DE JEAN-PAUL SARTRE
El dandysmo de Baudelaire es un tema fascinante. En primer lugar porque es el sello distintivo que recubre toda su producción literaria, cual brillante y lujoso ropaje, y que le confiere ese encanto tan especial, ese aroma etéreo , esa ligereza aun con los temas más graves. Y, en segundo lugar, porque el dandysmo representa un ideal de vida, que Baudelaire, para su desgracia, intentó obstinadamente llevar a la práctica, lo que originó no pocas contradicciones a su pensamiento y no menos inconvenientes a su vida doméstica (esta confluencia entre el ideal y la realidad de su vida ha sido tratada por Sartre en su tendencioso pero magnífico libro sobre Baudelaire).
Pero,¿cuáles son los ejes fundamentales del dandysmo baudeleriano? y ¿qué implicaciones tiene para su visión del mundo? Dos son los conceptos fundamentales en los que se basa toda filosofía del dandysmo, y en especial la de Baudelaire pues representa la depuración ideológica de todas las anteriores (de Byron a Barbey d'Aurebilly pasando por Stendhal y Balzac): el artificio en el plano estético y la inutilidad en el plano moral. Sobre estas dos ideas Baudelaire edificará toda su obra; de ellas se derivan, por ejemplo, sus opiniones sobre la moda, las drogas, la fotografía, el juego... Cierto que posteriormente el dandysmo será revisitado por otros autores que intentaran ir un poco más allá en la evolución de la filosofía del dandy, pero no cualitativamente sino por el exceso; la novedad que representa un Huysmans o un Raymond Rousell responde más bien a una frenética exacerbación hasta el límite de la más desatada locura de una cosmovisión que ya en Baudelaire había recibido la máxima sofisticación ideológica.Artificio e inutilidad en el objeto, falsificación y actos gratuitos en el sujeto son las dos caras de la misma moneda y la base de la filosofía baudeleriana. El sujeto perfecto será, lógicamente, el dandy, que Baudelaire convirtió en el símbolo vivo del Artista, un ser extravagante y distinguido que fijará para siempre la tipología del artista y de la star (no en vano una star del hollywood dorado declaraba: "una star no puede ser como una persona normal porque entonces ya no sería una star"); el objeto perfecto, por otra parte, no puede ser otro que el Ideal, el objeto artificial e inútil por excelencia, ese espacio mítico que Benjamin define como "fuerza del recuerdo" en contraposición a la realidad física del tiempo. Pero la forma de este Ideal puede adoptar en Baudelaire muchos rostros, pues se trata de una abstracción polivalente: en su correspondencia y en sus escritos íntimos, por ejemplo, Baudelaire habla incesantemente de salvación, busca esta salvación aunque no sepa muy bien de qué quiere salvarse, de manera que esta nueva forma del Ideal en su progresiva descomposición (indefinición) se vuelve cada vez más inútil y artificial. En su obstinada búsqueda de este Ideal, con sus constantes y renovados propósitos de trabajo, oración, sacrificio que aumentan con los años y a medida que el Ideal se vuelve cada vez más abstracto e inaprensible, Baudelaire parece el equivalente puramente poético de aquel otro famoso artista que preguntado acerca de su asistencia a misa los domingos contestó: "yo soy practicante ma non creyente". No debe extrañarnos, por otra parte, que Baudelaire en su búsqueda de salvación apele de forma constante a los viejos valores, a cual más reaccionario, "aquel perverso adopta de una vez por todas la moral más vulgar y rigurosa" en palabras de Sartre, remitiéndose a un mundo ya desaparecido para siempre con la revolución francesa; el mundo de un Joseph de Maistre (el escritor favorito de Baudelaire) que postulaba la ciega obediencia al Papa y a los reyes como representantes, espiritual y mundano, de Dios en la tierra. Baudelaire, en su indiferencia radical hacia todo lo que le rodea, se aferra al territorio mítico del mundo aristocrático, "no hay gobierno razonable y firme como el aristocrático", confundido con artificiosa ingenuidad con cierta aristocracia del espíritu. Es en este mundo establecido agonizante, parcialmente envilecido aunque todavía no derrotado por la democracia, donde el dandy puede afirmar su singularidad.
El dandy, sin embargo, no quiere cambiar el mundo, no busca la superación hacia el porvenir, hacia un nuevo orden de valores (el acto revolucionario es demasiado útil y embrutecedor); el dandy, en realidad, se ocupa de mantener intactos los abusos que padece con los valores establecidos para poder rebelarse contra ellos, sin la esperanza real de destruirlos o superarlos, en un círculo vicioso estéril y gratuito: "el dandysmo es el último destello del heroísmo en las decadencias". El dandy no puede querer cambiar nada porque no cree en nada, y por tanto no tiene ninguna ambición: "en mi no hay base para una convicción", nos dice Baudelaire. Ideológicamente el dandysmo es una filosofía basada en el artificio y la inutilidad.
En cuanto a su caracterización superficial el dandysmo es, por encima de todo, un culto del yo. Se trata de un desdoblamiento gracias al cual el dandy se transforma a sí mismo en objeto; esto significa que el dandy (Baudelaire) realiza un constante trabajo sobre su yo, una manipulación caprichosa y fabuladora, tanto en el plano físico como en el plano espiritual. Pero es un trabajo sin frutos, un trabajo que no conduce a ninguna parte, o mejor dicho, que le devuelve siempre al mismo punto de partida, la pura y simple afirmación del yo: en palabras de Baudelaire, el dandysmo es "una especie de culto de sí mismo, que puede sobrevivir a la búsqueda de la felicidad que se descubre en los demás, por ejemplo en la mujer, y que hasta puede sobrevivir a todo lo que se suele denominar como ilusiones." En este sentido, en lo que tiene de eterno retorno, el dandysmo es, como no dejó de insistir el propio Baudelaire, un ceremonial, en el que el dandy es su sacerdote y su víctima. "El dandy no hace nada", sentencia Baudelaire, o al menos no hace nada productivo, excepto trabajar sobre sí mismo. Pero, ¿en qué consiste este trabajo? En el plano físico el trabajo consistirá en crearse una originalidad a través de una toilette impecable de refinamientos extremadamente rebuscados o de una simplicidad glacial; pero esta inmoderada afición a la elegancia material en el dandy, advierte Baudelaire, no es "más que un símbolo de la aristocrática superioridad de su espíritu". En su pasión por la superficie de los objetos, siempre y cuando ésta sea un disfraz que falsifique lo que hay debajo, el dandy se convierte a sí mismo en un objeto, en una cosa , se construye, se decora, se ornamenta y se comporta como tal: adopta "un porte escultórico, de muñeco mecánico", y una actitud distante e indiferente a todo, de resonancias estoicas y senequistas. Pero no debemos confundirnos, ya que "para quienes son a la vez sus sacerdotes y sus víctimas, las complicadas condiciones materiales a las que se someten, desde la toilette irreprochable a cualquier hora del día y de la noche hasta los lances más peligrosos del deporte, no son en realidad más que una gimnasia apropiada para fortificar la voluntad y para disciplinar el alma." (¿Con qué objetivo? Evidentemente ninguno.) De ahí la fascinación de Baudelaire, tantas veces repetida, hacia el militar y su porte bizarro, varonil: "El militar, ser acostumbrado a las sorpresas, se sorprende difícilmente. Así pues, el signo particular de la belleza será aquí una especie de indolencia marcial, una mezcla singular de placidez y de audacia: es una belleza que se deriva de la necesidad de estar dispuesto para morir en cada instante." El dandy es, en definitiva, "el placer de sorprender y la satisfacción orgullosa de no ser sorprendido jamás", el placer de ser el objeto más cool de la ciudad. Si en su estética literaria Baudelaire proponía la desaparición del yo en el poema, es decir, la sustitución de la presencia personal del autor por la pura lógica interna de la obra regida según su ley compositiva (a partir de Baudelaire la poesía ya no hablará más del poeta sino de la Poesía misma), ¿cómo no ver en la desaparición de la persona física del dandy bajo esa obra de arte que es su propio cuerpo trajeado un equivalente simbólico de esta estética? Respecto al trabajo sobre su yo psíquico, no cabe decir más que el dandy sólo busca la completa y perfecta posesión de sí mismo. Baudelaire, nacido en una época marcada por el pensamiento determinista y positivista, "tuvo la intuición de que la vida espiritual no se nos da, sino que hay que construirla" (Sartre), y que el hombre sólo es él mismo en el punto extremo de máxima tensión entre el bien y el mal. La fascinación de Baudelaire por el tema del pecado original y de la redención por el trabajo, el sacrificio y la oración, así como su horror hacia faltas como la apatía, la dejadez, la relajación de las costumbres... deben circunscribirse dentro de esta búsqueda activa de posesión de su propio yo (para la cual las drogas, el juego y las prostitutas le ofrecerán inmejorables ocasiones de profundizar). Y ésta es una búsqueda que no admite descanso; el dandy es un ser en eterna vigilancia, necesita todas las horas del día y todos los días del año para no hacer nada, para no distraerse en algo que podría sacarle de su propio yo. Es la moral de la no-realización, de la insatisfacción permanente, ya que el no hacer nada no tiene final posible, es un continuo derroche sin fin. En este punto de vacío absoluto, sin embargo, la lucidez se agudiza hasta el delirio. Así, el acto sexual le producirá a Baudelaire horror y asco infinitos porque "copular es aspirar a entrar en otro, y el artista no sale jamás de sí mismo"; o justificará los exagerados precios que paga el dandy por un objeto lujoso, diciendo que éstos no valoran el objeto sino el capricho del que lo compra. Conclusiones lógicas para aquél que trabaja sin desmayo su carácter, llevado por la "inamovible resolución de no dejarse conmover." En este sentido, nada más apropiado para un enfermo de spleen, o más baudeleriano, que tener ya todas las ideas perfectamente elaboradas a los veintitrés años (y ser consciente, además, de su perfección y de la imposibilidad de cualquier progreso futuro) como, nos dice Sartre, le sucedió a Baudelaire. Como acabado arquetipo del dandy la existencia de Baudelaire es una de las más estancadas que pueda concebirse: literariamente, en La Fanfarlo, obra de su primera juventud, ya está todo, las ideas y el estilo que después no dejará de remedar, a juicio de mucho críticos, con peor fortuna. Y en su correspondencia no paramos de ver repetidas siempre "las mismas querellas con su madre, las mismas quejas, los mismos juramentos; siempre las mismas luchas con sus acreedores; siempre las mismas discusiones por dinero con Ancelle; incurre siempre en las mismas faltas que le llevan siempre a las mismas condenas; en el seno de la desesperación lo iluminan siempre las mismas esperanzas" (Sartre): Baudelaire o el hombre siempre solo con su propio yo. Hemos visto como los actos gratuitos y la falsificación eran los dos ejes fundamentales sobres los que descansaba toda la filosofía del dandy de Baudelaire, hasta el punto de convertirse en el "hombre sin immediatez". El implícito odio hacia todo lo natural que conlleva esta concepción es una constante en toda su obra; y la mujer (o mejor, la psicología de la mujer, pues en otra parte, en el "Elogio del maquillaje", alaba el talento de ésta para ornamentarse) se convierte en el blanco de todos sus ataques hacia la vulgar naturalidad (extensible además a todo lo que tiene que ver con la naturaleza): "La mujer es lo contrario del Dandy. Así pues, debe provocar horror. La mujer tiene hambre y quiere comer. Tiene sed y quiere beber. Está en celo y quiere copular. Vaya mérito! La mujer es natural, es decir, abominable. También esto es siempre vulgar, es decir, lo contrario del Dandy." Así como la mujer representa la naturalidad, el dandy (él) representa todo lo contrario: "Hombre de muy honrada cuna y un tanto bribón por pasatiempo -comediante por temperamento-, representaba para sí mismo y a puerta cerrada incomparables tragedias o, mejor dicho, tragicomedias. Si se sentía algo alegre y excitado, tenía que comprobarlo y nuestro hombre se ejercitaba en reír a carcajadas. Si una lágrima le brotaba del rabillo del ojo por cualquier recuerdo, iba al espejo para verse llorar", confiesa en La fanfarlo; y en Mi corazón al desnudo leemos: "El gusto precoz por las mujeres. Yo confundía el olor del abrigo de piel con el olor de la mujer. Recuerdo... En fin, amaba a mi madre por su elegancia. Era, pues, un dandy precoz." Baudelaire introduce aquí un tema, la moda, muy afín a la ideología del dandy, por los motivos que ya conocemos (es algo artificioso e inútil), y muy relacionado con otro tema al que dedicó todo un libro y con el que tiene no pocas cosas en común, las drogas. En efecto, ¿no podríamos considerar la moda y las drogas como trasuntos, realizaciones más o menos concretas del aquel Ideal, abstracto e inalcanzable, quintaesencia del objeto del deseo del dandy? ¿No son ambos algo artificial e inútil? La inutilidad de estos objetos está claramente relacionada con aquel estado de ánimo, retratado con precisión por Benjamin, del jugador (y del obrero asalariado) que no puede atesorar experiencia y que se encuentra permanentemente en el vacío ante la imposibilidad de poder concluir. El dandy, que rechaza cualquier actividad y en especial las que implican cierto progreso productivo, se aferra a la moda y las drogas como estados en esencia transitorios y forzosamente reversibles. El "hecho de comenzar siempre de nuevo es la idea reguladora del juego (como del trabajo asalariado)" y lo es también de la moda, que se caracteriza precisamente por imponer un estilo nuevo que rompe siempre con el anterior, del que no puede ser nunca una evolución sin arriesgarse a convertirse en clásico, cosa que el dandy aborrece por encima de todo por ir en contra de la imperativa obligación de ser moderno. Los baudelerianos "paraísos artificiales", que no por casualidad se llaman así, acusan también esta imposibilidad de acumular experiencia; Félix de Azúa lo define de forma magistral como un "estado intermitente: obliga a regresar. Satanás, o la transgresión permitida sólo con el fin de demostrar su imposibilidad, devuelve siempre a la posición de salida, con una huella (remordimiento, resaca, castigo, o, simplemente, sed) que mantenga la presencia del viaje en la tierra como lo permanentemente imposible." De forma análoga, Baudelaire, en el famoso poema "A une passante", celebra la "Belleza fugitiva" de una mujer con la que se cruza en una calle de la gran ciudad (el dandy es, efectivamente, esencialmente urbano; a los originales de un pueblo se los tiene por personajes pintorescos o por xiflados), y poetiza precisamente el hecho de desvanecerse en un instante, de ser solamente una visión fugaz ("relámpago") que de nada sirve pues en seguida (ahora ya está "muy lejos de aquí") nos devuelve al sofocante estado pretérito colmado de spleen. La continua presencia de estos dos temas en la obra de Baudelaire nos da una idea de su capital importancia (en especial, la moda) para entender la figura del dandy, el ser al que "el cuadro de la vida externa le embargaba de respeto y se apoderaba de su cerebro: la forma le obsesionaba y le poseía, la predestinación asomaba apenas precozmente, y la condenación quedaba ya de alguna manera consumada." Para Baudelaire las formas obsesionan tanto al dandy porque, al ser un efluvio de lo espiritual, siempre representan a este fondo espiritual del que derivan (por este motivo, "todas las modas son encantadoras"); es decir, se da la paradoja que la moda contiene lo poético y eterno en lo transitorio, y no duda en afirmar que la moda representa para el artista moderno (dandy) lo que la religión para el artista hierático de la Edad Media: la belleza eterna sólo podrá maniferstarse bajo el permiso y las reglas de la moda o el traje visto como la puerta de acceso hacia el yo personal. El mismo criterio de artificiosidad, una vez más, le servirá a Baudelaire para condenar la fotografía, disciplina de invención reciente. Ésta, convertida en vehículo de la constante disponibilidad del recuerdo voluntario, "discursivo" (Benjamin), reduce drásticamente el ámbito de la fantasía, ofreciendo de forma inmediata y plana, aquello que el artificio de la memoria involuntaria (la visión artística en Proust) nos devolvería enriquecido con todas las representaciones subjetivas (experiencia) que "tienden a agruparse en torno" al objeto. Una vez más, Baudelaire prefiere el objeto artificial, es decir, modificado por "el velo delicado que el amor y la devoción" de los admiradores que han posado sus miradas sobre él y de las que el objeto, sin duda, algo conserva; la fotografía, en cambio, recupera un objeto natural, que no ha sido moldeado por la experiencia. Lo natural, en Baudelaire, pertenece siempre al vulgar mundo de las necesidades, de lo útil, un mundo por completo ajeno al dandy, cultivador del diletantismo y la pereza, aficionado al lujo y la moda, a la pompa de la vida, por pertenecer al mundo del placer. El dandy es para Baudelaire el artista más puro porque no corrompe su Arte con una obra, porque víctima de "la necessidad, tan infrecuente hoy en dia, de combatir y destruir la trivialidad" no sale jamás de su yo, lujosa estancia donde sólo reina su aristocràtica superioridad moral bajo la grave aspiración, escrita en letras de oro en el frontispicio de su alma, de ser "ininterrumpidamente sublime." El barón de Charlus, Des Esseintes, Marcel Duchamp, Salvador Dalí, Andy Warhol..., han sido diferentes formas de buscar la realización de este mismo ideal: el Dandy o el Arte encarnado.
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Charles Baudelaire Extractos |