerzos de
gendarmes y por la noche se esperaba otro tren con soldados y el jueves dos
bombarderos, para lo cual se estaba arreglando la pista de aterrizaje" (Diario
"El Intransigente", Salta, 22 de octubre de 1947, pág. 4, col. 1-3).
Recién el 20 de octubre el diario "El Territorio" de Resistencia, Chaco, en la
pág. 3, da la noticia del suceso. Bajo el título "El levantamiento de Indios en
Las Lomitas y la Situación General de los Pobladores Autóctonos", dice:
"Días atrás se produjo en Las Lomitas, localidad del vecino territorio de
Formosa, un levantamiento de 1.500 indios de las tribus pilagás existentes en
esa zona. Fuerzas de Gendarmería Nacional debieron actual con energía para
impedir que esa actitud acusara desgraciadas consecuencias, y el gobernador
formoseño se vio precisado a concurrir al lugar de los sucesos para calmar a los
indígenas sublevados".
"La solución dada a este estado de ánimo propenso a las más graves derivaciones,
no ha consultado de manera integral el problema que desde hace muchos lustros
afecta a los pobladores autóctonos de todo el país, abandonados a su triste
suerte por la abulia oficial que nunca se interesó en favor de los mismos. Los
indios que animaron el levantamiento lo hicieron después de aguardar en vano el
cumplimiento de las promesas formuladas en el sentido de que se les facilitarían
tierras para que se arraigaran en ellas mediante la explotación de pequeñas
chacras.
En los últimos tiempos, estos indígenas carecían de lo más indispensable para el
sustento diario, viéndose precisados no pocas veces a incurrir en hechos
delictuosos para proveerse de alimentos. Las tierras prometidas y la creación en
el lugar de escuelas, como así la entrega de elementos de trabajo, semillas,
etc., nunca se concretaron, mientras que las gestiones por el logro de esa ayuda
eran recibidas de manera violenta, tal si existiera el propósito de condenar a
millares de seres humanos a la inanición...".
Díaz y García advierten que "se ha tratado de ocultar la verdad de este
genocidio para evitar responsabilidades que llega hasta nuestros días". "La
matanza de Rincón Bomba" es uno de los hechos de nuestra Argentina profunda más
oculto en comparación con otros similares. La "Masacre Napalpí" de 1924, tuvo
acalorados debates en la Cámara de Diputados de la Nación en la época y la
creación, inclusive de una Comisión Investigadora. La bibliografía, si bien
también escasa, es mayor que la de este caso, pero existen todavía
sobrevivientes, de ambos lados, cuyos testimonios posibilitaron la
reconstrucción histórica de los hechos.
Los diarios de Buenos Aires se hacen eco también del genocidio. El diario "La
Prensa" del domingo 12 de octubre de 1947 (Día de la Raza), en su página 13
dice: "En las Lomitas se Produjo un Levantamiento de las Tribus de Indios Pilagás... Informaciones procedentes de estación Las Lomitas hacen saber que en
aquella zona se produjo un levantamiento de las tribus de indios pilagás. Las
mismas noticias aseguran que tropas de la Gendarmería Nacional intervinieron
inmediatamente para restablecer el orden. Se tiene conocimiento que están listos
para partir hasta Las Lomitas, en caso necesario, efectivos del ejército
destacados en la guarnición local".
"Mención aparte de este levantamiento, el indio jamás cometió atropellos ni
desmanes. Recuerdo que en el Casino teníamos dos de ellos, menores, que hacían
las veces de "secretarios" como decimos en el Norte. No se los persiguió ni
maltrató, dándoseles contrariamente trabajos en casas de familia y
adquiriéndoseles sus artesanías".(Comandante Mayor (R) Teófilo Ramón Cruz, ob.
cit.).
Indemnización
¿Cómo se solicitó la distribución de los montos que resulten por indemnización?
a) Con un ochenta por ciento (80%) del total neto que, en su caso, se condene al
Estado Nacional, se solicitó que se conforme un fideicomiso que sea administrado
únicamente por los argentinos de etnia Pilagá ("Pitte'laalé'ec"), con el
asesoramiento técnico, jurídico y auditoría, de personas y organizaciones de
prestigio nacional e internacional que el Señor Juez Federal deberá designar.
b) En solidaridad con los indígenas de las etnias Wichí y Tobas que viven en la
provincia de Formosa, que con un veinte por ciento (20%), del total neto que en
su caso, se condene al Estado nacional, se deberá conformar un fideicomiso que
sea administrado, únicamente, por los argentinos de dichas etnias en esta
provincia de Formosa, con el asesoramiento técnico, jurídico y auditoría, de las
personas y organizaciones de prestigio nacional e internacional, que el Señor
Juez Federal se sirva designar.
Bibliografía y fuentes
Cerdá Castillo, Juan Manuel.1942. Como vi a los indios chaqueños. Folleto.
Dirección de Información Parlamentaria.1986. Tratamiento de la cuestión
indígena. Estudios e Investigaciones Nº 2. Buenos Aires, 1985.
Beck, Hugo H. 1994 "Las relaciones entre blancos e indios en los Territorios
Nacionales de Chaco y Formosa. 1885-1950", Cuaderno de Geohistoria Regional Nº29.
Resistencia, IIGHI. 1980. "El problema indígena (1879-1880). Proyectos sobre su
destino". En Academia Nacional de la Historia. Congreso Nacional de Historia
sobre la Conquista del desierto. Buenos Aires, T. III (págs. 323-337).
Levaggi, Abelardo.1990 "Tratamiento legal y jurisprudencial del aborigen", en
Abelardo Levaggi (coord.), El aborigen y el derecho en el pasado y el presente.
Buenos Aires, Universidad del Museo Social Argentino.
Lois, Carla y Troncoso, Claudia.1998 "Integración y desintegración indígena en
el Chaco: los debates en la Sociedad Geográfica Argentina (1881-1890)", Primer
Congreso Virtual de Antropología y Arqueología. Buenos Aires. Ponencia 1.16.
Informe de la Defensoría del Pueblo de la Nación Argentina sobre la situación
Indígena, 2.004, Buenos Aires. Argentina.
Patricia Vuoto y Pablo S. Wright. "Crónicas del Dios Luciano", Universidad de
Buenos Aires, 1989.
Lugo, Emilio Ramón. "Introducción Histórica a la Provincia de Formosa", Ed.
Gualamba.
Magrassi, Guillermo E."Los Aborígenes de la Argentina", Ed. Búsqueda-Yuchán,
Bs.As., 1987.
Martínez Sarasola, Carlos. "Nuestros paisanos los indios", Ed. Emecé, Bs.As.,
1.992.
Diarios La Nación; La Prensa; La Razón y Crítica de Buenos Aires
octubre/noviembre de 1.947.
Cirilo R. Sbardella y José Brunstein:"Las dos caras de la tragedia de Fortín
Yunka" en "Hacia una nueva carta étnica del Gran Chaco". Informe de avance
90/91, PID CONICET Nº 444/88
Fuente: www.indigenas.bioetica.org
La
masacre de los Pilagá
Por Sebastian Hacher
sebastian@riseup.net
"Nos rodearon los gendarmes y nos tenían apuntados. Decían ‘a estos perros lo
vamos a matar’. Había muchos muertos y no sabíamos qué hacer para que no vengan
los cuervos a comerlos."
Era una noticia vieja. En Octubre de 1947, cientos de aborígenes Pilagá que
marchaban con grandes retratos de Perón y Evita fueron atacados con
ametralladoras por la gendarmería. Hubo más 500 muertos y 200 desaparecidos,
pero los hechos salieron a la luz recién en el 2005, a partir de una demanda de
la Federación Pilagá contra el estado nacional. Esa historia escueta, contada en
lenguaje legal, me obsesionó. Intenté ir a Formosa en Enero, pero desistí: me
advirtieron a tiempo que el calor del verano reduce la actividad de los
formoseños al mínimo y convierte al visitante en materia prima de chicharrón.
Recién en Septiembre, tuve la oportunidad de ir a conocer a los sobrevivientes
de la masacre. Tomé un micro hasta Corrientes, paré para dormir un rato, después
tomé otro, y otro más, y luego de 24 horas, el sábado por la mañana llegué hasta
Las Lomitas, provincia de Formosa, el centro urbano más cercano a las
comunidades Pilagá.
Y aquí estoy. Las Lomitas es un pueblo de 10.000 habitantes, sin cines ni
lugares para comprar libros. Durante la semana, además de dos cibercafés que
abren hasta la madrugada, la única diversión urbana es un pequeño casino
electrónico donde siempre hay bicicletas jornaleras estacionadas. El lugar
parece maldito. "Ahí", me advierte la dueña del único bar que encuentro, "entrás
con todo el sueldo y salís sin una moneda". Yo, por las dudas, trato de ni pasar
por la puerta. Porque si en otros pueblos suelo entregarme a los video juegos,
aquí la necesidad de quemar neuronas ociosas puede resultar mucho más cara que
ser humillado en el counter strike por un niño de doce años. El problema, la
tentación, es que en mi primer día allí tengo poco y nada que hacer. Llegué casi
de improviso, y todos mis contactos están de viaje, enfermos o con otras
ocupaciones más importantes que recibir a un porteño.
El
domingo por la tarde, por fin, llego hasta una comunidad Pilagá. Me lleva Cesar,
un criollo que trabaja en el proyecto de asesoría jurídica para indígena. Desde
hace dos días Cesar tiene gripe, pero ante mi insistencia se levanta de la cama
y vamos hasta Ayo La Bomba, a tres kilómetros del pueblo y a dos de donde
comenzó la masacre. Al volver a la zona, varios de los sobrevivientes se
instalaron en esos campos, y hoy Ayo la Bomba es una comunidad con más de 200
habitantes, un templo, un centro comunitario y una escuela que quiere ser
bilingüe.
Allí también hay un traductor: Juan Luis Arce. Como es domingo, el lugar para
encontrarlo es el templo. Casi todos los Pilagá son evangelistas, y la iglesia
es el edificio más grande de la comunidad, un salón de ladrillo sin revocar y
por ahora sin techo. Cerca del mediodía todavía hay poca gente. Un niño va a
buscar a Juan Luis, y mientras tanto yo converso con su padre, el pastor Antonio
Arce. Hoy Antonio viste una camisa Yves Saint Laurent, pero mañana lo voy a
encontrar volviendo del monte con medio carpincho al hombro, bañado en tierra y
sudor. Al igual que muchos de los Pilagá de su edad, Antonio se crió entre la
marisca -así llaman aquí a la caza y recolección- y el trabajo en los ingenios
azucareros de Salta, a cientos de kilómetros de su lugar de origen.
Juan Luis no tarda en llegar. Tiene 22 años y me mira con desconfianza. Más
tarde sabré que está acostumbrado a tratar con criollos, y que por eso acumuló
motivos para mantener distancia. Antes fue agente de salud de su comunidad,
luego se fue a trabajar en una panchería del Gran Buenos Aires, y volvió a sus
pagos para formar parte de la asesoría jurídica indígena. Ahora, cuando hay un
juicio donde intervienen indígenas, Juan Luis está ahí para traducir y ayudar a
sus paisanos.
A primera vista, me recuerda a los jóvenes Mapuche que conocí en el sur. Son
nuevos referentes comunitarios que, además de sentir orgullo de su sangre, ponen
distancia del hombre blanco y sus valores. Por eso no me sorprendo cuando me
pide el teléfono celular, y chequea que yo sea quién digo ser. En el monte, por
suerte, también hay señal.
La primera entrevista es con Melitón Domínguez, un testigo que al momento de la
masacre tenía poco más de 10 años. Ahora, con más de 70, descansa en una silla
mecedora a la sombra de un árbol. A su alrededor varios niños comen un guiso,
pero lo interrumpen y se esconden ni bien nos ven llegar. Melitón se para, nos
saluda, acomoda unas banquetas para que no sentemos y vuelve a su mecedora. Juan
Luis le habla en su lengua: supongo que le explica para qué estamos ahí.
Melitón, en cambio, responde en castellano. Dice que llegamos en mal momento:
justito que estaba por empezar a comer. Si se pasa la hora del almuerzo, se
queja, se olvida del hambre, y si no tiene hambre a veces se queda un día entero
sin probar bocado. Le pregunto si prefiere que volvamos más tarde. No quiero, le
digo, ser recordado como el porteño que no lo dejó alimentarse. Se ríe y dice
que no, que ya está. Respira profundo y, sin otro preámbulo, empieza contar su
historia. No hace falta que hagamos preguntas: Melitón bucea en su memoria y
entrecierra los ojos para encontrar palabras.
"Yo trabajaba en la gendarmería. Un finado que
era porteño, un sargento ayudante que nos quería mucho, nos dice chiquitos,
avísenle a su mamá porque mañana como a las 7 de la tarde le van a atacar.
Nosotros vinimos, le contamos a nuestra madre y le dijimos que teníamos que ir
ahí. No hijo, decía ella, le van a matar si van ahí. Y nosotros nos quedamos,
porque teníamos que respetar a nuestra madre. Esa tarde, como a las siete y
algo, ahí sobre el puente que están haciendo ahora, en esos algarrobos pusieron
las ametralladoras y empezaron a los tiros. La gente escapaba para los montes.
Un cuñado nuestro nos dijo "agáchense y pongan la cabeza en un árbol grande".
Tenemos que respetar, y ahí nos agachamos y pusimos la cabeza en un palo, que
palo será, no se, pero ahí pasamos la noche. Después escapamos hasta la entrada
de Campo de Cielo. En un lugar donde llegamos cayó un pájaro y un viejo que
entendía, dijo que el pájaro era como un teléfono, que le traía mensajes. Magayi
se llamaba el viejito, era un rengo. El viejito nos dijo ‘prepárense, que ya nos
encontró la huella la gendarmería". Ahora ya no hay más gente que sepa hacer
esas cosas. Nos escondimos al costado del camino y pasaron los camiones de
gendarmería. Los gendarmes cantaban el nombre del Cacique General Pablito,
porque lo querían encontrar para matarlo…"
Cada Pilagá que entrevisto habla de los ingenios. Lo hacen con desgano, como
quien conversa de cosas demasiado asumidas. Melitón, por ejemplo, nos muestra su
violín de lata y crin de caballo, en el que ejecuta melodías con las que supo
entretener a sus compañeros durante la zafra. Fueron tantas, me dice, que ya
perdió la cuenta de los años que pasó cortando caña y ganando terreno de monte
para el patrón.
La industria azucarera de la zona se nutrió de la mano de obra indígena, lo
mismo que la minería en Bolivia y en Perú. Viajar cientos de kilómetros en tren,
caminar largas jornadas y trabajar en las peores condiciones es parte de la
rutina Pilagá del último siglo. "Nos llevaban", me explica Melitón, "porque
decían que no somos flojos como otras razas". También me cuenta que fue a
trabajar desde los 15 años, y que al principio lo hacía a cambio de "ropa,
comida y poquita plata, porque qué iba a saber uno cuánto le tenían que pagar",
y que dejó de hacerlo por viejo, pero sobre todo porque en los 90’ los ingenios
se achicaron y compraron máquinas.
El que no dice nada es Pedro Palavecino. Ese Pilagá alto y flaco, de mandíbula
ancha, me clava sus ojos claros y se queda en silencio. Ni su edad quiere
decirme. Pasan unos segundos, esboza una sonrisa irónica y me explica que ya no
confía ni en su sombra, y que para entrevistarlo a él tengo que ir con los
abogados de la causa. Y no los que son del pueblo, aclara, sino los que están en
Chaco. Le digo que bueno, que para otra vez será. "Yo estoy quemado", me
responde, "ya no tengo filo, mi amor". Me río de su ocurrencia, pero tengo el
mismo temor que al llegar a Las Lomitas: no poder saltar por sobre mi propia
cultura para entender su historia.
Después del fracaso, volvemos hasta el templo y Juan Luis se declara con dolor
de estómago. Le propongo que descansemos un poco, pero al rato le digo que mejor
no, que si quiere sigamos mañana. El se va, y yo me siento a esperar que
comience el culto. Hay poca gente, así que aprovecho para jugar con mi cámara y
los niños. Es algo que nunca falla: me acerco a un grupo, les saco una foto y se
las muestro. Los pibes se alborotan. La operación se vuelve a repetir varias
veces. Mientras hago fotos, intentan enseñarme su idioma: ellos dominan el
Pilagá y el castellano con naturalidad. A mi me parece imposible. Cada tanto,
trato que alguna imagen salga buena, pero me doy cuenta de que todas son la
típica foto del norte que se muestra en Buenos Aires: el chico de cara redonda y
flequillo, con el rostro embarrado y sonrisa tierna. Desespero un poco. No
quiero colaborar con ese estereotipo falso, lastimero. Los porteños algún día
tendrán que entender que cuando uno juega en la tierra, se embarra, y que eso no
significa más que lo que significa: que se jugó en la tierra. Ajeno a la
polémica, uno de los chicos posa haciendo un gesto extraño con la mano. ¿Y eso?.
Soy el hombre araña, me dice. Entonces todos se acomodan para la foto con esa
pose.
De fondo a nuestro juego, la música anuncia el principio del culto. El templo
sin techo está adornado con globos de varios colores. Más tarde habrá un
cumpleaños de quince. Por ahora, medio centenar de personas entonan canciones
religiosas bajo los rayos del sol. Se canta cumbia y polca paraguaya, al compás
de órganos electrónicos y un bombo criollo. Saco algunas fotos. La tarde
siguiente, cuando se las muestre a Juan Luis, sabré que ese abuelo de corbata
amarilla y la señora del fondo son sobrevivientes de la masacre. Pero ese día no
me entero de más nada: al tercer tema me vuelvo al hotel.
Lunes por la mañana. Me encuentro con Bartolo Fernandez en Las Lomitas. Bartolo
es representante de la Federación Pilagá y está por viajar a un encuentro de
comunicadores en Formosa. Tenemos una breve charla, pero enseguida llega más
gente: Santiago y Benjamín, que vienen de lejos y van a la misma reunión que
Bartolo. Uno de ellos ceba tereré -mate con agua fría- pero a mí no me convida.
En algún momento, el ambiente se pone espeso y todos hacen silencio. Trato de
pensar que es un silencio natural, que nadie está incómodo, pero el sonido nunca
llega. Pienso cómo podría escribir esa situación: decir, por ejemplo, que pasó
un ángel, cebó una ronda para todos, y a mí me dejó afuera. Por suerte, suena mi
teléfono: me salva la campana. Es Juan Luis, y dice que podemos seguir con el
recorrido por su comunidad. Le cuento la novedad a Bartolo y también se ofrece a
llevarnos a la suya por la tarde. De repente, parece que todo va a salir bien.
Una hora después, nos encontramos con Juan Luis y caminamos un kilómetro por una
calle de tierra hasta llegar al riacho que todos llaman Madrejón. Aquí, me dice,
empezó la masacre. Todavía no había ni monte ni camino. Tampoco estaban el
puente de quebracho por el que cruzamos, ni los carteles de propiedad privada
que hace unos meses plantaron los gendarmes. Era todo pampa, y apenas si
existían los algarrobos, esos árboles centenarios que algunos ancianos Pilagá
llaman sobrevivientes y principales testigos de su historia.
En los alrededores, apenas hay dos o tres casas con paredes de barro y techos de
chapa. Uno de esos ranchos es el de Juan Córdoba, que volvió a esas tierras hace
menos de un año. Su vuelta no es un hecho más: ese hombre corpulento, de rostro
curtido pero tierno, es el hijo de Luciano, uno de los personajes claves para
entender esta historia.
Luciano fue el líder de un movimiento religioso que entusiasmó a los pueblos
originarios de la zona y alimentó los resquemores de los blancos. "Cuando no
existía la ciudad grande en Lomitas", narra Juan Córdoba, "había seis casas nada
más, y estaban los gendarmes. Todos estaban en contra de la creencia de dios.
Por eso mi papá, Luciano, lo observaba ocultamente". Esa creencia comenzó en
1942, cuando Luciano viajó en tren hasta Formosa y después hasta Chaco. Allí se
encontró con John Lagar, un misionero pentecostal oriundo de Norteamérica. Lagar
se hizo conocido en la zona por bautizar indígenas. Se dice que más de 10.000
Tobas, Wichis y Pilagá recibieron su bendición, y que a varios de ellos les
entregó biblias para ser vendidas en sus lugares de origen.
Luciano no sabía hablar y mucho menos leer castellano, pero volvió a Las Lomitas
con una de esas biblias bajo el brazo. "Empezaron a evangelizar y se instalaron
acá, en la orilla del Madrejón", explica su hijo. "En vez de hacer una iglesia,
levantaron un montículo de tierra, una corona". Desde allí, Luciano dirigía
ceremonias en lengua Pilagá, que comenzaban antes del amanecer y terminaban por
la noche. "Cuando veían el lucero de la mañana", dice Juan Córdoba, "empezaban a
orar, a hacer bulla, a cantar, a gritar".
En los testimonios que recopiló el antropólogo Pablo Wright, se sostiene que en
1946 Luciano tuvo una la revelación: la Biblia le habló. Otras versiones señalan
que Luciano "se fue en una chalana por el Río Pilcomayo hasta cruzar el gran
agua que rodea la tierra, allí murió y se fue al primer cielo". De allí, volvió
convertido, y su pueblo lo llamó dios, el dios Luciano.
Quienes lo conocieron, lo describen como un "hombre alto, grandote, muy serio,
que no era charlatán, que observaba mucho". Algunos hablan de que tenía "poder
de sanidad", al estilo evangelista actual, y otros le atribuyen características
propias de un shamán, lo que los Pilagá llaman pi’ogonaq. "Sanaba enfermos de
distintas clases" apunta su hijo, "y venía gente de otras comunidades, y se
quedaban a vivir acá. Entonces él dejó del ir al ingenio, porque la gente lo
entretenía y la traía ayuda". En su prédica, Luciano tomó algunos elementos de
la moral evangélica: no fumar, no tomar, no robar, y las mezcló con ceremonias
propias de los Pilagá. Era una época intermedia, un pasaje lento entre las
viejas tradiciones indígenas y las creencias introducidas por el hombre blanco.
Pero la gendarmería no lo entendía así. Del lado de los criollos el malestar no
era sólo por miedo a lo desconocido. Los indígenas eran mano de obra barata para
la zafra, y los movimientos religiosos, incluso los evangelistas, eran vistos en
toda la región como una amenaza. Cualquier acción colectiva tenía que ser
sofocada.
Caminamos
por el monte. Juan Luis me cuenta de su experiencia como agente sanitario. Las
enfermeras, me dice, discriminan mucho a los indígenas. Varias veces escuchó que
alguna le decía "pata sucia" a sus paisanos. Que se bañen ellas en invierno con
agua fría, respondía Juan Luis, que siempre está dispuesto a defender a los
suyos. Porque él es, me dicen, "de los duros de la nueva generación". Para
demostrarlo, en el brazo tiene tres cicatrices de quemadura de cigarrillo, la
prueba que algunos adolescentes Pilagá se infligen como prueba de su valor. En
algún momento, esos jóvenes se organizaban para que los criollos no entrasen a
la comunidad a molestar o robar animales.
Mientras conversamos, llegamos a la casa de Santiago Cabrera. Pero él no está:
se fue a buscar leña, y recién al tiempo de dar vueltas por ahí lo vemos bajar
del monte con una carretilla cargada de quebracho. Cada diez metros se para,
suelta la carretilla, se escupe las manos y vuelve a levantarla. Cuando lo
alcanzamos, noto que es muy viejo: hace rato, me dice Juan Luis, que pasó los
80. A simple vista, uno podría pensar que es uno de esos músicos cubanos que
parecen inmortales. Tal vez me engañe la sonrisa gigante, o la camisa prendida
por un solo botón que le queda tan canchera. Pero su historia no tiene nada que
ver con la música.
Santiago Cabrera volvió a Las Lomitas apenas terminó la masacre. Aquel hombre
flaco, por entonces sin arrugas en el rostro, venía de pasar una temporada en
los ingenios de Salta, allí donde aprendió a "aguantar el hambre comiendo lo
dulce de la caña". Al bajar del tren, un gendarme le apuntó con un arma, y le
preguntó si era Pilagá. Santiago no supo qué decir. Después, cuando llegó hasta
el Madrejón, se dio cuenta que había pasado algo terrible. Su testimonio será la
base, seis décadas después, para que los abogados escriban la presentación
judicial. "Con las primeras luces del alba", dirá el escrito, "la imagen es
dantesca. Más de 300 cadáveres yacen. Los heridos son rematados. Niños de corta
edad, desnudos, caminan o gatean, sucios…envueltos en llanto".
Muchos de esos muertos eran trabajadores que volvieron de los Ingenios antes que
Santiago . En un diario de la época citado por Wright, se narra la situación de
150 aborígenes que caminaron desde El Tabacal, provincia de Salta hasta Las
Lomitas, luego de ser despedidos del Ingenio San Martín. Los Pilagá habían sido
convocados para trabajar por seis pesos el día, pero al llegar al lugar les
dijeron que cobrarían menos de la mitad. Intentaron reclamar y a la mayoría los
despidieron sin piedad. La salvación de Santiago Cabrera, lo que le permitió ser
testigo, fue llegar a Las Lomitas después que sus compañeros.
En el idioma de los Pilagá, la comunidad Kilómetro 14 tiene otro nombre. Juan
Luis me lo repite tres, cuatro veces, hasta que intuyo que su paciencia roza el
límite. Me resigno a llamarla así, por su ubicación en el mapa. Son las cinco de
la tarde y el sol quema con furia. Yo tengo puesto un gorro de explorador, una
remera de fútbol y pantalones anchos. Es ropa fresca y holgada, ideal para sacar
fotos con comodidad, pero parece que no es suficiente contra el calor. Me siento
un habitante del Polo en el Caribe: todo lo que haga mi afiebrado cuerpo puede
ser motivo de risa, y con razón.
Por estar más alejado del pueblo, el monte aquí se conserva mejor y el clima
parece un poco más fresco. En la entrada del Kilómetro 14 nos reciben Julio
Quiroga y Norma Navarrete, ambos sobrevivientes de la masacre. Con nosotros
vienen Bartolo Fernández, Juan Luis, Santiago y Benjamín, los dos que no me
convidaron tereré esta mañana. Pronto, voy a descubrir que ese gesto fue pura
timidez.
Le explicamos a los ancianos que hacemos en la zona, y enseguida se arma una
ronda a la que se suman otros miembros de la comunidad. Julio Quiroga avisa que
para contarnos todo lo que pasó tendríamos que quedarnos dos o tres días, pero
que va a intentar darnos una idea. Y que nos va a hablar en su idioma, porque
está cansado y el Pilagá es mucho más fácil. Juan Luis y Santiago me dicen que
está todo bien, que entre los dos pueden traducir. El diálogo que comienza es
desordenado. Los ancianos hablan, se interrumpen y a veces lo siguen haciendo
mientras Juan Luis y Santiago traducen al castellano. En otros tramos,
conversamos entre nosotros y no llegamos a entender las cosas que los ancianos
explican. Lo que sigue, entonces, es un rompecabezas armado con fragmentos de
varias voces mezcladas en una pequeña babel en el monte formoseño.
La
toldería de los Pilagá crecía al ritmo de los milagros de Luciano, pero las
plegarias no alcanzaban para llenar los estómagos. Lo único que se multiplicaba
a orillas del Madrejón eran bocas que alimentar, y la llegada de los desplazados
del Ingenio San Martín había agudizado el problema.
Se pidió ayuda. Primero comida en el pueblo, a veces casa por casa, y cuando ya
no fue suficiente apelaron al gobierno nacional. Desde Buenos Aires enviaron
tres vagones con alimentos, medicina y ropas, pero el tren quedó varado en la
ciudad de Formosa. A Las Lomitas llegó, diez días después, un solo vagón cargado
de harina con gorgojos, grasa derretida y galletas verdes. La intoxicación fue
una peste. Los gendarmes dirán luego que se trató de una indigestión masiva "por
comer demasiado". Para los Pilagá, fue un intento de envenenarlos: aún hoy, si
se les pregunta, muchos de ellos sostienen que la comida "estaba maldecida por
un cura, para que nos debilitemos".
El temor crecía de uno y otro lado del Madrejón. En el pueblo la gendarmería
emitía bandos y repartía armas entre los civiles. En la toldería de los Pilagá,
los ritos y las canciones se multiplicaban: dios nos protegerá de todo, decía
Luciano, incluso del hambre y las balas.
Cuando el Sargento Ayudante Salazar dió su versión de la masacre, escribió que
los Pilagá "dejaban oír sus músicas y tambores, metiendo aun más miedo con sus
rostros pintados en franca actitud agresiva". En la misma publicación, Salazar
dirá que "en realidad, estos indios eran salvajes, como animales". Su compañero,
el suboficial Perloff, sostendrá que "llamaba la atención la cantidad de indios
Pilagá reunidos, procedentes indudablemente de distintos lugares, pintarrajeados
y danzando, como lo hacen según su estilo, momentos previos a la pelea".
El gobierno nacional volvió a intervenir. Esta vez, pedían que el cacique
Paulino Navarro, conocido como Pablito, viajase a Buenos Aires para una
entrevista con Perón. Pablito era un hombre joven, con un aro en cada oreja y
una cualidad lo distinguía: podía hablar y leer castellano.
"Pero nunca falta un sueño", se queja Bartolo Fernandez. Lo dice con bronca, con
resignación, como para hacerme entender lo que muchos creen: que fue el sueño de
una anciana el que terminó de torcer la historia en contra de los Pilagá. Se
llamaba Aurora, y se lo narró al cacique Pablito en forma de premonición. "No te
vayas Pablito", le advirtió, "porque mi visión es que cuando ustedes vayan a
Buenos Aires, antes de llegar te van a matar". Pablito no supo cómo reaccionar.
Cuando un comandante de la gendarmería fue a su toldería y le entregó la ropa
para viajar, el cacique se vistió de criollo y pidió que lo dejasen sólo con
Juanita, su mujer, Al rato salió y le dijo al gendarme que no pensaba ir a
ningún lado. El rostro del mensajero se transformó. Le dijo "vos no te vas, pero
sabé bien que les vamos a dar caramelos". Nadie sabe por qué, pero así llamaban
a las balas en la zona.
Julio Quiroga lo supo enseguida. Tenía casi 15 años, y limpiaba la cocina de la
Gendarmería. La mañana de la masacre, llegó al trabajo y se encontró con un
hallazgo: los gendarmes habían confiscado todo lo que los Pilagá podían usar
para defenderse. "Habían escopetas, machetes, hachas y biblias", recuerda,
"tenían tres cajonadas con las cosas que le habían sacado a la gente". La suerte
ya estaba echada. "El patrón dijo que me iba a preparar un bolso con mercadería
para que me fuera. Me dijeron que a las 6 me tenía que ir, pero cuando llegué
cerca del Madrejón ya estaban los gendarmes cuerpo a tierra".
Cincuenta años después, el suboficial Perloff dará su versión de esos instantes
previos en una revista de la gendarmería. Allí escribirá que "…el cacique
Pablito pidió hablar con el Jefe (del escuadrón), por lo que concerté una
entrevista a campo abierto. Los indios, ubicados detrás de un madrejón, nos
enfrentaban a su vez, hallándonos con dos ametralladoras pesadas, apuntando
hacia arriba. Entre los aborígenes (más de 1.000) se notaba la existencia de
gran cantidad de mujeres y niños, quienes portando grandes retratos de Perón y
Evita avanzaban desplegados en dirección nuestra".
A las 5 de la tarde, recuerda Julio Quiroga, "empezaron a tirarnos, y escapamos,
uno para cada lado, algunos para Pampa del Indio, otros para Campo del Cielo".
La matanza no terminará en esa tierra regada de cadáveres. Los Pilagá serán
perseguidos durante varias semanas y cientos de kilómetros a la redonda. El
Sargento Salazar, el único gendarme herido durante la masacre, escribirá años
más tarde que, luego del fuego de las ametralladoras, "el grueso de la unidad,
acompañado por algunos civiles, penetró en el bosque abriéndose en abanico". El
objetivo era que no quedasen testigos.
Pero quedaron. El cacique Pablito vagó por el monte junto a cien indígenas
desesperados y se refugió en Paraguay. El dios Luciano, que para salvar su vida
se escondió en un pozo, fue rescatado por sus seguidores y se instaló en Laguna
Pato. Allí continuó con su prédica, pero a los pocos años murió. Según su hijo,
Luciano se enfermó de miedo y tristeza. Gran parte de los sobrevivientes
quedaron marcados. Como explica Bartolo Fernandez, "muchas personas no querían
volver para esta zona, porque tenían miedo que los vuelvan a matar. Los ancianos
a veces dicen dos palabras, dicen tres palabras largas y lloran. Ya no es como
antes".
Los diarios de la época hablaron de "levantamiento indígena". El diario el
Intransigente del 12 de Octubre de 1947, decía que "la sublevación obedecería a
una prédica infiltrada entre los aborígenes haciéndoles ver las posibilidades de
mejoramiento a que tendrían derecho como nativos y dueños de la tierra que
habitan…". Aunque diez días más tarde, en el mismo diario, tuvieron que
reconocer que "no resultan tan ciertas las versiones que los indios hubiesen
asesinado. Se los persiguió y se los sigue persiguiendo. En cuanto a los
muertos, nada se sabe en forma oficial porque después de la masacre fueron
quemados los cadáveres". La gendarmería, en cambio, publicó un trabajo sobre el
tema a principios de los 90, al que tituló "el último alzamiento indígena".
Hoy el pueblo Pilagá es considerado en extinción: en toda la región chaqueña no
quedan más de 5000 . Lo que parece no haber cambiado es la adhesión a la figura
de Perón. Cada vez que intenté indagar sobre que responsabilidad tenía el
entonces presidente en la masacre, las respuestas fueron evasivas. Al final,
Juan Córdoba me explicó que opinaban del General. "Creemos", me dijo, "que era
un hombre muy honesto, que ayudaba a los pobres, y que nos enroló y nos dio los
documentos".
Norma Navarrete está sentada sobre un pequeño tronco, casi al ras del suelo.
Cuando el relato de los otros ancianos está por terminar, ella se levanta y mira
al centro de la ronda. Yo quiero hablar, dice, y sus palabras se clavan en la
atmósfera caliente del atardecer. Voy a hablar, repite, pero quiero que me den
tiempo para hacerlo, por lo menos dos o tres días. No hay tiempo, le decimos: yo
me voy por la mañana y no se cuándo podré volver. Entonces hablo ahora,
contesta. Santiago, el del tereré, se ofrece para traducir. Norma habla como si
cantara. Es una mujer sabia en sus tristezas, y nadie se anima a interrumpirla.
"Era de noche y tiraron bengalas para iluminar y saber donde estábamos. Eso pasó
porque buscábamos un dios. Nosotros fuimos a un lugar que se llama Pampa del
Indio. Escapamos ahí. En ese época yo era joven y soltera. Yo llevaba la
mercadería y mi mamá el agua. Veníamos escapando, por ahí nos escondíamos,
corríamos, llorábamos. Nos fuimos a meter en un estero, durante el día estábamos
en una cueva para que no nos vieran los gendarmes. Primero yo llevaba mercadería
y mi madre llevaba agua, pero después de algunos días se acabó y pasábamos
hambre. Mi abuelo tenía un amuleto de hueso para tener garra, fuerza, para que
no te caigas o te demores. Me metía unos chuzazos con eso, muy fuerte, cosa que
el hueso del animal penetre en la carne, para que no me duerma, y así lograba
escapar día a día, hora a hora. Así llegamos hasta Campo del Cielo. En ese mismo
lugar nos rodearon. Y no sé como no nos mataron. Había gente que levantaba
nervios, que se preguntaba que iba a pasar con ellos. Nos rodearon los gendarmes
y nos tenían apuntados. Decían ‘a estos perros lo vamos a matar’. Había muchos
muertos y no sabíamos qué hacer para que no vengan los cuervos a comerlos."
La voz de Norma es una montaña al borde del derrumbe. Cuando termina de hablar,
ya es de noche y apenas nos vemos las caras. Santiago, el del tereré, está
conmocionado: apenas puede emitir sonido. Nos quedamos en silencio, pero no es
el silencio incómodo de esta mañana: es uno suave, lleno de murmullos y roto de
a ratos por la voz de los ancianos que conversan sobre sus recuerdos, como si
nosotros ya no estuviésemos allí.
Citas de Diarios y testimonios recopilados por Pablo Wright: Crónicas del Dios
Luciano: Un Culto Sincrético de los Toba y Pilagá del Chaco argentino. P. Wright
y Patricia Vuoto. Religiones Latinoamericanas 2 Julio 1991- SN 0188-4050
Fuente: Indymedia Argentina
Hallan
restos de aborígenes fusilados por gendarmería en 1947
La masacre de un pueblo originario
Por Maria Sol Wasylyk Fedyszak.
Un juez de Formosa ordenó allanar el escuadrón de Las Lomitas, donde hace 58
años se produjo la matanza de 500 miembros de la etnia pilagá.
La comunidad pide al Estado una indemnización
"Qué tanto se preocupa si al final son indios", contestó el delegado de la
Dirección Nacional del Aborigen, Miguel Ortiz, al jefe del Escuadrón cuando éste
le pidió explicaciones sobre el mal estado de los alimentos que habían llegado
para ser distribuidos entre gente de la etnia pilagá, días previos a la masacre
poco conocida por la historia nacional denominada "Matanza de Rincón Bomba". El
hecho ocurrió en octubre de 1947 en Formosa y se cobró alrededor de 600 vidas a
manos de la Gendarmería nacional. El suceso volvió a la luz cuando el juez Bruno
Quinteros ordenó el allanamiento de las instalaciones del Escuadrón de
Gendarmería de Las Lomitas de esa provincia, donde posiblemente se encontrarán
fosas comunes con los restos de los asesinados. Ayer la Justicia comenzó la
búsqueda y encontró restos de un cuerpo que podrían pertenecer a un integrante
del pueblo originario.
En junio de este año, la Federación Pilagá interpuso una denuncia contra el
Estado por "crímenes de lesa humanidad". La demanda, presentada ante el Juzgado
Federal Nº 1 de Formosa, es por "daño colectivo", relató a Página/12 uno de los
abogado de esa comunidad, Julio García. En ese sentido, agregó que "se presentó
una medida cautelar por la fuerte presunción de la existencia de cadáveres. Por
eso el juez ordenó el allanamiento de cuatro lugares. Uno de esos es terreno de
Gendarmería en la intersección de las rutas 81 y 28, frente a Las Lomitas".
Los demandantes piden una indemnización por "daños y perjuicios, lucro cesante,
daño emergente, daño moral y determinación de la verdad histórica".
La presentación judicial señala que entre el 10 y el 30 de octubre del año 1947
fueron asesinados "entre 400 a 500 argentinos de etnia Pilagá, aproximadamente,
además de los heridos y más de 200 desaparecidos". Los más de 50 muertos por
intoxicación, hambre y falta de atención médica y la desaparición de un número
indeterminado de niños elevan las bajas a más de 750. Hubo 190 sobrevivientes.
En la presentación se relata que meses antes de los crímenes, más de 7 mil
hombres, mujeres y niños pilagás, tobas y wichís caminaban desde Las Lomitas
hasta Tartagal, en Salta, tras la promesa de trabajo, pero fueron echados cuando
reclamaron que se les pagara lo prometido. Entonces emprendieron el regreso a su
lugar de origen. Sin posibilidades de trabajo, mujeres, niños y hombres fueron
víctimas del hambre y las enfermedades. Los pobladores cercanos los ayudaron con
alimentos y ropa. Pero al transcurrir los días dejaron de hacerlo.
Ante la gravedad de la situación, las autoridades provinciales se comunicaron
con el presidente Juan Domingo Perón, quien ordenó, como parte de una ayuda
mayor, el envío de tres vagones con alimentos, ropas y medicinas. La carga llegó
a la ciudad de Formosa y permaneció en la estación, a la intemperie, diez días
aproximadamente.
Finalmente, llegó a Las Lomitas un solo vagón lleno, dos semivacíos, con la
mayoría de los alimentos en mal estado por el tiempo transcurrido. Fueron
distribuidos y consumidos rápidamente por miles de indígenas que a las pocas
horas comenzaron a sentir los síntomas de una intoxicación masiva. Decenas
murieron. El jefe del Escuadrón llamó al delegado de la Dirección Nacional del
Aborigen para pedir explicaciones sobre las faltas en los abastecimientos y el
mal estado en que habían llevado.
Al tiempo comenzó a circular el rumor de un ataque indígena. Gendarmería formó
un "cordón de seguridad" alrededor del campamento aborigen. No se les permitió
traspasarlo ni ingresar al pueblo. Hasta que en el atardecer del 10 de octubre,
el cacique pidió hablar con el jefe del escuadrón. Se concertó una entrevista a
campo abierto. En ese momento se escucharon descargas de disparos. El 2º
comandante del escuadrón, sin que nadie lo supiera, había hecho desplegar varias
ametralladoras alrededor del lugar. Y todo terminó en la masacre. Después
comenzó la persecución de los que pudieron escapar, "para que no quedaran
testigos", concluye la presentación judicial.
Ayer, 58 años después, comenzaron las excavaciones "para encontrar fosas
comunes", indicó García. El otro abogado patrocinante, Carlos Alberto Díaz,
resaltó que este "hecho busca la verdad histórica para determinar las
responsabilidades de quienes originaron esta masacre". Además, se pide una
indemnización en nombre de todo el pueblo y otra parte en solidaridad con las
etnias toba y wichí "porque estimamos que es un problema de todos los pueblos de
la provincia y de América latina".
La investigación del episodio comenzó un año antes de la presentación ante la
Justicia. Los letrados encontraron datos de la matanza cuando trabajaban en el
caso de otra masacre indígena sucedida hace más de 80 años en Napalpí.
"Investigando hallamos sobrevivientes. Con olvido y perdón, las heridas no se
cierran –estimó Díaz–. Encontramos un temor reverencial a causa de ese hecho que
impactó en generaciones futuras de pilagás. Fue difícil que nos dieran acceso."
Fuentes cercanas a la investigación comentaron que "la Federación Pilagá dio el
poder para la presentación en Resistencia, Chaco, y no ante un escribano de
Formosa por temor a represalias".
Los otros tres lugares donde se efectuarán los allanamientos serán en la
localidad de El Descanso, a pocos kilómetros de Las Lomitas, cerca de las vías y
en el cementerio de la localidad de Pozo del Tigre "donde hubo fusilamiento en
las noches posteriores", narró García.
Por su parte, el juez federal formoseño, Bruno Quinteros, relató a Página/12 que
con esta causa "estamos reconstruyendo una parte de nuestra historia. Tenemos
que determinar la verdad histórica. Yo me enteré de este hecho con la llegada de
esta causa", y enfatizó: "Tenemos un compromiso con la reconstrucción histórica
y con los pueblos".
Fuente: Página/12
Las
Lomitas, Formosa: Entrevista a sobreviviente de la Masacre de Rincón Bomba
Por Amelia Presman, enviada a Formosa. Momarandu.com entrevistó al cacique de la
etnia pilagá Alberto Navarrete, sobreviviente de la llamada Masacre de Rincón
Bomba, hecho ocurrido en 1947 y que volvió a la consideración pública luego de
que la justicia federal ordenara exhumaciones en cercanías a Las Lomitas
-Formosa-
Según se cree, hay ahora firmes indicios de que en esa jurisdicción se
encontrarían las tumbas comunes de más de 500 mujeres, niños, ancianos y hombres
de la etnia pilagá, masacrados por tropas de la Gendarmería Nacional entre el 10
y el 30 de octubre de 1947. Además de los muertos se estima hubieron más de 200
desaparecidos. Ello, sumado a los más de 50 muertos por intoxicación, hambre y
falta de atención médica y la desaparición de un número indeterminado de niños,
elevarían las bajas a más de 750.
El hecho permaneció oculto, al punto que en la propia ciudad de Las Lomitas,
muchos ciudadanos consultados por Momarandu.com desconocen el episodio.
"NO ESTABAMOS ARMADOS"
La noche ya cayó sobre el campamento aborigen, cuando Navarrete recibe a
Momarandu.com. El lacerante canto de las ranas reverbera en los algarrobos y
constituye el único sonido que prevalece en el ambiente, cargado de humedad y de
miseria. Diecisiete familias en condiciones precarias viven en el campamento,
bajo la autoridad de este hombre, el más anciano de la comunidad.
El cacique habita en el kilómetro 14 de la ruta provincial N° 28 de Formosa, en
cercanías a la ciudad de Las Lomitas, que dista a unos 300 kilómetros de la
Capital. Tiene 71 años asumidos aunque los integrantes de esa comunidad saben
que su edad ronda los 80, por la edad aproximada que tenía cuando presenció la
matanza.
El hombre habla en un castellano cerrado y al mismo tiempo emplea términos de su
lengua nativa durante el transcurso de la conversación. Sin embargo, no es
difícil comprender el sentido general de sus ideas.
Sin penachos ni ornamentaciones que lo destaquen por sobre el resto, el guía de
los pilagás accede a sacar una silla de su casita de madera y abandona el fuego
que ilumina tenuemente la habitación. Parece ciego: de los ojos se le desprende
una humedad que a veces parecen lágrimas y a veces no.
Pero no ha perdido la visión. Cuentan en el poblado que los días de sol,
Navarrete recorre ida y vuelta los 14 kilómetros que separan el caserío de la
ciudad de a pie.
Recuerda que era pequeño cuando ocurrieron los hechos. El era uno más de los
aborígenes cuyas familias regresaban de Salta despedidos del ingenio San Martín
de El Tabacal por haber reclamado que se les abonara un prometido jornal de 6
pesos en la cosecha de caña de azúcar.
-¿Qué pasó aquel día de la matanza?
-Yo me estoy acordando del '47. Gente amontonada en madrejón. Gendarmería
disparó. Nosotros pudimos correr al monte. Yo visto eso. Yo declaré eso. Era 6
de la tarde. No teníamos armas nosotros. Correr nomás. Ellos tenían
ametralladoras.
-¿Usted recuerda haber visto a gendarmes dispararles?
-Yo escuché ametralladoras. Al monte nosotros en plena noche. No sabemos que
pasó con todos, con las tolderías...Antes ya habían muerto envenenados. Yo visto
eso. Nos fuimos a Campo del Cielo (un poblado a 35 km de Lomitas). Muchos visto
tirados, no se si los enterraron. Nosotros queremos saber.
-¿Sienten que el Estado Nacional intentó deshacerse de ustedes?
-Nos trataron muy mal. Gendarmería nos corrió de madrugada. (Vale aquí una
aclaración: Navarrete, como muchos de los otros aborígenes, diferencia la
administración de Perón de la fuerza desplegada por Gendarmería para reprimirlos
y salva la figura del ex presidente, asegurando que desde Nación no hubo orden
de disparar). Dormimos en el monte. En Campo del Cielo Nicolás Curestes nos
ayudó. Estaba en defensa de nosotros y nosotros ponerlo cacique.
En días posteriores, la matanza continuó. Testimonios aseguran que los disparos
volvieron a oírse tanto en Campo del Cielo (a unos 30 km de Lomitas) como en
Pozo del Tigre (distante a unos 35). Unos 200 indios más murieron en los
alrededores. Y una cifra similar se salvó gracias a Nicolás Curestes, un hombre
de la zona que refugió a los aborígenes y protegió a muchos.
Tal fue el respeto ganado por el criollo, que el hombre fue nombrado cacique
honorario por los integrantes de esa comunidad. Cuentan en Lomitas, que al
fallecer años atrás su cajón fue cargado al cementerio por los aborígenes
mismos.
|
Robustiano Patrón Costas |
-¿Porqué los mataron?
-No sabemos.
-¿Porqué ahora deciden investigar, habiendo pasado tanto tiempo?
-Queremos conocer que pasó con ellos. La verdad.
DESPIDOS, HAMBRE Y DISPAROS
Siguiendo las vías del ferrocarril, hambrientos, los pilagás que volvían de
Salta se instalaron en un descampado llamado Rincón Bomba, cercano a Las
Lomitas. En ese entonces, el asentamiento estaba ubicado en la intersección de
la mencionada ruta provincial y la vía nacional 11, sitio donde se estima
estarían enterrados los cuerpos.
Encontraron allí no sólo un madrejón que les proporcionaba agua, un recurso
fundamental teniendo en cuenta el lugar hostil y las elevadas temperaturas; sino
también compañía: ahí estaban asentados grupos aborígenes de su misma etnia.
Según investigaciones efectuadas por los abogados de la causa (Julio César
García y Carlos Alberto Díaz) los indios pidieron alimentos a la Comisión de
Fomento y también al comandante Emilio Fernández Castellanos, del escuadrón 18
de Gendarmería, con base en Lomitas. Pero el poblado sentía temor a una eventual
agresión por parte de los aborígenes (aunque los pilagá no eran una comunidad
agresiva e incluso testimonios de la época dan cuenta de que entre los "blancos"
y éstos existían relaciones de naturaleza comercial).
Los aborígenes pasaron el invierno a la espera de respuestas tanto por parte de
esa fuerza como del Estado Nacional por entonces a cargo de Juan Domingo Perón.
En esos años, Formosa era Territorio de la Nación (no fue declarada provincia
sino hasta 1956) y Las Lomitas, un poblado de escasas familias asentados cerca
del Escuadrón de Gendarmería.
Mediante gestiones del cacique Pablo Navarro y de su líder espiritual Luciano
lograron que se les dieran ropa y comida para que seis de los aborígenes se
trasladaran a Buenos Aires para entrevistarse con Perón. Dice Luis Zapiola,
abogado de Lomitas, en un artículo incluido en un curso de derecho de los
Pueblos Indígenas en la UBA que "es tan cierto que quisieron ver al Presidente
en Buenos Aires, como que después desistieron proponiendo que el Presidente los
visitara a ellos "para que éste viera cómo vivían".
Finalmente, el Presidente de la Comisión de Fomento, telegráficamente, solicitó
al Gobernador Federal el urgente envío de ayuda humanitaria, éste se comunica
con el Ministro del Interior de la Nación y éste a su vez le hizo saber al
presidente Juan Domingo Perón quien ordenó como parte de una ayuda mayor y
planes de desarrollo tres vagones cargados de mercadería y ropas.
La ayuda llegó a destino, pero el delegado de la Dirección Nacional del
Aborigen, Miguel Ortiz, demoró el cargamento en una estación. Finalmente a
Lomitas arribaron dos vagones con media carga y la comida no se encontraba en
condiciones de ser consumida. Sin embargo, ello no fue un impedimento para que
los alimentos se repartieran en el campamento indígena. La hambruna de los
pilagás era tal que aún así los consumieron. Más de un cincuentenar sufrió una
intoxicación que les costó sus vidas.
Así estaban las cosas de tensas cuando el cacique Pablito pidió hablar con el
jefe de Gendarmería. Era el 10 de octubre y gendarme y cacique debían
encontrarse a cielo abierto. Pero a éste último lo siguieron aproximadamente
unas mil mujeres que llevaban consigo retratos de Perón y Evita Duarte y
avanzaban hacia los efectivos. Un centenar de gendarmes abrió el fuego contra el
gentío.
En los pocos diarios de la época que dieron cuenta del hecho, se informaba de
una sublevación. "Extraoficialmente informamos a nuestros lectores que en la
zona de las Lomitas se habría producido un levantamiento de indios. Los indios
revoltosos pertenecen a los llamados pilagás quienes, según las confusas
noticias que tenemos, vienen bien provistos de armas (...) Ya se habrían
producido algunos encuentros, no se sabe si con los pobladores de la zona o con
tropas de la Gendarmería Nacional –Diario Norte, Formosa, 11 de octubre de 1947,
página 1, columna 5".
EXCAVACIONES Y SILENCIO
La causa fue presentada en abril del 2005, y en ella el pueblo pilagá solicita
se le pague una indemnización por daños y perjuicios, lucro cesante, daño
emergente, daño moral y determinación de la verdad histórica por un valor de
100.000.000 de dólares.
Las excavaciones fueron autorizadas por el juez federal formoseño Marcos Bruno
Quinteros, en un predio cercano a Las Lomitas que desde 1987 pertenece a
Gendarmería, los últimos días de diciembre. Otro sobreviviente de la masacre,
colaboró con la identificación de la zona, ahora convertida en un bosquecito.
Aunque sólo encontraron hasta el momento huesos humanos que podrían pertenecer a
una mujer pilagá, los abogados y los mismos aborígenes creen que allí podrían
hallar cientos de cuerpos muertos en la masacre de Rincón Bomba.
Esas exhumaciones debieron suspenderse el 30 de diciembre del 2005 por el inicio
de la feria judicial y los patrocinadores de la causa resolvieron pedir ayuda
económica a Nación porque consideran que están ante una tarea de investigación
que demandará meses de trabajo en el lugar.
El hecho, que fuera difundido en diarios digitales de la región, cadenas
nacionales de televisión y radios internacionales, no pareció conmover a la
comunidad de Las Lomitas, que continuó sin interrumpir sus habituales
actividades y sin inmutarse siguió viendo pasar a los aborígenes por las calles,
vendiendo sus artesanías.
A fuerza de verdad, tampoco la gran mayoría tiene conocimiento de la masacre. La
matanza fue ocultada con celo y pocos documentos hay que revelen los
acontecimientos que allí tuvieron lugar 58 años atrás.
"Las Lomitas nació como un asentamiento cercano al ferrocarril y a Gendarmería.
La mayoría de los que acá viven tienen algún familiar en la fuerza. Eso explica
en parte porque el hecho aún sigue oculto" comentó a Momarandu.com Juan Carlos
Godoy, delegado del Instituto de Cultura Popular que trabaja con los aborígenes.
La gente de Lomitas (ciudad de unos 15 mil habitantes, de los cuales una
altísima cifra depende de la administración municipal) ha tenido contacto con
las comunidades aborígenes por años, lo cual no necesariamente significa
integración.
Los derechos de los aborígenes son permanentemente violados según comentarios de
profesionales y docentes del lugar. Padecen la discriminación de los "criollos"
y el olvido de la clase política que los ha "recompensado" con la entrega de
planes sociales y los utiliza en tiempos electorales para mantener la ciudad
como bastión peronista.
Los aborígenes viven al margen de los blancos, en barrios alejados y con
escuelas propias. Además de los planes Jefes y Jefas de Hogar y de la
comercialización de sus artesanías (carteras, monederos, collares de semillas,
tapices, cerámicas, trabajos en madera y canastos) reciben la ayuda del
Instituto de Cultura Popular (INCUPO) que presta capacitación en derechos
humanos e información.
"Fue
una maldición" dice el presidente de la Federación Pilagá
Por Amelia Presman, 10/06/06
Bartolo Fernández es el presidente de la Federación Pilagá de la zona, una
federación que nuclea a unos 5000 aborígenes de esa etnia en toda Formosa. Vive
también en el kilómetro 14 y aunque no presenció la matanza respalda la causa y
constituye una de las voces más mediáticas de la comunidad.
"Esto es doloroso pero necesitamos verdad histórica" dijo Fernández a
Momarandu.com. Explicó que aunque el suceso no tomó estado público sino hasta
hace muy pocos días, la posibilidad de demandar al Estado por la matanza de más
de medio millar de aborígenes viene siendo discutida en el seno de su comunidad
desde hace mucho tiempo.
"No fueron 500 los que murieron, fueron 1.000. No sabemos cuantos fueron
baleados, pero muchos murieron por comida envenenada y los ancianos por
ancianos, y por estar debilitados después de meses de no tener comida" expresó.
"Gendarmería vino con morteros, ametralladoras y fusiles. Cuando el cacique
Pablito quiso hablar con ellos no pensaba en matar ni tenía armas de fuego.
Pensaba en los enfermos y quería tierra propia para pilagás....Quedamos muy
pocos después de eso. La masacre fue una maldición" sostuvo.
En otro orden de cosas, Momarandu.com consultó a Fernández sobre la
discriminación que reciben en la ciudad. Pero para el titular de la federación
"la relación humana con la gente de la zona es buena".
"No nos sentimos discriminados en el trato humano, pero si en lo legal".
-¿Podría explicarlo?
- Nosotros elegimos al cacique. El piensa en nosotros y sabe defender su pueblo.
Pero ahora en este siglo no hay más caciques sino representantes municipales y
provinciales. Eso es legal. Pero ellos no nos representan.
-¿Usted se refiere entre otras cosas a la presión que ejercen desde el municipio
y la provincia en épocas de campaña electoral, para votar en determinado
sentido?.
-Allí si hay conflicto. Nos tratan mal, nos obligan a votar por alguien que no
respeta nuestros derechos. Nos prometen cosas y después se olvidan.
-Ustedes se dan cuenta de eso, ¿no hay forma de modificar las cosas?
-No es fácil. Los políticos no respetan lo que pensamos. Venimos hablando mucho
entre nuestra gente y con las otras federaciones nos juntamos en marzo.
La discriminación, uno de los principales problemas del aborigen
Por Amelia Presman, 10/06/06
El transeúnte ocasional de la ciudad puede observarlo a simple vista. Los
pilagás transitan las arenosas calles de Las Lomitas pero no permanecen en ellas
más que para cumplir con algún quehacer puntual: el cobro de un plan social, la
venta de sus productos, una diligencia pendiente.
Viven desde 1985 aproximadamente en unas 3000 hectáreas que el gobierno
provincial les cedió a 14 kilómetros de la ciudad y esa distancia se vuelve casi
inaccesible con las lluvias. El agua convierte la tierra en fango y hay que
tener habilidad y un buen vehículo para poder avanzar. No hay luz eléctrica en
ese tramo, no hay teléfonos ni señal para la comunicación satelital.
Los pilagás se movilizan de a pie o en bicicletas aunque por lo general, los
días que se pagan los planes sociales (Jefes y Jefas de Hogar y Plan Familias)
suelen trasladarse al Banco en camionetas que por supuesto cobran el trayecto.
Además de los pocos ingresos que para cualquier hogar –no sólo para el aborigen-
significan 150 pesos mensuales, los nativos se amañan con la venta de sus
artesanías.
Las comercializan por poco dinero en locales de la ciudad y hay quienes se las
compran para luego revenderlas en Capital Federal. Collares de semillas y
cuentas, cintos de yica con hebillas de madera, carteras y monederos, vasijas de
barro, animales de palo santo y tapices son algunas de sus producciones.
En el 14, como todos llaman al poblado de casas dispersas construidas en madera
y barro, la gente se agolpa, curiosa, cuando un extraño ingresa. Las mujeres no
hablan: observan, sonríen si algo es de su agrado. Los hombres son los que
dialogan. Entre ellos utilizan su lengua materna, el pilagá, y el castellano es
usado con los criollos y los blancos.
La energía eléctrica llegó hace escasos siete meses y el agua la obtienen
mediante un molino. En el caserío se destaca un humilde rancho que hace las
veces de templo. Los aborígenes son evangelistas y celebran oficios religiosos
semanales, a los que acuden las diecisiete familias que habitan el campamento.
La comunidad pilagá considera que las enfermedades no pasan por lo bacterial o
infeccioso sino por los "daños" que unos provocan en otros, aunque en caso de
urgencias o de nacimientos acuden al hospital público de la ciudad. Allí no hay
centros sanitarios.
Los niños aprenden el idioma nativo y la gran mayoría inicia el manejo del
castellano al inicio de la educación formal, a los seis años. A la escuela
primaria del campamento asisten casi todos, no así a la secundaria, porque deben
ir hasta al pueblo. Es un pequeño grupo el que lo hace e inclusive, un mínimo
porcentaje accede a estudios terciarios mediante la capacitación de de Instituto
de Cultura Popular (INCUPO).
Momarandu.com dialogó con Juan Carlos Godoy, uno de los integrantes de la
institución con asiento en Las Lomitas, Formosa, institución que lleva adelante
capacitación de la etnia pilagá. "Realmente son pocos pero es todo un avance
contar con agentes sanitarios en el hospital de Lomitas. Lo que sucede es que es
innegable que el acceso a la educación se dificulta por la escasez de medios
económicos y en el fondo, por la manera diferente con la que cada comunidad
observa el mundo" dice.
Discriminación, abuso sexual para con las mujeres aborígenes, empleos mal pagos
son algunos de los rasgos característicos que continúan caracterizando -como
desde hace muchos años- la relación entre blancos y nativos.
Godoy también se refirió al sistema judicial que rige para los aborígenes.
"Cuando los conflictos son menores, lo resuelven bajo sus reglas y normas, en el
seno de la misma comunidad. Cuando se ven excedidos acuden a la Justicia "de los
blancos".
Fuente: www.momarandu.com
Aparecen
nuevos cadáveres en Rincón Bomba
Por Chaco Día por Día, 17/08/06
Genocidio indígena en Formosa
El Perito Oficial de la causa sobre la Matanza de más de mil indígenas Pilagás,
jurisdicción de Las Lomitas informó al Juez Federal de esa provincia, Dr. Marcos
Bruno Quinteros, del hallazgo de nuevos cadáveres de las víctimas.
El Perito Oficial de la matanza ocurrida en el entonces Territorio Nacional de
Formosa, en el año 1.947, llevado a cabo por tropas de la Gendarmería Nacional
Argentina, informó al Juez Federal de la Ciudad de Formosa, Doctor Marcos Bruno
Quinteros, del hallazgo de nuevos cadáveres de víctimas de aquel genocidio.
Los mismos están localizados en tres zonas más, de las dos descubiertas hasta
ahora ( la primera fue en el 28 de diciembre del 2005 en el polígono de tiro de
Gendarmería Nacional Argentina en Rincón Bomba y la segunda el 19 de marzo del
2006 en el Paraje La Felicidad, jurisdicción de la localidad de Pozo del Tigre,
todos de la Provincia del Formosa). La tercer zona se encuentra en el kilómetro
30 jurisdicción de la localidad de Pozo del Tigre, la cuarta en Colonia Muñiz ,
distante a 7 km al este de la ciudad de Las Lomitas, próxima a la ruta nacional
Nº 81 y la quinta, nuevamente, en el lugar donde se inició la matanza en Rincón
Bomba.
La ubicación de las distintas tumbas confirman el "sendero de la muerte", que se
extendió por más de 40 km, de los que pudieron huir en un primer momento del
ametrallamiento del 10 de octubre de aquel año.
Asimiso, ante la petición fundada, solicitada el 3 de abril del 2.006, por los
Doctores Carlos Alberto Díaz y Julio César García, Abogados Apoderados de la
parte Actora Federación del Pueblo Pilagá, el Comandante General de la
Gendarmería Nacional Argentina Don Héctor Bernabé Schenone, dispuso, por
Resolución Nº 532/06, la apertura de los archivos de esa Institución, lo que
constituye un hito histórico, político y jurídico en el esclarecimiento de
crímenes de lesa humanidad en la República Argentina.
Los Doctores Carlos Alberto Díaz y Julio César García en el día de hoy ya han
establecido contactos con Oficiales Auditores de la Gendarmería para comenzar,
en los próximos días, con un equipo de documentalistas y expertos en registros
virtuales, los estudios de los archivos que se encontrarían diseminados entre el
Escuadrón de Las Lomitas, la Agrupación Formosa (capital) y el edificio
Centinela en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
(Fuente: Dr. Carlos Alberto Díaz)
Genocidios
indígenas, la historia enterrada
Por Eduardo Rodríguez-Baz (PL) / Argenpress, 31/03/06
El reciente hallazgo de unos 27 cadáveres de indígenas pilagá, exterminados
durante una matanza en 1947, desenterró uno de los pasajes más virulentos de la
historia argentina: el genocidio de los pueblos aborígenes.
Los restos de los pilagá, parientes lingüísticos de los tobas y wichis, fueron
encontrados el pasado 17 de marzo en un paraje de la provincia de Formosa, a más
de 1.200 kilómetros de Buenos Aires, por el Equipo de Investigación de Crimen
Forense.
Enrique Prueger, a cargo del grupo de expertos, reveló a la prensa ese día que
algunos de los restos humanos descubiertos hasta el momento pertenecen a una
mujer y otros a un niño.
Según el especialista, no se trata de una fosa, sino que los cadáveres están
diseminados en un descampado ubicado a escasos kilómetros de Pozo del Tigre, una
zona de difícil acceso donde para recorrer 16 kilómetros se necesita una hora de
viaje en camioneta.
Prueger realizó el procedimiento junto a peritos de la policía formoseña, como
parte de una investigación autorizada por el juez federal Marcos Quinteros y que
en diciembre de 2005 permitió comenzar las excavaciones.
El luctuoso hecho, prácticamente desconocido, ocurrió en octubre de 1947 y se
inscribió en los anales de la historia argentina como La masacre de Rincón
Bomba, cerca de la ciudad de Las Lomitas.
Debieron pasar casi seis décadas para que este terrible acontecimiento saliera a
la luz.
En abril de 2005, los abogados Carlos Díaz y Julio García presentaron una
denuncia contra el Estado Nacional por haber cometido crímenes horribles contra
el pueblo Pilagá.
Solicitaron ante el Juzgado Federal de Formosa que se le pague una indemnización
'por daños y perjuicios, lucro cesante, daño emergente, daño moral y
determinación de la verdad histórica'.
Gracias a los estudios realizados durante cinco años por ambos magistrados,
quienes representan a la Federación Pilagá, hoy se puede conocer un poco más de
aquel verdadero calvario.
Más de 750 integrantes de esa etnia resultaron entonces asesinados cuando, tras
negarse a trabajar como esclavos en los ingenios azucareros de la vecina
provincia de Salta, fueron echados por los capataces y retornaron a sus
comunidades en Las Lomitas.
De vuelta a Formosa, la muerte los volvió a asechar ante la escasez de comida.
Luego de reclamar ayuda a las autoridades nacionales, el gobierno del entonces
presidente Juan Domingo Perón envió un tren con ropas, alimentos y medicinas,
pero gran parte del cargamento nunca llegó a sus manos y la comida la recibieron
en mal estado.
Sin embargo, los indígenas fueron víctimas de la desidia de los funcionarios
provinciales, lo cual precipitó una masacre ejecutada por uniformados de la
Gendarmería Nacional que desoyeron órdenes en sentido contrario de sus
superiores.
De acuerdo con Díaz y García, entre 400 y 500 nativos murieron por el fuego de
las ametralladoras, a los que se sumaron numerosos heridos y más de 200
desaparecidos, entre ellos muchos niños.
Recortes de periódicos de la época, rescatados por los juristas, dieron cuenta
que tres vagones llegaron a Formosa a mediados de septiembre, pero el delegado
de la Dirección Nacional del Aborigen, Miguel Ortiz, los dejó abandonados en la
estación.
A principios de octubre llegaron a Las Lomitas merced a la intervención del
gobernador provincial, quien tras enterarse de su retención dispuso la salida
inmediatamente.
Pero ya era tarde, un solo compartimiento estaba lleno y en los otros dos apenas
quedaba la mitad de la carga, mientras que los alimentos se habían descompuesto.
Aún así, se repartieron en el campamento y al día siguiente 50 de ellos murieron
por los efectos de la intoxicación.
Pensando que se trataba de una acción premeditada, los autóctonos salieron
varias veces a reclamar de manera pacífica hasta que los gendarmes rodearon el
campamento y dispararon sus fusiles contra los cuerpos inermes de niños, mujeres
y ancianos.
Tras el hallazgo del pasado día 17, Díaz confesó estar consternado: es la
primera vez que encontramos tamaña cantidad de cuerpos, lo que demuestra el
genocidio que hubo en el país, denunció el magistrado.
Por su parte, el cura párroco de Las Lomitas, Francisco Nazar, solicitó a las
entidades de derechos humanos acompañar la causa de los indígenas para que haya
juicio, castigo y reparación histórica por las matanzas contra los pueblos
originarios en Argentina.
'Es una tristeza muy profunda encontrar 27 cuerpos masacrados por el genocidio.
Sale a la luz la historia negada que revela la impunidad que ha habido con los
indígenas', sentenció el también fundador de la Pastoral Aborigen de la Iglesia
Católica.
Nazar se dirigió en particular a las emblemáticas Madres y Abuelas de Plaza de
Mayo -cuyos hijos y nietos desaparecieron durante la última dictadura militar-,
a quienes pidió involucrarse de manera directa en el esclarecimiento del atroz
suceso.
Su llamamiento tuvo además como destinatario al presidente argentino, Néstor
Kirchner.
Así como bajó el cuadro del ex dictador Jorge Rafael Videla (cabecilla del golpe
de Estado del 24 de marzo de 1976), que también descuelgue el de aquellos que
masacraron a nuestros hermanos, concluyó el reconocido religioso.
Los abogados patrocinantes anticiparon que solicitarán a la Justicia la citación
de unos 30 gendarmes que aún están con vida, con el fin de aportar en una causa
de violación a los derechos humanos considerada imprescriptible.
De acuerdo con recientes censos, la comunidad pilagá está integrada en la
actualidad por unas cinco mil personas, quienes residen en zonas rurales de las
provincias de Formosa y Chaco, en el noreste de la nación austral.
Fuente: www.argenpress.info
Resolución
inédita y novedosa en el caso de la masacre de Rincón
Por Julio
julmirs@ciudad.com.ar
En un fallo inédito en la Jurisprudencia Argentina y
latinoamericana, el Juez Federal de Primera Instancia de la ciudad de Formosa,
capital de la provincia del mismo nombre, Dr. Bruno Quinteros, ordenó al Estado
Nacional Argentino, que se haga cargo de todos los gastos, erogaciones de la
investigación en la búsqueda de restos y las víctimas y fosas comunes,
originadas en la denominada Matanza de Rincón Bomba. El juicio que todavía se
haya en trámite se encuentra fundado en la imprescriptibilidad de los crímenes
de Lesa Humanidad perpetrados por tropas de la Gendarmería Nacional Argentina
entre el 10 de octubre al 5 de noviembre, aproximadamente, del año 1947.
En aquella oportunidad, en el paraje cercano a la Localidad de Las Lomitas
fueron ultimados entre 700 y 1500 niños, ancianos, mujeres y hombres, desarmados
e indefensos pertenecientes al pueblo pilaga, hoy en proceso de extinción.
En
la resolución Nro. 151/2006, del 22 de marzo de este año (2006), el magistrado,
en los considerandos, manifestó que " …fundado en el reciente hallazgo del
descubrimiento de la primera fosa común de las posibles víctimas de la
denominada " Matanza de Rincón Bomba"; teniendo presente que el instituto de
"Litis Expensas", previsto por el Código de Rito, ( Art. 651" ), establece el
derecho que tiene un litigante a recibir del contrario una cantidad de dinero
que varía según la condición económica del solicitante y que constituye un medio
tendiente a asegurar la vigencia efectiva de la garantía constitucional de
igualdad ante la ley, en atención de la parte accionante (Federación de
Comunidades Indígenas de la Etnia Pilaga), al carácter de solvencia acreditado
del demandado (Estado Nacional), y al interés general comprometido en la causa,
ventilada en autos en la cual se pretende el resarcimiento colectivo como
consecuencia de la posible violación de derechos humanos derivados de crímenes
de lesa humanidad razón por la cual se hace necesario ordenar todas las medidas
necesarias como resultado de los allanamientos decretados oportunamente. Firmado
Marcos Bruno Quinteros Juez Federal. Liliana E. González Costa Secretaria".
Dicha resolución por lo novedosa e inédita pone de relieve dos cuestiones, una
que hace al sujeto legitimado en la presente acción que es una organización
indígena, que reclama el resarcimiento de delitos de lesa humanidad y por lado
lugar amplia el instituto de litis expensa a una causa colectiva e iguala a las
partes en el acceso real y plena al sistema de justicia, superando la mera
abstracción teórica de la igualdad entre las partes. Muchas veces o en la
mayoría de los casos el accionante tiene razón en sus peticiones pero por
carecer de medios económicos, frustra sus expectativas aún antes del comienzo de
la litis.
Los abogados de la Federación Pilaga Dres. Carlos Alberto Díaz y Julio César
Garcia, quienes han iniciado también la causa por la masacre de Napalpí en 1924
Toba Qom – Mocoví y por el Bombardeo de Plaza de Mayo del 16 de Junio de 1955,
manifestaron la importancia de la resolución del Magistrado Federal actuante,
porque es el primer caso de extensión del Instituto " de las litis expensas", a
la problemática de los derechos humanos. Ello permitirá como en este caso
realizar las investigaciones por la búsqueda de fosas comunas en un amplio
territorio del estado formoseño, que durará aproximadamente más de seis meses.
Formosa, 03/04/06
Matanza
indígena de Rincón Bomba: Rechazan todas las excepciones del Estado Nacional
Por Carlos Alberto Díaz y Julio César García, 07/03/07
napalpi1924@yahoo.com.ar; julmirs@ciudad.com.ar
El Juez Federal de la Provincia de Formosa, Doctor Marcos Bruno Quinteros, en un
fallo histórico en el País y Latinoamérica, calificado como ejemplar en medios
jurídicos, rechazó "in totum" todas las excepciones interpuestas por el Estado
Nacional en el juicio por la matanza de más de 1.500 niños, ancianos, mujeres y
hombres desarmados de la etnia Pilagá del 10 de octubre del año 1.947 y meses
subsiguientes.
El genocidio fue cometido por fuerzas de la Gendarmería Nacional Argentina hace
más de 57 años, saliendo a la luz por las investigaciones realizadas por el
Abogado chaqueño Carlos Alberto Díaz que en el año 2.005 interpuso una acción de
resarcimiento, en nombre del Pueblo Pilagá, patrocinando al Doctor Julio César
García.
El 28 de diciembre del año 2005, en cercanías de la localidad Formoseña de Las
Lomitas se encontró la primera tumba común de las víctimas, repitiéndose los
hallazgos de tres más en los meses de marzo/abril del año 2.006, en una zona
conocida por Paraje La Felicidad, en cercanías de la localidad de Pozo del
Tigre, en la misma provincia.
Al contestar la demanda el Estado Nacional Argentino a principios del año 2.006,
no negó el hecho, pero sí interpuso tres excepciones procesales:
Prescriptibilidad de los Crímenes de Lesa Humanidad (pese a que la Corte Suprema
de Justicia el 14 de junio del año anterior había declarado la
imprescriptibilidad de los mismos), falta de legitimación activa del Pueblo
Pilagá para estar en juicio e incompetencia del Juez Federal de Formosa para
atender en la causa.
En la Resolución N° 15/2007, del 5 de Febrero de 2007, el Magistrado, en
pormenorizados considerandos dice:"La excepción de falta de legitimación (por el
Estado Nacional Argentino) fue fundada en que no fueron acreditados derechos
sucesorios de las víctimas. Niega que el Pueblo Pilagá pueda ser considerado
como una etnia".
"Como apoyo de la excepción de prescripción postulan que por aplicación de lo
establecido por el Art. 4073 del digesto civil, al haberse iniciado la presente
acción en el año 2005 han pasado más de 57 años del hecho generador invocado
(30/10/1947)".-
Esgrime, la demandada, que la jurisprudencia de la Corte Suprema referida a la
imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad no resulta aplicable al
caso de marras, rechazando la existencia de un delito de ejecución continuada.
En los considerandos de la resolución el Doctor Quinteros afirma, con fuerte
sentido crítico, que la Procuración del Tesoro de la República Argentina
"dogmatiza" al decir que la imprescriptibilidad no significa inextinguibilidad,
habida cuenta que las acciones tildadas de dicha forma por tratarse de delitos
constitutivos de violaciones a los derechos humanos, lo son exclusivamente en
vida del autor o responsable, por lo cual, de constituirse el tipo penal, podría
intentarse la acción si alguno de sus autores o cómplices vivieran.
A su turno, previo traslado de ley, la Federación del Pueblo Pilagá, con la
firma de los Abogados Carlos Alberto Díaz y Julio César García, a fs. 140/165
rechazó, punto por punto, todas las excepciones previas planteadas, expresando
textualmente el Juzgado Federal, que los demandantes puntualizaron lo
"…referente a la falta de legitimación de la Federación Pilagá precisando que la
misma posee suficiente legitimación para estar en juicio fundado en antecedentes
constitucionales, en el derecho positivo argentino, en el derecho internacional
consuetudinario y tratados internacionales. Citaron en abono de su posición el
la diferencia del concepto de poblaciones y pueblos indígenas y su relación para
estar en juicio"
Sigue diciendo el Juzgador:"Con copiosa doctrina y jurisprudencia, da cuenta de
los intereses individuales homogéneos del pueblo Pilagá y alega la
inaplicabilidad de los principios de derecho privado en la tutela colectiva de
los derechos individuales y como derivación lógica de ello, expone, que el
concepto de heredero forzoso no se adapta a los actores de este juicio, toda vez
que entiende estar en presencia de un sujeto colectivo afectado por un hecho
estatal dirigido contra los mismos, que justamente tenía por objeto su
exterminio".
Finaliza diciendo que los Actores remarcaron:"En segundo lugar, el mentado hecho
afectó bienes inmanentes como la vida y la identidad de los accionantes, que
impactaron en ese momento y los condiciona en la actualidad para ser parte
activa de la sociedad. Remarca significativamente que el 95% de los indígenas se
encuentran bajo la línea de la pobreza, no existen prácticamente asalariados,
empleados en los servicios públicos, fuerzas de seguridad o profesionales de
cualquier rama del saber humano, circunstancia que tiene conexión directa con la
generación de temor reverencial. Transcriben doctrina judicial surgida de la
Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Luego de estos considerandos el Juez en su parte pertinente dice: "Abocándome
directamente al tratamiento de la excepción de incompetencia, no resultará
baladí poner de relieve que de una primera lectura de la excepción de
incompetencia ensayada por el Estado Nacional…importa desmerecer toda
argumentación en tal aspecto…".
"Decidido ello, es dable introducirse al análisis de la excepción de
prescripción…" dejando sentado el criterio "…que en las pretensiones
indemnizatorias derivadas de delitos de lesa humanidad, no es aplicable plazo
alguno de prescripción, ya sea si la acción se iniciare a partir de lo que
establece el Art. 29 del Código Penal, o si se intentare en sede civil,
invocando como sustento de lo antedicho, se ha considerado: "...con respecto a
los plazos de prescripción liberatoria que fija el código civil, es dable
destacar que, en modo alguno podrían ser invocados con sustento, ya que "debe
recordarse que la prescripción no puede separarse de la pretensión jurídicamente
demandable" (Fallos 308:1101), y en este caso, el origen del reclamo reparatorio
se basa en el daño ocasionado por un delito de lesa humanidad, y no en uno
derivado de una relación meramente extracontractual, o de un delito penal que no
tiene especial connotación de su imprescriptibilidad".-
Prosigue diciendo:"Que aún si se quisiera considerar un plazo de prescripción,
esto no sería factible, ya que el delito de carácter permanente mientras no se
establezca el destino o paradero de la víctima desaparecida ha quedado
establecido por la [Convención] Interamericana sobre Desaparición Forzada de
Personas, aprobada el 9 de junio de 1994 por la Asamblea General de la
Organización de Estados Americanos, cuya ratificación fue autorizada por el
Poder Legislativo Nacional mediante ley 24.556, y en las condiciones de su
vigencia, goza actualmente de jerarquía constitucional (Ley 24.280) Art. 75
cinc. 22 de la Constitución Nacional...a los fines de la aplicación de un
supuesto plazo de prescripción, toda "ficción jurídica" deviene inaceptable
frente a la realidad palpable de la existencia de este delito permanente
mientras no se establezca el destino o paradero de la víctima desaparecida, tal
como determina taxativamente la Convención supra citada..."
En relación a la excepción de falta de legitimación activa para estar en juicio
del Pueblo Pilagá expresó: "…toda evaluación de la legitimación para estar en
juicio, no puede perpetrarse desde un plano individual…sino que debe ser
observada desde una óptica colectiva, pues el mismo derecho positivo reconoce la
calidad de comunidad étnica derivada de su propia estructura social, compuesta
por la identidad del pueblo con la combinación de diversos factores, que
implican una abismal diferencia con las figuras e institutos procesales del
derecho común".-
"La necesidad de mayor legitimación frente a los "nuevos derechos"; el
individualismo extremo cede paso a la solidaridad como un integrante natural de
la personalidad humana; ergo va de suyo, que para verificar la legitimación es
imprescindible estudiarla en el contexto constitucional, pues el derecho
procesal no puede resolver por sí solo tal cuestionamiento, dado que ningún
derecho puede ser válido si no se conforma al sentimiento jurídico que prevalece
en la comunidad reflejada en la carta magna, debiendo siempre garantizarse el
respeto a la dignidad y derechos del hombre".
Llama la atención de la insólita posición del Estado Nacional Argentino, que
durante la actual administración realizó un avance significativo en la
reivindicación por la defensa de los Derechos Humanos al decir: "Paradójicamente
el Estado Nacional intenta desmerecer la legitimación para estar en juicio de la
comunidad accionante, sin percatarse que por la modernización del derecho se ha
producido un ensanchamiento de la base de la legitimación procesal como
consecuencia de admitir, ya no solo la mera demanda individual del portador de
un derecho subjetivo, sino además, la de otras personas menos aforadas, pero
que, no obstante, alcanzan a exhibir un grado de interés suficientemente
protegido como para pasar el umbral de los tribunales".-
Afirma que "…Se trata de lograr que los seres humanos logren mejor desarrollo
individual y la dignidad y libertad acordes con las circunstancias concretas que
les ha tocado vivir en sociedad; de ello se colige que pretender privar a la
"Comunidad Pilagá", de la facultad de acudir a los tribunales es quitarle el más
importante e intenso instrumento de que pueda disponer ante una hipotética
lesión de un derecho constitucional en caso de que no baste con el
descubrimiento de la verdad real y su reprochabilidad…".-
Finalmente, señala:"…no puede pasar inadvertido el argumento relativo a la
acreditación en juicio de los derechos sucesorios que establece el Art. 1078 del
CC, puesto que tal exigencia resulta a todas luces inadmisible en la causa,
habida cuenta que estamos en presencia de una comunidad de aborígenes
reclamante, debiendo remontarnos a la época de la matanza (década del ´40),
tiempo en el cual, el Estado expuso un notorio desinterés por empadronar e
identificar a los pueblos aborígenes, situación que aún en la actualidad no ha
sido totalmente regularizada (la primera campaña para dar documentos a los
indígenas argentinos fue en el año 1.953). De allí que el sujeto pasivo de esta
acción no puede valerse de su propia inercia y la nula investigación posterior
del suceso que es denunciado como el "genocidio de una etnia". Vale decir, como
podría pretenderse la aplicación de un instituto constituido entre el causante y
su heredero forzoso, si precisamente una de las premisas básicas de la tarea de
recopilar pruebas en esta acusa, se sostiene en la pretensión de identificar a
las víctimas de las que se desconocen, aun hoy, todo dato personal, razones por
las cuales, concluyo dictaminando la improcedencia de tal pretensión.
Al conocerse la sentencia el Doctor Julio César García manifestó la
trascendencia del mismo y el hecho que de ahora en adelante el juicio avanza
hacia una pronta resolución con la producción de pruebas incontrovertibles
porque ya existe producido un incidente de prueba anticipada que descubrió tres
tumbas comunes con cientos de cadáveres y se espera que haya más.
Por su parte el Doctor Carlos Alberto Díaz, destacó los fundamentos del Juez
Federal Doctor Marcos Bruno Quinteros, realizando una fuerte crítica a los
argumentos defensivos del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la
Nación. Afirmó que los fundamentos utilizados exceden los límites de una defensa
técnica, porque han denostados gratuitamente al Pueblo Pilagá y negado lo
innegable: la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad.
Indudablemente, remarcó, pese a los avances en la lucha por las defensas de los
Derechos Humanos de este Gobierno, aún subsisten bolsones dentro del mismo que
obran en sentido inverso.
-Es intolerable desde un punto de vista jurídico, ético y humanístico, que
existan derechos humanos para no indígenas y otros devaluados para nuestros
Pueblos Originarios- terminó diciendo
Fuente: www.argentina.indymedia.org
Rincón
Bomba: Peritos determinaron que aborígenes fueron asesinados con armas de fuego
Por Corrientes Noticias, 29/06/06
Como conclusión del trabajo de los peritos que investigaron la 'Matanza de
Rincón Bomba', hecho ocurrido en 1947 con la participación de efectivos de
Gendarmería Nacional contra cientos de aborígenes pilagás, se determinó que los
naturales murieron como consecuencia del disparo con armas de fuego.
Los abogados que impulsan la investigación están sorprendidos porque el perito
que ellos aportaron pidió junto al perito oficial que se cierre esta etapa del
proceso, a lo que el juez accedió. Ahora habrá una audiencia entre todas las
partes.
El abogado Julio García, representante de la comunidad pilagá víctima de la
"Matanza de Rincón Bomba" recordó que recientemente terminaron con las
excavaciones en la zona de Las Lomitas y Pozo del Tigre para determinar la
magnitud del hecho ocurrido en 1947, fruto de lo cual se encontraron decenas de
cuerpos, que habrían sido asesinados por la Gendarmería.
"El 4 de julio habrá una audiencia con el perito de la causa, quien hizo una
ardua tarea en el descubrimiento del hecho. Esto obedece a que se habría
presentado un informe donde el perito oficial y nuestro perito informaron al
juzgado que su tarea habría finalizado, no le hemos dado esas instrucciones a
nuestro perito por lo que queremos tener una audiencia con el juez y el perito
oficial" explicó el abogado en RadioUno Formosa.
Agregó además que "Estamos en fecha para que el estado nacional presente la
contestación de la demanda, paralelamente por la gravedad del hecho denunciado y
el modo en que actúa cuando existen este tipo de delitos, pedimos que se
produzcan pruebas como las excavaciones, para esto interpusimos una medida
cautelar, que fue concedida, en ese sentido estaban habilitados para trabajar
los peritos. De manera sorpresivo se presentó un informe sobre lo realizado pero
de manera apresurada se pidió al juzgado el cierre de esta prueba, a lo que no
estamos de acuerdo. El juez aceptó cerrar esta etapa de la causa".
Comentó que el informe detalla los trabajos realizados y reconoce que las
investigaciones deben continuar, por lo que no se entiende que como resultado
pidan el cierre del trabajo con el objeto de la regulación de honorarios.
El informe concluye cómo murieron los aborígenes: "Hay heridos de bala, fotos de
las armas que se utilizaron, una descripción de que los cuerpos fueron
trasladados hasta el lugar".
Historia
La llamada "Matanza de Rincón Bomba", acaecida en las cercanías de la hoy ciudad
de Las Lomitas, ocurrió entre el 10 y el 30 del mes de octubre del año 1947,
hace 58 años, en el entonces Territorio Nacional de Formosa.
El Juzgado Federal de Formosa recibió una denuncia de una supuesta violación de
derechos humanos por crímenes de "lesa humanidad", contra el Estado nacional por
estos echas. Por la misma se solicita la indemnización de daños y perjuicios,
lucro cesante, daño emergente, daño moral y determinación de la verdad
histórica, a favor del pueblo de argentinos de etnia Pilagá.
Dicha demanda fue presentada por el Abogado Julio César García con el patrocinio
del Doctor Carlos Alberto Díaz. A continuación, la presentación hecha por Díaz y
García narrando la forma en que habrían ocurrido los hechos hace casi 60 años en
territorio formoseño. El informe señala que: En el mes de abril de 1947 miles de
braceros Pilagás, Tobas y Wichís son despedidos sin indemnización alguna del
Ingenio San Martín de El Tabacal.
En mes antes habían sido traídos, desde el Territorio Nacional de Formosa,
caminando cientos de kilómetros, cargando al hombro sus pobres enseres, sus
mujeres y sus niños con la promesa que se les pagaría $ 6 por día.
Una vez en El Tabacal se les quiso abonar la suma de $ 2,50 por día.
"...Considerándose defraudados recurrieron ante las autoridades respectivas de
El Tabacal y no pudieron obtener justicia, por el contrario, cuando insistieron
en sus reclamaciones fueron despedidos inhumanamente. El pueblo condolido les
ayudó dentro de sus posibilidades.
Del Tabacal volvieron a pie hasta Las Lomitas porque carecían de medios para
hacerlo por ferrocarril...".(Diario "Norte", de Formosa del 13 de mayo de
1.947). Allí se reúnen entre 7.000 a 8.000 indígenas según Teófilo Ramón Cruz,
Revista Gendarmería Nacional, ed.120-3-1991. Las primeras víctimas de la
hambruna y las enfermedades comenzaron a ser los niños y los ancianos. Luego los
hombres y las mujeres. La situación expulsa a esta población a salir de su
ámbito natural y buscar ayuda en las poblaciones cercanas, ubicándose en el
paraje conocido como "Rincón Bomba". Una delegación encabezada por el Cacique
Nola Lagadick y Luciano Córdoba piden ayuda a la Comisión de Fomento de Las
Lomitas y al Jefe del Escuadrón 18 Lomitas de Gendarmería Nacional, Comandante
Emilio Fernández Castellanos.
Se trasladan hasta un descampado, ubicado a 500 metros, aproximadamente, del
pueblo "para que se vean nuestras miserias...". Comienzan a mendigar las madres
con sus hijos en brazos, puerta por puerta, pidiendo tan sólo un poco de pan. Al
principio algunos se solidarizan, inclusive el Jefe del Escuadrón de
Gendarmería, como algunos de sus hombres a su mando, se preocupan por la
desesperante situación, les dan yerba, azúcar y ropas. Pero al transcurrir de
los días las puertas ya no se abren y no se les recibe más en el Escuadrón.
"Mandaron lenguaraces al poblado y lograron se concretara el primero de sus
pedidos, consistente en víveres diversos y ropa para vestir (de pies a cabeza) a
seis indios, con la misión de posibilitarles su traslado a Buenos Aires para
entrevistar a las autoridades y al Presidente Perón. El jefe de Unidad reunió
entonces a comerciantes y ganaderos obteniendo de su colaboración víveres y
ganado en pie que eran distribuidos por personal del Escuadrón. Así al
principio. Pero al poco tiempo, los indios ya no pedían: exigían. De que primero
quisieron ver al Presidente en Buenos Aires, es cierto, tan cierto, como que
después desistieron proponiendo que el Presidente los visitara a ellos "para que
viera cómo vivían"... hubo muchas indigestiones, y hasta dos muertes, más la
madre del propio Pablito (el cacique). Amanecieron indigestados y debido al
fuerte descenso de la temperatura en horas de la noche, resfriados y engripados,
aduciendo entonces "haber sido envenenados".
El Presidente de la Comisión de Fomento, telegráficamente, lo impone de la
situación al Gobernador Federal solicitándole el urgente envió de ayuda
humanitaria.
El Gobernador se comunica diligentemente con el Ministro del Interior de la
Nación haciéndole saber la gravedad de la situación y la falta de recursos en el
territorio para afrontarla. Este a su vez le hace saber al presidente Juan
Domingo Perón quien ordena inmediatamente, como parte de una ayuda mayor y
planes de desarrollo social, el envió de tres vagones por el ferrocarril General
Belgrano, con alimentos, ropas y medicinas. La carga llega a la ciudad de
Formosa en la segunda quincena del mes de septiembre consignada al delegado de
la entonces Dirección Nacional del Aborigen Miguel Ortiz.
Permanece en la estación, a la intemperie, diez días aproximadamente. Enterado
el gobernador Hertelendy de la injustificada demora y consiente de la situación
de los indígenas, conmina por intermedio y en persona del Jefe de la Policía
Nacional de Territorios, al delegado de la Dirección Nacional del Aborigen la
inmediata partida del cargamento.
A la estación de Las Lomitas, llega un solo vagón lleno, dos semivacíos, los
primeros días de octubre de 1947, sólo con alimentos, la mayoría en mal estado
por el tiempo transcurrido entre el envío y la irresponsable dilación en su
entrega por parte del Delegado de la Dirección Nacional del Aborigen: harina con
gorgojos y moho; grasa para cocinar derretida por el calor; azúcar; yerba,
galletas ya verdes en bolsas. Son distribuidos y consumidos rápidamente por los
miles de famélicos, hambrientos, enfermos, semidesnudos y debilitados seres
humanos.
A las pocas horas comienzan a sentir los síntomas de una intoxicación masiva.
Fuertes dolores intestinales, vómitos, diarreas, desvanecimientos, temblores y
nuevamente la muerte... primeramente de los que se encontraban más débiles que
llegó a más de cincuenta, mayormente niños y ancianos. Los gritos y quejidos de
dolor en las noches de las madres que aún sostienen en sus brazos a sus bebes
muertos retumbaban en la noche formoseña. No tenían consuelo. Los primeros son
enterrados en el cementerio "cristiano" de Las Lomitas.
Al ser tantos se les niega que lo sigan haciendo en el mismo, evitando el acceso
de los cadáveres al mismo. No les queda otra posibilidad que hacerlo en el
monte. Las ceremonias mortuorias, con sus danzas rituales marcadas con el ritmo
de instrumentos milenarios, retumban noche tras noche.
El jefe del Escuadrón lo llama al Delegado Nacional del Aborigen, increpándolo y
pidiéndole explicaciones sobre las faltas en los abastecimientos y el mal estado
en que habían llevado y se habían distribuidos. Este, al parecer de carácter muy
soberbio, le contesta en forma descomedida diciéndole que "...que tanto se
preocupaba si al final son indios...". Fernández Castellanos, muy nervioso por
la situación que le toca manejar e indignado, seguramente, por el desprecio
hacia los indígenas demostrado por Ortíz, le pega una cachetada que lo tira de
espaldas en la puerta de su despacho, adelante de algunos de sus subordinados.
Ortiz sale corriendo del Escuadrón y desaparece de Las Lomitas.
Comienza a circular el rumor, lanzado a rodar por no se sabe quién, que aquellas
sombras de seres humanos no sólo ahora hambrientos, desarmados, indefensos, sino
también enfermos, estarían por atacar a no se sabe quién.
Comienza a hablarse del "peligro indio". Gendarmería Nacional forma un "cordón
de seguridad" alrededor del campamento aborigen. No se les permite traspasarlo
ni ingresar al pueblo a los Pilagás. Se colocan ametralladoras en "nidos", en
distintos sitios "estratégicos". Ya son más de 100 los gendarmes, armados con
pistolas automáticas y fusiles a repetición que día y noche custodian el
"ghetto".
Hasta que sucede lo inexorablemente esperado. En el atardecer del 10 de octubre
"...el cacique Pablito pidió hablar con el Jefe (del escuadrón), por lo que
concerté una entrevista a campo abierto. Los indios, ubicados detrás de un
madrejón, nos enfrentaban a su vez, hallándonos con dos ametralladoras pesadas,
apuntando hacia arriba. En los aborígenes (más de 1.000) se notaba la existencia
de gran cantidad de mujeres y niños, quienes portando grandes retratos de Perón
y Evita avanzaban desplegados en dirección nuestra".
En tales instantes se escucharon descargas cerradas de disparos de fusil
ametralladora, carabinas y pistolas, origen de un intenso tiroteo del que el Cte.
Fernández Castellanos ordenó un alto de fuego, pensando procedía de sus dos
ametralladoras, lo que no fue así: el 2º Cte. Alia Pueyrredón, sin que nadie lo
supiera, hizo desplegar varias ametralladoras en diferentes lugares del otro
lado del madrejón, o sea unos 200 metros de nuestra posición y en medio del
monte...".
Se lanzan bengalas para iluminar la dantesca escena y determinar mejor los
blancos a tirar. Cientos de mujeres con sus niños en brazos, ancianos y hombres
comienzan a huir hacia ninguna parte que los lleva fatalmente a la muerte. Con
las primeras luces del alba la imagen es dantesca. Más de 300 cadáveres yacen.
Los heridos son rematados. Niños de corta edad, desnudos, caminan o gatean,
sucios, entre los cadáveres, envueltos en llanto.
Luego del ametrallamiento "...pensando que al llegar la noche atacarían
avanzando sobre Las Lomitas, efectuamos tiros al aire desde todos lados para
dispersarlos. El tableteo de la ametralladora, en la oscuridad, debemos
recordarlo, impresiona bastante. Muchos huyeron escondiéndose en el monte, al
que obviamente conocían palmo a palmo..." (Comandante Mayor (R) Teófilo Ramón
Cruz, ob. cit.).
Pero allí no termina la matanza. Comienza la persecución de los que pudieron
escapar, "para que no queden testigos", contando la Gendarmería Nacional con la
"colaboración" de algunos civiles. Van en dirección a Pozo del Tigre la mayoría,
otros para Campo del Cielo, miles se guarnecen en la espesura de los pocos
montes que quedan. En los días subsiguientes son rodeados por las partidas. Y
allí nuevamente son masacrados en distintos lugares (Campo del Cielo, Pozo del
Tigre, etc.) más de 200 personas. Entre los represores ninguna víctima. Se
hubiera podido seguir la trayectoria de las tropas por las piras de cadáveres
humanos que se quemaban, porque "no había tiempo para enterrarlos", a medida que
avanzaban.
La presentación de los abogados Díaz y García habla de que "en total son
asesinados en la "campaña" entre 400 a 500 argentinos de etnia Pilagá,
aproximadamente, además de los heridos y más de 200 "desaparecidos". Ello sumado
a los más de 50 muertos por intoxicación, hambre y falta de atención médica y la
desaparición de un número indeterminado de niños, elevan las bajas a más de 750,
entre niños, ancianos, mujeres y hombres. La locura llega al extremo de
solicitar la intervención de dos aviones caza-bombardeos".
Jueves, 29 de junio del 2006
www.corrientesnoticias.com.ar
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