
El
turco Massalín era un púa nacido en Buenos Aires, y más porteño propiamente que
Carlitos Gardel. Quien, llevado por los vientos del destino, una vuelta aterrizó
en Suecia, como tantos otros desgraciados. Y con la barra de turcos que hay en
nuestra nueva patria, allí estaba a mitad de camino entre la milonga y el Islam.
Por cuya causa gastaba caminantes en busca de inspiración. ¿Haría carrera en
Escandinavia, o debía tomarse el primer piróscafo rumbo a Callao y Santa Fe? Del
Medio Oriente, ni pensar, con Ben Laden gozando de buena salud. Pero como sucede
muchas veces, las meditaciones no lo llevaron más lejos, porque en lontanaza
apareció algo digno de contemplar.
-¡Putamadre, qué minón, baisano! –dijo el turco con los ojos reventando
fanatismo, tras las gafas tornasoladas.
Y no era para menos. Por Nobelvägen rumbo a Dalaplan se desplazaba un ultraje a
la teoría del celibato. Ni lunga ni retacona, con tacos altos tipo aguja,
micromini al rojo vivo, y una remerita negra cortona panza al aire, como se usan
ahora. Estirada dos medidas en la parte superior para dar lugar a tanta
glándula. Suelta por abajo, mostrando en vivo y en directo las contorsiones de
su andar de gata apenas domesticada. Pelo largo medio rubión, la boca color de
incendio, y un estilo para dejar chatas a las chicas de Divito, que para los
jovatos son como las Malvinas. Imposibles de olvidar. Redepente la fulana se
paró en seco, miró para todos lados, y del bolsón que llevaba al hombro sacó un
planito, que observaba con ojazos extraviados. Ese fue el momento en que el
turco tomó una decisión que dejó huellas en su vida. Era preciso arremeter,
porque esta vuelta la suerte venía en bandeja de plata.
-Buenas tardes, princesa –dijo con una reverencia, asignándole prima facie el
romanticismo de cierto aire turístico- Do you speak English?
Ella le clavó una mirada sorprendida, porque en Suecia no es costumbre que los
desconocidos te paren para hablarte en la calle, mucho menos en inglés. Salvo
que sea para putearte, si tenés la tez medio trigueña, y no medís 90-65-90, como
la protagonista de este capítulo.
-Yes –repuso la bella- Pero también hablo en svenska, porque soy hija de suecos,
nacida en Chivilcoy.
-Bosse Masalín, a la orden –repuso el loco, olvidando con tanta presión social
que su nombre de pila había sido Ahmed, desde el día en que nació.
-Gudrun Larsson –dijo ella, mientras le extendía una garrita con uñas
maquilladas y cadena de oro- Pero podés llamarme Porota.
Al turco se le obstruyó el gañote, y por un momento vio todo nublado, con la
mirada fuera de foco. ¡Después de mucho soñar, se le había dado el primer
levante como la gente de su puta vida! Más mejor poner en marcha toda su
seducción. Y siguió la charla con una sonrisita sobradora, como hacía Charles
Boyer en las películas vía satélite que la tía Fátima miraba por el canal Al
Jazeera.
-¿Cuál es su itinerario? –dijo, cuidando el léxico- Y lo pregunto sin otro
ojepto que ofrecerle una solidaria cooperación.
-¿Sos guía de turismo?
-Guía de turismo propiamente no, pero tengo un laburo de nivel. Soy repartidor
de pizza en motocicleta, y conozco bien la ciudad.
Ella comprendió que no estaba frente a un intelectual, pero la soledad es mala
consejera. Entonces se paró frente al turco con las gambas ligeramente
separadas, y los pieses firmes sobre el pavimento. Como hacían los gladiadores
romanos antes de gritar “¡Ave, César!” Entonces el ombliguito le pegó un salto,
y el cascabel que los técnicos de piercing le habían injertado en la pancita
dijo “tin-tin”. Una reacción suficientemente atrevida para dejar sin sueño al
repartidor de pizza más pintado. ¡Otra que las vecinas de Nydala, cuando las
espiaba para verlas sacarse el velo!
-¡Sos un ángel!
-¡No digás pavadas! –repuso ella- ¿Qué estás mirando?
-Ese ombliguito, que me vuelve loco...
-Así te quería chapar –agregó la desconocida- ¿No sabés que los ángeles no
tienen ombligo?
-Que yo sepa, desde la época de María Castaña hasta la fecha, todo el mundo lo
lleva puesto, como si fuera la marca Lee de los leones.
La charla iba entrando al terreno personal. Así que él se animó a seguir
preguntando
-¿Y tanta curva, para qué?
-Para llevar mi cascabelito, pienso yo.
El tema empezaba a prometer gresca.
-Pero eso no es todo –lo frenó ella, secamente- Por el ombligo tu vieja te daba
de morfar antes de que empezaras a vivir del chupi, como hasta ahora. Sin madre,
no te hace falta ombligo, che. ¿Capishi o no?
La nami tenía conocimiento, y él escuchaba con la boca abierta,.
-¿De dónde sacaste tanta labia, nacida en Chivilcoy? –preguntó.
-Mis viejos son de la guardia vieja –dijo, como si eso alcanzara para explicar
mesejante cuadro de supremacía discursiva.
-Ahora entiendo... –respondió “el turco Bosse”, como le decían los cumpas de la
barra.
-Preguntá lo que quieras para ubicarte mejor –lo desafió ella.
Massalín se rascó la mollera. Por fin, dijo:
-¿Y si el problema es tan generalizado, el papa también tiene ombligo?
-Si.
-¿Y Kirchner?
-También.
-¿Y Napoleón, y el general San Martín también tenían ombligo?
-Todos tenían ombligo.
-¿Y María Castaña también?
-Efectivamente, por ser hijos de mujer. Solamente los angelitos, nacidos
mediante la generación espontánea, no lo precisan. Seguí preguntando, che.
-Ahora te doy la biaba, y cobro prenda.
-¿Como ser?
-Si gano, me das un beso. Si pierdo, un puñetazo en la nariz.
-Pobre mariposa... –dijo ella- Rompiéndote la jeta capaz me ensucio las pilchas,
sin llevarme nada a casa. Cien coronas, más mejor.
Así, esta trama llega a su epílogo. Y al Bosse Massalín le daba vueltas en el
balero una pregunta medio capciosa. ¿Tendrían ombligo todos nuestros
antepasados? ¡Vaya inquietud de divulgación científica! El problema parecía
simple, pero distaba mucho de serlo. ¿Para qué seguir dándole más vueltas al
tema? Llegado a este punto del entrevero, había que jugarse como un hombre.
-¿Okey? –preguntó.
-Okey –dijo ella.
-Batíme la justa, entonce... ¿Quién fue el antepasado tuyo más antiguo que
conocés?
-En Suecia o a nivel mundial, porque también tengo origen finlandés.
-A nivel mundial.
-Olaf, el vikingo.
-¿Nació por generación espontánea?
-Dale, viejo, que nuestros antepasados eran expertos en las artes del amor.
-¿Entonces tuvo padres?
-Sí, claro, y abuelos, y bisabuelos, y tartarabuelos, y cuñados, y sobrinos, y
qué sé yo, como todo el mundo.
-¿Y el tatarabuelo de tu tatarabuelo había nacido de un zapallo?
-No lo creo, seguramente él también tuvo mamá.
-Seguí para atrás en la nomenclatura.
-Si sigo retrocediendo, llegamos a Adán y Eva.
-¡Ahí te quería agarrar! Eva fue hecha de una costilla, y Adán salió de un
decreto del Creador. O sea, que si ninguno de los dos tenían madre, parece
difícil que llevaran rastros de su embarazo. ¿Viste que la gente sin ombligo
también existió?
Ella no dijo nada, y le dio un beso en la mejilla. Después se alejó, tan
raudamente como había llegado, camino del Folketspark.
-¡Adiós!
El turco se quedó paralizado, aunque seguro de una cosa. Pasarían los años, pero
esa mejilla no se la iba a lavar jamás.
THE END
Copyright: John Argerich, 2006
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 9
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