ANANDA K. COOMARASWAMY: LA NATURALEZA DEL
ARTE BUDISTA*
Él
mismo no es traído a la existencia en las imágenes que se manifiestan
a
través de nuestros sentidos, pero Él nos manifiesta todas las cosas
en tales imágenes.
Hermes, Lib.
V.1b
Para comprender la
naturaleza de la imagen del Buddha, y su significado para un budista, para
comenzar, debemos, reconstruir su entorno, rastrear su extracción, y remodelar
nuestra propia personalidad. Debemos olvidar que estamos mirando a una pieza de
«arte» en un museo, y ver la imagen en su sitio, en una iglesia budista, o como
parte de un muro de roca esculpido; y, una vez vista, debemos recibirla como
una imagen de lo que nosotros mismos somos potencialmente. Recordemos que somos
peregrinos que venimos desde de una gran distancia para ver a Dios; y que lo
que veamos depende de nosotros mismos. Lo que tenemos que ver, no es la
semejanza hecha por las manos, sino su arquetipo trascendental; tenemos que
tomar parte en una comunión. Hemos escuchado la Palabra hablada, y recordamos
que «El que ve la Palabra, Me ve; así pues, tenemos que ver esta Palabra, ahora
no en una forma audible, sino en una forma visible y tangible. En las palabras
de una inscripción china, «Cuando contemplamos las características preciosas,
es como si la persona total y verdadera del Buddha estuviera presente en
majestad… El Pico del Buitre está ante nuestros ojos; Ngarahra está presente. Hay una
lluvia de flores preciosas que priva de color a las nubes mismas; se escucha
una música celestial, suficiente para silenciar el sonido de diez mil flautas.
Cuando consideramos la perfección del Cuerpo de la Palabra, se evitan los ocho
peligros; cuando escuchamos la enseñanza del Intelecto Supremo, se alcanza el
séptimo cielo» (E. Chavannes, Mission archologique dans la Chine septentrionale, 3 vols., París, 1909-1913,
1, 340). La imagen es la de un Despertado: y tiene como finalidad el despertar
de quienes estamos todavía dormidos. Los métodos de la «ciencia» objetiva no
bastarán; no puede haber ninguna comprensión sin asimilación; comprender es
haber nacido de nuevo.
El epíteto de «Despertado»
(Buddha), evoca en nuestras mentes de hoy el concepto de una figura histórica,
el descubridor personal de una Vía de salvación ética, psicológica,
contemplativa y monástica de la infección de la muerte: Vía que se extiende
desde aquí hasta un Fin último y beatífico, al que se llama, diversamente,
Reversión, Despiración o Liberación, que es indescriptible en los términos del
ser o el no-ser, considerados como alternativas incompatibles, pero que,
ciertamente, no es una existencia empírica ni una aniquilación. El Buddha «es»;
pero «no puede ser aprehendido».
En el arte budista
desarrollado, que es el que nos interesa ahora principalmente, damos por hecho
el predominio de la figura central de un «Fundador» en una forma que sólo puede
describirse, aunque con importantes reservas, como antropomórfica. Si tenemos
en cuenta la manera en la que esta figura, usualmente monástica, pero a veces
también regia, se distingue tajantemente de su entorno humano, por ejemplo, por
el nimbo o por el soporte de loto, o si tenemos en cuenta, similarmente, el
carácter «mítico» de la vida misma, como se describe en los textos primitivos,
generalmente decimos que el hombre de quien se habla como el «Así-venido» (Tathgata), o como el «Despierto»
(Buddha), ha sido «deificado», y presumimos que los elementos milagrosos se han
combinado con el núcleo histórico, y se han introducido en las representaciones
con propósitos edificantes. Para nosotros es difícil comprender que el
«budismo» tiene raíces que pueden rastrearse durante milenios; y que, aunque
las doctrinas del Buddha son originales en el sentido más propio de la palabra,
sin embargo no son nuevas; y que esto se aplica con la misma fuerza a los
problemas del arte budista, que no son, en realidad, los del arte budista en
particular, sino más bien los del arte indio en su aplicación budista y, en
último análisis, los problemas del arte universalmente. Por ejemplo, sería
posible examinar todo el problema del iconoclasmo en términos puramente indios;
y, de hecho, tendremos algo que decir al respecto, al tratar la naturaleza y la
génesis de la imagen antropomórfica que es el tema principal de esta
introducción.
Si el «budismo» (usamos
corchetes debido a la vastedad de la connotación) es una doctrina heterodoxa,
en el sentido de que rechaza aparentemente la autoridad impersonal de los
Vedas, y la substituye, o parece substituirla, por la autoridad de una Palabra
hablada históricamente, sin embargo, se está haciendo cada día más evidente que
el contenido del budismo y del arte budista son mucho más ortodoxos de lo que
se imaginó a primera vista, y ortodoxos no sólo en un sentido védico, sino
universalmente. Por ejemplo, la famosa fórmula, anicca, anatt, dukkha, «Impermanencia, No-espíritu, Sufrimiento», no implica, como se creyó
una vez, una negación del Espíritu (tman), sino que afirma que el
alma-y-cuerpo, o la individualidad (nma-rèpa, atta-bhva, savina-kya) del hombre, son
transitorios, mutables, y que, sobre todo, han de distinguirse tajantemente del
Espíritu. La palabra anatt no afirma que «no hay
ningún Espíritu» o «Esencia-espiritual», sino que «este (sí mismo empírico, Leibseele) no es mi Espíritu», na me so att, una fórmula que se repite constantemente en los textos pali. Casi con
las mismas palabras, las Upani·ads afirman que «lo que es otro que el Espíritu es una
miseria» (ato anyad
rtam), y que «esto (su
estación), ciertamente, no es el Espíritu: el Espíritu no es nada que pueda ser
aprehendido, nada perecedero, etc.» (sa e·a
neti nety
tm agrihyoÉ a§iryaú, etc. B¨hadraöyaka Upani·ad III.4.1 y 9.26). Esta es la
más grande de todas las distinciones, aparte de la cual no puede haber ninguna
inteligencia del fin último del hombre; y, por consiguiente, encontramos que se
insiste en ella en todas las tradiciones ortodoxas —por ejemplo, San Pablo,
cuando dice, «La palabra de Dios es rauda y poderosa, y más aguda que una
espada de doble filo, que penetra hasta la división entre el alma y el
espíritu» (Heb. 4:12).
Hemos rastreado en otra
parte[1]
las fuentes védicas y los valores universales del simbolismo budista; y ahora
vamos a examinar la naturaleza del simbolismo mismo. Aquí bastará agregar que
las escrituras védicas y budistas, o igualmente védicas y vai·öavas o védicas y jainas, tomadas
conjuntamente en su continuidad, enuncian la doctrina dual, que es también una
doctrina cristiana, de un nacimiento eterno y de un nacimiento temporal; ahora
bien, si en el ôg Veda
sólo se expone el primero, la natividad histórica del Buddha es, en realidad,
la historia de la manifestación eónica de Agni —Noster
Deus ignis
consumens est—
«como si estuviera» comprimida dentro del lapso de una única existencia. La
«salida» del hogar a la vida sin hogar, es la transferencia ritual de Agni
desde el hogar al altar sacrificial; si los profetas védicos están rastreando
siempre la Luz Oculta por las huellas de sus pasos, también es literal e
iconográficamente verdadero que el budista hace de los vestigium pedis su guía; y si Agni es en
los textos védicos, como también en el Antiguo Testamento, un «Pilar de Fuego»,
al Buddha se le representa repetidamente como tal en Amarvat´. No necesitamos decir que,
desde nuestro punto de vista, hablar de las «vidas» del Buddha o de Cristo como
«míticas», es acentuar su significado atemporal[2].
Naturalmente, nosotros
pasamos por alto el hecho de que el problema central del arte budista, cuya
solución es esencial para cualquier comprensión real, no es un problema de
estilos, sino de cmo ocurrió que el Buddha haya
llegado a ser representado en una forma antropomórfica: lo cual es casi la
misma cosa que preguntar, ¿por qué, ciertamente, el Gran Rey de la Gloria debe
haber velado su persona en vestiduras de mendicante —Cur Deus homo?.
La respuesta budista es, por supuesto, que la asumición de una naturaleza
humana está motivada por una compasión divina, y que es en sí misma una
manifestación de la perfecta virtuosidad (kosalla, kau§alya) del Buddha en el uso de
los medios (upya) convenientes: se afirma
expresamente del Buddha que pertenece a su pericia revelarse de acuerdo con la
naturaleza de aquellos que le perciben. Ciertamente, ya se había comprendido en
los Vedas y los Brhmaöas que «Sus nombres están de acuerdo con su aspecto» y
que «como uno se acerca a Él, así Él deviene» (yathopsate tad eva
bhavati, êatapatha Brhmaöa X.5.2.20); como lo expresa
San Agustín, citado con aprobación por Santo Tomás, factus
est Deus
homo ut homo fieret Deus.
La noción de un Creador que
opera per artem,
común a la ontología cristiana y a todas las demás ontologías, implica ya un
artista en posesión de su arte, a saber, la premedición (pramöa) y la providencia (praj) acordemente a las cuales han de medirse todas las cosas; de hecho,
hay la analogía más estrecha posible entre el «cuerpo facticio» (nirmöa-kya)[3]
o la «medida» (nimitta) del Buddha vivo, y la
imagen de la Gran Persona que el artista «mide» (nirmti ) literalmente para que sea un substituto de la presencia efectiva.
Efectivamente, el Buddha nace de una Madre (mt¨), cuyo nombre es My (Naturaleza, Arte, o «Magia» en el sentido de la
palabra «Creatrix» en Boehme), con una derivación, en uno y otro caso, de ma, «medir»; cf. prati-m, «imagen», pra-möa, «criterio», y tla-mna, «iconometría»[4].
En otras palabras, hay una identificación virtual de una generación natural con
una generación intelectual, métrica y evocativa[5].
El nacimiento es literalmente una evocación; el Niño es engendrado, de acuerdo
con una fórmula Brhmaöa repetida constantemente, «por el Intelecto en la
Voz», cuyo intercurso se simboliza en el rito; el artista trabaja, como lo
expresa Santo Tomás, «por una palabra concebida en el intelecto». Así pues, no debemos pasar por alto que hay también
una tercera imagen, una imagen verbal, la de la doctrina, co-igual en
significación con las imágenes de carne o de piedra: «El que ve la Palabra me
ve» (Sa×yutta Nikya III.120). Estas imágenes visibles y audibles son iguales en su
información, y difieren sólo en sus accidentes. Cada una de ellas pinta la
misma esencia en una semejanza; ninguna de ellas es una imitación de la otra —
la imagen de piedra, por ejemplo, no es una imitación de la imagen de carne,
sino que cada una, directamente, es una «imitación» (anuk¨ti, mimesis) de la Palabra in-hablada, una imagen del
«Cuerpo de la Palabra» o del «Cuerpo de Brahma» o del «Principio», que no puede
representarse como es, debido a su simplicidad
perfecta.
Sin embargo, el Buddha no
fue representado efectivamente en una forma humana hasta el comienzo de la era
cristiana, cinco siglos después de la Gran Despiración Total (mah parinibbna). En términos más
generales, hasta entonces (con ciertas excepciones, algunas de las cuales se
remontan en fecha hasta el tercer milenio antes de Cristo, y a pesar del hecho
de que el ôg Veda
hace uso libremente de una imaginería verbal en términos antropomórficos) no
puede reconocerse un desarrollo ampliamente extendido de una iconografía
antropomórfica. El arte indio más antiguo, de la misma manera que el arte
cristiano primitivo, es esencialmente «anicónico», es decir, sólo hace uso de
símbolos geométricos, vegetales, o theriomórficos como soportes de
contemplación. Aquí no puede invocarse, a manera de explicación, en ninguno de
ambos casos, una incapacidad artística para representar la figura humana;
puesto que no sólo se habían representado ya muy diestramente figuras humanas
en el tercer milenio a. C., sino que, como sabemos, el tipo de la figura humana
se había empleado con gran efecto desde el siglo tercero a. C. en adelante (y
sin duda desde mucho antes en materiales impermanentes), excepto para representar al Buddha en su última
encarnación, donde, en el nacimiento y antes del Gran Despertar, se le
representa sólo por las huellas, o generalmente por símbolos tales como el
Árbol o la Rueda.
Para abordar el problema,
debemos relegar a un lugar enteramente subordinado nuestra predilección por la
figura humana, heredada de las últimas culturas clásicas, y debemos también, en
la medida en que seamos capaces, identificarnos con la mentalidad unánime del
artista y el patrón indios, a la vez como había sido antes, y como había
llegado a ser cuando se sintió efectivamente la necesidad de representar lo que
nosotros consideramos como el Buddha «deificado» (aunque el hecho de que el
Buddha no puede considerarse como un hombre entre otros, sino más bien como «la
forma de la humanidad que no tiene nada que ver con el tiempo», se expone
llanamente en los textos pli). Sobre todo, debemos guardarnos de asumir que lo
que fue un paso inevitable, y un paso que ya se prefiguraba en la
«historicidad» de la vida, deba interpretarse en los términos de un progreso
espiritual. Debemos comprender que este paso, uno de cuyos resultados
imprevistos fue la provisión para nosotros de tantos placeres estéticos como
cada uno derive del arte budista, puede haber sido, en sí mismo, mucho más una
concesión a los niveles de referencia intelectualmente más bajos que la
evidencia de una profundidad de visión acrecentada. Debemos recordar que un
arte abstracto está adaptado a los usos contemplativos y que implica una
gnosis, mientras que un arte antropomórfico evoca una emoción religiosa, y
corresponde más bien a la plegaria que a la contemplación. Si el desarrollo de
un arte puede justificarse como respuesta a necesidades nuevas, no debe pasarse
por alto que hablar de una necesidad es hablar de una deficiencia en el que
necesita: cuanto más es uno, tanto menos necesita. Así pues, no debemos reparar
tanto en una deficiencia del arte plástico en los rituales anicónicos, como en
la adecuación de las fórmulas puramente abstractas y en la proficiencia de
aquellos que podían hacer uso de representaciones puramente simbólicas.
Así pues, el carácter
anicónico del ritual védico y del arte budista primitivo era una cuestión de
elección. De hecho, la posición no es sólo iconoclasta, sino que difícilmente
podemos dejar de reconocer una tendencia iconoclasta de largo alcance, en
palabras tales como las de la Jaimin´ya Upani·ad Brhmaöa, IV.18.6: «El Brahman no es
lo que uno piensa con la mente (yam manas na manute),
sino que, como ellos dicen, es eso por lo que hay una mentación, o concepto (yenhur manomatam): sabe que sólo Eso es
Brahman, no lo que los hombres adoran aquí (nedaµ
yad idam
upsate)». Al mismo tiempo, las Upani·ads distinguen claramente entre
el Brahman en una semejanza y el Brahman en ninguna semejanza, el mortal y el
inmortal (mèrtaµ cmèrtaµ ca martyaµ cm¨taµ ca,
B¨hadraöyaka Upani·ad II.3.1, donde puede notarse que una de las designaciones regulares de
una imagen es precisamente mèrti ); y entre el concepto por
el que uno recuerda distintamente y el destello de iluminación ante el que uno
sólo puede exclamar (Kena Upani·ad IV.4-5). La distinción es la que hacen Eckhart y Ruysbroeck entre el
conocimiento de Dios creaturlicher wise,
creatuerlikerwijs y ne mittel, ne wise, sonder
middel, sonder
wise, e implica la doctrina
universal de la única esencia y las dos naturalezas. Evidentemente, estos
textos, y su doctrina implícita, equivalen a una justificación tanto de una
iconografía como de un iconoclasmo. El valor inmediato de una imagen es servir
como el soporte de una contemplación conductiva a una comprensión de la
operación exterior y del Brahman próximo, el Sambhogakya budista: sólo de la
operación interior y del Brahman último, el Dharmakya, Tattva, Tathat, o Nirvöa budista, puede decirse que
«Este Brahman es silencio»[6].
Nadie cuya vida es todavía
una vida activa, nadie todavía espiritualmente bajo el Sol y todavía
perfectible, nadie que todavía se propone comprender en los términos de sujeto
y de objeto, nadie que todavía es alguien, puede pretender haber rebasado toda
necesidad de medios. No se trata de las «posibilidades virtualmente infinitas
del alma» (A. C. Bouquet, The Real
Presence, Cambridge, 1928, p. 85),
que sería absurdo negar, sino de cmo estas potencialidades
pueden reducirse a acto. Uno no tiene más remedio que asombrarse ante la
multitud de aquellos que propugnan el acercamiento «directo» a Dios, como si el
fin del camino pudiera alcanzarse sin viaje, y de quienes olvidan que una
visión inmediata sólo puede ser de aquellos en quienes «la mente ha sido
de-mentada», para emplear una expresión significativa común al Maestro Eckhart,
a las Upani·ads, y al budismo.
Así pues, el problema presente no es la propiedad o impropiedad del uso de
soportes de contemplación, sino de qué tipo deben ser los soportes de
contemplación más apropiados y más eficaces, y del arte de hacer uso de ellos.
Para nosotros, la obra de arte existe y
opera sólo en un nivel de referencia visible y tangible, enteramente humano; al
contrario de lo que Dante nos pide, nosotros no nos «maravillamos de la
doctrina que se esconde detrás (sÕasconde sotto)
del velo de los extraños versos» (Inferno IX.61); los versos solos
son suficientes para nosotros. Pero la cosa es muy distinta en un arte
tradicional, donde el objeto es meramente un punto de partida y un poste
indicador, que invita al espectador al cumplimiento de un acto dirigido hacia
esa forma, por cuya causa existe la imagen. El espectador no ha de ser
«agradado», sino más bien «transportado»: para ver, como al artista se le ha
exigido ver, antes de tomar el pincel o el cincel; para ver al Buddha en la
imagen, más bien que una imagen del Buddha. Es una cuestión de penetracin, en los sentidos más técnicos del término
(cf. Muö¶aka Upani·ad II.2.3): la matizada presentación en colores es meramente una
exteriorización conceptual de lo que, en sí mismo, es una claridad
perfectamente simple —«De la misma manera que es un efecto de la presencia o
ausencia de polvo en una vestidura, que el color sea claro o turbio, así
también es el efecto de la presencia o ausencia de una penetración en la
Liberación (vedha-va§n muktau),
que la Gnosis sea clara o turbia. Que uno aluda a la profundidad de los Buddhas
en el Plano Inmaculado, en los términos de características iconográficas, de
maneras, y de actos (lak·aöa-sthna-karmasu) es una mera pintura
coloreada en el espacio»[7].
O también, y con referencia igualmente a la imaginería verbal y visual, al Buddha se le hace decir
que la expresión metafórica «se aduce a manera de ilustración… debido a la gran
flaqueza de los niños… yo enseño como lo hace el maestro pintor, a su pupilo,
que dispone sus colores en razón de una pintura, pintura que no se encuentra en
los colores, ni en el fondo, ni en el contorno. La pintura se idea en colores
sólo para hacerla atractiva a[8]
las criaturas: lo que se enseña literalmente es impertinente; el Principio
elude la letra[9]. Al ocupar
un sitio entre las cosas[10],
lo que yo enseño realmente es el Principio como lo comprenden los
Contemplativos[11]: una
reversión espiritual que evade todas las formas del pensamiento. Lo que yo
enseño no es una doctrina para niños, sino para los Hijos del Conquistador. Y
del mismo modo que todo lo que yo puedo ver de una manera diversificada no
tiene ningún ser real, así es la doctrina pictórica comunicada de una manera
irrelevante. Todo lo que no se adapta a las personas que han de ser enseñadas
no puede llamarse una “enseñanza”… Los Buddhas adoctrinan a los seres
acordemente a su capacidad mental»[12].
Esto equivale a decir, con San Pablo, «Os he alimentado con leche y no con
carne: pues hasta ahora no erais capaces de soportarla, ni todavía sois
capaces» (I Cor. 3:2): «La carne fuerte pertenece sólo a quienes son de plena
edad» (Heb. 5:14).
Sólo el que ha alcanzado una Gnosis inmediata puede permitirse
prescindir de la teología, el ritual, y la imaginería: el Comprehensor ha
encontrado lo que el Viajero todavía busca. Muy a menudo, esto se ha
malinterpretado en el sentido de que, deliberadamente, se oculta algo a
aquellos que tienen que depender de medios, o que, incluso, se les dispensan
los medios como si se intentara mantenerlos con ellos en la ignorancia; hay
quienes piden una suerte de educación universal obligatoria en los misterios,
suponiendo que un misterio no es nada más que un secreto comunicable, aunque
hasta ahora incomunicado, y nada diferente en tipo de los temas de la
instrucción profana. Muy lejos de esto, pertenece a la esencia de un misterio,
y sobre todo a la del mysterium magnum,
que no puede comunicarse, sino únicamente realizarse[13]:
todo lo que puede comunicarse son sus soportes externos o expresiones
simbólicas; el Gran Trabajo debe hacerlo cada uno por sí mismo. Las palabras
atribuidas al Buddha arriba, no son en modo alguno contradictorias del
principio de la mano abierta (varada mudr) o de la mano expositoria (vykhyna mudr). El Buddha jamás es inelocuente: las puertas solares no están ahí
para excluir, sino para admitir; nadie puede ser excluido por nadie excepto por
sí mismo. La Vía ha sido señalada en detalle por cada Precursor, que es, él mismo, la Vía; lo que hay al final del camino
no se revela, ni siquiera por aquellos que lo han alcanzado, debido a que no
puede decirse ni aparecer: el Principio no está jamás en ninguna semejanza.
¿De qué tipo son, entonces,
los soportes de contemplación más apropiados y más eficaces?. Apenas será
posible citar un texto indio autorizado que condene explícitamente el uso de
imágenes antropomórficas, distinguiéndolas de las imágenes anicónicas. Sin
embargo, hay una fuente budista, la del Klinga-bodhi Jtaka, en la que se refleja
todavía claramente lo que debe haber sido la posición primitiva. Se pregunta al
Buddha qué tipo de santuario, sagrario, o símbolo (cetiya)[14]
puede representarle apropiadamente en su ausencia. La respuesta es que él puede
ser representado apropiadamente por un árbol Bodhi[15]
(un paribhoga-cetiya, Mahvaµsa I.69), ya sea durante su vida o después de
la Despiración, o por reliquias corporales después de su Deceso; la iconografía
«indicativa» (uddesika)[16]
de una imagen antropomórfica se condena como «sin fundamento y conceptual, o
convencional» (avatthukam manamattakam). Se verá que la expresión corresponde a la del Brhmaöa como se cita arriba: manamattakam = manomatam.
Antes de proceder a
preguntar cómo pudo ser que, después de todo, se aceptara una imagen
antropomórfica, debemos eliminar algunas consideraciones ajenas al problema. En
primer lugar, debe comprenderse que aunque aquí hay implícito un problema
iconoclástico, puede decirse que el adviento de la imagen se «pospuso» por una
cuestión de conveniencia, y sin referencia a la supuesta posibilidad de una
localización real[17]
o fetichismo, y que fue también por una cuestión de conveniencia que la imagen
se realizara cuando se sintió una necesidad de ello; y en segundo lugar, que el
recurso a una imaginería antropomórfica no implica, en modo alguno, intereses
tan humanistas o naturalistas como los que llevaron a la subordinación de la
forma a la figura en el arte europeo después de la Edad Media, o en el arte
griego después del siglo sexto a. C. La cuestión de la localización se ha
malentendido completamente. Si es prácticamente verdadero que «el Espíritu
omnipresente est donde él actúa, o donde
nosotros estamos presenciando-le» (Bouquet, The Real Presence, p. 84), es igualmente verdadero que éste «donde», está dondequiera que se establece un centro, o que se erige
debidamente una imagen u otro símbolo: es más, el símbolo puede llevarse
incluso de un lugar a otro. No se trata de que el Espíritu esté, por lo tanto,
en un lugar más que en otro, o que pueda ser transportado, sino que nosotros, y
nuestros soportes de contemplación (dhiylamba), estamos necesariamente en
un lugar u otro. Si la utilidad del símbolo es funcionar mediatamente, como un
puente entre el mundo de la posición local y un «mundo» que no puede
atravesarse ni describirse en términos de tamaño, es suficientemente evidente
que la punta de aquí, de un puente tal, debe estar en alguna parte; y, de
hecho, está dondequiera que comienza nuestra edificación: el procedimiento es
siempre desde lo conocido a lo inconocido: es la otra punta del puente la que
no tiene posición.
Por fetichismo, nosotros
entendemos una atribución, a los símbolos físicamente tangibles, de los valores
que realmente pertenecen a su referente, o, en otras palabras, una confusión de
la forma de hecho con la forma esencial. Es un fetichismo de este tipo, el que
los textos budistas desaprueban cuando emplean la metáfora del dedo que señala
a la luna, y ridiculizan al hombre que no quiere o no puede ver nada sino el
dedo. El entendimiento estético moderno, hace fetiches de las obras de arte
tradicionales, precisamente en este sentido. Ciertamente, nuestra actitud
propia es tan natural y obstinadamente fetichista, que nos sorprende descubrir
y nos negamos a creer que, en el budismo, se da por establecido que «aquellos
que consideran las imágenes de tierra, no veneran a la arcilla como tal, sino que,
sin considerarlas para nada en este respecto, veneran a los Inmortales que
ellas representan» (amarasaµj, Divyvadna, cap. 26). De la misma
manera, Platón distingue entre las «imágenes sin alma» y los «dioses
en-almados» que ellas representan; «y, sin embargo, nosotros creemos que cuando
rendimos culto a las imágenes, los dioses son bondadosos y están bien
dispuestos hacia nosotros» (Leyes 931A). Así también, en la
práctica cristiana «se rinde veneración, no a los colores o al arte, sino al
prototipo» (San Basilio, De spir.
sanct. c. 18, citado en los Hermeneia de Athos), y «nosotros hacemos imágenes de los
Seres Sagrados para conmemorar-los y venerar-los» (Epiphanius, Frag. 2), cf. Plotino, Enadas IV.3.11. «¡Cuán osado es incorporar lo que es sin
cuerpo!. Sin embargo, el icono nos conduce a la recordación intelectual de las
Esencias Celestiales» (Greek Anthology I.33).
En lo que concierne al
segundo punto, bastará decir que «antropomórfico», en el sentido en el que esta
palabra es apropiada a las imágenes indias, no implica «naturalista»; la imagen
del Buddha no es en ningún sentido un retrato, sino un símbolo; ciertamente,
tampoco hay ninguna imagen india de ninguna deidad que no proclame, por su
constitución misma, que «esto no es la semejanza de un hombre»; la imagen está
desprovista de toda semblanza de estructura orgánica; no es un reflejo de algo
que se haya visto físicamente, sino una forma o fórmula inteligible. Incluso
los cánones de la proporción difieren para los dioses y para los hombres[18].
Incluso en el presente día,
sobrevive en la India un extenso uso de ingenios geométricos (yantra), u otros símbolos anicónicos, como los soportes de
elección de la contemplación. En último análisis, si el intelectual ha
preferido siempre el uso de símbolos abstractos y algebraicos, o vegetales, o
theriomórficos, o incluso naturales, uno no puede evitar acordarse de la
posición de Dionisio, a quien, igualmente, parecía más apropiado que las
verdades divinas se expusieran por medio de imágenes, en sí mismas de un tipo
menos noble, más bien que más noble (donde, en sí mismo, el tipo más noble es el
de la humanidad): «Pues entonces», como prosigue Santo Tomás, «es evidente que
estas cosas no son descripciones literales de las verdades divinas, lo cual
podría haber estado abierto a la duda si se hubieran expresado bajo la figura
de cuerpos más nobles, especialmente para aquellos que no podían considerar
nada más noble que los cuerpos» (Sum. Theol.
I.1.9). Lo que el Buddha anticipaba, no era que la figura de piedra pudiera
haber sido adorada nunca literalmente como tal, sino que pudiera llegar a
considerarse como un hombre, a quien negaba de sí mismo que fuera «un hombre, o
un dios, o un daimon», uno entre otros, y que, de hecho, no hubiera «devenido
nadie». El Buddha pronosticaba, precisamente, una interpretación humanista de
la «vida», tal como la que lleva al erudito moderno a desentrañar un «núcleo
histórico», por la eliminación de todos los «elementos míticos», y a repudiar
cualquier atribución de omnisciencia a quien era apropiada la designación de
«Ojo en el Mundo». Son justamente aquellos «que no pueden considerar nada más
noble que los cuerpos»[19]
quienes, en los tiempos modernos, no han descubierto en la Deidad encarnada,
cristiana o budista, nada más que el hombre; y a éstos, sólo podemos decirles
que «su humanidad es un obstáculo mientras se aferren a ella con placer mortal»
(Maestro Eckhart).
La posición iconólatra,
desarrollada en la India desde el comienzo de la era cristiana en adelante,
está en contradicción aparente con lo que se ha inferido en el Klinga-bodhi Jtaka. Sin embargo, es la
posición iconoclasta, la del arte «mazdeísta» y «septentrional» de Strzygowski,
la que determinó la naturaleza abstracta y simbólica de la imagen
antropomórfica; y puede decirse que responde de ello el hecho de que, en la
India, no haya tenido lugar nunca un desarrollo naturalista hasta que se adoptó
la idea de la representación, proveniente de Europa, en el siglo diecisiete. El
hecho de que el êukran´tisra condene el retrato, al
mismo tiempo que exalta la hechura de imágenes divinas, ilustra muy bien cómo
la consciencia India ha sido consciente de lo que se ha llamado «la ignominia
implícita en el arte figurativo» — una ignominia estrechamente vinculada a la
de la obsesión con el punto de vista histórico, por encima del cual, en la
India, siempre se ha preferido el punto de vista mítico. Los paralelos entre el
desarrollo artístico indio y cristiano son tan estrechos que ambos pueden
describirse con las mismas palabras. Si, como Benjamin Rowland observa
acertadamente, «Con las esculturas de Hadda y la decoración coetánea de los
monasterios de Jaulian (Taxila), la escuela de Gandhra propiamente dicha tocó a su
fin. Las contracorrientes de influencia, provenientes de los talleres de la
India central y oriental, casi habían transformado, la imagen indo-griega del
Buddha, en la norma ideal para la representación de Sakyamuni que prevaleció en
Mathura y Sarnath y AjaöÊ»[20],
ello sólo pudo deberse a que se sintió un entendimiento de la impropiedad de
todo estilo expresamente humanista; ya se había formado una idea del «tipo del
Buddha», «pero el ideal de representación helenístico, el naturalismo
arraigado, rebasado y ordinario de un milenio, fue incapaz de llevarla a cabo.
De aquí la excesiva rareza [en la propia India] del tipo griego de Cristo
[Buddha], y su pronta substitución por el tipo semítico [Indio]»[21].
Además, puede señalarse un paralelo en los efectos del iconoclasmo europeo
sobre la naturaleza del arte bizantino: «El resultado principal de la
controversia fue la formulación de una iconografía rígida, que fue suficiente
para impedir, de una vez por todas, todo deslizamiento hacia un naturalismo sin
significado. En adelante, la pintura, la representación humana, se ideó como
una ilustración de la Realidad, y como un vehículo de las emociones humanas más
profundas… Aunque el precio de la libertad del artista, en esta elevación del
arte a su función más alta, la defensa del iconódulo, elevado por la
controversia a un altísimo nivel filosófico, también jugó una parte… El contenido
principal del iconódulo fue este: que las pinturas, como las estatuas para
Plotino [IV.3.11], fueran un medio de comunicación efectivo con el universo
extra-terrestre[22]… La
incumbencia del artista era evocar, a través de las pinturas, no este mundo,
sino el otro… que el contemplador pudiera alcanzar, a través del recordatorio
de estos eventos, la comunicación efectiva, durante su vida en la tierra, con
ese firmamento del arbitraje divino, del que la iglesia latina enseñaba sólo la
esperanza post-humana»[23].
Estas distinciones entre los puntos de vista bizantino y romano son análogas a
las diferencias entre los puntos de vista del mahyna y del h´nayana, y entre el arte más o
menos didáctico de Sc´ y las epifanías de Bamiyn, AjaöÊ y Lung Men.
No sabemos si la
desaprobación de una semejanza «indicativa» (uddesika), que hemos citado como proveniente del Jtaka, tiene o no la intención de
referirse a las antiguas listas de los lakkhaöas, o las treinta y dos peculiaridades iconográficas mayores y las ochenta
peculiaridades iconográficas menores de la «Gran Persona». Ciertamente, debe
haber sido de acuerdo con estas prescripciones como, antes de que se hubiera
hecho ninguna otra imagen, debe haberse considerado una imagen mental del
Buddha; y es igualmente cierto que siempre se ha sostenido que la validez de
las imágenes mismas se basa en una traducción exacta de estas peculiaridades, o
de tantas de ellas como puedan realizarse en cualquier material trabajado. Para
el budista, la iconografía es arte; ese arte por el que trabaja. La iconografía
es a la vez la verdad y la belleza de la obra: la verdad, debido a que ésta es
la forma imitable de las ideas que han de expresarse, y la belleza debido a la
coincidencia de la belleza con la exactitud —el integratio sive perfectio escolástico— y en el sentido en el que una ecuación matemática puede
ser «bella». Como lo señala una inscripción China, «He esculpido una belleza
maravillosa… todas las peculiaridades iconográficas se han exhibido
sublimemente» (Chavannes, Mission archologique, I.1.448). En la visión tradicional del arte no hay ninguna belleza
que pueda ser separada de la inteligibilidad; ningún otro esplendor que el splendor veritatis.
La autenticidad y la
legítima herencia de las imágenes del Buddha, se establece por referencia a lo
que se supone que son originales creados en el propio tiempo de la vida del
Buddha, y, ya sea efectivamente o ya sea virtualmente, por el Buddha mismo, en
concordancia con lo que se ha dicho arriba con respecto a una manifestación
iconométrica. Las capacidades del artista, ejercidas en los niveles de
referencia empíricos, no habrían bastado para la operación dual de la
imaginación y la ejecución. El Buddha «no puede ser aprehendido»; lo que se
requería no era una observación, sino una visión. Ello nos recuerda el hecho de
que, de la misma manera, algunas imágenes cristianas se han considerado como
«no hechas por manos» (Pg4D@B@\0J@4). Carece de importancia,
desde el punto de vista presente, que las leyendas de las primeras imágenes no
puedan interpretarse como registros de hechos históricos: lo que es importante
para nosotros es que la autentificación de las imágenes mismas no es histórica
sino ideal. O bien el artista se transporta a un cielo donde toma nota de la
apariencia del Buddha, y seguidamente usa esto como modelo, o el Buddha mismo
proyecta la «sombra» o los lineamentos de su semejanza (nimitta), que los pintores no pueden aprehender, pero que
deben llenar de colores, y animar[24]
con la adición de una «palabra» escrita, de manera que todo se hace «como está
prescrito» (yath saµdi·Êam, Divyvadna, cap. 27); o finalmente, la
imagen la hace un artista que, después de que se ha hecho el trabajo, se revela
de hecho como el futuro Buddha Maitreya[25].
Interpretada así, la
iconografía ya no puede considerarse más como un producto de realización o
idealización convencional sin fundamento, sino que deviene un medio de
verificación; la forma no es de invención humana, sino revelada y «vista», de
la misma manera que las encantaciones védicas se consideran como reveladas y
«escuchadas». En principio, no puede haber ninguna distinción entre visión y
audición. Y de la misma manera que no puede decirse que algo se ha pronunciado
inteligiblemente a menos de que se pronuncie en algunos términos, así, no puede
decirse que algo se ha revelado a menos de que se revele en alguna forma[26].
Todo aquello que puede considerarse como anterior a la formulación, es sin
forma y no en una semejanza ; el significado y su vehículo sólo pueden
considerarse como concreados. Y esto
implica que toda validez que incumbe al significado, incumbe también al símbolo
en el que se expresa; si los últimos son de alguna manera menos inevitables que
los primeros, el significado propuesto no se habrá transmitido, sino
traicionado.
No necesitamos agregar que
todo lo que se dice en el párrafo precedente
incumbe al arte en el artista, arte que es ya una expresión en unos
términos, o una idea en una forma imitable; y que es válido, independientemente
de si se ha expresado o no, efectivamente, alguna palabra mimética, o de si se
ha hecho o no, efectivamente, alguna imagen en piedra o en pigmento; aunque no
es históricamente verdadero que no se haya hecho ninguna imagen tangible del
Buddha antes del comienzo de la era cristiana, no es menos cierto que se había
concebido una imagen esencial, no hecha por manos, y que incluso se había
expresado verbalmente, en los términos de las treinta y dos peculiaridades
mayores y de las ochenta peculiaridades menores de la «Gran Persona»; cuando
hubo de hacerse la primera imagen, ya existían los «medios de operación
verificados». Si, finalmente, el artista hizo una figura correspondiente en
piedra o en pigmento, sólo estaba haciendo lo que el imaginero indio ha hecho
siempre, y de acuerdo con instrucciones tan familiares como las del Abhila§itrthacintmaöi, donde se dice que el
pintor «Pinta en el muro lo que se ha visto en la contemplación (tad dhytam bhittau nive§ayet)». Incluso para Alfred
Foucher, que sostenía que las imágenes más primitivas del Buddha son las de la
escuela de Gandhra y el producto de una colaboración entre el artista
helenista y el patrón budista indio, la prescripción o el concepto de la obra a
hacer era Indio; el artista helenista sólo cumplía la operación servil, y el
patrón indio permanecía responsable del acto de imaginación libre[27].
Por otra parte, los escultores de Mathur, tenían a su disposición no
sólo la imagen visual de la «Gran Persona» como se define en los textos pli, sino también la tradición
de los tipos en posición de pie de los colosales Yak·as de los siglos precedentes
a. C.; y para la figura sedente, tenían también una tradición cuyo comienzo
debe haber precedido a los tipos de êiva en la cultura del valle del
Indo del tercer milenio a. C. La imagen del Buddha vino a la existencia debido
a que se sintió una necesidad de ella, y no debido a que se sintió una
necesidad de «arte».
Tradicionalmente, la
práctica de un arte no es como lo es para nosotros, una actividad secular, ni
tampoco una cuestión de «inspiración» afectiva, sino un rito metafísico; puesto
que, no son sólo las primeras imágenes, las que son formalmente de origen
suprahumano. De hecho, no puede trazarse ninguna distinción entre el arte y la
contemplación. Lo primero que se requiere de un artista, es que se retire de
los niveles de percepción humanos a los niveles de percepción celestiales; en
este nivel, y en un estado de unificación, donde ya no es visible nada externo
a sí mismo, el artista ve y realiza, es decir, deviene, lo que después tiene
que representar en el material trabajado. Esta identificación del artista con
la forma imitable de la idea que ha de expresarse, se recalca repetidamente en
los libros indios, y responde a la asumición escolástica de que, como se
expresa en las palabras de Dante, «ningún pintor puede pintar un rostro si
primero de todo no se ha hecho a sí mismo tal como el rostro debe ser».
Así pues, el artista
posterior no está imitando el aspecto o el estilo visual de las primeras
imágenes, que puede no haber visto nunca, sino su forma; la autenticidad de las
imágenes posteriores no depende de un conocimiento accidental (tal como ese por
el que se construye nuestro «gótico moderno»), sino de un retorno a la fuente
en un sentido completamente diferente. Es justamente esto lo que se expresa tan
claramente en la leyenda de la imagen del Buddha de Udyana, que se dice que voló por
el aire a Khotn (Beal, Hsan-tsang, II, 322) y estableció así
la legitimidad del linaje de la iconografía del Asia Central y de China[28].
«Volar por el aire» es siempre una tecnicidad que implica una independencia de
la posición local y la capacidad de alcanzar cualquier plano de percepción
deseado: una forma o una idea es «alada», precisamente en el sentido de que,
como el Espíritu, está dondequiera que opera o está siendo contemplada, y no
puede ser una propiedad privada. Lo que la leyenda nos dice, no es que una
imagen de piedra o de madera volara por el aire; lo que nos dice es que el
artista de Khotn vio lo que el artista de Udyana había visto, es decir, la
forma esencial de la primera imagen: esa misma forma que el artista de Udyana había visto antes de volver
a la tierra y tomar el cincel o el pincel.
Luego, debe trazarse una
distinción muy clara entre un procedimiento arcaizante, que no implica más que
una operación de copiado servil, y la contemplación repetida de una y la misma
forma o idea, de una manera que estará determinada por el modo o la
constitución del conocedor, lo cual constituye la libre operación del artista
cuyo estilo es suyo propio. La distinción es la que hay entre una escuela de
arte académico y una escuela de arte tradicional, donde la primera es
sistemática, y la segunda consistente. Que el «Arte haya fijado los fines y haya
verificado los medios de operación», asegura una inmutabilidad de la idea en su
forma imitable —la idea del sol, por ejemplo, es siempre un símbolo adecuado de la Luz de las luces— pero no es en modo alguno
una contradicción de otro dicho escolástico, a saber, que «Para expresarse
propiamente, una cosa debe proceder desde dentro, movida por su forma». Que la
operación interior del artista se llame propiamente «libre», se debe a que hay
una renovacin sin fin del acto
imaginativo; y la evidencia de esta libertad existe en el hecho de una
secuencia de estilos, observable siempre en un arte tradicional, seguido de
generación en generación; es el académico el que repite las formas de los
órdenes «clásicos» como un papagayo. Ciertamente el artista tradicional está
expresando siempre, no su «personalidad» superficial, sino a sí mismo, puesto
que él mismo se ha hecho eso que tiene que expresar, y se ha entregado devotamente al bien de la obra que ha de hacerse. Lo que tiene
que decir permanece lo mismo. Pero él habla en el lenguaje estilístico de su
propio tiempo, y si fuera de otra manera no sería elocuente, pues, para repetir
las palabras del Laökvatra Sètra
ya citadas, «Todo lo que no se adapta a aquellas personas que tienen que ser
enseñadas, no puede llamarse una “enseñanza”».
No sólo el artista, sino
también el patrón, se entrega devotamente; y no lo hace meramente con
la donación de su «hacienda», para sufragar el costo de la operación, sino
también en un sentido espiritual, ritual, y simbólico, de la misma manera que
el cristiano, cuando no es meramente un espectador de la Misa, sino que
participa en lo que se está celebrando, se sacrifica a sí mismo. Es mérito de
Paul Mus haber reconocido por primera vez que los valores esenciales del
sacrificio védico se heredan y sobreviven en la iconolatría posterior; por
ejemplo, el patrón regio, dona exactamente su propio peso en oro para que se
haga una imagen, imagen que también, al mismo tiempo, se hace de acuerdo con un
canon o proporción verificado, y que emplea como módulo una medida tomada de su
propia persona; y cuando se ha hecho la imagen, el patrón mismo y su familia se
ofrecen a ella, para ser redimidos seguidamente a un gran precio. Justamente de
la misma manera, la estatua del patrón se edifica literalmente en el altar
védico, y el sacrificador mismo se ofrece en el altar —«Ese fuego sacrificial
sabe que “Él ha venido a darse a mí”» (paridµ me, êatapatha Brhmaöa II.4.1.11). Como lo expresa
Mus, «De hecho, es bien sabido que la construcción del altar del fuego es un
sacrificio personal velado. El sacrificador muere,
y sólo bajo esta condición alcanza el cielo: al mismo tiempo, esto es sólo una
muerte temporaria, y el altar, identificado con el sacrificador, es su
substituto. Reconocemos francamente una significación análoga en la
identificación del rey con el Buddha, y en particular en la manufactura de
estatuas, en las que la fusión de las personalidades se efectúa materialmente.
Es menos una cuestión de apoteosis que de devotio. El rey se da al Buddha, proyecta su personalidad en él, al mismo
tiempo que su cuerpo mortal deviene la “huella” terrenal de su modelo divino…
La actividad artística de la India, como hemos indicado, ha exhibido siempre la
huella del hecho de que la primera obra de arte brahmánica fue un altar en el
que el patrón, o en otras palabras el sacrificador, estaba unido con su deidad»
(Mus, «Le Buddha paré», 1929, pp.*92, *94). Si la deidad asume una forma
humana, es para que el hombre, por su parte, invista la semejanza de la
divinidad, lo que hace metafísicamente y como si anticipara su glorificación
futura. La insuficiencia de la adoración de un principio como si fuera otro que
uno mismo o la propia esencia espiritual de uno, se recalca fuertemente en las Upani·ads; y puede tenerse por un
principio establecido del pensamiento indio que «Sólo deviniendo Dios, puede
uno adorar-Le» (devo bhètv devaµ yajet):
sólo al que puede decir, «Yo soy la Luz, Tú mismo», se le da la respuesta,
«Entra, pues lo que tú eres yo soy, y lo que yo soy tú eres» (Jaimin´ya Upani·ad Brhmaöa III.14)[29]. La obra de
arte es un rito devocional.
Si el artista y el patrón
originales son así devotos y están literalmente absorbidos en la idea de la
obra que ha de hacerse, obra que el artista ejecuta y que el patrón paga,
tenemos que considerar también la naturaleza del acto que han de llevar a cabo
aquellos otros por cuya causa se ha hecho también la obra, entre quienes
podemos reconocernos a nosotros mismos: las inscripciones del donador indican
casi siempre que la obra se ha emprendido no sólo para el beneficio del donador
o el de sus antepasados, sino también para el de «todos los seres».
Ciertamente, este beneficio será más que una cuestión de mera apreciación
estética: nuestro juicio, si ha de ser la «perfección del arte», es decir, una
consumación en su uso, debe implicar una reproducción. Para decirlo en otras
palabras, si juzgamos por sus ideas cómo deben ser las cosas, esto es válido
tanto post factum
como a priori.
Para comprender la obra nosotros debemos estar donde estaban el patrón y el
artista y debemos hacer lo que ellos hicieron; no podemos depender de las meras
reacciones de «nuestras propias extremidades nerviosas carentes de
inteligencia». El juicio de una imagen es una contemplación, y, como tal, sólo
puede consumarse en una asimilación. Para ello, se requiere una transformación
de nuestra naturaleza. Mencio dice, en este mismo sentido, que entender los
verdaderos significados de las palabras, no requiere tanto un diccionario o un
conocimiento de epistemología, sino una rectificación de la personalidad. A
este respecto, el Amityur-Dhyna Sètra
es explícito: si preguntas cmo tiene que contemplar uno al
Buddha, la respuesta es que sólo lo contemplas cuando tu propio corazón asume
las treinta y dos características mayores y las ochenta características menores
(a saber, de la iconografía): es tu propio corazón el que deviene el Buddha y
es el Buddha (Sacred Books
of the
East, XLIX, 178). En este mismo
sentido han de comprenderse las palabras de una inscripción en Lung Men: «Es
como si se hubiera alcanzado la cima de la montaña y como si se hubiera
remontado el río hasta su fuente: el contento está completo, y uno reposa en el
Principio» (Chavannnes, Mission archologique, p. 514). Las superficies estéticas no son en modo alguno valores
terminales, sino una invitación a una pintura cuyos rastros visibles son sólo
una proyección, y a un misterio que elude la letra de la palabra hablada.
El lector puede inclinarse a
protestar que estamos hablando de religión más bien que de arte: puntualizamos,
al contrario, que se trata de un arte religioso. Si podemos hablar de una
«reducción del arte a la teología» (San Buenaventura), ello se debe a que, en
la síntesis tradicional, el arte plástico, como cualquier otra forma literaria,
es una parte del arte de conocer a Dios. La experiencia estética, realizada
empatéticamente, y la experiencia cognitiva, realizada intuitivamente, pueden
distinguirse lógicamente, pero son simultáneas en el hombre total u hombre
santo, que no sólo siente, sino que también comprende. No es que se minimice el
valor de la belleza, sino que la belleza ocasional del artefacto se remite a
una causa formal en la que ella existe más eminentemente; hay una
transubstanciación de la imagen, en la que, al participante, no se le quita
nada, sino que más bien se le agrega algo.
Todo lo que se ha dicho
antes, se aplica tanto a la narrativa literaria de la «vida» del Buddha como a
la representación iconográfica de su «apariencia»; de la misma manera que esta
última no es un retrato sino un símbolo, así la primera no es un registro de
hechos sino un mito. La iconografía sobrenatural es una parte integral de la
imagen, como los milagros lo son de la vida; ambos son elementos esenciales más
bien que excrecencias accidentales o adventicias introducidas en razón del
«efecto».
No tenemos intención de
minimizar los milagros por medio de un análisis psicológico, ni tampoco nos
proponemos considerar el arte en sus aspectos meramente afectivos. En lo que
concierne a la historicidad de los milagros, hay, por supuesto, una divergencia
fundamental entre las posiciones racionalista y tradicional. La demostración
efectiva de un efecto mágico, echaría por tierra la filosofía racionalista
entera: su «fe» sería destruida si el sol se detuviera al mediodía o un hombre
caminara sobre el agua. Por otra parte, para el tradicionalista, la magia es
una ciencia, pero una ciencia inferior por la que no siente ninguna curiosidad;
la posibilidad del procedimiento mágico se da por hecho, pero se considera sólo
como ilustrativa, y no como probatoria, de los principios de los que depende el
ejercicio de los poderes.
Desde el punto de vista
presente, importa muy poco cual de estas posiciones asumamos. El racionalista y
el fundamentalista se encuentran juntos dentro del callejón sin salida de una
interpretación exclusivamente literal. Efectivamente, discutir la historicidad
o la posibilidad de un milagro dado está muy lejos del punto principal, a
saber, el de la significación. Sin embargo, podemos ilustrar con un brillante
ejemplo, cómo el punto de vista racionalista puede inhibir, mucho más que el
punto de vista crédulo, una comprensión de la verdadera intención de la obra.
El Sukhvat´-Vyèha dice que el Buddha «cubre
con su lengua el mundo en el que ellos enseñan»; de la misma manera que en ôg Veda Sa×hit VIII.72.18 la lengua de Agni —la voz
sacerdotal— «toca el cielo». Lo que Burnouf tiene que decir en conexión con
esto, es casi inaudito: «Esto es un ejemplo de las increíbles estupideces que
pueden resultar de una adicción a lo sobrenatural… Hablar de un sacar la
lengua, y, como el climax de lo ridículo, hablar también del vasto número de
maestros asistentes que hacen lo mismo en la presencia del Buddha, es un vuelo
de la imaginación al que difícilmente puede encontrársele un paralelo en la
superstición europea. Parece enteramente como si a los budistas del Norte se
les hubiera castigado en su gusto de lo maravilloso con la absurdidad de sus
propias invenciones»[30]
¡He aqu el cretinismo cientfico en toda su beatitud! [31]. No
obstante, contrástese lo que tiene que decir Santo Tomás de Aquino en un
contexto similar: «A la lengua de un ángel se le llama metafóricamente el poder
del ángel, con el que el ángel manifiesta su concepto mental… La operación
intelectual de un ángel se abstrae del aqu y del ahora… De aquí que en el lenguaje
angélico, la distinción local no es ningún impedimento» (Sum. Theol. I.107,1 y 4).
Hemos aludido arriba a un
«vuelo por el aire» de la imagen del Buddha de Udyana, desde la India a Khotn, imagen que devino, de
hecho, como observa Chavannes, el prototipo de muchas otras labradas en Asia
Central. En primer lugar, repetimos, que la existencia misma de una «imagen de Udyana», hecha en vida del Buddha,
es altamente improbable. En segundo lugar, ¿qué se entiende realmente por
«vuelo aéreo» y «desaparición»?. La expresión sánscrita ordinaria para
«desvanecerse» es antar-dhnaµ gam,
literalmente «ir-interior-posición». En el Klinga-bodhi Jtaka, el vuelo por el aire
depende de una «investidura del cuerpo en el manto de la contemplación» (jhna veÊhanena). Como ha observado Mus muy
acertadamente en otro contexto, «Todo el milagro resulta pues de una
disposición íntima» («Le Buddha paré», p. 435). Así pues, de lo que se trata
aquí no es de una translocación física, sino, literalmente, de una
concentración; se trata del alcance de un centro que es omnipresente, y no de
una moción local. Se trata enteramente de «estar en el Espíritu», en el sentido
en que San Pablo usa esta expresión: ese Espíritu (tman) de quien se dice que «sedente, viaja lejos, yacente va a todas
partes» (KaÊha Upani·ad II.21)[32]. ¿Qué
importancia puede tener, en un contexto tal, una discusión de la posibilidad o
la imposibilidad de una levitación o translocación efectiva?. Lo que implica la
designación de «movedor a voluntad» (kmcrin), es la condición de quien,
estando en el Espíritu, ya no necesita moverse en absoluto para estar en alguna
parte. Tampoco puede hacerse ninguna distinción entre el intelecto posible y
las ideas que contiene in adaequatione rei et intellectus: hablar de una omnipresencia intelectual, es hablar
de una omnipresencia de las formas o ideas, que no tienen ninguna existencia
objetiva aparte del intelecto universal que las contiene. La leyenda no se
refiere a la transferencia física de una imagen material, sino a la
universalidad de una forma inmutable, que puede ser vista tanto por el
contemplativo khotanés como por el contemplativo indio; donde el historiador de
arte vería lo que se llama la «influencia» del arte indio en el arte de Asia
Central, la leyenda afirma una imaginación independiente de la misma forma. Se
verá que nosotros no teníamos en vista minimizar el milagro, sino señalar que
la maravilla es de disposición interior, y que el poder del vuelo aéreo no es
nada semejante al de un aeroplano, sino que se refiere a la extensión de la
consciencia a otros niveles de referencia que los meramente físicos y, de
hecho, a la «sumidad del ser contingente»[33].
Consideremos otro caso, el
de «caminar sobre el agua»[34],
un poder atribuido a algunos, igualmente en las tradiciones hindú, budista,
cristiana y taoísta, y muy probablemente en muchas otras tradiciones. Nosotros
inferimos que puede hacerse una cosa tal, pero no sentimos ninguna curiosidad
en cuanto a si ello se hizo o no en una ocasión dada; eso lo dejamos a aquellos
que suponen que el Bhujyu védico fue recogido efectivamente del océano físico
por un «vagabundo» que pasaba. El interés reside en la significación. ¿Qué
significa que este poder se haya atribuido universalmente a la deidad o a otros
en su semejanza?. Hablar de una moción a voluntad sobre la faz de las aguas, es
hablar de un estar todo en acto, es decir, hablar de la operación de un
principio donde toda potencialidad de manifestación se ha reducido a acto. En
todas las tradiciones «las aguas» significan la posibilidad universal.
La conexión directa entre el
mito simbólico y el símbolo mítico, no puede ilustrarse mejor en ninguna otra
parte que en este contexto. Pues si al Buddha se le representa en la
iconografía soportado invariablemente por un loto, sin que sus pies toquen
nunca ninguna tierra local o física, ello se debe a que la idiosincrasia de la
flor u hoja del loto es estar en reposo sobre las aguas; la flor o la hoja es
universalmente, y no en un sentido local, un terreno sobre el cual los pies del
Buddha están firmemente plantados. En otras palabras, todas las posibilidades
cósmicas, y no meramente algunas o todas las posibilidades terrestres, están a
su mando. El soporte último del loto puede representarse también como un tallo
idéntico al eje del universo, enraizado en una profundidad universal e
inflorescente en todos los niveles de referencia, y si en el arte brahmánico
este tallo brota del ombligo de Nryaöa, el terreno central de la
Divinidad yacente sobre la faz de las aguas, y lleva en su flor la figura de Brahm (con quien el Buddha se
identifica virtualmente), la universalidad de este simbolismo es
suficientemente evidente en el Tallo de Isaí y en la representación simbólica
de la Theotokos cristiana por la rosa. La expresión rosa
de los
vientos, una brújula, y el «quanta
è la larghezza di questa rosa ne l’estreme foglie!» de Dante (Paradiso XXX.116-117) ilustran la correspondencia de la rosa
y el loto en sus aspectos espaciales: cf. Maitri
Upani·ad VI.2, donde los pétalos del
loto son los puntos de la brújula: es decir, las direcciones del espacio, de
extensión indefinida. Apenas necesitamos decir que la universalidad y la
precisión consistente de un simbolismo adecuado, no impide una adaptabilidad a
las condiciones locales y no depende de la identificación de las especies
botánicas[35].
Esta significación del loto
que hemos expuesto, está ligada inseparablemente al problema de la
representación budista en el arte plástico. Si tomamos el símbolo mítico
literalmente, como el artista indio moderno ha hecho algunas veces, tenemos una
pintura de lo que ya no es formalmente, sino sólo figurativamente, un hombre,
soportado por lo que ya no es en principio un terreno, sino por lo que A.
Foucher llama «el frágil cáliz de una flor» (en «On the Iconography of the
Buddha’s Nativity», Memoirs of the Archaeological Survey
of India,
1934, p. 13); la pintura se reduce así a la absurdidad, y parece que nosotros
estamos esperando que el «hombre» se caiga dentro del «agua» en cualquier
momento. Se ha destruido, la correspondencia de las superficies estéticas con
la pintura que no está en los colores; no importa cuan hábilmente ejecutada
esté, la pintura ya no es bella, debido precisamente a que se le ha robado su
significado. Este es un caso ilustrativo del principio de que la belleza no
puede separarse de la verdad, sino que es un aspecto de la verdad.
Un error fundamental de la
interpretación moderna, ha sido considerar el simbolismo budista a la vez como sui generis y como convencional, en el
sentido en que el esperanto puede llamarse una lengua convencional. Es decir,
se considera lo que los símbolos nos parecen ser, a nosotros que estamos acostumbrados al «simbolismo», o más
bien «expresionismo», de poetas y artistas que hablan individualmente en los
términos de su propia elección, términos que a menudo son obscuros, pero que,
no obstante, a veces se introducen dentro del uso corriente. Partiendo de estos
puntos de vista, Foucher puede pensar que es «capaz de observar,
retrospectivamente, los intentos crecientemente atrevidos del antiguo hacedor
de imágenes», y opinar que los elefantes «vinieron a tomar su sede naturalmente
sobre los lotos… un tipo de detalle específico agregado subsecuentemente… sólo
la superstición del precedente les impidió llegar más lejos» (dem). Si hubiera recordado que el Agni Védico nace en
un loto y es soportado por un loto, ciertamente habría preguntado, «¿Cómo pudo
el hombre imaginar que un fuego pudiera haberse encendido en el frágil cáliz de
una flor en el medio de las aguas?». De hecho, Foucher protesta que «Si el loto
no hubiera llenado desde el comienzo todo el espacio disponible, nadie hubiera
pensado nunca en usar el frágil cáliz de una flor como un soporte para un ser
humano adulto» (dem)[36].
Esto es sacar los símbolos
enteramente fuera de su contexto y valores tradicionales, y ver, en un arte de
ideas, meramente un arte idealizante. La visión moderna de los símbolos se
relaciona de hecho con la teoría moderna de una «religión natural», invocada
por algunos en las explicaciones de la «evolución» de todas las religiones, y
por otros en la explicación de todas las religiones excepto la Cristiana. Pero
desde el punto de vista de la tradición misma, el brahmanismo es una religión
revelada, es decir, una doctrina de origen sobrenatural; así pues, es una
revelación en los términos de un simbolismo adecuado, bien sea verbal o visual,
en el mismo sentido en que Platón habla del primer Denominador como un «Poder
más que humano», y de los nombres dados en el comienzo como necesariamente
«nombres verdaderos». Pensemos lo que pensemos de esto[37],
permanece el hecho de que el simbolismo es de una antigüedad inmemorial, una
antigüedad tan grande como la del «folklore» mismo; muchos de los símbolos
védicos, por ejemplo, el del rastreo de la Luz Oculta por sus huellas, implican
una cultura de la caza antecedente al comienzo de la agricultura. La palabra
más común para «Vía», sánscrito mrga, pli budista magga, deriva de una raíz m¨g,
«cazar», e implica un «seguimiento en los rastros de». En cualquier caso, los
pueblos del Valle del Indo, tres mil años a. C., ya hacían uso de «símbolos,
tales como el svastika, que la India jamás ha abandonado.
¿Nos atreveremos a pensar que la espiritualidad del arte Indio es tan antigua
como la civilización del Valle del Indo?. Si no es así, nunca podemos esperar
penetrar el secreto de su origen» (W. Norman Brow, en Asia, Mayo 1937, p. 385).
El simbolismo es un lenguaje
y una forma de pensamiento preciso; un lenguaje hierático y metafísico y no un
lenguaje determinado por categorías somáticas o psicológicas. Su fundamento
está en la correspondencia analógica de todos los órdenes de realidad y estados
del ser o niveles de referencia; se debe a que «Este mundo es en la imagen de
aquel, y viceversa» (Aitareya Brhmaöa VIII.2, y KaÊha Upani·ad IV.10) por lo que puede decirse Coeli
enarrant gloriam Dei.
La naturaleza de un
simbolismo adecuado difícilmente podría expresarse mejor que en las palabras
«el sentido parabólico (sánscrito par¯k·a) está contenido en el
sentido literal (sánscrito pratyak·a)». Por otra parte, «Las
formas sensibles, en las que había primeramente un equilibrio polar de lo
físico y lo metafísico, se han vaciado de contenido cada vez más en su vía de
descenso hasta nosotros: de manera que nosotros decimos ahora, esto es un
“ornamento”» (W. Andrae, Die ionische Sale, Berlín, 1933, p. 65). Así
pues, se trata de restaurar el significado a formas que nosotros hemos llegado
a considerar como meramente ornamentales. No podemos abordar aquí los problemas
de la metodología simbólica, excepto para decir que lo que tenemos que evitar,
sobre todo, es una interpretación subjetiva, y que lo que tenemos que desear,
sobre todo, es una realización subjetiva. Para los significados de los símbolos
debemos apoyarnos en las afirmaciones explícitas de los textos autorizados, en
el uso comparado, y en el uso de aquellos que todavía emplean los símbolos
tradicionales como la forma habitual de su pensamiento y de su conversación
cotidiana[38].
Sin embargo, nuestro interés
presente no está tanto en la metodología de la exégesis simbólica, como en la
naturaleza general de un arte típicamente simbólico. Hemos hablado arriba de
una transubstanciación, y la palabra ha sido usada acertadamente también por
Stella Kramrisch, al hablar del arte del período gupta, y del de AjaöÊ, en particular, con
referencia a la coincidencia en él de los valores sensuales y espirituales.
Nuestro error principal cuando consideramos la Eucaristía, es suponer que la
noción de una transubstanciación representa cualquier cosa excepto un punto de
vista normalmente humano. Decir que esto no es meramente pan, sino también, y
más eminentemente, el cuerpo de Dios, es lo mismo que decir que una palabra no
es meramente un sonido, sino también, y más eminentemente, un significado: es
con perfecta consistencia, como esta generación sentimental y materialista, no
sólo ridiculiza la transubstanciación Eucarística, sino que insiste también en
que la totalidad de una obra de arte subsiste sólo en sus superficies
estéticas, y considera, por ejemplo, que la poesía consiste únicamente en una
conjunción de sonidos placenteros e interesantes, más bien que en una secuencia
ordenada de sonidos con significados[39].
Desde el mismo punto de vista un hombre se interpreta sólo como un ser
psicológico, y no como una imagen divina, y por la misma razón nosotros nos
reímos de la «divinidad de los reyes». Que nosotros no admitamos ya un
argumento por analogía no representa
ningún progreso intelectual; es únicamente un síntoma de que hemos perdido el
arte del procedimiento analógico, o, en otras palabras, del procedimiento
ritual. El simbolismo[40]
es un cálculo, en el mismo sentido en que una analogía adecuada es una prueba.
En el sacramento
eucarístico, bien sea cristiano, mexicano, o hindú, el pan y el vino están
«cargados de significado» (Bouquet, The Real
Presence, p. 77): Dios es un
significado. La encantación védica (brahman) es físicamente un sonido,
pero supraaudiblemente es el Brahman. Para el hombre
«primitivo», que era ante todo y principalmente un metafísico, y sólo después
un filósofo y un psicólogo, para este hombre que, como los ángeles, tenía menos
ideas y usaba menos medios que nosotros, hubiera sido inconcebible que una
cosa, ya fuera natural o artificial, pudiera tener sólo una utilidad o un
valor, y no también un significado; literalmente, este hombre no podría haber
comprendido nuestra distinción entre lo sagrado y lo profano, o entre los
valores espirituales y los valores materiales; este hombre no vivía de pan
sólo. Jamás se le hubiera ocurrido que pudiera haber una cosa tal como una
industria sin arte, o la práctica de un arte que no fuera al mismo tiempo un
rito, es decir, una continuación de lo que había sido hecho por Dios en el
comienzo. Per contra,
el hombre moderno es una personalidad desintegrada, ya no es el hijo del cielo y
de la tierra, sino enteramente el hijo de la tierra sólo. Es esto lo que nos
hace tan difícil entrar en el espíritu del arte cristiano, hindú o budista,
donde los valores que se dan por establecidos son espirituales, y donde sólo
los medios son físicos y psicológicos. Todo el propósito del ritual es efectuar
una translación, no sólo del objeto, sino del hombre mismo, a otro nivel de
referencia, no ya periférico, sino central. Consideremos un caso muy simple, en
el que, sin embargo, pueden desecharse nuestras ficticias distinciones entre
barbarie y civilización. Que el hombre neolítico ya llamaba a sus hachas y
puntas de flecha «rayos», se conserva en la memoria del folklore de todo el
mundo. Cuando êaökarcrya exclamaba, «Yo he aprendido concentración del
hacedor de flechas», bien pudo haber querido decir, «Yo he aprendido a la vista
de este hombre, tan completamente olvidado de sí mismo en su atención hacia el
bien del trabajo que ha de hacerse, lo que significa “hacer la mente
uni-intencionada”». También pudo haber tenido en la mente lo que al artesano
iniciado y al arquero iniciado[41]
se les había hecho conocer en los Misterios Menores, a saber, que una flecha
hecha por manos es, transubstancialmente, la punta de ese rayo con el que el
Héroe Solar y Sol de los Hombres hirió al Dragón y apuntaló el cielo y la
tierra, creando un ámbito y dispersando la obscuridad literalmente con una flecha de luz. No se trata de que haya habido necesidad de
que alguien considerara que el objeto hecho por el hombre había «caído del
cielo» efectivamente, sino que a la «flecha plumada con las plumas del águila
solar y afilada con las encantaciones» se le había hecho ser, no meramente una
cosa de madera y hierro, sino, al mismo tiempo, metafísicamente de otro tipo[42].
De la misma manera, el guerrero, también un iniciado, se consideraba a sí
mismo, no como un mero hombre, sino también, a imagen del empuñador del dardo,
es decir, el Rayo heridor mismo. Igualmente, la espada del cruzado, no era
meramente una pieza de hierro o de acero, sino también un fragmento desprendido
de la Cruz de Luz; y para él, in hoc
signo vinces,
no tenía exclusivamente un valor práctico, ni sólo un valor «mágico»; herir
efectivamente al odiado enemigo, y hacer la luz en la obscuridad, eran la
esencia de un único acto. Pertenecía al secreto de la caballería, asiática y
europea, realizarse uno mismo como —es decir, metafísicamente, ser— un pariente del Sol, un jinete sobre un corcel
alado o en un carro de fuego, y ceñido con el rayo mismo. Esto era una
imitación de Dios en la semejanza de un «poderoso guerrero».
Podríamos haber ilustrado
los mismos principios en conexión con algunas de las otras artes que no fuera
la de la guerra; como, por ejemplo, las de la carpintería o el tejido, la
agricultura, la caza, o la medicina, o incluso en conexión con juegos tales
como las damas —donde el peón que alcanza «la otra orilla» deviene un rey
coronado y, hasta este día, en la lengua india vernácula, se le llama
significativamente un «movedor a voluntad» (kmcrin, que ya en las Upani·ads, es la designación técnica
del hombre liberado en quien se ha cumplido el renacimiento espiritual). Lo
mismo es válido para todas las actividades de la vida, interpretadas como un
ritual que se lleva a cabo en imitación de lo que se hizo en el comienzo. Por
ejemplo, en relación con los actos sexuales, según se interpretan
sacrificialmente en los Brhmaöas y Upani·ads, este punto de vista es esencial para una
comprensión de las iconografías budistas tántricas y lamaístas, e igualmente de
los mitos de Krishna y su representación en el arte; el punto de vista
sobrevive en nuestra expresión, «el sacramento del matrimonio». La bivalencia
de una imagen que ha sido vivificada ritualmente por la invocación de la Deidad
y por el «Don de Ojos» es del mismo tipo. De la misma manera, las reliquias se
depositan en un stèpa y se llaman su «vida» (j´vita); puesto que el stèpa, como el altar y la iglesia
Cristiana, es a la vez una incorporación y la tumba del Dios muriente. Así se
provee, en la tierra, de una presencia formal del Buddha enteramente despirado,
Deus absconditus: la verdadera tumba en la que el Buddha —él mismo un Nga[43]— vive realmente, es ab intra, y está guardada por Ngas; el culto establece un lazo
entre los actos exteriores y la realidad interna, en razón de aquellos que
todavía no están «muertos y enterrados en la Divinidad». Ciertamente, nosotros
hablamos, aunque solo retóricamente, de la «vida» de una obra de arte; pero
esto es sólo una memoria folklórica, y literalmente una «superstición», de lo
que fue una vez una animación deliberada, realizada metafísicamente.
Desde el punto de vista
tradicional, el mundo mismo, junto con todas las cosas hechas o actuadas de una
manera conformable al modelo cósmico, es una teofanía: una fuente de
información válida debido a que él mismo está in-formado. Sólo son feas e
inelocuentes aquellas cosas que son informales o deformes (apratirèpa). La transubstanciación es la regla: los símbolos,
las imágenes, los mitos, las reliquias, y las máscaras son todos igualmente
perceptibles a los sentidos, pero son también inteligibles cuando se les «saca
de su sentido». En el lenguaje dogmático de la revelación y del procedimiento
ritual, este lenguaje general se reduce a una ciencia formulada para los
propósitos de la comunicación y de la transmisión. Es necesario que la doctrina
se transmita siempre, en razón de aquellos que tienen oídos para oír —«tales
almas que son fuertes en visión»; lo que ya no es tan posible es que todo el
que tiene un papel en la transmisión sea también un Comprehensor. Y de aquí que
haya una adaptación, en los términos del folklore y de los cuentos de hadas,
para una transmisión popular; así como una formulación, en las lenguas
hieráticas, para la transmisión sacerdotal; y, finalmente, también una
transmisión iniciatoria, en los Misterios. Con respecto a todas estas
transmisiones, es igualmente verdadero que «Mientras en todas las demás
ciencias, las cosas son significadas por palabras, esta ciencia tiene la
propiedad de que las cosas significadas por las palabras, tienen también, ellas
mismas, una significación… El sentido parabólico está contenido en el literal»
(Sum. Theol.
I.I.10); que «la Escritura, en una y la misma sentencia, a la vez que describe
un hecho, revela un misterio» (San Gregorio, Moralia XX.1, en Migne, Series latina).
Sólo de esta manera puede y
debe comprenderse la formalidad de la totalidad del arte y del ritual
tradicional, ya sea cristiano, budista, u otro; todo en este arte ha sido un
arte aplicado, nunca un arte por el arte; los valores de la utilidad y del
significado son anteriores a los del ornamento. Las virtudes estéticas, las
adecuadas relaciones de masas, y todo lo demás, sobreviven en las «formas de
arte» incluso cuando se ha olvidado su significado; por ejemplo, los valores
«literarios» de la Escritura y los valores «musicales» de la liturgia siguen
siendo válidos, incluso para el «positivista» (sánscrito nstika)[44].
No hay duda de que nuestras «sensaciones», respecto a las obras de arte, pueden
explicarse psicológicamente o incluso químicamente; y aquellos que así lo
quieren, pueden permanecer contentos sabiendo lo que desean y como lo desean.
Pero el estudioso serio de la historia del arte, cuya empresa es explicar la
génesis de las formas y juzgar sus logros, sin referencia a sus preferencias
propias, debe saber también lo que el artista tenía intención de hacer, o, en
otras palabras, lo que el patrón requería.
Tenemos que admitir que está
más allá de la competencia del racionalista, como tal, comprender el arte
budista. Por otra parte, estamos lejos de mantener que para comprender uno deba
ser un budista en cualquier sentido específico; hay muchísimos budistas
profesos y muchísimos cristianos profesos que no tienen la menor idea de lo que
es el arte budista o cristiano. Lo que queremos decir es que para comprender
uno no debe ser meramente un hombre sensitivo, sino también un hombre
espiritual; y no meramente un hombre espiritual, sino también un hombre
sensitivo. Uno debe haber aprendido que no puede haber un acceso a la realidad
haciendo una elección entre la materia y el espíritu, considerados como cosas
desemejantes en todos los respectos, sino, más bien, viendo en las cosas
materiales y sensibles una semejanza formal de los prototipos espirituales, de
los que los sentidos no pueden dar ninguna apercepción directa[45].
No es una cuestión de religión versus ciencia, sino de una realidad sobre
diferentes niveles de referencia, o mejor, quizás, de diferentes órdenes de
realidad, que no son mutuamente excluyentes.
Traducción: Pedro Rodea.
* [Este ensayo se publicó por primera vez como la introducción a un volumen de Benjamin Rowland, Jr., The Wall-Paintings of India, Central Asia, and Ceylon (Boston, 1938). Aquí aparece en la versión ligeramente revisada incluida en Figures of Speech or Figures of Thought.—ED.]
[1] Coomaraswamy, Elements of Buddhist Iconography, 1935, y «Some Sources of
Buddhist Iconography», 1945.
[2] Hablar de un evento como esencialmente mítico no es, en modo alguno, negar su posibilidad,
sino más bien afirmar la necesidad de su eventuación accidental —es decir, histórica; las natividades eterna y
temporal están relacionadas de esta manera. Decir «para que pudiera cumplirse
lo que fue dicho por los profetas», no es hacer una narrativa inferida, sino
solamente referir el hecho a su principio. Nuestra intención es señalar que la
verdad más eminente del mito, no es apoyada ni rebatida por la verdad o el
error de la narrativa histórica en la que el principio se ejemplifica.
[3] La expresión nirmöa-kya se deriva, evidentemente,
de Jaimin´ya Brhmaöa III.261-263. Aquí los Devas han emprendido una sesión sacrificial,
pero antes de hacerlo se proponen desechar «todo lo que es crudo en nuestro
Espíritu (tad yad
e·µ krèram
tmana sit, es decir, todo lo que son sus posibilidades de manifestación física),
y medirlo (tan nirmimmahai —es decir, darlo forma)». Por consiguiente, «ellos lo midieron (nirmya) y pusieron lo que así había sido desechado (sammrjam) en dos cuencos (§arvayoú, es decir, el cielo y la tierra)… De aquí nació el Deva suave… fue
ciertamente Agni quien nació… Él dijo, “¿Por qué me habéis hecho nacer?”. Ellos
respondieron, “Para mantener la guardia” (aupa-d¨·Êrya; cf. êatapatha Brhmaöa III.4.2.5, aupad¨·Ê, y Syaöa sobre ôg Veda Sa×hit X.27.13, loka karaöya)». Aquí, entonces, la incorporación de Agni en los mundos es ya un nirmöa-kya. Que Agni ha de mantener la
guardia corresponde, por una parte, a la concepción védica del Sol como el «Ojo
de los Devas» y, por otra, a la del Buddha como el «Ojo en el Mundo» (cakkuµ loke) en los textos pli, y a Cristo como 2g@Ø…Ð::" (Greek Anthology I.19). Cf. Coomaraswamy, «Nirmöa-kya», 1938.
[4] El origen del nombre de la
madre del Buddha, Mya (:"Ã"s :J4H, Sophia), puede rastrearse hacia atrás desde Lalita Vistara XXVII.12 a través de Atharva Veda Sa×hit VIII.9.5 hasta ôg Veda
Sa×hit III.29.11, «Esta, oh Agni,
es tu matriz cósmica, desde donde tú has brillado… Metrado en la madre (yad amim´ta mtari ) —Mtari§vn»; cf. X.5.3, «Habiendo medido al Niño (mitv §i§um)», y Taittir´ya Sa×hit IV.2.10.3, «nacido como un
corcel en el medio de las aguas».
[5] En relación con esto,
obsérvese que en San Juan 1:3-4, el latín quod
factum est
representa al griego Ð (X(@<g< (sánscrito jtam), cf. Filón, Aet. 15, §D(@< *¥ 6"Â §((@<@<. «La enseñanza de nuestra
escuela es que todo lo que se conoce o nace es una imagen. Ellos dicen que al
engendrar a su Hijo unigénito, el Padre está produciendo su propia imagen»
(Maestro Eckhart, ed. Evans, I.258).
Es desde el mismo punto de
vista, a saber, el de la doctrina de las ideas, como para Santo Tomás «El arte
imita a la naturaleza [es decir, a la Natura naturans, Creatrix universalis,
Deus] en su manera de operación» (Sum. Theol. I.117.10), y como San
Agustín «appuie plus nettement [que Plotino] sur la même origine de la nature
[Natura naturata] et des oeuvres d’art, lÕorigine en Dieu»
(K. Svoboda, LÕEsthtique de saint Augustin et ses sources, Brno, 1933, p. 115).
[6] Un dicho tradicional citado
por êaökara
en Brahma Sètra
III.2.17. Cf. el Hermético «Sólo entonces lo verás, cuando no puedas hablar de
ello; pues el conocimiento de ello es silencio profundo, y supresión de todos
los sentidos» (Hermes, Lib. X.6). De la misma manera
que para las Upani·ads, el Brahman último es un principio «sobre el que no puede preguntarse
ninguna pregunta más» (B¨hadraöyaka Upani·ad III.6), así el Buddha rehusa consistentemente discutir la quiddidad
del Nibbna. En las palabras de Erigena, «Dios no sabe lo que Él mismo es, debido
a que Él no es ningún qué», y de Maimónides, «al afirmar algo de Dios, estás
apartándote de Él». Las Upani·ads y el budismo no ofrecen ninguna excepción a la
regla universal del empleo conjunto de la via
affirmativa y la via remotionis. No hay nada peculiarmente
indio, y todavía menos peculiarmente budista, en la enseñanza de que nosotros
no podemos conocer lo que nosotros podemos devenir, lo cual «el ojo nunca vio,
ni el oído nunca oyó» (I Cor. 2:9). Mientras tanto, la función de la imagen
corporal , verbal, o plástica, o, en cualquier otro sentido, simbólica, es
mediadora. Ver también Coomaraswamy, «The Vedic Doctrine of “Silence”».
[7] Ver la edición de Sylvain
Lévi del Mahyna Sutrlaµkra de Asaöga, 2 vols. (París, 1907, 1911),
I, 39-40; II, 77-78. Lévi no ha comprendido completamente laksaöa-sthna; la referencia es a la iconografía descriptiva del arte narrativo y
visual. En A Survey
of Painting in the
Deccan (Londres, 1937), pp. 27 y
203, nota 31, Stella Kramrisch ha errado la referencia del pasaje: «pintar con
colores en el espacio» es una expresión proverbial que implica «intentar lo
imposible» o «esfuerzo hecho en vano», como, por ejemplo, en Majjhima Nikya I.127, donde se señala que
un hombre no puede pintar en colores en el espacio, debido a que «el espacio es
sin forma o indicación». Lo que Asaöga está diciendo, es que
considerar cualquier representación del Principio transcendente, como él es en
sí mismo, no es más que un sueño vano; la representación tiene un valor
meramente temporario, comparable al de la barca ética, en la bien conocida
parábola de la barca (Majjhima Nikya I.135).
Sin embargo, como lo
expresan los Sdhanas, es sobre un fondo de «espacio en el corazón» como
debe imaginarse la pintura que «no está en los colores»; de la misma manera que
la «pintura del mundo» de êaökarcrya (a saber, el cosmos inteligible visto en el speculum aeternum) es «pintada por el
Espíritu en el lienzo del Espíritu». Y debido a que la pintura se ha imaginado
así como una apariencia manifestada sobre un terreno infinito, la pintura (de Amida, por ejemplo) pintada en
colores efectivos y sobre lienzo, destaca sobre un trasfondo análogo de
extensión indefinida.
[8] Kar·aörthya: la noción coincide con el concepto platónico y
escolástico de la cualidad convocativa de la belleza. Cf. Mathnaw´ I.2770,
«La apariencia risueña de la pintura es por amor de ti; para que por medio de
esa pintura pueda establecerse la realidad».
[9] «Elude» es precisamente el
«s’asconde sotto» de Dante. «El lenguaje no alcanza la verdad; pero la mente (<@ØH = manas) tiene un poder vigoroso, y
cuando ha sido llevada a alguna distancia en su vía por el lenguaje, alcanza la
verdad» (Hermes I.185).
[10] Es decir, al nacer, y al
hacer uso, por consiguiente, de figuras materiales, al hablar parabólicamente,
etc.
[11] Tattvam yog´nm: cf. ôg Veda Sa×hit X.85.4, «De quien los brahmanes comprenden como Soma, nadie saborea
jamás, nadie saborea que more sobre la tierra», y Aitareya Brhmaöa VII.31, «Es metafísicamente
(par¯k·ena) como él obtiene la bebida
de Soma, no es literalmente (pratyak·am) como [la bebida] es
participada por él».
[12] Laökvatra Sètra II.112-114.
[13] «Este tipo de cosa no puede
enseñarse, hijo mío; pero Dios, cuando así lo quiere, lo trae a nuestra
memoria» (Hermes, Lib. XIII.2).
[14] Cetiya, caitya, se derivan generalmente de
ci, «apilar», usado
originalmente en conexión particular con la construcción de un altar del fuego
o una pira funeraria, y esto no carece de significación en conexión con el
hecho, que ha de examinarse abajo, de que la imagen del Buddha hereda realmente
los valores del altar védico. Pero, como el Jtaka mismo aclara, un caitya no es necesariamente un stèpa, ni algo construido, sino
un substituto simbólico de cualquier tipo que ha de considerarse como el Buddha en su ausencia.
Debe asumirse al menos una conexión hermenéutica de ci,
«edificar», con las raíces estrechamente emparentadas ci y cit, mirar, considerar,
conocer, y pensar o contemplar; es en este sentido, por ejemplo, como se usa cetyaú en ôg Veda
Sa×hit VI.I.5, «Tú, oh Agni,
nuestro medio de cruce, tienes-que-ser-conocido-como refugio eterno y padre y
madre del hombre», epítetos que, además, se han aplicado todos también al Buddha.
En êatapatha Brhmaöa VI.2.3.9 es explícito que citi («plataforma», de la raíz ci ) se llama así debido a que ha sido «visto en
meditación» (cetayamna, de la raíz cit). Los fuegos «dentro de vosotros», de los que los
fuegos del altar externo son sólo los soportes, se «apilan intelectualmente», o
son «apilados de sabiduría» (manascitaú, vidycitah, de la raíz ci,
êatapatha Brhmaöa X.5.3.3 y 12). Cf. «Cetiya» en Coomaraswamy, «Algunas
Palabras Pli»; y Coomaraswamy, «Pröa-citi», 1943.
La asimilación de ci a cit, en conexión con una
operación cuyo propósito principal es «edificar» al sacrificador mismo, entero
y completo, tiene un sorprendente paralelo en el desarrollo semántico de la
palabra «edificio», puesto que el «edificio» era originalmente un hogar (aedes) y las raíces afines griega y sánscrita "Ç2T e idh son «encender». El hogar,
que es un altar tanto como un lugar para el fuego, establece la casa (como en êatapatha Brhmaöa VII.1.1. y 4). Así pues, de
la misma manera que aedes deviene «casa», así también
«edificar» es, en un sentido más general, «construir»; y el significado de
«construir espiritualmente» conserva los valores originales sagrados del hogar.
Paralelo también a «edificar» y a idh es el pli samuttejati, literalmente «encender» por medio de un discurso «edificante» (D´gha Nikya II.109, etc.), sin duda con
una referencia última al «Agnihotra interno» en el que el corazón deviene el
hogar (êatapatha Brhmaöa X.5.3.12, êökhyana îraöyaka X; Sa×yutta Nikya I.169).
[15] Esta no es, por supuesto,
una posición exclusivamente budista. Los Vedas ya hablan del Gran Yak·a (Brahman) que se mueve
sobre las aguas en una corriente ígnea, en el centro del universo, en la
semejanza de un Árbol (Atharva Veda
Sa×hit X.7.32); y a este Arbusto
Ardiente, la Única Higuera, se le llama en las Upani·ads el «único Despertador» (eka sambodhayit¨) y soporte sempiterno de la
contemplación de Brahman (dhiylamba, Maitri Upani·ad VII.11). En êökhyana îraöyaka XI.2 el Brahman espirante es «como si fuera un gran árbol, de pie con
sus raíces mojadas» [Cf. Mahvaµsa I.69].
[16] Cf. Coomaraswamy, Elements of Buddhist Iconography, pp. 4-6. Ahora traduzco uddesika por «indicativo», en vista del examen por Louis de
la Vallée Poussin en Harvard Journal of Asiatic Studies II (1937), 281-282. Del
pasaje que cita del Yoga§stra de Asaöga es evidente que uddi§ya significa «indicativo del Buddha»; los ejemplos que
se dan de tales símbolos indicativos son «stèpa, construcción, y templete
antiguo o moderno». Si fue sólo más tarde cuando uddesika cetiya vino a significar también
«imagen del Buddha» (tathgata paÊim), esto significaría que el Jtaka no tiene ninguna referencia
de imágenes del Buddha; alternativamente, debe sostenerse que las imágenes del
Buddha han sido desaprobadas, con otros símbolos indicativos, como
«arbitrarias». El sentido peyorativo de anudissati, «apunta a», puede observarse en D´gha
Nikya II.354. El resultado
evidente, de que las imágenes del Buddha fueron ignoradas, o condenadas, basta
para nuestros propósitos, a saber, la demostración del rastro de una actitud
originalmente anicónica.
Curiosamente, la posición
iconoclasta budista es como la de Sextus Empiricus (Adversus dogmticos II. 146 sig.), que
distingue entre signos «conmemorativos» (ßB@:<0FJ46`<) y signos «indicativos» (¦<*g46J46`<), y que rechaza los segundos en base a que los
primeros están, o han estado, en asociación íntima con las cosas que nos
recuerdan, mientras que para los segundos no hay modo de demostrar que ellos
significan lo que se dice que significan. Se puede honrar la memoria del
maestro humano que fue; pero fue en el Dhamma, y es todavía sólo en el Dhamma,
su doctrina, donde puede ser visto realmente; cf. la historia del excesivo
apego de Vakkali a la forma visible del Buddha, citada en Coomaraswamy, «Saµvega: Shock Estético». Al mismo tiempo, no debe perderse
de vista que mientras Sextus Empiricus es un escéptico, incluso en el sentido
moderno, el budista no es un «positivista».
[17] La cuestión es al mismo
tiempo de localización y de temporalidad. En las devociones personales indias,
es típico hacer uso de una imagen de arcilla, que se consagra temporalmente y
que se deshecha después del uso, cuando se ha despedido a la Presencia; de la
misma manera, la iglesia cristiana deviene la casa de Dios, específicamente,
sólo después de la consagración, y, si se desconsagra formalmente, puede usarse
para cualquier otro propósito secular sin ofensa. El rito, como la Natividad
temporal , es necesariamente eventual; el evento temporal puede tener lugar en cualquier parte, debido justamente a que su
referencia es a una omnipresencia intemporal. En cualquier caso, no se trata de
una contradicción, como entre un «Dios extenso en el espacio» (Bouquet, The Real Presence, p. 52) y una presencia especial en un punto dado del espacio; la
extensión en el espacio es ya una localización, en el mismo sentido en que la
procesión es una aparente moción. De un Dios, «en quien nosotros vivimos y nos
movemos y tenemos nuestro ser», nosotros no podemos decir que Él está en el
espacio como estamos nosotros, sino más bien que Él es
el «espacio» en el que nosotros somos. Pero toda la Escritura emplea un
lenguaje en términos de tiempo y espacio, adaptado a nuestra capacidad; así
pues, si ha de evitarse esto, no es sólo la imagen visual la que debe ser hecha
pedazos. El iconoclasta no siempre comprende todas las implicaciones de su
ideal: no puede decirse de alguien que todavía sabe que él es, que todos sus
ídolos han sido destruidos.
[18] La imagen de pigmento o de
piedra, «indicativa» del Buddha, es tanto una imagen del dios, «de quien es la
imagen», como lo es la imagen de carne o de palabras: cada una es «un dios
sensible en la semejanza del dios inteligible» (gÆ6ã< J@Ø <@0J@Ø [2g@Ø] 2gÎH "4F20J`H, Platón, Timeo 92). Nosotros no
necesitamos rehuir la identificación implícita del aparinibbuto Tathgata con Ò 6`F:@H @àJ@H, en el sentido de que el
universo es su cuerpo.
[19] Una sorprendente
anticipación del punto de vista del Renacimiento. «Los eventos por venir
arrojan sus sombras delante». «Por la
familiaridad con los cuerpos, muy fácilmente, aunque muy perniciosamente, se
puede llegar a creer que todas las cosas son corporales» (San Agustín, Contra Acadmicos XVII.38); como dijo
Plutarco, uno puede estar tan preocupado con el «hecho» obvio, como para no ver
la «realidad», y confundir Apolo con Helios (Moralia 393d, 400d, 433d),
«el sol a quien todos los hombres ven» con «el Sol a quienes pocos conocen con
la mente» (Atharva Veda
Sa×hit X.8.14).
[20] «A Revised Chronology of Gandhra Sculpture», Art Bulletin,
XVIII (1936), 400.
[21] Adaptado de Robert Byron y
David Talbot Rice, The Birth
of Western Painting (Londres, 1930), p. 56, con
la adición de las palabras entre corchetes.
[22] «En estos contornos, hijo
mío, hasta donde es posible, he trazado una semejanza (gÆ6f<) de Dios para ti; y si tú contemplas esta semejanza con los ojos de tu
corazón (6"D*\"H ÏN2"8:@ÃH, islámico Ôayn-i-qalb´), entonces, hijo mío, créeme, encontrarás la vía hacia lo alto; o más
bien, la visión misma te guiará en tu vía» (Hermes, Lib.
IV. 11b; cf. Hermes, Asclepios III.37 sig.).
[23] Byron and Rice, Birth of Western Painting, pp. 67, 78. En ambos
casos, más que una cuestión de invención de una iconografía ad hoc, se trataba de una cuestión
de reconocimiento y de ratificación de una iconografía y de un simbolismo, que
no era ni cristiana ni budista, sino universalmente solar.
[24] Decimos deliberadamente
«animan» debido a que la inscripción de un texto esencial (usualmente la
fórmula ye dharm, etc.), o la inclusión de un texto escrito dentro del cuerpo de una
imagen de metal o de madera, implica una elocuencia, y así han de comprenderse,
mucho más literalmente de lo que podría suponerse, las palabras de una
inscripción China, «el artista pintó una semejanza que
habla» (Chavannes, Mission archologique, I, 497). Sólo tenemos que
alterar muy ligeramente las palabras del Buddha, «El que ve la Palabra, Me ve»,
para hacerlas decir, «El que ve mi Imagen, escucha mi Palabra».
[25] Samuel Beal, Hsan-tsang, Si-yu-ki; Buddhist Records of the Western World
(Londres, 1884) II, 121.
[26] Debemos evitar una
distinción artificial entre «términos» y «formas». El símbolo puede ser verbal,
visual, dramático, o incluso alimentario; el uso de un material es inevitable.
No es el tipo de material lo que importa. Es con perfecta lógica como los
budistas tratan igualmente la imaginería verbal y visual; «¿Cómo podría
demostrarse la Personalidad Luminosa, de otro modo que por una representación
de colores y peculiaridades iconográficas? ¿Cómo podría comunicarse el
misterio, sin recurrir al lenguaje y al dogma?». Las figuras esculpidas de
Buddhas y Bodhisattvas «proporcionan a los hombres de conocimiento un medio de
elevarse a sí mismos a la perfección de la verdad» (inscripciones chinas,
Chavannes, Mission Archologique, I, 501, 393).
[27] Nos inclinamos más a estar
de acuerdo con Rowland en que «la escuela de Gandhra vino a la existencia sólo
poco antes de la accesión de Kanishka en el siglo segundo de la era Cristiana»
(«A Revised Chronology of Ghandra Sculpture», p. 399), lo que hace que las imágenes
más antiguas de Gandhra y las de Mathur sean casi contemporáneas, o
da alguna prioridad a las últimas.
[28] Para una imagen llamada «de
Udyana» en Lung Men, ver Chavannnes, Mission archologique, I, 392, y Paul Mus, «Le
Buddha paré», Bulletin de lÕcole Franaise dÕExtrme Orient, XXVIII (1928), 249.
[29] «Si no te haces tú mismo
igual a Dios, no puedes aprehender a Dios; pues lo igual es conocido sólo por
lo igual» (Hermes, Lib. XI.2.2ob). «Pero el que
está unido al Señor es un único espíritu» (I Cor. 6:17). Cf. Coomaraswamy, «La
“E” en Delfos».
[30] Le Lotus de la bonne loi (París, 1925), p. 417.
[31] L. Zeigler, berlieferung (1936), p. 183. Uno no puede sorprenderse de
que algunos indios se hayan referido a la erudición europea como un crimen. Al
mismo tiempo, el erudito indio moderno es capaz de banalidades similares.
Nosotros tenemos en mente al Profesor K. ChaÊÊopdhyya, que considera ôg Veda Sa×hit X.71.4, donde se trata a la vez de la audición y de la visión de la
Voz (vc), una prueba de un
conocimiento de la escritura en el período védico —un ejemplo de miopía
intelectual tan densa al menos como la de Burnouf.
[32] Hermes, Lib. XI.2.19: «Todos los cuerpos están sujetos al
movimiento; pero eso que es incorporal es sin moción, y todas las cosas
situadas en ello no tienen movimiento… Pide a tu alma que viaje a cualquier
tierra que elijas, y antes de que le pidas que vaya, estará allí… ella no se ha
movido como uno se mueve de un sitio a otro, pero est allí. Pídela que vuele al cielo, y no tendrá necesidad de alas». ôg Veda Sa×hit VI.9.5: «La Mente (manas, <@ØH) es el más veloz de los pájaros»; Pacavi×§a Brhmaöa XIV.1.13: «El Comprehensor
está alado (ya vai
vidvösas te pak·iöaú)».
[33] «Pues el hombre es un ser
de naturaleza divina… y, lo que es más que todo lo demás, sube al cielo sin
dejar la tierra; hasta una distancia tan vasta, puede extender su poder»
(Hermes, Lib. X.24b).
[34] Para la historia del
símbolo ver W. Norman Brown, Indian and
Christian Miracles of Walking on the
Water (Chicago, 1928), y Arthur
Waley, The Way
and Its
Power (Londres, 1934), p. 118. La
forma de las expresiones Herméticas, «Pero de la Luz salió una Palabra sagrada
(8`(@H = §abda brahman, uktha) que tomó su sede sobre la
substancia acuosa… [la tierra y el agua] fueron puestas en moción, en razón de
la Palabra espiritual (B<gL:"J46`H = tmanvat) que se movía sobre la faz del agua» (Hermes, Lib. I.8b.5b), aunque dependiente, quizás, del Génesis,
es especialmente significativa en su uso de la expresión «tomó su sede»; cf. adhiti·Êhati, como se predica del tman en las Upani·ads, passim.
[35] Para un examen más completo
del loto, ver Coomaraswamy, Elementos de Iconografa Budista, 1935, Cf. las
representaciones egipcias de Horus sobre el loto, de las que Plutarco dice que
«ellos no creen que el sol sale como un niño recién nacido del loto, sino que
pintan la salida del sol de esta manera, para mostrar obscuramente ("Æ<4JJ`:g<@4) que su nacimiento es una ignición (<"R4H) desde las aguas» (Moralia 355c), exactamente como nace Agni.
[36] Que «el loto llenó desde el
comienzo todo el espacio disponible» es para Foucher meramente un hecho
iconográfico y, en este sentido, un «precedente supersticioso». Sin embargo,
las palabras son verdaderas, en este sentido mucho más profundo y más original
—que en el comienzo no haba ningn otro
espacio, y que como era en el
comienzo es ahora y siempre será, debido a que el loto es el símbolo y la
imagen de toda la extensión espacial, como se afirma explícitamente en Maitri Upani·ad VI.2, «¿Cuál es el loto y
de qué tipo?. Ciertamente, lo que este loto es, es Espacio; los cuatro
cuadrantes y los cuatro intercuadrantes son sus pétalos constitutivos». El
«precedente» es primariamente metafísico y cósmico, y por lo tanto
tambin iconográfico.
[37] Las nociones de una
«revelación» y Philosophia Perennis (la «Sabiduría increada, la misma ahora que
siempre fue, y la misma que será siempre» de San Agustín, Confesiones IX.10) son, por supuesto, anatema para el erudito
moderno. Él prefiere decir que los Himnos védicos «contienen los rudimentos de
un tipo de pensamiento mucho más elevado de lo que estos poetas podrían haber
imaginado… pensamiento que ha devenido final para siempre en la India, e
incluso fuera de la India» (Maurice Bloomfield, The
Religin of the Veda, Nueva York, 1908, p. 63).
Es cierto que el escritor tiene aquí en mente una evolución del pensamiento,
¿pero cmo es que el poeta védico
formula «un tipo de pensamiento mucho más elevado de lo que él podría haber
imaginado»?. Ello es tanto como decir que el hombre hacía lo que no podía
hacer. Es más bien improbable que Bloomfield quisiera apoyar realmente una
doctrina de la inspiración verbal.
[38] Ver Coomaraswamy, «El Rapto
de una Ng´: Un Sello Gupta Indio».
[39] La sentimentalidad y el
materialismo, si no son sinónimos en todos los respectos, sí coinciden en el
sujeto. El hombre en gesta del espíritu, ha devenido «el hombre moderno en
busca de una alma» de Jung, que termina descubriendo… el espiritismo y la
psicología.
[40] Webster, «cualquier proceso
de razonamiento por medio de símbolos».
[41] Ver Coomaraswamy, «El
Simbolismo del Tiro con Arco», 1943. Se ha dicho que la última compañía de
arqueros Franceses fue disuelta por Clemenceau, que se oponía a su posesión de
un «secreto».
[42] Para el culto y la
transubstanciación de las armas, cf. ôg Veda
Sa×hit VI.47 y 75, y êatapatha Brhmaöa I.2.4.
[43] El Buddha se alude a veces
como un Nga. En Majjhima Nikya I.32, a los arhats Mogallna y Sriputra se les llama «un par de
Grandes Serpientes» (mahng); en Majjhima Nikya I.144-145, al Nga encontrado en el fondo de
una colina hormiguero (considerada como un stèpa)
se le llama una «significación del monje en quien han sido erradicados los
flujos sucios»; en Sutta-Nipta 522, «Nga» se define como el «que no
se aferra a nada y está liberado» (sabatta na sajjati vimutto). Los paralelos abundan en
suelo griego, donde al héroe muerto y deificado, se le representa
constantemente como una serpiente dentro de una tumba cónica, y donde el
aspecto chtónico de Zeus Meilichios es similarmente ofidiano.
[44] Nstika, el «que piensa que “no hay nada más allá de este mundo” ayaµ loko nsti para iti
mn´» (KaÊha Upani·ad II.6), pues no comprende
que «hay no sólo este mundo, sino otro que éste aitvad en anyad
asti» (ôg Veda Sa×hit X.31.8). Si los budistas mismos han sido considerados a veces como nstikas, esto se ha debido a que anatt se ha malinterpretado como significando «no hay
ningún Espíritu»; la verdadera posición budista es que, [para el arahant], puede decirse que «ya ahora, no hay ningún más (nparam)» de lo «que no es el Espíritu (anatt; na me so att)», de «la vida bajo estas
condiciones», (Sa×yutta Nikya III.118). Cf. «Natthika», en Coomaraswamy, «Algunas Palabras Pli».
[45] La naturaleza y el uso de
las «imágenes», como soportes de contemplación, no se expresa en ninguna
parte más brevemente ni mejor que en Repblica 510de («el que usa las formas visibles y habla sobre ellas no
está pensando realmente en ellas, sino en esas cosas de las que ellas son
la imagen»), un pasaje que puede haber sido la fuente de la fórmula bien
conocida de San Basilio de que «el respeto que se rinde a la imagen pasa
a su arquetipo» (De spiritu sancto [Migne, Series graeca, Vol. 32], c.18; cf. Epifanio,
Frag. 2).