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Resumen del Capítulo I
El
sueño de mi vida fue siempre hacerme invisible, así podía junar al minaje en el
vestuario del club sin que me bajaran a tortas. Otra razón era que en vez de
laburar, hubiera alcanzado con meterme en cualquier banco chapando toda la guita
que encontrara a mano, sin tener que entrar en discusiones sobre el derecho de
propiedad. La cosa era cómo lograr ese estado ideal. Fui a la farmacia, y compré
un tecito de yuyos que me habían recomendado, pero no dio resultado. Entonces
creí oportuno visitar a una figura respetada de mi barrio, capaz de solucionar
cualquier problema por una discreta donación. Doña Clota, la curandera, persona
muy bien relacionada con las matufias del más allá.
Lo que ocurrió después
Apenas me senté frente a la mesa en que estaba la bola de cristal, la sabia
empezó a rezar. Primero como un susurro, después a grito limpio, mientras se
tiraba del pelo y golpeaba el piso de ladrillos con la punta del bastón. El gato
negro trepaba por los muebles, y los perros aullaban lúgubremente, azuzados por
las ánimas en pena. Entonces ella se puso a cantar salmos, a viva voz. Después
echó agua bendita con una cacerola, cuidando que aquella cubriera todos los
rincones del consultorio.
-Pa’ congraciarse con la Dijunta -había dicho.
-Al ratito metió un crucifijo en una ensaladera con perfume de olor dulzón.
-Pa’ vos, Ceferino -exclamó, poniendo los ojos en blanco.
Finalmente hubo invocaciones a otras imágenes de gran poder. Perón, Maradona, y
la Madre María, por ejemplo. Sin faltar un minuto de recogimiento en homenaje a
Pancho Sierra, el milagrero de Salto, tan mal visto por los burócratas de Roma,
que manejan las promociones del otro mundo.
-¡Abracadabra, pata de cabra! -dijo doña Clota, con voz misteriosa.
-¡Mamita querida! -alcancé a decir yo, mientras los postigos de la ventana
iniciaban un concierto infernal, de golpes contra el marco.
-¡Esa es la señal! -gritó la vieja, poniéndose de pie.
-¿Cómo dijo?
-¡Que nos han escuchado...! Te veo cada vez más borroso, che. Dame los
veinticinco mangos de honorarios antes de que la guita también se haga
invisible.
-Pero señora... Debe andar con los anteojos sucios, porque yo me veo igual que
siempre. Las manos, los pantalones, los tamangos, qué sé yo.
-Vos te podés ver porque sos el paciente, pero nadie te ve a vos.
-¿Me hice invisible, entonces, doña Clota?
-Así es, querido. Masticáte unas hojitas de mastuerzo con sal todas las tardes,
para conservar la gracia. Y que tengas suerte en tu nueva situación.
Yo me puse de pié como movido por un resorte, y salí a la calle. Caminé un
ratito, y por fin me tomé el subte, loco de contento. Pero con tantas emociones,
ese día se me habían ido las ganas de laburar. Así que encendí el móvil,
mientras craneaba cualquier globo para disfrutar la rata.
-Estoy con fiebre, señor jefe...
-Que te mejores, che.
Un problema menos, pero había que volver enseguida al domicilio legal, por si
aparecía algún olfa del departamento médico. ¡Qué lorca estaba haciendo esa
mañana, mamma mía! Me bajé en la primera parada, y tomé el tren de vuelta hasta
Avenida La Plata.
Pero esa mañana estaba escrito que, con 32 grados a la sombra, mi destino iba a
salirse de curso. Entonces, me empezó a titilar la luz roja del tablero. ¿Para
qué preocuparse por la canícula si, siendo invisible, podía sacarme la ropa y
seguir piola, sin ofender a nadie? Primero tiré la musculosa adentro de un tacho
de basura. Después me saqué los pantalones, y me los puse abajo del brazo. Pero
molestaba andar con carga, así que no pasaron muchos metros hasta que los metí
en un buzón. Y si me había sacado todo, no hallé razones para dejarme puestos
los calzoncillos. Así que los colgué del manubrio de una moto que estaba
estacionada en la vedera. Sacándole un cachito de brillo, por costumbre, como
hago con la motoneta del Juan, cuando me la presta para ir de levante.
-¡Oia, mamá...! -dijo un nene de cuatro años- ¡Un hombre desnudo lavando la moto
en la calle!
-¡Qué degenerado...! ¡Mire para otra parte, che!
En eso pasaron dos pebetas con tacos altos, minis cortitas, blusa escotada y la
panza al aire, como se usa ahora. Un despelote de hembras, hablando mal y
pronto. Y yo, tenía corazón. Así que sentí una descarga eléctrica, que casi más
me hizo aterrizar de busarda en el pavimento. Las minas deben haber presentido
algo, porque ahicito nomás empezaron juá, juá, juá.
-¡Mirá, Liliana...! ¡Un tipo en bolas!
-¿A vos te parece que será un colifa?
-No, deben estarlo filmando para una película de propaganda europea, de esas que
hacen por todo Buenos Aires.
-Ya te entiendo. Extravagancias de los forjadores de imagen.
-¿Imagen en pelotas?
-No sé...
-¿Un actor porno, entonces?
-Para eso hay que estar mejor dotado. Un nudista buscando empleo, a lo mejor.
-Capaz que va a una de esas concentraciones donde les sacan fotos en bolas a
miles de tipos juntos.
-Tipos y tipas.
-Ya no hay respeto por nada, che!
-Dale, flaca...No te hagás la monjita y vamos. ¡Es divertido y siempre se
levanta algo!
-Entonces tiremos las pilchas, que como son bien pocas, no hay peligro de
contaminación ambiental.
-¿Los tamangos también?
-Esos no, que son de Scarlet.
“¡Vaya par de locas!”, pensé yo, viéndolas venir corriendo desnudas atrás mío.
“Para mí, para vos, para ninguno de los dos”, un decir.
El bueno de Darwin nos ha enseñado que el hombre desciende del mono. Y todos
sabemos que los monitos son maestros en el arte de imitar. De ésto a contarles
lo que pasó esa mañana, no hay más que un paso. La gente nos alentaba, y cada
vez más transeúntes se ponían como habían andado nuestros ancestros en el
paraíso terrenal. Así que a las dos cuadras ya éramos una barra como de
veinticinco participantes.
“Una maratón de nudistas sorprende a la ciudad”, puso Clarín en sus vidrieras.
Y al rato la gente hacía grupitos para comentar la noticia. Una colección de
notas profusamente ilustradas, ahora que cualquiera es fotógrafo, con los
teléfonos móviles.
“Mejor que mirar, es tocar”, dice el refrán. Y yo me quedé patidifuso cuando
pasó delante mío una minusa sacudiendo las caderas que daba calambre, daba.
-¡Venga con su papito...! –dije, movido por irrefrenable inspiración, mientras
le robaba una caricia atrevida.
La respuesta demolió mis ilusiones.
-¡Degenerado, en pelotas y tocándoles el culo a las mujeres!
Yo la miré a los ojos, y dije “je, je”, porque a pesar de la bronca, ella no
podía verme. Raro el carterazo que me encajó en plena facha. Debe haberlo
disparado siguiendo mi perfil acústico. Después apareció un cana.
-¡Documentos! -dijo.
Yo me quedé en el molde.
-¡A vos te hablo, atorrante! -repitió la autoridad
Pero como yo era invisible no entendí a quien se dirigía. Así que miré
alrededor. Los nudistas echaban chispas por la interrupción de aquella marcha. Y
uno amenazó con quejarse al defensor del pueblo. Menudo lío se iba a armar,
cuando tomara cartas la Asociación Naturista Internacional. LA ONU, la OTAN,
UNICEF, qué sé yo. Y ante semejante presión, el cana dio marcha atrás. Entonces
los concurrentes aprovecharon para arrancarle el uniforme, y dejarlo como Adán
antes de ir al sastre.
-¡Bienvenido al destape nacional! -dijo una señora haciendo pantalla con las
manos, para que la oyeran mejor.
Poco más allá, una pared recién garabateada proclamaba consignas siempre
actuales.
“Sin corpiño y sin calzón” -decía- “semos todas de Perón”.
En resumen, no se queden más con la boca abierta cuando vayan a las playas
brasileñas, mis queridos lectores. La guerra por tomar sol a pura piel, empezó
como la cumbia villera. En el cuore mismo de mi ciudad. Porque lo que vale es la
pinta, y forjadores de imagen siempre habrá.
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 10
países.
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