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Por
John Argerich
UN MILAGRO DE SEMANA SANTA
(Donde se habla de frailes mamados y gatos negros)

La
parroquia del Santo Servicio estaba ubicada en pleno centro de Balvanera. Un
templo vetusto, con olores indescriptibles, consecuencia de tener habilitado un
baño público donde la entrada costaba un peso, y subsistía desde la época del
Pocho, cuando venían los muchachos a Buenos Aires a gritar “¡Qué grande sos!”.
Lo pusieron los municipales para no tener que andar levantando paquetes de
sospechosa entidad por toda la vía pública, y el aprecio ciudadano se hizo
sentir.
-¡Ay, vieja que me agarra cagadera! –sabían gritar los nene en pleno partido de
fóbal, cuando el equipo contrario estaba por disparar un penal.
Y la mamás respondían, conocedoras del terreno:
-¡Vaya al servicio de la iglesia, che!
-¡No tengo un mango!
-Siendo cosa urgente, el cura le va a fiar, así no le enchastran los bancos. La
gente quiere rezar sin taparse la nariz, para que los santos no desconfíen.
Y así pasaba siempre, pero la descarga en el atrio o aún en pleno templo era
inevitable, cuando la situación hacía crisis antes de aparecer un fraile. En
cuyas circunstancias el diálogo era siempre igual:
-Qué estás haciendo, filis meu?
-Egum cagum.
-¡Raje de acá, chancho de mierda!
Pero la intervención de los vicarios de Cristo no siempre llegaba a tiempo, y de
tanto repetirse la maniobra, un pesado tufo iba invadiendo el templo. Aromas del
Cairo, pudiéramos decir como eufemismo, pero no escapará al lector, que aquello
era auténtico olor a caca. Eso en cuanto a las defecaciones gratuitas, porque
además estaban las cagadas onerosas, hechas en el inodoro contra pago de un
nacional. Por todo ello, la gente empezó a mirar al templo como algo íntimo, y
en vez de llamarlo “Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo Embalsamado”, como era
su nombre oficial, le decían “Iglesia del Santo Servicio”. Algunos quisieron
modernizar el nombre, llamándolo más cortito, “Iglesia del WC”, pero los nombres
foráneos no la van con la cultura patria, y el proyecto no prosperó.
-¿Ande va, señora?
-Al Servicio.
-Réceme un padrenuestro en memoria del finado –dijo una viuda.
-¡Mirá si voy a ponerme a rezar cuando estoy sentada empujando, che!
La nomenclatura popular daba pié a muchas confusiones, pero algunos nombres se
pegan como garrapata de campo, que no te la saca ni un milagro de la Difunta
Correa.
Y como los olores nunca viene solos, también contribuía a dar realce a aquel
recinto el olor a sobaco de los curas, como es de estilo camino a la santidad.
Porque allí vivía una comunidad de ilustres varones que, fuera de las oraciones
en patota para que todos los vieran, no hacía más que rascarse la panza,
engordada con las limosnitas para los pobres, el fondo pro nuevo campanario, y
las abundantes contribuciones del gobierno municipal.
-¿Cómo anda la caja, padre Santiago? –dijo el rector.
-¿La “A” o la “B”?
-La “A”, viejo, que la otra no debe mencionarse en público, y es solamente para
bancar festicholas, así los sacerdotes de puro desesperados, no terminan rajando
para hacerse comunistas.
-La caja oficial anda medio flaca, padre. Yo ya no sé de dónde sacar un fasul,
que con el precio de la carne, las limosnas no duran.
-¿Carne en semana santa?
-Es para los asados de la azotea, cuando los feligreses se han retirado.
-¡Que no se sienta el olor, padre...!
-No hay peligro, porque se mezcla con las aromas del servicio.
-¡Que bien planeado, está todo!
-Es la obra del Señor...
-Pero además está el chupi, porque asado con agua no le gusta a nadie... Y ése
problema, cómo piensa resolverlo?
-He estado pensando que siendo semana santa, podríamos aprovechar para que
ocurra otro milagro, como hicimos el año pasado cuando el padre Mondiola se
escondía atrás del altar para hacerlo hablar al Santísimo. Las limosnas
aumentaron en progresión exponencial.
-Lástima que algún desgraciado llamó a la policía, y los canas deben haber sido
judíos, o hinchas de otra parroquia, porque venían con ganas de arruinar el chou,
y empezaron a revisar hasta el último rincón.
-Menos mal que Mondiola pudo hacerse humo por la ventana.
-Para eso está. La pusimos como hacen en Italia, con esos santos que sangran.
-Entonces preparemos algo para el domingo de gloria, que es una fecha muy
celebrada en el barrio.
-Buena idea.
-Amén.
Así fue como diez cerebros empezaron a cranear una nueva fuente de recursos.
Impulsados más que nada por el sentido de la caridad cristiana, pero sin olvidar
los sacudones viscerales que turbaban sus conciencias a la hora de morfar. Pues
la caridad bien entendida empieza por casa, como bien sabe el lector.
-Agarramos una paloma del campanario, y decimos que es el Espíritu Santo, que
vino a compartir nuestras plegarias...
-Son todas palomas batarazas.
-Alguna blanca habrá. Si no, que vaya alguien con ropa de calle, y la compre en
el centro.
Pero no fue necesario tanto trámite, porque justo cuando el gato negro de la
vecina apoliyaba panza arriba en la terraza, aterrizó una paloma color clara de
huevo sobre el techo del servicio público que, como ya dijimos, dominaba el
atrio de la iglesia. El gato pegó un salto dispuesto a darse un festín hasta
quedar pipón, pero un cura que chupaba vino en su celda, le tiró con la botella.
Buena puntería. El felino salió rajando, y la paloma aunque magullaba, seguía
viva.
-¡Agarelán, agarrelán! –gritaba el padre rector.
Así fue como el ave terminó en la sacristía. Pero la biaba que le había dado el
gato había sido tan grande, que al ratito se murió.
-¡Qué lástima! –dijeron todos –nos quedamos sin milagro.
-No sean pesimistas –repuso un curita joven- Una paloma blanca que viene a morir
en la iglesia es un hecho poco usual. Yo creo que...
“Concurra Vd. a los funerales del Espíritu Santo, fallecido ayer en nuestro
templo, con misa de cuerpo presente. Servicio de inodoro gratis”, decían los
volantes que el padre rector hizo distribuir por toda Balvanera.
En el patio del fondo, dos curas arrancaban las plumas de un plumero y las
pasaban por agua de colonia.
“Plumas del Espíritu Santo”, decía un cartel, y a continuación iban los precios:
Cortas, $3,50, grandes $ 5.- “Aproveche esta oportunidad y lleve su plumita
milagrosa, que nadie se muere dos veces”.
Ese domingo amaneció con un radiante sol de otoño. Y desde temprana hora se
había formado una compacta multitud frente a la iglesia. Todos con bolsitas de
plástico, para llevarse su pluma sin que se fuera a ensuciar.
-Pelemos otro plumero... –dijo, sigilosamente, el padre Luis- ¡Ha llegado mucha
gente!
La misa fue de una solemnidad poco común, y el padre rector habló a los
feligreses, luego del sermón.
-¡Acabo de recibir un correo electrónico de Roma! –anunció- Nuestro templo ha
sido elevado al nivel de catedral.
Así entró en los anales de la ciudad un nuevo monumento de la fe. La Catedral de
Jesús Embalsamado y el Santo Servicio de la Paloma Blanca. Nombres que lo decían
todo, cubriéndolo, empero, con un manto de misterio. Algo con una capacidad
generadora de beneficios como para que, manejándolo prudentemente, los curas
hicieran sus negocios y lo pasaran bien.
Pero en este mundo siempre hay candidato para venderle un buzón. Y un salame que
venía gambeteando firulete el empedrado, dijo: ¡Felices pascuas, che!
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 10
países.
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