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Esta
mattina me tuve que bancar por enésima vuelta un batifondo de órdago, mientras
junaba por la ventana, para no quedarme atrás en la crónica barrial. Trámite que
hago todos los días, por sana curiosidad. De no, falta tema para charlar con la
barra en el café.¡Y qué bolonqui presencié esta vuelta, hermano! Acababa de
estacionar un mionca pintado de un color que alguna vez fue verde, y desde su
interior, manos laboriosas tiraban fierros a la vedera. Había llegado la
cuadrilla de Obras Sanitarias que nos era tan familiar, y cuyos integrantes ya
llamaban a casi todos los vecinos por su nombre de pìla. O sea los honestos y
rudos tanos que hicieron la patria, aportando puntuales cada quincena para
enchastrar la vía pública a fuerza de pico y pala. Por regla general, justo el
día que te lustraste los tamangos o lavaste el auto, si sos un bacán. “Es el
precio del progreso”, dice con énfasis patriótico la maestra jubilada del 4º.
“B”, pero a pesar de sus buenos propósitos, esa rutina rompe los cocos de un
servidor.
-¿Come va, signore López?
-Viento en popa, don José. ¿Vienen a abrir otra zanjita, tal vez?
-Para el viernes la cuadra queda como nueva -afirmaba el capataz.
Pero a pesar de cualquier molestia circunstancial, era buena gente, cuyo
contacto enriquecía nuestra cultura ciudadana. Orgullosos de su oficio, con la
sabiduría de haber puesto kilómetros de caños bajo las calles.
-En esta vida todo está vinculado a la construcción -decía uno.
Pero en temas que rozan lo íntimo, es difícil lograr unanimidad.
-¡Dejemén dormir, que laburo de noche, por favor! -gritó un señor con piyama
rayado, desde la ventana del primer piso.
-Tómeselo con calma, signore, que es por el bien de todos -agregaba el capataz.
Y mirando las cosas con su justa pespertiva, aquellas eran palabras sabias.
Llenas de esa sabiduría que no se chapa en los brolis, sino gambeteando
piano-piano el empedrado de mi ciudad. Pero pongamos las cosas en su justo
sitio, que en todas partes se cuecen habas. Si vivís a lo camba en una suite
pipi-cucú los vecinos te ponen “don” antes del nombre de pila, y si usás funye ,
te dicen “doctor”. Abajo de ese nivel, vas perdiendo jerarquía. “El pelado”, “el
ruso”, “el inglés”. Y al fondo del tacho “Che González”, o lo que me gusta
bastante menos: el “Che Pedrito”, y el “che Juan”. La trama del folletín está
clara: cuando los vecinos agarran confianza, el tratamiento protocolar se
desmorona. Como hacen las viejas cuando juegan al enganche con puntos malos.
Meterte galones de perdedor, para ser gráfico. Y el tema es escabroso, porque
hace falta bocho para no caer en competencias que a nada bueno llevan. Como
culminar asignando al candidato el grado máximo que admite el escalafón: General
de los purdéviles que llenan las calles de mi ciudad. Y ahora, una aclaración:
Como licencia literaria, querría introducir aquí ese modernismo tipo “doble A”,
por haber nacido mitad en el Abasto y mitad en la rubia Albión. Su defensa es
sencilla, porque si llamamos “living” a la sala de estar, “cóctel” a una mestura
de chupis finos, y “revolver” al bufo, no veo por qué no vamos a llamar “purdévil”,
a cualquier croto de solemnidad. Porque así suenan las palabras “pobre diablo”,
dichas en buen inglés.
-Poor devil? -dijo un yoni que por allí pasaba.
-Te recontra , che... -le contestó el capataz.
Pero aunque sigamos dándole manija al tema, Buenos Aires no sería lo que es con
puro tano poniendo caños. Hacía falta irse para arriba, a competir con las
nubes, Primero empezaron haciendo iglesias, con unos campanarios que los
sacristanes debían limpiarlos atados a las rejas. No porque eso asegurara un
mejor fregado de los bronces, sino por si las moscas, como se suele decir. Que
si te venís en banda, tienen que juntarte con cucharita, casi más. De todos
modos, la exclusiva no duró, por meterse, en escena el gremio de la
construcción, listo para pugnar por el espacio aéreo. Entonces se hizo popular
una copla que quedó grabada para siempre en los anales de mi memoria.
Un albañil se cayó
de la torre de una iglesia.
-decía el cantor-
Y no se hizo nada en los pies...
¡porque cayó de cabeza!
Y fuera de joda, ¡había que ver la monada que eran las primeras casas de
departamentos! Amplias, bien iluminadas y de estilo francés. Todo era armonía en
el trabajo, y cuando los albañiles llegaban al techo, acostumbraban decorarlo
con ramas de árbol y hacer un asado. Hasta que llegó la discordia, porque a un
gallego se le ocurrió en vez de ramas, que hay que andarlas afanando en la plaza
cuando no te ve el cuidador, culminar la obra con un palo de escoba. Los que
además de la reseñada facilidad de adquisición, se pueden reciclar o usarlos
como leña. Sólo había un problema, y estos traen cola, como se verá a renglón
seguido. Bien colocada, cualquier escoba es más alta que el decorado
tradicional, lo cual dio origen a una despiadada competencia. O sea que cuando
se acababa una obra, el personal no invitaban más a los colegas para celebrarlo,
y siempre había algún púa observando qué escoba llegaba más alto. Usaron unas
escobas larguísimas para limpiar techos de catedrales, pero se las llevaba el
viento. Pésima señal, sin duda, porque a los elementos naturales es difícill
hacerles frente. Entonces un paraguayo que le decían “el Pelao” hizo su
propuesta:
-Vea, che propietario -dijo- ¡Si yo tuviera guita como vos, a ese añamembuí de
enfrente no le ando con vueltas, y le pongo la tapa construyendo un piso más!
Todos querían llegar más alto que los competidores, y así empezó a crecer la
ciudad. Ya no eran puras casas de cinco pisos, sino que las hubo de seis, siete,
ocho, nueve, y hasta diez, que eran bien altas. Entonces apareció una vieja
millonaria de origen norteamericano, con deseos de brillar.
- Mr. Architect, -dijo- hágame una casa mucho alta, así nadie me pueda espiar
cuando subo a la azotea para tomar sol en topless.
-Desde el punto de vista técnico no hay dificultades, Sra. Kavanagh –repuso el
profesional- pero existe un problema práctico. Recién estamos en 1936, y esa
prenda aún no se ha inventado.
-No importa, dijo ella, con ese espíritu ejecutivo tan característico de su
estirpe. Hágame una casa de 30 pisos, que yo me las rebuscou.
Lo que pasó después es historia reciente, y todos la hemos vivido. Empezaron a
construir torres cada vez más altas por todo el centro, y los ocupantes se
dotaban de potentes catalejos chinos para no perder detalle. Algo previsible,
pues según dicen los expertos, la gringa estaba muy bien. Y ni a palos nadie que
apreciara los atractivos del sexo débil iba a respetar el derecho ajeno a tener
un baldío cerca, para jugar al fóbal cuando hay buen tiempo. Después, ese
berretín se metió en los barrios, y cambió la imagen de la ciudad. Por fin
llegaron hordas de hippies, rusos y provincianos que, como relata la Wilkipedia,
en pocos años hicieron más de 400 edificios cuya altura sobrepasa los 19 pisos,
de los que dos docenas trepan más de 40, y un grupo privilegiado llega al medio
centenar. Habían cambiado los hábitos de vida, y con ellos, los criterios de
valuación. O sea que ya no era todo metros cuadrados y cercanía al subte.
-Lo que le estoy ofreciendo es una perla, señor.
-Sin embargo, las áreas de recepción me parecen chicas, y los revestimientos
algo pobres. Debo discutirlo con mi esposa, para tomar una decisión.
-Es que este departamento no es un a vivienda cualquiera. Asunto de ubicación,
¿comprende la que le estoy batiendo?.
-Necesitaría más datos.
-Está frente a las duchas del Club Femenino Libertad.
-¡A la pelotita! -dijo el interesado- Ahora comprendo el sobreprecio. ¿Cuánto
hay que dejar como depósito, para reservarlo, che?
-Diez mil dólares.
-¡Una pichincha, pensé desde el primer momento...! No todo en la vida es pórlan,
arena, y cal.
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 10
países.
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