Rafael Barret.
Biografía
Nacido en Torrelavega el 7 de enero de 1876, Rafael Barrett se hace presente en
el Madrid de 1902 con el centelleo deslumbrante del escándalo: de origen
aristocrático, retador y duelista, descalificado por un tribunal de honor,
agresor del duque de Arión en plena sesión de gala del Circo de Parish,
suicidado en San Sebastián según la prensa de la capital... Todo ello a la edad
de 26 años y en el breve lapso de apenas seis meses.
Durante esa agitada etapa de su vida madrileña sabemos de su amistad con
Valle-Inclán, con Ramiro de Maeztu, con Manuel Bueno, con Ricardo Fuente.
Luego desapareció hacia otras galaxias dejando tras de sí un rastro inquietante.
Viajó a América donde le persigue su averiada estrella de héroe. En Buenos Aires
reincide en su práctica de la justicia pública y directa mediante el bastón. Y
de nuevo fracasa: en una aventura tragicómica, de tintes quijotescos, apalea a
un probo director de hotel al confundirlo con Juan de Urquía (firmante Capitán
Verdades) que había eludido batirse con él en duelo escudándose en la vieja
descalificación madrileña.
De Argentina viaja a Paraguay, donde por fin encuentra su lugar en el mundo.
Allí nace en Barrett un hombre nuevo, producto del injerto con la vitalidad
americana. Se implica decididamente en la denuncia de la injusticia social, se
aproxima al anarquismo. Es apresado y desterrado primero al Matto Grosso
brasileño y finalmente a Montevideo. En Uruguay conecta enseguida con las
vanguardias intelectuales uruguayas. Pero la tuberculosis le aprisiona y regresa
al Paraguay en cuanto los caudillos de turno se lo permiten. Viaja a Europa en
un intento desesperado de curación. Muere en Arcachon con 34 años, el día 17 de
diciembre de 1910.
|
|
La estela luminosa de Rafael Barrett reaparece brevemente en el firmamento
madrileño de 1919 cuando la Editorial América de Rufino Blanco Fombona edita
algunas de sus obras. La publicación de esos libros hace desempolvar viejos
recuerdos de quienes lo conocieron en su juventud madrileña. Gracias a ello
disponemos de importantes testimonios como los de Maeztu y Baroja. De no ser por
esa rememoración, el rastro de la vida madrileña de Barrett habría quedado
reducido a unas cuantas noticias sensacionales perdidas en la efímera tinta de
los periódicos.
Incluso su origen natal ha andado perdido durante mucho tiempo en una nebulosa
de errores y de dudas. Armando Donoso, uno de sus primeros comentaristas, le dio
por nacido "en Algeciras" (Donoso 33), Carlos Zubizarreta dice que era "de
origen catalán" (Zubizarreta 249), Carmelo M. Bonet le cataloga como "escritor
argelino" (Bonet 3), Sainz de Robles afirma que había nacido en la "Argentina"
(Sainz de Robles 127), Eduardo Galeano dice que nació en "Asturias" (Galeano
16).
Presencia subterránea
La obra de Rafael Barrett es en general poco conocida. Corta y asistemática como
su propia vida, se publicó casi íntegramente en periódicos de Paraguay, Uruguay
y Argentina. Y sin embargo, su pensamiento ha ejercido en Latinoamérica, y
especialmente en el ámbito del Río de la Plata, una notable influencia. Si bien
es cierto que se trata de una influencia un tanto subterránea, fue lo
suficientemente fuerte como para que Ramiro de Maeztu le considerara "una figura
en la historia de América" (Maeztu 10).
Los escritos de Barrett son de una calidad intrínseca notable. En opinión de
José María Fernández Vázquez, si hubiera tenido más tiempo para desarrollar su
obra, "estilo literario y vigor ideológico hubieran creado uno de los corpus
textuales más interesantes del continente americano" (Fernández Vázquez 100).
Tres de los más grandes escritores del Cono Sur americano han expresado, con
encendidos elogios, su profunda admiración por la obra de Barrett y la
influencia de él recibida.
En Paraguay, Augusto Roa Bastos ha dicho:
"Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy; nos introdujo
vertiginosamente en la luz rasante y el mismo tiempo nebulosa, casi
fantasmagórica, de la "realidad que delira" de sus mitos y contramitos
históricos, sociales y culturales." (Roa XXX).
En Argentina, Jorge Luis Borges decía en una carta de 1917 a su amigo Roberto
Godel:
"Ya que tratamos temas literarios te pregunto si no conoces un gran escritor
argentino, Rafael Barrett, espíritu libre y audaz. Con lágrimas en los ojos y de
rodillas te ruego que cuando tengas un nacional o dos que gastar, vayas derecho
a lo de Mendesky -o a cualquier librería- y le pidas al dependiente que te salga
al encuentro un ejemplar de "Mirando la vida" de este autor.
Creo que ha sido publicado en Montevideo este libro. Es un libro genial cuya
lectura me ha consolado de las ñoñerías de Giusti, Soiza O Reilly y de mi primo
Alvarito Melián Lafinur." (Vaccaro 2).
En Uruguay, José Enrique Rodó, que coincidió con Barrett en Montevideo y quedó
deslumbrado por sus artículos en la prensa, escribía:
"...hace tiempo que, apenas tropiezo con persona a quien se pueda pedir ese
género de albricias, le pregunto, venga o no venga a cuento -Lee usted La Razón?
Se ha fijado en unos artículos firmados por R. B.?" (Rodó, "Las moralidades de
Barrett", p. 343).
Juventud del 98
A partir de los escasos datos de su juventud madrileña y, sobre todo, desde el
análisis de sus primeros escritos, Rafael Barrett se define plenamente como un
"joven del 98", entendiendo ese término en un sentido tan amplio, cambiante,
difuso y movedizo como corresponde a la complejidad de aquellos momentos de
crisis.
Por "juventud del 98" no nos referimos a la etapa juvenil de la más tarde
llamada "Generación del 98" (término sin duda estrecho, aunque ya también
imprescindible), sino al amplio y variado espectro de los jóvenes con
inquietudes artísticas e intelectuales que coinciden en el turbulento magma del
final de siglo. Si algún rasgo común caracterizó a aquellos jóvenes, fue la
presencia de parecidas inquietudes como consecuencia de las transformaciones
radicales que se produjeron en aquellos años de confusión. Conformaron así un
agitado panorama humano, carente de estabilidad y de límites precisos, que se
definió por debatirse a la búsqueda de orientación en el vórtice de la llamada
"crisis de fin de siglo".
El núcleo principal del fermento que agita las conciencias de aquellos "jóvenes
del 89" y la clave hacia la que se aglutinan aquellas inquietudes, radica
seguramente en la confluencia de dos voluntades de renovación radical: en lo
estético y filosófico el modernismo, en lo social y político el
regeneracionismo.
El modernismo, en tanto superación filosófica del positivismo y como voluntad de
expandir el concepto de realidad más allá del estrecho límite del "hecho
positivo" y de abrir la idea de naturaleza humana hacia lo fantástico, lo
misterioso, lo enigmático, lo arracional..., por medio, principalmente, de la
expresión artística.
El regeneracionismo, desde su análisis de los males de la España del "desastre"
y su diagnóstico de una degeneración nacional profunda, más allá de la pura
derrota militar y mucho más grave que ella. Como consecuencia, la necesaria
búsqueda de soluciones terapéuticas de muy diversa orientación (pues ideas
regeneracionistas están presentes prácticamente en todo el espectro ideológico
de la España del momento) siempre con el objetivo de remediar esos males.
La amistad de Barrett con Valle Inclán, con Maeztu, con Manuel Bueno, con
Ricardo Fuente, su contacto con Baroja, el nombre dado a la revista que dirige
en Asunción ("Germinal") son datos muy significativos que lo sitúan ya a primera
vista en conexión con los núcleos más inquietos de la juventud madrileña del
final de siglo.
Pero es en el contenido de sus escritos de los primeros años donde se constata
de forma clara esa identificación con las referencias intelectuales de su
ambiente generacional:
Su análisis del "tema de España" bajo el diagnóstico de la situación del país
como el de una nación "enferma"; su visión del problema desde el criterio de la
existencia de "dos España" enfrentadas; su postura en la llamada "polémica de
las razas" que contrapone en el análisis la decadencia "latina" frente al
creciente predominio "sajón"; su exaltación de la figura moral del Quijote; su
tratamiento de los temas urticantes en el fin de siglo español (caso Montjuich,
caso Nakens, caso Ferrer y Guardia, etc.), son sólo algunas de las principales
referencias en que se pone de manifiesto la indudable coincidencia de Barrett
con la actitud intelectual de esa juventud del 98. Para muestra, bastará con
rescatar algunas de sus opiniones:
"¿No le subleva el espectáculo de un país moribundo, dañado hasta la médula, y
empeñado en dejarse roer las pobres entrañas por una caterva de cuervos
graznadores, abogaciles y bachilleres, y por cuatrocientos noventa buitres de
cartón pintado?" (O.C., IV, p. 243)
"¡Oh, psicología de mostrador! Respeta la noble dolencia de una casta de hombres
cuyas pasiones y angustias no conocerás jamás, y que si fue incapaz de fundar un
descomunal establecimiento ganadero, supo en cambio engendrar una patria
inmaterial y deslumbradora, invulnerable al tiempo y a las armas." (O.C., IV, p.
129)
"...la España que en pleno siglo XIX encendió la última hoguera católica (...)
La España, sin embargo, en que ha nacido Francisco Ferrer." (O.C., I, p. 233)
"...quién creería que se dejara de aprovechar la ocasión de 1898 para despedir a
los Borbones? Nada sucedió; en paz y en gracia de Dios se consumó la ignominia."
(O.C., I, p. 159).
Resulta evidente, en estos breves ejemplos, la coincidencia de Barrett con el
tono característico de la oleada "regeneracionista" que inundó el pensamiento
español a raíz del "desastre" del 98 y que tuvo sus principales exponentes en
Costa, Picavea, Isern, etc., y su punto álgido en la prensa con el famoso
artículo "Sin pulso" publicado en "El tiempo", órgano de la oposición
conservadora, el 16 de agosto de 1898. Las constantes metáforas médicas, la
percepción de España como un país gravemente enfermo, la convicción de que la
derrota militar era sólo un síntoma de males mayores y más profundos, la
extrañeza ante la falta de reacción de un pueblo que ha sido víctima inútil de
una derrota lamentable, el diagnóstico de un progresivo hundimiento del país y
la necesidad de su "salvación" (resbaladizo término en política), son algunas de
las ideas centrales que enmarcan y definen el pensamiento regeneracionista.
José María Fernández Vázquez resalta, además, que en el libro "El dolor
paraguayo" de Barrett "vemos reflejado el profundo amor que sentía hacia el
pueblo paraguayo; ese amor, esa preocupación por la gente del pueblo, es una
constante plenamente noventayochista" (Fernández Vázquez 93). Preocupación
dolorida por la gente del pueblo, interés por su pensamiento, su sensibilidad y
sus valores, y sentimiento del paisaje como elemento integrante de esa visión
del pueblo son, pues, otros tantos rasgos de esa pertenencia intelectual.
Fuente: www.ar.geocities.com/barricadalibertariaweb
Las putas gallinas tuvieron la culpa
Por Santos Domínguez
[Gregorio Morán, Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, Anagrama. Barcelona,
2007]
Así comienza Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, la
semblanza biográfica que publica Gregorio Morán en la espléndida Biblioteca de
la Memoria de Anagrama.
Una reivindicación apasionada y polémica de aquel escritor malogrado, un radical
subversivo que antes de serlo fue un señorito adinerado calavera y pendenciero
en el Madrid bohemio de fines del XIX y comienzos del XX.
Las pobres gallinas, con su mala fama de promiscuidades y lascivias, son las de
un artículo que Barret publicó en Paraguay y que arranca con estos dos párrafos:
Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve
gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.
La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos
días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil
el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de
evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me
aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo.
Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás
que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos
ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Como al personaje de ese texto, a Gregorio Morán también le cambiaron la vida
esas perturbadoras gallinas que en 300 palabras trazaban una parábola en la que
el hombre degenera en propietario.
A partir de ese artículo, el biógrafo se interesa por el escritor desconocido:
¿Quién es Barrett? ¿Nadie sabía quién había sido Rafael Barrett? Una referencia
malévola de Baroja, unas páginas excéntricas de Maeztu, un retrato póstumo de
Manuel Bueno, un apunte cariñoso de Cansinos y una leyenda de intenciones
atribuida a Valle-Inclán. Con eso no basta para existir. Se podría decir que
está su obra. Pero su obra es tan efímera como la flor de un día porque se fijó
en algo tan ligero como el papel de periódico y ahí quedó, pasados los primeros
años de emoción ante su prematura desaparición.
Fue uno de aquellos seres excéntricos que se movieron con naturalidad entre lo
ridículo y lo admirable, entre la brillantez y la mangancia siempre cuesta
abajo, a menudo al filo del abismo. Un Baroja despectivo lo mencionó en sus
memorias, aunque lo conoció menos que un Cansinos que lo recuerda con respeto.
Pudo haber sido uno de los figurantes de Las máscaras del héroe, una de aquellas
criaturas marginales y desahuciadas que el mismo Prada reunió en Desgarrados y
excéntricos.
Un personaje impulsivo y estrafalario que tuvo su primera muerte -muerte civil-
una tarde en el circo. Fue el 24 de abril de 1902 y revistió la forma de un
escándalo que, junto con una exploración anal que certificaba su virginidad,
sirvió para defender su hombría puesta en entredicho.
La muerte civil se disfrazó en la prensa de presunto suicidio. Y el presunto
suicida, expulsado de la alta sociedad, en vez de irse al otro mundo, se fue a
América para recomponer su fortuna. No salió de la ruina, pero primero en
Argentina y luego en Paraguay y Uruguay, desarrolló su actividad literaria como
articulista.
Buenos Aires fue una ciudad determinante en su vida y en su obra, como luego lo
sería Asunción (un jardín desolado y más tarde un rincón maldito). Allí, un
Barrett arrogante y todavía seguro de sí mismo radicaliza su pensamiento
libertario, ejerce como agrimensor o funda la revista Germinal antes de sufrir
la transformación que supuso en su vida la travesía del río Paraguay camino del
destierro.
Volvió desde Montevideo, clandestino, enfermo y abandonado, para morir en
Europa, en Arcachon, a mediados de diciembre de 1910.
La fotografía de la portada, la última que se le hizo -en Montevideo, un 6 de
septiembre de 1910-, resume su existencia “en pendiente hacia el abismo”, su
conciencia del fracaso y le muestra ya casi como un póstumo de sí mismo.
Un autor de breve y brillante producción literaria, que se concretó en artículos
y aforismos y en un libro que se publicó muy poco antes de su muerte. Lo elogió
un Borges adolescente que lo tomó por argentino y genial, y Roa Bastos, con más
temple, escribió sobre su importancia estas líneas:
Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy; nos introdujo
vertiginosamente en la luz rasante y al mismo tiempo nebulosa, casi
fantasmagórica, de la "realidad que delira" de sus mitos y contramitos
históricos, sociales y culturales.
Vuelven a encenderse con este libro las luces tristes de bohemia para iluminar
la vida y la obra de un maldito olvidado y recuperado ahora en la prosa de
Gregorio Morán.
Fuente:
encuentrosconlasletras.blogspot.com
Rafael
Barrett
Augusto Roa Bastos, el célebre escritor paraguayo, dijo: "Barrett nos enseñó a
escribir a todos los escritores paraguayos". Jorge Luis Borges le escribía a un
amigo desde el exterior, preguntándole si conocía a un tal Barrett, "un espíritu
libre y audaz". Abelardo Castillo dice que Roa Bastos le dijo una tarde que
Barrett había fundado la literatura paraguaya.
El escritor y periodista Gregorio Morán (imágen) reivindica en un libro al 'ninguneado'
escritor español Rafael Barrett
OVIEDO/BARCELONA, 19 (EUROPA PRESS)
El escritor y periodista ovetense Gregorio Morán "presenta" y reivindica en
'Asombro y búsqueda de Rafael Barrett' (Anagrama) la obra del "ninguneado"
literato español Rafael Barrett, y narra la "biografía de telenovela" de este
autor de los siglos XIX y XX.
Barrett (1876-1910), hijo de padre inglés y madre española descendiente de los
duques de Alba, se trasladó con 20 años a Madrid para estudiar Ingeniería. En la
capital de España frecuentó la bohemia de finales del siglo XIX y se vio inmerso
en numerosos duelos.
Un altercado con el influyente duque de Arión le obligó a exiliarse a Paraguay,
donde se casó y desarrolló la mayor parte de su escasa producción literaria.
En rueda de prensa en Barcelona, Morán consideró que su vida es "una gran
historia humana", y lamentó que fuera "ninguneado" por los escritores de
principios del siglo XX. Para Morán, su literatura era "excelente".
Explicó que el nombre del autor le llegó a través de un amigo que le leyó un
texto del escritor sobre gallinas, del que quedó prendado. A partir de ese
momento, "comenzó el asombro y se inició la búsqueda", aseguró el autor, y llegó
a contactar en Paraguay con sus nietos.
Un personaje clave en el conocimiento de la vida de Barrett es Vladimiro Muñoz,
un asturiano exiliado en Latinoamérica al que "se le debe todo lo que se sabe"
del personaje pese a que "escribía mal". Muñoz se interesó por el autor,
escribió de él y llegó a contactar con la viuda y el hijo.
Gregorio Morán rememoró su encuentro con Vladimiro Muñoz en Asunción, meses
antes de su muerte, y lo calificó como "todo un personaje".
El único libro que publicó en vida Barret fue 'Moralidades actuales', que tuvo
éxito en América Latina pero pasó inadvertido en España. Morán explicó que el
ejemplar que hay en la Biblioteca Nacional estaba "intonso" hasta que él se
interesó por él, y los funcionarios tuvieron que abrirlo para poder consultarlo.
ANARQUISMO ARGENTINO
La obra de Barrett fue recogida por los anarquistas argentinos, que se
encargaron de publicar su obra y que, debido a ello, también han dejado la
impronta de anarquista en la figura del escritor.
Para Morán, adscribir a Barrett al anarquismo "es una exageración", y aclaró que
tuvo una formación "más socialista". Sin embargo, Gregorio Morán reconoció la
importancia de los anarquistas argentinos, porque "si no fuera por ellos,
hubiera sido difícil que llegara su obra".
El escritor también rebatió los intentos de situar a Barrett en la Generación
del 98 --"un grupo invención de Azorín y Pedro Laín Entralgo"-- como una
"insensatez", ya que no muestra "preocupación por las colonias, el paisaje
castellano, o el sí o no de España". Para Morán, Barrett se circunscribiría más
en el "modernismo latinoamericano".
Al igual que calificó de "invención" la Generación del 98, Morán lo hizo con la
del 27, porque "no se pudo llamar la Generación de la República". Consideró
irónico que la generación "más comprometida" de poetas españoles de la historia
de la literatura reciba el nombre de un aniversario de Luis de Góngora.
Gregorio Morán (Oviedo, 1947) es autor de las semanales 'Sabatinas
intempestivas' en el diario 'La Vanguardia'. Ha publicado diversos libros, como
'Adolfo Suárez: historia de una ambición', 'El maestro en el erial: Ortega y
Gasset y la cultura franquista' y 'Los españoles que dejaron de serlo'.
Fuente:
www.lukor.com
Rafael
Barrett: sobre filósofos y sátrapas
Este es un viaje por tres generaciones; comienza con un exilio y en el exilio se
perfecciona el relato. Es también una pequeña historia entre las historias de
América. Contiene un grado de desmesura, porque todo lo nuestro se mide por la
falta de medida posible. Y habla de amistades y aguas de la vida –en este caso
ron de Venezuela–.
El protagonista –el filósofo– largo ha que partió a realizar el viaje inevitable
y sobre él hablaran –como si lo recordaran– no ya sus nietos, sino los hijos de
sus nietos. El otro, el sátrapa, se pudre en el más saludable de los olvidos y
en el mayor de los silencios.
Tenían los hermanos Barret un pequeño taller de artes gráficas en la Caracas
vieja, donde las calles no tienen nombre y el viandante se ubica desde las
esquinas, que sí lo tienen. Esta crónica es la relación de algunas charlas del
exilio. Extrañamiento que permitió, como paradoja, dejar a un lado la soledad
del extranjero y de paso aprender que América no es un pozo donde todo se hunde
sin dejar huella.
Por
Cristian Joel Sánchez*
Es sorprendente, pero explicable. Pocos, más bien sólo los iniciados en la
filosofía latinoamericanista y algunos cuantos estudiosos de la realidad trágica
de nuestros países al sur del imperio, saben o han oído hablar de Rafael Barrett.
En cambio del sátrapa, Alfredo Stroesnner, el odioso dictador de Paraguay
recientemente fallecido y que expolió la tierra de Barrett por casi cuarenta
años, cual más, cual menos, supo alguna vez de su tenebroso nombre. Por mi parte
debo confesar algo: mis conocimientos acerca de Rafael Barrett, este anarquista
español de ascendencia inglesa que se radicó en Paraguay, se limitaban al
período de mi juventud en que la fiebre ideológica del siglo pensante, el siglo
XX, nos llevó a desmenuzar toda fuente en la que se afincó alguna de las muchas
raíces del movimiento revolucionario de aquellos años.
El estudio del anarquismo, seguido hasta sus vertientes proudhonianas y
bakunistas que nos permitían desentrañar la derivación hacia el socialismo
marxista del movimiento obrero mundial, me hizo hurgar en experiencias más allá
de las fronteras chilenas que me llevaron a dar, insisto que someramente, con
este particular anarquista por adopción que fue Rafael Barrett. Su enorme
importancia, sobre todo ahora que cobra más vigencia ante el dramático derrumbe
del socialismo científico, era, ya en ese entonces, fácilmente perceptible con
sólo asomarse al prolífero pozo de sus escritos.
No retorné a su obra hasta que hace años atrás, en una noche caraqueña, conocí a
los hermanos Barrett, Rafael y Fernando, que llegaron hasta nuestra mesa en una
tasca de Chacaíto, donde en compañía de mi padre y de José Vicente Rangel, hoy
vicepresidente del Gobierno Bolivariano que dirige Hugo Chávez, íbamos
descabezando sátrapas a medida que avanzaba la noche y disminuía el ron.
Una dinastía del pensamiento y de la sangre
Conocer a los Barrett, nietos del viejo Rafael, ha sido una de las pocas joyas
auténticas que me ha regalado la vida entre tanto oropel de amistades efímeras.
Casi todos los Barrett, bellas mujeres como Carmen e Ilicha, más Pachi, un
capitán del ejército paraguayo que debió huir al ser descubierto complotando
contra el sátrapa, además de Rafael y Fernando, estaban exiliados, como
nosotros, bajo el alero cálido de Venezuela, en ese momento la única democracia
estable de la América del Sur teñida de pardo y de sangre desde el verde
Amazonas hasta el mismo Cabo de Hornos.
Todos ellos estaban signados por la sombra colosal del ilustre abuelo a quien no
conocieron pues murió precozmente a los 35 años. Dejó tras de sí una intensa
actividad intelectual y práctica quedando como testigos su obra filosófica y las
vicisitudes azarosas que jalonan su biografía. Rafael Barrett nació en España,
la que abandonó tempranamente como consecuencia de un affaire rocambolesco en el
cual desafió a duelo a un burgués emergente –era la España de 1900, inicios del
siglo XX– quien, para evitar el lance, acusó a Barrett de homosexual, "gay" para
usar un término más en boga, y por lo tanto indigno de dirimir el asunto en el
campo del honor.
Rafael Barrett limpió su honra poco más tarde apaleando con un garrote
públicamente al duque de Arión, que, en su calidad de presidente del Tribunal de
Honor que debía arbitrar el duelo, acogió las calumnias del verdadero maricón,
el abogado José María Azopardo que eludió de esta manera el reto. Sin embargo la
sociedad madrileña, donde ya se confabula la claudicación burguesa ante los
nobles que manejaban el estatus social, marginó a Barrett obligándolo a
abandonar su país para emigrar a América.
Gran favor, naturalmente involuntario, nos hace el orgullo semifeudal de Madrid
al expulsar a Barrett hacia este patio trasero del mundo que es América Latina.
En 1903 se embarca rumbo a su primer derrotero que es Buenos Aires donde
comienza a definir su vocación de periodista (derivará a la filosofía más
tarde). Tras una breve, pero fecunda estadía en la capital argentina, donde se
destaca por la agudeza de sus artículos, el diario El Tiempo lo envía a Asunción
para reportear la sublevación de los liberales paraguayos, que lo cautivan con
sus ideas de avanzada, quedándose definitivamente en ese país.
Los pocos años que le quedan de vida los dedicará prolíferamente a estructurar
sus ideas revolucionarias, tanto desde el punto de vista ideológico como
práctico, que lo acercan al anarquismo al que adhiere dos años antes de su
muerte, acaecida en Arcachón, Francia, en 1910.
La vida concreta de Rafael Barrett, aun sin considerar su valioso aporte
filosófico, fue una sola y gran aventura. Vivió entre duelos frustrados
apaleando rivales también en Buenos Aires, desterrado o confinado en prisiones
del Matto Grosso cuando no lograba esquivar el cuerpo a las persecuciones
oligarcas que lo obligaban a vivir clandestino entre Uruguay, Argentina y
Paraguay. Toda esta intensa vida transcurre en menos de siete años, hasta que lo
atrapa la tuberculosis que lo derrota finalmente en diciembre de 1910. De su
matrimonio con Francisca López Maíz, una mestiza guaraní, nace su único hijo que
será la línea directa a los hermanos Barrett encontrados en Caracas en uno de
los periplos de mi propio exilio.
Un anárquico de la filosofía
Más que un filósofo del anarquismo Rafael Barrett fue eso: un anárquico de la
filosofía. Es por lo tanto difícil para un profano intentar clasificar su obra
en una escuela filosófica precisa. Su propia vida fue un devenir dialéctico en
el que la síntesis inamovible, contradictoriamente metafísica de su pensamiento,
fue la de revolucionario que no claudicó jamás. Genial escritor de artículos que
poblaron importantes diarios de la cuenca del Plata a principios del siglo XX,
que "enseñara a escribir a los escritores paraguayos de hoy" según Augusto Roa
Bastos, Rafael Barrett va elaborando en ellos un concepto de la Naturaleza como
estructura biológica y de los hombres como entes sociales que marcan dos de los
aspectos más importantes de su pensamiento.
Es, en primer lugar, un ecologista adelantado que lo acerca mucho a las
posiciones evolucionistas de Spencer al adherir a una idea de la permanente
evolución del hombre hacia una perfección influenciado por el ambiente. El
cuidado de este medio adquiere, entonces, doble importancia porque su alteración
ejercerá un papel perjudicial en el proceso evolutivo de la especie humana. La
destrucción de la naturaleza, ese factor que Darwin ubica como fundamental en la
evolución física y mental del hombre como ente biológico, es provocada por un
progreso técnico que tiene como único objetivo la ganancia usurera del dinero,
lo que sirve a Barrett como enlace con el otro pilar de su filosofía: los
conflictos sociales de los individuos.
En este aspecto el pensamiento de Barrett tiene, sin duda, una alta influencia
de Owen y, más aun, de Fourier en cuanto a la idea del utopismo de alcanzar la
sociedad ideal, libre de la coerción del estado, que era la base ideológica por
excelencia del anarquismo y del cual, con un pretendido rigor científico, el
marxismo leninismo cuestiona como objetivo inmediato no sin un dejo de soberbia.
A propósito del utopismo, y a modo de paréntesis, cabe aquí una consideración
interesante a la luz de los resultados que obtuvo la aplicación del modelo
socialista en un grupo de naciones que abarcaron en un momento casi la mitad del
planeta: ¿no será también nuestro proyecto marxista de "socialismo real" sólo
una variante de la utópica sociedad ideal concebida por Moro? El desplome de los
países comunistas, que no sucumben por el ataque militar y económico del
capitalismo, como le ocurriera a la Alemania nazi, sino carcomidos por dentro
por el cáncer metastático de la condición humana, ¿no es acaso el mismo destino,
proyectado obviamente a gran escala, de la comunidad de New Armony creada por
Owen en 1825 como un intento práctico del utopismo y que fuera criticado como
una sociedad que sólo el socialismo marxista podía crear?
La búsqueda del bien: una constante evolución
Pero volvamos a Rafael Barrett y su pensamiento filosófico. Es, como dijimos, un
ecologista adelantado influenciado, así como Herbert Spencer lo fue por Lamarck,
por la teoría evolucionista de Darwin cuyos trabajos vienen de popularizarse un
par de décadas antes. Como buen pensador social, no comparte, sin embargo, la
explicación malthusiana para la crisis mundial, y que sirviera a Darwin para su
Teoría de la Selección Natural aplicada a la biología.
Para Barret es el progreso tecnológico el que destruye y malea el medio
ambiente, que a su vez va condicionando la evolución humana. "Hemos roto el
dique que nos aprisionaba y nos protegía. Acaso en vez de liberarnos, hemos
liberado el negro oleaje de las cosas, y por la estrecha puerta de nuestras
máquinas el caos entrará y nos estrangulará". La verdad contenida en esta frase
del pensador paraguayo, presente en muchos de sus trabajos, está hoy fuera de
todo cuestionamiento. Pocos años después Charles Chaplin plasma la idea en una
ácida crítica al taylorismo en su genial película Tiempos Modernos.
Sin embargo, es su concepto del ser humano, la búsqueda de Barrett de una
explicación del por qué el hombre destruye a la naturaleza, y por lo tanto la
posibilidad de enmendar su propia evolución, lo que conmueve en su pensamiento y
lo que lo hace cobrar plena vigencia en nuestros días. La destrucción del medio
por el modernismo tecnológico y el sojuzgamiento de los hombres por una sociedad
corrupta y explotadora, provienen del alma del ser humano que es para Barrett
intrínsecamente perversa, cruel, egoísta, estructurada biológicamente así.
Su nihilismo lo lleva a concebir la idea de la sociedad ideal, la idea del
"bien", como algo que pertenece sólo al futuro, que es, por lo demás, una
categoría inalcanzable. El mal que domina el presente del hombre, y también su
pasado, sólo sirve para delinear ese bien del futuro, para hacerlo conciencia,
pero al cual no se puede llegar porque si ello ocurriera, se convertiría en
presente siendo entonces maleado y pervertido por el hombre.
Extraña conclusión, pero no por eso menos apasionante. Lo sorprendente es,
empero, la visión positivista –que no es, obviamente, la de Compte– que Barrett
extrae de su propia visión negra de la sociedad del presente: esa sociedad
ideal, la del bien, la del futuro, es ciertamente inalcanzable, pero al
concebirla el hombre se mueve a luchar por ella, se estimula en el propio mal
que encierra el presente para intentar alcanzar el bien que encierra el futuro.
En palabras de Barrett, lo lleva a "construir el edificio levantado por el mal
para que el bien lo habite".
El pensamiento de Rafael Barrett, al calor del devenir histórico de los últimos
años con el derrumbe del socialismo real, adquiere, insisto, una inquietante
vigencia que es bueno, para legos y profanos, considerar.
En otro artículo de mi autoría, publicado también en esta revista, aventuraba yo
una teoría respecto al concepto futurista que contiene la idea marxista de la
sociedad, una sociedad ideal para un hombre ideal que la práctica sigue
demostrando como inexistente. Mi crítica apuntaba –y no es mi intención
reproducir el artículo ya que se puede leer aquí– a que en vez de adaptar la
ideología al hombre actual para que en ella entrara con todas sus virtudes, pero
también con todos sus defectos, se le constriñó a una entelequia plagada de
moralismos, dogmas y absurdos donde el principal ejemplo de esa tergiversación
del marxismo fue la corrupción de los propios dirigentes que sepultaron de esta
forma una gran esperanza de la Humanidad. ¿Es que acaso esté presente el mal del
que nos habla Rafael Barrett, y la persecución de la sociedad comunista es aquel
futuro inalcanzable por el cual continuamos luchando?
"El que no puedas llegar es lo que te hace grande"
Este pensamiento de Goethe retrata quizás la parte optimista de la filosofía de
Barrett. Es cierto que él desconfía del alma humana. Declara la perversidad del
hombre, demostrada desde niño, como inexpugnable a la influencia evolucionista
del medio. Al nacer con ella, el individuo extrapola esta maldad creando
sociedades perversas, maleadas desde sus cimientos. Pero paradojalmente es un
optimista del futuro al que vislumbra como el único portador del bien, aunque
insista en señalar la imposibilidad de alcanzar ese futuro ideal.
Reivindica, sin embargo, la lucha por construir ese futuro, como un bastión
inherente también al alma humana, sobre todo en la lucha social. Ese podría ser
el resumen muy somero del pensamiento de este filósofo nuestro. ¿Está usted de
acuerdo, querido lector? Quizás no, pero es un gran asunto para discutirlo, y
sobre todo para redescubrir al insigne paraguayo.
La muerte de una sabandija como lo fue Stroesnner, el dictador paraguayo, no
merece ni siquiera el obituario del más indigno de los pasquines. En cambio nos
ha servido para reflexionar sobre la obra de Rafael Barrett, un paraguayo por
adopción, sucintamente delineadoa en este artículo. También en otros tiempos nos
sirvió a nosotros con sus nietos Fernando y Rafael Barrett –todos ellos
comunistas con el favor de mi Dios– como dijera Violeta, como un tema que nos
acompañó en largas y apasionadas discusiones bajo la noche cálida de Caracas la
Bella y junto al suave ronroneo del Cacique y el Pampero.
Llegamos a muchas conclusiones o quizás a ninguna. Pero nos separamos, eso sí,
con una sola idea inclaudicable rescatada del pensamiento del abuelo Barrett:
como nos pide Volodia Teitelboim al terminar sus memorias, vamos a permanecer
"fieles al sueño de los sueños". Seguiremos siendo tan realistas como entonces
y, como en el mayo francés, continuaremos luchando por lo imposible. No nos
rendiremos jamás.
*Científico y escritor
Fuente: www.pieldeleopardo.com
Evocación de Rafael Barrett Álvarez de Toledo
No es habitual que en nuestros diarios se hable de Rafael Barrett, pero en las
últimas semanas lo han hecho Gregorio Morán, y Juan-José López Burniol, lo cual
es de agradecer ya que es un anarquista ciertamente de leyenda.
Por Pepe Gutiérrez-Álvarez
Sí compro alguna vez La Vanguardia es, primero por el Cultural, y luego por
Gregorio Morán que es como un pulpo en un garage en el diario condegodista (no
olvidaré nunca la nota aparecida en un Extra en el que se hablaba como
“perdieron la libertad” cuando durante la guerra fue ocupado por los
trabajadores), y hace unos semanas Gregorio obsequió a los lectores con un
magnífico con un magnífico artículo Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, al que
siguió días después en El Periódico, el muy “realista” de izquierdas, señor
López Burniol que titulaba su artículo El “macht point” de Rafael Barrett, y en
el que alude muy sucintamente a sus compromisos en Uruguay
El caso es que Rafael Barret Álvarez de Toledo fue un pensador y periodista
anarquista (Santander, 1876-Arcachón, Francia, 1910), que ha sido hasta tal
punto ignorado aquí que en algunas sesudas enciclopedias le consideban uruguayo
de nacimiento y fallecido en 1924. Augusto Roa Bastos ha afirmado que la cultura
paraguaya contemporánea nace con Barret; algunos de sus escritos fueron libros
de textos en Uruguay y en la Argentina sus Obras Completas (con noticias y
juicios de Rodolfo González Pachecho. Ramiro de Maeztu, Emilio Frugoni, José
Enrique Rodó y Carlos Vaz Ferreira, Ed. Américalee, Buenos Aires, 1954, I tomo;
el segundo sería publicado por Biblioteca de Cultura Social) han sido reeditadas
en varias ocasiones.
Barret cuyos rasgos personales describe así Rodríguez Alcalá: "Erguía su
estatura no común un hombre de ojos celestes, cabello rubio, frente muy alta y
de perfecta trazo, sobre las que caían dorados mechones, y rastro alargado que
afirmaba su expresión enérgica en su mentón rotundo...", fue en un principio un
cultivado señorito de Bilbao y Madrid que había estudiado ingeniería, un dandy
celtibérico, frecuentador de la alta sociedad y también de la bohemia cultural,
que en el año 1904, arruinado por el juego, abandonó despechado España para
embarcarse hacia Buenos Aires.
Tras de sí dejaba tan sólo una ligera leyenda de escándalos y duelos, algunas de
ellos apadrinados por Valle-Inclán...Sudamérica supuso para él una gran
transformación no sólo por la miseria sino también por su ideario y las
persecuciones. Allí descubrió como Larra que la sociedad era "una reunión de
víctimas y verdugos". Se dedica al periodismo como una forma de subsistencia y
de manifestación de su creciente conciencia crítica. En los siete años de vida
que le quedaban, no paró de escribir, siempre para la prensa. y de ser
perseguido a causa de su virulencia y de su intransigencia a favor de los
explotados. Expulsado de Argentina, se refugió en Asunción, Uruguay.
Allí manifiesta su profesión de fe anarquista ("Anarquista, dice, es el que cree
posible vivir sin el principio de autoridad"), se organiza, pronuncia
conferencias, funda la revista Germinal, participa en las luchas cotidianas, en
ocasiones sangrientas, y es desterrado, dejando mujer (que abandonó por él su
lugar en la alta sociedad) e hijo, a Brasil, de donde pasó de nuevo a Argentina.
Sin embargo, su salud se encuentra completamente quebrantada, tuberculoso a los
treinta y cuatro años, retorna a Europa con la esperanza de una curación que no
llegará. Con el tiempo, su "vida se verá deformada (...) por la variedad de
versiones surgidas. Su obra permanecerá oculta en las bibliotecas de provincias"
(Carlos Meneses en la presentación de su selección de artículos de Barret que
con el título Mirando vivir, publicará Tusquest en 1976).
Su pensamiento libertario era reflexivo y crítico: "La violencia homicida del
anarquista --dice-- es mala; es un espasmo inútil, más el espíritu que lo
engendra es un rayo valeroso de verdad". El anarquismo "se reduce al libre
examen político" y llama a "no gesticular contra la realidad en que es preciso
vivir y a la cual, ¡ay!, es preciso amar. Estudiémosla. No veamos crímenes en el
mundo, sino hechos. Acerquemos el ojo al microscopio y no empeñemos el cristal
con lágrimas inútiles". Periodista de la estirpe de Larra, virulento, optimista
y amargo, Barret gustaba definirse como un "expendedor de ideas", jugó siempre
la carta de los perdedores. Aspiraba "a curar --o por lo menos denunciar- las
raíces de los males, los motivos que atormentaban a ese pueblo --Paraguay-- que
tanto había llegado a querer y con el que se había identificado plenamente,
olvidando sus orígenes, demostrando que ningún valor tienen los pasaportes, ni
las banderas, ni las nacionalidades, que ninguna importancia tienen las sangres,
ni los colores de la piel, que la humanidad sólo estaba dividida en humildes y
explotadores y que la misión de los hombres dignos consistía en luchar por
alcanzar la igualdad" (Carlos Meneses).
Fuente:
www.kaosenlared.net
Recordando a Rafael Barrett
Por
Lupe Cajías
Hace pocos días me tocó un paréntesis emotivo en el diario trabajo, estuve en un
programa de televisión sobre radios mineras y escuché los viejos sones de
Gerardo Arias y encontré a Rolando Encinas, con su música a cuestas, con sus
deseos de continuar soñando en medio de los estropicios generales.
Así recordé una vez más a mi maestro, a quien considero mi padre espiritual y
que ahora está olvidado pero que tuvo significativa influencia en el desarrollo
del pensamiento libertario de los mineros bolivianos y en su conciencia sin
fronteras, de ciudadanos del mundo.
Rafael Barret era un dandy español de fines del siglo pasado hasta que le tocó
enfrentar en carne propia la hipocresía y mediocridad de su clase y del viejo
continente. Partió a las otras costas, despojado de su pertenencia a un solo
lugar, para medirse como habitante del mundo entero. Su patria era aquel espacio
donde luchaba.
Su lucha empezó en los arrabales de aquel Buenos Aires que entonces juntaba
proletarios de todo el mundo, unidos. Italianos, españoles, croatas, alemanes,
empeñados en creer que acá se gestaba la nueva humanidad. Después pasó a
Montevideo, donde la élite intelectual y las corrientes librepensadoras le
abrieron espacios en los periódicos y en las tertulias.
Sin embargo, fue en los yerbales paraguayos, en los más pobres espacios del
proletariado rural guaraní, donde Rafael Barret desarrolló su pluma y su
dinamita. Escribió pequeñas columnas en la prensa local para contar a los
paraguayos lo que no querían ver; contó de las guerras pequeñas, de los abusos,
de las infelicidades, y también de las esperanzas, del amor y del significado de
la cultura como parte de la liberación de los oprimidos.
Enfermo de cárceles y tuberculosis, Barret murió a los 33 años.
Sin embargo, otros recogieron sus palabras. Entre ellos Líber Forty y a través
de Líber el poeta León Felipe que llegó a Bolivia impresionado por la Revolución
del 52.
Fue por esa fuente que los mineros bolivianos conocieron a Barret y sus
propuestas anarquistas. Los periódicos eventuales de los sindicatos reprodujeron
algunas de las conferencias de Barret, por ejemplo aquellas que hablan sobre el
amor libre porque el amor solo es amor si es libre, y a la vez respeta al cuerpo
humano como el templo donde se va a enamorar y se va a luchar.
El anarquismo de Barret-Forty-Nuevos Horizontes y el trotskismo de los años 40
fueron las influencias centrales para que los sindicatos mineros, principalmente
en el sur de Potosí y en Siglo XX, fundaran centros culturales, programas
literarios y radios clandestinas.
Un homenaje, pues, a este ciudadano del mundo.
mariaperes17@hotmail.com
Fuente:
www.la-epoca.com
Rafael Barrett: ironía y duelo en la ciudad latinoamericana del ‘900
Por
Diego Manzano
1.
¡Oh pluma modestísima (…) me pareces
mucho más bella que la orgullosa pluma de
águila que recogieron para Víctor Hugo en
una cima de los Alpes! Yo quiero morir sin
haberte obligado a manchar el papel con
una mentira, y sin que te haya en mi mano
retroceder el miedo.
Rafael Barrett, “La pluma”. (1)
En el envés de la crisis del modelo de desarrollo del ‘80 latinoamericano,
basado en la inserción, en tanto países productores y exportadores de materias
primas, de las economías nacionales al mercado capitalista mundial, que había
devenido en un proceso de expansión económica, es posible ver el surgimiento y
el fortalecimiento del movimiento anarquista en los distintos países que
componen este complejo continente.
Aquel proyecto de la oligarquía, si bien estaba apoyado en tres pilares: la
expansión territorial, la creciente construcción de obras de infraestructura y
la política inmigratoria, no previó consecuencias inexorables. Una, que el
crecimiento y el progreso de unos, las clases altas, era en detrimento de otros,
las clases populares; otra, que, si bien rápidamente se crea una clase
trabajadora moderna a partir del crecimiento de la industria y de la afluencia
inmigratoria, también rápidamente los obreros comienzan a organizarse y a
acercarse a nuevas ideologías, como el socialismo y el anarquismo, para defender
sus intereses. Es así como se difunde el ideario anarquista en todo el
continente latinoamericano casi de forma unísona, proceso que “va acompañado
desde un principio por una intensa labor educativa, cultural, literaria,
periodística y propagandística desarrollada desde los centros y los círculos
ácratas y difundida a través de folletos, periódicos y publicaciones”(2). Dentro
de esa “intensa labor” es posible distinguir ciertos rasgos distintivos. En
cuanto a la literatura libertaria el distingo está dado por ser una “literatura
de urgencia que no busca más que la eficacia del instante”(3) en su intención de
denuncia de la miseria de los sectores dominados y, a un tiempo, de educación de
éstos.
Pero, si bien éste es el rasgo característico del corpus mayoritario de la
literatura anarquista latinoamericana, el presente trabajo se propone rastrear
en la escritura de Rafael Barrett algunas peculiaridades que, sin apartarse de
la denuncia y de lo pedagógico, resuelven distintivamente las tensiones que
plantea una literatura signada por la inmediatez.
2.
¡Trabajador! Al declarar la huelga mina
la máquina para volarla junto a la fábrica.
Carmelo Freda, “Dinamita a las máquinas”(4)
Si, como se dijo, la denuncia y la educación son las características principales
de la literatura libertaria de comienzo de siglo en Latinoamérica, la dicotomía
y la polarización, la explicitación directa, no mediada del enemigo, son los
recursos más utilizados por la retórica anarquista. Así, la escritura anarquista
optará por lo ético en detrimento de lo estético, y sus funciones serán:
denunciar, concientizar y movilizar.
Atendiendo a dichas funciones resultan evidentes las exhortaciones plagadas de
imperativos, exclamaciones, interjecciones, superlativos y “la gama más
exasperada que apunta a producir finales acumulativos: condenas, desquites,
cierres de inmediatez ejecutiva, indignación o, eventualmente, llanto”(5).
Si es de esta índole el final de los textos de denuncia, el final de los que se
definen por lo pedagógico tendrán un final moralizante, cercano a la moraleja.
El lenguaje utilizado, y más allá de la opinión de algunos críticos, termina
instalando una interesante tensión en la literatura analizada(6). La idea de que
el escritor anarquista usa un lenguaje llano y simple en atención al público al
que va dirigido, desatiende la influencia que ejercen sobre dicho lenguaje las
poéticas dominantes del ‘900, en especial, el modernismo.
3.
Y de pronto la calle, la calle lisa y que parecía destinada a ser una arteria
de tráfico con veredas para los hombres y calzada para las bestias y los carros,
se convierte en un escaparate, mejor dicho, en un escenario grotesco donde,
como en los cartones de Goya, los endemoniados, los ahorcados, los embrujados,
los enloquecidos, danzan su zarabanda infernal.
Roberto Arlt, “El placer de vagabundear”(7)
Es posible entrever lo dicotómico, el anatema, en la experiencia urbana del
intelectual libertario. En la ciudad latinoamericana del ‘900, siguiendo a
Viñas, se produce una escisión insondable, y la urbe del XIX, caracterizada por
una “homogeneidad tradicional –‘dinámica’ si se quiere– se cuartea, crispa y
polariza”(8). Los barrios altos donde vive la oligarquía enfrentados con los
suburbios donde habitan los marginados; ricos contra pobres, opulencia versus
miseria, oposición que presagia una guerra civil latente en la ciudad y en la
escritura, tanto de la prensa anarquista como de los periódicos oficiales. Pero
oposición inevitablemente interdependiente, pues ambos forman parte, a comienzos
del XX, del “drama esencial del espacio capitalista”(9). Así, el complejo
entramado del Buenos Aires herido descrito por Viñas, donde se articulan las
marchas anarquistas que avanzan desde el Sur y las procesiones de los señores
que lo hacen desde el Norte.
Ese espacio del drama es el espacio del “Buenos Aires” de Rafael Barrett(10),
español inmigrante, que recala en el Paraguay y tiene como eje de su prosa
periodística la denuncia sobre los yerbatales y los mensúes. Su anarquismo surge
más que nada en contacto con el mundo del marginado paraguayo, y es desde allí
desde donde escribe este artículo, que trabaja sobre el límite difuso entre esos
dos mundos, esas dos realidades enfrentadas.
El despertar de la Avenida de Mayo, “pegajoso y húmedo”, que comienza a plagarse
de canillitas, obreros y mendigos, los miserables separados por los muros de los
“palacios unidos los unos a los otros en larga perspectiva, gigantescos, mudos,
cerrados de arriba abajo, inatacables, inaccesibles”. Detrás, “están guardados
los restos del festín de anoche (…) allí se ocultan las delicias y los tesoros
todos del mundo”(11). Pero la descripción cesa dejando lugar a la narración. Y
el propio narrador, parado en una puerta de la Avenida de Mayo, arteria
divisoria entre el arrabal sureño y el norte dominante, ve a un mendigo
hambriento revolver un tacho de basura y extraer un pedazo de carne nauseabundo.
Y el párrafo final que transita tres verbos, sentir, comprender y admirar,
relata la concientización del narrador provocada por la observación de la
escena:
“¡También América! Sentí la infamia de la especie en mis entrañas. Sentí la ira
implacable subir a mis sienes, morder mi brazo. Sentí que la única manera de ser
bueno es ser feroz, que el incendio y la matanza son la verdad, que hay que
mudar la sangre de los odres podridos. Comprendí, en aquel instante, la grandeza
del gesto anarquista, y admiré el júbilo magnífico con que la dinamita atruena y
raja el vil hormiguero humano”(12.
Barrett, como se dijo, no es anarquista en su tierra natal. Es un inmigrante, y
no un exiliado, que se anarquiza en ese viaje producto de un desclasamiento. Era
un dandy proveniente de la alta burguesía que debe dejar Madrid ante una
acusación de alguien que quiere escapar de la intención de Barrett de batirse a
duelo(13).
En esa condición de inmigrante-anarquista se recorta el no-reconocimiento de su
figura de intelectual, como sí lo fueron otras figuras relevantes de la
intelectualidad libertaria latinoamericana(14). Pero sobre esa condición de
extranjero también se rectora otra inflexión, en este caso de su escritura, que
resuelve una de las tensiones más marcadas de la literatura anarquista: la que
navega entre el internacionalismo de la doctrina y el interés por ciertos
elementos locales, como pueden ser el gaucho, el roto chileno, las escenas de
costumbres, el uso del lunfardo, tangos y payadas. El Barrett paraguayo,
preocupado por la condición de los obrajes y de los yerbatales, preocupado por
la problemática del idioma guaraní, no recurre a esos localismos y permanece, en
detrimento de la recepción de su obra, en un universalismo permanente que le
permite hablar, sin apartarse de la denuncia sobre el lugar donde habita, de
cualquier injusticia que se plantea en cualquier parte del mundo.
Así, en artículos como “Red Cocoa”(15), en referencia al cacao manchado de
sangre que extrae la empresa Cadbury en Santo Tomé, Barrett parte de un
recorrido por los distintos lugares en donde se ejerce la explotación
esclavista, principalmente en América Latina, para, finalmente, centrar su
atención en la cuestión a la que hace referencia el título del artículo. Barrett
va de lo particular a lo universal, de lo local a lo internacional, porque en
tanto universal, internacional, entiende la mecánica del imperialismo
explotador.
Esto mismo puede verse en el artículo “Razas inferiores”, que sirve además para
corroborar la utilización de un procedimiento extraño a la llaneza e inmediatez
que, como se ha dicho, son características de la literatura anarquista. En dicho
artículo Barrett denuncia la explotación de las distintas razas de color por la
inefable raza blanca occidental, y haciendo hincapié en la actitud del gobierno
Argentino para con los indígenas que subsisten en su territorio. Aunque un poco
extenso, bien vale citar el último párrafo: “¡Pobres razas inferiores! La
Argentina, para mostrar lo enorme de su territorio, debe hacer figurar en su
próximo centenario, los onas de Tierra del Fuego que hayan resistido al frío y a
la tuberculosis. Buenos Aires patentizará su ingreso a la categoría de gran
capital civilizadora, ofreciendo a la curiosidad pública, una colección de
habitantes de conventillo, ejemplares de la raza propia de las regiones del
hambre, raza seguramente inferior, a pesar de su blancura, a pesar, ¡ay!, de su
palidez de espectros”(16).
El manejo de la ironía, salvo en contados artículos –quizás los del Barrett más
marcadamente paraguayo y, por ende, de denuncia más cercana– es una de las
destacables y reconocibles características del estilo del escritor español. Tal
vez por eso resulta contradictorio un artículo titulado “El estilo”, en el cual,
para realizar un entendible descrédito de la literatura modernista y de su
consecuente torre de marfil, desprestigia el estilo en todas sus formas, sin
recaer en que él mismo posee, aunque más no sea dentro de la literatura
libertaria, un estilo inconfundible. Sólo es comprensible “El estilo” como
apuesta futura de una literatura colectiva, en oposición a una literatura
individualista, de autor, que se da en el presente(17).
4.
¿Qué hacer? Educarnos y educar. Todo se resume en el libre
examen. ¡Que nuestros niños examinen la ley y la desprecien!
Rafael Barrett, “Mi anarquismo”(18)
Con la misma inconfundible ironía Barret se opone a la ley del Estado y a su
brazo armado, la policía. La ley estatal aparece como antinatural, detenedora
del progreso, la ley es causa de la miseria y de ella se valen los gobiernos
para explotar a los trabajadores. Y esa ley es tan sin sentido que precisa del
“gendarme”para funcionar.
La ley, entonces, en la obra de Barrett funciona como dadora de injusticia, por
ende existe otra ley, no estatal, sobre la cual se recorta la justicia por la
que lucha la causa anarquista. En el mismo sentido, la Constitución, la cual no
sólo es ley de leyes, sino que define asimismo el territorio nacional,
claramente debe ser desatendida. El marcado internacionalismo de Barrett se
realza con las encendidas diatribas contra la patria y los límites, que la unión
de los trabajadores torna difusos.
Inmerso en la primera década del siglo XX, caracterizada por un innegable avance
de la ciencia criminalística que atraviesa la ciudad escindida de la crisis del
modelo del ’80, Rafael Barrett, otra vez partiendo de la ironía, denuncia la
represión policial al militante anarquista y la persecución celosa del
delincuente o del asesino. Son paradigmáticos en este sentido dos textos:
“Perros polizontes” y “Dactiloscopia”. Si el primero se encarga de denunciar la
preparación de perros para la represión en la calle y para la caza de
delincuentes, en el segundo se refiere la moderna aparición del sistema de
clasificación de huellas digitales, vergonzosa creación de la policía argentina.
Y si el primero culmina diciendo que la policía “tal vez encargue elefantes para
disolver manifestaciones callejeras”(19); el segundo lo hace con referencia a la
religión: “Temo que las finísimas curvas papilares no sean una estratagema de
Dios, jefe supremo de la policía, para identificar a sus criaturas el día del
juicio final”(20).
Apartarse, entonces, de la ley estatal, basándose, entonces, en una ley natural,
primaria, en u código otro, más humano, con todo lo que lo humano conlleva. De
ahí, la justificación de la violencia, dinamita, ante la injusticia del Estado.
5.
Las casillas de un tablero de ajedrez se pintan
alternativamente de negro y de blanco,
para comodidad de los adversarios.
Rafael Barrett, “Johnson”(21)
Y en el revés de esta oposición se encuentra el duelo, justicia otra que entabla
Barrett en su juventud española y que le vale su pronto viaje a América.
Queriéndose batir a duelo con un abogado madrileño, éste nombra un tribunal de
honor que declara a Barrett “deshonrado por pederasta y por tanto sin calidad
social para batirse con nadie”(22). Esta injusticia lo leva a agredir a unos de
los miembros del tribunal en un teatro de Madrid. Tras el escándalo, Barret
viaja por Europa y recala finalmente en Buenos Aires. Es en esta ciudad donde
nuevamente intenta batirse a duelo, pero un nuevo tribunal lo descalifica
haciendo referencia a lo que había decidido el tribunal español.
El duelo, entonces, signa su viaje, su migración y, por ende, su elección
ideológica por el anarquismo. En el duelo la ley troca de sentido, como en un
ajedrez en que el destino y el honor encarnan esa ley otra, que en la Buenos
Aires del ‘900 puede leerse en el compadrito, en el código barrial y en la
recuperación anarquista del Moreira.
Dialéctica del duelo que luego se trasladará a la escritura, mediante el
reconocimiento y la conciencia de la injusticia explotadora. Allí en
enfrentamiento con el nuevo enemigo volverá a ser claro, y en el complejo
entramado de dualismos de la obra de Barrett será posible entrever el efecto de
la denuncia mediante la ironía. Y Barrett en su escritura se permite jugar con
los dos términos de esta figura retórica de lo dual, figura de la ambivalencia y
el sentido doble, que le permite decir a partir de lo ambiguo, partir del otro
para denostarlo, denunciar al enemigo desde su propia voz. Y así, atravesando
esa dualidad, continuar batiéndose a duelo.
NOTAS
(1)Barrett, Rafael. “La pluma”, en Mirando vivir. Buenos Aires, La protesta,
S/F. Pág. 7.
(2)Andreu, Jean, Fraysse, Maurice y Golluscio de Montoya, Eva. Anarkos.
Literaturas libertarias de América del Sur 1900. Buenos Aires, Corregidor, 1990.
Pág. 9.
(3)Ibidem. Pág. 11.
(4)Freda, Carmelo. “Dinamita a las máquinas”, Fulgor. Buenos Aires, nº 1, 8 de
marzo de 1906, en Andreu, Jean, y otros. Op. Cit. Pág. 183.
(5)Viñas, David. Anarquistas en América Latina. México, Katún, 1983. Págs.
17-18.
(6)Me refiero a lo expuesto en la Introducción de los autores en: Andreu, Jean,
y otros. Op. Cit. Págs. 12 a 20.
(7)El Mundo, 20 de septiembre de 1928, en Arlt, Roberto. Aguafuertes porteñas.
Buenos Aires, vida cotidiana. Buenos Aires, Alianza, 1993. Pág. 3.
(8)Viñas, David. Anarquistas en América Latina. México, Katún, 1983. Pág. 21.
(9)Viñas, David. Op. Cit. Pág. 22.
(10)Barrett, Rafael. “Buenos Aires”, en Los sucesos, Asunción, 27 de noviembre
de 1906. Recogido en Obras completas, RP-ICI, Asunción, vol. II. Edición digital
para Proyecto Ensayo Hispánico de Francisco Corral Sánchez-Cabezudo.
(11)Ibidem.
(12)Ibidem.
(13)El duelo como eje de su vida intelectual y de su escritura será retomado más
adelante.
(14)Me refiero a las figuras de Flores Magón en México y de González Prada en
Perú a las que hace referencia Viñas en Op. Cit. Págs. 28 a 39.
(15)Barrett, Rafael. “Red Cocoa”, en Mirando vivir. Buenos Aires, La protesta,
S/F. Pág. 128 a 130.
(16)Barrett, Rafael. “Razas inferiores”, en Mirando vivir. Buenos Aires, La
protesta, S/F. Pág. 176.
(17)Barrett. “El estilo”, en Al margen. Montevideo, Bertani editor, 1912, en
Andreu, Jean, y otros. Op. Cit. Pág. 25-26.
(18)Barrett, Rafael. “Mi anarquismo”, en Mirando vivir. Buenos Aires, La
protesta, S/F. Pág. 167.
(19)Barrett, Rafael. “Perros polizontes”, en Mirando vivir. Buenos Aires, La
protesta, S/F. Pág. 203.
(20)Barrett, Rafael. “Dactiloscopia”, en Mirando vivir. Buenos Aires, La
protesta, S/F. Pág. 206.
(21)Barrett, Rafael. “Johnson”, en Mirando vivir. Buenos Aires, La protesta,
S/F. Pág. 159.
(22)Fernández Vázquez, José María. “El periodista Rafael Barrett y El dolor
paraguayo”, en Cuadernos Hispanoamericanos. 547 (1996). Pág. 93.
BIBLIOGRAFÍA
Andreu, Jean, Fraysse, Maurice y Golluscio de Montoya, Eva. Anarkos. Literaturas
libertarias de América del Sur 1900. Buenos Aires, Corregidor, 1990.
Arlt, Roberto. Aguafuertes porteñas. Buenos Aires, vida cotidiana. Buenos Aires,
Alianza, 1993.
Barrett, Rafael. “Buenos Aires”, en Los sucesos, Asunción, 27 de noviembre de
1906. Recogido en Obras completas, RP-ICI, Asunción, vol. II. Edición digital
para Proyecto Ensayo Hispánico de Francisco Corral Sánchez-Cabezudo.
Barret, Rafael. Mirando vivir. Buenos Aires, La Protesta, S/F.
De Maeztu, Ramiro. “En Madrid”, en Barret, Rafael. Lo que son los yerbales
paraguayos. Montevideo, Claudio García, 1926. Publicado originalmente en El Sol.
Madrid, 8 de diciembre de 1925. Edición digital para Proyecto Ensayo Hispánico
de Francisco Corral Sánchez-Cabezudo.
Fernández Vázquez, José María. “El periodista Rafael Barrett y El dolor
paraguayo”, en Cuadernos Hispanoamericanos. 547 (1996).
Suriano, Juan. Anarquistas. Cultura y política libertaria en Buenos Aires
1890-1910. Buenos Aires, Manantial, 2001.
Viñas, David. Anarquistas en América Latina. México, Katún, 1983.
Viñas, David. Literatura argentina y política I. De los jacobinos a la bohemia
anarquista. Buenos Aires, Sudamericana, 1995.
Fuente:
www.elinterpretador.net
Buenos
Aires
Por Rafael Barrett
El amanecer, la tristeza infinita de los primeros espectros verdosos, enormes,
sin forma, que se pegan a las altas y sombrías fachadas de la avenida de Mayo;
la vuelta al dolor, la claridad lenta en la llovizna fría y pegajosa que
desciende de la inmensidad gris; el cansancio incurable, saliendo crispado y
lívido del sueño, del pedazo de muerte con que nos aliviamos un minuto; el
húmedo asfalto, interminable, reluciente, el espejo donde todo resbala y huye,
los muros mojados y lustrosos, la gran calle pétrea, sudando su indiferencia
helada; la soledad donde todavía duermen pozos de tiniebla, donde ya empieza a
gusanear el hombre... Chiquillos extenuados, descalzos, medio desnudos, con el
hambre y la ciencia de la vida retratados en sus rostros graves, corren sin
alientos, cargados de Prensas, corren, débiles bestias espoleadas, a distribuir
por la ciudad del egoísmo la palabra hipócrita de la democracia y del progreso,
alimentada con anuncios de rematadores. Pasan obreros envejecidos y callosos, la
herramienta a la espalda. Son machos fuertes y siniestros, duros a la intemperie
y al látigo. Hay en sus ojos un odio tenaz y sarcástico que no se marcha jamás.
La mañana se empina poco a poco, y descubre cosas sórdidas y sucias amodorradas
en los umbrales, contra el quicio de las puertas. Los mendigos espantan a las
ratas y hozan en los montones de inmundicias. Una población harapienta surge del
abismo, y vaga y roe al pie de los palacios unidos los unos a los otros en la
larga perspectiva, gigantescos, mudos, cerrados de arriba abajo, inatacables,
inaccesibles. Allí están guardados los restos del festín de anoche: la pechuga
trufada que deshace su pulpa exquisita en el plato de China, el champaña que
abandona su baño polar para hervir relámpagos de oro en el tallado cristal de
Bohemia. Allí descansan en nidos de tibios terciopelos las esmeraldas y los
diamantes; allí reposa la ociosidad y sueña la lujuria, acariciadas por el hilo
de Holanda y las sedas de Oriente y los encajes de Inglaterra; allí se ocultan
las delicias y los tesoros todos del mundo. Allí, a un palmo de distancia,
palpita la felicidad. Fuera de allí, el horror y la rabia, el desierto y la sed,
el miedo y la angustia y el suicidio anónimo. Un viejo se acercó despacio a mi
portal. Venía oblicuamente, escudriñando el suelo. Un gorro pesado, informe, le
cubría, como una costra, el cráneo tiñoso. La piel de la cara era fina y
repugnante. La nariz abultada, roja, chorreante, asomaba sobre una bufanda
grasienta y endurecida. Ropa sin nombre, trozos recosidos atados con cuerdas al
cuerpo miserable, peleaban con el invierno. Los pies parecían envueltos en un
barro indestructible. Se deslizó hasta mí; no pidió limosna. Vio una lata donde
se había arrojado la basura del día, y sacando un gancho comenzó a revolver los
desperdicios que despedían un hedor mortal. Contemplé aquellas manos bien
dibujadas, en que sonreía aún el reflejo de la juventud y de la inteligencia;
contemplé aquellos párpados de bordes sanguinolentos, entre los cuales vacilaba
el pálido azul de las pupilas, un azul de témpano, un azul enfermo, extrahumano,
fatídico. El viejo –si lo era- encontró algo... una carnaza a medio quemar, a
medio mascar, manchada con la saliva de algún perro. Las manos la tomaron
cuidadosamente. El desdichado se alejó... Creí observar, adivinar... que su
apetito no esperaba... ¡También América! Sentí la infamia de la especie en mis
entrañas. Sentí la ira implacable subir a mis sienes, morder mis brazos. Sentí
que la única manera de ser bueno es ser feroz, que el incendio y la matanza son
la verdad, que hay que mudar la sangre de los odres podridos. Comprendí, en
aquel instante, la grandeza del gesto anarquista, y admiré el júbilo magnífico
con que la dinamita atruena y raja el vil hormiguero humano
Rafael Barrett, 1906
Por Rafael Barrett
No hay nada tan prudente, tan correcto, tan tranquilizador como marcar el paso.
Educar es enseñar a marcar el paso en los negocios de la vida, a copiar el ritmo
ajeno y conservarlo, a integrar el gran volante regulador de la máquina humana.
Hoy como ayer, mañana como hoy, he aquí la divisa de toda sociedad perfecta, y
naturalmente del Estado, que se cree perfecto; el Estado es lo contrario de
cambiar de estado; no existe gobierno que no se estime lo suficiente para
conservarse a sí mismo, y sería absurdo que no fueran conservadores los que se
encuentran a gusto. Los demás, los que obedecen, deben obedecer siempre, y
siempre igual, de idéntica manera; deben evitar molestias a los que mandan, y
guardarse de provocar contraórdenes, rectificaciones y reiteraciones. ¿De qué
serviría mandar si costara trabajo? Lo razonable es que el mando sea definitivo
y eterno.
Se ve cuán sensato es el proceder de ese oficial argentino que durante la
instrucción atravesó con la espada la ingle a un estúpido recluta que no marcaba
bien el paso. ¡Pobre oficial! Había perdido la paciencia. ¡Cuánto habrá sufrido,
cuántas veces habrá repetido sus órdenes! Obligar a repetir una orden, ¿no es ya
rebelarse a medias? Tal vez murió el recluta. Pero un recluta que no consigue
aprender a marcar el paso es, desde luego, algo contradictorio y casi
inexistente. No es justo llamar homicidio a una sencilla verificación. Un
recluta es un aparato que marca el paso. Un soldado es un aparato que transporta
las armas de fuego y aprieta los gatillos. El emperador Guillermo dijo en una
revista que un soldado, si se lo ordenan, está en la obligación de fusilar a su
madre. Comprended de qué modo se hizo Alemania poderosa y magnífica.
¿Queréis orden? Cumplid la orden. Ciudadanos, ajustaos a la ley. No es buen juez
el que la discute y mejora, sino el que la ejecuta. Imitemos a los astros;
admiremos la exactitud verdaderamente militar con que acaecen los eclipses; los
planetas marcan el paso, y los átomos sin duda también. Nuestra ciencia busca la
ley en todos los fenómenos, y lo terrible es que la va encontrando. Quizá se
llegue al ideal de prever matemáticamente los detalles del porvenir. ¡Gracias
que tendremos nosotros la suerte de irnos mucho antes! Cosa triste ha de ser el
predecir los movimientos de nuestro cielo interior, calcular para dentro de diez
años los eclipses de nuestro espíritu, conocer a un tiempo la fecha del placer y
la del sufrimiento, la de la ilusión y la de las decepciones; saber en plena
juventud el minuto de la primera cana, la enfermedad que nos asesinará y las
muecas de nuestra agonía. La esperanza se hará más insoportable que el recuerdo.
Si nuestra alma marca el paso, ignorémoslo.
Marcar el paso no supone avanzar. En táctica, equivale a suspender la marcha y
simularía agitando las piernas sin adelantar un centímetro. Símbolo curioso. La
existencia de la ley no supone una realidad concreta. Al revés. Por ejemplo, la
ley de los días de la semana es que detrás del lunes venga el martes, luego el
miércoles, etc. "Si" hoy es lunes, mañana será martes, pero ¿qué razón hay para
que hoy sea lunes, y no viernes? Ninguna. Estamos, ¡horror!, fuera de la ley.
"Si" Mercurio se halla hoy en tal lugar del firmamento, mañana estará en tal
otro. ¿Pero por qué "está" en este instante aquí y no allí? La ley no es una
realidad, es una relación, es un "si". La única salida de semejante laberinto es
que no hay aquí ni allí, ni ayer ni hoy, y que el Universo marca el paso, como
un juicioso recluta, sin abandonar su socarrona inmovilidad.
[Publicado en La Razón, Montevideo, el 13 de abril de 1909.
Tormento y asesinato
Por
Rafael Barrett
Continúa la recuperación de Rafael Barrett (Torrelavega, 1876-Arcachon, 1910),
un autor esencial de la ensayística española de todos los tiempos. La editorial
Periférica inaugura en enero de 2007 su nueva colección “Documentos” con Hacia
el porvenir, un libro singular compuesto por tres textos clave en la obra de
Barrett en edición de la uruguayo-norteamericana Bianca María Ansúrez,
recientemente desaparecida: “Lo que son los yerbales”, unos reportajes
demoledores publicados en la prensa uruguaya en 1908; “La cuestión social”, un
ensayito cáustico y lleno de verdad sobre el asunto que expone su título; y “De
estética”, algo así como la “poética” de este autor, con una interesante
aproximación a algunos tópicos estéticos de su época y, también, del presente.
De uno de los artículos de “Lo que son los yerbales” hemos extraído, como
adelanto de Hacia el porvenir, este más que revelador “Tormento y asesinato”
"Aquí no hay más Dios que yo", dice al nuevo peón de una vez por todas el
capataz. Y si no bastara el rebenque para demostrarlo, lo demostraría el
revólver del mayordomo. En el yerbal no se habla, se pega. Cuando en plena
capital la policía tortura a los presos por "amor al arte", ¿creéis posible que
no se torture al esclavo en la selva, donde no hay otro testigo que la
naturaleza idiota, y donde las autoridades nacionales ofician de verdugo,
puestas como están al servicio de la codicia más vil y más desenfrenada?
¡Camina, trajina, suda y sangra, carne maldita! ¿Qué importa que caigas
extenuada y mueras como la vieja res a orilla del pantano? Eres barata y se te
encuentra en todas partes. ¡Ay de ti si te rebelas, si te yergues en un espasmo
de protesta! ¡Ay del asno que se olvida un momento de ser un asno!
Entonces, al hambre, a la fatiga, a la fiebre, al mortal desaliento se añadirá
el azote, la tortura con su complicado y siniestro material. Conocíais la
inquisición política y la inquisición religiosa. Conoced ahora la más infame, la
inquisición del oro.
¿A qué mencionar los gritos y el cepo? Son clásicos en el Paraguay, y no sé por
qué no constituyen el emblema de la justicia, en vez de la inepta matrona de la
espada de cartón y de la balanza falsa. En Yaguatirica se admira el célebre cepo
de la empresa M. S. Un cepo menos costoso es el de lazo. También se usa mucho
estirar a los peones, es decir atarles de los cuatro miembros muy abiertos. O
bien se les cuelga de los pies a un árbol. El estaqueamiento es interesante:
consiste en amarrar a la víctima de los tobillos y de las muñecas a cuatro
estacas, con correas de cuero crudo, al sol. El cuero se encoge y corta el
músculo; el cuerpo se descoyunta. Se ha llegado a estaquear a los peones sobre
tacurús (nidos de termita blanca) a los que se ha prendido fuego.
¡Pluma mía, no tiembles, clávate hasta el mango! Pero los miserables que ejecuto
no tienen sangre en las venas, sino pus, y el cirujano se llena de inmundicia.
Raro es que intente un peón escaparse. Esto exige una energía que están muy
lejos de tener los degenerados del yerbal. Si el caso ocurre, los habilitados
arman comisiones en las compañías (soldados de la nación) y cazan al fugitivo.
Unos habilitados avisan a otros. La consigna es: "traerlo vivo o muerto".
¡Ah! ¡La alegre cacería humana en la selva! ¡Los chasques llevados a órdenes a
los puestos vecinos!
"Anoche se me fugaron dos. Si salen por estos rumbos, métanle bala" (textual).
El año pasado, en las Misiones Argentinas, asesinaron a siete obreros, uno de
los cuales era un niño. En Punta Porá, cuando la comisaría da por fugado a un
trabajador, "fugado" significa "degollado". Hace dos meses, el patrón D. C.,
habilitado de la Matte Larangeira, el cual había comprado la querida de un peón
por seiscientos pesos, tuvo el disgusto de saber la huida de la hembra con su
antiguo amante y un hermano de éste. D. C. los persiguió con gente armada de
winchester, y uno de los peones murió enseguida; el otro fue rematado a
cuchillo. Se suele hacer fuego sin voz de alto. Las empresas sacrifican no
solamente a los peones, sino a los demás ciudadanos que no las hacen el gusto.
La Industrial Paraguaya, famosa en Tacurú-pucú por sus atrocidades, expulsó
recientemente a las familias del pueblo para apoderarse de las expendedurías de
caña, y habiéndose opuesto al señor E. R. lo hizo matar a la puerta de la
habitación por la policía.
Todos estos crímenes quedan impunes. Ningún juez se ocupa de ellos, y si se
ocupara sería igual. ¡Está comprado!
Espanta pensar en los asesinatos que la selva oculta. Las picadas están
sembradas de cruces, la mitad de las cuales señala el sitio donde ha sucumbido
un menor de edad. Muchas de esas cruces anónimas
recuerdan una cacería terminada por un fusilamiento.
Y a pesar de las mil probabilidades contra una que el desertor (tal es la
designación consagrada por el uso) tiene de perecer, el sueño del mártir de los
yerbales es evadirse, ganar la frontera o los campos, la región libre que
centellea a cincuenta, a cien, a ciento cincuenta leguas de distancia... Leguas
de monte cerrado, de esteros, leguas que hay que cruzar desnudo, débil y
trémulo, como una rata que los perros rastrean... El esclavo no duerme; agita
sus pobres huesos sobre el ramaje sórdido que le sirve de cama, y agita las
esperanzas locas en su cerebro dolorido. El silencio de la noche le invita. El
poder formidable del oro que él mismo ha arrancado a la tierra le detiene. La
empresa ha recobrado a desertores que después de cuatro años o cinco de ausencia
se creían salvados. La Empresa es más fuerte que todo. ¿Para qué ir a la muerte?
Mejor desfallecer poco a poco, perder gota a gota la savia de la vida, renunciar
a ver ya nunca el valle en que se ha nacido... Al día siguiente el esclavo irá a
la faena, y ofrecerá al empresario las ocho arrobas reglamentarias. ¡Ay!, para
pretender huir de los yerbales es preciso ser un héroe o no estar en el sano
juicio.
De este modo la opulenta canalla que triunfa en nuestros salones extermina bajo
el yugo por millares a los paraguayos o los fusila como a chacales del desierto,
si buscan la libertad. Las generaciones de esclavos duran poco, pero los
negreros se conservan bien. Es a los de arriba a quien acuso. Son ellos los
verdaderos asesinos, y no los habilitados ni los capataces. Los responsables son
los jefes de la banda, porque son los que menos riesgos corren y los que más
lucran con el crimen.
Y he aquí lo que me falta: detallar el botín de la esclavitud, y mostrar entre
quién y cómo se reparte.
Fuente:
www.ladinamo.org
Por Rafael Barrett
Parece que algunos gobiernos marchan hacia una concepción nueva: la de que no
sea permitido al obrero abandonar su labor, salvo que lo despidan. Se ha
presentado al parlamento español un proyecto de ley negando el derecho a la
huelga. En la Argentina y en la India inglesa se lanza del territorio, sin
formalidad ninguna, a los “agitadores, como suele llamarse a los que se cansan
de sufrir. Durante la magnífica parálisis de los servicios postales y
telegráficos franceses, se dijo que el Estado no podía tolerar, por capricho de
los trabajadores, el aislamiento de Francia.
Se dio entonces a los modestísimos empleados el pomposo nombre de “funcionarios
públicos” y se declaró que un funcionario público está en la obligación de no
interrumpir un minuto su trabajo. Sería una grave falta de disciplina. Se ve la
habilidad con que el gobierno –que al fin cedió ante la fuerza huelguista-
trataba de introducir ideas sublimes y palabras altisonantes en el conflicto.
Había que asimilar el cartero y el telegrafista a el soldado. El único deber del
funcionario es funcionar. No hay huelga; no hay más que deserciones. Mañana se
aplicaría el mismo razonamiento a los operarios de las industrias nacionales;
pasado mañana a los peones agricultores, al bajo personal de comercio. Suspender
la faena productora es una indisciplina, un delito, una traición. Se debilitan
las energías de país; ¡se disminuye la riqueza de la patria!
Así rehabilitaríamos la esclavitud, y conste que en ella se ha fundado la
civilización más ilustre de la historia. ¿Por qué no hemos de ser consecuente?
En resumen, el Estado no es sino el mecanismo con que se defiende la propiedad.
Si se castiga al que atenta contra ella mediante el robo, y al que la mueve
antes de tiempo mediante el asesinato, ¿no es lógico castigar también al que la
suprime en germen? La propiedad se gasta; su valor se consume y es necesario
reponerlo sin descanso. El ladrón la mata; pero el huelguista la aborta. Para un
fabricante, una huelga prolongada de sus talleres equivale a la fuga de su
cajero; el patrón volverá los ojos al Estado exigiendo auxilio. Un trabajador es
una rueda de máquina; mas una rueda libre, capaz de salirse de su eje a
voluntad, es algo absurdo y peligroso. No se concibe una propiedad estable sin
la práctica de la esclavitud.
Todavía la practicamos, sin duda, aunque cada vez menos . Estamos desde hace
siglos en presencia de un hecho formidable: la masa anónima, el inmenso rebaño
de los que nada tienen, sube poco a poco acercándose al poder. He aquí al viejo
Estado enfrente del número. Mejor dicho, ahora es cuando el número adquiere,
gracias a la cohesión, todo su terrible peso. El pueblo comienza a dejar de ser
arena; se cuaja en roca. No es extraño que el sufragio universal haya sido tan
inocuo; encontró una multitud incoherente, incapaz hasta de conocer sus males y
vagamente de acuerdo con el Estado. Detener al pobre trabajador, sucio y
jadeante, de regreso al negro hogar, donde como de costumbre hallará dormido a
sus hijos, y proponerle que gobierne su nación, es en verdad pueril. Preferiría
comer mejor y disponer de dos horas para jugar con sus niños. Y lo ha logrado en
muchas regiones. Lo instructivo es que los obreros se van agrupando y
organizando por el trabajo mismo; sus herramientas se convierten
imperceptiblemente en armas; los aparatos con que la humanidad circula y
trasmite el pensamiento está en sus manos; el alambre que lleva la orden de un
Rockefeller no se niega a llevar la del siervo rebelde, y nuestra cultura, que
día a día necesita instalaciones fabriles y de tráfico más y más enorme, pone en
contacto y en pie de guerra mayor cantidad de proletarios; las huelgas –esas
mortíferas declaraciones de “paz”- aumentan en extensión y en rapidez, y a
medida que la propiedad se acumula en moles crecientes, su estabilidad se hace
cada vez menor.
El Estado se batirá; opondrá al número el número. Opondrá el ejercito, compuesto
de hombres educados para esperar la muerte, al proletariado, compuesto de
hombres que tienen la irritante pretensión de vivir. Ya que de derechos
hablamos, ¿qué es un derecho sino una concesión, un permiso de las bayonetas?
Recordemos, no obstante, que los soldados no son ricos ni felices y que los
fusiles, los cañones y los acorazados no se construyen solos. ¿Vendrá el momento
en que los astilleros huelguen? ¿Vendrá una huelga militar? Lo ignoramos. Es
evidente que los trabajadores atraviesan una época de prosperidad, de juventud.
A regañadientes, como a lobos que persiguieran, el Estado les arroja jornadas
breves, salarios mas altos, pensiones, indemnizaciones, y los lobos tragan esos
pedazos de carne fresca y corren con doble vigor, y avanzan y se echan encima.
¿Dominará el Estado? ¿Aprovechará la obediencia aún bastante segura del
ejercito? ¿Será vencido? Nadie lo sabe. Los vastos movimientos sociales no son
tan misteriosos como lo serían las mareas si un cielo nublado eternamente nos
ocultara la Luna y el Sol. Aguardaremos los episodios de la lucha entre el trust
del oro y el trust de la miseria.
Rafael Barret.
(1877-1910 Artículo del libro “El terror argentino”).
|
|
VOLVER A CUADERNOS DEL PENSAMIENTO
Solo10.com: Dominios - Registro de Dominios - Alojamiento Web - Hospedaje Web - Web Hosting