
El
sol radiante llenaba de vida la mañana invernal. Un día peronista, como se decía
antes, a pesar de lo lejos que estamos aquí de Buenos Aires. La capilla de Sankt
Olaf repleta de público. Amigos, conocidos, empleados, y periodistas, como
corresponde a un enlace entre gente VIP. Muchas trenzas rubias. El pasillo
central decorado con rosas rojas y claveles blancos. Los colores del amor y la
esperanza. Entonces se oyeron los compases impresionantes de la Marcha Nupcial
de Mendelsohn, haciendo estallar adrenalina en los corazones.
“Pam-pam, papán... pam-pam, papán...”
Una voz inspirada y sonora con acento suecoargentino se dejó oír cuando cesó la
música.
-¿Toma ústed por esposa a la Greta Olivia Backenberg, para amarla, asistirla, y
darle de morfar tanto en las buenas como en las malas, hasta que la muerte los
separe?
-¡Qué pregunta tan comprometida, padre Lars!
-¿Sí, o no?
-A ver, a ver...
-Si no responde, suspendo la ceremonia –dijo el cura.
-Decí que sí, o te cago a balazos –dijo el suegro, don Olaf, en voz baja,
mientras le metía un Colt 45 made in USA entre las costillas.
-Sí –repuso el novio.
-Entonces, los declaro marido y mujer. Bese a la novia.
Después vinieron los brindis y el arroz, pero la tragedia de ese inmigrante no
acababa de concluir. Recién empezaba.
-¡Que baile con la suegra! –decían todos.
Y él guió los cien kilos rubios de la señora mayor entre multitud de danzarines.
“Si yo hubiera tenido treinta años menos, no era con ella que perdías el
invicto”, pensaba doña Britt.
Y por fin, la música calló.
-¿Un cognac?
Después empezaba la realidad, porque a uno le han llenado el coco con la idea de
que el casorio con una sueca no es un mal necesario, sino el triunfo que aguarda
a los tipos piola. Como recibirse de inmigrante integrado al cien por cien.
Salís de la categoría de pavo, para entrar en la de vivo, como decía la nona
Pasqualina. O sea que dejás de ser un purrete a la bartola que vive mangueando
al Social, para pasarte de bando. Ya no todo es fóbal y milonga. Ahora pagás
impuestos, puteás a la socialdemocracia, y tenés preocupaciones serias. La
primera es poner casa propia, con muebles, ajuar y si te da el cuero, un Volvo
más o menos decentito paralelo a la vedera. Porque como escuchaste decir toda tu
vida, “el casado, casa quiere”. O sea, que en el fondo más recóndito del cuore,
todos aspiramos a un inventario carísimo, compuesto por heladeras, cocinas,
sillones, lavarropas, sábanas y microondas. Dicho en buen romance, una enorme
gama de porquerías en la que nunca habías pensado. Pero el equipamiento es sólo
el principio de tu travesía por el Mar de los Sargazos. Porque aunque no te
guste un pito la idea, el trámite que llamamos casorio binacional no es un fato
cualuncue en la vida de la persona. Muy por el contrario, viene fichado desde el
vamos como alcaloide del progreso social. Mas no todo lo que brilla es oro, y
algunos baten la justa, llamándolo de otra forma: Un globazo para tumbar al
morocho más pintáo. Y por si fuera preciso empaquetarte mejor, le dicen piedra
fundamental de la nueva sociedad. Pero al pan, pan y al vino, vino. Si uno lo
mira bien, el casorio es la suprema tramoya para afanarte hasta color. Con quién
te enganchés no importa, sea rusa, sueca o paquistana, todas juegan en el mismo
bando. Un complot con berretines de ciencia ficción, porque te hacen prometer
cosas imposibles de cumplir. Por ejemplo, que no vas a tener ojos más que para
junar a tu esposa. Como si ser vegetariano te dejara chicato para leer el menú
en el restaurante. Y por si mesejante engrupe fuera poco, todavía te hacen jurar
públicamente con cara de salame que le vas a dar de morfar “köttbullar” gratis
toda la vida. Un contrato desparejo, porque a cambio de que vos te mates, ella
sólo toma a su cargo dos o tres pavaditas. Lavar la ropa, cocinar, y calentarte
la catrera cuando se corta la calefacción por falta de pago. Si te quejás, no
faltará quien diga:
-Ahora vas a morfar comida sueca, pibe, no las empanadas inmundas que lastrabas
antes, y no tenés que apoliyar más con sobretodo.
Pero en este valle de lágrimas las cosas no son tan simples como parecen, porque
del dicho al hecho hay mucho trecho. Esa bruja disfrazada de angelito blanco con
ojos azules te pasa al cuarto como un gil, y después de nueve meses, ya son tres
buches para llenar con tu laburo. Pero pará la mano, compañero, que en este país
el fato puede ponerse aún más espeso. Por ejemplo, si un buen día se aparece tu
suegra de visita, y resuelve quedarse dos meses porque nieva mucho para piantar
rápido a baraja. Durmiendo en tu cama y roncando sonoramente como convidada de
piedra, mientras vos apoliyás en la bañadera.
-¡Dios me ampare!
“Tranqui, paisano”, dirían los que saben, porque a pesar del espanto que produce
este relato, palabra que no son globos. Les estoy contando lo ocurrido a un
valor de mi entorno, el Coco Piñataro, que jugaba como número diez en Defensores
de Kirseberg. Un cumpa que de tanto hacerse mala sangre terminó agarrándose a
piñas por cualquier macana con los changos de la barra. El loco Piñazo, le
decían primero, pero los apodos se deterioran con el transcurso del tiempo. Así
fue que cierto día fatídico en vez de decirle Piñataro, un púa empezó a llamarlo
Puñetero.
-¡Tu abuela, la tuerta!
-¡Atajáte este uppercut!
La respuesta no se hizo esperar, y ambos personajes del drama terminaron en
cafúa, porque todo se puede perder, menos la imagen.
-¡Delincuente! –le gritaba la mamá política, al pobre Coco, cuando fueron con un
picapleitos a sacarlo de galera.
-¡Atorrante! –dijo la Greta-Yo me voy con mi mamá.
-¿Este es el reo?–preguntó el avenegra que llegó con la jovata- Mis honorarios
son dos lucas, para salir esta semana en libertad condicional. Pero hace falta
algo más para adornar a la cana y al juzgado, así los papeles no se pierden.
-¿Coimas, aquí en Suecia?
La respuesta fue para parar la oreja. El coso, que se llamaba Oskar Lundberg,
empujó las gafas hasta la punta de la napia, y esbozando una mueca piola de tipo
acostumbrado a tratar con extranjeros, dijo con voz suave:
-En todas partes se cuecen habas, che.
Dos días después, Coco regresaba con la frente marchita al domicilio conyugal.
¡Qué contento se puso el perro, viéndolo de nuevo! Porque lo que es la suegra,
cumplida su misión moralizadora se había rajado de vuelta a su domicilio legal,
dejando una misiva.
“¡Sinvergüenza!”, decía el texto.
Greta Olivia, media hambreada por cuatro días de abstinencia, insinuaba sus
encantos luciendo una blusa muy escotada y microfalda con el ombligo al aire,
que daban ganas de morfársela cruda sin discriminación alguna, en el primer
encuentro. Pero más seria que turco bajo la lluvia, porque ella era la ofendida
y habría que ser salame y medio para perderse tan hermosa oportunidad de
basurearlo al dorima. Un aparato de música llenaba el ambiente con los compases
de una vieja canción sentimental.
“Mujer, si puedes tú con Dios hablar...”
La guerra de los sexos, un decir. En resumen, Piñataro tiró el saco sobre una
silla, y sus miradas se encontraron.
-Cuatro días –dijo él.
-Son of a bitch! –dijo ella.
El diálogo subsiguiente sería incomprensible para los no iniciados, por tratarse
más bien de monosílabos.
-¡Ay!
-¡No!
-¡Si!
-¡Entonces, dale que va...!
Así fue como nueve meses después, el Coco estaba cada vez más sometido. Y los
que morfaban de su sueldo no eran ya tres, sino cuatro. Situación que ratifica
nuestra tesis inicial. Las suecas están rebuenas, pero casarse con una de ellas
no es ningún chiste, sino otra tramoya del gobierno, para engrupirte como un
gil.
THE END
Copyright: John Argerich, 2006
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 9
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