|
César Aira: "El mejor Cortázar
es un mal Borges" (reportaje 2004)
El escritor César Aira no sólo vapulea al autor de "Rayuela" al dar cuenta de
sus preferencias en la literatura argentina. Le cae a Sabato, a Piglia, a Saer y
a todo aquel que "pose de escritor serio". Cuenta que todos sus libros son
experimentos, habla de su trabajo con la escritura y dice que su trío tutelar se
integra con Manuel Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini.
Por Carlos Alfieri
Poseedor de una imaginación delirante, desestructurador de modelos y certezas
narrativas, Aira se especializa en mezclar los más disímiles materiales
estéticos, en entrecruzar los más inesperados planos de significación. Sus
textos toman los atajos más disparatados, parecen derrumbarse en el momento en
que reanudan más decididamente su marcha, pero siempre se intuyen conducidas por
una especie de canon secreto. Aira es un escritor de prodigiosa fecundidad. La
prolija destrucción de lo verosímil, por ejemplo del lenguaje, es uno de sus
métodos para desintegrar toda sombra de realismo. Tomemos por caso su libro El
bautismo: uno de los personajes, el vasco Mariezcurrena, a quien define como un
chacarero bruto, dialoga con el cura acerca de la naturaleza del viento con la
actitud intelectual y el vocabulario de un epistemólogo.
Entrevista a César Aira por Fernando Villagrán![]()
Aunque uno de sus libros se es La broma, y el humor
absurdo cruza su obra, César Aira dice que dicha
característica es uno de los puntos dolorosos de su vida
como escritor: “El humor suele ser una coartada para
evitar decir verdades”, dice. La crítica y su público,
por el contrario, lo celebran. Este traductor,
novelista, dramaturgo y ensayista argentino ha sido
traducido y editado en Francia, Inglaterra, Italia,
Brasil, España, México y Venezuela. Entre sus numerosos
libros figuran: Ema, la cautiva (1981l), La luz
argentina (1983), La liebre (1991), Embalse (1992), Cómo
me hice monja (1993), Los misterios de Rosario (1994),
El infinito (1994), La abeja (1996), Cómo me hice monja.Fuente: ARCOIRIS TV, duración: 53 minutos Cortesía de Rodrigo Gonçalves Elige una opción de descarga: |
-¿Reconoce esta manera de disolver la verosimilitud, en este caso a través de la
incongruencia entre discurso y hablante, como uno de sus ingredientes
humorísticos preferidos?
-Nunca me gustó eso de hacer hablar como brutos a los brutos... He escrito
novelas de ambiente de indios, por ejemplo, y algunos me reprochan: "Pero tus
indios filosofan, parecen Bergson." Bien, no importa. En el fondo todo son
convenciones literarias. Pero le haría una observación respecto de una palabra
que usó: humor, o humorístico. El humor a mí me sale un poco involuntariamente,
contra mis propósitos.
-Pues le sale con frecuencia y muy eficazmente.
-Sí, y lo he lamentado. No me gusta el humor en la literatura, me parece
peligroso. Cuando tengo ocasión de darles algún consejo a los jóvenes escritores
les digo que traten de evitar el humor. El humor es una de esas vetas del
discurso que van a buscar un efecto. Y si no obtienen ese efecto se abre un
vacío; un vacío patético, como cuando uno cuenta un chiste y nadie se ríe.
-En sus textos se produce a menudo un deslizamiento paródico hacia un supuesto
discurso científico. Da la impresión de que además de un recurso literario es de
algún modo la expresión de un auténtico interés suyo por la ciencia. ¿Es así?
-No del todo. Creo que mis intereses, los auténticos y los inauténticos están
filtrados por la literatura. Porque el único y definitivo interés mío ha sido la
literatura. Tuve una vocación muy definida desde muy chico y no me aparté nunca
de ella. Lo que no excluye que haya tenido, como todo el mundo, modas
personales, intereses pasajeros por la música, por el cine en mi juventud o por
las artes plásticas. Y dentro del mundo de los libros, por la historia, por la
divulgación científica también. Pero ahora, en mi madurez, siento que todo pasa
y pasa sin pena: no lamento haber perdido el gusto por alguna cosa. Lo que queda
es la literatura.
-En su literatura se multiplican los posibles planos de significación. Su relato
"Mil gotas", para tomar un ejemplo, parece ser a la vez un discurso aristotélico
sobre forma y materia, una aproximación a la física cuántica, un delirio
hilarante sobre la fuga de todas las gotas de óleo que constituyen la Gioconda
de Leonardo y una reflexión sobre el verosímil literario y muchas otras cosas.
¿Qué puede comentar al respecto?
-Para empezar, debo decir que todos mis libros son experimentos. Son pensados
como tales, pero no se trata de experimentos hechos con la seriedad metódica de
un científico sino con la seriedad ametódica de un sabio loco o de un niño que
juega al químico y mezcla dos sustancias para ver qué pasa. Del mismo modo yo
mezclo mis sustancias para ver qué pasa, y yo mismo no sé muy bien qué va a
pasar. Con Mil gotas intenté narrar, dicho muy esquemáticamente, una huida de
esas gotitas que van a todo el mundo pero atraviesan distintos niveles de
significación, de lo literal a lo alegórico, a lo simbólico, o traspasan
discursos y dan una idea de una dispersión verdaderamente multidimensional.
En cuanto a esa simultaneidad que menciona, yo la he notado, porque debe ser así
como funciona mi imaginación. No he tratado deliberadamente que salga así:
sencillamente sale así, y me parece que está bien. Yo trato de tener un estilo o
una prosa lo más llano, simple, transparente posible. En general nunca he hecho
juegos de lenguaje, nunca he cultivado esa sensualidad de la lengua que algunos
críticos alaban tanto en otros escritores.
-Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante...
-Sí, claro, y Lezama Lima... En fin, los escritores cubanos son muy sensuales
con la palabra. En mi caso no, siempre escribo una prosa simplemente
informativa, porque sino se produciría de verdad un caos. Trato de mantener ese
mínimo de cortesía con el lector. Pero mis delirios son un poco confusos, son
confusos para mí mismo y los saco sin mucho orden, sin mucha disciplina para ver
qué pasa, por lo menos trato de mantener esa superficie por la que la lectura
pueda deslizarse tranquilamente.
-Hablábamos antes de los sabios locos. Usted parece haber sido un lector de
cómics y amante de las películas norteamericanas de ciencia ficción de clase B o
C. ¿Le gusta jugar con ingredientes literarios de las fuentes más disímiles?
-Todo el tiempo. Hay un componente infantil que trato de no perder. En realidad
ese ha sido uno de los pocos aspectos de mi literatura que se me ha reprochado y
criticado seriamente, y con cierta razón. Porque yo he tenido, en general, una
crítica siempre buena, casi he extrañado algún misil, alguna cabeza nuclear bien
dirigida al centro de mi obra. Pero no la han disparado, salvo las críticas a
ese componente no serio. Es decir, se me reprocha que vivimos tiempos muy
graves, muy difíciles, la Argentina pasa por catástrofes inauditas y yo sigo con
mis juguetes, con la fantasía y el delirio.
-¿La puesta en cuestión de lo verosímil es el núcleo de su literatura?
-Sí. Diría que el verosímil es el centro de todas mis preocupaciones. Buscarlo,
lograr un verosímil que sirva para lo que estoy haciendo. Eso viene con mi
método de escritura: escribo mis novelas casi como diarios íntimos. Empiezo a
partir de una historia, de algo que surge y me parece atractivo, sugerente, o
por lo menos potable, y arranco a ciegas, no sé muy bien hacia dónde va a ir el
texto, porque las ideas son siempre de una escena de comienzo, apenas de una
posibilidad. Y después, voy escribiendo. Como soy muy metódico, escribo todos
los días una paginita a media mañana en algún café de mi barrio. Me abro a lo
que me ha pasado ese día, el día anterior, a cosas que veo por la televisión, a
programas frívolos, a algunas de esas comedias costumbristas. Por supuesto,
también están las lecturas, el cine, las charlas con la familia y con los
amigos. Y el barrio, la gente, las calles. De modo que entran muchas cosas, y
las más raras van directamente a mis novelas. Van, pero la realidad es
imprevisible y lo que puede pasar no lo puedo calcular.
-¿Es justo que lo consideren un escritor posmoderno?
-Bueno, posmoderno es una palabra, y yo siempre digo que las palabras deben
servirnos a nosotros y no nosotros a las palabras. Es decir que cada cual puede
definirla como quiera y usarla conmigo o con quien quiera. Pero yo no me
considero posmoderno en tanto creo haber seguido fiel a la preceptiva modernista
en la que me formé. Mi lema sigue siendo el famoso verso de Baudelaire: "Ir
hacia delante y siempre en busca de lo nuevo." Y sacrificarlo todo por lo nuevo,
¿no? Y esta actitud no es posmoderna. Creo que el posmodernismo deshace esa
línea hacia delante para erigir una especie de estantería de supermercado donde
está toda la cultura de antes, la de ahora, la de después, y entonces procede
con ellas a formular combinaciones al azar. No es lo mío.
-¿Cómo se siente ante la figura todopoderosa de Borges?
-Evidentemente, Borges fue casi demasiado grande para la Argentina, y fue una
especie de sombra paterna que ocupó la literatura de todo el siglo XX. De hecho,
creo que mi primera lectura seria, a los 12 o 13 años, fue la de sus cuentos.
Cuando oí hablar por primera vez de Borges, hacia 1961 o 1962, todavía él no
había empezado su gran carrera de fama internacional, pero ya era un clásico
argentino y salían sus libros en una serie que se llamaba Obras Completas, que
publicaba Emecé. Como yo insistía en leerlos, mis padres me los compraron y los
leí. No sé si yo era un chico inteligente o Borges tiene algo que también sabe
atrapar a la juventud. Yo era jovencísimo, pero aun así sentí toda la grandeza,
la elegancia, la exquisitez de sus textos, eso que es casi un veneno porque nos
mal acostumbra y después todo lo demás en literatura parece no estar a su
altura. Claro que, como todos los escritores en Argentina he tenido mis
altibajos en relación con Borges. Tuve una etapa militantemente antiborgeana, en
la que me pasé a la vereda de Rimbaud: la vida, la vida que entra y se funde con
la literatura. Borges es otra cosa: es frío, es ese Everest de inteligencia, de
lucidez; no se contamina con la realidad... Pero he hecho las paces con Borges y
me siento contento de ello.
-Algunos críticos lo sitúan a usted junto a Juan José Saer y Ricardo Piglia como
referente de la literatura argentina del último cuarto de siglo. ¿Cuál es su
opinión sobre los otros dos escritores? Si debiera proponer un terceto distinto,
¿a quiénes nombraría?
-¡Uf qué pregunta difícil! En primer lugar debo aclarar que Saer y Piglia son
diez años mayores que yo y pertenecen a otra generación, otra atmósfera, otro
mundo. De hecho, yo los leía de jovencito (bueno, a Saer; a Piglia prácticamente
no lo he leído). Piglia es un escritor serio, un intelectual muy apreciado como
profesor... en fin. A Saer sí lo leí mucho y lo aprecié mucho; es casi un
clásico moderno argentino. Después, me fui apartando de su poética, y sé que él
no aprecia mucho la mía. Saer también es un escritor serio... pero yo he buscado
otros modelos. Saer ya no me atrae; con el tiempo me he ido alejando de esa
postura seria, responsable hacia la sociedad y hacia la historia.
-¿Si tuviera que proponer otro trío de referentes?
-No tienen por qué ser tres, no seamos tan hegelianos. Yo tuve el privilegio de
estar cerca, o en algún caso de ser muy amigo, de tres escritores que existieron
en la Argentina en estos 25 o 30 últimos largos años: Manuel Puig, Alejandra
Pizarnik y Osvaldo Lamborghini. A los tres los encontré geniales y fueron
modelos para mí, por motivos distintos, como modelos de vida, modelos de
actitud... A veces uno toma un modelo y después hace todo lo contrario de él,
pero el modelo sigue actuando, como contraste tal vez. Los tres han muerto
jóvenes, los tres han dejado su mito, su leyenda, y los tres me acompañaron
siempre. Si buscamos un trío, entonces, propongo ese. Es mi trío tutelar.
-¿Le parece que existe una ruptura total entre la literatura argentina del siglo
XIX y la del XX o reconoce zonas de enlace?
-Hay que reconocer que la literatura argentina del siglo XIX es muy pobre. Lo
mejor que tiene es el género gauchesco, que es nuestra gran invención, y dentro
de la literatura gauchesca está el Martín Fierro, que es un libro del que ya no
podemos opinar porque se ha puesto un poco más allá de las opiniones, como un
libro-fetiche de la Argentina. Sin duda, posee grandes méritos literarios. En el
siglo XX todos los buenos escritores argentinos, que los tuvimos, buscaron ese
punto de conexión. Borges mismo lo buscó en la literatura gauchesca, en el
Martín Fierro, en cambio, nunca le interesaron los románticos -José Mármol,
Esteban Echeverría-. Otros sí exploraron en ellos. Pero en fin, no había mucho
de dónde aferrarse. Después está la línea de los escritores políticos: ellos sí
encuentran en historiadores y escritores del XIX, como Sarmiento o Mitre, puntos
de engarce. Pero yo creo que la literatura literaria argentina nació con el
siglo XX, exceptuando la gauchesca. Nació con las vanguardias, con la visita de
Rubén Darío a Buenos Aires, con el modernismo, con algunos buenos poetas y otros
a quienes no considero buenos poetas, como Leopoldo Lugones. Lugones me pareció
siempre un farsante. Hay muchos chistes sobre él, como aquel comentario irónico
de Macedonio Fernández: "Este muchacho Lugones, tan trabajador, ¿cuándo se
decidirá a darnos un libro?" (y ya había publicado como un centenar). Recuerdo
que Pizarnik me decía que había encontrado un verso bueno en Lugones, que
hablaba de una niña que salía del mar desnuda y nombraba sus "senitos
benjamines". Una vez, leyendo a Jules Laforgue, encontré en él los famosos
senitos benjamines. Por algo dijo Oliverio Girondo: "El mejor Lugones es un mal
Laforgue"
-¿Podría describir las líneas esenciales de la literatura argentina de los
últimos 50 años?
-No creo que vaya a decir algo muy original. Está la línea de Borges-Bioy
Casares-Silvina Ocampo, por un lado. Ellos promovieron esa literatura más
intelectual (se la ha calificado como fantástica), de enigma policial, de tramas
bien construidas, de huida de lo que llamaron "el fárrago psicológico" y metían
en él, con increíble injusticia, nada menos que a Proust, aunque creo que
después Bioy se retractó de eso. Eso marcó mucho, de allí salió toda una
vertiente literaria, sin ir más lejos, Cortázar. Aquí podría yo parafrasear a
Oliverio Girondo y decir que el mejor Cortázar es un mal Borges.
-¡Qué duro!
-No puedo evitarlo. Bueno, y está la famosa polémica de la década de 1920 entre
los grupos de Boedo y Florida. Este último era el grupo de los escritores de la
clase alta, afrancesados o anglófilos, y Boedo representaba la literatura de
combate, que no dio buenos exponentes pero sí constituyó una línea que tuvo
también su clara descendencia. Así, en la segunda mitad del siglo XX siguió
existiendo la novela llamada realista, que toma los hechos de la historia.
Finalmente, creo que se repiten los paradigmas: la derecha y la izquierda
existen en todas partes.
-Pero también hay líneas intermedias, como la que representa Roberto Arlt.
-Arlt para mí es un grande. Bueno, habría que decir uno de los dos grandes: el
otro, claro, es Borges. Tan distintos y tan parecidos, ¿no?
-¿Con qué corriente cree que entronca su obra?
-Mi literatura viene de esa línea intelectual, borgeana, pero con unos vigorosos
afluentes arltianos. De Arlt he tomado el expresionismo, esa cosa que a Borges
lo horrorizaría. Aunque a él le gustaban las viejas películas expresionistas
alemanas, pero casi como una aberración intelectualmente interesante. Arlt es el
escritor que sin saber nada del expresionismo es un expresionista nato,
deformador a ultranza. La imaginación de Arlt funciona por contigüidades
químicas que lo deforman todo, y su mundo está hecho de sombras que se desplazan
y de seres que empiezan a fundirse ante nuestros ojos, de monstruos...
-Apelo a su experiencia como responsable de su Diccionario de autores
latinoamericanos para pedirle un juicio sucinto sobre estos escritores
argentinos: José Bianco, Silvina Ocampo, Alejandra Pizarnik, Ernesto Sabato,
Julio Cortázar.
-A Bianco lo conocí ya viejo, bastante decadente, y presentó un libro mío, Canto
castrato, del que estoy bastante avergonzado. Hizo una presentación muy amable.
Bianco es el escritor que no escribe, una figura un poco triste. Pasó su
juventud entre la influencia de Marcel Proust y la de Henry James, que cubre
enteramente esos dos pequeños libros suyos, Las ratas y Sombras suele vestir.
-¿Silvina Ocampo?
-Creo que Silvina Ocampo es un genio, una de las grandes. Vivió un poco a la
sombra de su hermana Victoria por un lado y de su marido, Bioy Casares, y Borges
por el otro. Era una mujer extravagante, una poeta no muy lograda, pero cuando
escribía sus cuentos, esos cuentitos pequeños y vitriólicos, era perfecta.
-¿Alejandra Pizarnik?
-Escribí un par de libros sobre ella. Uno es un estudio sobre su poesía, salido
de cuatro charlas que di en la Universidad de Buenos Aires, y lo hice con
intención un poco justiciera. Porque con Alejandra se ha creado ese mito de la
angustiada, de la sonámbula, de la pequeña náufraga, etc., etc., y toda la
crítica que se hace sobre ella cae en ese campo metafórico, entra en el juego de
ella y no le hace justicia a su obra. Entonces, traté de tomar un poco de
distancia, de escribir fríamente sobre el procedimiento del que salía su poesía.
Creí descubrir esos deslizamientos de la subjetividad que hay en sus pequeños
poemas, que son como mecanismos perfectos, muy trabajados, y sobre todo quise
hacerle justicia al hecho de que ella era una intelectual, una gran lectora, que
tenía, claro está, problemas psicológicos, pero de allí a hacer hincapié en
ellos y presentarla como una especie de loca, al borde de una cornisa asomada al
vacío, me parece totalmente erróneo e injusto.
-¿Sabato y Cortázar?
-Bueno, a Sabato no lo hemos tomado nunca muy en serio. Y sorprende un poco que
alguien se lo pueda tomar en serio. Es un señor que tiene aristas muy risibles:
esa vanidad, el malditismo... Malditismo que no condice con su personalidad. Es
un señor perfectamente racional que juega al maldito. Así, se ve obligado a
escribir constantemente en sus textos la palabra angustia, la palabra dolor... y
claro, eso no funciona.
-¿Y Cortázar?
-Cortázar es un caso especial para los argentinos, y no sólo para los
argentinos, también para los latinoamericanos y quizás para los españoles,
porque es el escritor de la iniciación, el de los adolescentes que se inician en
la literatura y encuentran en él -y yo también lo encontré en su momento- el
placer de la invención. Pero con el tiempo se me fue cayendo. Hay algunos
cuentos que están bien. El de los cuentos es el mejor Cortázar. O sea, un mal
Borges, o mediano. A propósito de una de las cosas más feas que hizo Cortázar en
su vida, el prólogo para la edición de la Biblioteca Ayacucho de los cuentos de
Felisberto Hernández, un prólogo paternalista, condescendiente, en el que
prácticamente viene a decir que el mayor mérito del escritor uruguayo fue
anunciarlo a él, cuando en verdad Felisberto es un escritor genial al que
Cortázar no podría aspirar siquiera a lustrarle los zapatos. Sus cuentos son
buenas artesanías, algunas extraordinariamente logradas, como Casa tomada, pero
son cuentos que persiguen siempre el efecto inmediato. Y luego, el resto de la
carrera literaria de Cortázar es auténticamente deplorable.
-¿Qué aporte de las vanguardias históricas a la literatura aprecia en
particular?
-Muchos. Para empezar, uno de los rasgos básicos de las vanguardias, que es la
preeminencia del proceso de creación sobre el resultado: ese sigue siendo mi
método de trabajo. Habría que analizar vanguardia por vanguardia. Por ejemplo,
del dadaísmo no puedo sino admirar su actitud, su gesto de ruptura, su
irreverencia, eso de largar la carcajada en medio de la Misa Solemne. Del
surrealismo, mil cosas, como el dominio de la imagen. También me interesa mucho
el constructivismo ruso, que he estudiado mucho, y Rodchenko en particular. He
prestado mucha atención a esta corriente y la he seguido con mucha simpatía,
porque pienso que con ella llegó a su culminación el predominio del proceso
creativo: el arte es un proceso infinito. Ese momento utópico, a finales de la
década de 1910, antes de que cayera el mazazo sobre ellos, me sigue estimulando,
y lo sigo uniendo a la famosa frase de Lautréamont: "La poesía debe ser hecha
por todos". Democratizarla en serio, sacarla de esa cápsula de calidad, de lo
bueno, de lo bien hecho, de lo hecho solamente por el que haya nacido con el don
para hacerlo. Por eso me gusta, por ejemplo, John Cage, un músico que no era
músico, que tenía dos tapones de madera en los oídos, y sin embargo hacía
música, inventaba el modo de hacerla.
Clarín.com, Edición Sábado 09.10.2004, Revista Ñ
![]()
Parecidos
y diferencias entre Colombia y la Argentina
César Aira
En Bogotá abundan los
mendigos. En Buenos Aires también. En Bogotá hay muchos que además son
locos, o lo parecen, por su discurso incoherente, sus repeticiones, además
del atuendo y el gesto. En Buenos Aires también hay bastantes de ésos.
Otra cosa es cuando el pedido tiene un matiz, más o menos notorio, de
amenaza. Y siempre lo tiene, tanto en Bogotá como en Buenos Aires -lo tiene
hasta cuando el pedido es sumiso y cortés; quizás entonces es cuando más se
siente la amenaza. De hecho, la amenaza es la premisa de todo el asunto. Los
indigentes deberían robarnos y matarnos, si tuvieran la dignidad y el arrojo
necesarios.
Esta mañana, en una esquina de La Candelaria, una mendiga me abordó
ofreciéndome en venta algo que tenía entre las dos manos, un animal. Me
detuve a mirar creyendo que era un perrito, pero era un pájaro, un pájaro
chico, como un gorrión, en mal estado, con las plumas despeinadas. Tenía el
color de los gorriones pero con el pico demasiado largo.
-Mire qué bonito.
Negué con un balbuceo y algo de asco. Ella insistió:
-Déme una moneda y se lo doy.
Entonces, ya repuesto de la sorpresa, respondí en forma más articulada:
-No, muchas gracias; no tendría dónde meterlo.
Entre paréntesis, después se me ocurrió que podría haberlo adquirido para
soltarlo. En el momento, tuve como un relámpago de pensamientos agolpados
con imágenes del hotel, el aeropuerto, el avión, conmigo ocultando el
pájaro, etc., como una pesadilla instantánea).
Seguí mi camino, pero la mujer se puso a mi lado:
-Le agradezco que por lo menos me haya respondido con amabilidad. Otros se
dan vuelta sin decir nada, o dicen " ¡Fuera, loca!" Yo también soy un ser
humano, sólo que he tenido la desgracia de vivir toda la vida en la calle.
Era una mujer joven, bastante linda, y no demasiado mal vestida, aunque era
evidente que era habitante de la calle y que estaba un poco desequilibrada.
La dentadura, bastante bien, aunque le faltaban algunas piezas.
-Y además, siguió, sufrí dos operaciones, fíjese. -Empezó a buscar la
cintura del pantalón. A esa altura, yo había echado mano al bolsillito del jean donde llevo las monedas, pero ese bolsillo es tan estrecho que tengo
que meter un solo dedo, empujar las monedas a un costado y sacarlas a
presión, lo que me lleva bastante tiempo. Ella ya se había bajado el
pantalón y me estaba mostrando una larga cicatriz negra en línea recta que
iba desde el ombligo hasta el sexo -de este último tuve un involuntario
atisbo.
Puse cara de "qué feo, qué desagradable", pero ella no se lo tomó a mal,
seguramente porque lo interpretó en el sentido que yo había querido darle:
qué feo que le pasen esas cosas a la gente.
Qué rara es la mente; lo que me puse a pensar en ese momento era el colmo de
la frivolidad, a saber cómo podía ser que le hubieran hecho dos operaciones,
y sólo tuviera una cicatriz. O bien habían sido las dos en el mismo lugar, o
bien una fue abajo o arriba de la otra, y simplemente hubo que extender el
corte. En fin, la enfermedad es un argumento bastante corriente en esta
clase de transacciones. Unos minutos antes, al entrar a la catedral, un
mendigo con la mano extendida me dijo: "No pido dinero. Tengo hambre. Estuve
en terapia". Y me lo repitió textualmente cuando salí.
Mientras tanto, le había dado todas las monedas que tenía a la mujer, que
para tomarlas volvió a subirse el pantalón. No me fijé qué había hecho con
el pájaro, que al principio sostenía en el hueco entre las dos manos;
probablemente lo seguía teniendo en la izquierda. Me agradeció diciendo:
-Que Dios te bendiga, a ti y a todos tus canas.
Esta última palabra, no sé si la oí bien. "Canas" en el lunfardo de Buenos
Aires son los policías, pero no podía referirse a eso; y en sentido literal
son las canas del cabello, de las que tengo abundancia, pero en ese sentido
la palabra es femenina. Decidí que se refería a mis hijos. Aunque quizás no
fuera así porque repitió, amplificando:
-Que Dios te bendiga y te proteja a ti y a toda tu familia... y a todos tus
canas.
Seguíamos caminando, por la vereda estrecha, entre una muchedumbre de
estudiantes. Yo, con ese reflejo pequeñoburgués típico de mí y de todos los
que son como yo, quería despedirme y seguir solo.
-Muchas gracias, le agradezco sinceramente el deseo.
-¡Pero tú no eres de aquí! -exclamó ella al oírme, con un estallido de
alegría.
-No, no soy de aquí.
-Yo conocía a un hombre que no era de aquí, era inglés, vivía justamente
aquí a la vuelta. Yo lo quería muchísimo. Todos los días le llevaba ñores,
no rosas, flores como ésas -y señaló las flores que llevaba en la mano un
joven corpulento que en ese preciso instante nos cruzaba en dirección
contraria, y que nos echó una mirada inquisitiva-. Yo lo quería mucho porque
él fue mi profesor.
"¿De qué?" habría querido preguntarle, pero no lo hice por más razones de
las que podría enumerar. Ella seguía:
-Se las llevaba no por la plata, sino por cariño.
-¿Ah sí?
Esto último lo dije de un modo que es muy peculiar en mí. Tengo el don de
hacerle creer a mi interlocutor que me interesa sobremanera lo que me está
diciendo, aunque no me interese en lo más mínimo. Es un don del que me
siento orgulloso, sobre todo porque surte efecto aun cuando lo que me estén
diciendo sí me interese.
-¿Y de dónde eres tú? ¿También eres inglés?
-No. Soy argentino.
-¡Argentino! -exclamó con otra explosión de alegría. Yo había venido
mirándola y había descubierto que era una mujer de verdad hermosa, de no más
de treinta años.
-Yo tengo un amigo argentino, que es escritor...
Mi curiosidad se despertó de un salto portentoso. De pronto tuve la
seguridad de que yo a ese escritor lo conocía, si no personalmente, de
nombre. Tenía que preguntarle. Si la dejaba hablar sola, iba a decir todo
menos el nombre. Eso es algo que pasa por igual entre locos y cuerdos: nunca
dicen lo que realmente nos interesa.
Cuando iba a hacerlo, y ya tenía la pregunta en los labios, sucedió algo.
Habíamos llegado a la otra esquina, y en el suelo, justo frente a nosotros,
había el charco de sangre más grande que yo haya visto en mi vida. Más que
un charco era un montón de sangre coagulada, brillante y roja. La loca me
advirtió de su presencia, gracias a lo cual no lo pisé. Dijo:
-Aquí mataron a uno.
Tomamos uno por cada lado del charco, yo por la izquierda, ella por la
derecha, abriéndonos paso entre la gente. Oí que ella le decía a alguien que
miraba:
-Aquí mataron a ese viejo anoche.
Al tomar por la izquierda, bajé a la calle y la crucé. Ella en cambio había
doblado, sin cruzar, y ya se alejaba, con el perro. Porque me había olvidado
de decir que la acompañaba un perro negro, ni chico ni grande, de mirada muy
expresiva como suelen tener los perros de la calle, y todo el tiempo había
ido medio cuerpo adelantado a nosotros y volviendo la cabeza, como si
siguiera la conversación.
Ahora fui yo el que me volví a mirarla, y ella también, y me saludó agitando
una mano, con una gran sonrisa.
-¡Que Dios te bendiga, a ti y a todos tus canas...!
30 de abril de 2002
Aira, César
Una novela china – 1ª ed - Buenos Aires Debolsillo, 2005

176 p, 19x13 cm (Contemporánea)
ISBN 987-566-108-2
1 Narrativa Argentina I Título
CDD A863
Primera edición en la Argentina bajo este sello diciembre de 2005
Diseño de la portada Departamento de diseño de Random
House Mondadori
Directora de arte Marta Borrell
Diseñadora María Bergós
Fotografía de la portada © Corbis/Cover
© 1987, César Aira
© 2004 de la edición en castellano para todo el mundo:
Grupo Editorial Random House Mondadon, S.L.
Travessera de Gracia, 47-49 08021 Barcelona
© 2005, Editorial Sudamericana S A ®
Humberto Io 531, Buenos Aires, Argentina
Publicado por Editorial Sudamericana S.A. ® bajo el sello Debolsillo
Con acuerdo de Randon House Mondadori
Impreso en la Argentina
ISBN 987-566-108-2
Queda hecho el depósito que previene la ley 11 723
Fotocomposición Zero prc impresión, S L
Bajar el
libro en formato doc (zip 183K)
INDICE PARTE 1
1 | 2 |
3 | 4 |
TEXTO DE CONTRAPORTADA: En
una remota provincia china, un campesino sutil se extravía en un hechizo de
amor. Como casi todos los amores, este es imposible. Pero Lu Hsin, ingenioso y
paciente, decide crear una posibilidad a partir de la nada.
La tarea le lleva casi toda la vida. Esta fábula erótica, atemporal y eterna
aunque inelidublemente china, sucede sobre el fondo agotado de veinte años
cruciales en la historia del Imperio de la Porcelana: los que van entre la Larga
Marcha y la Revolución Cultural. La hidráulica, la pintura, la política, la vida
cotidiana en una pequeña aldea, y una colorida galería de personajes, marcan el
paso del tiempo de la ficción, que se revela en el desenlace como el fulminante
momento de la realidad y el amor.
"César Aira no es sólo uno de os más destacables escritores argentinos de la
actualidad: es también uno de los autores más originales, más chocantes, más
inteligentes y divertidos de la narrativa contemporánea en lengua española"
Ignacio Echeverría, El País
"Una literatura capaz de sanar al lector más enfermo de vulgaridades y de
divertir al más exigente"
José María Guelbenzu, Delibros
![]()
Una novela china
1
Una historia, cualquiera, se desvanece, pero la vida que ha sido rozada por esa
historia queda por toda la eternidad. El recuerdo se borra, pero queda otra cosa
en su lugar. La tierra toma formas eternas, mientras que el agua se adapta a la
fugacidad de todas las cosas, transcurriendo sobre ellas. No se pierde en los
repliegues de la multiplicidad sino que toma de ellos una cualidad de infinito
que la vuelve perfecta e inmodificable. En cuanto al aire, es un destino de las
cosas y las vidas; cuando sólo el recuerdo se aferra a los giros de una hoja
desprendida, el vacío que ha cavado en el aire intermedio entre los cielos
delicadamente superpuestos y la tierra opaca resplandece de pronto, en una
eternidad que imita la del silencio y oyen los que tienen el oído muy aguzado.
Pero las vidas pasan, y con ellas todo lo demás: civilizaciones, imperios, y
hasta la visión y la belleza de los paisajes en su ciclo acuarelado de
estaciones. No lo creemos, pero es así. Nunca podemos creerlo, porque nos
distrae la irisada contemplación de nuestras propias vidas que se reflejan en
otros, en otros innumerables, a veces amados. La ciencia de la Historia ha
creado un gran malentendido en ese aspecto. Sucede que, por definición, la
Historia no admitirá que es irreal. Y sin embargo deberíamos buscar en la
irrealidad su definición.
¿Qué ocurre cuando una vida se desvanece? Quizás otro color desciende sobre el
mundo, y se agrega a la gran suma imperfecta y fluctuante. Pero no podemos estar
seguros. Nunca hemos presenciado ese acontecimiento, y sólo podemos imaginarlo,
para lo cual es preciso imaginar previamente grandes modificaciones en el mundo;
y nuestros sabios nos han explicado minuciosamente que todo en sus suposiciones
prehistóricas es un sueño. Aceptamos, entonces, la transparencia inherente a lo
humano, y vivimos con ella; se puede vivir con menos, como podrían demostrarlo
con facilidad esta o aquella fábula, todos los apólogos contradictorios que se
repiten con la sensualidad ausente de una música al azar del tiempo. No existe
continuidad entre el hombre y la naturaleza, sólo resonancias, siempre truncas y
elegantemente asimétricas como un cortejo de caballitos enjaezados por un paso
de montaña.
Nuestro arte siempre ha sido pródigo en la pintura de paisajes. Prácticamente
ningún rincón de las casi infinitas provincias carece de un recordatorio
historiado en la seda o el bambú. Lo cual produce, si se reflexiona un momento,
un efecto curioso sobre la imaginación. Cuando todo lo que podemos ver en un
extenso viaje imaginario (que podría llevarnos la vida entera, ¡tan corta es
nuestra vida!), todos los lugares y miradas, han sido traducidos al modo de un
arte tranquilo y mudo, que se ejerce con cierta independencia del tiempo y sus
muchos avatares, entonces la traducción misma, el trabajo del que han surgido,
se vuelve precisamente imaginaria, fantástica, como el dragón...
¿Y no es el dragón acaso el emblema permanente de la vida? El dragón es el aire,
el espacio brillante y claro gracias al cual los objetos del mundo se disponen
con un ritmo estable, del que extraen su arte los pintores. El dragón resuena
largamente en la noche, cuando los lugares se opacan y debemos crear una pequeña
luz, y dentro de ella una musiquita que nos conserve la vida mientras todo se
extravía, quizás irremisiblemente.
Según la canción infantil: "el dragón pinta paisajes". Sus estilos multiformes
son los modos de vida, y los colores inigualables que emplea son las ideas con
que los hombres pintan su mundo hasta aislarlo del mundo mismo: entonces
comienzan los sueños. El dragón se levanta sobre los hombres, abre sus alas
poderosas y alza vuelo como lo hace una idea, un deseo, el anhelo que abandona
la humanidad en busca de más transparencia, de más simplicidad. Inmediatamente
lo humano se recompone, vuelve a tender sus enlaces con plantas y animales, con
los sucesos del clima y las alternancias de los días. El dragón se ha marchado,
y es como si no hubiera sucedido nada.
Nos quedan, restos enigmáticos, los paisajes que ha pintado. He aquí, por
ejemplo, las montañas, simples y hermosas, en tenues grises, ocres, algún verde
en el que no confiamos, porque el verde es el color de las alucinaciones. Toda
una vida podría pasarse hojeando paisajes pintados. Nos invitan con
extraordinaria cortesía a soñar un momento, o mejor aún, a pensar que podríamos
soñar y vernos en esa posición pensativa...
Pero detrás del primer malentendido surge otro, que pese a ser el resultado
natural y necesario del primero, sutilísimo, resulta burdo y lo hacemos a un
lado con una sonrisa: en efecto, la vida humana no es lo que nos muestran los
paisajes pintados. Su supuesta inmovilidad es el sueño, precisamente, de un
torbellino que no cesa.
Lo sabemos, lo sabemos mejor que nadie, creemos: la vida es complicada, las
artes inversas de la perspectiva, la técnica de las nubes, las diez mil
altitudes en que se representa la elevación cóncava de una montaña, todas esas
futilezas estallan con ruido bajo el peso inmenso del curso real de la historia.
Y no somos sino eso, el estruendo de un estallido, que por momentos casi podría
confundirse con el ruido de una carcajada.
Pues bien: quizás después de todo aquí no haya malentendido alguno. Quizás el
sueño sea un sueño, y lo real sea real. Quizás (no podríamos asegurarlo, y
nuestro vecino Wou quizás tampoco) los paisajes pintados no sean sino cartones y
telas cubiertas de líneas y colores, y nada más vaya a suceder con ellos. Son lo
que un profesor de filosofía conocido nuestro llamaría "lo inerte". Sonreímos
ante la idea (¿qué otra cosa podríamos hacer?) pero en el fondo de la mente nos
molesta ligeramente. El arte no termina en lo inerte. Es preciso hacer otra
cosa, siempre otra cosa (otra cosa más, otra, otra) con lo que se ha hecho en
nombre del arte. Quizás... sería más amable, y más artístico, olvidar esos
cuadros; el olvido es un trabajo a la vez violento y delicado, nunca hace daño a
nadie, salvo a alguna susceptibilidad muy tensa; y el olvido tiene la gran
fuerza inmóvil de la atmósfera sin culpas ni turbulencias. ¿Qué hacer, no ya con
los cuadros de nuestros viejos paisajistas, al fin y al cabo tan poca cosa, un
mero entretenimiento de eruditos hoy día, cuando no un negocio de traficantes,
qué hacer con el mundo mismo del que se supone que esos cuadros fueron la
representación? Olvidar. Olvidar todo. Una respuesta quizás con su pizca de
extremismo, pero no desprovista de eficacia. Sobre todo porque es una solución
provisoria, nunca definitiva.
Lu Hsin mismo será olvidado. Sobre su nombre, sobre su persona algo absurda,
ligeramente enigmática, sobre sus secretos, se impondrá el majestuoso olvido,
también él un color más, el más claro y fino, el menos imaginable. Y sin
embargo, la historia de Lu Hsin, aun cuando haya desaparecido, quedará de algún
modo, y es reconfortante pensarlo. Lu alza vuelo montado en el dragón... Hay
algo indefinible que queda como un presentimiento de lo inexistente.
Suponemos... La noche se desplaza fluidamente en sus barquitos minúsculos, entre
los juncos. ¿Lo habremos imaginado todo? Un nuevo amanecer borra velozmente esos
colores profundos, tan sólidos y reales, de las figuras. Todo se borra a partir
del cielo. Después esperamos, observando los movimientos inciertos de tantas
cosas como se lleva el viento... Y el dragón al fin nos susurra algo, desde muy
lejos: Lu se repetirá. Era todo lo que debíamos comprender. Y aun así, por
supuesto, no lo terminamos de comprender. Hay demasiadas cosas en el mundo, al
sur de la muralla, como para dar cuenta de todas. La historia de Lu Hsin fue una
repetición, y la ciencia de la Historia, grave y majestuosa, la deja escapar,
con la mirada desdeñosa que habitualmente tienen las diosas. Quizás no podría,
honestamente, hacer nada con ella. Quizás el arte tampoco pueda. Pero sucede que
me he enterado de la historia del viejo Lu, y podríamos recordarla. Por
supuesto, me apresuro a advertirlo, si la recordamos es exclusivamente como
parte del trabajo, mucho más amplio y abarcador, de olvidarla.
Lu Hsin era un mandarín, salvo que no lo era. ¿Cómo habría sido un mandarín
alguien nacido de padre desconocido, y cuya madre vendía semillas de sandía
secas, en un sitio donde todavía hoy los viejos de Hosa-Chen creen poder verla?
Esa señora, que se llamaba Suen Ki'han, se había trasladado a la región poco
antes del fin de los Ts'ing del este, y en Hosa se comentó largo tiempo el
curioso incidente que había protagonizado en esa oportunidad. Era una mujer
pequeña, no muy joven, con un bebé de cabeza grande pintada de rojo, y se la vio
varios días consecutivos en la aldea, siempre desplazándose como si paseara,
sonriente y cortés con quienes se cruzaba. Aunque, como nadie le dirigía la
palabra, no tenía ocasión de decir nada sobre sí. En un primer momento se la
tomó por una viajera, cosa que era, obviamente. Pasadas dos semanas, creció la
intriga. Por lo visto, éste había sido el término de su viaje. Por unos niños,
los vecinos se enteraron de que se alojaba en un bosquecillo. Al fin, alguien la
interrogó. Con el acento de las provincias del naciente, la mujer le dijo que
había venido a alojarse con sus parientes, los Han, que ya estaban sobre aviso
por una carta... La sorpresa fue inenarrable. Los Han, que eran unos campesinos
de las inmediaciones y la habían visto vagar por calles y caminos tanto como
cualquier otro aldeano, se apresuraron a llevarla a su casa, deshaciéndose en
disculpas. ¿Por qué no se había dado a conocer, no bien llegó? La mujer sonreía,
para nada molesta. Dijo que simplemente esperaba que le preguntaran. No quería
parecer entrometida... Durante muchos años fue proverbial su nombre para
designar excesos de cortesía. Tiempo después, se empezaría a pensar que en
realidad estaba loca. Pero nunca se lo pudo asegurar. En su juventud era bella,
y a los dos años de haber llegado se casó. Cuando dos o tres años después su
marido le manifestara cierta extrañeza ante el hecho de que no quedara
embarazada, ella dijo, con la más sincera sorpresa, que ella no concebía hijos
(como si dijera que no tenía cinco dedos en la mano derecha, sino cuatro, y el
acento de quien se extraña de que su marido no se hubiera dado cuenta de ello).
¿Cómo era entonces que había tenido a Lu? Su única respuesta fue un gesto que
parecía querer decir: ése es otro tema. Amable y diligente como era, le ofreció
a su marido marcharse y dejarlo en libertad de acción, si lo que él quería era
tener descendencia. Ella, por su parte, no la tendría...
Enviudó, y murió veinte años después; en esas dos décadas vivió de la venta de
semillas de sandía secas en la vía pública. Su vida simbolizaba en parte la
inmovilidad sonambulística de las clases proletarias antes de la revolución. No
sólo de ella, sino de muchos millones como ella, no se habría podido asegurar si
tenían o no una sana razón, o bien si actuaban movidos por la más extraña de las
manías. El proletariado rural que obtenía del suelo su alimento y vivía de la
imperfecta, frágil subsistencia del alimento y la reproducción, no hablaba lo
suficiente sobre temas comunes como para dar pruebas de su pensamiento, en un
sentido o en otro.
¿Y acaso la Larga Marcha misma, sobre la que luego fundamos nuestro destino, no
fue una marcha de sonámbulos, por el mero hecho de ser "larga", un recorrido por
entre la selva de paisajes pintados que caían del cielo, de nuestros bellos
cielos siempre iguales? La Hosa fue afectada por los acontecimientos
revolucionarios desde el primer día. La guerra, apenas si la sentimos, pero sus
consecuencias nos parecieron inmensas. En lo que se revelaron con toda su carga
de espejismo. Pues toda la Hosa, todo el archipiélago de aldeas al pie de las
montañas Verdes, había sido desde hacía una eternidad una región de campesinos
pobres, con una exquisita burocracia que no fue necesario modificar en lo más
mínimo.
La clave de la vida de Lu Hsin fue la inteligencia, la fantástica inteligencia
que él mismo reconocía, dentro de su modestia proverbial y retraída; o, más que
reconocerla, daba por sentada. Todo había surgido de su inteligencia. Se había
apartado insensiblemente, desde el comienzo, de los modos del proletariado rural
y podría haber llegado a farmacéutico si lo hubiera deseado. Pero no se molestó.
Ahí estaba su falso mandarinismo; iba más allá de los mandarines, sin caer en
sus defectos. Siempre fue estrictamente pobre, pero siempre tuvo lo necesario
para vivir liberado del trabajo. Ni él mismo podía explicárselo del todo: de
alguna manera, misteriosa y fluida, se había liberado de la necesidad, con todo
lo que ella implicaba, y había vivido apartado e indiferente.
Había en ello una suerte de "mecanismo", que lo hacía ir siempre un paso más
allá de lo que se proponía. Un ejemplo fue precisamente el de su afición a los
paisajes. Podría haber llegado a ser un eximio pintor. En algún momento de su
juventud, siendo maestro de idiomas en la décima prefectura de Hosa (idiomas que
había aprendido solo, en un movimiento que reproducía los convólvulos secretos
de su intimidad), había comenzado a pintar y a ofrecer sus cuadros en venta
junto al sitio donde su madre vendía las semillas tostadas de sandía. Era
ligeramente chocante, esa anciana desdentada agitando la cabeza en un temblor
sonriente, y a su lado el despliegue de diez o veinte pequeños paisajes a la
tinta. Se vendían rápido, casi en secreto, por cuanto costaban unos pocos
centavos. Los entendidos vacilaron: podían ser soberbios pastiches de ciertos
maestros antiguos poco difundidos, o bien los intentos de un futuro maestro. A
nadie se le ocurrió que pudieran ser las dos cosas a la vez, y estuvieron en lo
cierto, por la negativa, porque el arte de la pintura no tuvo futuro en Lu.
Poco después comenzó a vender pigmentos; había aprendido a hacer él mismo las
tintas vegetales (que excluían el negro y el amarillo) y se hizo de una amplia
clientela entre los aficionados de cien li a la redonda; también este desarrollo
fue fugaz.
Pues hubo un paso más, en el que se ejemplificaba perfectamente el "mecanismo"
de Lu Hsin. Redactó un pequeño libro sobre la botánica de las tintas, y los
métodos de preparación. Él mismo lo imprimió y lo distribuyó; un libro así tenía
un público escaso, desde ya, pero interesado, y en el curso de los años volvió a
hacer varias ediciones, siempre de pocos ejemplares, que llegaron a sitios
remotos. Claro está que no lo había firmado.
Así pues, operaba la mente y el trabajo de Lu Hsin: llegado al último punto de
la abstracción, ya tan lejos de la ocupación real de pintar, se daba por
satisfecho; remontaba, podía decirse, la corriente del trabajo, de lo real a lo
imaginario que lo volvía real, o al menos posible.
Podríamos relatar docenas de episodios del mismo estilo. Hacia los cuarenta
años, vivía solo en una casita de las afueras de Hosa-Chen, que había sido de
sus parientes Han, de quienes la había adquirido para su madre. Muerta ésta,
seguía viviendo allí. Era una casita minúscula, con dos lindos sauces y un
gingko, y una huerta. Lu Hsin aparentaba más edad de la que tenía. De lejos se
lo habría tomado por un anciano, un anciano pequeñito, extraordinariamente ágil
pero no nervioso, nunca preocupado, todo él un emblema de la paz campesina,
irradiando serenidad. Se cortaba él mismo la ropa, en lo que era hábil. Usaba
las casacas blancas atadas con hilos negros que habían usado desde tiempo
inmemorial los letrados del interior, combinadas con los pantalones anchos de
los campesinos. Tenía una pequeña barba entrecana, y se afeitaba la nuca hasta
muy arriba. Siempre estaba en casa, y sus horarios eran muy diurnos; casi nunca
utilizaba la lámpara, aunque dormía muy poco. Desde la primera hora de luz podía
vérselo trabajando en la huerta, y por algún motivo su actividad producía una
impresión descansada. Diríase que más que actuar sobre las plantas, las
observaba.
Prestaba servicios a la comunidad como óptico. También en esto se había
manifestado su "mecanismo". Nadie más calificado que él para actuar como
farmacéutico; pero había desdeñado la posibilidad, o la había superado. Sus
conocimientos de la naturaleza habían sido sublimados en su minuciosa artesanía
con los cristales. Había desarrollado un método para adelgazar las bellas ágatas
del Mei, y les vendía hermosos ojos de muñecas a los fabricantes de juguetes del
otro lado de la Hosa. De cualquier modo, su actividad era distraída, y parecía
depender de las fatalidades de un capricho. No era un "hombre establecido", si
es que eso quería decir algo.
Cuando llegó la noticia de la Revolución, se desplegaba en la Hosa el fantástico
verano al que los lugareños llamaban "el invierno de las sensaciones", la breve
época inmediatamente posterior a las lluvias cuando un aire tórrido bajaba,
lentísimo, de las montañas. Los valles vivían un mes de perfecto calor uniforme;
antaño se habían celebrado en ese ínterin las danzas de la renovación. Ahora el
cambio de administración se celebró con cohetes.
Lu, con sus tranquilos modales, pareció haber decidido festejar la Revolución
con un cambio de actividades. Había descubierto un método sumamente eficaz de
producir hielo y, casi sin saber que en Occidente la costumbre ya estaba
establecida, inició la fabricación de cremas heladas, que vendía en vasitos de
papel. Su comercio causó una impresión fortísima en muchísimos li a la redonda.
Desdichadamente, Lu hacía apenas unos pocos kilos de helados coloridos por día,
y los vendía a precios ridiculamente bajos, retomando en ese detalle la vieja
costumbre del país de operar con fracciones casi infinitesimales del dinero. Le
agradaba sobre todo observar a los niños pequeños manipulando un helado. La
lentitud reflexiva con que lo comían, sus distracciones, hasta la exasperación
de los padres, todo parecía entretenerlo, si es que aparecía algo detrás de su
máscara subrepticia de falso anciano.
Pasado el mes de calor, incluso un poco antes, abandonó el trabajo. Le vendió su
máquina (una vieja batidora de chocolate, holandesa, adaptada por él) a su amigo
el farmacéutico K'en Jio, y por su parte volvió al té.
Era un bebedor compulsivo de té. En la intimidad, el té y los libros lo ocupaban
largamente. Con las mismas hojas, o el mismo polvo, podía preparar veinte
variedades distintas de té. Estacionaba aguas en unas grandes burbujas de vidrio
que él mismo había soplado. Por la tarde era infalible verlo sentado en una
banqueta a la puerta de su casa, tomando té con aire abatido. Podía observarse
que miraba con atención el líquido antes y después de beber. Quizás estudiaba
los reflejos. Alguien había dicho una vez que veía a su esposa en el té: y ésa
sería la variedad número veintiuno de las que preparaba, la que reflejaba a su
difunta esposa.
El recuerdo de esta mujer parecía haberse perdido naturalmente en la Hosa; tal
vez por eso suponían que él la invocaba. Algunos memoriosos creían entreverla en
las brumas, después de todo no tan lejanas de una década y media atrás. Una
mujer pequeña y trivial, que había muerto a los pocos meses de casada. En
aquella región poblada de embrujos, se había sospechado que su intrigante esposo
la había matado, pero por supuesto tal cosa no era cierta. Ni siquiera hubo,
como habría sido lo normal en cualquier otro caso semejante, las consabidas
historias de fantasmas. Lu era un ser refractario a los fantasmas. Todo en él
era realidad simple, ingeniosa, laboriosa, a pesar de sus invenciones.
En la intimidad, realizaba con serena fluidez todos los trabajos de la
supervivencia cotidiana. Se preparaba una comida simplísima, que acompañaba con
inmoderadas cantidades de té, lavaba todos los días su ropa, mantenía la casa
escrupulosamente limpia, trabajaba en óptica o en cualquier cosa, en momentos
casuales del día, recibía a algunos amigos. Y leía, o mejor, releía siempre
algunos libros, casi todos alemanes. Era el idioma occidental que mejor
dominaba, y el que más apreciaba. Tenía predilección por Jean-Paul, cuyas
extensas novelas, olvidadas en su país de origen, eran para Lu Hsin una fuente
perenne de diversión; por Von Chamisso, cuya obra maestra creía saberse de
memoria, pese a lo cual la releía al menos dos veces al año. Pero sobre todo
Kant, por quien sentía veneración. Había reunido toda su obra, en base a los
grandes volúmenes celebratorios que editaron en Kónigsberg a mediados del siglo
pasado, complementados por numerosas ediciones modernas. Nunca leía anotaciones
o comentarios: prefería pensarlo por cuenta propia; y cuando calculaba todo lo
que había pensado respecto de Kant, le parecía imposible: en esos momentos,
creía haber vivido una eternidad.
No tenía servicio de ningún tipo, él lo hacía todo. Habría considerado
totalmente fuera de lugar que alguien viniera a hacer la limpieza de su casa.
Por otro lado, su género de vida era muy austero, y no se habría justificado el
empleo de ningún tipo de personal, aunque en Hosa era habitual emplear a las
jóvenes montañesas, y lo hacía incluso la gente humilde.
Al atardecer repetía siempre una misma ceremonia, que era la comida de los
gatos. Les servía parsimoniosamente, cantidades calculadas de comida que él
mismo preparaba, una mixtura de su invención que debía tener todo lo necesario
para la nutrición de esas criaturas. Tenía dos gatos suyos, a los que llamaba Ha
y Huc, dos gatitos amarillos de pelaje muy corto, quizás birmanos, o ren-ren
enanos. Pero nunca le negaba un plato de leche o de su preparado especial a
cualquier gato que se presentara. No tenía una clientela demasiado abundante, lo
que con toda seguridad era un efecto lateral de la corrección científica de la
comida.
Hosa-Chen, quizás no lo hayamos dicho todavía, era la aldea central de un
pequeño archipiélago de villorrios que se extendían a lo largo de las laderas de
las montañas Verdes. Un río, el Ji'en, recorría todo este complejo, con tal
eficacia que no había sido necesario llevar a cabo obras de riego especiales; y
como la historia de nuestro país nos enseña que ha sido el agua siempre la gran
creadora de la burocracia, la de Hosa se mantuvo en un nivel mínimo, pero
magníficamente eficaz por varias causas, entre ellas el alto nivel de
recaudación que se mantuvo desde la época de los Han en la región, debido a la
riqueza del suelo y la buena disposición del clima, y también a la
extraordinaria facilidad de las comunicaciones, que hacían del "embudo" de los
valles de las montañas Verdes uno de los pasos obligados para todo el Imperio.
El Ji'en, navegable los doce meses del año, era el mensajero de la plácida
prosperidad de los campesinos de la dorada Hosa, tan lejana y a la vez tan
nítida y amable.
2
-El respeto a las formas -decía Wen Tsi- no es tanto la conservación de lo mismo
como la observancia del ritmo con que lo mismo adopta formas diversas. Ahí es
donde ha fallado Chen a mi juicio: desde el momento en que alguien puede
preguntarse, como lo venimos haciendo nosotros, si su estilo es real o sólo un
espejismo, el artista como tal deja de existir para la historia de la etiqueta;
no importa que la respuesta eventualmente le sea favorable.
Era un hombrecito pequeño, muy pálido y arrugado, con una formación anticuada en
la que creía de una vez para siempre, y que apenas si teñía imperceptiblemente
una tenue puesta al día en marxismo. Se lo habría dicho un teórico en
Emperatrices, un reductor de ciudades trasladado por error al campo. Salvo que
usaba invariablemente ropa occidental: pullóveres de cuello alto, y pantalones
de franela, bajo los cuales las sandalias y las gruesas medias de lana verde
constituían un anacronismo más. Le gustaba hablar, y como era endiabladamente
tímido sólo lo hacía en ocasiones muy íntimas. Siguió exponiendo su punto de
vista, mientras sostenía con índices y pulgares una tacita de té.
-Chen como pintor falla en las exterioridades, y no debería asombrarnos que haya
sido más apreciado en Occidente...
-No es exacto -acotó el señor Hua.
-... donde el desprecio de las formas ha llegado a constituirse en la razón de
ser del arte. La manifestación de un dolor o un anhelo, tan alabadas en su
pintura, no son sino construcciones mentales a cargo del espectador, y es
precisamente de ese exceso de trabajo al que obliga de donde nace, por inercia,
el trabajo suplementario en el espectador de preguntarse si su obra no será un
fraude al fin de cuentas.
Esbozó una sonrisa seca, como si él mismo se hubiera convencido al fin con una
buena argumentación. El señor Hua era delgado en la parte superior del cuerpo,
pero con gruesas caderas de matrona.
-Mi honorable amigo -dijo-, confunde elementos distintos: sus razonamientos se
aplican al dibujo de Chen, pero no a su arte de colorista y poeta de la
construcción pictórica.
-No entiendo de sutilezas técnicas -dijo Wen Tsi, que se proponía demostrar
precisamente que las entendía mejor que su interlocutor- pero si he podido
entrar en la discusión, y apreciar la peculiar ambigüedad...
-¿Llueve? -preguntó Lu levantando la cabeza de su taza de té.
-Mmm... así parece -dijo brevemente el señor Tsi, y prosiguió-: ... de su
desatar los hilos antiguos de la etiqueta de los movimientos amplios de la
naturaleza...
Su perorata, por un súbito mimetismo, tomaba la cadencia aburrida del ruido de
la lluvia. Con su paso bamboleante, el señor Hua había ido a la ventana.
Efectivamente, estaba lloviendo, y se preguntaba cómo lo habían adivinado, pues
era un movimiento atmosférico tan mudo como el desprendimiento del polen. Pensó
que la casa de Lu Hsin era un buen refugio, en cuyo interior se extinguían los
ruidos, pero no tanto como para ocultarles el inconveniente de volver a sus
casas, pues no habían traído paraguas; y como era primavera, inevitablemente se
formarían charcos. Se quedó un momento en la ventana, vagamente incómodo.
Los tres amigos se reunían por lo menos una vez a la semana en casa de Lu. Uno
de los temas sobre los que volvían siempre era el que los ocupaba en esta
ocasión: un pintor de la época de decadencia de los Ming (principios de siglo
XVII), Chen Hong-Cheu, de Che-Kiang. Su obra, especialmente su famosa serie de
retratos, pero también sus escenas imaginarias, paisajes e ilustraciones de
situaciones búdicas, mostraban rasgos acentuados de deformación, como en ningún
otro artista de su época. Deformaciones tan constantes, y por momentos tan
enigmáticas en cuanto a sus finalidades estéticas, que desde entonces se
discutía sobre la realidad de sus dotes; bien podría haber sido, decía la voz
escéptica de cada cual, que Chen hubiera sido un fraude, un torpe. La duda
volvía más fascinante su obra, y el encanto hacía más difícil la resolución de
la alternativa.
Aunque aldeanos, los tres amigos no posaban de eruditos; tenían la elegancia
suficiente como para reconocer, siquiera implícitamente, que ponían en Chen
Hong-Chen sólo sus deseos de conversar y las fluctuaciones de su imaginación.
Lo cual se probaba ahora mismo. La visión de la lluvia había causado melancolía
en Hua, y se le ocurrió algo novedoso sobre el tema:
-Quizás -dijo- no es necesario que nos interroguemos sobre la verdad del estilo
de Chen. Quizás bastaría con adivinar sus estados de ánimo.
Los otros dos lo miraron intrigados: después de tantas sutilezas, eso parecía un
retroceso notorio.
-Las dos cosas van juntas -dijo suavemente Wen Tsi.
-En efecto. Pero no necesariamente para nosotros.
Lo pensaron. El dueño de casa volvió a servir té. Tenía una bata de sarga y un
gorrito con el que cubría su calvicie bastante avanzada cuando temía que podía
pescar un resfrío. Los tres encendieron cigarrillos, y consideraron el volumen
de luz que entraba por las dos ventanitas de la sala. Era una luz gris, con
cierta humedad por contagio imaginario: la luz peculiar de la lluvia, con su
extra de esplendor, siempre tan discreto.
-Los estados de ánimo -dijo el señor Lu- son de quien los experimenta,
efectivamente. Y con un estilo sucede lo mismo. Sólo que en ocasiones el estilo,
como un dragón, se desliza sobre los estados de ánimo de la humanidad entera,
como la luz sobre los objetos...
Hua sacudía la cabeza con gesto fatalista:
-No era a eso a lo que me refería.
Hua, pensaban sus dos contertulios, era un melancólico; por dentro era una
verdadera señora; la forma de sus ancas no desmentía su modo de sentarse en el
mundo.
Uno de los gatos se hizo notar de pronto, con un pequeño maullido. Como si lo
hubiera oído, desde afuera respondió un pájaro, de los que se refugiaban en el
alero de Lu los días de lluvia: una golondrina. El gato fue al centro de la
sala, y lo siguió perezosamente el otro; los dos eran de un blanco amarillento,
uno de ellos con máscara negra. El primero saltó al vano de la ventana y miró un
instante, tal como lo había hecho Hua. Después volvieron a sus almohadones. Los
sobresaltó un aleteo, y quedaron un rato con las orejas erectas. Había huecos en
la inserción de las vigas del cielo raso, y las golondrinas debían de estar
presentes también en la reunión, aunque ocultas.
Fue el turno de Lu Hsin de dar su propia opinión sobre el caso:
-A mi juicio, lo que propone Chen con la ambigüedad de su destreza, es nuestra
comprensión. Se supone que al fin de una larga o breve deliberación ante sus
obras, deberíamos llegar a una comprensión: es real, o es un fraude. Pues bien,
en un sentido u otro, nuestra conclusión será incomunicable, por cuanto la
comprensión misma es incomunicable. Y no me refiero a una pedagogía... Lo
incomunicable lo es para con uno mismo. De ahí que somos nosotros mismos los que
no comprendemos nuestra comprensión. -Hizo una larga pausa-. La misión del
artista es hacernos comprender eso al menos, y creo que Chen lo hace bien.
Sus amigos asintieron.
Hua había seguido de pie (de hecho, uno de los gatos había ocupado su asiento) y
había vuelto a la ventana. La lluvia era hermosa, aunque lo que veía era un
paisaje anodino: la calle que se embarraba cada vez más, las casas de los
vecinos, el gingko inmóvil de Lu, y arriba el ciclo uniforme, de un gris casi
blanco. De pronto vio a dos mujeres que caminaban sin apuro por el medio de la
calle, y eso le hizo pensar que en realidad no debía de estar lloviendo muy
fuerte. Miró un charco redondo que se había formado en el patio delantero de la
casa: caían gotitas constantes pero muy pequeñas. Después alzó la vista: las
mujeres seguían aproximándose y ahora las veía con claridad. Por la apostura,
eran dos montañesas: pequeñas, regordetas, con los gorros en punta y las trenzas
unidas atrás. Una de ellas era mucho más gorda y alta, la otra debía de ser una
niña; pero se parecían, como se parecían todas las montañesas entre sí, al punto
de hacerse indiscernibles. Las dos traían capas de goma, y cuando se entreabrían
los bordes Hua podía ver el traje multicolor de sus etnias. Era la ropa
anticuada que les era peculiar... Y que lo anticuado fuera pobre o no, dependía
de los grandes movimientos de la cultura, estaba fuera de los gustos personales.
En este caso, estaba en el punto preciso de la neutralidad: lo anticuado ya no
era signo de riqueza como antaño, y todavía no era señal de atraso como
seguramente lo sería dentro de pocos años. Ese frágil equilibrio era la señal
más patente de que el país había entrado al fin (¿después de cuántos milenios?)
en la Historia. Todo eso ponía horriblemente triste al matronil señor Hua. Eso,
y que tuviera que mojarse para volver a su casa.
Ya sólo esperaba que las mujeres pasaran de largo para volver a sentarse, cuando
las vio, con considerable sorpresa, entrar por entre los sauces del señor Lu.
Desaparecieron de su campo de visión y un instante después se oyó la campanilla,
que hizo aletear a los pájaros ocultos y maullar a los dos gatos.
-Son dos montañesas -dijo ante la mirada interrogativa de los otros. No se
imaginaba qué podían venir a hacer.
Lu se levantó con agilidad y puso la tacita en la bandeja con cierta torpeza:
-Oh -dijo-. Son la señora San, y Bao.
Salió a atenderlas. La puerta del frente daba directamente al exterior, apenas
disimulado por un biombo bajo. Los dos caballeros sentados vieron por encima el
gorrito de Lu, en la luz, y sintieron la corriente de aire. Los dos gatos
desaparecieron. Se oía una conversación en voz baja, con consonantes gruesas por
parte de la voz femenina. Duró poco. La puerta se cerró y tras un instante de
absoluto silencio apareció Lu, ligeramente encorvado. Traía en las manos tres
melones silvestres, del tamaño de ciruelas grandes. El señor Tsi arqueó las
cejas: esos melones, bastaba con salir a buscarlos. Era curioso que a alguien se
los trajeran bajo la lluvia.
Lu volvió a preparar té, y como comenzó a llover con más fuerza insistió en que
sus amigos se quedaran. Puso un disco en el fonógrafo, y encendieron más
cigarrillos. La incomodidad del incidente, si es que no había sido una ilusión,
se disolvió pronto. Tanto, que sus amigos arriesgaron algunas ironías, muy
veladas. Quizás esa señora a la que no habían visto prácticamente, gozaba de las
simpatías del señor Lu. (Callaban la otra posibilidad, mucho más fehaciente: que
la señora vendiese los favores de su hija adolescente casa por casa, como se
sabía que hacían las montañesas, y el retraído señor fuera uno de sus clientes.)
Uno de los gatos, el de la máscara, por algún motivo prefería al señor Wen. Lo
que no dejaba de ser curioso, pues este hombre era seco y sin simpatía alguna.
Pero el animalito venía siempre a sus pies, se hacía un lugar en el asiento, se
frotaba contra él. De ahí sacaron ciertas reflexiones suavemente burlonas:
-Es impredecible la simpatía de los genios de la naturaleza...
Sé reían, y oían la voz de Yvette Gilbert en los viejos discos, ligeramente
ronca y con su dejo de misterio.
Afuera llovía, y con el caer de la tarde la luz disminuía en intensidad, aunque
no en brillo, y las golondrinas misteriosas combatían en sus refugios del techo.
Esa noche después de cenar, Lu Hsin reflexionaba en lo que había sucedido. A
esta hora el negro cerrado de la noche promovía el pensamiento, incluso con
cierta densidad que él se permitía de vez en cuando. Se preparó un té y salió a
beberlo al patio. Había dejado de llover al anochecer, y los vientos del este
habían barrido las nubes. Era una noche sin luna, pero diseminada de astros muy
brillantes. Caminó hasta abajo del gingko y miró el cielo entre sus delicados
encajes de follaje. Dejaba que el vapor de su tacita de te subiera hasta las
pequeñas hojas palmeadas, esa humedad caliente aterciopelada por la luz de acero
de las estrellas.
Los giros de burla reticente en sus amigos le habían dado una idea... aunque
todavía no sabía bien cuál. Como muchos seres extremadamente inteligentes,
actuaba siempre por reacción. Sólo que elegía cuidadosamente (y en este punto no
estaba para nada entregado a las manos con frecuencia torpes del destino) las
circunstancias a las cuales reaccionar.
Desde hacía un tiempo, unos meses, un año todo lo más, no había llevado la
cuenta, Lu había concebido una pasión violenta por Bao, la hija de la montañesa
que le traía ágatas. Pero había descartado ese sentimiento como un sueño o una
fantasía, algo que en realidad no le sucedía enteramente a él... pero podría
sucederle. No excluía la posibilidad. Era una jovencita de catorce o quince
años, que casi nunca hablaba. Lu Hsin había mantenido el contacto con la madre
aun cuando no necesitara su provisión, e incluso había llegado al absurdo de
comprarle frutos silvestres, simulando una predilección que no existía.
Ahora, gracias a la intervención casual de sus invitados esta tarde, vio de
pronto que podía ir al otro lado de su burla, perfectamente... Al otro lado
incluso de sus sospechas, si es que las habían concebido.
Había algo que volvía irreal a Bao, algo que de todos modos resultaría difícil
(en rigor, imposible aun al más largo plazo) de superar, y era lo que hoy día se
llamaba, siguiendo la moda francesa, la cuestión racial. Bao era una típica
montañesa, casi indiscernible de las demás, y en ese caso, ¿cómo podía decir que
se había enamorado de ella? Bao misma se perdía en la multiplicidad que
representaba, o que otras representaban por ella.
Bebió un sorbo de té, y salió de abajo del gingko. Aun en la oscuridad podía
desplazarse por su patio sin tropezar. Sólo que sentía la humedad bajo las
sandalias. Dio la vuelta a la casa que era en realidad una casa de muñecas, no
sólo por pequeña sino por la vida ligeramente fantástica que llevaba en ella su
dueño solitario y pensativo, sin el ancla de un trabajo penoso: era
precisamente, pensó, la irrealidad que caracterizaba todo el caso. Desde la
huerta del fondo podía ver las montañas. Cuando alzó la vista hacia ellas le
sorprendió ver la luna, plena y muy brillante, rodeada de halos superpuestos,
sobre los picachos lejanos. "Así tenía que ser", pensó con una sonrisa, "una
noche sin luna, con la luna brillando en el cielo."
Las montañas se alzaban muy cerca, pero no interrumpían la visión sino que se
multiplicaban sobre el plano y se extendían a lo lejos, casi como si se las
contemplara desde lo alto, al modo chino. Estaban calladas, ausentes, con
nieblas propias. La oscuridad las hacía más pequeñas; pero eran grandes, muy
grandes. La cadena era todo un país por su amplitud y por su sociabilidad. Los
montañeses eran pastores autosubsistentes: desde las ciudades se los veía como
un reto a la vida cotidiana, y últimamente una amenaza a la Revolución, aunque
de esto nadie estaba seguro; la mala conciencia los presuponía desdeñosos. Eran
los proletarios absolutos, y quizás podrían llegar a reírse de los ciudadanos
convencionales y civilizados que iniciaban el trabajo de salir de un estado del
que ellos representaban el paradigma.
Las mujeres eran las únicas que bajaban a comerciar a las aldeas de Hosa, y del
otro lado, a Hen Kio P'ao: fuertes, sólidas, con algo de inaccesibles. Los ojos
muy separados, las orejas inverosímiles de tan pequeñas, el pelo brillante
siempre peinado igual, en dos trencitas que se unían en la nuca, y las camisolas
de colores. Se decía que provenían del tronco originario manchú, pero era un
rumor difundido por los cronistas antiguos, viciados de imbecilidad.
Lu terminó su té, echó una última mirada a la luna que parecía rodar impulsada
por el aliento de los dragones, y se fue a dormir, pensando que por efecto de la
ironía de sus amigos se había enamorado al fin.
Durante los meses que siguieron, Lu volvería a mirar con frecuencia las
montañas, lleno de ensueños vagos que no trataba siquiera de explicarse. Cuando
trabajaba en la huerta, solía sentir de pronto la súbita impresión de que debía
mirar algo, algo sumamente interesante, y un repentino blanco en la mente le
hacía ignorar de qué se trataba... Al alzar la cabeza veía inmediatamente la
forma de las montañas y recordaba.
No hizo nada para ver a Bao con más frecuencia. Cuando venían la madre y la
hija, él las atendía brevemente, hablando siempre con la primera, a la que poco
a poco llegó a encontrarle cierta belleza; se decía que podría amarla: por lo
pronto, amaría a Bao cuando tuviera su edad, y sería exactamente como era ahora
la madre (no podía ni quería imaginársela distinta); pero para ello debía
esperar todos esos años, y esperar con amor, no hacer ya el cortocircuito. De
modo que, concluía, no podía amar a la madre. La muchacha permanecía callada,
pero seguía la conversación con ojos vivaces; si es que podía hablarse de
conversación. Se entendían penosamente. Lu Hsin no hablaba el dialecto de las
montañas; ellas en cambio sí hablaban pasablemente el chino franco, con brutales
deformaciones de acento. Era curioso pensarlo, pero esas mujeres eran bilingües,
y lo eran por una cuestión práctica y cotidiana. Él en cambio sabía cinco o seis
idiomas, muy lejanos, pero los utilizaba con fines tan volátiles como leer a
Kant, o a Stendhal, en sus respectivos originales.
Los encuentros eran siempre expeditivos: algún intercambio de las rústicas gemas
de los arroyos, o de hierbas (parecían confundirlo con un farmacéutico); Lu era
invariablemente cortés, como lo era con todo el mundo. Cuando por casualidad
veía a alguna otra montañesa por la aldea, sentía cierta impaciencia consigo
mismo. Pensaba, sin entrar en detalles, que bien podía darse la circunstancia de
que confundiera a su supuesta amada con otra.
Así pasaron las estaciones: el verano, el otoño... Las nieves fueron tempranas
este año, y pasaron meses sin que las mujeres bajaran a la aldea. Se preguntaba
dónde estarían. Las montañas estaban casi constantemente envueltas en frías
nieblas, y todo parecía más lejano. A veces veía a otras montañesas, e incluso
una vino a ofrecerle ágatas. Le preguntó por la señora San, y la respuesta fue
inconducente. Cuando el tiempo mejoró, volvieron. Nada había cambiado.
Por momentos se preguntaba si realmente estaría enamorado. A veces dejaba jugar
su pensamiento: la señora San era atractiva, y más de acuerdo a su edad (quizás
incluso fuera menor que él). Podía tener marido, pero también podía no tenerlo.
¿Y si le ofrecía que viniera a vivir con él, como su concubina? Apartaba la idea
con una sonrisa interior. No, no tenía sentido.
Eso lo llevó, muy poco a poco, a pensar en los aspectos prácticos de la
cuestión. Precisamente en ese entonces se representaba en el pueblo una obrita
de títeres titulada "El Ridículo Contra-Revolucionario". La vio más de una vez,
y lo hizo reflexionar. Cuánto más ridículo era él, pensaba, con sus sueños
informes de extraer de su medio semisalvaje a una joven, y proponerle un amor
que ella ni siquiera sospechaba. Sabía cuál sería el hilo de los razonamientos
que seguiría cualquiera de sus conocidos, pequeñoburgueses extraviados, como él,
de hallarse en su caso: bastaba, dirían, con comprarle discretamente a la madre
los favores de la hija, por una noche, o dos, o cualquier tipo de arreglo más o
menos permanente, por ejemplo tomar a la joven como asistente de algún oficio
inventado ad hoc, o simplemente como casera...
Pero no, no se trataba de eso. Toda su manera de ser estaba moldeada sobre la
idea de la eternidad sagrada del matrimonio. No quería comportarse como un
pequeñoburgués, pero tampoco soportaba la perspectiva de que lo tuvieran por un
perverso. Y sin embargo, era alguna de las dos cosas, quizás las dos a la vez.
En cuanto a pedirla en matrimonio... No entenderían a qué se refería. Y sería
deprimente tener como suegra a esa señora analfabeta que había sido una bestia
de carga toda su vida.
En una de las entrevistas habituales había encontrado a Bao fea, sin atenuantes.
Posiblemente la jovencita se encontraba mal de salud: la vio ojerosa, la piel
grisácea, los rasgos más marcados y vulgares, casi un anticipo de lo que sería
al cabo de unos años, cuando se consumiera su gordura infantil y se ajara.
Casualmente ese mismo día había visto por la aldea a otra montañesa, una mujer
también joven, con una criatura en brazos, y lo había deslumbrado su belleza. La
coincidencia le hizo comprender que el mal había llegado a lo más profundo de su
mente. Había hecho todo el aprendizaje, y posiblemente ya no necesitaba que
fuera Bao el objeto de su amor. Podía ser otra cualquiera, que le recordase algo
de ella, por ejemplo su presencia. De todos modos, se aferraba a la hija de la
señora San, para no extraviarse en sí mismo.
Pero la idea de que su sentimiento se había liberado le provocaba una euforia
difusa que permanecía en el. Era el hombre-santuario, el tabernáculo de la
pureza. Y cuando alzaba la vista a las montañas, veía también en ellas a la
pureza, y comprendía algo mejor a los paisajistas antiguos y su predilección por
las montañas. Le gustaba más que nada verlas acunarse entre la niebla, que ya se
hacía menos espesa, más graciosa, la niebla monumental pero liviana de la
primavera incipiente.
Advirtió que se había pasado un año entero mirando las montañas: el ciclo de las
estaciones volvía al punto inicial. Y si en algún momento de su vida se había
considerado un frustrado paisajista, ahora sabía que no era así. Estaba más allá
de la práctica de la pintura. (El viejo mecanismo, otra vez.) Había logrado
reunir en un solo haz de ensoñaciones las artes tan distintas del paisaje y el
retrato.
Lu Hsin tenía una vecina con la que conversaba ocasionalmente, la señora Kiu,
esposa de un corredor de artículos de aluminio. Era una cultivadora compulsiva,
con un fantástico jardín que nadie pisaba sino ella. Lu solía prepararle, a su
pedido, algunos rocíos contra los insectos. Un día que conversaban en la calle,
la charla tomó, quién sabe por qué, el camino de las montañesas, y la señora Kiu
manifestó su compasión pesadamente despectiva por el estado de barbarie en que
vivían, ejemplificándolo con la joven Bao Jin, la hija de la señora San; la
frecuentaban a ella también, efectivamente: le traían gajos que creían raros, y
casi nunca lo eran para esta activa botánica práctica. El señor Lu trató de no
mostrar un interés demasiado patente, pero se cuidó de no dejar morir el tema.
-Esa pobre niña -dijo la señora Kiu- estuvo a punto de morir este invierno a
consecuencia de un aborto realizado en las peores condiciones...
-Oh -dijo la voz seca de Lu Hsin, que a él mismo le pareció ajena.
La buena señora se explayó: no era el primero de tales desdichados
inconvenientes que sufría esa jovencita, a pesar de sus pocos años. Y siguió
hablando, imperturbable, de otros males, por ejemplo el incesto, responsable de
que quedara encinta todo el tiempo. De ahí pasó a consideraciones más generales
sobre la raza montañesa, y al fin Lu Hsin le preguntó cómo se había enterado de
todo eso.
-Les pregunté, simplemente -respondió la señora Kiu-. No tienen el menor empacho
en explicar sus males al primero que se los pregunte, etcétera, etcétera.
Lu Hsin se sintió comprensiblemente abrumado. De pronto su interés en Bao se
había evaporado, por lo que no debería sentir una preocupación desmesurada en
ese sentido. Pero percibía todo el ridículo de sus pretensiones, mucho mayor del
que había supuesto aun en sus reflexiones más pesimistas.
En especial lo hería el hecho de que las cosas hubieran tenido lugar bajo sus
mismos ojos, y él no hubiera sabido verlas. ¡Qué ineptas se probaban sus
ensoñaciones sobre el arte de la pintura! Había cometido el error inicial del
mal pintor: no había captado el sentido de las visiones. Sí, posiblemente lo
había obnubilado el amor, o lo que él había tomado por tal, pero aun así...
Trató de olvidarse de todo el asunto. Por suerte, había otros motivos de
atención. La provincia se movilizaba en una actividad política sin precedentes,
y él mismo comenzó a interesarse, deliberadamente. Siempre le había apasionado
la cuestión hidráulica. En la historia, la hidráulica había estado siempre en la
base de todas las burocracias eficaces. El Imperio había construido su
maravillosa red estatal a partir de los trabajos a que obligaba el riego
intensivo para el cultivo del arroz. Y la nueva administración no renegaba en
absoluto de ese aspecto del pasado, más bien por el contrario. El gobierno
revolucionario central había hecho todo lo posible por restaurar, y en lo
posible superar en perfección, la trama de funcionarios de la época Ming, cuya
decadencia, lentísima, era prueba fehaciente de excelencia.
El año anterior había comenzado la planificación del aprovechamiento del Qu para
la agricultura. Era un río que unía los valles centrales entre las dos cadenas
paralelas de las montañas Verdes, y la región de Hosa. El debate sobre la
magnitud y la implementación precisa de estos trabajos agitaban la provincia.
Cuando se pusieron en marcha, era fácil ver que la fisonomía social del área
cambiaría drásticamente. Los montañeses mismos se verían arrancados de su
inmovilidad de milenios, cuando todas las laderas inferiores comenzaran a
recibir el riego y se crearan las plantaciones.
Lu Hsin fue invitado a formar parte de la comisión vecinal que trataba el
asunto, y no tardó en volverse el cerebro del grupo, y su directivo más lúcido.
Estas actividades, y la perspectiva de transformación que se cernía sobre los
montañeses, lo llevaron a repensar su caso personal bajo una luz más objetiva.
Su error, se dijo, había sido pensar que su situación podía resolverse con una
movida individual. Ahora las consideraciones de la etiqueta, que siempre son
individuales pese a su trasfondo social, le parecían fuera de lugar. Había
estado pensando en la cabeza de gente como esos patéticos amigos suyos, Hua
P'i-p'ei o Wen Tsi, con su absurda vacilación entre las formas de una elegancia
con la que habían soñado sus antepasados (ni siquiera ellos) y una pretendida
puesta al día en teoría marxista, que en realidad se les escapaba por completo.
Por otra parte, ahora que comenzaba a tomar un contacto más estrecho y cotidiano
con los jóvenes revolucionarios, los veía, lisa y llanamente, como caricaturas
del amor. Y no sin cierta sorpresa, advertía que ellos en él veían, a través de
los velos de un desconocimiento que incluso tomaba el carácter de una carencia
léxica, el emblema mismo del amor, y paradójicamente lo respetaban por eso. "Si
fue el amor quien me dio mi inteligencia", se decía el señor Lu, "sólo el amor
podrá quitármela momentáneamente."
Se trataba, en fin, de otra cosa: antes de pasar, como había soñado con hacerlo,
a la faz práctica, debía resolver la posibilidad misma de su amor, en los
términos más generales, y desde los principios mismos. Cuando llegó a esta
conclusión, supo que la joven Bao Jin se perdía definitivamente de su
pensamiento; la imagen de la joven, que él había leído en el cielo durante
largos meses, se escapaba por un desagüe misterioso, y ya no quedaba nada por
hacer con ella. Se sintió invadido de una pacífica indiferencia.
Mientras tanto, sus ocupaciones en la comisión de estudios lo habían llevado a
otros campos, entre ellos el de la educación pública. Se adelantaba a sus
conciudadanos, que no veían en el riego otra cosa que una multiplicación de la
suculencia de la tierra. Lu Hsin se asombraba de que no presintieran todo lo que
sobrevendría en términos de efectos. Se entusiasmaban con el presente, y no
comprendían que adelantarse era el único modo de estar en el presente. Su mente
siempre había funcionado así. Redactó un complejo programa de educación que
había preparado él solo, en algunas vigilias meditativas. Había ideado un
curriculum totalmente novedoso, espiralado alrededor de dos núcleos
correlacionados: la botánica y la climatología. De ese modo la enseñanza se
regionalizaría inevitablemente, y el Partido dispondría de cuadros idóneos para
la respuesta a los cuantiosos enigmas que provocaba una red burocrática extensa,
a la vez fluida y flexible, y que respondiera al menor sismo en las remotas
distancias.
Hacia mediados del verano tomó la resolución de viajar a Pekín a exponer su
programa de innovaciones; había recibido repetidas invitaciones para hacerlo. El
día de la partida fue a la estación de Hosa-Han al mediodía a esperar el tren
que lo llevaría a la capital de la provincia. Hacía un intenso calor, y el
silencio del campo se extendía sobre la pequeña estación. El señor Lu era el
único que esperaba, bajo un paraguas. No llevaba mucho equipaje, sólo un bolso
de rafia con una muda de ropa. Había venido caminando con bastante anticipación,
y acababa de tomar dos tazas de té con el jefe de la estación. Tenía la vista
clavada en los ríeles, que a cierta distancia se volvían un puro resplandor
lineal, y se sentía algo adormecido; un sentimiento que le agradaba experimentar
cuando estaba de pie. La región de Hosa era privilegiada por disponer de ese
ferrocarril que la recorría en su totalidad, paralelo al trazado caprichoso de
las estribaciones de los montes. Precisamente se lo había construido, cuarenta
años atrás, para que la familia imperial, que veraneaba en las alturas de Heng
Pia'ng, pudiera hacer el recorrido hasta el embarcadero en el Kian disfrutando
del espléndido paisaje de las montañas.
El silencio se interrumpía regularmente por unos pitidos agudísimos, ligeramente
discordantes. A su modo, se fundían con el silencio que cortaban, como
condensaciones súbitas y necesarias, goteos, de la luz intensa del mediodía. No
había sonido más coherente con esa luz. Lu salió de su inmovilidad y caminó
lentamente en una dirección cualquiera, por el andén. Los gritos eran de los
faisanes del criadero de la estación. Desde aquí no los veía, pero adivinaba sus
movimientos nerviosos e insomnes, y sus dorados espléndidos...
En ese momento, tuvo una idea abrupta, que le llegó con tal intensidad que, por
un momento, quedó atontado. Quedó largo rato mirando el vacío, perfectamente
inmóvil. Supo que había tenido una iluminación, amplia y perfecta, y toda su
vida se le había aparecido bajo un resplandor inigualable.
Con un temblor, en medio de la canícula, comprendió que había estado a punto de
cometer un error, de dar un traspié fantástico, mucho más grave que todos los
anteriores, que más que errores ahora se le aparecían como vacilaciones. Supo
que debía seguir adelante, avanzar, más allá de su historia personal, avanzar
con su vida entera, en bloque, llevar el mecanismo a sus últimas consecuencias.
En efecto, ¿por qué renunciar al amor? Si debía resumir en pocas palabras lo que
se le había ocurrido, era en estos términos: la vida no tiene demasiada
importancia y, sin embargo, con ella se puede hacer algo sumamente atrevido.
3
Un año y medio después, en otoño, un Lu Hsin casi írreconocible subía las
laderas de la Hosa, ya muy lejos de los poblados: a su espalda se abría un
inmenso paisaje hundido, y frente a él los declives comenzaban a hacerse
momentáneamente menos pronunciados, al entrar en los laberintos de pequeñas
mesetas arboladas, más allá de los cuales estaban los valles interiores y las
primeras montañas Verdes. Las laderas, lentas y minuciosas, eran la imagen del
otoño mismo, en sus matices trémulos, detrás de los cuales se consolidaba una
dureza a la que el hombre no llegaba...
La frontera entre la salud mental y la demencia es imperceptible. La diferencia
entre el Lu Hsin anterior, el que conversaba oyendo discos y fumando con sus
amigos, y éste, que respiraba afanosamente en el aire frío de la tarde
montañosa, era muy notoria, pero también en ella los límites se borraban. Mejor
dicho, quien lo hubiera visto, como nosotros, en esos dos momentos, habría
encontrado extraño, impensable, el tiempo transcurrido entre ambos.
(Efectivamente, había sido un período de sueños.) De hecho, que un hombre
sobreviva, ya es un milagro respecto de las leyes de la naturaleza, considerando
todos los azares a los que se ve expuesto.
Curiosamente, Lu parecía a la vez más joven y más viejo. Su rostro se había
cerrado y hecho más compacto, como el de algunos adolescentes. Y brillaba en él
una luz de resolución casi fantástica, que más que adolescente lo hacía parecer
un niño. Pero eso mismo, con su anacronismo de reversión, producía una impresión
general de vejez extra: hacía pensar en uno de esos casos, tan frecuentes, de
idea fija que se generaliza en la más alta edad. En la confusión, nadie le
habría dado a Lu Hsin los años que tenía, que eran todavía poco menos de
cuarenta. Es cierto que era quizás demasiado pequeño, y los cuarenta años, para
ser representados cabalmente, deben serlo con cierta corpulencia.
Este extraño Lu Hsin, niño anciano, estaba mimetizado con el ambiente que
recorría, los bosques primerizos de las alturas de Hosa, muy silenciosos
siempre. Y con la hora del día, la bella declinación de la tarde. Ya había hecho
ese mismo trayecto otras dos veces, durante el verano, por lo que conocía bien
el camino. Había partido con la confianza de ese conocimiento, y de pronto
advertía que lo que había tomado por una ventaja resultaba un grave
inconveniente: porque en su recuerdo el cálculo de las horas era muy distinto;
ahora, avanzada la estación, empezaba la noche cuando antes el sol estaba alto
todavía... Se le había pasado por alto ese detalle. Se dijo que había sido muy
estúpido; era casi como si hubiera tomado por señales para guiarse, en su viaje
anterior, a un pájaro que pasaba en vuelo, a una hormiga durmiendo sobre una
piedra, a una flor de tallo alto que se inclinaba locamente con la brisa...
Igual de insensato había sido fiarse de mojones como la hora del día, el color
del bosque y del cielo. Esta vez se haría de noche inexorablemente antes de que
llegara a lo de Fu, adonde no sabía llegar de noche.
Estaba muy cansado. Venía caminando desde el alba, y sólo había hecho un alto de
media hora para almorzar las pocas provisiones que traía. Recordaba que en los
viajes anteriores (sobre todo el segundo, en el que ya estaba experimentado) se
había detenido a descansar a esta hora, o a una hora equivalente en el verano,
en un sitio que quizás fuera este mismo. Sin embargo, le parecía totalmente
distinto.
Se detuvo de todos modos. Tenía ganas de fumar un cigarrillo pero juzgó más
prudente no hacerlo, y no sólo para ahorrar aliento. Le habían dicho una vez que
los osos eran sumamente sensibles al olor del tabaco, y no quería arriesgarse a
un encuentro. Se quedó sentado en una piedra, muy quieto. Al cabo de unos
momentos, él mismo sintió olor a oso. O un olor que creía que era de oso. Eso lo
deprimió. Se haría de noche de todos modos, y en la oscuridad no distinguiría
nada, ni siquiera la forma de los osos. Miró la tierra, de donde también subían
las sombras. El suelo a sus pies estaba cubierto de una especie de aserrín
plumoso; debía de ser la carga floral de estos árboles. Tomó un puñado y se lo
llevó a la nariz: era lo que había tomado por el olor de oso. Sonrió, entre
aliviado y divertido.
Se puso de pie y siguió adelante. El sol había desaparecido hacía rato tras unos
picos a su izquierda, pero eso no significaba nada; significaba apenas que las
montañas eran altas; habría luz un buen rato todavía. No bien lo hubo pensado
oyó el canto de un ruiseñor gigante, indicador de la noche. Fue un solo trino
largo, que volvió al silencio.
Lo incitó a apurar el paso, pero al hacerlo volvió a oír al ruiseñor, como una
advertencia. Siguió adelante como si nada pasara. Echaba miradas a su alrededor,
a veces las alzaba vagamente en dirección a las copas altas de los árboles, que
no eran muy numerosos por allí; por momentos atravesaba largos claros
pedregosos. Era muy fácil orientarse por la disposición de los picos lejanos,
pero quizás, pensó, lo lejano no fuera una garantía de lo cercano, y en lo
cercano, eso sí, estaba completamente extraviado.
De pronto un ruiseñor gigante voló delante de él. Se preguntó si sería el mismo.
El ave cantó un trino largo en el vuelo, y se arrojó sobre las plumillas ocres
que cubrían el suelo, y se revolcó en ellas con violencia. Después remontó
vuelo, rápido y recto como una bala, y se incrustó en el follaje alto de una
acacia. Todo había sucedido en un santiamén, y Lu Hsin pudo comprobar que este
espectáculo había tenido lugar en una media luz siniestra, ya nocturna.
Otra vez volvió el canto.
Un poco más allá, para colmo, el bosque se espesaba. Sabía que seguía así varios
li, hasta el borde superior de un valle, que traspondría al día siguiente. Ahora
estaba nervioso y decepcionado. Se preguntó qué tendría que hacer, en términos
racionales. No lo sabía.
Si hubiera podido librarse de esos temores, habría encontrado agradable el
bosque que atravesaba. Era de árboles viejos, que perdían toneladas de hojas; si
en ese momento hubiera soplado una brisa, lo habrían sepultado. Pisaba
suavísimos colchones, y se internaba en la oscuridad. De pronto... Vio un oso,
escurriéndose a lo lejos, erguido como un hombre. Todo su sistema circulatorio
se congeló unos instantes, y después volvió a fluir: sintió cómo le subía la
temperatura interna hasta un punto casi de ebullición. Pero seguía caminando
como si no sucediera nada: un ruiseñor o un oso daban lo mismo, a esta altura.
Un poco más adelante volvió a verlo, y le pareció increíblemente semejante a un
hombre: un oso relativamente pequeño, que caminaba bastante erguido; ya era una
sombra apenas más oscura que el gris circundante. La tercera vez que lo vio (y
no había caminado desde la primera vez más que unos pocos metros) tuvo la
certeza de que el oso lo miraba; ¿lo vería? Ya estaba muy oscuro, pero la visión
era de una acuidad prodigiosa. Desaparecieron uno del otro en el lapso de un
segundo. Lu caminó tomándose de los árboles, y levantó la vista al follaje, y al
cielo donde ya se habían encendido lindas estrellitas blancas. Del día no
quedaban más que hebras imperceptibles, como recuerdos desgastados. Se dijo:
Nunca he sido tan imprudente. Sacudió la cabeza con pena y se repitió: A veces
me porto como un atolondrado.
Un poco más allá cruzó un sendero, ante el cual quedó pensativo un momento. Y
estaba en esa reflexión cuando apareció ante él el oso... con una linterna...
Era el señor Fu. Los dos se miraron abriendo los ojos.
-Había salido a buscar "gekosiren" y lo tomé por un oso -dijo el señor Fu
ligeramente perplejo-. Por eso fui a buscar la linterna...
Se saludaron ceremoniosamente.
-¿No se le hizo un poco tarde? -le preguntó Fu.
Emprendieron el camino de la casita, que estaba ahí no más, a la vuelta del
recodo.
-Supongo que habré venido más despacio, o bien... -Hizo un gesto en dirección al
cielo.
-Ahora veremos el "ojo de vaca" -dijo servicial el señor Fu. Se refería con esta
palabra al reloj. Lu recordaba que este caballero tan solitario tenía un gran
reloj suizo en un cofre, que siempre daba la hora exacta, aunque se lo
consultaba muy de tanto en tanto, en circunstancias accidentales como ésta, o
bien cuando había que anotar alguna coordenada.
La choza, a oscuras, parecía deshabitada y era más bien lúgubre. No había
animales domésticos, ni siquiera un gato. El señor Fu era vegetariano. Lu Hsin
se había alojado aquí en sus dos viajes anteriores, salvo que antes había
llegado con plena luz del sol y no había tenido problemas para localizar la
casita. El trayecto que los montañeses hacen en medio día, o menos (en una
jornada iban al pueblo, hacían sus transacciones, y volvían a sus aldeas altas),
él lo hacía en dos días, pernoctando aquí. En realidad, esta choza marcaba
bastante más que la mitad del camino. Pero lo que quedaba por cubrir era más
escabroso.
Se sentaron afuera; el señor Fu parecía considerar que esta hora era diurna
todavía, y no merecía que se encendieran luces. En efecto, ahora que estaba a
salvo a Lu Hsin le parecía notar más luz en la atmósfera. Al fin de cuentas, no
había tanto motivo de preocupación.
Prefirió no decirle que, por unos minutos, él había tenido el mismo temor de
vérselas con un oso. La puesta en espejo, en ciertas situaciones, llevaba al
ridículo, o por lo menos a trivializar una escena que había tenido su ligero
vértigo de grandeza. Un hombre que confundiera a su prójimo con una bestia, en
un bosque oscurecido, tenía sentido; dos caballeros entrados en años huyendo uno
de otro por el mismo temor ilusorio, se volvían tontos, objeto de una broma que
ni siquiera hacía nadie. Habría sonreído al pensarlo, pero se contuvo a tiempo:
su conocido no tenía el menor sentido del humor; jamás lo había visto sonreír, y
sospechaba que le disgustaba esa clase de exteriorizaciones.
Fu Mi Hsieng era un contratista de leñadores para obras públicas, y desde hacía
dos años dependía del Ministerio de Hidráulica de la provincia. Su trabajo había
sido prácticamente nulo hasta el momento, pues los estudios respecto de la
posibilidad de hacer algo con el Qu seguían en su estadio teórico. Y aun cuando
se iniciaran los trabajos, no era del todo seguro que tuviera mucho que hacer.
Era un hombre bastante mayor que Lu: de unos cincuenta y cinco años, aunque su
vida casi ascética lo había mantenido en buena forma, y aparentaba diez menos.
Apenas si había conocido antes a Lu Hsin (se relacionó con él cuando este último
participó en los estudios de hidráulica revolucionarios), por lo que no tuvo la
posibilidad de constatar la gran diferencia entre el Lu de antes y el de ahora.
Por otra parte, no lo habría notado porque vivía absorto en su propia situación;
se consideraba un intermediario entre dos mundos, el de la técnica y el de los
hombres primitivos (ya que se suponía que reclutaría leñadores entre los
pastores montañeses), y se había hecho ideas curiosas sobre el carácter que
debería adoptar durante el ejercicio de sus funciones. En realidad, no había
pensado nada; no era de los que pensaban. Desde que vivía aquí en la montaña,
llevaba una existencia casi totalmente desprovista de pensamiento. Simplemente
había adoptado algunas vagas ideas crueles respecto de lo que, muy difusamente,
suponía que podía suceder cuando tuviera a unas decenas de hombres bajo sus
órdenes.
La primera vez, cuatro meses atrás, había recibido con gusto a Lu Hsin, de paso
hacia las aldeas de la meseta, y le había dado hospitalidad por la noche. El
letrado había vuelto a aparecer un mes después, y habían repetido la rutina,
quizás con más gusto todavía. Después había transcurrido el verano, y una parte
insignificante del otoño, y había pensado que el buen señor rumbo a la meseta no
volvería. De cualquier modo, no le faltaban distracciones. Por el contrario, las
había casi en exceso. Toda clase de escaladores utilitarios llegaban por un
motivo u otro a su atrabiliaria choza de musgos, y además él mismo incursionaba
por los campos de pastoreo de los habitantes de la montaña, por motivos siempre
diferentes.
Fumaron un par de cigarrillos cada uno, y cuando la oscuridad cerró el señor Fu
omitió toda conversación, que no había sido mucha hasta el momento. Miraba a un
punto oscuro en la oscuridad, y dejaba que su huésped, si así lo quería, se
recreara con el espectáculo de las constelaciones. Después encendió una lámpara,
de dispositivo muy moderno, invitó a Lu Hsin a pasar, y se dispuso a hacer la
comida.
La choza constaba de un solo cuarto, agradablemente vacío. Si de algo no podía
culparse el ermitaño, era del gusto rococó. Se lo diría más bien coreano. Un
retrato de Stalin era el único adorno en las paredes. La cocina se limitaba a un
hornillo de llama algo vacilante: le explicó a su invitado que había llegado en
la precisa época del mes en que su provisión de combustible tocaba a su fin, por
lo que la comida se demoraría.
-No tiene la menor importancia -dijo Lu Hsin, y tomó asiento a la mesa. Había
una sola silla, y un taburete; se ubicó en éste pero el dueño de casa insistió
en que se pasara a la silla. El primer hervor se consagró al té, y conversaron
agradablemente. Hablaron de la reduplicación de los sembradíos de arroz, cuando
se distribuyeran las aguas del Qu, y de los progresos que parecían posibles (y
los que parecían imposibles) en las artesanías intrabotánicas. El señor Fu era
pesimista:
-La historia es mucho más rápida que la vida -decía mientras revolvía unos
rábanos cortados en tiras-, y no se puede esperar que crezca un árbol con el
reloj en la mano...
Su visitante no estaba tan seguro. Después hablaron de caballos. Poco tiempo
atrás había pasado por la región de la Hosa una compañía de equitación
acrobática que había fascinado, a juicio de los dos interlocutores erróneamente,
a todo el mundo.
-Los caballos -dijo Lu Hsin- tienen un destino extraño en tanto especie, y a los
humanos no nos agrada pensar en eso. Una aprobación insensata es una coartada
como cualquier otra para el miedo.
Siguieron conversando así un rato más, tomaron té después de cenar, una copa de
coñac, y se fueron a dormir. Lu se ubicó en una estera en el suelo y se durmió
de inmediato. Cuando se despertó, era de noche oscura. Se quedó un rato inmóvil;
después se levantó y fue a la puerta; no pudo entender el complicado sistema de
cerrojos, y se preguntaba cómo haría para salir a mirar el cielo, cuando el
dueño de casa se despertó. Hicieron algo más práctico: consultaron el reloj, y
efectivamente, faltaba una hora o dos para que aclarara. Decidió partir ya
mismo, después del té: al amanecer debía llegar... El señor Fu ignoraba el
negocio que había traído a Lu Hsin a la montaña, ya por tercera vez (y sería la
última). Como nunca se lo preguntó, nunca lo supo. Se despidieron con cortesía,
y Lu Hsin tomó el camino de las mesetas. La noche se prolongó más de lo que
pensaba. Hacía frío, y un viento por momentos huracanado arrastraba una niebla
pesada hacia las alturas. Se preguntó si el reloj de Fu no habría fallado, si no
sería la medianoche. Pero no: las primeras claridades del alba se insinuaron al
fin, y no bien estuvieron más asentadas, una corriente violenta de aires del
oeste barrió la niebla frente a él y vio, muy cerca, el caserío de los
montañeses. Había sido puntual.
Sintió deseos de fumar, y encendió un cigarrillo, cosa que nunca hacía a esta
hora de la mañana. Se sentía a punto de entrar en algo casi increíble, pero muy
real. Nada había sido más real en su vida. Eso era lo más increíble.
Un año y medio atrás había decidido adoptar una niña montañesa, y criarla hasta
que tuviera la edad de casarse con él. Una idea que él mismo habría considerado
curiosa e impracticable, de no haber tenido una iluminación que volvió todo
claro y patente como la luz del día (del día que ahora empezaba). Era una
apuesta y, como todas las apuestas, congelaba el tiempo, al centrar las
expectativas en la acción, en la realidad, ya no en las especulaciones. Había
resuelto que el amor debía esperar, y pasar por una prueba prolongada y
laboriosa. Y a su vez, lo veía como el modo más simple (maravillosamente simple)
de obtener lo que quería. Todas sus fantasías anteriores, había comprendido,
estaban condenadas a quedar en fantasías. Sólo esta gran fantasía hecha realidad
podía concluir en algo real. Porque las demás posibilidades eran las que estaban
al alcance de cualquiera, y de él mismo: tomar a una de esas jovencitas como
sirvienta y hacerla su concubina, o pactar un matrimonio desafiante... No, todo
eso se había probado ilusorio y estúpido, abyectamente pequeñoburgués. Era esta
posibilidad la que estaba al alcance exclusivamente de "otro", de alguien
radicalmente ajeno a su propio modo de pensar y vivir, alguien inusitadamente
perverso y retorcido. De lo que se trataba era de abrir un paréntesis absoluto,
y apartarse absolutamente de la humanidad. De ahora en más, todo lo vería desde
muy lejos. Llevarse a esa niña era como sacar un seguro muy peculiar. La idea se
la había sugerido, en un rasgo de poética ironía, una de las informaciones que
le proporcionara la señora Kiu su vecina, y que después habría de corroborar en
otras fuentes: el incesto era algo corriente entre los montañeses. No lo era
entre los chinos de verdad, claro. Pero lo suyo sería incesto para unos, y para
otros no; porque habría que considerar real a una paternidad ficticia, una
paternidad ad hoc. Ahí estaba la clave de la maniobra: crear una alternativa
para la maledicencia. Era el único modo.
Arrojó el cigarrillo y levantó la vista, que había tenido fija en las casitas
lejanas, al cielo que empezaba a ponerse rosado. Volvió a avanzar.
Esa misma tarde, Lu Hsin hacía el mismo recorrido pero en dirección opuesta, de
vuelta a la llanura. Salvo que en el descenso seguía otro camino, que ya había
probado antes, un camino que pasaba a varios li de la cabaña de Fu, más directo
y breve, aunque sólo apto para hacerlo al regreso, bajando, pues era más
escarpado. Era el que usaban los montañeses.
Llevaba en brazos a una niñita de pocas semanas de vida, dormida, como había
venido casi todo el trayecto desde la mañana. Quizás dormir era una especie de
defensa contra la extrañeza que a pesar de su poca edad presentiría. O bien
podía tratarse de que el movimiento, y ser tenida en brazos, la adormeciera. O
bien dormiría tanto habitualmente. No lo sabía, porque no tenía experiencia con
niños. Pero descubrió que era hábil para cargarla. No pesaba casi nada, unos
tres kilos quizás, y le daban volumen las mantas en que estaba envuelta. Cada
pocos pasos le miraba la cara. Tenía veinte días. Meses atrás le habían dado la
fecha aproximada del parto, y él había dejado correr dos semanas. Hoy su
transacción con la familia montañesa había sido brevísima, y estaba seguro de no
recordarla en el futuro, porque no había sucedido nada digno de mención.
Los árboles en este camino eran más escasos, por momentos tenía ante él las
vertientes vacías, llenas de azules, que se hundían en nieblas. Toda la luz del
día parecía haberse concentrado en niebla, y los vapores subían de la llanura
lentamente, hacia un cielo en el que se desmelenaban unas pocas nubes perezosas.
Lu Hsin se sentía desprovisto de todo apuro; caminaba apoyando cuidadosamente
las suelas de cáñamo de sus zapatos, que se habían embarrado. Con la niña en
brazos, no podía balancearlos para mantener el equilibrio del modo normal, y
tantas horas de caminata en esas condiciones le habían producido una
modificación psíquica. Pensó que así debería de sentirse un árbol que caminara;
cosa que nunca hacían.
En realidad, la cantidad de niebla era extraordinaria. Se preguntó si todos los
días se vería ese mismo mar blanquecino desde aquí. Y por momentos,
desaparecían; dedujo que se trataba de capas abismadas, y posiblemente de una
suerte de antiespejismo vertical. Después de todo, nadie sabía exactamente qué
eran las nieblas. El mismo había vacilado, cuando se había embarcado en sus
ensoñaciones pedagógicas, en incluirlas en el ámbito de la hidráulica. Sería
arriesgado hacerlo, porque nadie garantizaba su existencia.
La niñita había venido despierta desde hacía una media hora, cuando al fin
lloró. Fue un maullido apenas, casi inaudible. Lu se detuvo de inmediato y se
sentó en una amplia roca lisa y seca. Con una mano dobló una manta que llevaba a
la espalda, y recostó a la criatura sobre ella. Comenzó a trabajar
inmediatamente con el biberón que llevaba, y el termo con leche tibia algo
diluida (se había documentado con toda clase de libros, para no tener que
escuchar consejos). En unos segundos tuvo lista la merienda de la pequeña, y
volvió a tomarla en brazos para dársela. La vio mamar, con los ojos cerrados, y
verificó, tirando suavemente, la presión que hacía con los labios sobre la
tetina del biberón. Era una niñita fuerte y saludable, eso ya podía verlo. Pero
tardó bastante en terminar su leche. Lu Hsin mientras tanto dejó vagar la mirada
por la distancia. El sol comenzaba a tocar aquí y allá los picos lejanos
occidentales, y escapaban lentos y amarillos, que cortaban las nieblas; las
nieblas inferiores reflejaban el fenómeno, y el aire entero, por un momento, se
llenó de largos peldaños de luz, en una arquitectura fantástica.
Ahora la niña lo miraba. La alzó sobre el hombro para que eructara, y después
guardó la botellita de grueso vidrio en la mochila, y siguió bajando.
Cuando se disiparon los rayos de luz, y el sol quedó oculto tras algún cono, se
iniciaba el proceso del crepúsculo. El aire se había limpiado. Sobre el cielo
aparecían los primeros colores, un rosa muy suave, aros azules, y un gran lavado
de gris-celeste que hacía invisibles las nubes altas. Todo se volvió hermoso y
delicado. Lu Hsin bajaba tranquilo, muy relajado. Esta vez no se preocupaba,
porque sabía que llegaría a tiempo, y aunque no fuera así, no veía qué motivo
habría en ello para preocuparse. Bajaba hacia su casa y no creía que debiera
volver a subir nunca más a estas montañas, al menos en muchos años. Las vería
desde su jardín, en todo caso...
Los artistas, que tan incansables se habían mostrado en retratar las montañas
desde la llanura, nunca habían hecho lo inverso. Lo cual, pensaba, no tenía una
explicación obvia, por cuanto este paisaje del que ahora disfrutaba era tan
bello como su opuesto, si no más. Por supuesto, sabía que se trataba de una
cuestión de técnica: si los perspectivistas orientales hubieran tenido la idea
de pintar sus cuadros desde un punto de vista "realmente" elevado, el arte se
habría evaporado como un mal sueño. Pero ahora creía notar algo más que el
condicionamiento técnico: en la materia del arte pictórico había algo propio,
algo temático-en-sí, que por lo tanto no podía invertirse.
En este momento, entonces, él no estaba en la posición del pintor, sino en la
del cuadro. Había entrado a uno de esos paisajes en los que tanto había pensado.
Se vio a sí mismo en la huerta de su casa, mirando estas alturas que hollaba, y
respiró hondo. ¿De modo que todo esto era imaginario? Al menos, era un cuadro
que nunca vería; se había enceguecido en cierto modo, parcialmente. Por una
curiosa paradoja, cuando alzó los ojos a los flotantes colores de la atmósfera
creyó verlos por primera vez.
Y adaptando las pupilas a la cercanía casi microscópica de esa criatura diminuta
que llevaba en brazos, se dijo que quizás estaba ante el primer efecto de la
decisión que había tomado. Entraba a un mundo de fábula... O mejor dicho, ya
había entrado a él, y repentinamente, con feliz sorpresa, advertía que no se
reflejaba más en los espejos habituales.
Al llegar al borde de una extensa meseta, vio la aldea delante de él. Parecía
muy cerca, casi a un tiro de piedra; pero también se veían, salpicadas en la
distancia, las demás aldeas de la Hosa, lo que indicaba que ninguna de ellas
estaba demasiado cerca. De todos modos, ya no dejaría de verla en el resto del
trayecto. Consideró que había luz de sobra todavía, y se sentó a fumar el
segundo cigarrillo del día. Dejó a la niña a un lado, profundamente dormida, y
fumó mirando a lo lejos.
Cuando volvía a marchar, oyó de pronto a un ruiseñor corpulento: ese trino largo
y como serruchado, que se extinguía con alguna nota precisa y final; y al cabo
de un rato, otra vez. En los escalones bajos por los que se desplazaba, el
follaje hacía "ventanas", de modo que pudo preguntarse dónde se ocultaría el
pájaro. A los pocos pasos, lo vio arrojarse sobre las plumillas de los árboles.
El ejercicio ya no le parecía una burla personal. Y sin embargo, no podía evitar
la idea, completamente absurda, de que se trataba del mismo ejemplar del día
anterior. "Es imposible", se dijo, "pero al menos indica que el día ha pasado."
En efecto, los lapsos eran incuestionables. Había un lapso en lo que él había
planeado, un período bastante prolongado (según cómo se lo considerara): unos
trece o catorce o quince años. Pasado ese lapso, como había pasado este día, a
esta misma hora, él se casaría con la niña que ahora llevaba en brazos. La idea,
en la que había venido pensando casi constantemente durante meses, le resultó
curiosa, como un collage de los pintores surrealistas de Occidente.
Sonrió, canturreando para sus adentros. Se sentía limpio de deseos. Dueño de sus
horas, y de sus minutos. Los niños expulsan del mundo al amor y se valen, para
hacerlo, del tiempo, del puro tiempo infinitamente prolongado de la infancia.
Pero el objetivo no es otro que hacer que el amor reaparezca, con más vigor.
¿Qué otra función tiene el tiempo, si no es devolver lo mismo, pero renovado y
multiplicado, más intenso? El largo rodeo que él iniciaba, se dijo, era un
"retrato práctico del tiempo". Le agradó la definición.
4
Con su estilo relamido, con una delicadeza que, de no haberla conocido tan bien,
Lu podría haber tomado por hipocresía, la señora Kiu le dio a entender una
mañana, cuando se la encontró en la puerta, que no correspondía prolongar la
situación de dependencia láctea en que se hallaba respecto de ella. Al menos fue
lo que él creyó deducir de sus repetidas invocaciones a una suerte de
provisoriedad que se derivaría del hecho mismo de que ella no era la madre de la
pequeña (había tenido tres hijos, por su parte: eso también formaba parte de los
circunloquios del discurso). Se sintió tentado de preguntarle por qué. Estaba
totalmente de acuerdo con la calificación, pero no veía que viniera al caso
porque la niña también era algo provisorio: se suponía que tarde o temprano
habría crecido y cesaría la molestia. Aunque ella le había repetido que no era
una molestia, y había sido muy convincente, o de otro modo Lu no le habría hecho
el encargo. En efecto, la señora Kiu traía la leche para sus hijos. Y que todas
las criaturas estaban en el mismo trance, era el supuesto bajo el cual habían
emprendido todo el arreglo. Más aún, la señora Kiu se apresuraba a indicar que
seguía sin constituir la menor molestia. Sólo parecía deseosa de poner fin a lo
"provisorio" del caso. En resumen: Lu había creído que lo provisorio se refería
al estado de lactante de Hin. La vecina se había ofrecido con la mejor voluntad,
y sólo así había aceptado. Por un instante muy volátil se le cruzó la sospecha
de que quizás había surgido alguna idea sutilmente maligna en la señora Kiu. Se
apresuró a expulsar el pensamiento, y al mismo tiempo a relevar a la vecina de
su carga. No había la menor necesidad de que siguiera molestándose...
-Pero no, no, no es ninguna molestia-insistía ella.
-Claro.
Se quedaron en silencio un momento. Aun sin pensarlo, todo esto tenía algo
melancólico, en su trivialidad. Y quizás la señora lo percibió, porque se la vio
hundir ligeramente ese semblante siempre impasible. Lu pasó, algo aturdido, a la
faz práctica, para sacarla de ese posible remordimiento.
-Y bien, entonces -dijo-, esc asunto de la leche...
-Oh, ya sabe -dijo la señora Kiu mirando a la distancia, la distancia que ella
recorría personalmente todos los días hasta la granja donde compraba la
provisión de leche para los niños-. Están las vacas.
-Claro -la interrumpió vagamente el señor Lu, y dejó caer el tema. Fijó la vista
en las florcitas redondas, absurdamente chatas, que constelaban aquí y allá el
musgo de su vecina, y eran como un retrato multiplicado de ella. Se despidió con
cierta distracción: no quiso recalcar una supuesta amabilidad por temor a
parecer ofendido; en realidad no lo estaba.
Porque a pesar de todo, la vida seguía, indiferente, inmutable, ligera, con alas
de garza; eso constituía en sí mismo toda una lección para nuestro héroe, aun
cuando no hubiera podido decirse que esperara otra cosa. Si había creído poder
fijar el tiempo, y con el tiempo el deseo, mediante una acción secreta, que
hiciera resistencia a las imposibilidades, se vio frustrado. Claro que de hecho,
se decía, no había pretendido tanto, sino apenas darse un máximo de placer
cuando llegara el momento.
Y además, el tiempo corría, porque nunca había estado más ocupado. Quizás debía
decir sin más que nunca había estado ocupado. La niña colmaba el tiempo, y de
eso precisamente se trataba. Su proyecto en ese sentido tomaba una coloración
mucho menos absurda: a tantos padres había oído decir (ahora lo recordaba) que
de pronto se veían con hijos crecidos... cuando les parecía que era ayer que los
habían tenido en brazos... Que los nietos tomaban el lugar de los hijos en un
abrir y cerrar de ojos... Sí, quizás lo suyo no era más que una parodia, a
escala cósmica, del lugar común.
El tiempo tomaba un cariz doble: el que le dedicaba a la niña, que era todo, y
el restante, que no era poco; sumando con cuidado, podía decir que era más el
tiempo libre que el ocupado. A Hin la miraba con creciente distanciamiento.
Pasado el primer desconcierto, Lu había llegado a la conclusión de que el
desarrollo de las criaturas se llevaba a cabo con una inflexibilidad mecánica
que nada podía afectar; y esto por mucho que contrastara con la aparente (y tan
celebrada) delicadeza exquisita y blandura expuesta a todo influjo externo, en
esos seres minúsculos. Estudioso de la naturaleza como era, no podía dejar de
notar que esa contradicción en realidad era una necesidad causal. Los niños
estaban en manos de puntualidades de bronce, y no se trataba tanto de una
cohorte de dragones protectores como un dosel de exactitudes que se sucedían con
absoluta independencia del mundo y la realidad. Era una secuencia que excluía a
los padres, y el disfraz de dulzuras apenas alcanzaba a velar ese viaje
astronómicamente perfecto.
De modo que el "otro" tiempo lo empleaba en esto o aquello, o bien en lo
general. Incluso había hecho una pequeña ampliación en la casa; no tan pequeña,
considerando todo, por cuanto había cambiado lo que podría llamarse el "espíritu" del diminuto edificio; se trataba de una oficina, dedicada al
papelerío de las obras hidráulicas, que al fin de cuentas habían quedado a su
cargo en la faz organizativa. Había pasado más de dos años distanciado de la
administración, e incluso mal mirado, aunque nadie se atrevió a reprocharle
nada, por temor a recursos de los que él dispondría, tanto más graves cuanto más
vagos e innombrables. Pero al fin, como sucedía siempre, las cosas habían vuelto
a su curso inmemorial y perenne. Y a consecuencia de ello, se exaltaba con la
idea de trocar de una vez para siempre lo más perenne, cual era el curso fluido
y cambiante de los ríos. Dividió hábilmente las tareas antes de empezar, y se
quedó con lo más abstracto del trabajo, con lo burocrático quintaesenciado, para
sorpresa de quienes conocían la practicidad de sus tareas concretas con el agua.
Tampoco de la necesidad de este paso le resultó difícil convencerlos.
Y según su costumbre, hizo innovaciones personales. Nunca antes había hecho ese
tipo de trabajo oficinesco, y ahora inventó un sistema de archivos que llamaba
la atención a todos los que lo examinaban; adaptó para ello, con poco trabajo,
muebles que