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erotismo, continente y contenido

Para la presente antología se han utilizado, en su mayor parte, textos de Abanico, revista de letras de la Biblioteca Nacional de la República Argentina - www.abanico.edu.ar - de fecha 12/04. Las imágenes que ilustran los textos han sido seleccionadas por www.elortiba.org y no integran la revista. El texto introductorio a la antología de la revista es el siguiente: "Por primera vez Abanico presenta una entrega temática, hemos adjudicado al erotismo ser contenido y continente de este número. Tarea difícil, acaso imposible, determinar los límites de la erótica, tan difícil como marcar los lindes del arte. De lo que no caben dudas es de su íntima relación con la vida. Compone esta presentación un conjunto de textos cuya materia constitutiva es la erótica, o que bien la rozan tangencialmente; algunos la investigan, otros la usan como excusa. Algunos trabajos sugieren e implican, otros trabajan la explicitud; algunos se apoyan en lo oculto, otros en lo evidente. Son diferentes miradas, a veces contradictorias. Las hay íntimas, personales, culturales, vindicativas, alegóricas y humorísticas. Como ha dicho Daniel Muxica en el prólogo de La erótica argentina (Antología poética 1600/1990) -Manantial, Bs. As. 2001-: “No podemos hablar de erotismo sin implicar palabras como amor, sexo, deseo, voluptuosidad, himeneo, seducción, génesis, sensualidad, castidad, lujuria, pornografía, virginidad, perversión, pasión, obscenidad; por nombrar algunas de las más cercanas y de más rápida aunque no tan fácil asociación.” Podríamos agregar a esta enumeración palabras como dolor, sociedad, muerte, cultura, prohibición, política... y acaso el lector la completará con otros muchos vocablos que remiten a las infinitas facetas de lo erótico"

Oliverio Girondo

Oliverio Girondo nació el 17 de agosto de 1891. Realizó sus estudios en el Epson College de Londres y en el Liceo Luis Le Grand de París. Se recibió de abogado, aunque nunca ejerció la profesión. En 1911 inicia su actividad literaria fundando el periódico Comoedia; tras una breve experiencia teatral escribe La Madrastra y La comedia de todos los días. En 1922 aparece en Francia Veinte poemas para ser leídos en el tranvía; luego publica en Madrid, Calcomanías (1925). Construye en esa época una fuerte vinculación con los jóvenes que sustentan el proyecto vanguardista de la literatura argentina, siendo el autor de la redacción del Manifiesto de la revista Martín Fierro. Lleva una intensa vida literaria entre Buenos Aires y diversas capitales de Europa y se vincula con Salvador Dalí, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gómez de la Serna y Julles Supervielle. Las manifestaciones del surrealismo lo tienen como activo protagonista en París. También decide emprender un viaje desde Chile hasta México a fin de establecer contactos con nuevos escritores, representando a las revistas Proa, Valoraciones y Martín Fierro. Se radica definitivamente en Buenos Aires en 1931 publicando al año siguiente Espantapájaros (al alcance de todos) con una desopilante campaña publicitaria que incluye una carroza fúnebre y un gigantesco muñeco de papel maché por la Avenida 9 de julio, logrando agotar en pocos días los 5000 ejemplares de la edición. Casado con Nora Lange en 1943, la pareja hace de su casa un lugar de reuniones literarias, frecuentada por escritores jóvenes (Enrique Molina, Alberto Vanasco, Edgar Bayley, etc.) quienes lo consideran un maestro.
Su decisiva ruptura con el modernismo y sus seguidores, más la vigorosa renovación de la sacralizada zona poética de las primeras décadas del siglo, a las que contribuyó de manera notable y extensa, ubican a Oliverio Girondo como un mojón soberano de la vanguardia poética en Hispanoamérica. Muere en Buenos Aires el 24 de enero de 1967.
Entre sus obras figuran: Persuasión de los días (1942), Campo nuestro (1946), La Másmedula (1954), Yo tan yo, Destino, Topatumba, Cansancio, Mi mito, Ella y otros poemas.


Exvoto

A las chicas de flores

Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposas.

Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos, para trasmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.

Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás -empavesadas como fragatas- van a pasearse por la plaza, para que los hombres les ayaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.
Las chicas de Flores viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo a todos los que pasan por la vereda.


12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se tiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden y se entregan.



22

Las mujeres vampiro son menos peligrosas que las mujeres con sexo prehensil.
Desde hace siglos, se conocen diversos medios para protegernos contra las primeras.
Se sabe, por ejemplo, que una fricción de trementina después del baño, logra en la mayoría de los casos inmunizarnos; pues lo único que les gusta a las mujeres vampiro es el sabor marítimo de nuestra sangre, esa reminiscencia que perdura en nosotros, de la época en que fuimos tiburón o cangrejo.
La imposibilidad en que se encuentren de hundirnos su lanceta en silencio, disminuye, por otra parte, los riesgos de un ataque imprevisto. Basta con que al oírlas nos hagamos los muertos para que después de olfatearnos y comprobar nuestra inmovilidad, revoloteen un instante y nos dejan tranquilos.
Contra las mujeres de sexo prehensil, en cambio, casi todas las formas defensivas resultan ineficaces. Sin duda, los calzoncillos erizables y algunos otros preventivos, pueden ofrecer sus ventajas; pero la violencia de honda con que nos arrojan su sexo, rara vez nos da tiempo a utilizarlos, ya que antes de advertir su presencia, nos desbarrancan en una montaña rusa de espasmos interminables, y no tenemos más remedio que resignarnos a una inmovilidad de meses, si pretendemos recuperar los kilos que hemos perdido en un instante.
Entre las creaciones que inventa el sexualismo, las mencionadas, sin embargo, son las menos temibles. Mucho más peligrosas, sin discusión alguna, resultan las mujeres eléctricas, y esto, por un simple motivo: las mujeres eléctricas operan a distancia.
Insensiblemente, a través del tiempo y del espacio, nos van cargando como un acumulador, hasta que de pronto entramos en un contacto tan íntimo con ellas, que nos hospedan sus mismas ondulaciones y sus mismos parásitos.
Es inútil que nos aislemos como un anacoreta o como un piano. Los pantalones de amianto y los pararrayos testiculares son iguales a cero. Nuestra carne adquiere, poco a poco, propiedades de imán. Las tachuelas, los alfileres, los culos de botella que perforan nuestra epidermis, nos emparentan con esos fetiches africanos acribillados de hierros enmohecidos. Progresivamente las descargas que ponen a prueba nuestros nervios de alta tensión, nos galvanizan desde el occipucio hasta las uñas de los pies. En todo instante se nos escapan de los poros centenares de chispas que nos obligan a vivir en pelotas. hasta que el día menos pensado, la mujer que nos electriza intensifica tanto sus descargas sexuales, que termina por electrocutarnos en un espasmo lleno de interrupciones y de cortocircuitos.

Octavio Paz

Octavio Paz nació en México el 31 de marzo de 1914 y falleció el 19 de abril de 1998. En la revista Barandal publica sus primeros poemas. Su primer libro, Luna silvestre, lo edita en 1933. Es fundador junto con otros poetas de la revista Taller. En 1941-1942 se publican Entre la piedra y la flor y A la orilla del mundo. En 1938, en París, hace amistad con André Bretón e intensifica su relación con Benjamín Péret, así como con una multitud de escritores franceses y de otras nacionalidades. En esa época publica Libertad bajo palabra. Le siguen El laberinto de la soledad (1950), Semillas para un himno, la obra de teatro La hija de Rappaccini, ambas de 1954, El arco y la lira (1956), Las peras del olmo (1957), La estación violenta, que recoge Piedra de Sol (1958), Salamandra (1962), Cuadrivio (1965), Puertas al campo (1966), Corriente alterna y Claude Lévi-Strauss o El nuevo festín de Esopo (1967), Posdata, Marcel Duchamp o El castillo de la pureza y Ladera Este (1968), Conjunciones y disyunciones (1970), Los signos en rotación y Renga (1971), El signo y el garabato (1973). En 1974 publica Los hijos del limo, El mono gramático y Versiones y diversiones, donde recoge sus traducciones. En 1975 publica Pasado en claro, Poemas y El ogro filantrópico (1979). A los años 1982-1990 corresponden Sombras de obras, Hombres en su siglo, Pasión crítica, Tiempo nublado, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Árbol adentro.
Fue director de la revista Plural y creador de la revista Vuelta. Entre los premios que recibió se cuentan el Premio Cervantes


REPASO: LA DOBLE LLAMA

Todos los días oímos esta frase: nuestro siglo es el siglo de la comunicación. Es un lugar común que, como todos, encierra un equívoco. Los medios modernos de transmisión de las noticias son prodigiosos; lo son mucho menos las formas en que usamos esos medios y la índole de las noticias e informaciones que se transmiten en ellos. Los medios muchas veces manipulan la información y, además, nos inundan con trivialidades. Pero aun sin esos defectos toda comunicación, incluso la directa y sin intermediarios, es equívoca. El diálogo, que es la forma más alta de comunicación que conocemos, siempre es un afrontamiento de alteridades irreductibles. Su carácter contradictorio consiste en que es un intercambio de informaciones concretas y singulares para el que las recibe. Digo verde y aludo a una sensación particular, única e inseparable de un instante, un lugar y un estado psíquico y físico: la luz cayendo sobre la yedra verde esta tarde un poco fría de primavera. Mi interlocutor escucha una serie de sonidos, percibe una situación y vislumbra la idea de verde. ¿Hay posibilidades de comunicación concreta? Sí, aunque el equívoco nunca desaparece del todo. Somos hombres, no ángeles. Los sentidos nos comunican con el mundo y, simultáneamente, nos encierran en nosotros mismos: las sensaciones son subjetivas e indecibles. El pensamiento y el lenguaje son puentes pero, precisamente por serlo, no suprimen la distancia entre nosotros y la realidad exterior. Con esta salvedad, puede decirse que la poesía, la fiesta y el amor son formas de comunicación concreta, es decir, de comunión. Nueva dificultad: la comunión es indecible y, en cierto modo, excluye la comunicación: no es un intercambio de noticias sino una fusión. En el caso de la poesía, la comunión comienza en una zona de silencio, precisamente cuando termina el poema. Podría definirse al poema como un organismo verbal productor de silencios. En la fiesta -pienso, ante todo, en los ritos y en otras ceremonias religiosas- la fusión se opera en sentido contrario: no el regreso al silencio, refugio de la subjetividad, sino entrada en el gran todo colectivo: el yo se vuelve un nosotros. En el amor, la contradicción entre comunicación y comunión es aún más patente.
El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos ve por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito. El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que abrazamos se hace más y más inmenso. Sensación de infinitud: perdemos cuerpo en ese cuerpo. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo. También es la experiencia de la pérdida de la identidad: dispersión de las formas en mil sensaciones y visiones, caída en una substancia oceánica, evaporación de la esencia. No hay forma ni presencia: hay la ola que nos mece, la cabalgata por las llanuras de la noche. Experiencia circular: se inicia por la abolición del cuerpo de la pareja, convertido en una substancia infinita que palpita, se expande, se contrae y nos encierra en las aguas primordiales; un instante después, la substancia se desvanece, el cuerpo vuelve a ser cuerpo y reaparece la presencia. Sólo podemos percibir a la mujer amada como forma que esconde una alteridad irreductible o como substancia que se anula y nos anula.
La condenación del amor carnal como un pecado contra el espíritu no es cristiana sino platónica. Para Platón la forma es la idea, la esencia. El cuerpo es una presencia en el sentido real de la palabra: la manifestación sensible de la esencia. Es el trasunto, la copia de un arquetipo divino: la idea eterna. Por esto, en el Fedro y en El Banquete, el amor más alto es la contemplación del cuerpo hermoso: contemplación arrobada de la forma que es esencia. El abrazo carnal entraña una degradación de la forma en substancia y de la idea en sensación. Por esto también Eros es invisible; no es una presencia: es la obscuridad palpitante que rodea a Psiquis y la arrastra en una caída sin fin. El enamorado ve la presencia bañada por la luz de la idea; quiere asirla pero cae en la tiniebla de un cuerpo que se dispersa en fragmentos. La presencia reniega de su forma, regresa a la substancia original para, al fin, anularse. Anulación de la presencia, disolución de la forma: pecado contra la esencia. Todo pecado atrae un castigo: vueltos del arrebato, nos encontramos de nuevo frente a un cuerpo y un alma otra vez extraños. Entonces surge la pregunta ritual: ¿en qué piensas? Y la respuesta: en nada. Palabras que se repiten en interminables galerías de ecos.
No es extraño que Platón haya condenado al amor físico. Sin embargo, no condenó a la reproducción. En El Banquete llama divino al deseo de procrear: es ansia de inmortalidad. Cierto, los hijos del alma, las ideas, son mejores que los hijos de la carne; sin embargo, en Las leyes exalta a la reproducción corporal. La razón: es un deber político engendrar ciudadanos y mujeres que sean capaces de asegurar la continuidad de la vida en la ciudad. Aparte de esta consideración ética y política, Platón percibió claramente la vertiente pánica del amor, su conexión con el mundo de la sexualidad animal y quiso romperla. Fue coherente consigo mismo y con su visión del mundo de las ideas incorruptibles, pero hay una contradicción insalvable en la concepción platónica del erotismo: sin el cuerpo y el deseo que enciende en el amante, no hay ascensión hacia los arquetipos. Para contemplar las formas eternas y participar en la esencia, hay que pasar por el cuerpo. No hay otro camino. En esto el platonismo es el opuesto a la visión cristiana: el eros platónico busca la desencarnación mientras que el misticismo cristiano es sobre todo un amor de encarnación, a ejemplo de Cristo, que se hizo carne para salvarnos. A pesar de esta diferencia, ambos coinciden en su voluntad de romper con este mundo y subir al toro. El platónico por la escala de la contemplación, el cristiano por el amor a una divinidad que, misterio inefable, ha encarnado en un cuerpo.
Unidos en su negación de este mundo, el platonismo y el cristianismo vuelven a separarse en otro punto fundamental. En la contemplación platónica hay participación, no reciprocidad: las formas eternas no aman al hombre; en cambio, el Dios cristiano padece por los hombres, el Creador está enamorado de sus criaturas. Al amar a Dios, dicen los teólogos y los místicos, le devolvemos, pobremente, el inmenso amor que nos tiene. El amor humano, tal como lo conocemos y vivimos en Occidente desde la época del «amor cortés», nació de la confluencia entre el platonismo y el cristianismo y, asimismo, de sus oposiciones. El amor humano, es decir, el verdadero amor, no niega al cuerpo ni al mundo. Tampoco aspira a otro ni se ve como un tránsito hacia una eternidad más allá del cambio y del tiempo. El amor es amor no a este mundo sino de este mundo; está atado a la tierra por la fuerza de gravedad del cuerpo, que es placer y muerte. Sin alma -o como quiera llamarse a ese soplo que hace de cada hombre y de cada mujer una persona- no hay amor pero tampoco lo hay sin cuerpo. Por el cuerpo, el amor es erotismo y así se comunica con las fuerzas más vastas y ocultas de la vida. Ambos, el amor y el erotismo -llama doble- se alimentan del fuego original: la sexualidad. Amor y erotismo regresan siempre a la fuente primordial, a Pan y a su alarido que hace temblar la selva.
El reverso del Eros platónico es el tantrismo, en sus dos grandes ramas: la hindú y la budista. Para el adepto de Tantra, el cuerpo no manifiesta la esencia: es un camino de iniciación. Más allá no está la esencia, que para Platón es un objeto de contemplación y de participación; al final de la experiencia erótica el adepto llega, si es budista, a la vacuidad, un estado en que la nada y el ser son idénticos; si es hindú, a un estado semejante pero en el que el elemento determinante no es la nada sino el ser -un ser siempre idéntico a él mismo, más allá del cambio. Doble paradoja: para el budista, la nada está llena; para el hinduista, el ser esta vacío. El rito central del tantrismo es la copulación. Poseer un cuerpo y recorrer en él y con él todas las etapas del abrazo erótico, sin excluir a ninguno de sus extravíos o aberraciones, es repetir ritualmente el proceso cósmico de la creación, la destrucción y la recreación de los mundos. También es una manera de romper ese proceso y detener la rueda del tiempo y de las sucesivas reencarnaciones. El yogui debe evitar la eyaculación y esta práctica obedece a dos propósitos: negar la función reproductiva de la sexualidad y transformar el semen en pensamiento de iluminación. Alquimia erótica: la fusión del yo y del mundo, del pensamiento y la realidad, produce un relámpago: la iluminación, llamarada súbita que literalmente consume al sujeto y al objeto. No queda nada: el yogui se ha disuelto en lo incondicionado. Abolición de las formas. En el tantrismo hay una violencia metafísica ausente en el platonismo: romper el ciclo cósmico para penetrar en lo incondicionado. La cópula ritual es, por una parte, una inmersión en el caos, una vuelta a la fuente original de la vida; por otra, es una práctica ascética, una purificación de los sentidos y de la mente, una desnudez progresiva hasta llegar a la anulación del mundo y del yo. El yogui no debe retroceder ante ninguna caricia pero su goce, cada vez más concentrado, debe transformarse en suprema indiferencia. Curioso paralelo con Sade, que veía en el libertinaje un camino hacia la ataraxia, la insensibilidad de la piedra volcánica.
Las diferencias entre el tantrismo y el platonismo son instructivas. El amante platónico contempla la forma, el cuerpo, sin caer en el abrazo; el yogui alcanza la liberación a través de la cópula. En un caso, la contemplación de la forma es un viaje que conduce a la visión de la esencia y a la participación con ella; en el otro, la cópula ritual exige atravesar la tiniebla erótica y realizar la destrucción de las formas. A pesar de ser un rito acentuadamente carnal, el erotismo tántrico es una experiencia de desencarnación. El platonismo implica una represión y una sublimación: la forma amada es intocable y así se substrae de la agresión sádica. El yogui aspira a la abolición del deseo y de ahí la naturaleza contradictoria de su tentativa: es un erotismo ascético, un placer que se niega a sí mismo. Su experiencia está impregnada de un sadismo no físico sino mental: hay que destruir las formas. En el platonismo, el cuerpo amado es intocable; en el tantrismo el intocable es el espíritu del yogui. Por esto tiene que agotar, durante el abrazo, todas las caricias que proponen los manuales de erotología pero reteniendo la descarga seminal; si lo consigue, alcanza la indiferencia del diamante: impenetrable, luminoso y transparente.
Aunque las diferencias entre el platonismo y el tantrismo son muy hondas -corresponden a dos visiones del mundo y del hombre radicalmente opuestas- hay un punto de unión entre ellos: el otro desaparece. Tanto el cuerpo que contempla el amante platónico como la mujer que acaricia el yogui, son objetos, escalas en una ascensión hacia el cielo puro de las esencias o hacia esa región fuera de los mapas que es lo incondicionado. El fin que ambos persiguen está más allá del otro. Esto es, esencialmente, lo que los separa del amor, tal como ha sido descrito en estas páginas. Es útil repetirlo: el amor no es la búsqueda de la idea o la esencia; tampoco es un camino hacia un estado más allá de la idea y la no-idea, el bien y el mal, el ser y el no-ser. El amor no busca nada más allá de sí mismo, ningún bien, ningún premio; tampoco persigue una finalidad que lo trascienda. Es indiferente a toda trascendencia: principia y acaba en él mismo. Es una atracción por un alma y un cuerpo; no una idea: una persona. Esa persona es única y está dotada de libertad, para poseerla, el amante tiene que ganar su voluntad. Posesión y entrega son actos recíprocos.

Como todas las grandes creaciones del hombre, el amor es doble: es la suprema ventura y la desdicha suprema. Abelardo llamó al relato de su vida: Historia de mis calamidades. Su mayor calamidad fue también su más grande felicidad: haber encontrado a Eloísa y ser amado por ella. Por ella fue hombre: conoció el amor; y por ella dejó de serlo: lo castraron. La historia de Abelardo es extraña, fuera de lo común; sin embargo, en todos los amores, sin excepción, aparecen esos contrastes, aunque casi siempre menos acusados. Los amantes pasan sin cesar de la exaltación al desánimo, de la tristeza a la alegría, de la cólera a la ternura, de la desesperación a la sensualidad. Al contrario del libertino, que busca a un tiempo el placer más intenso y la insensibilidad moral más absoluta, el amante está perpetuamente movido por sus contradictorias emociones. El lenguaje popular, en todos los tiempos y lugares, es rico en expresiones que describen la vulnerabilidad del enamorado: el amor es una herida, una llaga. Pero, como dice San Juan de la Cruz, es «una llaga regalada», un «cauterio suave», una «herida deleitosa». Sí, el amor es una flor de sangre. También es un talismán. La vulnerabilidad de los amantes los defiende. Su escudo es su indefensión, están armados de su desnudez. Cruel paradoja: la sensibilidad extrema de los amantes es la otra cara de su indiferencia, no menos extrema, ante todo lo que no sea su amor. El gran peligro que acecha a los amantes, la trampa mortal en que caen muchos, es el egoísmo. El castigo no se hace esperar: los amantes no ven nada ni a nadie que no sea ellos mismos hasta que se petrifican... o se aburren. El egoísmo es un pozo. Para salir al aire libre, hay que mirar más allá de nosotros mismos: allá está el mundo y nos espera.
El amor no nos preserva de los riesgos y desgracias de la existencia. Ningún amor, sin excluir a los más apacibles y felices, escapa a los desastres y desventuras del tiempo. El amor, cualquier amor, está hecho de tiempo y ningún amante puede evitar la gran calamidad: la persona amada está sujeta a las afrentas de la edad, la enfermedad y la muerte. Como un remedio contra el tiempo y la seducción del amor, los budistas concibieron un ejercicio de meditación que consistía en imaginar al cuerpo de la mujer como un saco de inmundicias. Los monjes cristianos también practicaron estos ejercicios de denigración de la vida. El remedio fue vano y provocó la venganza del cuerpo y de la imaginación exasperada: las tentaciones a un tiempo terribles y lascivas de los anacoretas. Sus visiones, aunque sombras hechas de aire, fantasmas que la luz disipa, no son quimeras: son realidades que viven en el subsuelo psíquico y que la abstención alimenta y fortifica. Transformadas en monstruos por la imaginación, el deseo las desata. Cada una de las criaturas que pueblan el infierno de San Antonio es un emblema de una pasión reprimida. La negación de la vida se resuelve en violencia. La abstención no nos libra del tiempo: lo transforma en agresión psíquica, contra los otros y contra nosotros mismos.
No hay remedio contra el tiempo. O, al menos, no lo conocemos. Pero hay que confiarse a la corriente temporal, hay que vivir. El cuerpo envejece porque es tiempo como todo lo que existe sobre esta tierra. No se me oculta que hemos logrado prolongar la vida y la juventud. Para Balzac la edad crítica de la mujer comenzaba a los treinta años; ahora a los cincuenta. Muchos científicos piensan que en un futuro más o menos próximo será posible evitar los achaques de la vejez. Estas predicciones optimistas contrastan con lo que sabemos y vemos todos los días: la miseria aumenta en más de la mitad del planeta, hay hambrunas e incluso en la antigua Unión Soviética, en los últimos años del régimen comunista, aumentó la tasa de la mortalidad infantil. (Ésta es una de las causas que explican el desplome del imperio soviético). Pero aun si se cumpliesen las previsiones de los optimistas, seguiríamos siendo súbditos del tiempo. Somos tiempo y no podemos substraernos a su dominio. Podemos transfigurarlo, no negarlo ni destruirlo. Esto es lo que han hecho los grandes artistas, los poetas, los filósofos, los científicos y algunos hombres de acción. El amor también es una respuesta: por ser tiempo y estar hecho de tiempo, el amor es, simultáneamente, conciencia de la muerte y tentativa por hacer del instante una eternidad. Todos los amores son desdichados porque todos están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil de dos criaturas temporales y que saben que van a morir; en todos los amores, aun en los más trágicos, hay un instante de dicha que no es exagerado llamar sobrehumana: es una victoria contra el tiempo, un vislumbrar el otro lado, ese allá que es un aquí, en donde nada cambia y todo lo que es realmente es.
La juventud es el tiempo del amor. Sin embargo, hay jóvenes viejos incapaces de amor, no por impotencia sexual sino por sequedad de alma; también hay viejos jóvenes enamorados: unos son ridículos, otros patéticos y otros más sublimes. Pero ¿podemos amar a un cuerpo envejecido o desfigurado por la enfermedad? Es muy difícil, aunque no enteramente imposible. Recuérdese que el erotismo es singular y no desdeña ninguna anomalía. ¿No hay monstruos hermosos? Además, es claro que podemos seguir amando a una persona, a pesar de la erosión de la costumbre y la vida cotidiana o de los estragos de la vejez y la enfermedad. En esos casos, la atracción física cesa y el amor se transforma. En general se convierte no en piedad sino en com-pasión, en el sentido de compartir y participar en el sufrimiento de otro. Ya viejo, Unamuno decía: no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer pero me duelen las mías si a ella le duelen las suyas. La palabra pasión significa sufrimiento y, por extensión, designa también al sentimiento amoroso. El amor es sufrimiento, padecimiento, porque es carencia y deseo de posesión de aquello que deseamos y no tenemos; a su vez, es dicha porque es posesión, aunque instantánea y siempre precaria. El Diccionario de Autoridades registra otra palabra hoy en desuso pero empleada por Petrarca: comphatía. Deberíamos reintroducirla en la lengua pues expresa con fuerza este sentimiento de amor transfigurado por la vejez o la enfermedad del ser amado.
Según la tradición, el amor es un compuesto indefinible de alma y cuerpo; entre ellos, a la manera de un abanico, se despliegan una serie de sentimientos y emociones que van de la sexualidad más directa a la veneración, de la ternura al erotismo. Muchos de esos sentimientos son negativos: en el amor hay rivalidad, despecho, miedo, celos y finalmente odio. Ya lo dijo Catulo: el odio es indistinguible del amor. Esos afectos y esos resentimientos, simpatías y antipatías, se mezclan en todas las relaciones amorosas y componen un licor único, distinto en cada caso y que cambia de coloración, aroma y sabor según cambian el tiempo, las circunstancias y los humores. Es un filtro más poderoso que el de Tristán e Isolda. Da vida y muerte: todo depende de los amantes. Puede transformarse en pasión, aborrecimiento, ternura y obsesión. A cierta edad, puede convertirse en comphatía. ¿Cómo definir a este sentimiento? No es un afecto de la cabeza ni del sexo sino del corazón. En el fruto último del amor, cuando se ha vencido a la costumbre, al tedio y a esa tentación insidiosa que nos hace odiar todo aquello que hemos amado.
El amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo, estira los minutos y los alarga como siglos. El tiempo, que es medida isócrona, se vuelve discontinuo e inconmensurable. Pero después de cada uno de esos instantes sin medida, volvemos al tiempo y a su horario: no podemos escapar de la sucesión. El amor comienza con la mirada: miramos a la persona que queremos y ella nos mira. ¿Qué vemos? Todo y nada. No por mucho tiempo; al cabo de un momento, desviamos los ojos. De otro modo, ya lo dije, nos petrificaríamos. En uno de sus poemas más complejos, Donne se refiere a esta situación. Arrobados, los amantes se miran interminablemente:

wee, like sepulchrallstatues lay;
All day, the same our postures were,
And wee said nothing, all the day.

Si se prolongase esta inmóvil beatitud, pereceríamos. Debemos volver a nuestros cuerpos, la vida nos reclama:

Love mysteries in soules doe grow,
But yet the body is his booke.

Tenemos que mirar, juntos, al mundo que nos rodea. Tenemos que ir más allá, al encuentro de lo desconocido.
Si el amor es tiempo, no puede ser eterno. Está condenado a extinguirse o a transformarse en otro sentimiento. La historia de Filemón y Baucis, contada por Ovidio en el libro VIII de Las metamorfosis, es un ejemplo encantador. Júpiter y Mercurio recorren Frigia pero no encuentran hospitalidad en ninguna de las casas adonde piden albergue, hasta que llegan a la choza del viejo, pobre y piadoso Filemón y de su anciana esposa, Baucis. La pareja los acoge con generosidad, les ofrece un lecho rústico de algas y una cena frugal, rociada con un vino nuevo que beben en vasos de madera. Poco a poco los viejos descubren la naturaleza divina de sus huéspedes y se prosternan ante ellos. Los dioses revelan su identidad y ordenan a la pareja que suba con ellos a la colina. Entonces, con un signo, hacen que las aguas cubran la tierra de los frigios impíos y convierten en pantano sus casas y sus campos. Desde lo alto, Baucis y Filemón ven con miedo y lástima la destrucción de sus vecinos; después, maravillados, presencian como su choza se transforma en un templo de mármol y techo dorado. Entonces Júpiter les pide que digan su deseo. Filemón cruza unas cuantas palabras con Baucis y ruega a los dioses que los dejen ser, mientras duren sus vidas, guardianes y sacerdotes del santuario. Y añade: puesto que hemos vivido juntos desde nuestra juventud, queremos morir unidos y a la misma hora: «que yo no vea la pira de Baucis ni que ella me sepulte». Y así fue: muchos años guardaron el templo hasta que, gastados por el tiempo, Baucis vio a Filemón cubrirse de follajes y Filemón vio cómo el follaje cubría a Baucis. Juntos dijeron: «Adiós esposo» y la corteza ocultó sus bocas. Filemón y Baucis se convirtieron en dos árboles: una encina y un tilo. No vencieron al tiempo, se abandonaron a su curso y así lo transformaron y se transformaron.
Filemón y Baucis no pidieron la inmortalidad ni quisieron ir más allá de la condición humana: la aceptaron, se sometieron al tiempo. La prodigiosa metamorfosis con la que los dioses -el tiempo- los premiaron, fue un regreso: volvieron a la naturaleza para compartir con ella, y en ella, las sucesivas transformaciones de todo lo vivo. Así, su historia nos ofrece a nosotros, en este fin de siglo, otra lección. La creencia en la metamorfosis se fundó, en la Antigüedad, en la continua comunicación entre los tres mundos: el sobrenatural, el humano y el de la naturaleza. Ríos, árboles, colinas, bosques, mares, todo estaba animado, todo se comunicaba y todo se transformaba al comunicarse. El cristianismo desacralizó a la naturaleza y trazó una línea divisoria e infranqueable entre el mundo natural y el humano. Huyeron las ninfas, las náyades, los sátiros y los tritones o se convirtieron en ángeles o en demonios. La Edad Moderna acentuó el divorcio: en un extremo, la naturaleza y, en el otro, la cultura. Hoy, al finalizar la modernidad, redescubrimos que somos parte de la naturaleza. La tierra es un sistema de relaciones o, como decían los estoicos, una «cons-piración de elementos», todos movidos por la simpatía universal. Nosotros somos partes, piezas vivas en ese sistema. La idea del parentesco de los hombres con el universo aparece en el origen de la concepción del amor. Es una creencia que comienza con los primeros poetas, baña a la poesía romántica y llega hasta nosotros. La semejanza, el parentesco entre la montaña y la mujer o entre el árbol y el hombre, son ejes del sentimiento amoroso. El amor puede ser ahora, como lo fue en el pasado, una vía de reconciliación con la naturaleza. No podemos cambiarnos en fuentes o encinas, en pájaros o en toros, pero podemos reconocernos en ellos.
No menos triste que ver envejecer y morir a la persona que amamos, es descubrir que nos engaña o que ha dejado de querernos. Sometido al tiempo, al cambio y a la muerte, el amor es víctima también de la costumbre y del cansancio. La convivencia diaria, si los enamorados carecen de imaginación, puede acabar con el amor más intenso. Poco podemos contra los infortunios que reserva el tiempo a cada hombre y a cada mujer. La vida es un continuo riesgo, vivir es exponerse. La abstención del ermitaño se resuelve en delirio solitario, la fuga de los amantes en muerte cruel. Otras pasiones pueden seducirnos y arrebatarnos. Unas superiores, como el amor a Dios, al saber o a una causa; otras bajas, como el amor al dinero o al poder. En ninguno de esos casos desaparece el riesgo inherente a la vida: el místico puede descubrir que corría detrás de una quimera, el saber no defiende al sabio de la decepción que es todo saber, el poder no salva al político de la traición del amigo. La gloria es una cifra equivocada con frecuencia y el olvido es más fuerte que todas las reputaciones. Las desdichas del amor son las desdichas de la vida.
A pesar de todos los males y todas las desgracias, siempre buscamos querer y ser queridos. El amor es lo más cercano, en esta tierra, a la beatitud de los bienaventurados. Las imágenes de la edad de oro y del paraíso terrenal se confunden con las del amor correspondido: la pareja en el seno de una naturaleza reconciliada. A través de más de dos milenios, lo mismo en Occidente que en Oriente, la imaginación ha creado parejas ideales de amantes que son la cristalización de nuestros deseos, sueños, temores y obsesiones. Casi siempre esas parejas son jóvenes: Dafnis y Cloe, Calixto y Melibea, Bao-yu y Dai-yu. Una de las excepciones es, precisamente, la de Filemón y Baucis. Emblemas del amor, esas parejas conocen una dicha sobrehumana pero también un final trágico. La Antigüedad vio en el amor un desvarío e incluso el mismo Ovidio, gran cantor de los amoríos fáciles, dedicó un libro entero, las Heroidas, a las desventuras del amor: separación, ausencia, engaño. Se trata de veintiuna epístolas de mujeres célebres a los amantes y esposos que las han abandonado, todos ellos héroes legendarios. Sin embargo, para la Antigüedad el arquetipo fue juvenil y dichoso: Dafnis y Cloe, Eros y Psiquis. En cambio, la Edad Media se inclina decididamente por el modelo trágico. El poema de Tristán comienza así: «Señores, ¿les agradaría oír un hermoso cuento de amor y de muerte? Se trata de la historia de Tristán y de Isolda, la reina. Escuchad cómo, entre grandes alegrías y penas, se amaron y murieron el mismo día, él por ella y ella por él...» Desde el Renacimiento, nuestro arquetipo también es trágico: Calixto y Melibea, pero, sobre todo y ante todo, Romeo y Julieta. Esta última es la más triste de todas esas historias, pues los dos mueren inocentes y víctimas no del destino sino de la casualidad. Con Shakespeare el accidente destrona al Destino antiguo y a la Providencia cristiana.
Hay una pareja que abarca a todas las parejas, de los viejos Filemón y Baucis a los adolescentes Romeo y Julieta; su figura y su historia son las de la condición humana en todos los tiempos y lugares: Adán y Eva. Son la pareja primordial, la que contiene a todas. Aunque es un mito judeo-cristiano, tiene equivalentes o paralelos en los relatos de otras religiones. Adán y Eva son el comienzo y el fin de cada pareja. Viven en el paraíso, un lugar que no está más allá del tiempo sino en su principio. El paraíso es lo que está antes; la historia es la degradación del tiempo primordial, la caída del eterno ahora en la sucesión. Antes de la historia, en el paraíso, la naturaleza era inocente y cada criatura vivía en armonía con las otras, con ella misma y con el todo. El pecado de Adán y Eva los arroja al tiempo sucesivo: al cambio, al accidente, al trabajo y a la muerte. La naturaleza, corrompida, se divide y comienza la enemistad entre las criaturas, la carnicería universal: todos contra todos. Adán y Eva recorren este mundo duro y hostil, lo pueblan con sus actos y sus sueños, lo humedecen con su llanto y con el sudor de su cuerpo. Conocen la gloria del hacer y del procrear, el trabajo que gasta el cuerpo, los años que nublan la vista y el espíritu, el horror del hijo que muere y del hijo que mata, comen el pan de la pena y beben el agua de la dicha. El tiempo los habita y el tiempo los deshabita. Cada pareja de amantes revive su historia, cada pareja sufre la nostalgia del paraíso, cada pareja tiene conciencia de la muerte y vive un continuo cuerpo a cuerpo con el tiempo sin cuerpo... Reinventar el amor es reinventar a la pareja original, a los desterrados del Edén, creadores de este mundo y de la historia.
El amor no vence a la muerte: es una apuesta contra el tiempo y sus accidentes. Por el amor vislumbramos, en esta vida, a la otra vida. No a la vida eterna sino, como he tratado de decirlo en algunos poemas, a la vivacidad pura. En un pasaje célebre, al hablar de la experiencia religiosa, Freud se refiere al «sentimiento oceánico», ese sentirse envuelto y mecido por la totalidad de la existencia. Es la dimensión pánica de los antiguos, el furor sagrado, el entusiasmo: recuperación de la totalidad y descubrimiento del yo como totalidad dentro del Gran Todo. Al nacer, fuimos arrancados de la totalidad; en el amor todos nos hemos sentido regresar a la totalidad original. Por esto, las imágenes poéticas transforman a la persona amada en naturaleza -montaña, agua, nube, estrella, selva, mar, ola- y, a su vez, la naturaleza habla como si fuese mujer. Reconciliación con la totalidad que es el mundo. También con los tres tiempos. El amor no es la eternidad; tampoco es el tiempo de los calendarios y los relojes, el tiempo sucesivo. El tiempo del amor no es grande ni chico: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas en un instante. No nos libra de la muerte pero nos hace verla a la cara. Ese instante es el reverso y el complemento del «sentimiento oceánico». No es el regreso a las aguas de origen sino la conquista de un estado que nos reconcilia con el exilio del paraíso. Somos el teatro del abrazo de los opuestos y de su disolución, resueltos en una sola nota que no es de afirmación ni de negación sino de aceptación. ¿Qué ve la pareja, en el espacio de un parpadeo? La identidad de la aparición y la desaparición, la verdad del cuerpo y del no-cuerpo, la visión de la presencia que se disuelve en un esplendor: vivacidad pura, latido del tiempo.

México, 1 de mayo de 1993

Delmira Agustini

Delmira Agustini nació en Montevideo en 1886 y murió en la misma ciudad en 1914. Su lirismo la llevó, en un principio, hacia el romanticismo decadente, pero luego sus composiciones revistieron las formas del modernismo. En vida publicó El libro blanco (1907), Cantos de la mañana (1910) y Cálices vacíos (1913). Póstumamente aparecieron Los astros del abismo y El rosario de Eros (1924). Murió trágicamente asesinada por su esposo, que luego se suicidó. En 1939 se editaron sus Poesías completas.


Del libro El rosario de eros

CUENTAS DE MÁRMOL

Yo, la estatua de mármol con cabeza de fuego,
Apagando mis sienes en frío y blanco ruego...

Engarzad en un gesto de palmera o de astro
Vuestro cuerpo, esa hipnótica alhaja de alabastro
Tallada a besos puros y bruñida en la edad;
Sereno, tal habiendo la luna por coraza;
Blanco, más que si fuerais la espuma de la Raza,
Y desde el tabernáculo de vuestra castidad,
Nevad a mí los lises hondos de vuestra alma
Mi sombra besará vuestro manto de calma,
Que creciendo, creciendo me envolverá con Vos;
Luego será mi carne en la vuestra perdida...
Luego será mi alma en la vuestra diluida...
Luego será la gloria... y, ¡seremos un dios!
-Amor de blanco y frío,
Amor de estatuas, lirios, astros, dioses...
¡Tú me lo des, Dios mío!


CUENTAS FALSAS

Los cuervos negros sufren hambre de carne rosa;
En engañosa luna mi escultura reflejo,
Ellos rompen sus picos, martillando el espejo,
Y al alejarme irónica, intocada y gloriosa,
Los cuervos negros vuelan hartos de carne rosa.

Amor de burla y frío
Mármol que el tedio barnizó de fuego,
O lirio que el rubor vistió de rosa,
Siempre lo dé, Dios mío...

O rosario fecundo,
Collar vivo que encierra
La garganta del mundo.

Cadena de la tierra,
Constelación caída.

O rosario imantado de serpientes,
Glisa hasta el fin entre mis dedos sabios,
Que en tu sonrisa de cincuenta dientes
Con un gran beso se prendió mi vida:
Una rosa de labios.


SERPENTINA

En mis sueños de amor, ¡yo soy serpiente!
Gliso y ondulo como una corriente;
Dos píldoras de insomnio y de hipnotismo
Son mis ojos; la punta del encanto
Es mi lengua... ¡y atraigo como el llanto!
Soy un pomo de abismo.

Mi cuerpo es una cinta de delicia,
Glisa y ondula como una caricia...

Y en mis sueños de odio, ¡soy serpiente!
Mi lengua es una venenosa fuente;
Mi testa es la luzbélica diadema,
Haz de la muerte, en un fatal soslayo
Son mis pupilas; y mi cuerpo en gema
¡Es la vaina del rayo!

Si así sueño mi carne, así es mi mente:
Un cuerpo largo, largo de serpiente
Vibrando eterna, ¡voluptuosamente!


de LOS ASTROS DEL ABISMO

FIERA DE AMOR

Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones.
De palomos, de buitres, de corzos o leones,
No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor;
Había ya estragado mis garras y mi instinto,
Cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto,
Me deslumbró una estatua de antiguo emperador.

Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
Ascendió mi deseo como fulmínea hiedra
Hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;
Y clamé al imposible corazón... la escultura
Su gloria custodiaba serenísima y pura,
Con la frente en Mañana y la planta en Ayer.

Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
Ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
Y desde entonces muerdo soñando un corazón
De estatua, presa suma para mi garra bella;
No es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
Sin sangre, sin calor y sin palpitación...

¡Con la esencia de una sobrehumana pasión!

Juan Gelman

Juan Gelman nació en Buenos Aires en 1930. Su primera obra publicada, Violín y otras cuestiones, prologada entusiastamente por Raúl González Tuñon, recibió inmediatamente el elogio de la crítica. Su obra delata una ambiciosa búsqueda de un lenguaje trascendente que no descarta el compromiso social y político. Fue obligado a un exilio de doce años por la violencia política estatal, que además le arrancó un hijo y a su nuera, embarazada, quienes pasaron a formar parte de la dolorosa multitud de desaparecidos.
En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía. Su obra ha sido traducida a diez idiomas. Reside actualmente en México, aunque la ciudad de Buenos Aires lo honró recientemente con el título de ciudadano ilustre.
Entre sus obras: Violín y otras cuestiones (1956); El juego en que andamos (1959); Velorio del solo (1961); Gotán; Cólera Buey (1965); Los poemas de Sidney West (1969); Fábulas (1971); Relaciones (1973); Hechos (1974); Comentarios (1978); Notas (1979); Citas (1979); Carta Abierta (1980); Si dulcemente (1980); Bajo la lluvia ajena (1980); Hacia el Sur (1982); Com/posiciones (1983); Eso (1983); Dibaxu (1983); Salarios del impío (1984); Anunciaciones (1988); Interrupciones I (1988); Interrupciones II (1988); Carta a mi madre (1989).


MARCAS

La del vestido blanco era una tarde unas tetas el mundo
torpemente atacado por cuartos altos grises
jugando a hombre y a mujer ya tan temprano
los niños preparaban los actos de la noche esas tetas
de inclinada a su mujer con alarmas entregas con rumores
de la pasión bajo su miedo y un falo que indicaba las leyes del varón
tetas dulcísimas o dadas
donde sonaba un piano un espectáculo redondo en su mudez
piano de leche abierta a los terrores de códigos violados
dos niños como un ciego
procuraban sus límites inciertos sus piedras sus fronteras
creaban la tristeza la magnífica que viene del amor
la gran clausura la delicia
carne como una inmensidad
y un silencio de sangre su oleaje contra el tímpano
la ajenidad del mundo
las tías que invitaban a comer

Susana Villalba

Susana Ada Villalba es integrante del Consejo de redacción de la revista Último Reino, dictó talleres literarios en la Universidad de Letras de la U.B.A. y talleres de cine y literatura. Cursó la carrera de dramaturgia y distintos seminarios de cine. Dirigió la Casa Nacional de la Poesía y los Festivales Internacionales de Poesía del Gobierno de la Ciudad y de la Secretaría de Cultura de la Nación.
Libros publicados: Oficiante de Sombras, 1982; Clínica de muñecas, 1986; Susy, secretos del corazón, 1989; Matar un animal, 1995 en Venezuela, 1997 en Argentina; Caminatas, 2000; Plegarias, New York, 2002.


SÉ QUE MI PETICIÓN ES PRECIPITADA

yo
yo y mi
yo y mi cuerpo fuimos a esa fiesta
yo bailé
hermoso rico y poderoso rozaba mi cuerpo
mi betty boop mi reina descalza
mi nombre es yoni.meri yo también
fuego furia ¿fumás? fuimos a su casa
estás mojada no sé no hemos sido presentados
sumergidos suma de noche estera estambres estaba aterrorizada
profeta centinela sentí un automóvil rojo rubio el tabaco
su espalda fuerte trepaba mi caída infimos funestos café
piedras para dormir me acompañaba a casa y olvidé decírselo
las palabras son monedas clavadas a la tierra
historias de susy siempre lo he sabido
cómo explicarte hubiese cupido calendario
perdida en los andenes al día siguiente mi sombra caía del piso 29
olvidé decirle que siempre nadie y yo nunca los amores cobardes
lloraba no llegan porque los hombres etcétera
él era despiadado todo un hombre quemado de belleza
mi cuerpo gemía como un gato y lo envidié pero yo nunca
me meto en sus asuntos
dijo tu piel mi nena dame no sé qué cosa qué llave del infierno
yo hubiera declarado desplegado y estrenado un novio
hubiese dicho a mis amigas entrado en algún bar hubiese
hubiese vino que me matara
habráse visto tan chiquita y calentando bancos en la plaza
ay corazón si te fueras de madre
siempre la pena entra la pena y la nada
mi cuerpo roto pegado a lo sumido curioso rito de cucharas en
la mesa
sobre la mesa en la ducha él era el agua y me frotaba
belladona
dame en el centro de lo que siempre habla el espejo la sombra
del deseo era lacan en mi escritorio
ah para su estudio de análisis oh para sus análisis
acababa de ver
mi cuerpo demasiado tarde dónde estuviste le decía
ay corazón si supieras ser látigo y dormir

Juan L. Ortiz

Juan Laurentino Ortiz nació en Puerto Ruiz (Entre Ríos) el 11 de junio de 1896. Al poco tiempo la familia se trasladó a las selvas de Montiel; el paisaje de su provincia marcará a fuego al niño que años más tarde convertirá esos elementos en protagonistas de su poesía. Estudia en la Escuela Normal Mixta de Maestros de Gualeguay. Temprano lo atrapa el ideario socialista; hace vigorosos discursos y comienza a escribir en la prensa gráfica. Tiene un breve paso por Buenos Aires, realiza estudios de Filosofía y Letras, se relaciona con el ambiente bohemio y literario de la capital, hace amigos entrañables entre escritores y poetas y regresa a su provincia en la búsqueda de su aire, de sus elementos, de su paisaje. Nunca militó en grupos literarios ni en partidos políticos. Construye así una de las obras cumbres de la literatura en lengua castellana.
Celebró la revolución rusa del año '17 y la liberación de París; denunció el asesinato de García Lorca y los horrores del nazismo; padeció la cárcel durante el golpe del '55 y en 1957 fue invitado a visitar China y la ex Unión Soviética encabezando una delegación de intelectuales argentinos. Sus libros también fueron alcanzados por la barbarie de la última dictadura teniendo como destino trágico la hoguera. Juan L Ortiz murió el 2 de setiembre de 1978.
Entre su obra podemos citas: El agua y la noche (1924-1932); El alba sube...(1933-1936); El ángel inclinado (1938); La rama hacia el este (1940); El álamo y el viento (1947); El aire conmovido (1949); La mano infinita (1951); La brisa profunda (1954); El alma y las colinas (1956); De las raíces y del cielo (1958); En el aura del sauce, entre otras.



ELLA

Ella anuda hilos entre los hombres
y lleva de aquí para allá la mariposa profunda
ala del paisaje y del alma de un país, con su polen...

Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su perfume...
a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.
Testimonio involuntario, ella,
de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,
en que la circunstancia da su hálito...

Pero se dirige siempre a un testigo invisible,
jugando naturalmente con la tierra y el ángel,
el infinito a su lado y el presente en el confín...

Más es el don absoluto, y la ternura,
ella que es también el término supremo y la última esencia
con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones
y los latidos
para el encuentro en los abismos... Mas tiene cargo de almas,
y es la comunicación,
el traspasado ser, "como se da una flor", en el nivel de los niños,
más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma...

Y no busca nunca, no, ella...
espera, espera, toda desnuda, con la lámpara en la mano,
en el centro mismo de la noche

Jorge Boccanera

Jorge Boccanera nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, en 1952. Poeta, dramaturgo y ensayista, ejerce el periodismo. Publicó los libros de poesía: Los espantapájaros suicidas (1974), Noticias de una mujer cualquiera (1976), Contraseña (1976), Poemas del tamaño de una naranja (1979), Música de fagot y piernas de Victoria (1979), Los ojos del pájaro quemado (1980), Polvo para morder (1986), Sordomuda (1991). Preparó un panorama de poesía hispanoamericana en varios volúmenes, publicado entre 1978 y 1982: La novísima poesía latinoamericana, Poesía rebelde en Latinoamérica, La nueva poesía amorosa de América Latina, Poesía contemporánea de América latina, Palabra de mujer y El poeta y la muerte. Y las compilaciones de poesía argentina: Voces y fragmentos (1981) y Poesía joven de Argentina (1982). Publicó además los libros de historias de vida: Ángeles Trotamundos I (1993); Ángeles Trotamundos II (1996); Malas Compañías (1997), y las antologías: García Lorca / Poesía (1994) y Raúl González Tuñón, Juancito Caminador (1998).
Es autor, también, de los ensayos Confiar en el misterio / Viaje por la poesía de Juan Gelman (1994), Sólo venimos a soñar, La poesía de Luis Cardoza y Aragón (1999) y Tierra que anda y Los escritores en el exilio (1999). Como dramaturgo, estrenó Arrabal amargo en el teatro Margarita Xirgu, dentro del ciclo de Teatro Abierto (1982); y la obra Perro sobre Perro en 1986, en el Centro Cultural General San Martín. Obtuvo el Premio Casa de las Américas, Cuba, en 1976, y el Premio Nacional de Poesía Joven de México en 1977. Su obra ha sido traducida a diferentes idiomas.
Conocedor de las vanguardias y desafecto a las rígidas consignas, hizo suyo el desafío de la más amplia libertad formal junto a la defensa de la libertad política durante los llamados años de plomo. El tema de la extranjería es recurrente en su obra. Su credo poético se expresa en plenitud en los textos en donde la poesía se interroga a sí misma y desafía al poeta que la busca, la persigue, la traduce en un gesto que aspira a la certidumbre.


EL ALTILLO

casi a nueve peldaños de la muerte
bajo una luz difusa
te desvestís
esta no es la cubierta del Kabanos
esto no se parece al paraíso
es tan sólo un altillo

aquí tus pechos vuelan
tu cintura golpea entre mis brazos
y la humedad es una amiga
mirando con ojos agrietados
un desorden de piernas

esto no es
la suite especial del plaza hotel
ni hay una alfombra roja donde rodar a gusto
es tan sólo un altillo

aquí tu pelo emerge de la noche
y es bandera de mimbre
aquí una vieja cama pide a gritos
¡socorro!
aquí no hay vencedores ni vencidos

afuera
no muy lejos
la estrella herida de la tarde
rueda como un gato sin fuerzas
sobre el techo del mundo
aquí
casi a nueve peldaños de la muerte
tus ojos encuentran a los míos
y no tenemos tiempo siquiera de despertar.

Susana Cerdá

5

El deseo, fuego fatuo, algarabía incontenible, castigo en sí
mismo, algo que tira y llama, que junta todo lo que hay.
Ardor furioso, más furioso que el mar, que la muerte, que todo
lo vivido, atravesando los espacios, sangrando, el cuchillo
que se clava en la carne para siempre sin tregua dalequedale
ahí.
¿La p de papá? Se clava como un dedo índice en la mitad de
la noche.
Adelante: el presentimiento peludo de la redondez.
Atrás: el surco que divide oscuramente la redondez.
Surco logrado a lo largo, a lo ancho, papá, mamá.
Ellos me ayudaron condescendieron a levantaron para.
Surco glúteo-abismal su hendidura su extensión las características
intrínsecas de su desarrollo.
La manera que tiene ese surco de surcarme.
La forma intrépida que tiene él de mirarme desde el surco hacia
abajo, de adivinarme hacia adentro, de profundisurcarme
como.
Mamá descubre, ella siempre descubre y llama a papá papá
sonríe, se queda a solas conmigo y en el momento propicio
saca su dedo índice, del bolsillo. Me señala hasta más-no
poder, gritar es poco, entonces no digo nada, ella viene, la
operación se realiza lenta, saben que sufriré, pero ellos
sufren-segura-mente-más-que-yo, juntos transpirando, solo
movimientos necesarios, los tres sumidos en un silencio
hospitalario...


9

No sé de dónde saco, yo, rescato, que: en tu manera de cruzarte
conmigo por la casa, una mujer que se cruza conmigo por
la casa, qué pasa en mi manera de cruzarme con vos por la
casa, un hombre que se cruza con vos (conmigo) por la, oh,
algo en el desasosiego desayuno de todos los días, un bulto
bajo las frazadas en penumbra, arrugas que se alisan,
arrugas alisándose mañana tras mañana, alisándonos,
qué es lo que hace, permite, digo, qué, enciende, prospera
crece despacio, dónde, cuál de tus gestos vestidos pedazos
de otros gestos ensueños, de tanto en tanto logran inflamarla
suavemente, sin quererlo. Se hincha. Parada.
Guardando el secreto. Mi secreto.
Eso, esto que me empuja en alguna parte y junta algo viscoso.
Instantes, permitir que, gozando la cualidad, acto de empujar.
Mujer mía. Mi mujer.
Ciertas posibles gotas. Leche.
Mancha que se interna por tus pelos, se extiende por las sábanas,
por la noche, resbala esta mancha por los días siguientes,
dibujando.
Líquido perlado oliendo.
Todo es resbaladizo, aguado, y fluye.


11

Él me ama. Me ama tanto que yo huelo la muerte en sus caricias,
en su mirada veo el crimen, en cada gesto suyo: la absorción,
el tironeo.
En el Espectáculo de Suamor la tierra gira a una velocidad que
deforma mi cuerpo...
Succionada por su sed, yo: una gota de carne horizontal, que él
se dispone a chupar, sin pudor alguno.
Espera con espasmos, con ira, con sollozos, el momento justo,
enfocado, fatal, de abalanzarse sobre eso y penetrarlo.
Enarbolar ese coágulo de vida, levantarlo como una ofren-
da a su espejo.
Haga lo que haga, él ha decidido amarme, izarme en su soledad
como una bandera santa, sangrienta. Ya me ha condecorado,
condenado con Suamor.
Cómo busca en su cuerpo si cada roce sería una profecía; sus
extremidades como tentáculos traspasarían mis fronteras.
Caer en sus brazos: desbarrancarme por su avidez. Más que
tomarme, atravesarme, hincarme en lo puntiagudo de su
historia, clavarme en su cruz particular, hacerme la virgen
madre de su santuario musculoso.
Devorar algo en mí que todayó le represento, o sea, tenerme,
hacerme suya, hacerme de él.
Él, ser eso que soy.

Mónica Melo

Mónica Melo nació en 1969, es argentina, licenciada y profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Publicó Versión de la Noche, Ediciones Extranjera a la Intemperie (2005). Toca la guitarra y canta, pero sobre todo ama enseñar y escribir. Desde 2006 imparte clases de español en la Universidad Tongling, China.

Dos amigas

Nadie enciende una lámpara para ocultarla debajo de la mesa. Jesús

Amanecí desnuda, diríase que con la luz sobre los ojos y más tibia. Por primera vez mi cuerpo era del alma. El corazón disperso entre las manos. Tan brillante mi deleite, en las muñecas y en la boca la sonrisa en gritos como un santo que vivió revelaciones, ese canto de agua que disfruta un pájaro en silencio, la tensión plácidamente rota, sorprendida, alucinada.

El alcohol me había ayudado a desvestirla, la besé de nuevo y la encontré más bella.

No tengo que olvidarme de esto, dije varias veces, y una vez en voz muy alta, en idiomas sin saliva o paladar hasta ese instante, no debo olvidarme de esto. Estaba en hambre, atareada en sensaciones, si era un sueño tenía que encontrar aquella rosa de Novalis; y si no, ya estaba en el paraíso y ese sabor de piel y mar eran las pruebas, tal como el rouge de su cintura, en las almohadas y en sus párpados que, inciertos, se dormían.

Prométeme que no se lo dirás a nadie, dijo. Prométeme que. Tan solo y cuando y nunca entonces. Ciérrame ahora el nombre en el vestido, debo volver a presentarme sola. Amigas siempre, al cruzar la puerta.

La mano cayó, resbalando por mi pelo. Un beso en los nudillos y no volvió siquiera al cruce de su yema sobre el hombro.

Me herí de golpe tras el tiempo que jamás me ha sido breve.

Ser del silencio no aceptaré como destino, menos que letra, elemental vocabulario.

La mirada de los otros no hace más suave los permisos ni más áspero el dolor de así saberme. (No tengo que olvidar que es una flecha, no la sangre). Mi lámpara ha girado sobre el cuerpo.

El amor se vive en luz, la madera de mi mesa, a veces, cruje. Y no soporta más verdad que el de partirse.

Dalmiro Sáenz

Dalmiro Antonio Sáenz nació en Buenos Aires en 1926. Tempranamente comenzó su actividad literaria y publicó a los 30 años, luego de viajar en buque por la Patagonia varias temporadas (lugar donde se instalaría por casi 15 años y escenario de sus primeros libros de cuentos) Setenta veces siete, que ganó el prestigioso Premio de la Editorial Emecé y se convirtió en un best-seller, con una visión transgresora y cuestionamientos morales sobre la religión, se convirtió en el sello de Sáenz por varios años. Tiempo después participó de la adaptación del guión para el cine de dos de sus historias de Setenta veces siete que se unieron para armar la trama de la película homónima que dirigió Leopoldo Torre Nilson.
Luego de este comienzo Sáenz ganó el Premio del Magazine LIFE en español, en 1963, con su libro de cuentos No. El mismo año ganó el Premio Argentores (Sociedad Argentina de Autores) con “Treinta, treinta”, un cuento planteado a la manera de los western norteamericanos, pero situado en la Patagonia. Al año siguiente publicó en la Editorial Emecé El pecado necesario, novela que luego adaptó para hacer el guión de su versión fílmica, retitulada como Nadie oyó gritar a Cecilio Fuentes, dirigida por Fernando Siro y ganadora de la Concha de Plata en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, España (1965).
También escribió teatro: premiado con el Premio Casa de las Américas, en Cuba, en 1966 con Hip Hip Ufa. Y también adaptado por el autor para el cine con el título de Ufa con el sexo y la dirección de Rodolfo Kuhn. Sáenz entre libro y libro y según sus declaraciones, se tomaba vacaciones literarias, escribiendo pequeños libros de humor, que tuvieron mucho éxito. Entre ellos, cabe destacar Yo también fui un espermatozoide.
Otras de sus obras son: Carta abierta a mi futura ex-mujer, su obra teatral ¿Quién yo?, El Argentinazo, Sobre sus párpados abiertos caminaba una mosca, Las boludas, Cristo de pie (en colaboración con Alberto Cormillot), La Patria equivocada, Malón blanco, Mis olvidos / O lo que no dijo el General Paz en sus memorias.



NO DESEARÁS LA MUJER DE TU PRÓJIMO

Pero había una tarde ahí afuera del cuarto, con un aire gris acribillado de lluvia que de tanto en tanto parecía infiltrarse a través de sí mismo por los agujeros que las gotas de agua le producían, provocando una brisa liviana e imperceptible como el aleteo de un pájaro sobre la tierra caliente de un verano; y había también una tarde dentro de ese departamento, un poco adelantada a la otra tarde por las cortinas en las ventanas, y no limitada por esos grises sumados sobre los grises de ese cielo, sino encerrada entre los planos del techo del piso y de las paredes blancas de los cuartos.
En la segunda tarde no estaba Catalina, pero había estado hacía unas horas y había levantado la cabeza de la almohada y había dicho:
-A vos te gusta Ana -desde adentro de un abrazo, interrumpiendo un beso arisco y una sonrisa y envolviendo su cuerpo desnudo con la sábana.
-Sí -había dicho Juan.
-¿Te siguen gustando las mujeres igual que antes?
-No. Es distinto, me gustan más pero a través tuyo.
Entonces ella lo miró desde su risa ancha y tirante que le achicaba los ojos como a un gato acurrucado de caricias, mientras los dientes surgían blancos y grandes entre la increíble ternura de los labios, después desenvolvió su cuerpo de la sábana y metió la cabeza debajo de la almohada.
-No voy a salir nunca de acá -dijo.
-No te oigo -mintió él.
-Que no voy a salir nunca más.
Él se llamaba Juan y había metido su cabeza también bajo la almohada, donde empezó a besarle los costados de la cara y después la boca, se besaron como chicos, demorando mucho los besos y mirando la insistencia de las bocas respectivas, hasta que la almohada cayó al suelo porque ellos habían girado sobre sí mismos abrazados, desnudos como animales, apretando esa forma inquietante y repetida como si ambas desnudeces fuesen una sola desnudez, o el intento de una sola desnudez de los cuerpos y también de los espíritus.
La piel de ella y la de él se detuvieron y quedaron quietas una contra la otra, los límites de los cuerpos, los bordes de la gracia, las fronteras de aquellos movimientos que de nuevo comenzaban sin apuro recorriendo su propia avidez, incursionando con la lengua dentro de las bocas, o accionando las manos en la oscura atracción de entre las piernas.
-Tomá -le había dicho Catalina, y había tomado uno de sus pechos y los había acercado a aquella boca, como saciando su hambre, mientras miraba cómo esos labios apretaban y soltaban la erguida rebeldía de su pecho que parecía modelada por su boca, mientras ella con los ojos entornados lo abrazaba y dispersaba sus dedos en el pelo corto de la nuca.
-Te gusta Ana. Vi cómo la mirabas... ¿La mirabas? ¿La miraste en los ojos? ¿No?... ¿Si la tuvieras acá qué le harías?
-¿Qué harías vos?
-Miraría.
-¿Querés que la traiga un día?
-Sí.
-Ahora me decís que sí, pero apenas terminás me vas a decir que no.
-Esta vez no, te prometo que no.
Después se quedaron callados y él retiró su mano de entre los muslos de ella y la dejó a su lado al extremo del brazo sobre la cama.
-No te creo -le dijo.
-Sí, en serio... ¿Por qué seré así? Soy una degenerada -dijo riéndose.
-A mí también me gustaría verte con un hombre.
-¿Con quién?
-Cualquiera, alguien que te guste, Miguel por ejemplo.
-No me gusta Miguel, le coqueteo porque sé que a vos te excita.
Pero esto había sido a la mañana en ese cuarto ahora vacío en donde los sonidos ya no estaban y de los movimientos no quedaban ni las arrugas que los cuerpos habían dibujado sobre las sábanas, ahora tirantes con sus pliegues borrados por la blanca energía de las esquinas del colchón, como si el amor hubiese sido hecho en las arenas de una playa, y la marea y el viento hubiesen dispersado sus huellas para siempre. Había un reloj con un tic tac imperceptible o tal vez parado, y hasta la toalla del baño había abandonado parte de la humedad que esa mañana absorbiera de la cara y de las manos.
Cuando el teléfono sonó, nada cambió dentro del cuarto, no hubo pasos apresurados, ni manos extendidas hacia la insistencia del sonido, nadie levantó el tubo ni dijo:
-Hola -ni nadie contestó desde el otro lado de la línea.
-Hola ¿sos vos? -porque era Juan el que llamaba a Catalina, que todavía no había vuelto de su pensativo caminar a través de la tarde en donde la lluvia continuaba sobre el empedrado, y sobre las baldosas, y sobre los techos de los coches, y sobre el diario que protege la cabeza de ese hombre que camina apresurado junto al cordón de la vereda para después cruzar mirando con cautela a ambos lados de la calle, y sobre las cornisas, y sobre un buzón, y sobre la superficie brillante de una lata, y sobre el agua que corre a la alcantarilla y sobre la explosión de las gotas en el paraguas de Catalina, la que mira hacia abajo, hacia el fondo de su microclima, hacia sus mocasines mojados y piensa sensatamente:
-Me tendría que haber puesto los viejos.
-Sí -le va a decir Juan más tarde, a ella que se ha sentado y deja que él le saque primero uno y después el otro y siente sus manos a través de la toalla alrededor de cada uno de sus pies.
-Dejá, yo me seco, me da vergüenza que me veas los pies.
-No.
-No hiciste cosas, ¿no?
-¿Qué cosas?
-Ya sabés qué cosas. ¿No la viste a Ana?
Los dos se rieron y él le contestó:
-No, ya sabés que no.
Entonces ella inclinó la cabeza hacia un costado y él pensó que nunca había visto ni vería una cara así, y por eso extendió su mano para acariciar la piel tan suave de los pómulos.
-Soy una tarada, pero me muero de miedo. Cuando estoy excitada te pido que lo hagas, pero después me da miedo.
-Ya sé, boba, ya sé.
Él la miró con seriedad, y sintió esa emoción que sentía a veces ante esa desvalida actitud de su rebeldía. La había visto luchar contra ella misma más de una vez y la había visto rebelarse también contra su propia lucha, por eso le dijo:
-Te pasa algo a vos.
-No.
-Sí, te pasa algo.
-Estuve pensando.
-¿Qué?
-En eso que hablamos de Ana.
-Hace tiempo que hablamos de esas cosas, pero no antes ni después, sino durante.
-Antes me daba vergüenza pensar esas cosas, pero ahora no. Hoy pensé todo el tiempo, y no entiendo por qué, por qué hablamos de estas cosas, por qué las pensamos.
-Porque nos excita.
-¿Pero por qué nos excita?
Ella sonreía y él miró por un rato las rodillas infantiles que asomaban tras el borde de la pollera, no las besó ni estiró su mano para tocarlas, pero las retuvo en su subconsciente por un tiempo, mientras su mirada volvía a la toalla que envolvía los pies, y sentía las manos de ella sobre su cara.
Se adoraban, se adoraban realmente, casi desde el día en que se conocieron en ese living en donde ella había contestado:
-Sí, soy yo -porque él le había preguntado:
-¿Vos sos vos? -mirándola en los ojos grandes, en donde los dorados viejos y los nuevos se superponían como los tonos de una llanura seca amaneciendo debajo del rocío. Después él le había dicho:
-Te va a costar mantenerte en tu pedestal. Me han contado un montón de cosas tuyas. ¿Sos un montón de cosas, no?
Desde ese día no dejaron de verse, se encontraron en esquinas, en taxímetros, en los bancos de las plazas, en ese departamento en donde un día se dieron cuenta de que ya era tarde para retroceder, que nunca más podrían separarse, que eran sus vidas depositarias de aquello que justificaba la vida. Una vez dijeron:
-Las parejas fracasan porque evolucionan distinto, porque cada uno crece y se transforma por su cuenta hasta que llega un momento en que son dos extraños hartos de verse uno al otro.
Y otra vez también dijeron:
-Los dos no podemos fracasar porque vamos a vivir una verdad total, y vamos a saber con exactitud dónde el otro está situado, y hacia dónde evoluciona, y nos vamos a acoplar a esa evolución.
Ya los pies estaban secos, pero él los mantenía envueltos en la toalla y ella desde la altura del sillón le sonreía, después se inclinó sobre la cabeza de él y sus manos agarraron cada una de sus orejas estirándolas hacia los costados.
-Si fueras así te querría menos.
-Te sería más cómodo.
-¿Qué cosa?
-Sí.
-¿Sí?
Entonces sonó el teléfono y él dejó los pies de ella sobre el suelo y se levantó a atender.
-Hola... sí soy yo... ah, hola cómo te va... Estuvimos hablando de vos hoy... con Catalina... muchas cosas... ¿Dónde estás?... bueno vení.
Cuando cortó, los dos callados se miraron:
-¿Era Ana?
-Sí.
-¿Qué dijo?
-Que estaba a dos cuadras, si podía venir.
-¿Sabía que yo estaba?
-No, creo que no.
Ahora el tiempo latía dentro del cuarto y los pasos de Ana en algún lugar de la calle se reproducían en los pensamientos de Catalina, eran pasos no muy rápidos, sobre una vereda imaginada y en donde los tacos altos y las baldosas producían un sonido que avanzaba junto con las piernas largas y el vestido también imaginado con las franjas en colores subiendo en espiral alrededor del cuerpo.
-Ya debe estar abajo.
Él sonrió y le dijo:
-No hagamos nada, vas a sufrir, te va a dar miedo, vas a tener celos.
-No, no. Me muero si no lo hacemos... Decile que no estoy y yo me quedo escuchando en el otro cuarto.
-¿En serio querés?
-Sí, por favor.
-Mirá que tal vez no pase nada, tal vez no quiera.
-Sí. Va a pasar, le encantás, sabés muy bien que le encantás. Decile que yo no vengo en toda la tarde y hacéle mil cosas... no puedo más...
Se encerró en el otro cuarto con la espalda apoyada contra la puerta. Su vista recorrió los objetos ordenados por sus propias manos en las otras horas de los otros días, los días apacibles en donde las horas se deslizaban sin apuro, generalmente esperando que Juan volviera de algún lado, las horas sin latidos, sin sonidos escrutados del silencio, sin temblor en las piernas, sin su mente en acecho de ese timbre que ahora sonaba despertando la piel sobre su cuerpo.
-¿Por qué lo hago? -pensó-. ¿Qué es lo que me excita? Tengo celos y tengo miedo, pero me muero si no lo hago.
Y después fue la voz:
-Hola.
-Hola.
La debe haber besado en la cara -pensó-; a veces la besa, y a veces le da la mano, pero esta vez la debe haber besado lo más cerca posible de la boca.
-¿Y Catalina? -la oyó decir.
-No está, no viene hasta la noche.
-Le traje el libro.
-¿Tenías que verla para algo especial?
-No, quería devolverle el libro, nomás, como estaba cerca aproveché. ¿Y vos qué hacés acá todo solo?
-No estoy todo solo. Estás vos.
-Yo no cuento, yo soy la mujer de tu prójimo.
-Yo soy mi prójimo.
Catalina oyó la risa y se imaginó los dientes entre los labios. Pensó:
-La debe estar mirando en los ojos, la debe estar mirando en la misma forma que me mira siempre a mí o tal vez no, tal vez ella se ha dado vuelta y se ha puesto a mirar por la ventana para que él le mire la cintura y la cola y las piernas, porque sabe que tiene unas piernas lindísimas, y Juan las debe estar mirando y pensará que son más lindas que las mías. Debe estar quemada, seguro que está quemada, como no tiene nada que hacer se pasará el día al sol.
-Ya no llueve más -oyó que decía-. ¿Dónde dijiste que fue Catalina?
-Salió. No vuelve hasta la noche.
-Es un amor Catalina.
-Sí.
Después hubo silencio y Catalina pensó:
-¿Por qué no hablan, por qué no dicen nada, qué es lo que están haciendo? ¿Qué hubiera hecho yo en su lugar? -y recordó vagamente un episodio intrascendente de su adolescencia, cuando ella espigada sobre sus catorce años había mirado y mirado a un amigo de su padre sin decir palabra, hasta conseguir que la distancia a esa cara se acortara, y el olor a tabaco y a Bay Rhum quedara en su memoria en forma más fuerte que el beso que él había dejado sobre su boca inexperta.
-No puedo aguantar que estén callados -pensó, y el silencio adquirió la forma de un cubo del tamaño del cuarto, duro como un témpano que encerraba para siempre las posiciones de dos cuerpos que tal vez estuviesen abrazados.
-No, no puede ser -se repitió-, todavía no puede ser. -Pero los cuerpos congelados en el bloque del silencio estaban ahí en alguna posición, parados uno frente al otro, o sentados en el borde del sofá, como tantas veces ella había estado sabiendo que las manos se encontraban tan cerca de las manos.
-Tal vez estén frente a la ventana -se dijo Catalina-, mirando hacia afuera, muy juntos uno del otro, él puede estar señalándole algo y tener un codo casi tocándole el pecho.
La mano de Catalina está entre sus piernas bajo la pollera, apretando con fuerza su propio apretar contra sí misma, pero se detiene bruscamente, porque ha sentido el ruido de los vasos.
-¿Con agua o solo?
-Con agua.
-Entonces no están junto a la ventana -piensa-, están en el otro lado del cuarto, y después se van a sentar, él sobre el sofá y ella en el sillón de cuero negro, y va a tener la pollera cortísima, o la va a subir un poco con el codo, porque le encantan sus rodillas y tiene muslos dorados y firmes. -Y Catalina mira sus propios muslos que surgen de la pollera levantada y pasa el dorso de su mano por la piel muy suave de entre las piernas.
-No puedo más -pensó-, no puedo más; si no hacen algo ahora me muero... y ese silencio, seguro que van a poner música y ella va a empezar a seguir el ritmo con la mano o con las piernas, siempre está haciendo cosas con las piernas, tal vez bailen, tal vez Juan ponga la boca junto a su oreja, tal vez se la bese, tal vez ella va a girar la cabeza y se van a besar en la boca... Dios mío, tengo miedo de terminar.
La frente de Catalina sigue apoyada contra la puerta; su mirada abarca un gran sector de la madera opaca, y ella piensa:
-Tengo celos de lo que me imagino que está haciendo, porque cada uno de esos movimientos los he hecho yo antes que ella, y tengo miedo de la parte mía que está en ella, como cuando nos miramos en el espejo y lo vea a Juan desnudo con una mujer desnuda apretada contra él, y no me importa que esa mujer sea yo misma, porque soy y no soy al mismo tiempo, como Ana, que en este momento no es Ana, porque él está pensando en mí mientras la besa, porque él sabe que yo estoy acá respirando agitada como un animal en celo junto a la puerta.
Las piernas de Catalina se apretaron inmovilizando su mano mojada entre los muslos, las ondas surgieron del fondo de algún lado y crecieron en olas sucesivas hacia las paredes inexistentes, que encerraban aquella nada desbordada de sí misma. -No quiero terminar -llegó a decir, mientras los párpados se cerraban sobre los ojos y la boca se abría a la espera del sollozo que la última ola depositó en la costa de su angustia.
El llanto explotó en su cara, superó las cejas y plegó la frente hasta los mismos límites del pelo, se demoró en los pómulos y se hundió en las palmas abiertas de sus manos.
Más tarde oiría la voz de Juan bajo las caricias.
-Ya se fue, tomó un whisky y se fue enseguida, no hicimos nada.
Afuera la tarde seguía subiendo, ya había abandonado la calle y los balcones y las últimas ventanas de los edificios altos y las azoteas con ropa colgada despidiéndose en el viento; adentro Catalina está hincada en el suelo besando sus propios besos en las manos de Juan entre sus manos. Su pulsera avanza por el antebrazo y queda ahí, como una aureola muerta colgada de su muñeca, en el cielo recortado de la ventana los grises abandonan a los grises hasta dejar un último gris en la carne viva del poniente.
 

Liliana Díaz Mindurry

Liliana Díaz Mindurry nació en Buenos Aires en 1953. Es autora de los libros de poemas: Sinfonía en llamas, Paraíso en tinieblas (1er Premio Instituto Griego de cultura y Embajada de Grecia) y Wonderland. De relatos: Buenos Aires ciudad de la magia y de la muerte; La estancia del sur (1º Premio Municipal de Buenos Aires, inéditos 1990-91); En el fin de las palabras; Retratos de infelices; Ultimo tango en Malos Ayres (Premio Centro Cultural de México, Concurso Juan Rulfo, París 1993 y Premio El Espectador de Bogotá, Concurso Juan Rulfo, París, 1994), y de las novelas La resurrección de Zagreus; A cierta hora; Lo extraño (1er Premio Fondo Nacional de las Artes); Lo indecible; Pequeña música nocturna (Premio Planeta 1998) y Summertime.


Fragmentos de Pequeña música nocturna

ESCRITO UN DÍA A LA MAÑANA

Cuando entré al cuarto de mi tío, estaba pintando. Suele pintar de noche algunas veces si no está muy cansado.
O si está nervioso.
Eso dice. Que cuando está nervioso, pinta. Entonces no quiere contarte ninguna historia, nada de nada, sólo pintar y pintar. Ni siquiera te ve.
Le dije: ¿Estás enojado conmigo?
Me dijo: No, no estoy enojado.
Nos quedamos sin hablar. Cuando pinta es raro que hable. Él miraba su pintura o miraba algo que yo no veía, algo que estaría en el aire. Yo le miraba la cabeza.
Estaba Minos presente, suele seguirme a todas partes. Si uno lo acaricia se duerme. Yo lo acariciaba y se dormía.
Le pregunté a mi tío algo sobre los huracanes y me dijo que no quería hablar más de eso. Que estaba harto de eso.
Le pregunté por la flor y me dijo que lo dejara en paz.
Le dije que sí estaba enojado. Me dijo que no y basta. Cuando pinta es así. Cuando pinta lo odio.
Le dije : Merce tiene pesadillas todas las noches. Sueña con algo que no sabe qué es. Me dijo: Yo también sueño. Le dije: ¿Qué soñás? No supo decirme qué soñaba. Le dije: Debés soñar con la Cosa, lo que sueña Merce. Hace meses yo también soñaba con la Cosa. Que se metía, que estaba acechando detrás de la puerta, que me tocaba los pies, que me subía por las piernas. Que yo cerraba la puerta y la Cosa empujaba y entraba. Le conté a Merce. Ahora la Cosa se le metió en los sueños a ella.
Entonces me hizo la pregunta de todos los grandes.
Por qué los grandes repiten lo mismo. No se cansan.
¿Qué es la Cosa?
Le dije: Si se supiera, no sería la Cosa. Nadie lo sabe.
Siguió pintando, cuando pinta lo odio. No se entendía mucho lo que pintaba. Era todo amarillo, naranja y marrón con alguna gama del verde oscuro. Sería la Cosa.
En una parte salía la cabezota enorme de Josecito pero podía ser una calabaza o no sé qué.
Era como si en el cuadro pasaran muchos acontecimientos, pero había que descubrirlos. Había que mirarlo mucho para entenderlo. Mirarlo y que te ardieran los ojos de tanto mirarlo, y te cansaras y quisieras dormir. Entonces te dormías y soñabas con el cuadro, con lo que escondía el cuadro. Era mi cabeza, ahora resultaba más nítida. Uno la podía reconocer. Era mi cabeza.
Era yo adentro del cuadro.
Después hizo unos remolinos como los de Dante. Remolinos adentro de un desierto blanco o amarillo muy pálido. Un desierto como ese lugar donde hay camellos. O un lugar que no es: vacío, creo que se dice.
Me dijo: Sacate la ropa. Le dije: ¿Toda? Me dijo: El vestido solamente. Le dije: Me da vergüenza. Pero me la saqué. Me senté en bombachas sobre los talones.

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Me dijo: Así no.
Le vi los dedos amarillos y pensé en mi mamá que siempre le dice que no fume. No me importó que fueran amarillos.
Me hizo arrodillar. Me pintó arrodillada. Me escondió en el cuadro. Pintó encima como para que no me viesen. Pintó algo que no entendí.
Le pregunté qué pintaba.
Estaba muy enojado, no respondió. Cuando pinta se enoja, no habla. No quiere contar historias. Cuando pinta parece un viejo, más viejo de lo que es. Cuando pinta lo odio.
Volví a preguntar para que se fastidiase.
Me respondió: Una grulla. Como si me hubiera respondido: un jarrón. Le pregunté: ¿Qué es una grulla? Me respondió: Un ave. Le dije: Ya sé. Y sé que Dante dice que tiene el canto triste como la gente que vuela en el viento o, al revés, que la gente recuerda a las grullas. Me dijo: Es un ave zancuda. Parecía la hermana Rosa cuando habla de zoología. Le dije: No es una grulla. Las grullas cantan en tu cuadro, pero no se ven.
Entonces dejó de pintar, me miró, pero no el cuerpo sino la cara. Me miró la cara. Me dijo: Lo que yo pinto es una esencia que no se ve. No tiene que verse sino sugerirse. Lo de las grullas que decís está bien. Está el quejido de las grullas. Y no preguntés más porque me distraigo. Ponete el vestido y andate a dormir que es tardísimo.
Le dijo que no.
Que no me iría a dormir. Que no me iría nunca más. Que deseaba meterme en el cuadro, entender el cuadro.

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Entonces él se abrió el pantalón.
Yo había visto a Josecito desnudo, pero era distinto. Era grande, enorme. Esto es lo que pinto, me dijo. Puso mi mano allí donde florecía duro, tenso y suave. También muy suave.

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Fue veloz. Me hizo arrodillar como en el cuadro y me hizo poner lo tenso y suave en la boca. Me la abrió y toqué la punta con la lengua. Miré la pared, el muro donde él se apoyaba.
Dejé de mirar.
Tenía un gusto levemente salado. Me aferró la cabeza con violencia, con el mismo enojo que cuando pintaba y me la hizo mover y él también se movió. Bailaba. Eso tocó cerca de mi garganta. Me hizo lamer y volví al gusto salado. El gusto como cuando te tragás las lágrimas. Se parecía a la lengua, pero era distinto. Me dijo que aspirara, que absorbiera y empecé a sentir el remolino.
Era como una prueba de circo. Eso se metía, era un animalito vivo que deseara ser tragado. Era el gusto de la flor, aunque no un girasol, sino una cala, esas flores de muertos que son blancas y están llenas de vida. Sería la flor de la adormidera que dicen que es roja.
Tenía el ritmo de una ceremonia de esas de las películas con tipos raros y tribus. Una música nocturna. Imaginé a Francesca sobre los huracanes tragando a Paolo.
En un momento pensé que debería comer o que me devoraría el animalito que se movía entre mis dientes. Mi tío se quejaba con la tristeza de las grullas. Era una grulla.
Pensé en Dios, en Dios deforme. Se me hacía difuso.
Después sentí en la lengua un agua blanca y mi tío gritó como si le sacaran la vida. Tragué el agua blanca, la vida.
Mi tío se acostó en el piso. Parecía desmayado. Quizá muerto. Yo no sabía. Quizá la policía viniera a buscarme y me encerrarían.
No le hablé.
No le dije nada.
Él tampoco. Podía estar muerto. Vendría la policía.
Miré el desierto del cuadro.
Me fui. Llamé a Minos y me siguió.

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OTRO DÍA

Dijo: No es posible que vengas todas las noches a despertarme. Le dije: Cambiaste. Antes me contabas historias todas las noches. Dijo: Estoy cansado.
No le dije nada.
Entré al cuarto de al lado. Miré los cuadros de Dorothea.
Me llamó.
Me dijo que me iba a contar una historia tan pequeña como la pequeña música de Mozart. Le dije sí. Me dijo que había una vez una niña que miraba un cuadro que se llamaba “Pequeña música nocturna” donde había otras niñas como ella aunque de veinte años atrás.
Me dijo que la niña tenía mucho miedo del cuadro porque pensaba que en ese cuadro había algo escondido que la pintora había querido decir. Algo más allá de girasoles peligrosos, pasillos con puertas, pelos erizados, vestidos rotos. Eso que la pintora había querido decir no importaba tanto como lo que la niña veía en el cuadro. La zona que despertaba era parte de la niña y no del cuadro o de la intención de la pintora. El girasol no guardaba ningún significado si el girasol no estaba dentro de ella. Como la niña no estaba segura averiguó que la pequeña música nocturna era una serenata con allegro, romanza, minuetto y rondó, y que Mozart había nacido en Salzburgo en el siglo dieciocho.
(No es cierto, yo no hice todas esas averiguaciones. Porque seguro que yo era esa niña. Los grandes cuentan así: dicen “esa niña” en vez de decir el nombre de una como para que sepan que hablan de una y a la vez no estén muy convencidos.)
Que el girasol se vuelve hacia el sol y que tiene semillas comestibles de las que se extrae el aceite. Pero eso no significaba nada porque a Mozart no le importaban los girasoles. Pensó que si el girasol se mueve hacia donde el sol camina, qué sucedería con un girasol nocturno o con un girasol al compás de una música. Pensó en flores que se rompen en la noche, y ya fue su pensamiento el que pensaba y nada de lo que estaba en el cuadro de verdad. Y en el placer de una de las niñas (podría ser sueño, sufrimiento, desmayo) y en el pánico de pelos parados de la otra. Y en la noche como silencio. Y en la puerta abierta como el lugar de las revelaciones. En la música de la noche como en la armonía oculta del silencio.
Como estaba leyendo a Dante dijo que los huracanes del Segundo Círculo infernal eran los que arrancaban pétalos al girasol o erizaban los cabellos con la violencia del aire en movimiento. Pensó que era un viento de lujuria y que la lujuria es el más misterioso de los pecados, el más extrañamente provocador de pánico, como si fuera la raíz del pecado, como si contuviera en sí a los otros pecados hasta el crimen y el odio, formas de lujuria. Formas de la pasión por lo prohibido, por lo que no puede verse ni tocarse ni palparse con la lengua. Que un cuchillo en el vientre es lujuria. Y que todo el resto eran los innobles pecados de los mediocres: avaricia, envidia, maledicencia. Pero que el gran mal era esa lujuria, soberbia de sí y blasfema. Que el girasol era un demonio que deseaba atacar la entrepierna de las niñas, lo que tenían de más oculto y secreto. Aquello que sólo verían los guardianes del orden y rápidamente para saber que nada se ha salido de su perfecto sitio.
(Los médicos deben ser guardianes del orden.)
La niña tenía un tío que pintaba. Una especie de guardián del orden, pero que pintaba. Todo el que pinta sueña con pintar el secreto, lo que no dicen las caras ni las cosas ni las palabras ni siquiera los símbolos. Por sólo eso ya era un guardián imperfecto y enfermo. Se lo toleraba porque sus cuadros no querían decir nada o querían decir algo tan oculto que no se advertía y porque mostraba modales de guardián del orden. Esa especie de guardiana también había soñado con otro cuadro que se llamaba “Hotel La Adormidera”, es decir, hotel del opio, de los sueños. Y pensaba: será así el hotel del otro mundo, del otro lado de las cosas, de la séptima cara del dado, de lo que no se ve, del mundo de los que duermen. Y adentro de ese hotel se esforzaba por pintar el mundo de la adormidera, ese que veía en los sueños, pero jamás lo lograba. De repente encontró a la niña que miraba la esquina del hotel, la sirena escondida de la estatua que soñaba en voz alta, pero él dijo: No, soy un guardián del orden, aunque imperfecto y enfermo. No tengo que olvidarme de cerrar la última puerta del sueño, la que la Ley ordena que debe permanecer cerrada. Abrirla sería la locura que es una forma gigantesca de la culpa. La culpa que rompe las palabras, que desordena el mundo. Y mandó a la niña que se fuera a dormir y que ya basta.
Todos los cuentos de mi tío Marcel terminaban así.
No sé si dijo así lo que dijo, pero hablaba mucho como cuando mi tío se acerca a la nariz una especie de talco. Lo olía y hablaba.
Me gustaban las palabras.
Me las metía en la boca y les encontraba un gusto salado a cosa tensa y suave.
Las anotaba. Muchas veces las anoto para no perderlas en una libretita que siempre llevo conmigo. Anoto las palabras de sus cuentos y cómo unas y otras se mezclan. Después las leo muchas veces y aunque no las entiendo me gusta repetirlas.
Me ponía las palabras en las uñas y se me quebraban las uñas de las ganas de acariciar. Acariciar el gusto salado, tenso y suave.
Le pedí varias veces que las repitiera para copiarlas bien y para aprenderlas de memoria como las poesías de la escuela. Yo tengo muy buena memoria y las aprendo enseguida. Las encerré en el fondo de mi cabeza y pregunté por qué el tío de la historia mandaba a la niña a dormir. Aunque no abriera la puerta del sueño, ambos podían mirarla. Y si ese mundo sale al mundo de las cosas vulgares es grande el peligro. Por ejemplo decir “buenas noches” y que buenas noches signifique distinto de lo que significa buenas noches. (¿Qué puede significar?) La locura hay que saltarla cuando el ojo duerme. De lo contrario contamina el mundo.
Le pregunté: ¿Es una enfermedad contagiosa?
Dijo que sí. Que cuando se abre la puerta ya no hay fuerza capaz de volver a cerrarla. Que si uno mira la puerta, estalla el deseo de abrirla. Y si la abre invade la culpa y se sufre como si uno estuviera por morirse a cada momento. Ese es el infierno que contaba Dante y el infierno debe quedar en el libro que es un sueño escrito o en un cuadro que es un sueño pintado. Y si uno pierde la culpa vive en otro mundo. Entonces vienen los guardianes del orden y te encierran en una jaula de animal.

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Estábamos en la cama y mi tío Marcel me pidió que me quedara de espaldas. La arañita de la mano me tocaba la nuca, bajaba hacia los costados.
Yo tenía la nariz pegada a la almohada.
Le hablaba de cómo esa mañana había cazado una mariposa en el jardín del frente. Que la mariposa tenía las alitas muy finas y amarillas. Como si estuviera hecha con polvo de azafrán.
La mano llegó hasta la línea que te separa las nalgas. Me dio vergüenza pero él no hizo caso. Luego el dedo rozó apenas como si no quisiera pero también como si fuera una caricia pequeñita.
Casi débil.
Le expliqué que había tomado a la mariposa cuando se posó sobre una planta. Que tenía las alas muy juntas. Que le temblaba el cuerpo, las patas, las antenas. Que toda era un temblor y que era tocar un temblor entre el pulgar y el índice. También la mano temblaba, el dedo tenía alitas.
Le dije que me hubiera gustado tener a la mariposa adentro de la boca pero sin hacerle daño. Para sentir el temblor en la lengua.
Sin permitirme que dejara de estar de espaldas, apartó mi cara de la almohada, me hizo probar apenas la dura suavidad rosada. Después gritó un poco, pero sólo por sentir el borde de mi lengua.
Le dije que sólo acerqué a la mariposita al contorno de mis labios y que sentí sus patas finas.
Una cosquilla.
Acercó el contorno de sus labios sin besarme a la zona más secreta.
Le dije que solté a la mariposa y que me gustó y me dolió verla en el aire otra vez fuera de mí. Yo la amaba y hasta lloraba su pérdida y el gusto de verla en el viento.
Sin pedir permiso, sin decirme te haré esto, o diciéndome que me haría daño, que el viaje sería mucho más terrible, que me abriera y que me pusiera en cuatro patas como un cabrito, noté que la dura suavidad entraba, pero no en el lugar de otras veces. Empujó y creo que me asusté. Me dolía tanto como haber perdido a mi mariposa.
En un momento el dolor se hizo intolerable.
Lloré.
Lloré bastante. A gritos.
Me tapó la boca para que no me oyeran.
Los otros no iban a entender lo que hacíamos. La gente grande nunca entiende esas cosas.
Sentí tanta vergüenza.
Vergüenza quizá de manchar. Hubo sangre.
Sentí vergüenza y vergüenza. Como si te orinaras en el colegio delante de todos, con la hermana Rosa y con el inspector mirándote. O como lo peor y delante de todo el colegio.
Me insultó. Dijo cosas terribles. Dijo que el placer lo hacía insultar. El placer del viaje.
Cerraba los ojos y hablaba muy despacio. Tenía mojadas las comisuras de los labios.
También lloraba. Tal vez le dolía. O no. O era mío el dolor. O lloraba porque me dolía y porque yo tenía vergüenza.
El aire estaba quieto y libre. Sin mariposas. O podía venir otra pero ya no era lo mismo.
Nunca era lo mismo.

..........................

Yo estaba desnuda, sentada sobre mis rodillas. Tenía la cabeza de mi tío sobre los muslos. La cabeza me acunaba. Hablábamos no sé de qué.
Del ruido del agua.
Del ruido que hace el agua cuando cae de la canilla. De eso. Yo contaba las gotas como cuando no dormís y te dicen que hay que contar ovejas.
Y del silencio. Y que el silencio tiene rumor de agua.
Él estaba desnudo. Yo lo miraba. Era tan raro ver a un hombre grande desnudo. No te acostumbrás. Desnudo y tendido. Se lo dije. Y que estaba adentro del silencio. Como si fuera adentro del silencio.
Un hombre desnudo, un hombre grande, es algo raro de verdad. Las personas grandes no quieren que las vean desnudas.
Entonces me propuso un juego. Era más raro jugar desnuda con un hombre grande y desnudo. Era un juego de silencio como cuando vos te mirás con otra chica y no pueden hablar y se miran hasta que una hace buches de risa y todo se acaba. Este es un juego para jugar en silencio. Y no reírse. Yo voy a hacer algo, pero vos tenés que estar en silencio. Sólo pondrás tus uñas en mi espalda. Quiero que veas cómo corre mi sangre. Porque el viaje tiene que ser con sangre. Así dijo.
Le pregunté: ¿Para eso querías que no me comiera las uñas y que me crecieran?
Contestó: Para eso.
Y con una tijera cortó mis uñas en punta.
Le dije: Pero a mí no me gusta lastimarte.
Me dijo: Yo sí quiero que me lastimes.
No le dije nada.
Pensé que él también iba a lastimarme. Que jugaríamos a las peleas y que nadie podría gritar. Me abrió las piernas y empezó lentamente a absorberme. Yo le puse las uñas en la espalda. No me gustaba eso de lastimarlo.
No quería.
Pero después fue imposible. Para contener esa impaciencia que empecé a sentir, para que no se volviera grito, abrí la boca, para gritar sin voz. Para gritar con voz de canilla, de agua metida en el silencio.
Ya no me acunaba.
Nadie me acunaba.
Noté que me temblaba el cuerpo.
Que temblaba la pieza entera. Un terremoto.
El techo, los cuadros, todos viajaban conmigo.
Es difícil eso de no gritar. Te vuelve completamente impaciente. Te enfurecés.
Después no sé. Vi las gotitas de sangre en la espalda que bajaban en hilitos rojos. Yo las había extraído. Grité. Me tapó el grito con su grito. Nos tapamos la boca.
Nos tapábamos el grito para que nadie oyera.
No entenderían. La gente grande no entiende esas cosas, ya sabés. Se asustarían. Especialmente por la sangre. Mamá querría tirarse por la ventana más alta. Merce lloraría. José se escondería detrás de una silla y aullaría como una tiza que raspa el pizarrón.
No entenderían.
Después lo toqué. Le hice una casita entre mis manos. Las humedecía con el agua blanca y me las puse en la boca.
Había vuelto el silencio con rumor de canillas. El silencio donde podías meterte despacito como en la iglesia y cerrar los ojos.
Así aprendí a lastimarlo y a querer que me lastimara. Es lindo eso de lastimar. Y a veces hasta es lindo que a uno lo lastimen. Pero es mejor lastimar.
Le dije: Me haré una pulsera con las gotitas de tu sangre.
Me dijo: Me haré un anillo con la tuya.
En casa no entenderían eso de viajar así. Se lo dije. Ni de viajar de ninguna manera. Los niños no viajan. No veo por qué.
Me dijo: Son unos imbéciles.
Le dije: Ahora quiero toda la sangre.
Me dijo: Sí.

Daniel Muxica

Daniel Muxica nació en Valentín Alsina, provincia de Buenos Aires en 1950. Poeta de palabra precisa e incitante y de fructífera trayectoria, ha armonizado la poesía con trabajos periodísticos, talleres literarios y una extendida labor editorial.
En poesía: publica en 1976 Hermanecer (Editorial Schapire); en 1983 El poder de la música (Editorial Stephane y Bloom Asociados) y en 1987 El perro del alquimista (Editorial Stephane y Bloom Asociados). En 1988 edita Contra dicción (Editorial De la Pluma); en 1989 Ex Libris (Editorial Xul) y en 1991 Siete textos premortales (Editorial El Caldero). En 1993 El libro de las traducciones (Editorial El Caldero). En 1998 edita Nihil Obstat, cd-libro del cual ahora presentamos algunos trabajos, con las voces de Ingrid Pelicori, Horacio Peña y Juan Carlos Puppo. En 2004 publica La conversación (Editorial La Bohemia)
En teatro: 1988 estrena Los ángeles organizados.
En 1995 publica La erótica argentina, antología poética 1600/1990 (co edición de Editorial Catálogos y Editorial El Caldero), reeditada en 2003 (Editorial Manantial).
En 2002 funda y dirige la revista de textos poéticos “Los rollos del mal muerto”.


TRÍPTICO

¡Te hemos querido tanto! Te hemos amado
en las poses
más indescifrables del poeseo.
Poseo tu pozo.
Verbo bebo tu pozo.
Te hemos aprendido con tu boca en su pene
(lo que está mal)
con tu boca resuelta y húmeda en mi pene
(lo que está bien)
y en diversos reversos anversos adversos
de celebrado celo.
Gaita musical es tu vejiga de acróbatas y pornógrafos
y cabríos amantes al acecho
(¡ah, pecadores secundados por la experiencia!).
Muslo agitado en entradas salidas como place, como pasa,
como pesa.

Te hemos gozado como un juego de go, salpicado con sal,
enjuagado con jugos, goteado como gatos,
tentaciones y tentáculos de atrevidos calientes
pulpos en tu pulpa rosada, sacudida y expuesta,
incentivada a labiar orgasmos.
Posible modo del tres, de la estría como el puño
de morir,
último apretón sentimental al individuo.

Te hemos querido tanto. ¡Tanto!
¡A pura orgía de libertad! Pero
seguramente esos son datos para otra edad
y otra lectura.


EVA NO PARIÓ POR LA BOCA


“Estoy dispuesto a creer que las sensaciones provocadas en mi por la fornicación natural eran muy semejantes a las conocidas
por lo grandes machos normales ayuntados
con sus grandes cónyuges normales en ese ritmo que sacude el mundo”.
Vladimir Nabokov.


Lo oral es oral y poco mucho tiene que ver con las horas el tiempo que llevo aquí a cuanto a cuento de lengua vaginalmente hablando digo mientras chupo desesperado esos labios inferiores bien la plazca le nazca y ella habla habla bla bla las mujeres son así desmesuradas con su menstruación lingual pérfido bífido machista me critica tensa y estalla se estrella contra el cielorrasoarraso con todo pienso insisto chupo más más maaaassssssshhhhhhhhh y no es orín este silencio mío de

pija baja parte arte que acaba en alzada venus monte prodigio tengo sólo palabras líquidas atrevidas licuaciones en obligación de oscuridad descubrimiento no descubrí miento mi lengua es un dígito que clitorea mientras ella habla bla bla bla esa valva expuesta las mujeres jamás se arrepienten de esto aquello lo otro el Otro por eso blablean parlan celoso me pongo la pongo me vengo ella se va con un grito más grande del que cabe en una boca

un amigo mío dice que una buena fellatio las calla

así se piensa diría mi padre muerto para estas cosas así esta vida frente a estas zorras no corras y ahora se baja en paradoja trepa su lengua por el pene la pija no hay tanto que penar pensar qué tanto orar tanto si sólo es una buena succión esmero salival apenas mojadura dura agua bendita la pira parada erecta hereje le suda la cabeza tiesa ese bautismo costumbre rígida del enervamiento todo nuca descontención me voy desde el mismo lugar al mismo lugar

machista eso dice en voz baja mientras se abaja para comenzar su tarea de marea macho la pija hija les falta a Freud condenan sin compasión hablando de él todo el día como si lo único que hizo ese mal cogido fue hablar ocuparse de ellas de la cavidad la cabida cerebro recto pero no erecto nunca cogió carajo me digo indignado pero

ella estudia psicología con pe de pedazo con pe de puta con pe de prematuro desenlace

tenés eyaculación precoz dice mientras lame maternalmente su animalito limpiando comiendo su propia placenta

dámela qué cosa esa de dar es pija espejo infinito de la palabra dámela lamela papito mamita te quiero que te metela más por favor de Dios no la saques nunca me alienta calienta mi aliento en su nuca soplada así si de mí aquí dentro salgo de algo un poco confundido muy sudado me acabo acá me qué decís preguntás tonto de tanto movimiento

va

es posible que todo ocurriera antes que ella se largara empezara a hablar con su infinito espejo seductivo delictivo su descontrol masturbación de máculas industrialización de cuerpos ese libreto anatómico obsesión de brazos abrazos trazos sobre el deseo ya caído ya resucitado ya muerto

es posible que todo ocurriera después con ese cuerpo de loba entregado al artificio opuesto a la biología que orgía pienso cabrío ¿cabré? ¿habré? abrí la esa que orgías gorgias retórico reto a la gorgófona y mi desgaste sueño cercano a la dormidera al vacío me sacaste me secaste todas cada una de las gotas

goteo gateo antes o después