INDICE PARTE 2
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Un ruiseñor cayó muerto de la rama en la que se encontraba. No como una piedra
que cayera sino como, precisamente, un ruiseñor al morir -y no es que tuvieran
ninguna experiencia en ese sentido, salvo la que obtenían en la ocasión-. Que
hubieran visto todo el proceso se debió justamente a que alzaron la vista al oír
quebrarse el trino familiar, en una suerte de carraspera de ruiseñor que jamás
habían oído ni sospechaban siquiera que pudiera darse -en el caso de Lu, y con
mucha más razón en el de la niña: aunque ella notó la peculiaridad de ese trino,
sin darse cuenta de que lo notaba, lo que quedó patente en la casualidad casi
prodigiosa de que lograra enfocar el punto exacto donde el ave se aprestaba a
morir-. Lu Hsin, habituado a la mayor exactitud en sus intercambios con todo el
mundo, se impacientaba con la parsimonia de la criatura en percibir dónde,
exactamente, sucedía esto o aquello, siempre dispersa en esa atención múltiple
de los niños que no hace mayor diferencia entre lo real y lo pensado. Por
momentos habría temido que algo no funcionara del todo bien en los sistemas
sensores de la pequeña, de no haber obtenido informaciones confirmatorias de que
era un rasgo común.
Y, en efecto, después de esas tosecitas en ultraagudo el ave se tambaleó
(pudieron notar el tambaleo, como la transmisión de un temblor) y cayó muerta al
suelo, quizás, al fin de cuentas, sí, como una piedra. ¿Qué otro símil
encontrar?
Fueron a verlo; era lo más insignificante del mundo, entre la hierba
descolorida. La niña lo habría tocado pero él se lo impidió: valía más no tocar
a los pájaros, así fueran las límpidas criaturas de la fábula, por motivos
higiénicos. Y éste, después de todo, estaba muerto. Él mismo lo dio vuelta con
la punta de un lápiz que llevaba en el bolsillo, con la vana intención de
mirarle la cara, pero no había más que un pico y unos párpados como puntos de
papel húmedo arrugado.
-Murió de viejo, nada más -dijo, consolatorio-. ¡Viejo, viejísimo! -repitió un
par de veces mirando los grandes ojos verdes y casi dorados de la niña, que no
entendían nada explícitamente, y que algún día serían tan negros como los suyos.
Esas aves, los ruiseñores de la especie corpulenta, se hacían más y más pequeños
a medida que envejecían, hasta llegar a un punto de casi compacidad, cada vez
más cerca de un umbral, que al fin trasponían insensiblemente, en el que su
organismo carecía de espacio para seguir funcionando. Alguna vez había visto los
cuerpecitos casi momificados: cuando se los hallaba en el bosque, era una
ocasión de hacerlos públicos, y no pocas casas tenían ese tristísimo adorno.
Pero ahora había tenido la oportunidad de ver la breve agonía (nada más que el
instante en que se producía) y la muerte, y quizás no hubiera muchos hombres que
pudieran decir otro tanto.
Eso fue lo que volvió memorable el paseo de ese día, que por otra parte era el
que hacían todos los días desde que la niña había empezado a caminar
aceptablemente bien, casi un año atrás; las caminatas se habían ido haciendo más
prolongadas según los progresos de Hin en el arte deambulatorio. Lu las llamaba
sus "sesiones de conversación", por cuanto efectivamente las empleaba en hablar.
Hablaba tanto como callaba Hin, pero eso no podía ser sino lo natural. Le había
puesto ese nombre antiguo, que encontraba poético, por haber existido antaño una
emperatriz que se llamaba así, una emperatriz cuya doncella favorita tenía el
mismo nombre, coincidencia lo bastante reñida con el protocolo como para que
algún cronista lejanísimo se hubiera tomado el trabajo de mencionarla secamente;
en el registro de la provincia la había asentado, caprichosamente, como Ma Dheng
Hin-Zhuang, inventando una familia de la que él habría sido, menos provisoria
que imaginativamente, el vicario territorial. Todavía no sabía hablar, o sabía
pero lo ocultaba: eso tampoco tendría nada de raro, y por cierto que no sería
una coincidencia digna de anotar en los anales.
Se quedaron un momento mirando el pájaro muerto, y Lu Hsin habló, como tenía por
costumbre. En sus discursos en esas ocasiones (en toda ocasión, para decir la
verdad, siempre que su adoptada estuviera presente) se tomaba el trabajo de
introducir todas las palabras relacionadas con el asunto particular que tenían
ante la vista, en frases breves, que por lo general repetía. Ahora levantó un
fragmentado túmulo ornitológico de palabras, ante la atención reverente de la
niña; no se le escapaba que si esa atención era tan reverente, no podía deberse
sino a lo enigmático que encontraba el sentido.
Al cabo de unos minutos siguieron adelante, y Lu se hundió en un silencio
pensativo. Se decía que con toda probabilidad nunca volvería a ver morir de
viejo a un ruiseñor. Que lo hubiera visto una vez ya era bastante inconcebible.
¿Pero cuántos fenómenos eran así de únicos y fantásticos en el orden natural, y
se sucedían ante sus ojos, sólo que con más discreción? En ese sentido, este
espectáculo fallaba por su obviedad.
Aprovechando la ensoñación de su guía, Hin recorría como en un sueño el camino
escarchado; necesitaba para ello cierto aflojamiento de la atención. Y era una
pena que a ella no se le prestara, así fuera por un instante, una atención
apasionada, porque era un cautivante pequeño prodigio en sí: llevaba botas
atadas, de piel de cordero, y una capa de hule amarillo sobre prendas tejidas,
en rojos apagados y diferentes. Todo su vestuario, y en especial los colores de
éste, salían de la imaginación de Lu Hsin, quien había llegado a considerarse
dotado de una suerte de infalibilidad, que ni siquiera la señora Whu
cuestionaba. Acertaba, sin más, en el punto de la más completa "extravagancia
adecuada", y nunca se habría visto una niña que representara con más precisión
el tópico de la infancia. Por obra de él, Hin parecía una pequeña sonámbula en
el mundo de la realidad, y curiosamente, actuaba en consecuencia. Lu se
preguntaba si no estaría afectando su carácter; si era así, no se preocupaba
porque de todos modos la afección estaba apuntada en la dirección correcta.
El pelo muy negro de la criatura brillaba sin gorro en el aire diamantino de
este comienzo de invierno. A pesar del hielo aquí y allí, no hacía frío: el aire
se distanciaba del frío de las cosas, y era agradable surcarlo. Tenía un paso
realmente alado, pese a que, a sus tres años recién cumplidos, todavía
conservaba la encantadora torpeza de los inicios.
Una culebra especialmente grande que vio le hizo volver la mirada a Lu, como
pidiéndole autorización para seguir adelante. Pero volvió a verlo absorto en sus
pensamientos y siguió sin más, unos pasos delante de él. El bosque estaba
superpoblado de culebras pequeñas, serpentinas de un verde apagado, casi gris
cuando no se disponía del volumen apropiado de luz diurna. Al poco rato, la
ensoñación de Lu pasó a ella, sin cambiar de modalidad.
Pero estaba lloviznando, y probablemente fuera más prudente volver. Para sus
paseos elegía casi invariablemente los "bosques largos" que habían quedado a los
costados de los embalses del Qu, a los que habían emigrado poblaciones enteras
de animálculos de sus hábitats ahora inundados; de ahí que esas florestas, que
en otros tiempos habían sido calmadas y casi superfluas, ahora dieran una
sensación de lleno a la que era difícil sustraerse, y muy apasionantes para el
observador. Y eso explicaba también que hubieran tenido la oportunidad de ver la
muerte de aquel pájaro. Esto lo pensó Lu con cierta melancolía: al fin de
cuentas, el milagro se empañaba con una explicación perfectamente natural, si es
que podía considerarse natural esa contracción de lo natural.
En realidad, la lluvia era plena, y casi violenta. Simplemente no la notaban
porque iban al abrigo algo ambiguo del follaje. No tenía demasiada importancia,
pero le molestaba un poco que lo vieran al volver. Tenía sus horarios, y le
disgustaba pensar que pudieran tomarlo por un maniático, de los que no pueden
privarse de un hábito, así sea el más inocente del mundo como es el de dar un
paseo por la naturaleza, aun cuando todo en la naturaleza se oponga, incluso con
la tenue y cotidiana oposición de la lluvia.
Pero cuando salieron de lo más cerrado del bosque para entrar al camino que
bajaba hasta transformarse en una calle de la aldea (la calle donde se hallaba
su casa) la lluvia había cesado. Hicieron el resto del trayecto distraídos en la
evitación de los numerosos charcos, y al trasponer la verja de la casa la niña
se precipitó a jugar con su mascota, una liebrecita de agua que nunca como ahora
estaba en su elemento en el húmedo jardín. Se había embarrado sobremanera, pero
Lu Hsin la dejó en libertad, con un suspiro.
Entró para decirle a la señora Whu que cambiara a Hin; la encontró conversando
con una mujer de la aldea, y no le dijo nada. Pasó a la oficina y se sobresaltó
al encontrarse con un desconocido que lo esperaba y que ahora levantó la vista,
sorprendido él también por la entrada silenciosa del dueño de casa. Tenía las
prendas abotonadas del ejército, al que no pertenecía, sin embargo. Se levantó y
se presentó con cierta torpeza, no sin antes hacer un gesto en dirección al
tablero de plata que había tenido entre manos un instante antes, con entonación
ligeramente culpable:
-Bonito objeto. -Con lo que demostraba que había temido que lo tomara por
ladrón, o al menos por entrometido.
Resultó ser un ingeniero que venía a la provincia a hacer estudios de
factibilidad de obras hidroeléctricas. Lu Hsin no pudo menos que sonreír: el
riego parecía quedar atrás, pero el agua daba para mucho todavía. Era lógico que
recurriera a él: tenía todo el material necesario, y prácticamente el ingeniero
no necesitaría ir a ver los paisajes reales, o le bastaría con verlos en última
instancia como comprobación. Un archivo bien llevado, como el suyo, una
recopilación ordenada de datos, servía a los mismos fines, pero mejor, que una
pintura de paisajes. Todo lo cual estaba supeditado, como no dejó de reconocerlo
el ingeniero con sus modales algo subrepticios, a que Lu accediera a
desprenderse de su material, o a facilitarlo. De ahí que la lógica del tablero
de plata se viera confirmada. Eso lo hizo seguir sonriendo. Jamás se le
ocurriría escatimar esa clase de conocimientos a nadie.
Le ofreció té, y salió a prepararlo. Pero al ver a la señora Whu le pidió, con
cierta brusquedad, que lo hiciera ella. La mujer le dirigió una mirada de
genuina sorpresa: no estaba habituada a que su patrón le diera órdenes:
-¿Pero no ve que estoy conversando con mi amiga? -dijo señalando a ésta como si
fuera un objeto que se hubiera mimetizado hasta la invisibilidad en la cocina,
por un proceso difícil de imaginar. No había terminado de decirlo cuando ya su
sorpresa se había trocado en impaciencia-: Es grotesco que me interrumpa siempre
sin motivos.
Lu no dijo nada más, y puso el agua a calentar. Esperó, inmóvil como una estatua
junto al hornillo, mientras las dos mujeres mantenían un silencio hostil, y al
fin se marchó con la tetera llena.
Olvidó el incidente lo antes posible, y no tardaron en sumergirse en el trabajo,
en el que siguieron hasta bien entrada la noche. En cierto momento se asomó a la
sala, a buscar algo, y vio que Wen Tsi era ahora el interlocutor de su ama de
llaves. Esta señora parecía encontrar temas de conversación con todo el mundo,
menos con él, lo que no dejaba de tener su punta enigmática.
Cuando el visitante, alarmado por la hora, se marchó, Lu se ofreció a
acompañarlo. El otro le pidió que no se molestara, pero acto seguido confesó que
en realidad no sabría cómo llegar a su alojamiento en el edificio de la Guardia
Municipal. Salieron juntos. La noche estaba destemplada, y muy oscura. Caminaron
un rato en silencio, y después Lu Hsin le dijo que podía quedarse con todos los
archivos, cuyo sistema de clasificación le había estado explicando.
-¿Quiere decir que puedo llevármelos?
-Sí. Supongo que pondrán una oficina... no veo cómo la mía podría servirles,
cuando yo pienso utilizarla con otros fines.
Eso era una novedad para el visitante, que no pudo ocultar su sorpresa. Creía, y
así se lo dijo, que el puesto de Lu en la burocracia provincial era sólido.
-Lo es. ¿Por qué habría de ser algo menos que sólido? Simplemente, pienso
renunciar a él. Creí habérselo dicho. O bien: debí habérselo dicho. Pero no
tiene importancia.
El funcionario era la mar de discreción. No hizo ningún comentario. De todos
modos, Lu Hsin creyó conveniente decirle:
-Me dedicaré al periodismo.
Después de dejarlo a salvo, volvió por donde había venido. Se veían pantallazos
fugaces de la luna, entre bordes cargados de nubes; observó la superficie rugosa
del satélite, y no creyó haberla visto nunca antes con tanta nitidez. Se le
ocurrió pensar en la inutilidad suprema de los telescopios. La luna, se dijo,
debería mirarse de muy cerca, nunca de muy lejos; incluso lo demasiado cercano
(es decir, lo imaginario) era preferible a lo lejano. La observación lejana es
apenas un punto de partida: nunca es demasiado pronto para interrumpirla. De
otro modo, uno corría el peligro de pasarse la vida en el entretenimiento
supremamente estéril de contemplar paisajes. La contemplación lejana obstruía el
pensamiento, que es sinónimo de la contemplación cercana. ¿Y qué quería este
ingeniero con el que había estado departiendo sino una visión microscópica del
paisaje, una visión que sólo los papeles podían darle? Por algún motivo, Lu Hsin
siempre salía al camino de los que cambiaban las dimensiones de su mirada, era
como un duende (así se veía a sí mismo) de las alteraciones ópticas, y siempre
aparecía en el momento adecuado.
Distraído en esa contemplación de la luna y de la oscuridad móvil y turbulenta
tras la cual aparecía, tropezó y tuvo la mala suerte de caer de cara en el
barro: un desastre. Afortunadamente no se lastimó, pero eso fue peor para su
ropa: al no encontrar ningún punto de resistencia en la caída, se hundió en un
lodo que lo revistió de pies a cabeza. Se levantó, chorreante e incómodo, y
debió hacer el resto del camino con los brazos y piernas abiertos. Lo peor fue
que le provocó risas a la señora Whu, y asustó consiguientemente a Hin, que ya
estaba con el camisón puesto, con una colección de dibujos recortados dispuesta
a lo ancho y largo de la mesa. Se preparó el mismo el baño, y una vez en el
agua, que aromó con hierbas, pensó: Esta mujer debe de odiarme. Era una de esas
cosas sin motivo, que tantas veces asoman en la vida.
Después tomó una cena liviana, acompañada con mucho té. El té era un recurso que
había ideado tiempo atrás, para darle cierta consistencia temporal al momento de
la cena. Efectivamente, con el transcurso de las tazas le parecía como si se
colara algo de tiempo real. Para cuando terminó, estaban en plena "sesión
nocturna".
Lo habitual: Hin lloraba, se negaba a dormirse. Por lo menos en este aspecto
podía desligarse totalmente, incluso salir a fumar un cigarrillo al jardín, o en
noches menos inclementes a dar una caminata. La señora Whu se ocupaba, y jamás
se quejaba de esa tarea, como se quejaba de todas las demás; si lo hubiera
hecho, la habría despedido en el acto, la habría fulminado con el rayo de la
inexistencia sin pensarlo dos veces. Y debía de saberlo, la taimada campesina.
En el fondo de todo malhumor siempre había un maquiavelismo, y una pequeña
prudencia.
Tomó coñac, y fumó tres cigarrillos para evitar engriparse después del remojón.
La salud, pensaba, podía preservarse siempre, si uno atendía con firmeza a su
bienestar, cosa que lamentablemente casi nadie hace.
De pronto, el llanto había terminado. Pues bien, era la "segunda parte": el
momento del silencio absoluto, hasta que el sueño muy inestable en los primeros
momentos se hubiera asentado, y entonces la niña dormiría profundamente, sin
interrupciones, hasta la mañana siguiente. Era preciso no moverse, no hacer el
menor rumor, o volverían a la etapa anterior; no era que él tuviera que hacer
nada, pero no quería jugar con la paciencia de la niñera, y además el llanto,
cuando se prolongaba demasiado, lo ponía nervioso. Hoy no estaba el recurso de
salir a caminar.
Pero sintió un deseo irracional de consultar su agenda, para lo que debía
ponerse de pie, ir a su escritorio y volver. Inevitablemente haría algún ruido.
Era arriesgarse, pero lo inquietaba un profundo sentimiento de urgencia. Se
levantó, prestando atención a cada una de sus articulaciones; fue y volvió
tratando de hacer menos ruido que un fantasma. No hubo accidentes, pero cuando
estaba otra vez sentado, con los nervios deshechos y la agenda entre las manos,
la encontró lamentablemente desprovista de interés; ni siquiera recordaba para
qué podía haberla querido hojear. Miró las últimas anotaciones, y la cerró. ¿Se
estaría volviendo una víctima gratuita? Era una siniestra perspectiva.
Claro que esa niña se comportaba como una verdadera sádica. ¿Por qué lloraba, si
no era para molestarlo a él? La señora Whu no se hacía mayores problemas, por
cuanto lo consideraba su trabajo; no hacía sobreañadidos psicológicos a la
tarea; pero él, que no hacía nada en ese sentido, que se petrificaba o se iba
cuando oía el llanto o los pedidos intempestivos desde la cama, era el objeto de
una preocupación superior. Él era la figura intelectual de la casa (no es que
hubiera muchas otras figuras, de todos modos) y esos gritos nocturnos, esas
precauciones a las que obligaban, lo marcaban a fuego en su calidad de ser
pensante. Parecía extraño que una criatura que apenas estaba aprendiendo a
hablar supiera reconocer lo intelectual de alguien, ¿pero qué era el sadismo
sino esas adivinaciones?
Por efecto de los horarios de Hin, la casita se había vuelto una especie de
laberinto, con sus caminos prohibidos y sus sendas de silencio; lo cual
resultaba paradójico en un edificio tan pequeño y transparente.
La señora Whu se disponía a acostarse, con pasos de grulla, lo que significaba
que el sueño de Hin debía de haber alcanzado cierto espesor. La vida de esta
señora era un enigma para su patrón. No salía, no veía a nadie. Se limitaba a
ellos dos, pero al mismo tiempo parecía excluirlos, con una rigurosa
indiferencia, o desdén. Era austera en sus intereses; ni siquiera parecía
humana.
A la mañana siguiente muy temprano ya estaba trabajando. Había advertido de
pronto que debía precipitar el momento del trabajo real, y terminar con los
preparativos, que llevaban unos meses. Mandó al niño que había tomado como
auxiliar en busca del ingeniero, para que dispusiera de una vez de todos los
papeles. Era realmente temprano, como se lo hizo notar el jovencito, pero él le
dijo que no importaba que estuviera dormido. Lo vio alejarse, en una bicicleta
demasiado grande para él. Yin Peng era un niño delgado, de lindos ojos, de unos
diez años, aunque aparentaba seis como máximo. Era muy inteligente, pero con una
cualidad de pensativo-distraído que siempre hacía muy difícil calcular qué
reacciones lo movían. Y, cosa curiosa en un niño de buena familia, era
espléndidamente cortés.
Entró y le comunicó sin preliminares a la señora Whu que esa misma tarde
viajaría. Fue inevitable que pareciera disgustada. No le agradaba quedarse sola
de noche; tanto como sí le agradaba quedarse sola de día. Pero no hizo
comentarios, y Lu Hsin se preparó té. Cuando se servía la primera taza llegó el
ingeniero, y se sentaron ante el desayuno frugal. Le propuso que se llevara los
archiveros ya mismo; le explicó que había estado haciendo cálculos con su
agenda, y debía disponer de su oficina lo antes posible: al día siguiente
traería la imprenta que había comprado. El hombre se mostraba desconcertado,
pero le explicó cómo hacer la mudanza sin excesivo problema; cerradas las tapas
de la cajas, y aseguradas con gomas, los papeles no se moverían; además, Yin lo
ayudaría. (El ingeniero se sobresaltó y miró al niño, que barría lentamente las
últimas hojas de la entrada.) Por su parte, Lu se excusaba: era imperativo que
saliera con la niña a pasear.
Una hora después salían, y tomaban el camino del bosque. Las lluvias recientes
habían hecho salir los viejos hongos en sus emplazamientos de siempre. A algunos
Lu los miraba como a viejos amigos. Eran muy fieles a su punto, por arbitrario
que éste fuera. Se los fue mostrando a la niña, y diciéndole los nombres; en una
época de su vida había sido entusiasta micólogo, como había sido entusiasta
morfólogo toda su vida, y le bastaba la mirada más casual para situar a cada uno
en la clasificación. De modo que los señalaba, y los nombraba; no porque le
importasen en lo más mínimo, ni por un deber didáctico, sino porque creía que
debía haber algo al menos con lo que marcar el tiempo y el espacio en un paseo.
Era un día especialmente agradable, y la niña se mostraba más animosa que nunca,
de modo que extendieron la caminata, hacia lo alto, hasta llegar a la gran
cresta de pórfidos rosas desde la que se veía el Qu. Inconscientemente debía de
haber tenido la intención de apreciar los efectos provocados por la lluvia,
porque lo que vio desde ese punto le resultó muy interesante. El trabajo con el
agua exigía rectificaciones constantes, precisamente por su calidad de fluida,
de casi omnipresente y alternativa. Sin proponérselo, se había venido haciendo
una sinopsis mental de los niveles de los embalses de riego, a partir de su
experiencia con la lluvia nocturna, pero ahora vio que en realidad había otros
factores. Y esa apreciación "real" de los factores que hacen a un paisaje era
también una forma de arte. Cerca y lejos, estaban las peculiaridades del
terreno, de los declives, y la posibilidad de hacer algunas rectificaciones.
Además bien podía no hacerse nada: el agua siempre admitía un interesante margen
de error.
Cuando volvió, le dejó a la niña a la señora Whu con varias recomendaciones más
o menos vanas, y se marchó. El ama de llaves aprovechó para hacer visitas toda
la tarde, y arrastró con ella a Hin, "mi hija", como decía en todas partes donde
iba. Era una de esas señoras a las que en ninguna parte se recibía de buen
grado, porque era algo desequilibrada, sin ser graciosa. De modo que las visitas
eran breves, ya que sus anfitriones se las arreglaban para librarse de ella con
notables performances de ingenio. Una ronda de visitas de la señora Whu creaba
por toda la zona una floración de mentiras coloridas, que tardaban en reaparecer
tanto como el señor Lu volvía a darle a su ama de llaves la oportunidad de hacer
sociabilidad. Lo curioso era que esta señora había vivido toda su vida en un
estado de reclusión casi absoluta; pero le bastó tener un empleo para que "visitar" se le volviera una necesidad.
De todos modos, este segundo paseo del día duró lo bastante como para que al fin
Hin se negara a dar un paso más, y Ma Whu tuviera que llevarla alzada, cosa que
hacía con cierto despego ágil. La señora Kiu, tras los visillos de su casa, tomó
buena cuenta del hecho, del que se propuso darle información a su vecino.
Mientras tanto, el ingeniero y Yin habían hecho un buen trabajo. Demasiado bueno
en realidad, porque se habían llevado también la camita de la niña, que
originalmente había sido un archivero. Cuando lo advirtió, la señora Whu comenzó
a gritar, y le propinó una severa reprimenda al niño, que la escuchó con la
cabeza baja.
Después, bajo la luz hermosa del crepúsculo, Hin y Yin jugaban en el patio. La
señora Whu cosió un momento aunque no tenía paciencia. Y la interrumpió Hua P'i
p'ei, que venía de visita y se quedó, a pesar de la ausencia de Lu. A diferencia
de Wen, Hua aceptaba la conversación de esta señora, que por su parte no les
prestaba la menor atención a uno ni a otro de los amigos de su patrón; en este
caso, prestó atención, y algo torva, cuando el visitante se sirvió del coñac del
dueño de casa.
El día siguiente transcurrió en gran medida igual, salvo que ahora la oficina
estaba vacía y los niños se pasaron el día jugando con canicas en el
cuadrilátero liso y pulido de tablas; el tercer día a la tarde llegó Lu Hsin con
un carro de bueyes desde la estación, trayendo la vieja máquina impresora que
había comprado. Hua estaba presente cuando llegó, y justificó el uso del coñac
diciendo que brindaba anticipadamente por el éxito de La Gaceta Hidráulica. Lu
accedió a beber él también una copa, cuando la máquina estuvo en la oficina;
debía relajarse después del esfuerzo. Cuando su amigo le preguntó por la
periodicidad que tendría la hoja, no le sorprendió escuchar una respuesta muy
pensada: Lu Hsin no era hombre de improvisar, sobre todo porque le gustaba
actuar sobre lo inmediato. Según él, ése era el auténtico procedimiento
racional, y no importaban los miles de años que habían consumado las dinastías
en sus turbios preparativos. La periodicidad sería de: tres números por mes, más
uno extra por trimestre, más uno extra por semestre, más uno extra por año.
Bebida la copa, y cambiada la camisa empolvada por el viaje, fue inmediatamente
a su escritorio a redactar unas cartas. Examinó las tintas, las olió... y las
olió su amigo, y la señora Whu, y Yin y la niña, en un ritual tan estúpido como
necesario. Pero ya era de noche, por lo que los presentes superfluos se
despidieron. Hua se marchó, y Lu Hsin despidió al niño, lo mandó a su casa a
dormir con la recomendación de que viniera bien temprano al día siguiente. Lo
acompañó hasta la calle, cosa que no hacía nunca, y le puso una mano en el
hombro. Mañana, le dijo, le enseñaría a manejar la minerva.
Pero al día siguiente la función de Yin fue llevar a la niña de paseo, pues Lu
estaba demasiado ocupado aprendiendo él mismo a manipular la máquina. Y compuso
el primer artículo, sobre "La Velocidad en la Repetición de las Pendientes", sin
borrador.
A la mañana siguiente trajeron las bobinas de papel.
6
Lu Hsin, sentado a la cabecera de la mesa, ante el silencio absorto de los
invitados, se llevó a los labios una tacita de té... azul. Tomó un sorbo de té
azul, respiró, y tomó otro. Terminó la tacita de un sorbo más, y volvió a
llenarla con el té azul de una tetera blanca de porcelana traslúcida, llena
hasta la mitad. Cada uno de los invitados, cinco graves señores mayores, estaba
sentado frente a una tacita idéntica a la del anfitrión, llenas asimismo de té
azul. Habían observado atentamente a Lu Hsin, aun sin parecer que lo hacían.
Como si salieran de un sueño, o dentro de él adquirieran movimiento, alzaron
todos a un tiempo la mano derecha, tomaron sus tacitas, y se las llevaron a los
labios. Un sorbo, en el silencio perfecto: cinco sorbos. Lo degustaron,
pensativos. Remaba la impresión de que a ellos no se los podría engañar, no
digamos con té chasco, pero ni siquiera con un buen colorante puesto en la
infusión. Y a pesar de esa certeza, estaban en trance de comprobar una verdad
inverosímil. Vaciaron las tacitas confirmando un juicio. Las devolvieron a la
mesa con ruiditos secos, espaciados: la música secundaria del té.
-Es té, indudablemente -dijo uno de ellos. Los otros asintieron.
Se sucedieron entonces las congratulaciones a Lu, teñidas de disculpa, como si
dijeran que había sido un trámite burocrático más.
Los cinco ancianos, reconocidos expertos en arte, habían sido jurados en un
concurso de pintura con té, de los que son tradicionales en nuestro país. Con
las distintas variedades de té, aplicadas con pincel sobre los papeles clásicos
de los acuarelistas, se obtienen exquisitas coloraciones pardo grisáceas,
doradas, amarillas, ocres en todas sus tonalidades, anaranjadas, y hasta un
tenue rojo. Pero nunca azul; de ese color no había, antecedentes en los
cuantiosos anales de la pintura con té. Todos los colores de un bosque en otoño,
pero no el cielo que se alza encima de las copas de los árboles. Todos los
colores de un crepúsculo, pero no el que está antes de las transformaciones. Sin
embargo, en este concurso se había presentado una obra íntegramente pintada en
azul, en los más diversos matices del azul, desde el profundo y opaco en el que
viven los pulpos, hasta el aéreo y lavado con blanco en el que flotan las
nubecillas del mediodía. Las obras se juzgaban únicamente por sus valores
pictóricos; hacerlo de otro modo habría significado rebajarse a un nivel
artesanal, o de mera curiosidad o hobby. El cuadro azul había superado a los
demás presentados, por su inspiración y su destreza técnica; era el mejor, pero
¿era té? Su autor, que no era otro que Lu Hsin, había debido invitar a los
jurados a probarlo en su casa. Ahora, el final requisito había sido satisfecho.
Bebieron su té, y todos en paz.
Apoyado en una silla, como un invitado más, estaba el cuadro ganador: un retrato
del presidente Mao, de asombroso parecido, todo azul.
Cuando los jueces se retiraron, Lu volvió a trabajar en la imprenta, donde había
pasado, salvo ese breve y extravagante intervalo, todo el día; al siguiente
repartían la Gaceta, que debía quedar lista sin falta. Y así fue, a costa de una
labor extenuante. Desde hacía por lo menos una semana tenía la idea de
escribirle una carta al ministro Chu, pero por un motivo u otro nunca encontraba
el momento para hacerlo. En razón del tema peculiar que debería comentar esa
carta, calculaba que sería preciso esmerarse especialmente en su redacción. Hoy,
se había hecho tarde, y estaba cansado. A última hora, no hallaba más
inspiración que la muy escasa necesaria para beber un poco en compañía de su
amigo Wen Tsi. Aun así, éste lo encontraba desagradablemente distraído, absorto,
ensimismado, y con los ojos más entrecerrados que de costumbre. Le preguntó si
no se sentía mal.
Lu suspiró, y ésa fue toda su respuesta. Wen Tsi se volvió hacia la señora Whu y
le hizo un comentario sobre la calidad de los nabos de la temporada. Lu volvió a
suspirar, con lo que probó que estaba más atento de lo que parecía. Wen se ocupó
de llenar otra vez las tres copas de coñac: el líquido brilló mientras se
calmaba su turbulencia, reflejando la luz rosada de una lámpara de papel colgada
exactamente sobre la mesa. Todos los gestos y las intenciones parecían
extinguirse uno tras otro, en una cadena sin objeto y un brillo sin
consecuencias. Era una noche de primavera, la primera después de la última
nevada; los vanos de blanca nieve retrocedían como brumas selenitas. Wen hizo
una mesurada referencia a ese hecho, y la luna lo confirmó acentuando su fulgor
difuso en los vidrios nuevos de las ventanas... ¿o eran las paredes? La casita
entera parecía haberse ido desmaterializando, y ya era como si el cono de luz
rosa en cuyos bordes se encontraban los tres se hallara mágicamente plantado al
aire libre, entre las montañas.
Wen Tsi bebía. Desde hacía un año traía sus propias botellas de coñac, y se
invitaba a sí mismo con prodigalidad. Sus visitas se multiplicaban en
consecuencia. "My house is not an inn", citaba Lu a veces, a miss Moore, y
completaba el verso con un toque de sorna: "Is his bar". Wen había obtenido un
inesperado suplemento a sus ingresos, gracias al nombramiento de Verificador
Escolar del sur de la provincia, y las imaginarias responsabilidades del cargo
lo abrumaban al punto de hacerlo recurrir al alcohol. En el contraste de la
realidad ilusoria de la causa y la ilusión real del efecto, veía algo así como
un logro personal.
Menos engreída, la señora Whu bebía por regularidad de la inconsciencia. No se
limitaba para nada. Después de una cantidad indefinida de copas, un observador
imparcial habría podido decir que se encontraba "embotada"; pero un conocido,
probablemente se habría abstenido de juzgar. Era una señora muy callada. Sus
períodos de bebida coincidían con las ausencias de Hin: ya fuera que la niña
durmiese, como era el caso en esta noche de primavera, o estuviera en la
escuela, el borde de cristal se acercaba a sus labios. Lu se preguntaba si la
progresión sería irreversible. Se limitaba a preguntárselo, porque a las
biografías ajenas las prefería enigmáticas.
A pesar de lo avanzado de la hora, hubo una visita más: el señor Chao, un
vecino, padre de familia, que en los últimos meses se había vuelto una presencia
asidua en casa de Lu.
-Vi la luz -dijo-, y pensé...
No completó la frase, cosa habitual en él. Y en este caso la había interrumpido
muy oportunamente, porque nadie era más abismado que él en cuestiones de
pensamiento. ¿Pensaba? Los amigos viejos de Lu Hsin se inclinaban por una
enérgica negativa. Eso podía explicar su preferencia por esta clase de compañía.
Por tal motivo, o por algún otro difícil de imaginar, parecía haber encontrado
de pronto muy acogedora la casa del vecino, de quien lo había sido veinte años
sin más intercambio que un saludo casual en la calle. Era un hombre pequeñito,
vestido a la antigua, absolutamente ignorante. Un escéptico de la historia. Era
la prueba viviente de que también se podía ser un conservador ignorante (aunque
él ignoraba incluso que fuera conservador). Sin embargo, tenía interesantes
ideas prácticas, como las podía tener una planta o un insecto, y Lu había sacado
provecho de ellas en más de una oportunidad. Al señor Chao, ver reproducidos sus
pensamientos en los escritos técnicos de Lu Hsin, lo había convencido de que era
un intelectual. No advertía que intelectual era precisamente el que pensaba con
la cabeza de los demás, no con la propia.
Era abstemio. Como esa noche no halló humor de conversación, se retiró pronto. A
la mañana siguiente muy temprano estaba en pie y daba vueltas por el jardín
delantero de su casa, desde donde dirigía ciertas miradas a la de Lu. Allí no se
movía nadie, todos dormían. El señor Chao esperaba a Yin para sacarle
información y meterle ideas en la cabeza; lo hacía con cierta frecuencia; en su
estupidez inmensa no se daba cuenta de que la malevolencia, al repetirse, pierde
todo efecto.
Yin era el joven asistente del señor Lu; todas las mañanas era el primero en
llegar a la "redacción", abría la oficina y empezaba el trabajo, antes de que su
patrón se despertara. Al vecino le dio la impresión de que tardaba más de lo
acostumbrado, pero como no tenía reloj, sus impresiones en ese sentido estaban
sujetas a un amplio margen de error subjetivo. O le parecía que era demasiado
tarde, o que era demasiado temprano; y cuando no le parecía ni una cosa ni la
otra, le parecían las dos a la vez. Si un individuo tan tonto hubiera además
estado dotado de pensamiento, seguro que se habría vuelto loco al cabo de la
primera media docena de sus razonamientos.
Pero al fin lo vio venir, montado en su bicicleta. Se creyó en el deber de
reconocer, en su fuero interno, que nunca lo había visto llegar tan temprano.
Salió a la calle y lo detuvo, con una sonrisa nerviosa. Yin era un niño de unos
quince años, muy alto para su edad, delgado, de pelo muy corto y cara
soñolienta.
-¿El auxiliar madruga levantándose más temprano que de costumbre? -le dijo,
balbuceando bastante.
-No, señor. Por el contrario, hoy estoy un poco atrasado.
-Sí, sí, claro. Qué lindo día, ¿eh?
La juventud no presta atención al clima, y Yin era joven, casi demasiado joven.
El señor Chao lo vio poner un pie en el pedal, y buscó rápidamente algo que
decir:
-Escucha, debo hacerte una advertencia...
Yin asentía con la cabeza. ¿A qué?, se preguntó el otro. Todavía no le había
dicho nada sustancioso. Pero, en un relámpago de lucidez, tan rara en él,
comprendió que no tenía nada sustancioso que decirle.
-¿Acaso ya te lo dije ayer?
Yin siguió cabeceando un momento más de lo necesario, por inercia, y después se
detuvo. El señor Chao dijo:
-Creo que Lu Hsin no es un verdadero marxista.
No bien lo hubo dicho (y era algo que decía todos los días) sintió el temor
agudo de que le pidieran una explicación. Pero no fue así. El cielo estaba
velado por una niebla gris tan fina que parecía limpio y vacío. A la cima de la
colina que tenían a la izquierda se asomó por un instante la silueta de un
camión, cuyo ruido no les llegaba. Se oyeron unos trinos vagos, de pájaros
enjaulados en la vecindad. La mano rugosa del señor Chao se alzó hasta el
manubrio de la bicicleta, y los dedos sintieron el frío del níquel. En la puerta
de su casa, estaba la figura misteriosa de la señora Chao. El acercó la cabeza
al niño y volvió a hablar, en voz más baja:
-La intención secreta de Lu Hsin es...
Ahí se detuvo, con un gran dolor pintado en el rostro. Quería decir: "Es cometer
adulterio con la señora Kiu", pero no se atrevía. El marido de esta señora era
un hombre corpulento, y Chao tenía miedo de que le pegara si se enteraba de sus
fantasías. Lo malo era que ya lo había dicho otras veces, por lo que ahora no
podía felicitarse de su mutismo. Sólo podía lamentar su cobardía.
Yin se apartó suavemente, como una sombra en la mañana sin sombras: como una
sombra vuelta una figura, una imagen recortada. El dolor del mundo no le
concernía. Abrió la oficina con su llave, levantó los postigos, y empezó a poner
algo de orden. Era necesario, porque la noche anterior habían terminado de
componer, y los papeles del señor Lu habían quedado por todas partes. Hoy
imprimirían toda la jornada, hasta concluir, y después habría que doblar y
empaquetar los periódicos para su distribución. El joven era rápido y eficaz, y
sabía muy bien qué había que hacer. Cuando entró Lu Hsin las planchas estaban en
su lugar, las pesadas bobinas de papel enganchadas a la minerva, y el ambiente
en general sólo esperaba el trabajo.
Detrás del señor Lu entró Hin, trayendo una taza de té para el primer ayudante.
Se entretuvo unos minutos con ellos, viendo los preparativos. Antes de que
pusieran en marcha la máquina entró el segundo ayudante, el pequeño Chiang, y la
señora Whu, malhumorada, para llevar a la niña a la escuela. Lu Hsin revisó como
hacía todos los días los útiles de Hin, que se reducían a tres ítems: un
lapicero laqueado, un frasquito con escobillas, de borrador químico, y una
cajita chata de cartón, dentro de la cual había varias hojas blancas de grueso
papel estucado. Hin se despidió con cortesía y salió de la mano del aya.
Cuando volvió a la tarde, la novedad excluyente eran los patos, por los que
sintió una fulminante pasión. No podía creer siquiera en lo que estaba viendo:
diez patos distintos como figuras plantadas en el patio del fondo. ¿No era más
de lo que podía esperarse, humanamente? Como todos los niños, solía creer que el
mundo funcionaba de acuerdo con una estética superior, de índole placentera.
Hasta podría haber dudado de la realidad estable de la visión, de no haber
estado mirándola también su papá, y el señor Wen. Este último, además, comentaba
a las aves una por una. No había llegado a la mitad cuando se presentó el grueso
señor Hua, lleno de exclamaciones que no tardaron en brotar de su boquita de
capullo. Uno de los patos, decían los adultos, era un raro espécimen tibetano.
Otro, manchú. El geométrico, por supuesto que un japonés mutante. El que más le
gustó a Hin, si es que atinaba a decidirse, era el más pequeño de todos,
enteramente negro. Su buen amigo Yin había salido de la oficina y vino a su
lado. Al cabo de un momento, le preguntó qué le parecían. La niña no vaciló en
manifestar su encanto, y lo hizo con tanta vehemencia que los caballeros se
volvieron a mirarla. Estaba con los útiles todavía bajo el brazo, pues había
pasado de la calle directamente al patio. El señor Hua le tomó el mentón, como
solía hacerlo, con dos dedos regordetes:
-Son muy bonitos tus cua-cuás, ¿eh? No digo "pato" para no pasar por
revisionista, ja ja ja. Apuesto a que no querrás comértelos.
Le gustó, aunque le intrigaba, el uso del posesivo. Tenía entendido que esas
aves eran un regalo que le hacía la corporación de criadores de la Hosa a su
padre, como retribución por su trabajo periodístico. ¿Pero qué era esa
suposición bárbara de que se los comerían, como si fueran coles? Lo miró alzando
las cejas con cierto escándalo. Los hombres se rieron de su reacción.
-Creo que son patos muy jóvenes -dijo el bondadoso señor Wen-, y podrás
disfrutarlos muchos años... -Le dirigió una mirada burlona a su amigo Lu, que
parecía relativamente hastiado. Todos esperaban su comentario. Cuando habló, lo
hizo con reflexiones distanciadas:
-Nos falta espacio. Ya nos faltaba silencio. Y observo que no se les ocurrió la
idea de enviarnos una pareja.
-Eso es cierto -asintieron los demás.
-Habrá que ocuparse de ellos, aunque no acierto a percibir con qué fin. Por mi
parte, no tengo tiempo.
-Yo sí -se apresuró a declarar Hin, y con eso se cerró el debate.
Acto seguido se presentó Chao, y unos segundos después la señora Kiu. Poco
después, en el orden propicio al mínimo de cortesía, sus respectivos cónyuges.
Si los traía la curiosidad, se tomaban el trabajo de demostrar que se esperaban
algo así. Lu se preguntaba si su sino sería siempre llamar la atención y atraer
gente a su casa. Confiaba en ese fenómeno psicológico, el cansancio de la
percepción. En ese sentido, los acontecimientos estaban infatigablemente a su
favor. Hasta la señora Whu, que había contabilizado las llegadas desde la
ventana de la cocina, salió al fin, dando claras muestras de haber bebido. En
realidad, lo hacía siempre, desde la mañana. La afectaba una forma intrigante de
artritis, y tenía una pierna deformada por esa causa: desde la rodilla para
abajo, el miembro había sufrido una torsión casi completa, al punto que el pie
apuntaba para atrás, lo que resultaba muy curioso de ver. Al parecer la bebida
(pero no específicamente el aguardiente de ciruelas, que era su preferencia
excluyente) la aliviaba; incluso un medico complaciente que Lu Hsin había hecho
venir en consulta manifestó en su oportunidad que en determinados casos, la
progresión del mal se detenía a fuerza de alcohol. La señora era de las que
opinaban que nunca se abusa de un buen remedio.
El dueño de casa propuso tomar el té en el jardín, ya que estaban allí, y el
clima se prestaba. Le pareció el recurso más eficaz para despacharlos
relativamente pronto. Pues las teteras reales, por pródigas que sean, tarde o
temprano se vacían. Sin recurrir, ni siquiera en el pensamiento, a su servicio
doméstico, se encaminó a la cocina para poner el agua al fuego. Pero lo detuvo
Hin, solícita.
-Yo lo haré, señor.
-¿Podrás arreglártelas?
-Claro que podrá -dijo el señor Hua-. Recuerda que somos nueve.
-¡Ya los había contado!
Lu sonrió. ¡Era tan ingenuamente sincera! El gordo se tragó la lengua. Yin iba
tras ella, pensativo. La niña se volvió y le dijo que lo haría completamente
sola. Lu Hsin la vio moverse adentro, al otro lado de los vidrios poblados por
los reflejos del jardín, árboles y curiosos y hasta los famosos patos, contra el
fondo soñador de las montañas. Apilaba las tacitas, abría la lata de té,
vigilaba el primer hervor del agua; y las imágenes en los vidrios ahogaban sus
pequeños ruidos.
Cuando terminaron con el té, y las conversaciones, y las despedidas, ya era el
crepúsculo, y no había tenido ocasión de dedicarse un instante siquiera a la
carta. Además, había trabajado todo el día en la impresión de la Gaceta, y
recién ahora notaba lo cansado que estaba. Afortunadamente, se habían quedado
solos. Le comunicó a la señora Whu que preferiría cenar temprano. Ella asintió,
con más benevolencia de la usual. Lu se quedó como aniquilado en su silla. Hin
se sentó al lado a hacer los deberes, y de vez en cuando iba a la ventana a
mirar a los patos, que seguían inmóviles.
-¿Cómo puede ser? -preguntaba cada vez.
En ese intervalo llegó Wa Lung, el agente de distribución de la Gaceta en la
Hosa interior; al iniciar su tarea de editor, Lu había organizado con niños
(innovación fourierista nunca vista antes en la China) el reparto del periódico,
y de esa etapa quedaba, y seguía siendo adecuado en las aldeas inmediatas, el
grupo de colegiales dirigido por Yin. Al ampliarse el círculo de suscriptores,
Wa Lung, ex licitador de estampillas fiscales, resultó invalorable armando la
red de entregas a domicilio. Aparte de esta cualidad, ya histórica en la vida
del diario, era un hombre de inteligente conversación, de tono muy discreto, por
lo que siempre era recibido con gusto por Lu. Esta vez, lo sacó del marasmo de
agotamiento.
Le dijo que casualmente se había visto obligado a venir a la aldea por una
cuestión privada, y una vez liquidado ese asunto, había pensado que no valía la
pena volver a su casa, y rehacer el camino a la mañana siguiente para buscar los
periódicos; de modo que, si Lu Hsin le daba alojamiento... El aludido lo
interrumpió para decirle que, además, lo invitaba a cenar. En cuanto al sueño,
le tenderían una colchoneta en la oficina. La señora Whu fue debidamente
informada. Para darle gusto a la niña, Lu le propuso al invitado salir al patio
a ver sus patos nuevos a la luz de la luna. Ella abrió la marcha, y marcó, al
detenerse, la distancia que consideraba justa para observarlos.
-Me alarma sobremanera que no se hayan movido un ápice -dijo Lu sin faltar para
nada a la verdad: estaba realmente impresionado, y veía una mala señal en ese
orden inmutable de ribetes filatélicos.
-Es para verlos mejor -dijo Hin-. ¿No son hermosos?
Wa le daba la razón con solemne convicción.
-Yo no los encuentro tan bellos -decía Lu.
Contemporizador, Wa admitía que tenían algo de absurdo, dentro de su especie de
belleza, por supuesto.
-Más que absurdo: siniestro -corrigió Lu.
-Sí, de siniestro también... De misterioso, más bien.
-El honorable Wa da muestras de la magnitud de su tolerancia.
Los diez patitos, cada uno en su sitio, y de perfil, parecían siluetas de
madera, pero palpitaban colmados de absurdo y de misterio. En la luz lunar, sus
colores apenas si se notaban. Delante de cada uno (cortesía de Hin Hsin) había
un platito con un bizcocho remojado en leche. No parecían tener intenciones de
probarlo.
Entraron y se sentaron a la mesa. La cena que había preparado la señora Whu era
pescado, una de esas grandes carpas que en los últimos años se habían vuelto el
plato estelar en la dieta de los comarcanos, por la prodigalidad con que se
reproducían en los embalses. Como de costumbre, la señora la había echado a
perder preparándola mal. Era tan automáticamente ineficaz en la preservación de
los gustos naturales, que al probar las carpas Lu se sorprendía al hallarles
gusto a sashimi, aunque estuvieran recocidas, o a uno de esos símiles
vegetarianos de pescado, por difícil que fuera extraviarse en la blancura de
esos sabrosos peces casi domésticos. En cuanto a la salsa, podía calificársela
sin error de "neutra". Wa comió en silencio, con apetito. Lu Hsin abrió una
botella de buen vino blanco en su honor, y la bebieron rápidamente. De
sobremesa, té y cigarrillos, mientras Hin terminaba sus deberes y después se
entretenía dibujando.
-¿Es aplicada en la escuela? -preguntó Wa.
Lu vaciló un momento, por sus motivos personales; instantáneamente se le ocurrió
que podían pensar que vacilaba respecto de la pregunta, por lo que se apresuró a
responder:
-Sí, creo que es bastante buena alumna.
Hin seguía trabajando como si no oyera nada.
-Es muy ordenada.
-¿Lo notó? -le preguntó satisfecho-. Es una de sus mejores virtudes.
-Pero el año pasado perdí mi sacapuntas -dijo Hin saliendo de su simulada
distracción.
-Ah.
-Eso fue un accidente -la disculpó Lu.
Había dibujado el contorno de un pato, tal como se los veía. Dijo que debía ser
el pato negro, su favorito, y le pidió permiso a Lu para destapar el frasco de
tinta y usar el pincel. Tenían un acuerdo de que no haría tal cosa de noche,
pero en este caso valía hacer una excepción: no sólo por la presencia del
huésped, que garantizaba la prolijidad de la operación, sino también porque esa
pintura no estaría terminada sin unos toques de tinta, que sugirieran el negro
suntuoso de las plumas. Además, lo haría muy rápido.
En efecto, fue velocísima; dejó la hoja secándose en la ventana, sujeta al borde
del vidrio inferior con dos brochecitos, mientras iba a la cocina a enjuagar el
pincel. Por un efecto paradojal de la luna, se producía una transparencia. Los
dos hombres veían el pato, que tenía una notable semejanza. El negro de la tinta
se proyectaba en las tinieblas nocturnas.
El acontecimiento memorable del día siguiente fue la consecuencia, probablemente
inevitable, del no menos memorable acontecimiento del día anterior: ocho de los
diez patos murieron tras una grandiosa pelea que sostuvieron entre sí y que, a
pesar de tan notable resultado pasó desapercibida mientras sucedía, para los
habitantes de la casa. Era incierto el momento en que pudo haber tenido lugar.
Las aves se habían mostrado silenciosas, pero de todos modos el combate no pudo
haber transcurrido sin un mínimo de alboroto. ¿Cómo fue que nadie lo oyó?
Estaban vivos los diez sin falta cuando Hin se fue a la escuela por la mañana:
les dio de comer, es decir, renovó la galleta, que no habían tocado, estuvo un
rato memorizándolos, sin atreverse a tocarlos, e incluso pensó con ligero
sobresalto que no habían movido una pluma en toda la noche; los diez miraban
hacia el este en poses fijas, y la niña se dijo que si se mantenían así, como un
ejercicio mnemotécnico, le sería fácil llegar a reconocerlos. Quizá ya a esa
hora su suerte común estaba echada, quizá los pactos y desafíos ya habían tenido
lugar, y el hecho de que mantuvieran sus posiciones era lo más agresivo que
podían hacer, salvo matarse, cosa que hicieron cuando no los veían.
Después de marcharse Hin, Lu Hsin no había prestado la menor atención a lo que
sucedía en el patio, ocupado en la expedición del diario, con cuyos atados
partieron al mediodía Wa y Yin. Respecto de la señora Whu, era más difícil hacer
suposiciones. Había estado en la casa, encerrada en la cocina, pero quién sabe
en qué ensoñación. Cuando Hin volvió de la escuela, con dos compañeritas que
venían expresamente a conocer a sus nuevas mascotas, éstas ya habían pasado su
gravosa prueba y estaban muertas en su mayoría. Lu Hsin había descubierto la
catástrofe un rato antes, y se limitó a contemplarla. Los dos patos
sobrevivientes se hallaban al fondo del patio, de perfil, lejos uno del otro, y
parpaban suavemente sin mover el pico. Las niñas quedaron petrificadas, los ojos
muy abiertos. Lu Hsin le dijo a Hin que ignoraba tanto como ella qué podía haber
pasado. La dispersión de plumas y cadáveres era horrenda. Se habían masacrado.
Las estocadas de esos picos en forma de cuchara tenían, por lo visto, un efecto
atroz, peor que las granadas de fragmentación. Considerando lo cual, los dos
sobrevivientes no tenían demasiado desarreglado el plumón, ni siquiera estaban
sobremanera bañados en sangre. Lu Hsin reflexionó en voz alta que no debían de
haber participado en el combate, salvo como espectadores. Porque aquí,
participar equivalía a morir. Algunos cadáveres estaban trabados de a dos (el
caso del admirado negro), las palmas rasgadas como celofán, los picos mismos
quebrados, y los cuerpos, los pobres cuerpos, más rollizos de lo que se habría
creído, dados vuelta por entero, en nudos imprecisos de carne roja y grasa
amarilla, huesitos astillados, órganos en ristras mal enrolladas.
La señora Whu había salido al oír a las niñas (tenía un sexto sentido para saber
cuándo Hin estaba en la casa) y manifestó su sorpresa al ver el desastre, señal
genuina, porque nunca mentía, de que le había sido ajeno hasta el momento. La
vecina Kiu también se hizo presente, y ella sí dijo haber oído el estrépito de
los patos riñendo pero, por discreción, no había querido intervenir.
-Nos habría ahorrado un disgusto -le dijo Lu secamente, y agregó, temiendo
parecer descortés-: Aunque no creo que se hubiera podido hacer nada.
Las niñas dieron unas vueltas cautelosas, y al fin salieron a la calle, a
esperar a Yin para que les prestara la bicicleta. Hin le dirigió una mirada a
Lu, que se encogió de hombros. El incidente lo dejaba malhumorado, sobre todo
por producirse en un momento en que siempre quedaba vacío y decaído:
inmediatamente después de impreso y entregado un número de la Gaceta. Además, le
faltaba Yin, a cuya presencia se había habituado. Siguió a las niñas hasta la
calle, y tomó a Hin por los hombros con dulzura. Le dijo que hoy su amigo no
vendría hasta muy tarde, pues repartía el periódico en las aldeas vecinas. Yin
era un joven por demás generoso y paciente, y les había enseñado a conducir su
bicicleta a Hin y a todas sus amigas. Pero hoy el rodado servía a un propósito
más importante que la diversión de las pequeñas. Ellas parecieron doblemente
mortificadas por la información. Entraron a la casa, y él volvió a seguirlas.
Les sirvió unos vasos de leche con té de rosas y les aconsejó que trabajaran un
rato en sus deberes. Quizás Yin volviera antes de la noche, y podrían dar una
vuelta después de todo, para consolarse.
Le hicieron caso. Después de un rato de conversación, empezaron a copiar
fragmentos de Mao, y se los pasaban a él para que verificase la caligrafía. Lu
Hsin asentía a todo, hasta a los errores. Eso le recordó la carta que se había
propuesto escribirle al amigo del presidente, pero no se sentía de ánimo, con la
visión de esas aves laceradas todavía en la retina.
De modo que salió a fumar un cigarrillo, pero la presencia de los patos muertos
(y los vivos) lo deprimía, aunque no los viese. Se los imaginaba allí, al pie de
las montañas que tanto había contemplado, como víctimas propiciatorias frente a
un altar rústico pero exquisitamente pintado. Era chocante, una pura visión. Que
perdería su pureza cuando tuviera que levantarlos, cosa que si no hacía él no
haría nadie. No le atraía la idea, pero habría que limpiar el patio antes de la
noche, o corrían el riesgo de que el olor atrajera a algún animal indeseable a
husmear la carroña.
Además, conocía la psicología aldeana: vendrían curiosos. Si se habían propuesto
venir a contemplar los patos, cuya novedad en sí misma persistía, la noticia de
la matanza los atraería con más intensidad. Para empezar, ya estaba aquí su
vecino Chao, con sus abruptas zalamerías de campesino.
-Tendrá que disculparme en este momento, pero estoy muy apurado -balbuceó cuando
se cruzaban, pues había sido todo verlo encaminarse en su dirección, y simular
un paso rápido en la opuesta. No le dio tiempo ni siquiera a responderle. De
cualquier modo, el señor Chao preferiría hacer sus comentarios ante la señora
Whu, con la que se entendía bien.
Tomó la dirección del bosque sin pensarlo mucho, y cuando franqueaba los límites
de la aldea, el cielo que había estado nublado y blanquecino todo el día, se
entreabrió de pronto mostrando un sol sorprendentemente alto que llenaba de
claras primicias el mundo. ¡Era mucho más temprano de lo que había pensado! En
efecto, ahora lo recordaba: era el día de la semana en que Hin tenía menos
clases; con los acontecimientos, se le había pasado por alto. Pues bien, mejor
así. Podría dar un paseo largo, en vez de uno corto. Llegaría hasta los primeros
claros, pasando la orla del bosque, y daría la vuelta al gran espejo de agua. No
tenía otra cosa que hacer, y le convendría dejar la mente en blanco; ningún
sitio más apropiado para ello que la naturaleza, el viejo y tradicional pasaje a
la indiferencia. Las cúpulas de los árboles se balanceaban en el aire, y los
pájaros proferían sus cantos de siempre, o hacían piruetas aquí y allá, fútiles
y veloces. Objetos verdes y flores. La primavera era lo que siempre volvía, lo
inexorable y cándido. Se preguntó si habría habido un primer hombre que
registrara su vuelta, la segunda vez. ¿ Lo habría hecho con desencanto? No se le
ocurría otra posible reacción. La mente humana no estaba hecha para la
repetición, había sido preciso habituarla mediante la violencia, y la dulzura,
en proporciones bien equilibradas.
Respiraba con fruición, olvidándose de todo. Le haría bien pasear en extenso,
sin apuro. Últimamente salía poco; era raro el día que Hin no tuviera algún
compromiso con sus amiguitas, o una sobrecarga de tareas escolares, y él había
perdido el gusto de caminar solo -aunque ahora lo recuperaba con una presteza
que le pareció suavemente milagrosa.
De pronto oyó el ruido de un avión y levantó la vista. Allí estaba, un gran
avión gris que pasaba muy alto (así al menos le parecía, pero no debía de ser
tanto porque iba abajo de las nubes). No dejó de mirarlo mientras recorría el
cielo en una recta caprichosa: ¿quién había trazado esa línea en el cielo, y por
qué? No dejaba de apreciar el contraste del gran pájaro rígido y los bordados de
follaje a través del cual lo veía. Estaba oculto. Su humor había cambiado
radicalmente. El paso del avión le sugirió auspicios magníficos. Incluso tuvo la
idea de hacer un ramo de flores, cosa que nunca en su vida había hecho. Podría
ser abundante, pero de reducidas dimensiones, ya que no tenía a su alcance más
que anémonas minúsculas, de tallos blandos. Pero el rosa de sus pétalos
impalpables tenía cierta grandeza. ¿No existiría la posibilidad de hacer un ramo
que fuese un color, un solo color intenso? La intensidad, en los tiempos
recientes, había sido adjudicada en exclusividad a los más intrincados períodos
dinásticos imperiales. El espíritu republicano se jactaba de no necesitarla.
Rosa, rosa, rosa, un millón de veces el color rosa, siempre temblando.
A lo lejos, se aproximaban unas figuras; o se alejaban; o ni una cosa ni la
otra. El bosque, como todos los bosques, era un laberinto óptico de certezas y
vacilaciones imprevisibles. Por los "corredores de visión" se vislumbraban
detalles que pasarían desapercibidos en un llano. Pero el conjunto se hacía
enigmático. Le pareció impropio arrojar las florcitas que había estado juntando.
Era una comisión de estudios del Qu, casualmente. Aunque él se había desligado
hacía años de esa rama de los asuntos públicos, seguía siendo consultado;
además, su actividad periodística lo mantenía en contacto, por su parte teñido
casi siempre de ironía científica, con los subministros del agua.
Sostuvieron una breve conversación, amistosa y con distracciones. Le agradó. Le
gustaba sentirse distraído respecto de cosas muy precisas. Incluso el leve
ridículo de tener un ramo de flores en la mano contribuía a ponerlo en un lugar
en el que se sentía cómodo. Que él hubiera dejado de ser funcionario del agua no
significaba casi nada, porque otros lo eran. No había nada de inoportuno en el
trabajo, mientras alguien lo llevara a cabo. Era la historia del país, y del
mundo. Era la declaración de independencia del hombre frente a la primavera, a
todas las primaveras posibles. Durante toda su vida se había sentido
intelectualmente superior al prójimo, pero a esta altura empezaba a comprender
que también le daba placer no sentirlo. Aplicaba su derecho a sacar un módico
beneficio personal de la demografía.
De regreso a casa, ya bajo el crepúsculo, estaba a tono con la tarea de escribir
esa carta. Y en efecto, al llegar no vio un obstáculo en la presencia algo
furtiva de Wen Tsi, que se embriagaba en la cocina con la señora Whu, ni en la
de Yin, que había vuelto del reparto y, después de una prolongada sesión de
ciclismo con las niñas, ahora jugaba al majjong con Hin en la sala; la
concentración de ambas parejas era perfecta y armónica en su diversidad. Por los
cuatro lados de la casita entraba la luz enrojecida del crepúsculo, y Lu Hsin
tuvo por un instante la visión deliciosa de ese cofre de madera y vidrio
brotando de la incipiente sombra del suelo, como una gema en la que se
concentrara toda la voluntad humana de hacer eterno el día. Sin más, sacó una
hoja de papel de arroz, buscó la pluma fuente, y se sentó a la mesa. Miró un
momento por la ventana.
Lo había movido a escribir esa epístola una noticia leída poco tiempo atrás;
aunque los hechos tenían décadas de existencia, el suceso era en buena medida
intemporal. Después de la conferencia de Yalta, cuando los rusos se hicieron
cargo de la Prusia, la ciudad natal de Kant había estado a punto de ser evacuada
y destruida, y tal habría sido su fin, incluido el del campanario en el que
fijaba la vista el maestro para concentrarse, de no haber mediado el más extraño
de los azares. Chu En Lai, ya entonces ministro de Relaciones Exteriores de
nuestro país, de joven había estudiado filosofía en Alemania, de donde regresó
trayendo una perenne veneración por el sabio de Kónigsberg, y dejando en esa
ciudad un hijo natural, producto de su amor por una estudiante alemana. Y ese
acontecimiento tan pequeño en la vida de un gran político y revolucionario, tuvo
por efecto nada menos que la perduración de una antigua ciudad. Porque en el
momento crucial pudo interceder ante los rusos (en aquel entonces nuestras
relaciones con Moscú eran amables y puntuadas por gestos de buena voluntad) y
logró que la pequeña ciudad reliquia, donde seguía viviendo su hijo, con el que
nunca había perdido contacto, se salvara; y hasta el día de hoy prospera,
intacta, con el nombre de Kaliningrado.
La anécdota, de la que Lu Hsin se había enterado leyendo en un ejemplar de un
diario francés, Le Monde, que le había pasado el marido de la señora Kiu, el
anticipo del libro de memorias de un oscuro político alemán, le había parecido
brillante y sugestiva. Y se preguntaba si habría otro habitante de la inmensa
república que pudiera apreciarla como él en su justo valor filosófico.
Correspondía, entonces, comunicárselo al protagonista, como un sutil aplauso.
Pero, por ser el caso bastante delicado, la carta debía tener todas las virtudes
de la discreción. En este momento, se sentía en presencia de tales virtudes.
Escribió esto:
"De la cuna a la sepultura, dice nuestro viejo proverbio, el hombre le da color
a las nubes blancas. El clavecín de nuestras costumbres se apega a las benévolas
sombras, y la luz misma que proyectan los bueyes irreales del cielo confirma la
fábula de nuestros horarios. He visto hace unos momentos en la ladera del sur de
las montañas Verdes dos hombres que se paseaban complacidos con la continuidad
del trabajo de los seres visibles; pero el dragón que los vigilaba estaba
quieto, pensativo. El dragón inmóvil no es el que arroja fuego con movimientos
coléricos. Del fénix de las profundas porcelanas del éxtasis no esperamos un
hijo, sino la reanudación de su propio vuelo: y no lo vemos. ¿Pero acaso vemos
algo? Cuando la espera provechosa se extiende por debajo de la tierra, ni
siquiera vale la pena que se alcen las montañas. Sólo puede decirse la verdad,
¿no es así?".
7
La respuesta a la carta se demoró justo un apo en llegar a destino; tardó un año
menos un par de días en ser despachada, desde alguna oficina misteriosa de
Beijin. La justeza del lapso se le antojó a Lu Hsin perfecta, aunque no lo fuera
del todo, por ser un día de primavera (las cosas eran triviales, como lo había
sido el otro, cuando recibió el anodino sobre oficial en papel barato, con los
sellos personales del ministro de las Relaciones Exteriores. Lu, que no había
esperado respuesta, pensó que sería un mero acuse de recibo, pero había algo
más.
Justo o no, el lapso entre la partida de la carta y la llegada de la respuesta
parecía no haber transcurrido en absoluto. Todo sería muy adecuado en ese caso.
Salvo que el año había pasado, y aunque en general, como sucede siempre, la
situación seguía igual, era como si se hubiera intensificado. Para convencerse
de esto último habría bastado con observar a Hin. Había cumplido once años, y
era todo lo que se había esperado que fuese: una típica belleza montañesa, de
ojos grandes, cuerpo pequeño y fuerte, manos hermosas, y las dos trencitas
anudadas atrás por las puntas: Lu le había enseñado a hacerse ese peinado desde
muy pequeña, y ahora ella lo rehacía todas las mañanas con la mayor pericia.
Nadie más que ella se peinaba así; algunas de sus amigas habían querido
imitarlo, sin éxito. Y ella no lo había cambiado, aun cuando ahora podría haber
impuesto su voluntad; Lu la contemplaba con cierta perplejidad, como se hace con
lo que realiza un deseo que no estamos seguros de tener. Por otro lado, ese
peinado ya era una reliquia, porque las mujeres montañesas habían desaparecido
del horizonte de la Hosa. La raza montañesa, tal como lo había previsto Lu en su
momento, se había dispersado, y no sólo geográficamente, por efecto de las
modificaciones en el curso del Qu, que habían aportado riego a las laderas de
las montañas Verdes (hoy eran cuidadosos vergeles cuadriculados). En menos de
una década, esa gente se había extinguido, lo que daba que pensar. La niña misma
era una reliquia, milagrosamente preservada por el gran truco del deseo de Lu
Hsin. Sólo que era más hermosa de lo que había calculado. La desaparición del
"fondo" étnico en razón del cual todo se había iniciado la volvía más preciosa y
rara, y todo lo suyo intrigante para el que pensaba la pequeña historia.
Mirándola, Lu sentía como si se despertara de un sueño. Todo sucedía, la vida
misma tenía lugar, ni lenta ni rápida, y sin embargo, por una magia peculiar,
era como si nada hubiera sucedido y todo esperara, mirándolo con ojos que habían
salido lentamente del agua. Él mismo, que había pasado por épocas de no ser
nadie, se había vuelto importante. La Gaceta, de la que ahora se tiraban varios
miles de ejemplares, y cuyos editoriales se estudiaban y comentaban en todo el
país, lo había hecho notorio. Lo que había comenzado como uno de sus tantos
pretextos de inacción ahora aparecía como una sólida empresa política, que se
escudriñaba hasta en la puntuación. Lu Hsin había apoyado, y guiado, los
esfuerzos hidráulicos de la provincia, y nadie dudaba de que era el cerebro
detrás de los avalares energéticos del agua. Los que a su vez habían producido
una completa modificación social, de la que él era responsable tanto como puede
ser alguien responsable de sus sueños. Y ahora sentía el despertar, lo sentía
como algo a la vez vago, esfumado, y urgente, con esa urgencia de decisión que
había aprendido a reconocer en los libros de su amado maestro alemán.
Y mientras tanto, su entorno se volvía más y más un sueño. Toda la gente que
conocía y a la que frecuentaba había ido instalándose poco a poco, muy poco a
poco, en las costumbres blandamente fijas de un hábito onírico. Ellos se
apartaban vertiginosamente del despertar, mientras creían vivir la realidad. Se
preguntaba si no sucedería así con toda la nación. La China tenía una historia
de prolongados sueños, siempre muy disimulados en el realismo que había sido la
marca original de su pueblo. Quizás efectivamente estaban entrando en una nueva
realidad; o, mejor, en un nuevo realismo. Al menos era lo que deducía de las
posiciones de sus conocidos, del pequeño círculo del que seguía siendo el
centro. Él en cambio, por acción del rodeo que había hecho por el sueño, en el
que se había introducido, por así decirlo, con los ojos bien abiertos, ahora
asomaba a una realidad intensamente vivida. Toda la infancia de Hin había sido
ese sueño, un período durante el cual él se había mantenido apartado de sí
mismo, llevando a cabo las infracciones habilísimas de un sonámbulo. De pronto,
se sentía rejuvenecido, hasta lo que veía y oía le parecía más nítido,
incomparablemente más claro, como si interpusiera una lupa prodigiosa.
Uno de los que se habían vuelto sus familiares, al punto de haber sido en la
práctica adoptado como hijo y discípulo, era Yin. Dotado de una inteligencia
precoz, y un sólido buen sentido campesino, el joven había tenido la fortuna de
estudiar hidráulica con el mejor de los maestros posibles. Dentro de dos años
iría a cursar ingeniería en la Universidad de Shanghai, donde ya tenía asegurada
una beca. Para cuando llegara ese momento, Lu Hsin se proponía interrumpir la
publicación de La Gaceta, si es que no querían hacerse cargo de ella sus
colaboradores, cosa que dudaba; el único que habría podido hacerlo era,
justamente, Yin. Se le ocurría que, de habérselo propuesto así, La Gaceta en
todos estos años habría sido la pantalla ideal para conservar a su lado al
muchacho. No había sido ésa la idea, naturalmente, pero de haberlo sido... el
secreto habría sido a su vez la pantalla de otro secreto, al que nadie podría
llegar nunca. Ese tipo de ensoñaciones, en el punto en que se encontraba,
parecía dotado de una tremenda urgencia.
Como era típico en él, traducía el pensamiento al trabajo. Su esfera de
intereses visibles se había ido desplazando en los últimos años, y más
recientemente el movimiento se había intensificado, por diversas circunstancias.
Entre ellas, la instalación en la Hosa de un centro de investigaciones
genéticas, el más importante del país. El hombre-orquesta Lu había tenido
participación en el establecimiento del centro, y no sólo escribiendo artículos
al respecto en su diario, sino en trabajos más prácticos, como la ingeniosa
manera de organizar la cría de patos, que eran los sujetos predominantes en la
experimentación. En lugar de limitarse a producirlos con eficiencia, Lu Hsin
había partido de la creación de una subeconomía regional surgida de la crianza.
No sólo era más eficiente a largo plazo: era más interesante asimismo.
En fin, que al tiempo que las obras hidráulicas en la zona habían dispersado a
los montañeses, habían acumulado patos; y si parecía faltar simetría entre ambos
sucesos, entre otras cosas porque las razones de lo primero habían sido
económico-sociales, mientras que las de lo segundo habían sido puramente
naturales, o menos aún, acuáticas, había un eje central, un núcleo de
irradiación de lo que podía considerarse un cuento poliédrico, y ese punto no
era otro que la casa de Lu Hsin, donde el motor de la fábula no se detenía; por
el contrario, a cada momento cambiaba la frecuencia de sus ondas y renovaba la
historia. La casita misma tenía algo de cuento: la mansión diminuta del dragón,
la cabaña de cristales de los hijos del emperador campesino... Ahora la casa era
uno de los centros de reunión más frecuentados por los científicos del Centro de
Genética, el sitio al que había que ir cuando sentían curiosidad por lo que
sería de ellos en el porvenir (cosa que los científicos siempre ignoran).
La carta la recibió una mañana, lo que no tenía en sí nada de extraño: el
cartero hacía un viaje especial a su casa, con un grueso paquete de
correspondencia para la Gaceta, todos los días a primera hora. Pero este sobre
se lo entregó aparte a Lu, antes de entrar con los demás a la oficina, donde
solía charlar un momento y tomar una taza de té. Lu Hsin lo rasgó y leyó con
gesto distraído la hojita de papel, que dobló y se metió al bolsillo, tras lo
cual entró a verificar el trabajo escolar de Hin, que desayunaba. Sentado a la
mesa donde hojeaba los cuadernos de la niña, pudo ver que en la oficina habían
hecho un círculo alrededor del cartero y hacían comentarios en voz baja. Calculó
que en unas horas toda la aldea, y quizás más allá, estarían enterados del
arribo de la misiva. Cuando Hin se fue a la escuela, Lu Hsin decidió salir a dar
un paseo. Lo fatigaba la perspectiva de enfrentar la atmósfera intrigada entre
sus colaboradores, y de todos modos no había gran cosa que hacer a esta altura
del mes.
Al salir encontró en la puerta de su casa a la señora Kiu mirando
melancólicamente sus musgos. Se detuvo a saludarla y conversaron un momento
sobre el clima.
-Todo se ha trastornado -decía la señora, con un gesto fatalista. Su marido
había muerto el año anterior. Se comentaba que volvería a casarse pronto, aunque
andaba por los cincuenta años. De hecho, Lu Hsin podía calcular bien su edad
porque eran contemporáneos. Creía poder recordarla de niña, medio siglo atrás.
Asintió a sus declaraciones y la dejó donde estaba. Tomó, como tantas veces
(como siempre), el camino del bosque.
Se introdujo en los senderos húmedos, y el bosque entero parecía una cebolla de
cristales verdes que se separaban, con un chasquido delicado, unos de otros.
¿Cuántas veces había paseado por estas regiones hermosas? Toda la vida, pero su
vida no era del todo numerable. Había sido fiel a la naturaleza, pero, como
sabía bien, eso no tenía ninguna importancia. Siguió el rumbo de las crestas
altas, donde no iba con frecuencia; encontraba más bien vulgar apreciar los
paisajes desde las alturas: ya había hecho mucho de eso en su juventud. Y ahora,
al asomarse al gran panorama de riegos y cultivos, no miró hacia abajo sino
hacia arriba: al cielo. Bien pensado, el cielo era uno de los motivos de estudio
que más había descuidado en su vida. Creía recordar que en otras épocas lo había
"puesto en reserva", para cuando otros asuntos que le parecían más urgentes,
aunque más triviales, se agotaran. Y ahora el tema del cielo había quedado
atrás: cuando uno se ocupa de objetos triviales, siempre termina habiéndose
ocupado de los más importantes... Y no queda nada que hacer. Pero el cielo, de
todos modos... quizás había hecho una elección adecuada, porque el cielo seguía
vacío.
El día transcurre en el cielo, no entre los hombres. La tierra, espejo de la luz
celestial, es la morada de los niños. Es preciso aprender la lengua infantil
para estudiar con fundamento las ópticas sublimes. Esa noche recibió la visita
de un matrimonio de científicos, dos genetistas jóvenes, muy brillantes -de ella
se decía que estaba a punto de conceptualizar una novedosa teoría sobre la
alternancia de los cromosomas-. Contribuyeron a la cena con una botella de vino
y Lu Hsin hirvió pescado y preparó una salsa. Tiempo atrás, con la defección
definitiva de la señora Whu de los trabajos de la cocina, había quitado el
biombo que separaba a ésta de la sala, y cocinaba conversando con los invitados.
-La genética -decía- debería ser la ciencia preferida del marxismo. Lo tiene
todo para agradar al dogma, y contiene el delicioso riesgo de desmentirlo.
-Nada desmiente a un dogma epistemológicamente hablando -dijo el joven
científico, con la sonrisa prudente que adoptaba siempre para hablar con Lu
Hsin.
-¿Y que son sino una desmentida, todos los resultados a los que parecen
acercarse ustedes mismos? Genes voladores, trucados, alternantes, cromosomas
"traspapelados", funámbulos...
-Oh, es un modo poético de hablar.
Lu Hsin sonrió:
-Siempre hay modos poéticos de hablar. -Se quedó callado un instante, y le vino
a la memoria, o a la imaginación, un dato interesante que transmitirles a estos
jóvenes ignorantes en Historia-. ¿Sabían que en nuestro país, en épocas remotas,
incluso algo legendarias (aunque no tanto como para salirse de los cuidadosos
márgenes de la cronología de nuestras más recientes innovaciones en la técnica
de evaluar la improcedencia del pasado) hubo un arte análogo, en su esfera, a
estos "casos" de la genética de los que ustedes se ocupan? -Les dirigió una
mirada interrogativa-. ¿No oyeron hablar de la vajilla "de tercera generación"?
¿No? No me extraña. Los expertos en detalles históricos no han dejado obras
realmente legibles. Esas porcelanas representaban un trabajo que esperaba el
momento de los resultados, no los quería inmediatos. Incluso económicamente:
eran la deuda anticipada de los nietos. En ese sentido, debían de ser una
especie de exorcismo contra las hambrunas. Lo mismo en cuanto a la legitimación
social general: si pensamos que las generaciones se contaban según la
descendencia imperial, por un lado, y por otro que los modales en la mesa se
transmiten no a los hijos sino por intermedio de ellos, a otros, desconocidos.
Los invitados lo miraban con el rostro en blanco.
-Pero ¿por qué esperar? -dijo él, al tiempo que ella exclamaba, con afectada
frivolidad:
-Es melancólico, es... de antropófagos.
Lu Hsin le dio la razón:
-Los platos se rompen, siempre. Basta un mínimo descuido, y después no vale la
pena lamentar lo que pasó.
Un rato después, Hin hablaba con el matrimonio, y les mostraba su caja de
lápices de colores, gracias a los cuales, decía, había ganado un concurso de
pintura unos días atrás. Lu se excusó un momento y salió a la galería externa,
para asomarse a lo que había sido la despensa y ahora, transformado en un
confortable y diminuto jardín de invierno, hacía las veces de departamento
privado de la señora Whu. Allí se pasaba todo el día bebiendo y mirando las
montañas. Le pidió una copa y se sentó a bebería en su compañía, sin hablar. El
motivo de la visita había sido preguntarle si cenaría con ellos, pero no vio
motivos para decir nada, después de todo.
Su ama de llaves había ido más allá del alcoholismo, en un salto elegante y muy
preciso. Ya era un oráculo del silencio; en esta ocasión de renunciar a hacerle
la más trivial de las preguntas, Lu Hsin veía la cifra de su misterio. Pero un
momento después ella habló, con su voz honda y noble de vieja; y fue para hacer
una observación muy pertinente sobre las lagartijas:
-Puede decirles a sus comensales que no funden sus esperanzas en ellas. No se
reproducirán mecánicamente.
-Había empezado a sospecharlo -dijo Lu-. ¿Pero por qué está tan segura?
-Las tiras de huevos no asimilan el agua. No asimilarían el té, si se lo dieran.
Era muy sagaz de su parte. Aun puestas en el agua, esas tirillas se secaban.
Reclamaban la humedad ultramundana del amor. La señora Whu debía de saber mucho
de la asimilación de líquidos. El caso de las lagartijas era intrigante, pero su
condena no parecía tener apelación. Lu suspiró, y confesó no saber qué hacer al
respecto. La señora Whu se encogió de hombros, como si todo fuera muy fácil, una
vez que se aceptaba la fatalidad del fracaso.
-Yo las dejaría en paz -dijo.
-Es lo que he tratado de hacer.
Pero nunca podría hacerlo lo suficiente. Después de todo, no sabía en qué podía
consistir dejar en paz a esos animálculos inexpresivos.
Salía una hermosa luna detrás de las montañas. Desde su puesto, la mujer podía
medir su ascenso sin moverse. Desde la sala venía el rumor de la conversación y,
muy apagado, el aroma de la comida en el fuego. De pronto, y sin ninguna razón a
la que pudiera darle nombre, Lu sacó el tema de Hin, cuya vocecita de cristal se
destacaba en el silencio de la noche: por lo visto, hacía buenas migas con el
matrimonio de científicos; ellos todavía no tenían hijos. La señora Whu no
respondió. Las sombras parecieron condensarse en la distracción de Lu Hsin; sin
saber siquiera que hablaba, fue decir algo más, cualquier frase sin importancia:
-Hin...
En ese punto se interrumpió. La luna era el objeto que hacía inimaginable el
mareo. La oscuridad sedosa del cielo rozó los hombros de Lu. La palabra resonaba
en el silencio previo al mundo, y en la memoria. La insistencia había producido
un significado, y él supo que la señora Whu lo había oído. Le dirigió una mirada
subrepticia, con una inquietud que no había sentido en años. Ella miraba con
placidez un punto oscuro debajo de la luna. En la penumbra, su rostro muy
avejentado semejaba el de un guerrero, o una momia... Al cabo, la vio levantar
la copita y beber con el borde de los labios; miraba el reflejo de la luna en el
círculo inclinado de su aguardiente. ¡Lo sabía! Debía de saberlo. Se sintió
aterrorizado, sin querer reflexionar por qué. El espanto suele tener formas muy
variadas, y Lu Hsin tuvo la oportunidad esa noche de enfrentar una muy vaga y
difusa. Tenía la impresión de que se había abierto un abismo en algún sitio al
que podían encaminarse sus pasos. En ese gran vacío, volvió a oír la voz de la
señora Whu:
-El señor Hua no vino hoy.
No era la primera vez que manifestaba, en los momentos más intempestivos, su
interés por este amigo de su patrón. Lu creyó poder interpretar: lo ayudaría a
obtener lo que deseaba, si él la ayudaba a obtener al señor Hua. Podían dar por
terminado este entreacto. A modo de colofón, ella dijo con voz ahora arrastrada,
como si la bebida hubiera hecho efecto de pronto:
-Me siento enferma.
Lu dejó la copa en la mesa (vacía) y salió. Estaba a punto de volver a entrar a
la sala, pero quiso quedarse un minuto más a solas. Dio unos pasos en el jardín,
y miró la escena por la ventana. Hin y los dos invitados conversaban sentados a
la mesa. Era tarde, y la niña estaba algo pálida. La vio levantarse, ir al
armario y sacar platos y cubiertos, tarea en la que la ayudó la joven
científica. A veces, los seres humanos parecen autómatas. Se dijo que todo en la
vida corría siempre hacia un punto de precipitación, y había que actuar en
consecuencia: muy lento en ocasiones, o muy rápido.
Le dio la espalda a la ventana y miró las estrellas. El espejo del cielo pensaba
por él, con la precipitación lentísima de las estrellas. Y en medio del cielo
negro, la cara de la luna, con sus grises imperceptibles. Recordó algo que le
había dicho Hin años atrás, cuando era chica: "La luna es un mapa". Entró a
cenar.
Dos días después caía el cierre de la Gaceta, y Lu Hsin había hecho para
entonces su buena cuota de reflexión. Seguía dándole vueltas a esa idea de la
precipitación. En la vida de las personas, se decía, suceden cosas, y todo el
mundo lo sabe: pero nadie sabe nunca cuándo suceden. Y las consecuencias no eran
de ninguna utilidad como signos, porque en general sólo eran signos del
remordimiento. Sólo escribiendo lograba captar algo de la insensatez del
instante: lo demás le parecía excesivamente difícil. Les regaló las lagartijas
que venía tratando de criar desde hacía meses a los niños del barrio, y suprimió
a último momento el artículo de fondo que había escrito para la Gaceta, una cosa
u otra sobre la hidroponia, la clase de tonterías que recortaban y guardaban en
carpetas sus lectores. A minutos de iniciar la impresión, se sentó a componer
uno nuevo.
Un cambio de última hora era algo tan inusual en él que sus colaboradores
quedaron intrigados. Yin se encargó de interrogarlo, delicadamente. ¿Tenía que
ver acaso con su correspondencia con el ministro Chu?
-¿La correspondencia...? -preguntó Lu desconcertado. Tardó un momento en
recordar. No lo había pensado (en realidad, se había olvidado completamente de
esa carta), pero bien podía dejarles creer que así era. Lo negó, vagamente.
Escribió un editorial que se tituló: "La espera pueril", una sarcástica
invectiva contra el marxismo, al que renunciaba públicamente y denunciaba como
una enfermedad de idiotas. El periódico se imprimió, y uno solo de sus
colaboradores presentó su renuncia ese mismo día (aunque ya había vuelto a
trabajar para la salida del número siguiente). Los demás, Yin incluido, no
dijeron nada. El sonreía pensando que, sin proponérselo, había creado una de
esas situaciones en que a la vez es preciso hacer algo con suma urgencia, y se
han dado las condiciones de una completa parálisis.
Del contenido de la carta de Chu En Lai nunca se supo nada. Lu Hsin terminó
extraviando el papel. Una carta no leída (un papel perdido o destruido) era el
pretexto ideal para dar un paso perfectamente planeado en la cadena de una
prolongada maniobra personal, y disfrazarlo de espontáneo sin que nadie sospeche
nada. Todo el episodio tenía algo de broma secreta.
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Si bien el efecto del editorial estaba destinado a ser profundo, nunca dejó de
ser discreto. No adoptó, por ejemplo, la forma del aislamiento con que
supuestamente se premian las bravatas antisociales. De hecho, la primera
manifestación del efecto fue una visita, aunque no más que la tan cotidiana y ya
casi invisible de la señora Kiu. Fue ni media hora después de que el periódico
empezara a ser repartido. Lu Hsin salía en ese preciso instante (iba a comprarse
un par de sandalias) y tropezó con ella en la puerta. Al otro lado de la cara
impasible de la viuda, leyó su determinación de retirar su nombre de la lista de
suscriptores, e incluso tal vez devolver su ejemplar, que traía enrollado en una
mano.
-Su imprudencia, señor, está a la altura de las palabras con que la demuestra.
Muy oriental, él simuló buscar en los recodos de su imaginación:
-¿La señora estará refiriéndose por casualidad a mi mediocre artículo?
-¡Por casualidad! -bufó la Kiu.
-Me arriesgaría a asegurarle que ese minúsculo incidente escrito no tiene
ninguna importancia, ni la tendrá en...
-¡La tiene para mí!
-Me honra mi benévola vecina.
-Señor Lu: no es hora de ironías.
-No sabía que fuera marxista -comentó él, en un tono de generalización
complaciente.
-Si es necesario...
-A veces...
-Pero...
-Por mi parte...
Por cortesía, dejaban todas las frases flotando. Hablaron un momento del clima.
-Una no puede ser esclava de la lluvia -decía la señora Kiu.
-Deberíamos pensar que la lluvia está a nuestro servicio.
-Habría que ser un venerable antepasado muerto para aceptarlo con tanta
indiferencia.
-¿La señora habrá pensado en honrarme renunciando a ejercer la crítica sobre mis
necios escritos?
-Por el momento, prefiero declarar que sería más conveniente hacerlo que no
hacerlo.
Lu se apuró a abrirle la puerta de la oficina, que estaba sin llave, y la invitó
con un gesto a servirse por sí misma. Ella sabía dónde estaba el fichero. Por
delicadeza, se quedó esperando. La vio ir directamente al mueble, encontrar su
tarjeta en un abrir y cerrar de ojos y echársela al bolsillo de sus amplios
pantalones azules. Podría haber apostado a que unas horas después la señora
volvería a introducirse, subrepticiamente esta vez, en la oficina, y devolvería
la ficha a su lugar.
Se marchó. En el camino, pensaba que su vecino del otro lado, el señor Chao, no
tardaría en presentarse con alguna proposición curiosa. En efecto, cuando volvió
con las sandalias lo vio sentado ostensiblemente en la parecita de su jardín,
leyendo La Gaceta. De lejos, daba la impresión de no encontrar el sentido de las
palabras.
Hin se disponía a ir a la escuela. Tomaba su tazón de leche bajo la mirada
impaciente de la señora Whu. Lu Hsin puso agua para hacer té, y se sentó a su
lado. Ese día la niña tenía una clase especial de geografía, y había dibujado
varios mapas en grandes papeles delgados muchas veces doblados. Él los desplegó
con profusión de crujidos, y los examinó en detalle. Se oponía por principio a
los mapas hechos según una perspectiva vertical, perpendicular al terreno:
favorecía una cierta oblicuidad, más adecuada, según su parecer, a la emergencia
del arte que estaba al fin de la ciencia. Es cierto que así las cosas se hacían
mucho más difíciles, pero eso era inevitable. Lamentablemente, el punto de vista
oficial preconizaba una enseñanza a partir de lo más simple, y las
complicaciones quedaban siempre para más adelante, para un futuro impreciso. No
obstante, los mapas de Hin estaban bien hechos, e iluminados con bonitos
colores. Había ganado medallas en ciencias, y en lo que iba de este año era la
mejor alumna de su división.
Cuando se marchó, Lu se quedó tomando té, sin nada que hacer. La señora Whu se
paseaba por el jardín, mirando la hierba. Posiblemente ya había dado los
primeros pasos, y los segundos también, hacia su éxtasis cotidiano. La noche
anterior le había comunicado que su padre estaba enfermo, muy grave, en una
aldea localizada exactamente al otro lado de la Hosa. Lu había ignorado hasta
ahora que ella tuviese padre, que debía de ser viejísimo, un prodigio de
longevidad. No se decidía a volver a interrogarla, por temor de que ella se
hubiera olvidado de lo que había dicho. Todo indicaba que debía de ser una
alucinación, ya que nadie sabía que la señora hubiera recibido noticias de
ninguna clase. Quizá su padre había muerto cincuenta años atrás, y ella se
limitaba a revivir viejos sueños.
Salió al patio con una idea, y los gatos lo siguieron; volvió a entrar y fueron
tras él. Supuso que lo que querían era comida, y les dio leche, pero no la
bebieron. La señora Whu seguía todos estos movimientos sin despegar los labios.
Salió en fin, por segunda vez, con la misma idea, que era ocuparse de las
lagartijas. Porque las seguía teniendo, o mejor dicho disponía de la milagrosa
progenie de las anteriores. Después de renunciar a su cría y regalárselas a los
niños de la vecindad descubrió que habían quedado unas tiras de huevos (¡las
irritantes tirillas!) en su jardín, y para su inmensa sorpresa, éstas sí
prosperaron, y de la noche a la mañana nacieron las crías. ¿Ésa era la solución
que había buscado con tanto empeño? ¿Un gesto? No sin perplejidad, había vuelto
al trabajo abandonado, y no dejaba de reconocer que si podía volver, era gracias
a que lo había abandonado.
Se entretuvo en eso hasta el mediodía, después comió unos mejillones y se acostó
a dormir la siesta. Ni ese día ni el siguiente había trabajo en la Gaceta: era
la pausa larga del mes. Se despertó tarde, embotado, y estuvo tomando té y
fumando largo rato; tan largo que se hizo la hora del regreso de Hin de la
escuela, y tomaron la merienda los dos. Le preguntó si había hecho planes con
sus compañeras; si tenía mucha tarea; a ambas preguntas respondió negativamente.
Le propuso salir a dar una caminata. Las ocasiones en que salían a pasear juntos
por el bosque se habían ido haciendo más y más infrecuentes, por lo que ahora
tenían el placer de la novedad. Hin se preparó con entusiasmo, pero le advirtió
que debían estar de regreso a la hora en que volviera Yin, que le prestaría un
rato la bicicleta. Lu Hsin a su vez le recordó que él le compraría una
bicicleta, si aprobaba todas las materias. ¡Claro que Hin lo recordaba!
Precisamente por eso no quería perder la oportunidad de practicar en la de su
amigo, para estar ducha cuando tuviera la suya. (El razonamiento era razonable,
y a la vez no lo era.)
Salieron. La tarde de primavera resplandecía. La niña iba con una blusa blanca y
pantalones azules, y los pies desnudos en las sandalias. Entraron de inmediato
en el bosque, Hin adelante, abriendo la marcha, Lu Hsin algo retrasado, y
silencioso. A cada paso se encontraba más y más en ella, como si el movimiento y
el tiempo lo fueran adentrando en la niña, no en el bosque. A sus espaldas se
iban cerrando puertas blandas de follaje y de suave luz diurna, y se encapsulaba
una y otra vez, más allá de lo posible, en un pensamiento general en forma de
Hin. Dejaba de ver, de oír, de ocuparse del mundo. Y aun así, se decía
cautelosamente, si realmente pudiera concentrarse en esta minúscula fantasía, si
pudiera entrar con todos sus pensamientos en Hin, hasta salir de sí mismo...
entonces la vería alejarse al máximo, volverse un puro brillo en el cielo, como
la gema depositada en el extremo del tiempo y de la vida.
Podía pensar (y casi casi debía pensar) que Hin era una formación mental suya.
Que estuviera afuera de él era efecto de una operación de índole casi literaria,
teatral, como cuando aparecía en escena junto al personaje real un demonio, con
su mascarón bestial, y sólo los espectadores lo veían. La belleza paradójica de
Hin, tan distinta del monstruo verde de ojos protuberantes, resultaba de un
manejo análogo: era todo lo que él podía ver, y era lo que la convención del
mundo (no sólo las buenas costumbres, sino lo que mantenía visible al mundo) le
impedía ver en la realidad.
Las condiciones atmosféricas acentuaban la impresión, lo mismo que el peculiar
estado de ánimo de Lu, derivado de su gesto reciente de "quemar las naves". Y no
debía descartarse la posibilidad de que ambas cosas fueran una: las naves se
incendiaban sobre el fondo de una fulgurante claridad, no a la noche.
La miraba en el silencio; las palabras habían sido para él, toda la vida,
ocasión de desviar la mirada; era el ser más hermoso de cuantos tenía
posibilidad de ver alguna vez. ¿No era redundante? Era hermosa, y se suponía que
era suya. ¿No invalidaba ese pleonasmo todo el razonamiento de su visión? Y si
era así... Sentía el goce inexplicable de las vísperas del deseo. Se volvía
eterno, para su uso personal. Contra lo que solía decirse, el amor era
voluntario después de todo. Salvo que la voluntad no siempre era voluntaria, al
menos todo lo voluntaria que debería ser.
Se fijaba en el peinado, la trenza anudada en forma de estribo que se bamboleaba
graciosamente sobre la nuca. Si sus compañeros de escuela antaño lo habían
encontrado muy a propósito para darle tirones bromistas, ahora Lu Hsin lo
encontraba igualmente propicio para atraparla y llevarla consigo a la morada de
los dragones, al cielo invisible de la primavera. No todas las mujeres (ninguna
de las que había conocido, si lo pensaba un poco) traían consigo ese implemento
para asirlas. Era más propio del sueño que de la realidad.
Se detuvieron y se sentaron en un talud desde donde se veían las montañas, de un
gris rosado a esta hora. Lu fumó un cigarrillo mientras Hin le contaba
volublemente anécdotas de la escuela. Pensando sólo en sus historias, los ojos
de la niña se perdían en las alturas lejanas. Él los vio salir al aire, y girar
como astros sobre ese paisaje inmóvil en el que sus propios ojos se habían
extraviado tanto. Cuando se puso de pie le sonaron los huesos. La tierra estaba
húmeda.
De regreso, Hin cortó del suelo unas hojuelas muy verdes con gruesas nervaduras
blancas, en forma de abanico. Le preguntó cómo se llamaba la hierba.
-En realidad no es una hierba -le explicó él-. Son pequeños árboles siempre en
embrión.
-¿Por qué tiene las líneas blancas?
-Bueno... no podría ser toda verde.
-¿Por qué tiene la forma de abanico?
-Es la más lógica para su cometido, que es atrapar el sol, como una pelota de
ping-pong.
-Eso ya lo sé: las plantas se alimentan de sol.
-Y alcanza para todas.
-El sol es misterioso -opinó Hin.
-Ya no tanto. Es una especie de bomba atómica al revés.
Hin abrió mucho los ojos. En aquel entonces se hablaba todo el tiempo de la
bomba atómica (porque estábamos a punto de fabricar una, decían). Pero la idea
que se había hecho la niña de ese dispositivo, por lo visto, no encajaba con su
idea del sol, ni siquiera al modo inverso. Lu Hsin le explicó que las que se
usaban en la guerra promovían la fisión del átomo, es decir, la separación
violenta (o delicada: era un modo de hablar y entenderse) de sus componentes; el
sol, al revés, actuaba por fusión. Los efectos eran exactamente los mismos.
-Salvo que nosotros no hemos aprendido todavía a usar la energía por fusión, por
falta de recipientes donde meterla. Ni siquiera la porcelana sirve.
-¿Y cuál es el recipiente del sol?
-La gravedad.
-Pero si el sol es una explosión, ¿no debería haber terminado ya?
-Hay explosiones lentas. Y además, algún día terminará.
Hin quedó un rato silenciosa, pensando, y después dijo:
-El sol tiene algo de horrible.
A lo que Lu Hsin asintió, pues era lo que siempre había pensado. Hizo el
siguiente comentario:
-Empezamos hablando de una hierba en abanico, que en realidad es un arbolito que
nadie reconoce, y terminamos hablando de sol. ¿No es curioso?
Ella no lo encontraba curioso. Dijo que todas las conversaciones evolucionan
hacia temas distintos y, por otro lado, en este caso el hilo de las razones
había estado bien a la vista. Y seguía estándolo, agregó señalando las hojas
innumerables de los árboles y la hierba, que reflejaban, opacas o brillantes, la
luz de la tarde.
Esas palabras fueron para Lu Hsin un motivo más para objetivarla. Los niños
tienen temas distintos para cada persona con la que hablan. Ese solo hecho
bastaría para desmentir el tan mentado ensimismamiento infantil. Después,
durante toda su vida, la elección del tema de conversación sigue siendo una de
esas deliberaciones solemnes a la vez que fugaces, en las que toda persona se
abisma cien veces al día. El tema de Hin con él seguía siendo, en su proteica
abundancia, el de las variaciones de la naturaleza. Entraba dentro de su
convención referirse a los árboles, a la bomba atómica, o a las conversaciones
de una tarde de primavera.
En la calle, frente a la casa, los esperaba Yin, sosteniendo por el manubrio la
bicicleta a la que de inmediato trepó la niña. Lu Hsin encontró adentro una
visita que lo complacía: el viejo Ma Chiang, director del Centro de Genética.
Lu, que era un hombre más bien serio, e incluso podía pasar por melancólico,
tenía una gran reserva de risas que salía a relucir con ciertos interlocutores
que, por algún motivo, se sintonizaban con su estilo hilarante. A esas personas,
que habían sido bastante raras en su vida, y por ello tanto más preciosas, las
cultivaba sobremanera. Este hombre, al que había conocido un año atrás, cuando
el establecimiento del centro, era uno de ésos. Solía venir temprano, y nunca se
quedaba a cenar porque entonces empezaba su jornada. Trabajaba de noche, solo.
De día trabajaba también, con los científicos que estaban a sus órdenes. No
dormía mucho, como sucede con los viejos (y él tenía cerca de ochenta años).
Mientras Lu preparaba el té, comentaron el tema que por entonces estaba en boca
de todos: se planeaba la construcción de un aeropuerto militar en la Hosa. El
viejo, con buenos contactos en las fuerzas armadas, había recibido esa misma
tarde la confirmación de que la obra era un hecho. Lu, con todo, se mostraba
escéptico:
-No veo qué podríamos hacer con los aviones, como no sea volar...
El viejo se reía sobre su taza de té humeante, que le empañaba los anteojos.
-En Occidente -seguía Lu-, hubo una etapa deportiva de la aviación, que nosotros
nos hemos salteado. No habrá apuesta. Será solamente "volar".
-De eso se trata.
-Será demasiado placer sin mezcla.
-Pero tendremos miedo.
-Nos sentiremos más chinos todavía, imitando al Señor Saint-Exupéry.
Risas.
-No será un placer, ni un miedo lo bastante compartido como para incidir en
nuestra nacionalidad -dijo Ma Chiang-. La gente del común no hará como los
pájaros. Es posible que yo no muera, después de todo, sin haber volado... o
usted...
-¿Prevé que me llevarán a algún sitio remoto a purgar mis excesos? -preguntó Lu
Hsin sonriendo.
El viejo tardó un momento en comprender a qué se refería, hasta que recordó el
artículo editorial de la Gaceta.
-¿Lo leyó? -le preguntó el dueño de casa.
-Con el mayor interés.
-¿Y le pareció...?
-Una obra maestra de... lo inofensivo sigiloso.
Lo festejaron con carcajadas. Ya estaban en plena jocundidad. A Ma Chiang se le
empañaban todo el tiempo los lentes, y de los dos lados: de afuera, por su
costumbre de inclinarse sobre la tacita de té; de adentro, por las lágrimas de
la risa. Eso le recordó a Lu Hsin una anécdota, que le relató a su amigo. Unos
años atrás, un militar de alta graduación asignado en la Hosa había tenido
problemas con unos binoculares de campaña que debía usar constantemente en las
maniobras que comandaba, porque tenía un ojo con algo menos de visión que el
otro. Como Lu tenía prestigio de óptico en la zona, y el caso presentaba cierta
urgencia que hacía imposible mandar a rectificar el aparato a la capital, se lo
llevaron a él. Le bastó un somero examen para ver cómo podía hacerse el ajuste,
sencillísimo; el general mismo podía hacerlo, probándolo hasta que quedara a su
gusto. Dárselo a él había sido absurdo, porque se trataba de un asunto mecánico,
no óptico. Anotó en una hojita el modo de hacer el ajuste, y la dejó junto a los
prismáticos, que no tocó, para devolverlo todo al día siguiente y se fue a
dormir. Pero a la mañana al despertarse, tuvo la completa y luminosa convicción
de que él también, por contagio, se había equivocado de método. Hacerlo como se
había propuesto habría sido el más garrafal error que un particular podía
cometer en relación con la política: indicar que no era en su condición de
poseedor de un saber determinado que podía ser útil, sino meramente como hombre
inteligente. De modo que arregló él mismo el anteojo, del modo difícil, usando
las cifras de la diferencia de dioptrías entre los dos ojos del buen caballero.
Fue un fino trabajo, de perito óptico. Lo mandó de vuelta sin una palabra.
-Lo curioso -terminó entre risas francamente alegres- es que no recuerdo cuál
fue el razonamiento que hice antes y después. Sólo recuerdo que tuve una
revelación, pero no pude reconstruirla... ni podré nunca, al menos si no se da
la misma oportunidad, y el mismo peligro. Y no creo que vuelvan a darse.
-¿A darse qué? ¿Que un general miope...?
-Ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja.
Cuando el visitante se marchó, al crepúsculo, entró Yin, que había estado
rondando la casa en espera del momento de poder hablar a solas con Lu. Parecía
preocupado, pero evitaba el tema de su preocupación. Aun así, a Lu Hsin no le
costó descubrir de qué se trataba: temía que con el paso al estatus de opositor
de su patrón, peligrase su beca para la universidad. Era conmovedoramente
egoísta, como todos los jóvenes. Su maestro no se sintió ofendido en lo más
mínimo.
-Irás a Shanghai, eso puedo asegurártelo. Pero aunque no pudieras, incluso
aunque no quisieras, ¿crees que eso significaría algo? Hay otras universidades a
tu disposición. La que elijas: Harvard, Oxford, la Sorbonne...
Yin lo miró con los ojos muy redondos. Nunca se le había ocurrido algo así. Eso
también era típicamente juvenil, la falta de imaginación. Debía de creer que
esos recursos estaban fuera de su alcance. Lu señaló la hilera de jarrones Song
que tenía sobre el aparador.
-Bastaría con que vendiese uno solo de esos objetos -dijo-. Cualquiera de ellos
haría ricas a varias generaciones de una familia, en Europa.
-¿Pero no sería muy difícil venderlos? -murmuró Yin.
-Para nada. Podría hacerlo hoy mismo. Nuestro amigo Hua P'i p'ei mantiene buenas
relaciones con Sotheby's de Londres. -Se inclinó sobre la mesa y habló mirando
el pecho del joven-. No debes preocuparte por nada, mientras sigas bajo mi
protección.
Se reservaba los poderes de la eficacia. Yin se tranquilizó de inmediato, como
por efecto de una magia. Pero a Lu se le había ocurrido otra cosa, que venía muy
a punto. No podía desaprovechar la ocasión, que era ideal, para hacer algo más.
No importaba que fuera gratuito: bastaba con que fuera verosímil. Eso siempre
producía algún resultado. Además, era el método de su vida. Se dejó llevar por
sus ensoñaciones. Durante toda la Guerra Fría había sido un ávido lector de ese
vademécum de leyendas anticomunistas que es la revista Reader's Digest, y tenía
presente, entre otras bellas ficciones, que la policía de los estados
totalitarios utiliza los ficheros de suscriptores de ciertos periódicos para
hacer listas de enemigos de la seguridad pública. Eso podía darle pie para basar
un pretexto en otro: en esas series, que deberían ser frágiles y quebradizas y
en realidad son sólidas como las torres de piedra, está la escala a los cielos.
De modo que, con un mínimo despliegue de histrionismo, se manifestó preocupado
por sus lectores, y le propuso al muchacho que lo ayudara a hacer algo al
respecto. Yin había vuelto a su aquiescencia habitual, y se limitó a asentir con
rostro neutro. Le dijo que viniera antes del amanecer.
Al día siguiente, Lu Hsin se despertó mucho antes de la hora de la cita. Se
quedó acostado, pensando. Salvo que en realidad no pensaba. Algo en su cabeza se
negaba a tomar el rumbo de los pensamientos, y hasta de los recuerdos. ¿Qué
estaba haciendo ahí, quieto en la cama, en la oscuridad? No lo sabía. Era la
pura vida, y nada se parecía más a la muerte. Como un sonámbulo, con movimientos
breves y precisos, se vistió. Dio unos pasos hasta la puerta, la abrió y salió
al jardín. La noche estaba templada y muy serena. No parecía una noche. Tenía
razón la señora Kiu cuando decía que el clima de la provincia se había
trastornado. Quizás lo que había sucedido era que se había desplazado: el diurno
a la noche, el nocturno al día.
Había algo de imposible en todo, no sólo en que él no pudiera pensar. Lo había
en la hora, en todas las horas. O en la niña, que dormía, inexorablemente
presente, como el corazón de la casa. Dio la vuelta hasta la ventana de su
dormitorio: sólo se veía lo negro del espacio. Todo era imposible, y el mero
hecho de decírselo valía tanto como una huida del mundo. La casa misma no se
veía, situación inimaginable. Se retiró unos pasos por el jardín, y la miró,
hasta verla dibujarse, en negro sobre negro, por la pura fosforescencia de lo
imposible e impensable. Extraía de la sombra misma un fulgor de lo oscuro, del
que se envolvía como de diez mil aureolas.
Era una antigua caja de té, a la que le había sido impuesto otro uso,
heterogéneo, casual. O el té sin la caja. Y cuando se volvió hacia las montañas,
también invisibles, creyó verlas como los cubos de un sueño, masas pequeñísimas
al alcance de la mano.
Una hora después, se insinuaba la primera claridad del día, y hacía calor. Llegó
Yin, hinchado de sueño todavía. Se pusieron a trabajar de inmediato. Fueron a la
oficina y sacaron el archivo de suscriptores (un mueble-cito circular, con
varios miles de fichas) y lo cargaron entre los dos hasta el fondo del jardín.
Lu había escogido para enterrarlo el sitio donde un año atrás habían muerto
aquellos tristes patos. El se excusó de cavar, porque no necesitaba hacer
ejercicio, y tenía una sola pala, y el hoyo que había que hacer no ameritaba que
trabajaran dos. Además, a Yin no le molestaba hacerlo solo. Se quitó la camisa y
puso manos a la obra, mientras Lu se sentaba en el zócalo de la medianera y lo
miraba. En unos segundos el torso del joven estuvo cubierto de sudor, y la luz
gris del Oriente nuboso lo hacía resplandecer.
La mirada de Lu Hsin, al cabo de varios días (¿o de muchos años?), había
encontrado un objeto de veras fascinante. El pensamiento volvía, anunciándose
muy despacio, con pasos aterciopelados. Se sentía una estatua, un ser de piedra.
El movimiento constante de los músculos de Yin era el mar, en cuyos bordes
enterraban, como en un cuento de piratas, un tesoro. Con el progreso de la luz,
el cielo se cargaba, detrás del joven apolíneo y oscuro. El trabajo estuvo
terminado de pronto, la tierra apisonada. Yin le preguntaba si podía darse una
ducha con la manguera, y él mismo dirigió el chorro de agua fría contra su
cuerpo. Hacía mucho calor, y la luz se había hecho dorada. En la ventana de la
casa de al lado estaba la cara blanca de la señora Kiu. Al otro lado, en su
ventana, la del señor Chao. Yin se vistió y se marchó.
Una vez solo, Lu volvió a sentarse, pensativo. Había experimentado, durante el
alba, el deseo de pensar. El nacimiento del deseo exigía siempre un mecanismo
fantásticamente novedoso, nunca visto, uno de esos extremos de ingenio a los que
llega la humanidad de vez en cuando, y que quedan registrados en los libros. Y
junto a uno de esos mecanismos, por la ley de proliferación que dominaba la
mente, había otro, su sombra, al que había que ajustarse cuando el primero se
desvanecía. El amor era una sombra, pero del amor nadie sabía nada, porque nada
se sabe de las sombras. Lo que nace no arroja sombras, sino destellos. Pensar no
es saber.
Como todo hombre de espíritu mandarín, Lu había acariciado la idea de la
sodomía, pero sin tomarla nunca en serio. Le parecía que era una de esas pruebas
a la vez triviales e insondables que suele plantear la realidad a la gente, como
una madre exigente que quiere saber si sus hijos la merecen. Ahora, de pronto,
advertía que bastaba proponérselo para hacerla real. Sería un toque de justicia
poética: las montañas, que lo habían vigilado siempre con sus ojos verdes, lo
castigaban condenando al más completo absurdo toda su vida anterior. No eran
sólo los ingleses: la Naturaleza también amaba el nonsense. Era un vértigo, un
verdadero entreacto: su niña se hacía irreal, el tiempo se volvía una trampa a
posteriori, y él salía vivo, brillante y plateado, como un pez que salta de un
torrente a otro impulsado por el mismo resorte sobrenatural del agua que había
respirado toda su vida.
La imagen patente de la reducción al absurdo de la pequeña Hin fue tan abrupta y
convincente que debió apoyarse en el muro para no caer. Acto seguido, se sentó,
y encendió un cigarrillo, tratando de tomar distancia de sus emociones. Después
de todo, se dijo, él siempre había sido un hombre cortés, y no podía transformar
en nada, por un capricho (o un error de cálculo) a una niña tan dulce. No podía
aprisionarla en sus pensamientos, ni en los nuevos ni en los viejos. ¿Pero qué
hacer entonces? ¿Qué hacer? ¿Debía reconocer que se había equivocado, así no
más, por pura precipitación, después de esperar una década? ¿Debería amar a un
muchacho, después de todo? ¿Igual que los maricas?
Suspiró. Nunca en su vida se había sentido tan desconcertado. Pero era inútil
reflexionar. Decidió volver a acostarse y dormir. El destino nunca abandonaba
por completo a nadie. Entró a la casa en puntas de pie.
En los días que siguieron, quedó bien demostrado que los efectos prácticos de su
artículo serían nulos. El periodismo al menos daba esa seguridad. Quedó como un
acontecimiento íntimo, pero todo era íntimo en la vida de Lu Hsin. Aunque había
sido bien leído, con más atención que sorpresa, y sí tuvo efectos, inmensos y
atronadores, en la historia. El stalinismo tocaba a su fin en el país; tras él
se anunciaba la aurora de la más fantástica confusión que hubiera reinado nunca
sobre la faz de la tierra. Tuvo que ser Lu Hsin el que la trajera a la
superficie, en el papel de tramoyista de sus malentendidos privados. Y lo que
sucedió entonces fue, aunque no hayan sido otras cosas, una grandiosa comedia de
enredos (no el texto: la puesta en escena). Se llamó "la Revolución Cultural".
9
Los padres de Yin eran dos campesinos delgados, vestidos de azul, y
sorprendentemente jóvenes para tener un hijo de diecisiete años. Gente muy
aplomada, que nunca se reía, aunque Lu Hsin no podría asegurar plenamente esto
último porque no los había tratado mucho, y lo que parecían en esta ocasión no
debía de ser característico: la partida del hijo, o los conmovía, o los dejaba
indiferentes, y ninguna de las dos emociones era para soltar la risa. Aunque, si
lo pensaba bien, no recordaba haber visto reírse mucho a Yin en todos estos
años, y ni siquiera sonreír con frecuencia. El giro peculiar de la cortesía del
joven lo hacía mortalmente serio.
Sus tres hermanos también estaban presentes, tan adustos como los padres. Eran
menores que Yin, entre los doce y los quince años, todos altos y delgados. Se
mantenían al margen, obviamente se hallaban incómodos, y se habrían dejado
cortar los brazos antes que estorbar en los últimos preparativos. Quién sabe por
qué motivo la familia entera había ido a dar la última despedida al hijo mayor a
casa de Lu, donde los recogerían los comisarios de viaje para llevarlos al
aeropuerto militar.
La señora Whu había hecho desde el comienzo como si no los viera. No quería
tomarse la molestia. En realidad, hacía como si no viera a nadie; entrecerraba
los ojos, decidida a permanecer ajena. Hin en cambio los había convidado con té,
trabajo que no pudo tomarse Lu ocupado como estaba decidiendo qué llevaría.
Había dejado para último momento la preparación de su bolso, para no darle a su
ausencia una importancia mayor de la que tendría, y como era por quince días,
estaba indeciso respecto de las dimensiones del equipaje: a la vez demasiado
poco tiempo para llevar mucha ropa (especialmente por cuanto estaban en verano),
pero no tan poco como para ir con lo puesto y una muda más, como había hecho
siempre en sus viajes, que nunca habían sido tan demorados, y tan lejos. A su
edad, conocería Pekín. Pero nadie de los que estaban presentes esa mañana
conocía la capital. Sentía que podía ser de mal gusto quitarle toda importancia
al asunto.
Les dio recomendaciones a la señora Whu, que no prestó atención, y a Hin, que le
dio la impresión de que le prestaba un exceso de atención. De modo que no dijo
mucho. Pensaba, molesto, que la casita no mantendría su cohesión durante la
quincena. ¿Y no era acaso una dispersión, la casa misma, no había seguido
durante estos últimos quince años un proceso de desvanecimiento en el espacio?
Ya era un solo ambiente, abierto por los cuatro costados al exterior (una cuarta
parte de la casa se había vuelto galería exterior). Después del
desmantela-miento de la oficina el año anterior, al cesar la aparición de la
Gaceta, la salita se había ampliado, y los tres dormitorios habían perdido sus
tabiques, transformados en biombos plegadizos. Todos los que la visitaban
coincidían en que era la casa "más rara" de la Hosa. Era coherente que ahora, de
pronto, su dueño y constructor saliera volando por los cielos.
Al fin de cuentas no habían desayunado, con el trajín, y a esta hora no valía la
pena almorzar; él por su parte no lo lamentaba, pero le preguntó a Yin si no
quería comer algo. Se sentaron y tomaron una taza de té con un bizcocho, y hubo
un momento en que todos los otros (a los que se había sumado la señora Kiu)
estaban alrededor de la mesa en silencio mirándolos comer.
Hasta que oyeron el ruido del camión que los venía a buscar. Se despidieron
deprisa, nerviosos, y subieron a la cabina, donde además del soldado que
manejaba había un oficial al que Lu conocía.
Atravesaron la aldea en una nube de polvo, y tomaron el camino ascendente hacia
el aeropuerto, que dos años después de su instalación seguía siendo muy
primitivo, de tipo provisorio. El oficial los llevó a tomar té, y les presentó
al piloto, un hombre de unos cuarenta años, de uniforme arrugado, que habló
poco. Estuvieron cerca de una hora en las barracas, y a Lu le divirtió ver el
modo en que trataban a Yin, guardia rojo de prestigio en la provincia. Un
colegial maoísta como él, pura adolescencia y obviedad, estaba tan lejos de la
realidad como se podía estarlo, y sin embargo estos hombres que dominaban la
mecánica y la técnica de objetos tan reales como los aviones mostraban una
deferencia permanente hacia su persona. Por lo visto, representaba un misterio.
Era muy saludable para un intelectual representar al misterio de la mente.
Al fin los invitaron a subir al avión; era un cuatrimotor muy bien pintado por
afuera, pero por dentro algo maltrecho. Había una decena de asientos
atornillados al fuselaje, y sólo habría un pasajero además de ellos dos, un
oficial del ejército, viejo y enfermo, con cara amarilla de mandarín. La
tripulación parecía compuesta de jovencitos gordos presas de la distracción. Se
ajustaron los cinturones, como les habían dicho que debían hacerlo para el
despegue, y esperaron.
El avión corrió un poco sobre el terreno, de pronto dio un salto y empezó a
inclinarse. Lu miró por la ventanilla: increíblemente (habría jurado que la
inclinación era imperceptible, y que habían subido unos pocos metros) tenía el
horizonte en una línea casi vertical delante de él. Yin estaba pálido y miraba
el vacío. Vio dar una vuelta completa, en el sentido de las agujas del reloj, a
la línea del horizonte. Estaban girando para apuntar al norte, adonde se
dirigían. A medida que ganaban altura, más despacio parecía ir el aparato, hasta
que fue como si se detuviera. "Ahora nos caemos", pensó Lu. Pero no sucedió tal
cosa.
Por el contrario, desde allá arriba, para su maravillada sorpresa, tuvo la
visión de toda la Hosa. Estaban muy, muy alto; como los pájaros, o más. Allá
abajo veían las aldeas... La que estaba más cerca, abajo del avión -pero ya la
dejaban atrás- era la suya. Las casas parecían iguales, rastros de animales
pequeños, construcciones sin seriedad, dibujos vanos. Toda su vida había
transcurrido ahí. Pero no pudo distinguir la suya, o no se tomó el trabajo de
buscarla. La vida de los hombres se desarrollaba en esa clase de ciudades, y
podía transcurrir una vida entera sin que salieran de ella (Kant nunca había
salido de Kónigsberg) e incluso sin mirarla desde tan alto (Kant, como es obvio,
nunca había volado en avión).
De inmediato, en una especie de quietud móvil que no había experimentado antes,
otra aldea, igual a la suya...
¿O ésta era la suya? ¿O ninguna de las dos? Y una tercera, y la cuarta, como
puñados de piedrecitas arrojados al azar en las praderas. Y entre ellas el Qu,
en el que demoró largamente la mirada. Tal como le habían dicho innumerables
veces los viejos, el curso original del río había desaparecido con los distintos
trabajos hidráulicos. Pero ese curso original en realidad no lo era tanto,
porque ya desde época inmemorial el Qu había sido puesto al servicio de los
cultivos de la Hosa. Le parecía en cierto modo que estaba mirando algo así como
su propia obra, un dibujo que él había venido haciendo lentamente, sin
proponérselo, a lo largo de los años. Y si hubiera pensado alguna vez, durante
esos años, que la línea terminaría formando un dibujo inteligible, ahora podía
comprobar que no era así.
Después del río, otros objetos se dieron a ver, mucho más intratables: las
montañas. Las montañas Verdes se veían verdes a la luz del mediodía de verano,
pero más aún se veían sólidas, grandes como un vuelo que otro hubiera hecho
antes que él. Se dijo que en el caso de haber tenido ese panorama ante la vista
durante largo tiempo podría haber llegado a entender la pasión estética de los
occidentales por las montañas: vistas desde abajo, eran una grandeza que colmaba
nuestra necedad; desde arriba, eran lo necio materializado colmando la grandeza
de nuestros sueños. En cualquier sentido, sugerían lo real. Aunque en su vida,
qué curioso, habían sugerido quizás otra cosa.
Considerado todo lo cual, el viaje en avión se le ocurría una forma primitiva de
la pintura, incluso una forma previa de la pintura, que casualmente había
sucedido después. Al mismo tiempo, confirmaba lo que siempre había pensado de
los mapas, esa inutilidad que derivaban de la visión perpendicular, con la que
todo se volvía igual. Que el hombre lograra llegar a esa forma de visión en
algún momento de su vida no significaba nada especial: él mismo podría no haber
viajado nunca en avión, de no haber sido por la invitación del Partido, y el
ingreso de Yin en la universidad. No, definitivamente la pintura estaba en un
alba lejana respecto de la mirada del hombre. Era extraordinariamente inactual.
La ciencia del futuro, para la cual era inevitable saltar el presente. Había más
bien que retroceder en la historia para hallar algo que explicara su
advenimiento en el porvenir; si la pintura era el procedimiento opuesto a la
cartografía, sería preciso remontarse a aquellos reinos combatientes en los que
todavía, por ausencia de paz, no se suponía que pudiera haber relatos de
guerras, sino sólo el fragor del combate en el que no hay punto de vista
posible, apenas el giro y el espanto de evitar la muerte prematura. En ese caso,
¡qué pérdida de tiempo era viajar en avión!
Y entonces... entraron en una nube, suave y fluidamente, sin aviso previo. Y Lu
debió desdecirse de todo lo que había estado pensando hasta ese momento, a
medida que se adentraban en esas magníficas nieblas suspendidas. Todo se
borraba... y el ciclo de la pintura se había cumplido. Porque ahora entraba un
elemento extra: la poesía algo esnob de saber que esa niebla constituía una
nube, una de las maravillosas nubes que se veían desde la tierra, como lo
inalcanzable. Entonces, había que mudarse de ojos, hacerlos ajenos para siempre
(sobre todo porque aquí adentro no se veía nada) y mirar hacia arriba con ellos.
Yin se había recuperado, y ahora miraba con aire pétreo la nube que tocaba la
ventanilla. Lu Hsin dormitó brevemente, por efecto de la altura, y tuvo una
visión fugaz de Hin en la casa. Se despertó no bien la hubo reconocido y se
volvió hacia Yin, a quien vio atento, mirando siempre en dirección a la
ventanilla.
-¿Querrías casarte con Hin cuando termines los estudios? -le preguntó-. Supongo
que ella te esperaría con gusto.
Yin pareció sobresaltado apenas una fracción de segundo, y después pensó un
momento algo más largo (pero se notaba que no era una reflexión de verdad; hacía
"ritmo", en el tiempo compacto de reacción a una trampa), y apartó la vista de
la ventanilla.
-No -dijo.
Era lo que había supuesto, después de todo. Yin era un joven convencional, y
seguramente sus sueños se limitaban a casarse con una condiscípula de la
universidad. Los guardias rojos eran terriblemente convencionales. Estaba bien
así. Era un mecanismo de supervivencia. Además, Lu no había decidido nada
respecto de Yin en los dos años transcurridos desde su iluminación en el jardín:
no sabía siquiera si debía amarlo. La alternativa real coincidía con la duda que
supuestamente debía resolver: eran pensamientos ligeramente fuera de lugar. El
mismo se sorprendía en accesos de extrañeza: si realmente era un sodomita (y
había llegado a viejo sin saberlo), debería actuar en consecuencia. Y si no lo
era, ¿qué motivos tenía para confirmarse en el mundo? Por momentos sentía que en
su vida, en su larga vida, había habido un error, pero no acertaba a
encontrarlo. ¿O sería un error difuso, hecho de pequeños fragmentos que debía
armar como un rompecabezas? Ni siquiera así. La vida le parecía algo demasiado
monótono y homogéneo como para aislar un detalle y cargarlo con un significado
especial.
Después de una prolongada ensoñación, volvió a mirar por la ventanilla y vio que
habían salido de entre las nubes: la tierra estaba visible, y siguió así durante
casi toda la tarde. Y allá abajo se desplegaba la China, el país más grande del
mundo, el más bello y laborioso, patria de las artes y las ciencias, cuna de la
Revolución. Era delicioso verlo, y al mismo tiempo imaginarlo. Todas esas
personas... ¿Cada una habrá hecho lo que yo?, se dijo Lu. Pasaban sobre campos
meticulosamente recortados, sobre arrozales que brillaban como espejos, sobre
pasturas de caballos que eran miles y miles de puntos negros sobre un verde
brillante, sobre ciudades que desde lo alto parecían maquetas, sobre ríos con
barcos y carreteras como hilos sinuosos. Sí, qué duda había, todos habían hecho
lo que él, y más también. Sólo había que saber verlo.
Y esa visión lo llevó a pensar otra cosa, en la que no pudo dejar de sentirse
perplejo. Pensó que él mismo, con su sentido práctico, con su utilidad
enciclopédica, con sus idas y venidas y mil ocupaciones... siempre había sido un
patriota. En ese sentido, no tenía nada de extraño que el Partido Central lo
invitara a hacer una visita a la capital, acompañado de su discípulo Yin
Chiang-He