ENTRETENETE UN CACHO Y HACE LABURAR LA PENSADORA



Por John Argerich
MEDITACIONES SOBRE EL CASORIO BINACIONAL
(Donde se habla del Coco Piñataro y su tragedia)

El sol radiante llenaba de vida la mañana invernal. Un día peronista, como se decía antes, a pesar de lo lejos que estamos aquí de Buenos Aires. La capilla de Sankt Olaf repleta de público. Amigos, conocidos, empleados, y periodistas, como corresponde a un enlace entre gente VIP. Muchas trenzas rubias. El pasillo central decorado con rosas rojas y claveles blancos. Los colores del amor y la esperanza. Entonces se oyeron los compases impresionantes de la Marcha Nupcial de Mendelsohn, haciendo estallar adrenalina en los corazones.
“Pam-pam, papán... pam-pam, papán...”
Una voz inspirada y sonora con acento suecoargentino se dejó oír cuando cesó la música.
-¿Toma ústed por esposa a la Greta Olivia Backenberg, para amarla, asistirla, y darle de morfar tanto en las buenas como en las malas, hasta que la muerte los separe?
-¡Qué pregunta tan comprometida, padre Lars!
-¿Sí, o no?
-A ver, a ver...
-Si no responde, suspendo la ceremonia –dijo el cura.
-Decí que sí, o te cago a balazos –dijo el suegro, don Olaf, en voz baja, mientras le metía un Colt 45 made in USA entre las costillas.
-Sí –repuso el novio.
-Entonces, los declaro marido y mujer. Bese a la novia.
Después vinieron los brindis y el arroz, pero la tragedia de ese inmigrante no acababa de concluir. Recién empezaba.
-¡Que baile con la suegra! –decían todos.
Y él guió los cien kilos rubios de la señora mayor entre multitud de danzarines.
“Si yo hubiera tenido treinta años menos, no era con ella que perdías el invicto”, pensaba doña Britt.
Y por fin, la música calló.
-¿Un cognac?
Después empezaba la realidad, porque a uno le han llenado el coco con la idea de que el casorio con una sueca no es un mal necesario, sino el triunfo que aguarda a los tipos piola. Como recibirse de inmigrante integrado al cien por cien. Salís de la categoría de pavo, para entrar en la de vivo, como decía la nona Pasqualina. O sea que dejás de ser un purrete a la bartola que vive mangueando al Social, para pasarte de bando. Ya no todo es fóbal y milonga. Ahora pagás impuestos, puteás a la socialdemocracia, y tenés preocupaciones serias. La primera es poner casa propia, con muebles, ajuar y si te da el cuero, un Volvo más o menos decentito paralelo a la vedera. Porque como escuchaste decir toda tu vida, “el casado, casa quiere”. O sea, que en el fondo más recóndito del cuore, todos aspiramos a un inventario carísimo, compuesto por heladeras, cocinas, sillones, lavarropas, sábanas y microondas. Dicho en buen romance, una enorme gama de porquerías en la que nunca habías pensado. Pero el equipamiento es sólo el principio de tu travesía por el Mar de los Sargazos. Porque aunque no te guste un pito la idea, el trámite que llamamos casorio binacional no es un fato cualuncue en la vida de la persona. Muy por el contrario, viene fichado desde el vamos como alcaloide del progreso social. Mas no todo lo que brilla es oro, y algunos baten la justa, llamándolo de otra forma: Un globazo para tumbar al morocho más pintáo. Y por si fuera preciso empaquetarte mejor, le dicen piedra fundamental de la nueva sociedad. Pero al pan, pan y al vino, vino. Si uno lo mira bien, el casorio es la suprema tramoya para afanarte hasta color. Con quién te enganchés no importa, sea rusa, sueca o paquistana, todas juegan en el mismo bando. Un complot con berretines de ciencia ficción, porque te hacen prometer cosas imposibles de cumplir. Por ejemplo, que no vas a tener ojos más que para junar a tu esposa. Como si ser vegetariano te dejara chicato para leer el menú en el restaurante. Y por si mesejante engrupe fuera poco, todavía te hacen jurar públicamente con cara de salame que le vas a dar de morfar “köttbullar” gratis toda la vida. Un contrato desparejo, porque a cambio de que vos te mates, ella sólo toma a su cargo dos o tres pavaditas. Lavar la ropa, cocinar, y calentarte la catrera cuando se corta la calefacción por falta de pago. Si te quejás, no faltará quien diga:
-Ahora vas a morfar comida sueca, pibe, no las empanadas inmundas que lastrabas antes, y no tenés que apoliyar más con sobretodo.
Pero en este valle de lágrimas las cosas no son tan simples como parecen, porque del dicho al hecho hay mucho trecho. Esa bruja disfrazada de angelito blanco con ojos azules te pasa al cuarto como un gil, y después de nueve meses, ya son tres buches para llenar con tu laburo. Pero pará la mano, compañero, que en este país el fato puede ponerse aún más espeso. Por ejemplo, si un buen día se aparece tu suegra de visita, y resuelve quedarse dos meses porque nieva mucho para piantar rápido a baraja. Durmiendo en tu cama y roncando sonoramente como convidada de piedra, mientras vos apoliyás en la bañadera.
-¡Dios me ampare!
“Tranqui, paisano”, dirían los que saben, porque a pesar del espanto que produce este relato, palabra que no son globos. Les estoy contando lo ocurrido a un valor de mi entorno, el Coco Piñataro, que jugaba como número diez en Defensores de Kirseberg. Un cumpa que de tanto hacerse mala sangre terminó agarrándose a piñas por cualquier macana con los changos de la barra. El loco Piñazo, le decían primero, pero los apodos se deterioran con el transcurso del tiempo. Así fue que cierto día fatídico en vez de decirle Piñataro, un púa empezó a llamarlo Puñetero.
-¡Tu abuela, la tuerta!
-¡Atajáte este uppercut!
La respuesta no se hizo esperar, y ambos personajes del drama terminaron en cafúa, porque todo se puede perder, menos la imagen.
-¡Delincuente! –le gritaba la mamá política, al pobre Coco, cuando fueron con un picapleitos a sacarlo de galera.
-¡Atorrante! –dijo la Greta-Yo me voy con mi mamá.
-¿Este es el reo?–preguntó el avenegra que llegó con la jovata- Mis honorarios son dos lucas, para salir esta semana en libertad condicional. Pero hace falta algo más para adornar a la cana y al juzgado, así los papeles no se pierden.
-¿Coimas, aquí en Suecia?
La respuesta fue para parar la oreja. El coso, que se llamaba Oskar Lundberg, empujó las gafas hasta la punta de la napia, y esbozando una mueca piola de tipo acostumbrado a tratar con extranjeros, dijo con voz suave:
-En todas partes se cuecen habas, che.
Dos días después, Coco regresaba con la frente marchita al domicilio conyugal. ¡Qué contento se puso el perro, viéndolo de nuevo! Porque lo que es la suegra, cumplida su misión moralizadora se había rajado de vuelta a su domicilio legal, dejando una misiva.
“¡Sinvergüenza!”, decía el texto.
Greta Olivia, media hambreada por cuatro días de abstinencia, insinuaba sus encantos luciendo una blusa muy escotada y microfalda con el ombligo al aire, que daban ganas de morfársela cruda sin discriminación alguna, en el primer encuentro. Pero más seria que turco bajo la lluvia, porque ella era la ofendida y habría que ser salame y medio para perderse tan hermosa oportunidad de basurearlo al dorima. Un aparato de música llenaba el ambiente con los compases de una vieja canción sentimental.
“Mujer, si puedes tú con Dios hablar...”
La guerra de los sexos, un decir. En resumen, Piñataro tiró el saco sobre una silla, y sus miradas se encontraron.
-Cuatro días –dijo él.
-Son of a bitch! –dijo ella.
El diálogo subsiguiente sería incomprensible para los no iniciados, por tratarse más bien de monosílabos.
-¡Ay!
-¡No!
-¡Si!
-¡Entonces, dale que va...!
Así fue como nueve meses después, el Coco estaba cada vez más sometido. Y los que morfaban de su sueldo no eran ya tres, sino cuatro. Situación que ratifica nuestra tesis inicial. Las suecas están rebuenas, pero casarse con una de ellas no es ningún chiste, sino otra tramoya del gobierno, para engrupirte como un gil.

THE END

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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 9 países.

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