"Unos
nacen con estrella, y otros nacen estrellados, dice el refrán"
.
Así iba pensando el Ñato Gómez, también conocido en la barra como "Fúlmine", por
su suerte perra. O "el Ñato", por la nariz. Y de paso cambiaso aprovechaba la
volada para lustrarse la uña larga del meñique izquierdo, que desde purrete
había sido su mayor orgullo. Avisoró el horizonte porque la vedera estaba
ocupada por una escalera de pintor, y bajó a la calle sin pensarlo más. Maniobra
que, como todas las cosas en la vida, tenía motivaciones. No digamos
solidaridad, porque él poco la iba con ese gremio, sino porque pasar por debajo
de ella hubiera sido desafiar a las parcas, como un gil. Mojarle la oreja al
destino, a ver si me explico. Y el toña, sin ser gallina, era prudente. Porque
si había llegado a este valle de lágrimas un martes 13, había que gambetear la
yeta con calidad.
-¡Piantá di áhi, boludo! –apenas alcanzó a gritarle un paragua vestido con
mameluco verde- ¡Que los adoquines están recién puestos...!
Pero ya era tarde. Fúlmine hizo honor a su gracia, y medio boleado del julepe
con tanto grito, metió un caminante propio adentro del pasticho. Con tal
puntería que al hundir una punta del bloque, la otra saltó de calce, levantando
una nube de tierra, cemento, arena, cascotes, y herramientas que estaban
desparramadas por el suelo. Un martillo le dio al de las pilchas verdes por la
espalda, y el coso refaló, agarrándose de la escalera. Por esa triste
combinación de eventos, la misma terminó en el suelo, arrastrando un tacho de
pintura blanca y dos rodillos. ¡Qué quilombo de mi flor! Los vecinos salieron
alarmados a ver el chou, y un gaita que por allí pasaba dijo:
-¡Virgen del Carmen, vaya follón que ha armado este chaval!
-¡Mirá donde caminás, idiota! –gritó el capataz, mientras toda una cuadrilla de
Obras Sanitarias se le iba al humo, porque había que ponerse a laburar de nuevo
para arreglar ese despiole.
-¡Se ti cazzo sei propio mortadela! –gritaban dos enfurecidos sicilianos,
blandiendo palas.
Y como inspirándose en Delfo Cabrera, Fúlmine le sacaba ventaja al viento, de
tanto rajar. Para los que entonces eran pibes, agregaremos que dicho prócer hizo
historia, ganando por afano la maratón olímpica de Londres en 1948. Una gloria
del deporte nacional. Pero el Ñato no le quedaba ni cinco atrás.
-¡Ti prendo subbito, figlio di un cane!
-¡Apresúrate, que ya lo cogemos, Miguel!
La primera amenaza vaya y pase, pero la última al toña no le gustó un belín. Así
que motivado por conservar el invicto, se prendió de un ómnibus colorado de la
línea 41, que pasaba echando chispas.
-¿Boleto, señor? –dijo el guarda.
-¡Hasta la terminal! –alcanzó a responder el Fúlmine.
Así se salvó de esa pandilla de energúmenos. Pero Buenos Aires en los años 50
estaba llena de peligros. Y no sorprenderá que al llegar a Plaza Once, el
tráfico hubiera sido cortado por una manifestación política.
-Perón, Perón...¡que grande sos! –entonaba una compacta multitud.
-Decí "¡Viva Perón!", o te amasijo –le gritó en la cara uno que iba en camiseta
musculosa, al asomarse por la ventanilla.
Y no tuvo tiempo para responder, porque ocurrió lo improbable. Por la otra
esquina iba dando vuelta un grupo de mozos vestidos con pilchas deportivas, que
sacudían estandartes colorados. ¿Comunistas? ¡Oh, no!
-¡Dale y dale, Rojo, dale! -gritaban a voz en cuello.
Y no faltó la voz de un cantor, transmitida a todo volumen por los equipos
sonoros, entonando una vieja rima, que no por repetida en esta hoja hasta el
hartazgo, hubiera perdido actualidad.
"Tenemos un arquero que es una maravilla,
Se ataja los penales, sentado en una silla.
En eso se desmaya, le damos chocolate,
¡Arriba Independiente y abajo River Plate!"
-¡Dale y dale, Rojo, dale! –rugía la mutitud mientras se formaban remolinos de
agitadísma hinchada.
Entonces el Ñato comprobó que una mano medio morochaza lo agarraba firmemente
del cogote.
-¡Decí "Viva Independiente", o te amasijo! –rugió su propietario.
Pero Fúlmine, en medio de presiones tan altamente conflictivas, optó por quedar
bien con dios y con el diablo. O sea, mal con los dos.
-¡Sin despreciar lo presente, yo me cago en todos ustedes, che! –repuso, y le
sacó lustre al empedrado con el primer envión.
Corrió y corrió, porque lo seguía una barra furibunda a grito pelado. Después se
paró un pomito, y tras juntar resuello siguió corriendo. Hasta que por fin,
llegó a un puente donde había un cartel que lo hizo reflexionar: "Luján". De la
forma reseñada, las tribulaciones del Fúlmine llegaban al conurbano. Pero visto
que ya no lo seguía nadie, pegó la vuelta. "¡Otra vez Buenos Aires!" dijo, como
si un tangazo flor y flor le estuviera frunciendo el cuore con su nostalgia.
-¿Qué hacés, pebete? –lo saludaban los vecinos, aunque apuraban el paso para no
contagiarse la mufa, al verlo.
-Bien, ¿y vos?
"Bien" era solamente un decir. Porque como ya sabemos, no por nada el pobre
cabeza de turco era nacido un martes 13. Y al ver que llegaba echando diablos,
todos los perros del vecindario empezaron a ladrar.
-¡Guau, guau, guau...!
-¡Dejen apoliyar, carajo! –gritó un negrazo que laburaba en el frigorífico, y
siempre iba de facón al cinto.
-¡Guau, guau, guau...!
El urso salió para hacer justicia, y por fin aportó la cana, convocada por algún
ortiba con teléfono, de esos que siempre hay.
-¡Documentos! –dijo un sardo.
-Vea, don, que solamente salí a correr! –contestó el toña, mientras le retorcían
un brazo.
-¿No tenés la cédula cuando te la esige la utoridá? Adentro por desacatáu,
entonces, hasta que entrés en vedera.
¡Pobre gil! Siempre metiéndose en galletas. Si no eran los peronistas, lo
chapaba la murga de Independiente, y cuando ya se creía a salvo de las iras
públicas, aparecía un celular con dos milicos más jodidos que sacarse la grande
al vesre.
-¡Dos mil uno! –trinaron los niños cantores.
-¡Mil dos! –cantó el Fúlmine.
Es que había nacido un martes 13, y mesejante desatino tiene su precio. Andar a
los tumbos por la vida, sin más ojepto que meter a fondo las de andar. Sin
posibilidades de jubilarse, tampoco, porque la yeta no te da changüe por
inaugurar la tercera edad. Así fue como el día del espiche, que a todo el mundo
le llega, también lo chapó gambeteándola de orsái.
-¡Me siento mal, Mirna Delma! –le dijo a su esposa- ¡Llamá al médico!
Pero ella estaba prendida del televisor, viendo una serie en que el galán tomaba
entre sus brazos a la hija del malvado prestamista.
-¿De quién es esa boquita? –preguntaba.
-Tuyita, tuyita –decía ella.
-¡Traéme las pastillas! –pidió el Ñato.
Pero Mirna estaba a años luz de allí, sumida en el sopor romántico del
desenlace. ¿Llegaría a tiempo la carta del ex amante, asegurando que todo había
terminado? ¿Comprenderían que era peligroso salir hacia la iglesia por ese
camino de montaña, con el coche sin frenos?
-¡Ya va, viejo! –dijo la esposa.
-¡Apu...! – y no logró completar la frase.
-¡Pará un cacho, que se suben al Cadillac, che!
Cuando terminó la película, ella se dio cuenta de que el dorima era fiambre.
-De morir habemus –dijo un cura medio rubión.
-Es que el Fúlmine se nos fue tan joven...
-Mala pata... –respondieron los monaguillos, mientras se santiguaban esperando
la propina.
-Pero, batíme la justa- dijo el más rana ¿A quién se le ocurre elegir propio un
martes 13 para venir al mundo? ¿Me querés decir?
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
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La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 32 medios, de 9
países.