ANANDA K.
COOMARASWAMY: EL BUDISMO*
1. Historia
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as escrituras budistas hablan del Buddha —Gotama,
distinguido así por su nombre de familia de los Buddhas anteriores y de los
Buddhas todavía por venir— como un hombre que, en su último nacimiento, alcanzó
la meta del Pleno Despertar (sambhodi ) y de la Despiración (nirvöa) para los cuales se había preparado en el curso de
la larga serie de sus residencias en «habitaciones anteriores». Sin embargo,
los acontecimientos registrados de su vida como un Bodhisatta, antes del Gran Despertar, son ampliamente, los ecos de mitos mucho
más antiguos; y las enseñanzas registradas de la vida posterior son, en una
gran medida, transposiciones y reafirmaciones de las doctrinas brahmánicas más
antiguas, pertenecientes a la Vía Antigua que él proclama haber seguido; y
estos hechos, tomados junto con los de la budología de los textos canónicos,
hacen enteramente posible que lo que representa el Buddha sea realmente otra
revelación a los hombres y a los dioses (el Buddha es siempre el maestro de
ambos) del Avatar Eterno y Luz de luces, de
quien se habla como el Fuego y el Sol.
Como persona histórica, la
fecha exacta del nacimiento de Siddhattha es incierta; pudo ser el año 483 a.
C., pero apenas es posible decir más sobre el lapso de los ochenta años de vida
del Buddha, de los cuales treinta y cinco precedieron al Despertar, o Nirvöa[1], que éste cubre la mayor
parte del siglo quinto a. C. El Bodhisatta nació en Kapilavatthu como hijo del
rey Suddhodana y de su reina Mah My; de manera que no nació
como un brhman sino como un khattiya [sánscrito kshatriya]; esta encarnación tuvo lugar por un descenso
querido deliberadamente desde los cielos de Tusita, en los cuales reside ahora
el futuro Buddha Maitreya. Al referirnos a él como un «príncipe» debe comprenderse
que aunque debió criarse en el lujo, el «reino» era realmente una suerte de
república con un presidente real, y que el «procedimiento parlamentario» de una
asamblea monástica budista se modeló realmente en el de los consejos seculares.
El nacimiento del Bodhisatta
fue milagroso; como tal ya fue comparado por San Jerónimo con el de Cristo, y
aquí también puede mencionarse que la leyenda cristiana de San Josafat
(«Bodhisatta») es en realidad la historia de la vida del Buddha. El niño ya
llevaba las marcas de una «Gran Persona», y se predijo que devendría un
Emperador o un Maestro del Mundo; en efecto, él era «a la vez rey y sacerdote»,
y podía hablar de sí mismo como un «brahman», no por nacimiento, sino en el
pleno sentido de la palabra, por conocimiento, y de sí mismo como un rey en
liderazgo. Se casó con su prima Yasod, y tuvo un hijo, Rhula, que más tarde recibió
la ordenación y así devino su hijo espiritual, en el sentido en el que los
monjes budistas son «Hijos del Despierto».
El día del nacimiento de su
hijo el Bodhisatta entró en contacto por primera vez con el hecho de la
sujeción universal de todos los hombres al dolor, a la vejez, a la enfermedad y
a la muerte; a lo cual determinó entregarse a la búsqueda de una «medicina»
para esta enfermedad mortal, tanto más peligrosa en aquellos hombres cuyo
esfuerzo se dirige siempre a olvidar su miseria; en otras palabras, determinó
entregarse a la búsqueda de un tipo de conocimiento y de una manera de vida que
pudiera asegurar, a aquellos que quisieran practicarlo, un estado de felicidad
y una garantía de inmortalidad inviolables. Así pues, el Bodhisatta, que
todavía no era un Buddha, o el «Despierto», abandonó su casa y todos los lazos
familiares, como muchos habían hecho antes de él, como muchos han hecho después
de él, y como muchos hacen todavía. Entonces se hizo discípulo de maestros
brahmánicos, con lo cual descubrió mucho, pero no todo lo que buscaba. Practicó
las austeridades más extremas, y tuvo sus propios seguidores. Pero no encontró
en ello ninguna ayuda, y decidió seguir la Vía Media entre los extremos del lujo
y de la auto-mortificación; entonces sus discípulos le abandonaron. Finalmente
llegó el momento: de manera que, ocupando su sede al pie del árbol Bodhi, en el
ombligo de la tierra, de espaldas al árbol y de frente al este, resolvió
firmemente no levantarse nunca de nuevo, aunque la carne se secara en sus
huesos, hasta que se alcanzara la meta. Siguió entonces el conflicto con Mra, el principio del Amor y de la Muerte, que
reclamaba la soberanía, y que no quería «soltarla»; la victoria del Bodhisatta
es una recensión del antiguo mito védico de la conquista del Dragón, Namuci, el «Represador», la Muerte. Entonces, pasando por
estados de consciencia cada vez más profundos, y recordando sus «habitaciones
anteriores», el Bodhisatta obtuvo finalmente la comprensión completa de la
Originación Causal, y ese Despertar por cuya virtud se le llama el Buddha, el
«Despierto».
Al comienzo el Buddha
vacilaba, pues temía que no se encontraría a nadie capaz de comprender o de
querer comprender aquellas verdades tan difíciles de ganar; pero persuadido por
Brahm
y movido por la piedad, devino un maestro itinerante; predicó el Primer Sermón
(«El Mundo está en Llamas»), o más literalmente, «La Puesta en Movimiento de la
Rueda de la Ley Eterna» (dhamma), ante sus anteriores
discípulos, en Benarés; gradualmente, provenientes de todas las clases de la
sociedad, fue juntando un grupo de discípulos siempre creciente, conocidos como
bhikkès (mendicantes o limosneros)
o samaöas (ascetas, esforzados,
afanados), componiendo con ellos la orden o la comunidad (saºgha) de los monjes budistas; muchos de éstos devinieron
Arahants («Dignos», digni ) y una vez realizado su Nirvöa pueden llamarse
«Despiertos» (buddha), como su Gran Maestro, que
sin embargo sigue siendo el Buddha de la edad. Más
tarde se estableció también una orden de monjas, paralela a la de los monjes;
así pues, se admite expresamente que las mujeres no son menos capaces de la
realización espiritual que los hombres.
Después de la muerte del
Buddha, que se considera como el desmantelamiento de la vestidura corporal, sus
enseñanzas, transmitidas oralmente al comienzo (y por ello en modo alguno
inexactamente), se juntaron en los libros del canon Pali. Éstos abarcan el Tipitaka (es decir, el Vinaya,
los cinco Nikyas, y el Abhidhamma), el Dhammapada, el Itivuttaka, el Udna, el Sutta Nipta, el Thera-theri-gth y unos pocos más. De los
textos Pali extra-canónicos los más importantes son el Milinda Paha, los Jtakas, y los comentarios de Buddhagosa, en particular el Visuddhi Magga. La Pali Text Society ha
publicado versiones inglesas de todos estos libros. El más antiguo de ellos
puede datar del siglo segundo a. C., el más reciente del siglo quinto d. C. En
la opinión del presente escritor, su congruencia fundamental justifica el punto
de vista de que el Canon es, cuanto menos, un registro fiable de lo que se
había enseñado efectivamente; [este escritor] no confía en ese tipo de «crítica
elevada» que intenta distinguir lo que el Buddha «pudo» o «debió» haber dicho a
partir de lo que está registrado que dijo. En todo caso, el Canon es una fuente
fiable para el contenido del «budismo primitivo». Diferentes escuelas de
interpretación habían surgido ya a los pocos siglos de la muerte del Fundador;
de éstas, los Sautrntikas, como su nombre sugiere,
parecen haber sido los más ortodoxos.
El primer gran impulso a la
expansión del budismo, dentro y fuera de la propia India, le fue dado por el
renombrado Emperador Asoka (272-232 a. C.), que no sólo era él mismo un budista
practicante y famoso por los Edictos tallados en pilares y monolitos en los que
expresaba su propio arrepentimiento por sus anteriores guerras de conquista y
mandaba a sus súbditos la ferviente práctica de la ética budista, sino también
por haber enviado misiones budistas a tierras más distantes, y en particular a
su hijo Mahinda a Ceilán, donde el budismo, más o menos en su forma primitiva,
ha sobrevivido hasta el presente día. Gobernantes posteriores entre los Ku·öas, Guptas y otros
igualmente mantuvieron las doctrinas e instituciones budistas; pero no debe
suponerse por ello que hubo alguna vez una «India budista» en un sentido
exclusivo de las palabras, o que el budismo efectuó cambios en las formas
exteriores de la sociedad india. El seglar budista es un budista en la fe y la
conducta, pero no por virtud de algún tipo de revolución institucional; y de la
misma manera, en el caso del arte budista, que floreció desde el siglo segundo
a. C. en adelante, hay adaptación iconográfica, pero no un estilo o técnica
budista diferente del arte brahmánico o jaina de la misma época.
Antes del comienzo de la era
cristiana la orden budista no era ya una orden de monjes meramente itinerantes,
sino una orden de comunidades monásticas que vivían en monasterios, los más
grandes de los cuales eran al mismo tiempo universidades. Uno de los más
grandes de éstos era el de Nland, bien conocido por sus ruinas y por los informes de
él dados por el peregrino chino Hsuan Tsang. En la India misma, durante la Edad
Media el budismo declinó gradualmente; sobreviviendo, después de la destrucción
de Nland por los muslimes alrededor
del año 1200, sólo en Nepal, Sikhim y Bhutn. Mientras tanto, como
resultado de colonizaciones y de misiones, el budismo, junto con el hinduismo,
o a veces combinado con él, establecido ya de antiguo en Ceilán, se extendió
hacia el este desde la India a Birmania, Siam, Camboya, Malaya, Sumatra, Java,
e incluso a partes de Borneo y de las Filipinas, y sobrevive hasta el presente
día en Birmania, Siam, Camboya y (con el hinduismo) en Bali. Como resultado de
las alianzas reales y de las misiones el budismo devino la religión del Tíbet;
y principalmente como resultado de las visitas de peregrinos chinos a la India,
y en parte también por el establecimiento de maestros indios en China, el
budismo y el arte budista se extendió por todo el extremo oriente, China, Corea
y Japón. Prácticamente todos los textos budistas se tradujeron exactamente por
escuelas de traductores cualificados, y estas fuentes tibetanas y chinas
todavía retienen su valor independiente. El número total de budistas en el
mundo se ha estimado en alrededor de un quinto de la población mundial.
Las principales divisiones
del budismo son las del H´nayna y el Mahyna, respectivamente la «Pequeña» y la «Gran»
Vía o Vehículo; llamados también a veces, aunque más bien inexactamente, el
«budismo del sur» y el «budismo del norte», de los cuales el H´nayna ha sobrevivido mejor en Ceilán. Las escrituras del H´nayna están en pali, las del Mahyna en sánscrito. Como es sabido por los textos existentes, el Mahyna se desarrolló desde el comienzo de la era
cristiana en adelante; y como un todo es un aspecto escolástico, metafísico,
epistemológico y también teístico y devocional del budismo. Resumir su
historia, llevaría más que la totalidad del presente artículo. Los textos más
importantes son los del Mahvastu, ostensiblemente el Vinaya de una de las ramas más antiguas del H´nayna; el Lalita Vistara, en el que se recalca fuertemente la divinidad del Buddha; los
diferentes Prajpramits, de los cuales el famoso Vajracchedik («Cortador de Diamante»), que devino el
texto guía de la escuela shingon en Japón, es el más breve;
el Samdhirja; el Suvaröaprabhsa; el Laökvatra; el Saddharmapuö¶ar´ka («El Loto de la Verdadera Ley»); el Karaödavyèha, en el que se desarrolla la doctrina del îdi Buddha, y el tema de una larga serie de esculturas
en Borobudur; y el Amityurdhyna y muchos otros Sètras; todos éstos están comprendidos desde los siglos
segundo a quinto d. C., y la mayoría existen en versiones tibetanas y chinas
tanto como sánscritas. Los nombres de los grandes doctores del Mahyna son Ngrjuna, A§vagho·a, îryadeva, êntideva, y los hermanos Asaºga y Vasubandhu.
2. Doctrina y Vía
Las doctrinas básicas y
esenciales, ostensible y probablemente expresadas realmente en las propias
palabras del Buddha, se enuncian en el Canon pali H´nayna. En su forma más breve, se trata de una doctrina de la causalidad (hetuvda); todos los fenómenos son partes de una serie
causal sin comienzo —«siendo esto así, eso deviene; no siendo esto así, eso no
deviene». Otras afirmaciones breves son: «De todas las cosas venidas a ser
causalmente, el Buddha ha dicho la causa»; «Lo que ha tenido un comienzo debe
cesar también» (es decir, «la muerte es cierta para todos los seres nacidos»);
«Esto es lo que yo expongo, el Mal y la cesación del Mal»; «Todas las cosas
compuestas son transitorias»; «Todos los seres se alimentan de alimento, todos
son compuestos».
La gran importancia del
principio de la causalidad, para lo que es realmente una diagnosis médica, es
esto, que si no pudiera señalarse ninguna causa del «Mal» (dukkha, la miseria de la existencia sujeta a la
originación, el cambio y el declive), tampoco podría encontrarse ninguna manera
de poner fin a esta enfermedad intrínseca de la «vida» o del «devenir» (bhava). La causa del Mal es la «Ignorancia» (avijj ); es decir, nuestra ceguera congénita a la
verdadera naturaleza del mundo fenoménico del que nosotros somos una parte y al
que, mientras que nosotros no comprendemos su «vanidad» (suat ), estamos atados por
nuestros «deseos» (kma) y por nuestra «sed» (taöh ) como si fuera a un espejismo. La noción misma de
«posesión» (mamat, «mieidad») es un engaño,
pues «pertenece a la naturaleza misma de todas las cosas queridas y atractivas
ser mudables, para que nosotros seamos privados de ellas, y cambiemos. ¿Cómo, entonces,
es posible “tenerlas”?». El nacimiento y la muerte no son meramente el primero
y el último de los acontecimientos de la vida, sino de su substancia misma. Las
características de la vida son la miseria (dukkha),
la transitoriedad (anicca), y la ausencia de una
individualidad persistente (anatt
). La
Ignorancia es el «pecado original» por cuya causa nacen los seres. Esto no
significa que un budista pueda desear no haber nacido nunca, o que pueda
cometer suicidio; el nacimiento como un ser humano es la oportunidad suprema
para escapar de toda necesidad de nacer siempre de nuevo.
Como una operación
psico-física, la vida es un proceso de combustión que requiere del suministro
continuo de alimento o de combustible físico y mental, si se ha de mantener su
calor febril; los fuegos son los de la pasión, la malicia, y el engaño (rga, dosa, moha). Pero si se le retira su combustible por el
desapego de todas sus persecuciones, los fuegos ya no «tiran» (alientan); y el
resultado de esa «despiración» (Nirvöa) es precisamente esa
reducción de la temperatura y el estado de no inclinación del que depende toda
felicidad verdadera y estable; por consiguiente, encontramos en constante
aposición las palabras nibbuto (despirado) y s´tibhèto (enfriado, refrescado). La palabra Nirvöa (pali nibbna) misma ha conducido,
quizás, a más interpretaciones erróneas que ningún otro término budista.
Ciertamente, implica una «muerte»; algo así como se «apaga» y se «extingue» el
fuego. Pero si hemos de evitar el gran error implicado en una traducción de Nirvöa por palabras tales como «aniquilación» (lo cual
sería evadir toda la cuestión del significado de la «inmortalidad» budista, y
contrario a la repudiación expresa del Buddha de todas las herejías
«aniquilacionistas»), debe observarse que la referencia de Nirvöa (o Parinirvöa) a la muerte fisiológica es
sólo un caso especial de su significado general; las referencias comunes son a
la terminacin de las etapas de una vida
continuada —cada una de cuyas transformaciones implica la detención de o la
muerte a una condición anterior y una continuación en alguna otra condición
superior. Por ejemplo, cuando Yasod ve por primera vez al
Príncipe Siddhattha aspira a ser su esposa, y se refiere a ese fin de su doncellez como un Nirvöa— es decir, no es una extinción (aunque ella ya no será una doncella)
sino una consumación y un cumplimiento; y similarmente, a las sucesivas etapas
en la instrucción de un corcel real (análoga a la instrucción del individuo
humano) se les llama como otros tantos Parinirvöas, lo cual equivale a decir que el potro está muerto, y que el corcel
está perfeccionado. Así, nosotros «subimos por los escalones de nuestros sí
mismos muertos»; y cuando la palabra Nirvöa se usa absolutamente con referencia al Gran
Despertar de un Arahant, esto es meramente el
último paso, e implica que se ha llevado a cabo todo el trabajo de
ego-anonadación. Esto es el fin de todo devenir y el más allá de todos los
estados del ser; cuando «se ha hecho lo que tenía que hacerse» (katam-karaö´yam), y se ha dejado caer el pesado fardo de la
existencia, ya no hay ningún retorno a una existencia condicionada, en la que
para ser, uno debe ser fulano o mengano. Este fin y summum
bonum, el mismo para los hombres
y para los dioses personales más altos (a quienes ahora deberíamos llamar
ángeles), es alcanzable (y preferiblemente) aquí y ahora, o en el punto de la
muerte, o en el más allá desde cualquier posición en el cielo que uno pueda
haber ganado con la práctica de la virtudes morales o el hábito de las virtudes
intelectuales. Pues mientras no se ha alcanzado la meta, queda la posibilidad
de una última caída desde «la sumidad del ser contingente» (bhavÕagga).
A menudo se pregunta: ¿Cuál
es la condición del Buddha, o Arahant, después de la muerte? Y aunque la
aniquilación se niega expresamente («decir de un monje así liberado [vimutta] que ni conoce ni ve sería impropio»[2];
después de la muerte, el Buddha «es», aunque ni aquí ni allí)[3],
siempre se responde que las palabras (en tanto que su aplicación es sólo a las
cosas que tienen comienzos y finales) son inadecuadas, y que no es aplicable
ninguna de estas frases «es» o «no es» o «es y no es» o «ni es ni no es»:
ciertamente, incluso en esta vida un Buddha está más allá de nuestra
aprehensión; cuantísimo más, entonces, cuando el cuerpo ya no es. Por
consiguiente, se rechaza una mayor discusión de lo que es «indecible». Debido
justamente a las limitaciones de la «lógica», debe recurrirse a la va negativa (como también lo hace la
teología cristiana) cuando la referencia es la realidad supremamente positiva;
por ejemplo, puede decirse que la liberación es de,
pero no puede decirse lo que es una independencia absoluta.
La detención del devenir (bhava-nirodha) es el Nirvöa; y lo que esto implica sólo puede ilustrarse con
analogías (upam) tales como la de «la senda
de un pájaro en el aire, que no deja ninguna huella». La realidad última es
«vacío» (sua) de toda esencia psíquica (attan´ya), y de todos los defectos que le pertenecen; de
aquí que el «Vacío» sea sinónimo del Nirvöa.
Así pues, el gran trabajo
que ha de hacerse es un trabajo de ego-anonadación; es decir, un trabajo de
erradicación, a la vez de la raíz y de la rama, de la noción (mna) «yo y mío» —denegat seipsum[4]. Pues todo el sufrimiento
va aparejado al concepto de yo soy esto, o yo soy eso; y haberse desecho de
este fardo es una beatitud tan grande que no admite comparación[5].
De todos los engaños a los que los hombres están sujetos, el más grande es el
de su convicción de la constancia y la realidad de su «nombre y apariencia» (nmarèpa), es decir, de su ego (aham),
o «sí mismo» (att) —el «eso que tú llamas
“yo, o mí mismo”» de Boehme— con el que se identifican las «muchedumbres
inenseñadas» y animistas (entonces, como ahora); y el aspecto más peligroso de
esta creencia es el de la identificación del Sí mismo, no con el cuerpo visible
(tan evidentemente inconstante), sino con el «alma» invisible, cuya
persistencia se asume durante toda nuestra vida, e incluso más allá de ella.
Por consiguiente, una gran parte de la enseñanza budista se dedica al análisis
destructivo de este «sí mismo» o «alma» (att) o «ser» (satt) postulado (sammuta); y debe comprenderse claramente que no se trata
sólo de ser «inegótico», sino de una ego-negación completamente literal
—ego-negación de la que el «inegoísmo» en el sentido ético será sólo una
consecuencia y un síntoma natural.
El «sí mismo» psico-físico
es un haz de cinco «troncos» o un compuesto de cinco «elementos», a saber, el
cuerpo visible (rèpa, kya) y la sensibilidad invisible (vedan ), la memoria (sa ), las construcciones (sankhr )[6],
y la consciencia, discriminación o valuación (vina); o más brevemente, de cuerpo con consciencia,
donde este último término incluye entonces a los otro cuatro componentes que
corresponden al «alma» con sus contenidos. Todo el que no quiera estar engañado
debe conocer este compuesto «como deviene» (yath bhètam), es decir, como un proceso
causalmente determinado, cuyas peculiaridades exhibidas en un momento dado, son
las consecuencias de los acontecimientos pasados, pues este hombre, Fulano, es
el «heredero» de los actos pasados (kamma); el compuesto no es
«nuestro», porque «nosotros», que estamos «tragados en él», no podemos decir
«sé así, o así», sino que debemos tomarlo como es. Se demuestra insistentemente
que tanto los contenidos como la totalidad de este «sí mismo» son inconstantes,
nunca los mismos de un momento a otro; «la vida de un mortal dura lo que le
lleva a un pensamiento suceder a otro»; y el análisis acaba invariablemente con
las palabras, «eso no es mío, yo no soy eso, eso no es mi Sí mismo».
Estas palabras son una
definición negativa del Sí mismo que yo soy.
Una vez al menos al análisis
le sigue el mandato, «Haz del Sí mismo tu refugio» (kareyya saraöÕattano[7]), un mandato que es
familiar también en el dicho bien conocido del Buddha, «Haced del Sí mismo
vuestra lámpara, del Sí mismo vuestro refugio», y que cuadra con el concepto de
un Sí mismo que ha de buscarse en tanto que opuesto al de un sí mismo que ha de
repudiarse. Es evidente que el Sí mismo al que se alude así, no puede ser
igualado con el sí mismo irreal, compuesto y mortal que se ha venido analizando
y cuyo poso nos está aplastando ahora. Así pues, si se han de comprender las
fórmulas budistas, debe comprenderse que, al igual que en todas las tradiciones
metafísicas, «hay dos (sí mismos) en nosotros», y que una sola palabra att (sánscrito, tman) puede referirse a uno u otro de estos «sí mismos» acordemente a la
intención del contexto; de la misma manera que una sola palabra «alma» puede
referirse ya sea a la «vida» carnal o ya sea al «Espíritu», es decir, «al Alma
del alma»; o como la palabra «sí mismo» puede referirse al hombre exterior y
«egótico» o al Hombre interior e «inegótico», es decir, al «Hombre en este
hombre»; de acuerdo con una convención bien establecida, nosotros ya hemos
hecho esta distinción escribiendo por una parte «sí mismo» con minúscula y por
otra «Sí mismo» con mayúscula.
Las referencias budistas al
Sí mismo son explícitas; por ejemplo, «El Sí mismo es el Señor del sí mismo, el
Sí mismo es la meta del sí mismo». El Gran Sí mismo (mahÕatt ) o Sí mismo Bello se distingue del pequeño
sí mismo o sí mismo sucio, y es su juez o su consciencia; los dos sí mismos
están en guerra entre sí, hasta que el sí mismo ha sido domado o conquistado.
Así pues, se pregunta, «¿Con cuál sí mismo (kenÕattan ) alcanza uno el mundo de Brahma?» y a esto se dan respuestas
diferentemente formuladas, por ejemplo, «con el Sí mismo purificado», «con el
Sí mismo hecho devenir», «con el Sí mismo Brahma devenido» (o «Brahm devenido», según lo requiera
el sentido). El Buddha conoce el mundo de Brahma, y todos los caminos que
llevan a él, como el que nació y se crió allí. Pero no puede decirse del Sí
mismo que «es» o «no es», o que «es y no es», o que «ni es ni no es»; y aquí el
«sí mismo» es sinónimo del Tathgata (el Encontrador de la
Verdad), es decir, el Buddha.
La Vía (magga, una palabra antigua que implica la persecución de
las huellas), que no es una invención del Buddha, sino una «Vía Antigua»
reabierta, se ha enseñado, ciertamente, pero pertenece a cada hombre
individualmente «abrasarse en la tarea» hasta que se haya terminado; la Vía se
sigue por amor de lo que no se ha enseñado, porque no puede enseñarse. Hasta
que no se ha alcanzado el «fin del camino», el peregrino sigue siendo un
aprendedor (sekho), pero una vez alcanzado,
deviene un «inenseñado» (asekho), es decir, un adepto o un
experto; hasta «el Fin del Mundo», que no ha de alcanzarse «por pasos», sino
dentro de vosotros, no habrá ningún escape del Mal. En este punto emerge el
significado de la «Fe». Aquellos que todavía no han «escuchado», sostienen toda
suerte de «creencias» mayoritariamente falsas (diÊÊhi,
opiniones), y se debe únicamente a su fe
en la autoridad de el que ha alcanzado la meta, por lo
que un hombre será llevado a adoptar la vida sin hogar del peregrino, sostenido por el amor de un fin todavía invisible;
sólo si nosotros creemos en la credibilidad de un testigo actuaremos en
consecuencia, especialmente si la acción demanda una gran renunciación. Por
otra parte, el adepto, que ha alcanzado efectivamente la meta, ya no es un
«fiel», ya no es un discípulo «que camina por la fe»; «la gnosis (öam) es mejor que la fe».
La práctica de las virtudes
por el hogareño, notablemente de la generosidad, conduce al renacimiento en los
felices mundos del cielo, pero por sí sola no conduce a la liberación; la vida
de hogareño es como mucho una «senda polvorienta», llena de preocupaciones
mundanales. La Vía enseñada por el Buddha, y que, por una variedad de imágenes,
conduce más allá de la tierra al Fin del Mundo, o más allá del mar a la Otra
Orilla, o corriente arriba hasta su Fuente, o corriente abajo al Mar en el que
los ríos «pierden sus nombres y su definición», o en todo caso al logro de
condiciones de existencia cada vez más altas, y finalmente (ya sea ahora o ya
sea después) a un fin más allá de todas las condiciones, es la vida del «Que
camina con Dios» (brahma-cariya o dhamma-cariya), vida a la que el monje budista se confía bajo un
Maestro. La disciplina monástica, considerada como una instrucción en el
auto-control por el Sí mismo, es una vida de purificación (sujjhana —katharsis, va purgativa) de todo lo que no es el Sí
mismo, y especialmente de todas aquellas salidas o flujos sucios (sav ) por los que el Sí mismo es contaminado
exteriormente. El seguimiento de la Vía, además de la evitación de todo apego
mundanal y de toda incontinencia, sexual u otra, implica una práctica de todas
las virtudes requeridas ordinariamente por cualquier regla monástica de
severidad moderada. Pero el procedimiento no es en modo alguno sólo negativo;
al mismo tiempo es también de desarrollo ético e intelectual; es decir, en
términos budistas, es un procedimiento de «crianza» o de «hacer devenir» (bhvan ) las cualidades deseables, ya que el trabajo
de ego-anonadación coincide con el de el «hacer devenir» al Sí mismo, pues
aquel cuyo ego ha sido «anonadado» (atta-jaho) es igualmente aquel cuyo
Sí mismo ha sido «hecho devenir» (bhvitÕatto). Este «hacer devenir» es
un procedimiento deliberado y controlado, que ha de distinguirse tajantemente
del «devenir» no regulado que es característico de una mera existencia y del
que se busca una liberación. «Hacer devenir» es esencialmente una vía de
práctica contemplativa (jhna, sánscrito dhyna, que en chino deviene chÕan,
y en japonés zen) —ética e intelectual,
porque, de hecho, la liberación tiene estos dos aspectos lógicamente distintos,
y debe realizarse en ambos ámbitos, es decir, en lo que concierne a la voluntad
(ceto-vimutti ) y en lo que concierne a la
comprensión (pa-vimutti
).
La contemplación ética
consiste en la práctica de los cuatro brahma-vihras o «estados divinos» —a saber, una penetración expresa del universo
entero y una extensión a todos los seres vivos, cualesquiera que sean y
dondequiera que estén, de sentimientos de amor, de simpatía, de ternura y de
imparcialidad— en los que se desea «Que todas las cosas vivas devengan un Sí
mismo beatificado» (sukhitÕatt
). No es
necesario decir que esta devoción incluye el amor de los enemigos; contra
quienes, cualesquiera que sea la provocación, un monje no puede sentir cólera.
La práctica de los «estados divinos» es una purificación del corazón y
establece el hábito de la caridad perfecta.
Por otra parte, las
contemplaciones (jhna), a saber, cuatro en las
cuales persiste una imagen objetiva y cuatro «sin imagen», son logros de grados
o estaciones de consciencia (vina) en la jerarquía de los
estados del ser más allá de aquellos en los que el practicante funciona
normalmente; la síntesis (samdhi
) es un
estado de consumación unificada que se alcanza en cualquiera de estos niveles.
Los estados de contemplación son análogos a las estaciones de la «experiencia
mística», pero difieren en este aspecto, a saber, que el contemplativo (jhy´, dh´ra, yog´ ) se considera proficiente (kusala) sólo cuando es capaz de alcanzar, de permanecer o
de abandonar cualquiera de ellos, y de pasar de uno a otro, en una u otra
dirección, a voluntad. Cada grado de esta escala es una liberación en su tipo, pero todos
ellos, con sus respectivas ventajas y desventajas, no alcanzan a la meta final
por el hecho mismo de su relatividad; ningún Comprehensor querría permanecer en
ninguno de estos estados siempre. Los poderes milagrosos (iddhi ), tales como el de caminar sobre el agua o el de
pasar a través de obstáculos sólidos, son resultados accidentales de la
práctica contemplativa, pero no deben buscarse por sí mismos ni pueden
exhibirse públicamente.
Hay también lo que puede
llamarse meditaciones, o más bien «recordaciones» (sat´ )
que contemplaciones. En la «recordación de la muerte» (maraöasat´ —«memento mori»), practicada a veces en la
presencia de un cuerpo en putrefacción, se presta atención a la sujeción de
todas las cosas y de todos los hombres al cambio y al declive y a la
inexpresable brevedad de la vida bajo cualesquiera condiciones que sean. En la
«recordación de los nacimientos anteriores» (jti-sara), que es al mismo tiempo una recordación de los eones (kappa) pasados, se recupera, según el grado de la
capacidad propia (poseída absolutamente sólo por un Buddha), la memoria de las
etapas de la larga senda recorrida en eones pasados, en cuyo curso se han
vertido más lágrimas de las que llenarían el mar. Esta recordación nos
introduce al difícil tema de la «reencarnación»; y aquí debe dejarse muy claro
algo que han reconocido muchos eruditos, pero que raramente han comprendido, a
saber, que el budismo no sabe nada de una «reencarnación», en el sentido
actualmente aceptado, de renacimiento en la tierra de una «alma» idéntica en
otro cuerpo; explícitamente, «no hay ningún ser (satt ) que pase de un cuerpo a otro, como un hombre podría dejar un pueblo y
entrar en otro». Lo que tiene lugar es la reintegración de una consciencia (vina) bajo condiciones
predeterminadas por las acciones pasadas (kamma),
las cuales han de considerarse como las de
la nueva consciencia sólo en el sentido de posesión por herencia. Lo que se
transmite y se regenera, se simboliza adecuadamente por el encendido de un
fuego desde otro; lo que se renueva no es una entidad, sino un proceso. El
ignorante piensa, «yo era en el pasado, yo soy ahora, y yo seré en el
futuro»; pero, en realidad, las «habitaciones anteriores» que se recuerdan, no
eran, en mayor medida que el presente recinto de uno, nada sino el quíntuple agregado «que no es yo, ni mío»; y
ningún monje iluminado será tan necio como para decir «en el tiempo pasado yo
fui Fulano, o yo soy ahora Fulano, o yo seré Fulano». Las expresiones «yo» y
«mío», y «un ser» (satt
), son
meramente convenciones y maneras de hablar,
que se permite que usen un Buddha o un monje iluminado en la vida de cada día
para los propósitos prácticos, pero que no han de tomarse como aserciones de
una realidad correspondiente. Así pues, se efectúa una distinción clara entre
la verdad pragmática (sammuti, vohra) y la verdad absoluta (paramattha), de las cuales sólo la
última es realmente válida, «uno, sin segundo». Un hombre de conocimiento «no
se inquieta por lo que es irreal» (asati na socati ) —es decir, ni por «él mismo», ni por todo lo que
«no es mi Sí mismo».
Un punto más respecto a la
realización de la «pureza» intrínseca del santo, cuyo exemplum familiar es la antigua semejanza de la pulida hoja
de loto a quien no moja el agua en la que crece y sobre la cual reposa: de la
misma manera, el Liberado (vimutto) no es contaminado por las
cualidades humanas, es decir, por ninguno de los contrarios en los cuales se
apoya la experiencia y entre los cuales se hacen nuestras elecciones éticas; no
conoce ni las atracciones ni las aversiones, y está tan poco teñido por la
virtud como por el vicio. Hacer elecciones, como entre el bien y el mal, es un
medio de procedimiento absolutamente indispensable, pero, para el que ha
llegado, ya no tiene más utilidad que una barca para el que ha «cruzado», y
está ahora a salvo en tierra; todo apego, ya sea al vicio o a la virtud, es una
barrera para dar el último paso.
Como se señala a menudo, el
Buddha enseña su Ley (dhamma) siempre en los términos
del medio (majjhe), evitando ambos extremos (ant ); por ejemplo, se niega a decir de las cosas que
«son» o «no son», o de la identidad aparente que permanece la «misma» o «no la
misma» en la secuencia de la causa y el efecto; de manera que depende mucho de
qué entendemos nosotros por «es» y de qué entendemos por «mismo». La aplicación
más interesante del principio de la «Vía Media» es al tiempo: así, el momento
sin duración que separa el pasado del futuro abarca la totalidad de una
existencia, la cual ya no es la misma sino otra pues el flujo de momentos
continúa sin ruptura. El momento (khaöa, «vislumbre») permanece el
mismo; somos nosotros quien cambia. La Eternidad no está en el tiempo, es ahora; se sigue que este ahora indivisible es la oportunidad siempre-presente del hombre, la puerta de la
inmortalidad que el Buddha «abrió» con su «Giro de la Rueda de la Ley» (dhamma-cakka, o a veces brahma-cakka), y a la que el discípulo «está llamando».
A menudo el Mahyna se contrasta tajantemente con el H´nayna; pero bajo el punto de vista de este
escritor, el Mahyna representa una expansión
perfectamente ortodoxa, y en modo alguno «degenerada», de doctrinas ya
enunciadas en el Canon; por ejemplo, las de la Vía Media, el Vacío, el Momento,
y la de la distinción entre la verdad pragmática y la verdad última; hay poca
diferencia entre la posición canónica de Buddhaghosa en el siglo quinto y la de
los §ènyavdins o mdhyamikas. Las dificultades inherentes a la dialéctica
del Mahyna vienen de la verdad
universalmente reconocida de que Trasumanar significar per verba
non si poria [«Trascender la naturaleza humana no puede decirse
en palabras» (Dante, Paradiso, 1.70)]; todas las
discusiones de acciones sin un agente, de conocimiento sin un conocedor, y la
imposibilidad del conocedor conociéndose a sí mismo (como el dedo no puede
tocarse a sí mismo) revierten a esto. Finalmente, uno deviene consciente de la
imposibilidad de conocer algo —a saber, los objetos,
debido a que ellos nunca se detienen a ser; nuestra propia realidad, debido a
que ella no es un objeto. Así pues, el conocimiento relativo de los «hechos de
la experiencia», en los términos de sujeto y objeto —conocimiento implicado por
la «consciencia» que, en la parábola de la barca, es indispensable como medio,
pero de ninguna utilidad ya cuando se ha alcanzado el fin— está confinado en la
naturaleza existencial y es apropiado solo a la naturaleza existencial que le
presupone; pero es una verdadera ignorancia cuando se considera a la luz de la
comprensión absoluta (pa
) que no se
deriva de los objetos percibidos. Este conocimiento no es de la Talidad o la Verdad (tathat ), sino que es la Verdad misma. En tanto
que tal, la Verdad, sinónimo ya de «Buddha», de «Dharma» y de «Brahma», es
omni-inclusiva, lo infinito no otro que lo finito,
y éste es el sentido del famoso aforismo «el Samsra y el Nirvöa son uno y lo mismo». El
hecho de que lo relativo jamás está así realmente fuera de contacto con lo
absoluto, deja, al mismo tiempo, sitio para el culto de las imágenes y de las
reliquias como soportes de contemplación, y para el concepto de la compasión o
la gracia (karuö ) del Buddha. Sería un error
realizar slo la transitoriedad de la
existencia, o slo la atemporalidad del Nirvöa; la negación y la afirmación son ambas slo verdades parciales, entre las cuales la Vía Media
es una Vía de silencio. El que ha alcanzado el fin no alberga ningún concepto,
«en él no hay ninguna asumición ni ninguna desestimación»; esto ya se había
enunciado en el Canon. Se aprende a pensar en «uno mismo» y en las demás
«cosas» en los términos de un proceso; y habiendo desarrollado una creencia en
su propia entidad positiva, se comprende también que no puede decirse que ellas
no tienen ninguna existencia; y cuando finalmente ya no se presenta el problema
de «es» o «no es», y ya no puede preguntarse, entonces no queda ninguna
distinción entre la gnosis resultante y el gnóstico residual; esto es la «paz
que rebasa toda comprensión» budista.
3. Buddhología
¿Quién era el Buddha? En un
sentido estadístico, la pregunta carece de significado: «es inútil», como dice
él mismo, «preguntar mi nombre o parentesco —yo ando errante en el mundo, un
nadie sin nombre». Esto representa un «retorno» —si tenemos presente que, según
la antigua doctrina de la que las enseñanzas budistas son solo una nueva
versión, «éste que no nace ni muere, el eterno, no viene de ninguna parte ni
deviene jamás un alguien». Formulada desde otro punto de vista (como en las Upani·ads, «¿Cuál es el Sí mismo?»), la pregunta, ¿Quién?,
sólo puede responderse en los términos de los epítetos impersonales, que deben
ser muchos debido a que hay muchos puntos de vista desde los cuales Eso puede
ser considerado. Entre todos éstos, muchos son los antiguos nombres que eran
los de Agni o el Sol en la tradición védica; y no debe pasarse por alto que el
nombre del futuro Buddha, Metteya, implica que es un «vástago
de Mitra», es decir, del Sol o del Fuego, ese «Ojo en el Mundo» que es una de las
designaciones bien conocidas del Buddha. Entre los nombres que comparte con las
grandes divinidades brahmánicas están los de Persona Suprema, Gran Héroe,
Dispensador, Médico, Auriga, y Dios de dioses; en sus propias palabras, el
Buddha está liberado de todas aquellas condiciones que podrían hacer de él un
dios (ángel), un espíritu, un daimon, o un ser humano, uno entre otros; él es
un Buddha, y como tal fuera de todas las categorías; de la misma manera que
todos los demás «vueltos a casa» ya no pueden ser contados.
Sin embargo, los más
significativos de los términos por los que se alude al Buddha son los de dhamma-bhèto y brahma-bhèto, «Ley Eterna devenido» y
«Brahma devenido», los cuales aparecen repetidamente en aposición. El Buddha
dice de él mismo que «El que me ve, ve la Ley Eterna, y el que ve la Ley
Eterna, me ve»; igualmente, él se refiere a sí mismo, y se hace referencia a él
como «Él, cuyo nombre es la Verdad» (saccam). Ahora bien, para las
audiencias esencialmente brahmánicas a quienes el Buddha predicó (y nosotros
mismos debemos ponernos en la situación de ellos, si queremos comprenderle a él, que siempre
predicaba ad hominem), estos nombres principiales habían sido desde el comienzo los de una
y la misma esencia eterna, una esencia, además, idéntica con la del Sí mismo
inmanente en todos los seres. El hecho de que el Buddha mismo es este Sí mismo,
que la suya es esa misma naturaleza que debe ser servida (bhatti, sánscrito bhakti ) y hecha-devenir dentro de vosotros, lo sugieren las apelaciones de Vissantara y de Vessantara; y en más de una ocasión se
afirma que «el Sí mismo despertado es el Despierto» (buddhatt yeva buddho
ti ). Así pues, la Buddheidad
representa una meta potencial alcanzable finalmente por cualquiera que toma
sobre sí mismo los votos de un Bodhisatta y los cumple. En algunos
casos la liberación final de un Bodhisatta puede ser retrasada por la
naturaleza misma de su resolución de funcionar como un Salvador «hasta que la
última hoja de hierba se haya liberado».
La universalidad de la
naturaleza de Buddha es explícita en el Mahyna, donde, en el elaborado panteón, encontramos también la concepción de
un îdi Buddha (el Buddha
primordial), de quien todos los demás Buddhas («humanos» o «contemplativos») y Bodhisattvas son manifestaciones diversificadas, mientras que
las Trs (Salvadores femeninos), que
son sus consortes, representan su «Sabiduría» y corresponden en todas sus
formas, notablemente en la de la Prajpramit suprema, a la Sophia cristiana.
En el epíteto «Brahma-devenido»,
brahma- es gramaticalmente ambiguo,
pero en aposición a buddha, y en muchas expresiones
sinónimas de dhamma-, no puede comprenderse que
significa Brahm, la deidad personal suprema de la edad. Pues el
Buddha no sólo ha sido ya en nacimientos anteriores, antes de ser un Buddha, un
Brahm
o Mahbrahm, sino que, por grande que
pueda ser la gloria de un Brahm y por larga que pueda ser su vida, se recalca
repetidamente que el conocimiento y la comprensión de un Brahm son muy limitados si se los
compara a los de un Buddha; el Buddha es un maestro de Brahms, no ellos el suyo; y él es
explícitamente «mucho más que un Mahbrahm». También se recalca que
haber alcanzado sólo los mundos empíreos de Brahma, por grande que sea esta
recompensa, no es el «escape final»; en vidas anteriores, como un Bodhisatta, el Buddha sólo había enseñado la Vía hacia estos
mundos, pero como un Buddha, él mismo «Brahma-devenido», conoció y enseñó la
vía del escape final de toda la existencia circunstancial en todos los modos,
ya sean humanos o divinos.
4. Cosmología
El esquema de la sucesión de
los ciclos, no sólo es de gran interés intrínseco, sino que ha de considerarse
como el trasfondo formidable frente al que se representa todo el drama de la
liberación. «Hay estos cuatro eones (kappas) incalculables: los de la
involución, el estado de involución, la evolución, y el estado de evolución».
Todos estos juntos constituyen un Gran Eón (mahkappa); nuestro mundo, habiendo evolucionado hace mucho, está ahora en un
ciclo de involución, es decir, de disolución, y finalmente será destruido por
el fuego, o por el agua o por el viento; tales destrucciones se extienden hasta
los mundos de Brahma, en los que todos los seres vivos permanecen latentes
hasta que la evolución de los mundos comienza de nuevo desde el nivel más alto
afectado por la disolución; entonces los seres descienden desde el îbhassara a los mundos de Brahma más bajos, y en el curso
debido a reinos cada vez más bajos a medida que estos aparecen en el orden
descendente de la materialización progresiva. Todo este proceso sin comienzo,
constituye el «conflujo» (samsra) o el ciclo del devenir (bhava-cakka), del que el Buddha es omnisciente y del que enseña
la vía de escape; el Liberado (vipamutto), el Arahant, «trasciende los eones»; la Ley Eterna con la que
el Buddha se identifica es «intemporal».
5. En Conclusión
Algunos de los «místicos»
europeos más grandes han afirmado que «a Dios se le llama justamente “Nada” (nihil )»: el Maestro Eckhart habla de la libertad de la
Divinidad «en su no-existencia». Sería difícil distinguir este «nihilismo» (que
es sólo otro aspecto del «realismo» Escolástico) del «nihilismo» budista, que
iguala el Nirvöa con el «Vacío», y que al
mismo tiempo afirma que este «innacido, inhecho, indevenido e incompuesto es, y que si no fuera, no habría ninguna vía de escape
de lo nacido, de lo hecho, de lo devenido y de lo compuesto». En otras
palabras, la «Vacuidad» adentro de la cual escapa el Liberado, no está «vacía»
por privación, puesto que no contiene ninguna de esas «cosas» que son en sí
mismas privaciones, y cuya verdadera no-entidad ha sido realizada por el
Liberado que ahora «trasciende los eones»; el «reposo» y la «paz», que son
sinónimos de Nirvöa, y que están más allá de
nuestra comprensión, son, literalmente, la fiesta y la vacacin del hombre, abiertos aquí y ahora a aquel cuyo
trabajo de ego-anonadación ha sido perfeccionado; o si no ahora, entonces en lo
venidero, cuando se haya completado la tarea, y toda la potencialidad se haya
reducido a acto (kata-karaö´yam).
Buddhaghosa puede decir que
el Nirvöa es una muerte o una
destrucción (khaya):
Pues hay
Voluntad, pero nadie que la sienta;
Pues hay
acción, pero ningún agente;
Y hay paz,
pero nadie la saborea;
Hay una vía,
pero ningún viajero
pero está igualmente atento
a decir, y es igualmente ortodoxo al decir, que no hay ninguna muerte o
destrucción de nada excepto de las pasiones, los defectos, y de todos los
engaños posibles. Como dice el Maestro Eckhart, «Contempla el alma divorciada
de todo algo», o, nuevamente, «El alma debe entregarse a la muerte». Éstos son
«dichos duros»; pero debe comprenderse que una «teología mística» tal como
ésta, al igual que la de Dionisio, no puede ser aprehendida aparte de la
«teología ascética» que implica. La Vía es «para aquellos cuyas necesidades son
pocas», y sólo para ellos. El Precursor nos pide que abandonemos todas nuestras
«grandes posesiones», bienes materiales y mentales, vicios y virtudes juntos,
para seguirle a un fin de la senda más allá de todos los valores cualesquiera
que sean, a la realización de una Dignidad Eterna que no es un valor, pero de
la que todos los valores dependen. El Buddha podría haber dicho con el Maestro
Eckhart que «Lo que teme el novato es la delectación del experto».
Traducción:
Pedro Rodea
* Este artículo se publicó por primera vez en Religion in the Twentieth Century, edit. Vergilius Ferm, New York, 1948.
[1] «Nirvöa» ha sido
desde hace mucho tiempo una palabra naturalizada en inglés, y por consiguiente
se emplea aquí en esta forma sánscrita, más bien como la forma pali Nibbna. Todos los demás términos se citan en sus
formas pali.
[2] D´gha Nikya II.68.
[3] Milindapaha 72.
[4] Latín para «niéguese a sí
mismo».
[5] Esto puede hacerse más
inteligible si señalamos que hay psicólogos modernos que han afirmado casi con
las mismas palabras que el concepto o postulado de la individualidad es «la
verdadera madre de todas las ilusiones» y que una persona sería «infinitamente
más feliz si aceptara la pérdida de su sí mismo individual»; «individualidad y
falsedad son uno y lo mismo». Cf. también el «Vivo, pero no yo» de San Pablo;
el O. Fr. «morir vivo»; y el islámico «Morid antes de morir» y «el hombre
muerto andando»; el «Stirb ehe du stirbst» de Angelus Silesius; «¿Cómo puede
decirse de eso que nunca está en el mismo estado que “es” algo?» (Platón, Crtilo 439E). Casi siempre y por todas partes se ha
comprendido que nuestra vida es un sueño del que nosotros podemos despertar más pronto o más tarde.
[6] Aquí, las nociones, postulados,
creencias, opiniones e ideas fijas —por ejemplo la de «progreso»—
que son las convicciones de los individuos o de los partidos; pero en otros
contextos, más generalmente alguna o todas las cosas que «devienen».