
«Reduce a mansedumbre las salvajes mociones de la
volición, y toma a tu cuidado domar a la cruel bestia. Tú estás sometido a la
volición; esfuérzate en desatar el nudo que no puede ser cortado. Tu volición
es tu Eva»
San
Buenaventura, De Conversione.
La historia de la vida del
Buddha es bien conocida y sólo necesita resumirse brevemente; su duración de
ochenta años cubre la mayor parte del siglo quinto a. C., pero las fechas
exactas de su nacimiento y de su muerte son inciertas. El príncipe Siddhattha,
el único hijo del rey Suddhodana del clan Skiya y de su reina Mah My, nació en Kapilavatthu, la
ciudad capital de Kosala, un distrito que se extiende desde el sur del Nepal al
Ganges. Al decir «rey» (rj) no debe olvidarse que la
mayoría de los «reinos» del Valle del Ganges en esta época eran realmente
repúblicas sobre las que presidían los «reyes»; el procedimiento seguido en los
claustros monásticos budistas corresponde al de las asambleas republicanas y al
de los gremios de oficios y consejos del pueblo.
Hasta el Gran Despertar
Siddhattha es todavía un Bodhisatta, aunque éste es el último de los
incontables nacimientos en los cuales él había desarrollado ya esas virtudes y
conocimientos supremos que conducen a la perfección. En tanto que un Buddha, al
«Despierto» se le llama a veces por su nombre familiar de Gotama o Gautama, y
esto sirve para distinguirle de los otros siete (o veinticuatro) Buddhas
anteriores, Buddhas de quienes él era, más verdaderamente, el descendiente
lineal. Muchos de los epítetos del Buddha le conectan con el Sol o el Fuego, e
implican su divinidad: él es, por ejemplo, «El Ojo en el Mundo», su nombre es
«Verdad», y entre los sinónimos más característicos de Buddha (el «Despierto») están las expresiones de
«Brahma-devenido» y «Dhamma-devenido». Muchos de los detalles de su vida son
reflejos directos de mitos más antiguos. Estas consideraciones suscitan la
pregunta de si la «vida» del «Conquistador de la Muerte» y «Maestro de Dioses y
de hombres», que dice que nació y fue criado en el mundo de Brahma, y que
descendió del cielo para tomar nacimiento en la matriz de Mah My, puede considerarse como
histórica o simplemente como un mito en el que se han evemerizado más o menos
plausiblemente la naturaleza y los actos de las deidades védicas Agni e Indra.
No hay registros coetáneos, pero es cierto que en el siglo tercero a. C. se
creía que el Buddha había vivido como un hombre entre los hombres. No nos
proponemos examinar aquí el problema, y, aunque el escritor de esto está
inclinado a la interpretación mítica, se harán referencias al Buddha como si se
tratara de una persona histórica.
El Príncipe Siddhattha fue
criado en el lujo en la corte en Kapilavatthu y mantenido en total ignorancia
de la vejez, la enfermedad y la muerte a las que todos los seres mundanos están
naturalmente sujetos. Fue casado con su prima Yasod, y tuvo con ella un solo
hijo, Rhula. Poco después del nacimiento de Rhula los Dioses comprendieron
que había llegado el tiempo de que Siddhattha «saliera» y emprendiera la misión
para la que se había preparado en muchos nacimientos previos, misión que por el
momento había olvidado. Se habían dado órdenes de que siempre que cabalgara por
la ciudad desde el palacio hasta el parque del placer, ningún enfermo o anciano
y ninguna procesión funeral podrían aparecer en público. Así lo había propuesto
el hombre, pero los Dioses, asumiendo las formas de un hombre enfermo, de un
hombre viejo, de un cadáver y de un Mendicante religioso (bhikkhu), aparecieron. Cuando Siddhattha vio a éstos, para
él visiones extrañas, y supo por su cochero, Channa, que todos los hombres
están sujetos a la enfermedad, a la vejez y a la muerte, y que solamente el
Mendicante religioso se alza por encima a la aflicción que el sufrimiento y la
muerte ocasionan a los demás, se conmovió profundamente. Al instante resolvió
buscar y encontrar un remedio para la mortalidad que es inherente a todas las
cosas compuestas, a todo lo que ha tenido un comienzo y que, por consiguiente,
debe tener un final. Resolvió, en otras palabras, descubrir el secreto de la
inmortalidad, y darlo a conocer al mundo.
De vuelta a casa, informó a
su padre de esta determinación. Como no pudo ser disuadido, el rey puso
guardias en todas las puertas del palacio, y se propuso mantener a su hijo y
heredero en casa por la fuerza. Pero por la noche, después de dirigir una
última mirada a su esposa e hijo que dormían, llamó a su cochero y, montando su
caballo Kanthaka, llegó a las puertas, las cuales fueron abiertas
silenciosamente para él por los Dioses, y de esta manera se alejó. Esta fue la
«Gran Salida».
En la profundidad de los
bosques el príncipe cortó su turbante real y su largo cabello, inapropiados
para un Mendicante religioso, y despidió a su cochero. Allí se encontró con
eremitas brahmanes, bajo cuya guía llevó la vida de un contemplativo. Entonces,
dejándolos, se dedicó él solo al «Gran Esfuerzo»; al mismo tiempo una compañía
de cinco Mendicantes devinieron sus discípulos, y le sirvieron, en la
expectativa de que devendría un Buddha. A este fin practicaba ahora severísimas
mortificaciones, y se llevó hasta el borde mismo de la muerte por hambre. Sin
embargo, comprendiendo que la consecuente debilidad de sus poderes corporales y
mentales no le llevaría al Despertar (bodhi)
por cuya causa había abandonado la vida mundanal, tomó de nuevo su cuenco y
mendigó su alimento en villorrios y poblados como otros Mendicantes. Ante esto,
los cinco discípulos le abandonaron. Pero el tiempo de su Despertar había
llegado, y de sus sueños el Boddhisatta sacó la conclusión, «Este mismo día
devendré un Buddha». Comió alimento en cuyo interior los Dioses habían
infundido ambrosía, y descansó durante el día. Cuando llegó la noche, se acercó
al árbol Bodhi, y allí, en el centro de la Tierra, con su rostro vuelto hacia
el Este, ocupó su sede, donde todos los Buddhas anteriores se habían sentado en
el tiempo de su Iluminación; inmóvil, determinó permanecer así hasta que
hubiera realizado su propósito.
Entonces Mra (la Muerte) —el antiguo Ahi-V¨tra-Namuci (el «Retentor») védico,
vencido en el pasado por Agni-B¨haspati e Indra, pero nunca realmente matado— percibiendo
que «el Bodhisatta quiere liberarse de mi dominio», no quería dejarle partir, y
condujo a sus ejércitos contra él. Los Dioses estaban aterrorizados y huyeron
presos de alarma; el Bodhisatta se sentó allí solo, únicamente con sus propias
virtudes trascendentes como cuerpo de guardia. El asalto de Mra con armas de trueno y de
rayo, de obscuridad, de inundación, y de fuego, y con todas las tentaciones
representadas por las tres bellas hijas de Mra mismo, dejó al Bodhisatta
literalmente inafectado e inmutable. Mra, incapaz de recuperar el
trono que había reclamado, sólo pudo retirarse. Los Dioses regresaron, y
celebraron la victoria del príncipe; y así cayó la noche.
Entrando en estados de
contemplación cada vez más profundos el Bodhisatta obtuvo sucesivamente el
conocimiento de los Anteriores Nacimientos, el Conocimiento Divino, la
Comprensión de la Originación Causal, y finalmente, en la aurora, la Plena
Iluminación o el «Despertar» (samm-sambodhi) que había estado buscando,
y así, cesando de ser un Bodhisatta, devino un Buddha, el «Despierto». Un
Buddha ya no está en una categoría, sino que es inconnumerable; ya no es «este
hombre, fulano», ya no es alguien, sino uno cuyo nombre propio sería vano
preguntar, y a quien sólo son apropiados epítetos tales como arahant («Digno»), Tathgata («Verdadero-venido»), Bhagav («Dispensador»),
Mahpurisa («Gran Ciudadano»), Saccanma («Aquel cuyo nombre es la Verdad») y Anoma («Insondable»), ninguno de los cuales es la
designación de un individuo. Son particularmente destacables los sinónimos
explícitos «Dhamma-devenido» y «Brahma-devenido»; pues el Buddha se identifica
expresamente con la Ley Eterna (dhamma) que él incorpora, y la
expresión «Brahma-devenido» debe tomarse como implicando una teosis absoluta,
aunque solo sea porque el Buddha ya había sido un Brahm y un Mah
Brahm en
nacimientos anteriores, y porque, en todo caso, la gnosis de un Brahm es inferior a la de un
Buddha. Aquí y ahora, en el mundo, el Buddha había alcanzado esa Libertad (vimutti), esa Despiración (nibbna = nirvöa), y esa Inmortalidad (amatam),
cuya Vía hacia la cual proclamaría en adelante a todos los hombres.
Pero ahora vacilaba,
sabiendo que la Ley Eterna, cuyo portador había devenido, y con la cual se
había identificado, sería verdaderamente difícil de comprender para los hombres
de una inclinación diferente y para los hombres mundanales; estuvo tentado de
permanecer un Buddha Solitario, saboreando para sí mismo los frutos ganados tan
duramente de esta antiquísima gesta cuya meta había sido alcanzada al fin. Si
hemos de formarnos una concepción del Nibbna budista, será casi
indispensable que comprendamos la cualidad de esta «saboreación»; era «la
suprema beatitud del que había desechado la noción de “yo soy”»; del que «se
había negado a sí mismo» en grado máximo, y del que así había «depuesto su fardo».
Sin embargo, esta era la tentación última y más sutil de Mra, a saber, que sería una
locura abandonar esta felicidad ganada tan duramente y retornar a la vida
ordinaria para predicar una Vía a los hombres que ni escucharían ni
comprenderían. Pero ante la vacilación del Buddha los Dioses se desesperaban; y
el más alto de ellos, Brahm Sahampati, apareció ante él, lamentándose de que
«¡El mundo está perdido!» y aduciendo que había en el mundo al menos algunas
gentes de visión comparativamente clara que escucharían y comprenderían su
enseñanza. Por amor de ellos el Buddha consintió, anunciando que «las Puertas
de la Inmortalidad están abiertas». Acordemente, decidió pasar los cuarenta y
cinco años restantes de su vida natural «Girando la Rueda de la Ley», es decir,
en la predicación de la Verdad liberadora y de la Vía que debe seguirse si se
ha de alcanzar el propósito y el significado último de la vida («el fin último
del hombre»).
El Buddha fue primero al
Parque del Ciervo de Benarés, a los cinco que habían sido sus primeros
seguidores. Les predicó la doctrina de la Vía Media entre los dos extremos de
la auto-indulgencia y de la auto-mortificación; la de la sujeción al
sufrimiento que está en todos los seres nacidos, cuya causa —el deseo apetitivo
(basado en la ignorancia de la verdadera naturaleza de todas las cosas
deseables)— debe ser erradicada si ha de curarse el síntoma; y la del «Caminar
con Brahma» que conduce al fin de la aflicción. Finalmente, les enseñó la
doctrina de la liberación resultante de la plena comprehensión y experiencia de
la proposición de que de todos y cada uno de los elementos constituyentes de la
individualidad psico-física mutable, que los hombres llaman yo o mí
mismo, debe decirse, «eso no es mi Sí mismo» (na me so att) —una proposición que, a pesar de la lógica de las
palabras, muy a menudo se ha tomado erradamente como significando que «no hay
ningún Sí mismo». Los cinco Mendicantes obtuvieron la Iluminación, y ahora
había seis arahants en el mundo. Cuando el número de arahants, «liberados de
todos los lazos, humanos y divinos», hubo alcanzado a sesenta y uno, el Buddha
les envió a predicar la «Ley Eterna» y el «Caminar con Brahma», y les facultó
para recibir y ordenar a otros; así vino a la existencia la congregación (saºgha) u orden de Mendicantes budista, compuesta de
hombres que habían abandonado[2]
la vida del hogar y que habían «tomado refugio en el Buddha, en la Ley Eterna,
y en la Comunidad».
En su camino de Benarés a Uruvel el Buddha se encontró con
una partida de hombres jóvenes de excursión con sus esposas. Uno de ellos, que
no estaba casado, había traído con él a su dama; pero ella había huido con
algunas de las pertenencias de los jóvenes. Todos ellos estaban buscándola, y
preguntaron al Buddha si la había visto. El Buddha respondió: «¿Qué pensáis
vosotros? ¿No sería mejor que, en vez de a la mujer, buscarais el Sí mismo (attana× gaveseyytha)?» (Vinaya-PiÊaka 1.23, cf. Visuddhimagga 393). Esta respuesta,
aceptada por los jóvenes, que subsecuentemente devinieron discípulos del
maestro, es de la máxima significación para nuestra comprensión de la doctrina
budista de la negación de sí mismo. Encontramos así al Maestro en quien se ha
llevado a cabo el trabajo de anonadación de sí mismo, recomendando a otros que
busquen al Sí mismo —una contradicción aparente que sólo puede resolverse si
distinguimos claramente entre los «sí mismos» implicados— uno que ha de
anonadarse, el otro que ha de cultivarse.
En Uruvel el Buddha residió por algún
tiempo en la ermita de una escuela de adoradores del fuego brahmánicos, y llevó
a cabo dos milagros notables: en el primero venció y domó a la furiosa
Serpiente (ahi-nga) que vivía en su templo del
fuego; y en el segundo, cuando los brahmanes no podían partir su leña ni
encender sus fuegos, hizo estas cosas con sus poderes supranormales (iddhi). El resultado final fue que el maestro brahman
Kassapa y todos sus quinientos seguidores decidieron «Caminar con Brahma» bajo
el Buddha, y fueron recibidos por él dentro de la Orden.
El Buddha entonces prosiguió
a Gays´sa, acompañado por todos aquellos que, hasta el número de un millar,
habían devenido ahora sus discípulos. Allí predicó el famoso «Sermón del
Fuego». Toda sensación, todo lo que es sensible (por ejemplo, la lengua y sus
sabores, la mente y sus pensamientos), está en llamas —el fuego del apetito,
del resentimiento, y del engaño (rgo, doso, moho), del nacimiento, del
envejecimiento, de la muerte, y de la aflicción. Este sermón es de particular
importancia para la comprensión del Nibbna («Despiración») en su
sentido primario, a saber, el de la «extinción» de estos fuegos, los cuales
—junto con la individualidad empírica (atta-sambhava) cuyo «devenir» (bhava) es estos fuegos— cesan de
«tirar» cuando se retira su combustible. Es también de especial interés debido
a su estrechísima correspondencia con Santiago III.6 donde «la lengua es un
fuego… y pone en llamas la rueda del devenir» (Ò JD@PÎH JH
(g<XFgTH),
de la misma manera que, en el contexto budista, «la lengua está en llamas» (jivh ditt) y la «vida» es la «rueda
del devenir» (bhava-cakka). En el contexto del Nuevo
Testamento las fórmulas son más probablemente de origen órfico que budista,
pero puede haber fuentes comunes más antiguas en el fondo de ambas
formulaciones.
El Buddha fue seguidamente a
Rjagaha, donde predicó al Rey Bimbisra de Magadha y a una asamblea de brahmanes y de
hogareños, llamando primero a Kassapa de Uruvel a explicar porqué había
abandonado sus fuegos rituales. Una vez que Kassapa hubo dado testimonio, el
Buddha predicó, y toda la compañía obtuvo el «Ojo para la Ley Eterna», es
decir, comprendieron que «todo lo que ha tenido un comienzo debe también tener
un final». No debe olvidarse nunca que esta fórmula aparentemente simple, más
familiar en la forma,
«De todo lo
que se origina causalmente, el Encontrador de la Verdad
ha
dicho la causa;
Y de todas
estas cosas, el Gran Asceta ha explicado
igualmente la cesación».
(Vinaya-PiÊaka 1.41, etc.)
es efectivamente un epítome válido de la doctrina
del Buddha y un medio suficiente (si uno está dispuesto a actuar acordemente a
todo lo que ello implica) para el alcance de la Inmortalidad y la finalización
de la toda aflicción. Su aplicación primaria es, por supuesto, a la comprensión
y erradicación de las causas del «devenir» de todos los males mortales de los
que es heredera la «individualidad» pasible: la extinción del apetito, del
resentimiento y del engaño, y la consecuente detención del «devenir», son una y
la misma cosa que la Despiración y la Inmortalidad, la Felicidad última (Saµyutta-Nikya 2.117, 4.251, 5.8; Suttanipata 1095).
En el curso de sus
peregrinaciones, el Buddha regresó a Kapilavatthu, su lugar de nacimiento; y
acompañado por una hueste de arahants Mendicantes mendigó su alimento en las
calles, donde fue visto desde las ventanas del palacio por la madre de Rhula. Ante las protestas de su
padre, el Buddha respondió que ésta había sido la regla de todos los Buddhas
pasados. Suddhodana devino un discípulo seglar, y en su lecho de muerte devino
un arahant, sin haber abandonado nunca la vida de hogareño. Mientras tanto el
Buddha, acompañado por sus dos discípulos principales, Sriputta y Moggallna, y dando su cuenco de
mendicante al rey para que lo llevara, visitó a la madre de Rhula. Ella vino a él y juntó sus
tobillos y puso su cabeza sobre los pies de él; y el rey le dijo que cuando
ella hubo oído que su marido había tomado la túnica amarilla, ella también se
vistió la túnica amarilla, y que comía sólo una vez al día y que seguía todas
las reglas de vida del Buddha. La madre de Rhula envió a su hijo a su padre,
diciéndole que le pidiera su herencia, puesto que ahora era el heredero del
trono. Pero el Buddha, volviéndose a Sariputta, dijo «Dale la ordenación
monástica», y Sariputta así lo hizo. Rhula recibió así una herencia
espiritual. Pero Suddhodana estaba profundamente herido, y dijo al Buddha,
«Cuando tú abandonaste la vida mundanal, ello fue una amarga pena, y así es
también ahora que Rhula ha hecho lo mismo. El amor de un hijo corta dentro de la propia piel
de uno hasta la misma médula. Ruego que se conceda que en el futuro un niño no
pueda ser ordenado sin el consentimiento de su padre y de su madre». A lo cual
el Buddha consintió.
Entre tanto, el príncipe
mercader Antha Piö¶ika había devenido un discípulo seglar del Buddha, y,
habiendo comprado a gran precio el Parque de Jetavana en Svatthi construyó allí un magnífico
monasterio, invitó al Buddha a establecer su residencia allí, y el Buddha así
lo hizo, haciendo de éste su casa central para el resto de su vida. El Jetavana,
ciertamente, es un «lugar nunca abandonado por ninguno de los Buddhas» (Comentario sobre D´gha 424; Bndv.
298); y, naturalmente, el «Pabellón Fragante» (gandha-kuÊi), en el que el Buddha residió allí, devino el arquetipo de los templos
Buddhistas posteriores en los cuales al Buddha se le representa por un icono.
El Buddha no estaba siempre en la residencia efectiva; ésta era simplemente su
casa permanente, y es en relación con esto como surge por primera vez la
cuestión de una iconografía. Pues se formula la pregunta (en el Klingabhodi Jtaka), de por cuál tipo de
símbolo o de santuario (cetiya) puede representarse
propiamente al Buddha, de manera que puedan hacérsele ofrendas en su ausencia.
Su respuesta es que el Buddha sólo puede ser representado propiamente durante
su vida por un Gran Árbol de Sabiduría (mah-bodhi-rukka), y después de su muerte por las reliquias
corporales; desaprueba el uso de iconos «indicativos», es decir,
antropomórficos, llamándolos infundados e imaginativos. De hecho, es el caso
que en el arte budista «primitivo» al Buddha se le representa solo
«anicónicamente» por sus «rastros» (dhtu) evidentes, es decir, bien
por un árbol Boddhi, por un «Pabellón Fragante», por una «Rueda de la Ley» (dhamma-cakka), por las Huellas (pada-valaja), o por un Túmulo relicario (thèpa),
y nunca por una «semejanza» (paÊim). Por otra parte, cuando,
probablemente a comienzos del siglo primero d. C., el Buddha fue representado
en la forma humana, es significativo que en su aspecto más típico la imagen no
es realmente la semejanza de un hombre, sino que refleja el antiguo concepto
del «Gran Ciudadano» (mah-purisa) o Persona u Hombre
Cósmico, y repite muy directamente el tipo establecido de la imagen de un
Yakkha —Agathos Daimon, o Genio Tutelar. Esto concuerda con el hecho de que el
Buddha es, él mismo, «el Yakkha a quien se debe el sacrificio», con la doctrina
de la «Pureza del Yakkha», y con todo el trasfondo del culto pre-budista skyano, licchavi y vajjiano de los
Yakkhas, cuyo servicio ancestral el Buddha mismo había aconsejado a los
vajjianos que no lo abandonaran nunca. Cuando era un Bodhisatta, una vez había
sido tomado erradamente por el espíritu del árbol bajo el cual estaba sentado;
y de la misma manera que el Buddha era representado en el Jetavana y en el arte
budista primitivo por un árbol-santuario (rukkha-cetiya), así también eran representados los Yakkhas, en
cuyos «templos» el Buddha amaba tanto permanecer cuando estaba de viaje. Todas
estas consideraciones sólo son plenamente significativas cuando tenemos
presente que el Yaksa (Yakkha) de los Vedas y
Upanishads había sido originalmente una designación a la vez de Brahma como el
principio de la vida en el Árbol de la Vida y del Sí mismo inmortal que habita
esta «ciudad de Brahma» (brahma-pura) humana, de la que el
Hombre, como «ciudadano», toma su nombre de Purusa; y que los epítetos de
«Despierto» (buddho) y de «Brahma-devenido» (brahma-bhèto) son sinónimos reconocidos de Él que es llamado
también el «Gran Ciudadano» (mah-purisa), y a quien, al menos una
vez explícitamente y a menudo implícitamente, se le iguala con el Sí mismo
universal (D´gha-Nikya 3.84, passim).
Por este tiempo el número de
los discípulos había crecido enormemente, y había llegado a constar de varios
cuerpos de Mendicantes (Bhikkhu) o Exilados (Pabbajita), no siempre «errantes» ya, sino a menudo
residentes en monasterios que habían sido regalados a la comunidad por
adherentes seglares ricos. Ya en el tiempo de vida del Buddha habían surgido
cuestiones de disciplina, y las decisiones del Buddha sobre estos puntos son la
base de la Regla (vinaya) —en lo que concierne a la
residencia, vestido, alimento, conducta, actividades, admisión y expulsión—
bajo la que vivían los Mendicantes. En la comunidad (saºgha) como un todo tenía que encontrarse un número
relativamente pequeño de maestros graduados (asekho)
y un número mucho más grande de discípulos no graduados (sekho). Esta distinción es especialmente notoria en el
caso del gran discípulo înanda, el propio primo carnal del Buddha, que devino un
Mendicante en Kapilavatthu, en el segundo año de la predicación del Buddha, y
que después de veinte años fue elegido para ser el asistente y confidente,
mensajero y representante personal del Buddha y que, sin embargo, no fue apto
para el «graduado» hasta algún tiempo después del deceso del Maestro.
înanda fue el responsable de la
admisión de las mujeres a la Orden Mendicante. Se nos cuenta que Mah
Pajpati,
la segunda esposa de Suddhodana, y la madre de leche del Bodhisatta después de
la temprana dormición de Mah My, pidió la admisión en la
Orden, pero para su gran aflicción le fue rehusada. Ella cortó su cabello,
asumió la túnica naranja de un Mendicante, y junto con un séquito de otras
mujeres skyas buscó nuevamente al Buddha; todas estas mujeres, agotadas por el viaje
y cubiertas de polvo, llegaron y esperaron a la puerta de su residencia en Vesl´. înanda se conmovió profundamente,
y presentó su caso al Maestro, quien repitió por tres veces su negativa.
Entonces înanda encaró el problema desde otro ángulo; preguntó, «¿Son mujeres, si
abandonan la vida de hogar y viven acordemente a la doctrina y disciplina
enseñada por el Encontrador de la Verdad, capaces de realizar los frutos de “entrar en la corriente”, de devenir un “una
sola vez retornador”, o un “no retornador”, o el estado de ser arahant?». El
Buddha no pudo negarlo; y aceptó que hubiera una Orden de Bhikkun´s, junto a la de los
Bhikkhus. Pero agregó que si las mujeres no hubieran sido admitidas a la Orden
y a la práctica del Caminar con Brahma, la Verdadera Ley (saddhamma) habría permanecido un millar de años, mientras que
ahora permanecería firme sólo quinientos.
En su octogésimo año el
Buddha cayó enfermo, y aunque se recuperó temporalmente sabía que su fin estaba
cerca. Dijo a înanda, «Ahora soy viejo, mi viaje está cerca de su fin, voy a pasar de los
ochenta años de edad; y de la misma manera que un carro gastado, înanda, puede ser mantenido en uso
sólo con la ayuda de correas, así, pienso, el cuerpo del Encontrador de la
Verdad puede ser mantenido en uso sólo con medicamentos». înanda quiso saber qué
instrucciones dejaba el Buddha a los Mendicantes; el Buddha respondió que si
alguien pensaba que la comunidad dependía de él, era incumbencia de él dar instrucciones, —«¿Por qué debería
yo dejar instrucciones concernientes
a la comunidad?». El encontrador de la Verdad había predicado la Ley
plenamente, sin omitir nada, y todo lo que se necesitaba era practicar,
contemplar y propagar la Verdad, tomados de piedad por el mundo y por el
bienestar de los hombres y de los Dioses. Los Mendicantes no tenían que
apoyarse sobre ningún soporte externo, sino hacer «del Sí mismo (att) su refugio, de la Ley Eterna su refugio» —y así,
«yo os dejo, yo parto, habiendo hecho del Sí mismo mi refugio» (D´gha-Nikya 12.120).
Fue en Kusinr, en la arboleda de Sla del Mallas, donde el Buddha
se tumbó para morir, asumiendo el «reposo del león». Una gran hueste de
seglares, de mendicantes y de dioses de todos los rangos rodeaban el lecho,
sobre el que înanda se mantenía vigilante. El Buddha le dio instrucciones concernientes a
la cremación del cuerpo y a la erección de un túmulo (thèpa, dhtu-gabbha) para contener los huesos y las cenizas. A la visión de tales túmulos,
erigidos para los Buddhas, para otros arahants, o para un Rey de reyes, muchas
gentes se calmarían y serían felices, y eso llevaría a su resurrección en un
cielo porvenir. înanda lloraba ante el pensamiento de no ser todavía un graduado. El Buddha
le aseguró que había hecho el bien y que pronto estaría «libre de los flujos»,
es decir, que devendría un arahant; y encomendó a înanda a la compañía de los
Mendicantes, comparándole a un Rey de reyes.
«Todas las cosas compuestas
son corruptibles; trabajad en sobriedad vuestra meta»; éstas fueron las últimas
palabras del encontrador de la Verdad. Entrando a voluntad en cada uno de los
cuatro «estados» contemplativos más altos, emergió del cuarto, y en adelante
fue completamente despirado[3].
La muerte del encontrador de la Verdad fue anunciada por Brahm, que comprendió que la
muerte de todos los seres, incluso la del Gran Maestro, es inevitable. Estas
palabras bien conocidas fueron repetidas por Indra:
«Todas las cosas compuestas son transitorias; suyos son
originarse y envejecer,
Y habiéndose originado, ser nuevamente destruidas; haberlas
aquietado es beatitud».
Anuruddha, un arahant,
pronunció un breve eulogio en el que señaló que «no hubo ninguna lucha
palpitante para ese corazón firme, cuando el Sabio, el inmutable, encontró la
paz». înanda fue profundamente conmovido; sólo los Mendicantes más jóvenes lloraron
y rodaron sobre el suelo en su aflicción, clamando que «Muy pronto ha partido
el Ojo en el Mundo ». Por esto fueron recriminados por los Mendicantes más
viejos, quienes les recordaron que
«Todas las
cosas compuestas son corruptibles, ¿cómo así?».
El cuerpo fue cremado, y las
reliquias, habiendo sido divididas en ocho partes, se distribuyeron a los
miembros de los clanes, que erigieron ocho monumentos para contenerlas.
Así, el Buddha, que mientras
era visible para los ojos humanos, había poseído, pero no podía ser
identificado, con todos o con ninguno de los cinco factores de la personalidad
(Saµyutta Nikya 3.112), «quemó la vestidura
de la sí-mismidad» (Anguttara
Nikya
4.312; cf. Vinaya PiÊaka 1.6). Desde hacía mucho
tiempo había sido un Inmortal (Majjhima
Nikya
1.172; Vinaya PiÊaka 1.9; Itivuttaka 46, 62), innacido, inenvejeciente, impereciente (Comentario sobre Khuddakaptha 180; Comentario
sobre Dhammapada 1.228). «El cuerpo
envejece, pero la Verdadera Ley no envejece» (Saµyutta Nikya 1.71). «El cuerpo muere, el Nombre sobrevive» (Saµyutta Nikya 1.43, cf. ôg Veda 6.18, 7; B¨hadaraöyaka
Upani·ad
3.2, 12). «Su Nombre es la Verdad» (Anguttara
Nikya
3.346, 4.289). «La Verdad es la Ley Eterna» (Saµyutta Nikya 1.169); e incluso ahora puede decirse que «el que
ve la Ley Le ve [a él] (Saµyutta
Nikya
3.120; Milindapaha 73), por quien las Puertas
de la Inmortalidad fueron abiertas» (Majjhima
Nikya
1.167; Vinaya PiÊaka 1.7).
Preguntemos ahora qué era
esa Ley y esa Verdad con las que él identificó su esencia.
«Solamente entonces lo verás, cuando no puedas hablar de ello:
pues el conocimiento
de ello es silencio profundo, y supresión de todos los
sentidos».
Hermes Trismegistus, Lib.
X.5.
Transmitir una idea adecuada
del contenido de la doctrina budista primitiva presenta dificultades casi
insuperables. El Buddha ya describe la Ley Eterna (dhamma sanantana, aklika) —que él no había inventado por un proceso de
raciocinio, pero con la que se identifica, y que había sido enseñada por sus
predecesores en edades pasadas como sería enseñada por sus sucesores en edades
por venir— como una materia profunda y de comprensión difícil para escuchadores
de una preparación diferente y de una mentalidad diferente; es una doctrina
para aquellos cuyas necesidades son pocas, no para aquellos cuyas necesidades
son muchas. En su propio tiempo de vida el Buddha encontró repetidamente
necesario corregir las interpretaciones erróneas de su enseñanza — explicar,
por ejemplo, en qué sentido preciso la suya era y no era una doctrina de
«excisión»: lo era, en el sentido de
que «corta» el ego-amor y el mal o la aflicción; y no lo era, en el sentido de la aniquilación de ninguna realidad.
Ciertamente, la suya era una doctrina de anonadación de sí mismo —quien quiera
ser libre, debe haberse negado
literalmente a sí mismo; para lo que queda, los términos de la lógica —a saber,
esto o eso— son inadecuados; pero del arahant despirado, liberado por su propia
supra-gnosis, sería enteramente inapropiado decir que «él ni conoce ni ve» (D´gha Nikya 2.68).
Si la comprensión errónea
era posible en el propio tiempo del Buddha cuando, como él dice, la Antigua Vía
que él reabre había sido abandonada desde hacía mucho tiempo y una falsa
doctrina había surgido, cuantísimo más inevitable es la interpretación errónea
en nuestros días de progreso, de ego-expresión y de persecución sin fin de
niveles de vida materiales cada vez más altos. Se ha olvidado casi
completamente, excepto por algunos teólogos profesionales, que una realidad
última sólo puede describirse correctamente por una serie de negaciones de todo
lo que ella no es. En todo caso, como Miss Horner observaba tan recientemente
como en 1938, «el estudio del budismo primitivo está todavía admitidamente en
su infancia» (Bk. of the Discipline, I, VI). Si con todo
acierto el lector considera el budismo como una vía de «escape», todavía tiene
que preguntarse desde qué, de qué, y hacia qué «hay en el mundo una vía de escape» (Saµyutta Nikya 1.128).
Las dificultades se han
intensificado por las interpretaciones erróneas del budismo que todavía se
encuentran incluso en las obras de los eruditos. Por ejemplo, uno de los
eruditos más notables yerra completamente la distinción entre el «devenir»,
cuya cesación coincide con la realización de la inmortalidad, y el «hacer
devenir» a nuestra parte inmortal. De hecho, el «devenir» corresponde a lo que
ahora se llama «progreso», sin consideración del hecho de que el cambio puede
ser para mejor o para peor; y se nos recuerda que ahora, como entonces, «hay Dioses
y hombres que se deleitan en el devenir, y que cuando escuchan la proposición
de poner un fin al devenir, sus mentes no responden» (Visuddhimagga 594). Otro gran erudito afirma que el budismo
primitivo «negaba un Dios, negaba un Alma, negaba la Eternidad», y se pretende
casi universalmente que el Buddha enseñó que no hay ningún Sí mismo, —ignorando
así que lo que se niega efectivamente es la realidad del Ego mutable o la
«individualidad» psico-física, y que lo que se dice del Sí mismo y del
Encontrador de la Verdad (o Así-venido) y Hombre Perfecto después de la muerte,
es que ninguno de los términos «deviene» o «no deviene», «deviene y no
deviene», o «ni deviene ni no deviene», son aplicables a Él (Saµyutta Nikya 4.384 sig., 401-402, Udna 67, etc.). Nuevamente, a menudo se afirma todavía
que el budismo es una doctrina «pesimista», a pesar de que su meta de
liberación de todo el sufrimiento mental del que el hombre es heredero es
alcanzable aquí y ahora: pasando por alto, en todo caso, que una doctrina sólo
puede juzgarse en los términos de su verdad o de su falsedad, y no porque ella
nos agrade o no.
El Buddha se interesa
principalmente en el problema del mal como sufrimiento o aflicción (dukkha); es decir, en el problema de la corruptibilidad de
todas las cosas nacidas, compuestas y mutables, en su sujeción al sufrimiento,
a la enfermedad, al envejecimiento y a la muerte. Que esta sujeción es un hecho[4],
que tiene una causa, que su causa puede ser suprimida, y que hay una Vía o
Senda o Viaje por el que esta causa puede ser suprimida —éstas son las «Cuatro
Verdades Arias» que son el comienzo de la sabiduría. «Tanto ahora como hasta
ahora yo enseño sólo esto, la aflicción y el fin de la aflicción»[5]
(Majjhima Nikya 1.140). Por consiguiente,
el budismo puede reducirse y a menudo se reduce simplemente a las fórmulas de
la «originación causal» (paÊicca
samuppda):
«siendo esto así, eso deviene; no siendo esto así, eso no deviene». Desde el
seno de la operación sin comienzo de las causas mediatas, no hay escape para
ninguno de sus efectos compuestos; el escape es posible sólo desde el campo en
el que opera la eficacia causal de las acciones pasadas (kamma), y sólo para eso que nunca ha sido una parte integrante
del campo.
La doctrina budista es
reductible a una enunciación de la ley de la causalidad, debido a la
pertinencia de esta ley para el problema de la mutabilidad y de la
corruptibilidad; si la causa de la miseria puede suprimirse ya no habrá más necesidad
de inquietarse por sus síntomas. En el ciclo o el vórtice del devenir (bhava-cakka, sa×sra) es inevitable la inestabilidad, el envejecimiento
y la muerte de todo lo que ha tenido un comienzo; la vida o el devenir es una
función de la sensibilidad, la sensibilidad es una función de la privación (taöh, sed), y la privación es una función de la
ignorancia (avijj = moha, engaño). La ignorancia, el
origen último de todo sufrimiento y esclavitud, de todos los estados
patológicos de sujeción al placer y al dolor[6],
es ignorancia de la verdadera naturaleza de las cosas «como ellas devienen» (yath-bhutm), y en particular de su
inconstancia (aniccam). Todo deviene, todo fluye
como un río; no hay nada de lo cual pueda decirse que ello es (sabbe
sa×khr anicc). Todo lo que deviene es mortal; haber puesto fin
al devenir, no ser movido más, es ser inmortal. Esto nos concierne íntimamente
a nosotros mismos; el aspecto más peligroso de la ignorancia —el «pecado original»— es ese que nos lleva a creer
que «nosotros mismos» somos esto o
eso, y que podemos sobrevivir de un momento a otro, de un día a otro, o de una
vida a otra, como una identidad.
Así pues, el budismo no
tiene conocimiento de ninguna «reencarnación» en el sentido popular y animista
de la palabra: aunque muchos están «todavía bajo el engaño de que el budismo
enseña la transmigración de las almas» (Sacred Books of the East 36.142; Dialogues, 2.43). De la misma manera
que para Platón, San Agustín, y el Maestro Eckhart, así aquí, todo cambio es
una secuencia de muerte y renacimiento en la continuidad sin identidad, y no
hay ninguna entidad (satto) que pueda considerarse que
pasa de una incorporación a otra (Milindapaha 72) de la misma manera que
un hombre podría dejar una casa o un poblado y entrar en otro (Pv. 4.3). Ciertamente, al igual que la
noción de «sí mismo», la noción de una «entidad» aplicada a algo existente es
meramente convencional (Saµyutta
Nikya
1.135), y no hay nada de este tipo que pueda encontrarse en el mundo (Milindapaha 268). Eso que perece y surge de nuevo, «no
sin otreidad», es una individualidad (nma-rèpa) (Milindapaha 98) o consciencia
discriminante (viöa), que hereda las «obras» de
la anterior (Majjhima
Nikya
1.390; Anguttara Nikya 3.73). Si el Buddha dice
que hay, ciertamente, agentes personales (Anguttara Nikya 3.337-338), esto, como Mrs. Rhys Davids supone, no «borra enteramente la doctrina de anatta» (Gradual Sayings 3.13). El punto de vista budista es exactamente el mismo que el
brahmánico: «“Yo no soy el hacedor de nada, son los sentidos quienes se mueven
entre sus objetos”, tal es el punto de vista del hombre embridado, un conocedor
de la Talidad» (Bhagavad G´t 5.8-9, 18.16-17).
Ciertamente, el individuo es responsable —y heredará las consecuencias— de sus
acciones mientras se considera a «sí mismo» el agente; y nadie es más
reprensible que el hombre que dice «yo no soy el hacedor» mientras está
efectivamente implicado en la actividad (Udna 45; Dhammapada 306; Suttanipata 661), y que argumenta que no importa lo que él
haga, sea ello bueno o malo (D´gha Nikya 1.53). Pero pensar que yo soy el hacedor o que otro es el hacedor, o que yo recogeré u otro
recogerá lo que yo he sembrado es errar el punto (Udna 70): no hay ningún «yo» que actúe o herede (Saµyutta Nikya 2.252); o para hablar más
estrictamente, la existencia real de un agente personal es una cuestión que no
puede responderse con un simple «Sí» o «No», sino sólo según la Vía Media, a
saber, en los términos de la originación causal (Saµyutta Nikya 2.19-20). Pero todas estas «entidades» compuestas
que se originan causalmente son las mismas cosas que se analizan repetidamente
y que se encuentra que «no son mi Sí mismo»; en este sentido último (paramatthikena) un hombre no es el agente. Sólo cuando se ha realizado y verificado
esto un hombre puede atreverse a negar que sus acciones son suyas propias;
hasta entonces hay cosas que él debe
hacer y cosas que él no debe hacer (Vinaya PiÊaka 1.233; Anguttara
Nikya
1.62; D´gha Nikya 1.115).
No hay nada en la doctrina
de la causalidad (hetuvda) o en la del efecto causal
de las acciones (kamma) que implique
necesariamente una «reencarnación» de las almas. La doctrina de la causalidad
es común al budismo y al cristianismo, y en ambos es efectivamente la expresión
de una creencia en la secuencia ordenada de los eventos. La «reencarnación» a
la que el budista quiere poner fin permanentemente no es la de una muerte
eventual y de un renacimiento que haya de esperarse en el porvenir, sino la de
todo el vertiginoso proceso de morir y nacer de nuevo repetidamente, que es
igualmente la definición de la existencia temporal aquí, como un «hombre», y de
la existencia aeviternal allí, como un «Dios» (uno entre otros). El arahant
cumplido sabe algo mejor que preguntar, «¿qué era yo en el pasado? ¿qué soy yo
ahora? ¿qué seré yo en lo venidero?» (Saµyutta Nikya 2.26-27). Puede decir «yo» para los propósitos
prácticos de cada día sin entender por ello lo que la noción de yo o mí mismo
implica para un animista (D´gha
Nikya
1.202; Saµyutta Nikya 1.14-15). El tiempo implica
moción, y la moción implica cambio de lugar; en otras palabras, la duración
implica mutación, o devenir. De aquí que no es una inmortalidad en el tiempo ni
en ningún donde, sino aparte del tiempo y del espacio, lo que el budista
considera. Expuesto en los términos pragmáticos del discurso cotidiano, cuya
aplicación es sólo a las cosas que tienen un comienzo, un desarrollo y un fin (D´gha Nikya 2.63), puede decirse que el Ego «Una vez fue
y después no fue, una vez no fue y después fue», pero en los términos de la
verdad, puede decirse que «El Ego no fue, que no será, y que tampoco puede
encontrarse ahora; que no es ni será “mío”» (Udna 66; Theragth 1.180). El vórtice o la
rueda del devenir budista no es otro que el Ò JD@PÎH JH
(g<XFgTH de
Santiago; el Ego es una irrealidad para el budista, de la misma manera que lo
había sido para Platón y para Plutarco, por el hecho mismo de su mutabilidad.
La jaula de la ardilla gira, pero «eso no es mí mismo», y hay una vía de escape de la ronda.
El mal para el que el Buddha
buscó un remedio es el de la miserabilidad implícita en la corruptibilidad de
todas las cosas nacidas, compuestas e inconstantes. Miseria, mutabilidad, y
no-Sí-mismidad[7] (dakka, anicca, anatta) son las características de todas las cosas
compuestas, de todo lo que no-es-mi-Sí-mismo; y de todas estas cosas el Ego, el
yo, el sí mismo (aham, att) es la especie pertinente,
puesto que lo que nos interesa a nosotros es el fin último del hombre. Es axiomático que todas las
existencias[8] (Saµyutta Nikya 2.101, etc.) se mantienen
de alimento, sólido y mental, como el fuego se alimenta de combustible; y en
este sentido el mundo está en llamas y nosotros mismos estamos en llamas. Los
fuegos de la consciencia egótica, o de la egoismidad, son los del apetito (rga = kma, taöh, lobha), el resentimiento o la
irascibilidad (dosa =
kodha), y
el engaño o la ignorancia (moha =
avijj).
Estos fuegos sólo pueden ser apagados por sus opuestos (Anguttara Nikya 4.445, Dhammapada 5, 223), a saber, por la práctica de las virtudes
correspondientes y la adquisición del conocimiento (vijj), o, en otras palabras, sólo cesan de «tirar», y así se extinguen, o
más bien se ins-tinguen, cuando se
les retira su combustible. Es esta «extinción» lo que se llama una
«despiración» (nibbna, sánscrito nirvaöa) y tiene un vínculo natural con la noción de un
«enfriamiento» (compárese con el vernacular, «¿por qué tan caliente, hombrecito
mío?»). Nirvana —para usar la palabra en su forma más familiar— es una palabra
budista clave, que quizás se ha comprendido erróneamente más que ninguna otra[9].
El Nirvana es una muerte, un estar acabado (a la vez con el
significado de «finalizado» y de «perfeccionado»). En sus sentidos pasivos
tiene todas las connotaciones del Griego Jg8XTs
B@F$X<<L:4, y los de NbPT. El Nirvana no es un lugar ni un efecto, ni está en
el tiempo, ni es alcanzable por ningún medio; pero «es» y puede «verse». Los
«medios» a los cuales se recurre efectivamente no son en sí mismos medios hacia
el Nirvana, sino medios para la eliminación de todo lo que obscurece la
«visión» del Nirvana: de la misma manera que cuando se introduce una lámpara
dentro de una habitación obscura uno ve lo que ya está allí.
Nosotros podemos comprender
ahora porqué el sí mismo (att) debe ser domado,
conquistado, embridado, y rechazado, y porqué debe dársele su quietus. El
arahant, u hombre Perfeccionado es el hombre cuyo sí mismo ha sido domado (atta-danto), cuyo sí mismo ha sido desechado (atta-jaho); su fardo ha sido depuesto (ohita-bhro), lo que tenía que hacerse ha sido hecho (kataµ-karaö´yam). Todos los epítetos que se le aplican al
Buddha mismo, que no tiene ya un nombre personal[10],
son aplicables a él; él está «liberado» (vimutto), está «despirado» (nibbuto), para él ya no hay más
devenir, él ha ganado su descanso-del-trabajo (yoga-k-khemam), está despierto (buddho, un epíteto aplicable a
cualquier arahant, no solamente al
Buddha), es inmutable (anejo), es un «ario», y ya no es
más un discípulo (sekho), sino un Maestro (asekho).
La Egoismidad (mamattam, «posesividad»; maccheram, «mal comportamiento», «ley de los tiburones») es un mal moral, y por
consiguiente la doma del sí mismo requiere una disciplina moral. Pero la
egoismidad está apoyada por la Ego-ismidad (asmi-mna, anattani att diÊÊhi), y los meros mandamientos
difícilmente bastarán a menos que, y hasta que, haya sido destruido el punto de
vista erróneo de que «esto es mí mismo». Pues el sí mismo es siempre
auto-afirmativo, y sólo cuando se ha comprendido la verdadera naturaleza del sí
mismo inconstante, un hombre se tomará en serio vencer a su propio peor enemigo
y hacer de él un servidor y un aliado. El primer paso es reconocer el dilema,
el segundo desenmascarar al sí mismo a quien pertenece toda la apetitividad, el
tercero actuar en consecuencia; pero esto no es fácil, y un hombre no estará
dispuesto a mortificarse hasta que haya conocido a estas hordas apetitivas por
lo que son, y hasta que haya aprendido a distinguir entre su Sí mismo y su
verdadero interés y el Ego, su sí mismo y sus intereses. El mal primario es la
ignorancia; y, de hecho, es por la verdad como el sí mismo debe ser domado (Saµyutta Nikya 1.169). ¡Sólo «La verdad os
hará libres»!. El remedio para el ego-amor (atta-kma) es el amor del Sí mismo (atta-kma) y es precisamente en este
sentido, en las palabras de Santo Tomás de Aquino, como «un hombre, por
caridad, debe amarse a sí mismo más que a ninguna otra persona, más que a su
prójimo» (Sum. Theol. 2.2.26.4). En
los términos budistas, «que ningún hombre arruine el bienestar de sí mismo por
el bienestar de otro por grande que sea; si conoce bien el verdadero interés
del Sí mismo, que persiga ese fin» (Dhammapada 166). En otras palabras, el
primer deber del hombre es llevar a cabo su propia salvación, —de sí mismo.
El procedimiento, en
exposiciones que se repiten a menudo sobre la «no-Sí-mismidad» (anatt) de todos los fenómenos, es analítico. La
repudiación es de lo que hoy día se describiría como «animismo»: el mecanismo
psico-físico, el mecanismo del comportamiento no es un «Sí-mismo», y está vacío
(sua) de toda propiedad en la
semejanza del Sí mismo. El Ego, o la ego-consciencia o la ego-existencia (atta-sambhva), es un compuesto de cinco terrenos (dhtu) o troncos (khandha) asociados, a saber, el cuerpo visible (rèpa, kya), y la sensación invisible (vedana, agradable, desagradable o
neutral), la recognición o la consciencia (sa), las construcciones o el carácter (sa×khr)[11],
y la discriminación, la discreción, el juicio, o la evaluación (viöa)[12];
brevemente, es un compuesto de cuerpo y de consciencia discriminante (sa-viöa-kya), el existente
psico-físico. Una y otra vez se demuestra la originación causal, la
variabilidad, y la mortalidad de todos estos factores; ellos no son «nuestros»,
debido a que nosotros no podemos decir «que ellos sean así o así, o que mí
mismo, sea así o así» (Saµyutta
Nikya
3.66-67): al contrario, «nosotros» somos lo que ellos «devienen» —«una entidad
biológica, impelida por impulsos heredados»[13].
La demostración concluye siempre con las palabras: «Eso no es mío, yo no soy
eso, eso no es mi Sí mismo». Haber acabado con ellos de una vez por todas,
haber repudiado las nociones «yo soy fulano», «yo soy el agente», «yo soy», se
probará «para vuestra ventaja y vuestra felicidad» (Saµyutta Nikya 3.34). El Buddha, o todo otro arahant, es un
«Nadie»; no se puede preguntar con propiedad su nombre.
Dicho de otra manera, toda
cosa o individualidad se caracteriza por «nombre y apariencia» (nma-rèpa = Ò 8`(@H 6"4 º
:@DNZ,
Aristóteles, Met. 8.1.6); el «nombre»
se refiere a todo lo invisible, y la «apariencia» o el «cuerpo» (puesto que rèpa es intercambiable con kya) se refiere a todos los constituyentes visibles y sensibles de la
individualidad. Esto equivale a decir que «el tiempo y el espacio» son las
formas primarias de nuestra comprensión de las cosas que devienen; pues aunque
la apariencia o el cuerpo de algo es evanescente, su nombre sobrevive, y por su
nombre nosotros todavía podemos agarrarnos a ella. Es por sus «nombres», los de
la «Ley» y la «Verdad», como el Despierto sobrevive en el mundo, aunque, lo mismo que los ríos cuando alcanzan el Mar, su liberación es del nombre y la
apariencia, y aunque quienquiera que ha «vuelto a casa» ya no está en ninguna
categoría, ya no es esto o eso, ya no está aquí o allí (Suttanipata 1074).
Todo esto no es nada
peculiarmente budista, sino el estribillo de una filosofía de extensión
mundial, para la cual la salvación es esencialmente de uno mismo. ¡Denegat seipsum! ¡Si quis… non odit animam suam, non potest meus discipulus esse!.
«El alma es el mayor de tus
enemigos»[14]; «Si no
fuera por la cadena de la prisión, ¿quién diría “yo soy yo”?»[15];
«El sí mismo es la raíz, el árbol, y las ramas de todos los males de nuestro
estado caído»[16]; es
«imposible adueñarse dos veces de la esencia de algo mortal… en un mismo
momento viene y se disuelve»[17]
—tales citas podrían multiplicarse indefinidamente. Se cae mucho menos en la
cuenta de que muchos naturalistas y psicólogos modernos han llegado a las
mismas conclusiones. «El naturalista… sostiene que los estados y los eventos
llamados mentales existen solamente cuando ciertas organizaciones de cosas
físicas concurren también… [y] no son exhibidos por esas cosas a menos de que
ellas estén organizadas de esa manera… El objeto estructurado está manifestando
simplemente el comportamiento de sus constituyentes… no es una cosa adicional
que… controla… el comportamiento de sus partes organizadas». Hasta aquí, las
interpretaciones que hacen el naturalista y el budista del comportamiento del
«objeto estructurado» son idénticas: pero mientras que el primero se identifica
a sí mismo con el objeto que se comporta[18],
el budista insiste que no hay ningún
objeto que pueda llamarse propiamente «mí mismo». Por otra parte, los
psicólogos que prescinden del Ego, como el budista, dejan sitio para algo diferente del Ego, algo que puede experimentar una
«felicidad infinita». «Cuando vemos que todo es fluido… se ve que la
individualidad y la falsedad son uno y lo mismo», —donde la implicación
directa, como en la doctrina de anatta, es que «nosotros» somos
otro que nuestra individualidad. «En esta individualidad de cada uno de
nosotros que se exalta tradicionalmente [léase acostumbradamente], en este “mí
mismo”… tenemos la verdadera
madre de las ilusiones… [y] la tragedia de este engaño de la individualidad es que conduce al
aislamiento, al miedo, a la sospecha paranoica, y a un montón de odios
enteramente innecesarios»; «cualquier persona sería infinitamente ms feliz si pudiera aceptar la pérdida de su “sí mismo
individual”», —como lo señala el Buddha, que no se inquieta por lo que es
irreal. «¿Qué era la psique, en la época del racionalismo científico?. Había
devenido sinónimo de consciencia… no había ninguna psique fuera del ego… Cuando el destino
de Europa la arrastró a una guerra de cuatro años de tremendo horror… nadie se
dio cuenta de que el hombre europeo estaba poseído
por algo que le robaba su libre elección»; pero por encima de este Ego hay un Sí mismo «a
cuyo alrededor rota, de la misma manera que la tierra rota alrededor del sol»,
aunque «en esta relación no hay nada cognoscible en el sentido intelectual,
debido a que nosotros no podemos decir nada de los contenidos del Sí
mismo»[19].
¿Qué tiene que decir el
budismo del Sí mismo?. «Eso no es mi Sí mismo» (na me so att); esto, y el término «no-Si-mismidad» (anatt), que se predica del mundo y de todas las «cosas» (sabbe dhamm anatt)[20],
han formado la base del punto de vista erróneo de que el budismo «niega [no
meramente el sí mismo sino también] el Sí mismo». Pero un momento de
consideración de la lógica misma de las palabras mostrará que asumen la
realidad de un Sí mismo que no es ni una ni todas las «cosas» que se niegan de
él. Como dice Santo Tomás de Aquino, «las cosas primarias y simples se definen
por negaciones; como, por ejemplo, un punto se define como eso que no tiene
partes»; y Dante observa que hay «ciertas cosas que nuestro intelecto no puede
considerar… nosotros no podemos comprender lo que son excepto negando cosas de
ellas». Esta era la posición de la antigua filosofía india en la que se originó
el budismo: todo lo que puede decirse del Sí mismo es «no». ¡Ciertamente,
reconocer que «nada verdadero puede decirse de Dios» no es negar su esencia!.
Cuando se hace la pregunta,
¿Hay un Sí mismo?, el Buddha rehusa responder «Sí» o «No»; decir «Sí»
implicaría el error «eternalista», decir «No» el error «aniquilacionista» (Saµyutta Nikya 4.400-401). Y similarmente,
cuando surge el destino postmortem de un Buddha, arahant, u Hombre Verdadero,
el Buddha dice que no se aplica ninguno de los términos «deviene» (hoti) o «no deviene» o «ni deviene ni no deviene» o «a
la vez deviene y no deviene». Cualquiera de estas proposiciones implicaría una
identificación del Buddha con alguno o con todos los factores de la
personalidad; todo devenir implica modalidad, pero un Buddha no es en ningún
modo. Aquí debe recalcarse que la pregunta se hace siempre en los términos del
devenir, no en los términos del ser. La lógica del lenguaje se aplica sólo a
las cosas fenoménicas (D´gha
Nikya
2.63), y al arahant no le toca ninguna de estas «cosas»: no hay definiciones
para uno cuyo sí mismo ya no es; el «que ha vuelto a casa» ya no está en
ninguna categoría (Suttanipata 1074, 1076). Sin embargo,
también se dice que el Buddha «es» (atthi), aunque no puede ser visto
«aquí o allí», y se niega que un arahant «no sea» después de la muerte.
Ciertamente, si no queda absolutamente nada cuando el sí mismo ya no es,
nosotros no podríamos dejar de preguntar, ¿de qué se predica entonces una inmortalidad?.
Cualquier reducción de una realidad a la nada de «el hijo de una mujer estéril»
carecería de significado y sería ininteligible; y, de hecho, el Buddha, en la
repudiación de las doctrinas «aniquilacionistas» que le fueron atribuidas por
algunos heréticos coetáneos suyos, niega expresamente que él haya enseñado
nunca la destrucción de algo real (sato
sattassa = Ð<JTH
Ð<) (Majjhima Nikya 1.137, 140). Hay,
dice, «un no-nacido, no-devenido, no-hecho (akatam)[21],
no compuesto (asaµkhataµ)[22],
y si no lo hubiera, no habría ningún escape de lo nacido, lo devenido, lo hecho
y lo compuesto (el mundo)» (Udna 80): «Conocedor de lo que
jamás fue hecho (akataè) eres tú, oh Brahman,
puesto que conoces el desvanecimiento de todas las cosas compuestas».
Expresamente, El Buddha «no
guarda nada detrás»; puesto que no hace ninguna distinción entre un adentro y
un afuera, el suyo «no es un puño cerrado» (D´gha Nikya 2.100); pero la Ley Eterna, y el Nirvana, son
«incompuestos», y para esta Dignidad trascendente (paramÕattha) todas las palabras son inadecuadas —a lÕalta fantasia qui manc possa (Paradiso 33.142)— en lo cual el
discípulo debe tener Fe (saddh) hasta que pueda
experimentarlo, hasta que la Fe sea reemplazada por el Conocimiento; «aquel
cuya mente ha sido abrasada por el deseo de lo No-dicho (anakkhta), es un liberado de todos los amores, un
nadador contra la corriente» (Dhammapada 218), —«los Buddhas sólo
dicen la Vía» (Dhammapada 276). Si hay una salvación
por la fe (Suttanipata 1164), ello se debe a que
«la Fe es máximamente conductiva al conocimiento» (Saµyutta Nikya 4.298): Crede ut
intelligas.
La fe implica autoridad: y la autoridad (mahpadesa) del Buddha, que se apoya en su propia experiencia inmediata, es la de
sus palabras como las hablan o como las cuentan los Mendicantes competentes; en
este último caso, no sólo entendidas correctamente, sino comprobadas por su
congruencia con los textos del Canon y de la Regla. En esta dependencia inicial
de lo que todavía no se ha «visto» no hay nada únicamente budista o crédulo. La
doctrina del Buddha es siempre sobre lo que proclama haber visto y verificado personalmente,
y lo que dice a sus discípulos puede ser visto y verificado por ellos, si ellos
le siguen en el viaje con Brahma. «Los Buddhas sólo dicen la Vía, os incumbe a vosotros abrasaros en la tarea» (Dhammapada 276); el «Fin permanece no-dicho» (Suttanipata 1074); no tiene ningún signo (Saµyutta Nikya 1.188, Suttanipata 342), y es una gnosis que no puede comunicarse (Anguttara Nikya 3.444); y aquellos cuya confianza está sólo en lo
que puede decirse, están todavía bajo el yugo de la muerte (Saµyutta Nikya 1.11).
En el examen de la Fe, se
olvida muy a menudo que la mayor parte de nuestro conocimiento de las «cosas»,
incluidas aquellas por las que se regulan nuestras acciones mundanales, es un
conocimiento «autorizado»; ciertamente, la mayoría de nuestras actividades
diarias tocarían a su fin si nosotros no creyéramos las palabras de aquellos
que han visto lo que nosotros todavía no hemos visto, pero podríamos ver si
hiciéramos lo que ellos han hecho, o fuéramos adonde ellos han ido; de la misma
manera, las actividades del neófito budista tocarían a su fin si él no «creyera» en una meta que todavía no
ha alcanzado. De hecho, él cree que el Buddha está diciéndole la verdad, y
actúa en consecuencia (D´gha
Nikya
2.93). Sólo el Hombre Perfecto es «sin fe», en el sentido de que, en su caso,
el conocimiento de lo No-hecho ha tomado el lugar de la Fe (Dhammapada 97), de la cual ya no hay ninguna necesidad.
Para el budista, el Dhamma,
la Lex Aeterna[23], sinónimo
de la Verdad (Saµyutta Nikya 1.169), es la autoridad
última y el «Rey de reyes» (Anguttara
Nikya
1.109, 3.149). Es con esta autoridad última, atemporal y temporal, trascendente
e inmanente con lo que el Buddha se identifica a sí mismo, ese Sí mismo en el
que ha tomado refugio: «el que ve el Dhamma me ve, y el que me ve ve el Dhamma»
(Saµyutta Nikya 3.120; Itivuttaka 91; Milindapaha 73). Uno de los más
impresionantes de los libros budistas se llama el Dhammapada, «Las Huellas de la Ley»; es un mapa y un libro guía para aquellos que
«Caminan en la Vía de la Ley» (dhammacariyaµ caranti), que es también la «Vía de
Brahma» o el «Viaje con Brahma» (brahmacariyaµ), y «esa antigua senda que
fue seguida por los anteriormente Omni-despertados». Las palabras budistas para
«Vía» (magga) y para «búsqueda» (gavesana)[24],
con el Sí mismo como objeto (Vinaya
PiÊaka
1.23; Visuddhimagga 393), implican ambas el
seguimiento de los rastros o las huellas[25].
Pero estos rastros acaban cuando se alcanza la orilla del Gran Mar; hasta
entonces el Mendicante es un discípulo (sekho),
en adelante un experto (asekho), —«ya no bajo un pedagogo»
(Gál. 3:25). La Vía que se prescribe
es una vía de anonadación de sí mismo, de virtud y de contemplación, de caminar
solo con Brahma; pero cuando se ha alcanzado el fin de la «larga senda», ya sea
aquí o en lo venidero, sólo queda la «submersión» en lo Inmortal, en el Nirvana
(amatogadham, nibbnogadham), en ese Océano Insondable
que es a la vez una imagen del Nirvana, del Dhamma, y del Buddha mismo (Majjhima Nikya 1.488; Saµyutta Nikya 4.179, 180, 376; Saµyutta Nikya 5.47; Milindapaha 319, 346). Este es un antiguo símil, común a
las Upanishads y al budismo: cuando los ríos alcanzan el Mar, se pierden su
nombre y su forma, y sólo se habla de «el Mar». Este fin último ya está
prefigurado en la adopción de la vocación monástica; como los ríos cuando
alcanzan el Mar, así los hombres de cualquier casta, cuando devienen
Mendicantes, ya no se llaman por sus nombres o linaje anteriores, sino que son
simplemente del linaje de aquellos que han buscado y encontrado la Verdad (Vinaya PiÊaka 2.239; Anguttara
Nikya
4.202; Udna 55).
«La gota del rocío se funde
en el brillante mar». Sí, pero ésta no es un fórmula exclusivamente budista;
nosotros la encontramos en Rèm´[26] (Nicholson, D´wn, 12.15; Mathnaw´, passim), en Dante (sua voluntate… ellÕ quel mare al qual tutto si move… [Paradiso III.85]), en el Maestro Eckhart (also sich wandelte der tropfe in daz mer —«en el mar de la insondable
naturaleza de Dios… sumérgete, esto es la anegación»), Angelus Silesius (Wenn du das Trpflein wist im grossen Mere nennen, Den wust du meine SeelÕ im grossen Gott erkennen [Cher. Wandersmann 2.25]), y en China, donde el Tao es el
océano al que retornan todas las cosas (Tao te Ching 32). De todos aquellos que
lo alcanzan sólo puede decirse que su vida es oculta, enigmática. El Buddha,
visiblemente presente en la carne, es no obstante «inalcanzable» (anupalabhyamno) e «inencontrable» (ananuvejjo); nadie «vuelto a casa» de esta manera puede ser
referido a una categoría (sankha×
na upeti [Suttanipata 1047]). Pues «nadie que me ve en una forma me ve»; «el nombre y el
aspecto no son ninguno míos»; sólo el que ve la Ley Eterna ve al Buddha, y eso
es así tan efectivamente hoy como cuando el Buddha todavía vestía la
personalidad (persona, «máscara», «disfraz») que
en la muerte «quemó como una cota de malla» (Anguttara Nikya 4.312).
La igualación entre el mare de Dante y el «Mar» budista, implícita arriba,
puede parecer introducir un sentido teísta en las doctrinas budistas,
supuestamente «ateas»; pero sólo se necesita señalar que no puede trazarse
ninguna distinción real entre la inmutable Voluntad de Dios y la Lex Aeterna,
entre su Justicia y su Sabiduría, a saber, esa Naturaleza que es también su
Esencia, y que actuar contra la cual sería como negarse a sí mismo. La Ley, el
Dhamma, había sido siempre un nomen Dei
[un nombre de Dios], y es todavía, en el budismo, sinónimo de Brahma. Si el
Buddha se identifica a sí mismo con la Ley Eterna, esto significa que no puede
pecar; el Buddha ya no está «bajo la Ley», sino que, siendo él mismo la Ley,
sólo puede actuar en consecuencia; y entre las interpretaciones del epíteto
«Así-venido» o «Encontrador de la Verdad», encontramos la de que «como él dice,
así hace». Pero para aquellos que son todavía Viajeros y aprendedores, el
pecado (adhamma) es precisamente una
ofensa contra esa Ley Natural que representa la participación de la Ley Eterna
que determina las responsabilidades y funciones del individuo. En otras
palabras, la Ley Eterna tiene su correlativo inmanente en la «ley propia» (sa-dhamma [Suttanipata 1020]) de cada hombre, ley
por la que se determinan sus inclinaciones naturales y sus funciones propias (attano kamma = J ©"LJ@Ø BDVJJg4<); y son sólo la codicia o
la ambición lo que lleva a la detracción de la natividad por la que un hombre
está normalmente «protegido» (Suttanipata 314, 315). Menciono esto
debido sólo a la circulación de la opinión errónea de que el Buddha «atacaba»
al sistema de castas. Lo que en realidad hizo fue distinguir entre el brahman
por mero nacimiento y el verdadero brahman por la gnosis, y señalar que la
vocación religiosa está abierta a un hombre de cualquier nacimiento (Anguttara Nikya 3.214; Saµyutta Nikya 1.167): no había nada nuevo
en eso. La casta es una institución social, y el Buddha estaba
hablando principalmente para aquellos cuyas preocupaciones ya no son sociales;
para el hogareño se señala que su entelequia consiste en la perfección de su
trabajo (Anguttara Nikya 3.363), y sólo se condenan
aquellas ocupaciones que hacen daño a otros. Los deberes de un gobernante se
enumeran a menudo. El Buddha mismo era una realeza puesto que dictaba una Ley,
y era una brahman por carácter (Milindapaha 225-227). A los brahmanes
se les detracta sólo en la medida en que no siguen su propia antigua norma. En
muchos contextos, «brahman» es sinónimo de «arahant».
Se ha afirmado que el
budismo sólo tiene conocimiento del Dios personal Brahm y nada de la Divinidad
Brahma: ciertamente, esto habría sido extraño en la India del siglo quinto a.
C., en alguien que había estudiado bajo maestros brahmanes, y en contextos
escriturarios que a menudo son enormemente reminiscentes de los Brhmanas y Upanishads. En realidad,
no puede haber ninguna duda de que en la expresión gramaticalmente ambigua brahma-bhèto, que describe la condición de aquellos que están
enteramente liberados, es Brahma y no Brahm lo que debe leerse; es
Brahma lo que ha «devenido» el que está «enteramente despierto». Pues (1º) se
recalca repetidamente el conocimiento comparativamente limitado de un Brahm, (2º) los Brahms son, por consiguiente, los
pupilos del Buddha, no el Buddha el de ellos (Saµyutta Nikya 1.141-145; Milindapaha 75-76), (3º) el Buddha ya había sido, en nacimientos previos, un Brahm y Mah-Brahm (Anguttara Nikya 4.88-90), de aquí que no
tendría significado, en la igualación brahma-bhèto = buddho (Anguttara Nikya 5.226; D´gha
Nikya
3.84; Itivuttaka 57, etc.), asumir que brahma = Brahm, y (4º) el Buddha es
explícitamente «mucho más que un Mah Brahm (Comentario sobre Dhammapada 2.60). Es cierto que a
menudo los brahmanes se dirigen al Buddha como Brahm (Suttanipata 293, 479, 508), pero aquí Brahm no es el nombre del Dios,
sino (como en sánscrito) la designación de un brahman verdadero e instruido[27],
y equivalente a arahant (Suttanipata 518, 519). En cuanto a los
«Dioses» (deva), por ejemplo, Indras, Brahms y muchas otras divinidades
y divinidades menores o ángeles, no sólo son tan reales como los hombres, no
sólo el Buddha mismo y otros arahants visitan sus mundos y conversan con ellos,
y no sólo es el Buddha el «maestro de los Dioses y de los hombres» (Saµyutta
Nikya
3.86), sino que, en respuesta a preguntas, el Buddha ridiculiza explícitamente
la noción de que «no hay ningún otro mundo» (como lo mantenían quienes nosotros
llamaríamos ahora Positivistas [Majjhima
Nikya
1.403]) y el punto de vista absurdo de que «no hay Dioses» (Majjhima Nikya 2.212). Finalmente, puesto
que se dicen las mismas cosas del Sí mismo y del Buddha, por ejemplo, que las
definiciones de cada uno en los términos del otro no son inválidas, no sólo
«Buddha» se explica como «uno cuyo Sí mismo está despierto»[28]
(Visuddhimagga 209; cf. B¨hadaraöyaka Upani·ad 4.4.13), sino que
difícilmente puede haber ninguna duda de que el Comentador está acertado cuando
afirma que en tales contextos el Encontrador de la Verdad o Así-venido «es el
Sí mismo» (Udna 67 con Comentario sobre Udna 340). El hecho de que el
Buddha no es sólo un principio trascendente —la Ley Eterna y la Verdad—, sino
también universalmente inmanente como el «Hombre es este hombre», está
implícito en el epíteto «Omni-interior» (Vessantara = Vi§vntara [Majjhima Nikya 1.386; Itivuttaka 32]) que se aplica a él, y en las palabras,
«Quienquiera cuidarme, que cuide al enfermo» (Vinaya-PiÊaka 1.302), —estas últimas palabras son un llamativo paralelo de las
palabras de Cristo «cuanto vosotros hiciereis a uno de los últimos de estos
hermanos míos a mí me lo hacéis».
En toda la literatura
budista canónica no se afirma en ninguna parte que «no hay ningún Sí mismo»,
ninguna realidad distinguible del sí mismo empírico al que se somete
repetidamente al análisis destructivo. Por el contrario, el Sí mismo es
afirmado a la vez explícita e implícitamente; notoriamente en la frase
recurrente según la cual esto, eso o lo otro «no es mi Sí mismo». Nosotros no
podemos ignorar el axioma, Nil agit
in seipsum:
«cuando hay dos impulsos opuestos en un hombre, al mismo tiempo y sobre la
misma cosa, nosotros decimos que debe haber dos en él», Platón (República 604B). Esto se aplicará, por
ejemplo, cuando se describen las condiciones en las cuales el Sí mismo es el
amigo o el enemigo del sí mismo (Saµyutta
Nikya
1.57, 71-72 como en Bhagavad
G´t
6.5-7), y siempre que se expresa una relación entre dos sí mismos. Del budista
se espera que «honre lo que es más que sí mismo» (Anguttara Nikya 1.126), y este «más» solamente puede ser el «Sí
mismo que es Señor del sí mismo, y la meta del sí mismo» (D´gha Nikya 380). Ciertamente, es del Sí mismo, y no de
él mismo, de quien el Buddha habla cuando dice, «Yo he tomado refugio en el Sí
mismo» (D´gha Nikya 2.120), y similarmente
cuando pide a otros que «busquen al Sí mismo» (Vinaya PiÊaka 1.23; Visuddhimagga 393), y que «hagan del Sí
mismo su refugio y su lámpara» (D´gha
Nikya
2.100, Saµyutta Nikya 5.163; cf. S. 3.143). También se hace la distinción
entre el «Gran Sí mismo» (mahÕatt, «Mahtm», «el Magnánimo») y el
«pequeño sí mismo» (appÕtumo, «el pusilánime»), y entre
el «Sí mismo Limpio» y el «sí mismo Sucio», donde el primero condena al segundo
cuando se ha hecho un mal (Anguttara
Nikya
1.57, 149; 5.88). En resumen, es completamente cierto que el Buddha no «negaba
un Dios, no negaba un Alma, ni negaba la Eternidad».
En numerosos contextos, al
Buddha y a otros arahants u Hombres Perfectos se les describe como «habiendo
hecho devenir al Sí mismo» (bhvitÕatto); es decir, «hecho
devenir», «como una madre cría a su único hijo», pues esta forma causativa del
verbo «devenir» (cuya falta en Inglés es una grave inconveniencia) significa
«criar», «cuidar», «cultivar», «servir» o «proveer para», —como 2gD"BgbT. Este «hacer devenir» al Sí
mismo es una parte indispensable del progreso del peregrino budista, y,
ciertamente, no menos importante que la correspondiente tarea negativa de llevar
a una detención todo «devenir». Haber completado una u otra tarea es haber
completado la otra, y haber alcanzado la meta: y «así», como dice Wordsworth,
«haber edificado el ser que nosotros somos». Pero el erudito moderno debe poner
cuidado en distinguir entre el «devenir» que es un mero metabolismo, es decir,
un proceso no dirigido de crecimiento o de «progreso» automático, y el «hacer
devenir» que es una cultivación selectiva. El que «deviene» es sólo
el sí mismo empírico, compuesto de cuerpo y consciencia (viöa). Aparte de la constitución
corporal, la consciencia no puede surgir; nuestras «anteriores habitaciones»,
es decir, las vidas pasadas, son compuestos de este tipo, pero «no míos», «no
mi Sí mismo» (Saµyutta
Nikya
3.86); y del Mendicante en quien han sido suprimidas las condiciones que
conducen al devenir renovado de una consciencia, se dice que él es uno cuyo Sí
mismo está liberado, que es existente, enteramente contento, y que sabe que
para él ya no hay más nacimiento, ni más devenir.
Haber alcanzado los mundos
de Brahma o haber devenido un Brahm allí no es el fin último; haber devenido un Brahm o incluso el Mah Brahma del eón, es
ciertamente un logro tremendo, pero no es lo mismo que haber devenido Brahma, o
Buddha y arahant totalmente despirado. La distinción entre Brahm y Brahma, expresada en
términos Cristianos, es la que hay entre Dios y la Divinidad, y ayudará a
aclarar la cuestión en los contextos budistas si cito expresiones análogas de
dos de los más grandes y más intelectuales de los «místicos» Cristianos:
«Vosotros debéis aprender»,
dice el Maestro Eckhart, «lo que son Dios y la Divinidad. Dios obra, la
Divinidad no obra. Dios deviene e indeviene (wirt und entwirt), y es una imagen de todo el devenir (werdenne); pero la naturaleza del Padre
no deviene (unwerderttich ist), y el
Hijo es uno con Él en este in-devenir (entwerdenne).
El devenir temporal acaba en el in-devenir eternal» (Pfeiffer, 516 y 497). Así,
«es más necesario para el alma perder a Dios que perder a las criaturas»
(Evans, 1.274), si ha de alcanzar ese estado en el que nosotros seremos «tan
libres como cuando no éramos, libres como la Divinidad en su no-existencia».
«¿Por qué no hablan ellos sobre la Divinidad?. Debido a que todo lo que es allí
es uno y lo mismo, y no hay nada que
decir… Cuando yo receda adentro del terreno, adentro de las profundidades,
adentro del manantial de la Divinidad, nadie me preguntará de dónde vine o a dónde
fui» (Pfeiffer, 180-181). «Nuestra esencia no es aniquilada allí, pues aunque
nosotros no tendremos allí ni cognitividad, ni amor, ni beatitud, allí ella
deviene semejante a un desierto en el cual sólo Dios reina»[29].
Por consiguiente, el desconocido autor de The
Book of Privy Counselling y The Cloud
of Unknowing hace una diferencia entre aquellos que son llamados a la
salvación y aquellos que son llamados a la perfección, y citando la elección
por María de «esa parte mejor, que no le será arrebatada» (Book of Privy Counselling, f. 105 a),
observa sobre la vida contemplativa que «si ella comienza aquí, durará sin
fin», y agrega que en esa otra vida «no habrá ninguna necesidad de usar obras
de misericordia, ni de llorar por nuestra aflicción» (Cloud of Unknowing, Cap. 21).
Paralelos tales como estos
son a veces mucho más conductivos a una comprensión del contenido del budismo
que las citas directas del Canon budista; pues capacitan al lector para
proceder desde una fraseología conocida a otra menos conocida. Apenas es
necesario decir que para un lector o erudito europeo, que se propone estudiar
una religión oriental seriamente, es casi indispensable un conocimiento
considerable de la doctrina y del pensamiento cristiano, y también de su
trasfondo griego.
Los dos sí mismos están en
contraste dramático siempre que uno reprocha al otro. «El Sí mismo reconviene
al sí mismo» (att
pi attanam upavadati) cuando se hace lo que no debería hacerse (Anguttara Nikya 1.57-58): por ejemplo, cuando el Bodhisatta mendiga
su alimento por primera vez, no puede digerir los inapetitosos mendrugos que
recibe, pero «él se recrimina a sí mismo y no se consiente a sí mismo flaquear» (Jtaka 1.66). El Sí mismo sabe lo que es verdad y lo que
es falsedad, y el sí mismo Sucio no puede ocultar sus malas obras del Sí mismo
Limpio (Anguttara Nikya 1.149). Así pues, el Sí
mismo es nuestra consciencia, nuestro presenciador y nuestra sindéresis; el
Daimon socrático «que no mira por nada excepto la Verdad» y que «siempre me
sujeta de lo que yo quiero hacer». Es
un hecho de experiencia universal que, como dice Platón, «hay algo en el alma
que tienta a los hombres a beber, y algo que no quiere, algo que tiene hambre y
sed, y algo que lleva la cuenta», y es incumbencia nuestra decidir «cual gobernará,
el mejor o el peor». El Sí mismo es el Agathos Daimon, a quien es incumbencia
«mía» obedecer.
Esto nos lleva a considerar
la doctrina de la «pureza del Daimon» (yakkhassa suddhi). Ignorando que puede haber una multiplicidad de
Genios, de la misma manera que en otras tradiciones puede haber una
multiplicidad de «espíritus diferentes del Espíritu», debe señalarse que el Daimon (yak·a)
había sido originalmente Brahma, y que, para las Upanishads, era todavía Brahma
—ese Brahma, que es a la vez trascendente y, como el «Sí mismo del sí mismo»,
inmanente. Los Sakyas mismos habían sido adoradores de un Yakkha Sakyavardhana,
a quien, probablemente, puede igualarse con esta Naturaleza
«siempre-productiva». En el budismo, al Buddha, a quien se describe tan a
menudo como «Brahma-devenido» (brahma-bhèta), también se le llama un
Yakkha, el Daimon cuya «pureza» se ha mencionado arriba. El Buddha es
«incontaminado» (anèpalitto), enteramente despirado,
llegado a la meta (attha-gata, como se predijo al darle el nombre de Siddhartha),
puro (suddho), inmutable (anejo), e indeseoso (Suttanipata 478, cf. Majjhima Nikya 1.386, buddhassa… huneyyassa yakkhassa): «tal es la pureza del
Daimon, y él, el Encontrador de la Verdad, tiene derecho a la oblación», pues
él es el huneyya Daimon, «a quien debe hacerse
la ofrenda sacrificial» (Saµyutta
Nikya
1.141; Majjhima Nikya 1.386; Suttanipata 478). Mientras que todas las existencias se
mantienen de «alimento» y se deleitan en el «alimento» (físico o mental) (D´gha Nikya 3.211), se formula la pregunta, «¿Cuál es
ese nombre del Daimon, que no tiene ningún placer en el alimento?» (Saµyutta Nikya 1.32; cf. Suttanipata 508). Cuán vívidamente recuerda esto a la pregunta: «¿No quieres
decirme quién es?», y la respuesta de Sócrates, «¡Tú no querrías conocerle si yo
te dijera su nombre!»; y al hecho de que, en la India y en algunas otras
tradiciones, «¿Quién?» es el nombre más apropiado del dios que es «el Sí mismo
de todas las existencias», pero que ni ha venido de ninguna parte ni jamás
deviene alguien. Este «Sí mismo de todos los seres» es el Sol —no «el sol que
todos los hombres ven, sino el Sol a quien pocos conocen con la mente», y a
quien los Vedas describen como «incontaminado» (arepasa, es decir, anupalitto). Esta es sólo una de las
muchas razones para identificar al Buddha brahma-bhèta, a quien también se llama «el Ojo en el Mundo» y «cuyo nombre es la
Verdad», con esta «Luz de las luces» y «Sol de los hombres».
Nuestro interés inmediato va
dirigido a la palabra «incontaminado». Ya sea explícita o implícitamente, e
igualmente en los contextos budistas y prebudistas (donde también el Sol es «el
único loto del cielo»), la referencia analógica es a la pureza del loto, al que
«no moja el agua» sobre la que flota. De la misma manera, el Buddha es
«incontaminado por los asuntos humanos» (Suttanipata
456; cf. Saµyutta-Nikya
4.180): incontaminado por el mundo (Anguttara-Nikya
3.347) y todas las cosas del mundo (Anguttara-Nikya
4.71). Lo que esto implica nos arrojará alguna luz sobre la naturaleza de la
meta que el Buddha y otros Hombres Perfeccionados han perseguido y alcanzado.
Se asume muy a menudo que la noción de una meta «más allá del bien y del mal»
es de origen moderno. Sin embargo, esta noción aparece no sólo en contextos
indios, sino también islámicos y cristianos, y es intrínseca a la
diferenciación normal entre la vida activa y la vida contemplativa, puesto que
la virtud es esencial para la vida
activa, pero es sólo dispositiva para
la vida contemplativa, cuya perfección es la meta última del hombre —la de la
beatífica contemplación de la Verdad. La noción aparece una y otra vez en los
contextos budistas: eso por lo cual el Hombre Perfeccionado es incontaminado no
es meramente el mal o el vicio, sino también el bien o la virtud. Esto se
afirma explícitamente en muchos contextos, por ejemplo: «incontaminado por la
virtud o por el vicio, desechado el sí mismo, para ese tal ya no hay acción que
se necesite aquí» (Suttanipata 790);
«a quien ha escapado aquí al apego a la virtud o al vicio, que es sin
aflicción, a quien ningún polvo se adhiere, que es puro, a ese yo lo llamo un
brahman verdadero» (Dhammapada 412),
es decir, un arahant. Pero esto se afirma aún más notoriamente en la parábola
de la barca: «abandona el bien y también el mal; pues el que ha alcanzado la
otra orilla ya no tiene necesidad de barcas» (Majjhima-Nikya 1.135), para lo cual hay
paralelos exactos en las palabras de San Agustín «que cuando haya llegado, ya
no use más la Ley como un medio de llegar» (De
spir. et lit. 16) y del Maestro Eckhart «habiendo obtenido la otra orilla,
ya no quiero una barca»; y como el Maestro Eckhart dice también, «Contempla al
Alma divorciada de todo algo… sin dejar ningún rastro de vicio ni de virtud».
La «pureza» no se alcanza
por la creencia, la audición, el conocimiento, las virtudes o las obras, ni
tampoco sin ellas (Suttanipata 839);
en otras palabras, la preparación moral es absolutamente indispensable, pero
por sí sola no implica la perfección. Las reglas de conducta se dictan para los
hogareños y los Mendicantes; las de los Mendicantes son naturalmente más
estrictas, pero de ninguna manera extremas; la auto-tortura se desaprueba
enérgicamente. Aquellos de los Mendicantes que obraban mal (y se admite que
hubo algunos que se unieron a la orden por razones completamente indignas)
podían ser citados y censurados en asamblea monástica pública, o, en el caso de
ofensas graves, podían ser exclaustrados. Por otra parte, los Mendicantes no
estaban atados, y no lo están hoy día, por ningún voto irrevocable, y son
libres de volver a la vida de hogareño si así lo quieren; esto se considera
simplemente como una flaqueza o una debilidad y una ocasión de reproche.
La práctica de las virtudes
morales, ya sea por un discípulo hogareño o por un discípulo Mendicante,
conduce al renacimiento en un cielo más bajo o en un cielo más alto, según sea
el caso. El primero gana mérito por la conducta moral y sobre todo por la
generosidad; en conexión con esto puede observarse que el Buddha instruye a un
hogareño, que se había convertido y que había devenido un adherente seglar, a
no abandonar su anterior práctica de socorrer a los miembros de una orden de
Mendicantes rival, aunque desde el punto de vista budista éstos eran heréticos.
El Mendicante, que no tenía otras posesiones que sus vestiduras, cuenco de
mendigar, cántara, y báculo, no podía ser generoso con sus bienes de la misma
manera, pero podía ser un maestro de otros, y no hay ningún don más meritorio
que el de la Ley Eterna; el Mendicante no reconocía ya los lazos de familia,
como ataduras que implican deberes, ni podía interesarse en la política o
participar en los placeres, pruebas, o asuntos de los hombres que viven en el
mundo, pero no sólo se esperaba de él que devolviera amor por odio si alguien
abusaba de él verbal o físicamente, sino que practicara también las estaciones
de Brahma o «Estados» Divinos (brahma-vihra)
del Amor, la Piedad, la Ternura, y la Imparcialidad (mett, karuö, mudit, upekkh). El primero de éstos
consiste en la irradiación deliberada del Amor benefactor hacia todas las cosas
vivas, —«con corazón de Amor él permanece irradiando a uno, a un segundo, a un
tercero, y al cuarto cuadrante; y así la totalidad del ancho mundo, arriba,
abajo, a través, y por todas partes, él continua irradiando con corazón de Amor
abundante, sin medida, con entera inocencia», mientras piensa, «Que sean
felices todos» (Suttanipata 143
sig,). Aquí la referencia de «todos» no es sólo a los seres humanos, sino
absolutamente universal. Por otra parte, la Imparcialidad es un estado
subjetivo de paciencia o de desapego, como el de uno que presencia cualesquiera
cosas agradables o desagradables que le acontecen como se podría presenciar una
representación teatral, presente a ella pero no implicado en las situaciones
del héroe. La «liberación del corazón» efectuada de esta manera tiende a un
último renacimiento en los mundos de Brahma y a la compañía y coincidencia con
Brahm,
puesto que la disposición del Mendicante que desarrolla estos estados de mente
amistosos e inadquisitivos es la misma que la de Brahm. No debe pasarse por alto
que el procedimiento hasta aquí es estrictamente ético, y que presupone la
virtud de la Inocencia (ahi×s, Majjhima-Nikya
1.44; Saµyutta-Nikya 1.163; Suttanipata 309, 368, 515, etc.), un término que ha devenido
también muy familiar en los tiempos modernos, en tanto que el principio de la
«no-violencia» propugnado por Gandi como una regla de conducta bajo todas las
circunstancias, —«envaina tu espada». El entrenamiento (o la disciplina) de la
voluntad es lógicamente anterior al entrenamiento del intelecto.
Pero estos procedimientos
éticos, en los que la noción de uno mismo y de otros está todavía implícita,
son sólo una parte del «Caminar con Dios» (brahma-cariyaµ = 2gä
FL<@B"*gÃ<) o del «Caminar con la Ley» (dhamma-cariyaµ) del Mendicante, pero no
son el fin del camino; hay «más que hacer todavía». Se nos dice que, como los
Mendicantes que todavía no están «absolutamente liberados», sino que se halagan
a sí mismos de hacer su trabajo (Anguttara-Nikya
5.336; cf. Majjhima-Nikya 1.477), los Dioses mismos a
menudo están sujetos a la impresión errónea de que su condición es incambiable
y sempiterna, y de que para ellos ya no hay nada más que haya de realizarse (Anguttara-Nikya
4.336, 335, 378; Saµyutta-Nikya 1.142). Incluso un Brahm, el más alto de los Dioses,
imagina que no hay ningún «escape más allá» (uttari× nissaraöa×) del glorioso estado que es ya el suyo (Majjhima-Nikya 1.326; Anguttara-Nikya 4.76; Saµyutta-Nikya
1.142). Por consiguiente, encontramos al Buddha reprochando a Sriputta, por haber instruido
a un preguntador brahman nada más que en la vía «a los mundos de Brahma más
bajos, donde todavía hay más que ha de realizarse» (Majjhima-Nikya 2.195-196). Se asume
siempre que aquellos que no han efectuado su Despiración Total (Parinirvana)
aquí, si ellos han ido tan lejos como para ser «no retornadores», pueden
alcanzar su perfección y hacer su escape final desde cualquiera que pueda ser
su posición en el Otromundo; es por eso por lo que el Buddha es el maestro no
sólo de los hombres, sino también de los Dioses.
Así pues, ¿cuál es,
entonces, la tarea que les queda que cumplir a algunos Mendicantes, y aquellos
que han alcanzado una vida aeviternal en los cielos Empíreos, pero que no son
todavía arahants «cuyo trabajo está acabado»?. Ya no se trata en absoluto de
una estación más alta que haya de adquirirse con buenas obras, —el fruto de las
obras ya se ha ganado; ahora se trata enteramente de la vida de Contemplación (jhna).
Jhna
(sánscrito dhyana, chino ch’an, japonés zen) corresponde casi exactamente al segundo de los términos de la
serie «Consideración, Contemplación, y Rapto» en la práctica occidental; y samdhi,
literalmente «com-postura», o «síntesis», como la de los radios en el centro de
su círculo[30],
corresponde a «Rapto» e implica la consumación de Jhna en cualquier etapa. Jhna implica la realización
activa e intencional de otros estados del ser que ese en el que el
contemplativo es normalmente existente en el tiempo; y su fuerza es enteramente
traicionada por aquellos eruditos que la han llamado «abstracción», o, aún más
ineptamente, «ensoñación». La Contemplación es una tensa disciplina mental, que
requiere un largo entrenamiento, y no una suerte de ensoñación; «no hay ninguna
sugestión de trance, sino más bien de vitalidad intensificada» (PTS. Pali Dictionary,
s.v. jhna). El
experto puede pasar a voluntad de uno a otro de la jerarquía de los «estados»,
y regresar nuevamente (D´gha-Nikya 2.71, 156); y este dominio
y control positivo de los «estados» contemplativos, distingue tajantemente al
Yoga indio de toda experiencia «mística» meramente pasiva y adventicia. Los
«estados» contemplativos son una suerte de escala por la que se puede ascender
desde los estados o niveles de referencia más bajos del ser a los más altos;
pero la meta de la Liberación final está más allá de todos ellos. Las cuatro
primeras Jhnas son a veces practicadas por los seglares tanto como por los
Mendicantes.
Así pues, las Jhnas son típicamente cuatro
(disponibles para los seglares tanto como para los Mendicantes), o si se toman
junto con las cuatro îruppa-Jhnas (estados sin forma o enteramente inmateriales) son un grupo de ocho
etapas de liberación (vimokkha [D´gha-Nikya
2.69-71, 112, 156, y passim]). En la
primera, haciendo a la mente «de una única dirección», se dirige la atención
hacia algún soporte de contemplación específico, naturalmente apropiado a la
disposición y constitución del pupilo, y a menudo elegido para él por el
Maestro de quien él es discípulo. En la segunda Jhna el practicante todavía ve
la forma externa, pero es inconsciente de la suya propia; la experiencia es
extática. En la tercera, el éxtasis pasa, y queda solamente la consciencia de
la sin-finitud del poder de la discriminación (viññöa). En la sexta prevalece el
sentido de que «no hay nada» (n’atthi
kiñci). En la séptima ya no hay ninguna discriminación, y es una condición
ni con consciencia ni sin consciencia (saññ). En la octava hay una
detención de toda consciencia y sensación (D´gha-Nikya 2.69-71, 112, 156). Y una
vez que un Mendicante ha dominado estos ocho grados de liberación en secuencia
directa, en secuencia inversa, y en ambas secuencias sucesivamente, de manera
que puede sumergirse o emerger de cualquiera de ellos a voluntad y por la
duración que él quiera; y cuando por la erradicación de las fluxiones entra
también en esa Liberación de la Voluntad (ceto-vimutti),
y en esa Liberación Intelectual (paññ-vimutti) que ha llegado a conocer y a realizar por sí mismo aquí y ahora,
entonces, de un Mendicante tal se dice que es «Libre en ambas vías»; no hay
ninguna otra Liberación ni una Liberación más alta que ésta en ambas vías (D´gha-Nikya
2.71; cf. Suttanipata 734, 753).
Sin embargo, debe
comprenderse claramente que el logro de un dominio tan completo de la jerarquía
de los estados de la existencia, o de los cielos sucesivos, no es un fin en sí
mismo, sino un medio hacia la liberación final de todos los «estados»; todos
son contingentes, todos son originados y perecederos, y nadie que conoce su
verdadera naturaleza, es decir, nadie que comprende sus placeres y sus dolores,
y que conoce la vía de escape (nissaraöa×) de ellos, se deleitará en ellos o querrá permanecer permanentemente
en ninguno de ellos, ni siquiera en el más alto (D´gha-Nikya
2.79). Cualquiera que pueda ser la posición de uno en la jerarquía de los
mundos, siempre hay otra orilla que ha de alcanzarse, y sólo para uno
completamente liberado ya no queda nada que haya de hacerse; desde el punto de
vista del summum bonum es poco mejor
haber alcanzado un cielo que estar todavía en la tierra; el gran trabajo está
todavía por hacer. Para aclarar esto el Buddha propone la gran doctrina de la
Vía Media, —majjhena tathagato dhamma× deseti.
Esta importantísima
doctrina, platónica, aristotélica, y escolástica tanto como brahmánica y
budista, tiene tantas aplicaciones como hay alternativas, alternativas de las
cuales, la elección entre éste y algún otro mundo, concebidos como de «orillas»
contrastadas, es sólo un caso; el verdadero «acabador del mundo» (lok’anta-gè) no está apegado a la
existencia en éste ni en ningún otro mundo, por muy exaltado que sea; pues
todos los seres (satt), hombres y Dioses
igualmente, están en las garras de la Muerte (Saµyutta-Nikya
1.97, 105). Hay siempre dos extremos (ant), y es contra el extremista
(anta-g-gahika) que da un valor
absoluto a uno u otro de estos extremos contra quien el Buddha propone su
Medio; el verdadero «Caminar con Dios» (brahmacariya)
es una Vía Media. Ya como un Bodhisatta, habiendo sido criado en el lujo, y
habiendo mortificado después su carne casi hasta el punto mismo de la muerte,
el Buddha había descubierto que ninguno de estos extremos le conduciría al
conocimiento que buscaba, y que alcanzó siguiendo la Vía Media (Vinaya-PiÊaka
1.10). De la misma manera, la Pureza no puede alcanzarse con la virtud, —ni sin
ella (Suttanipata 839); la pureza no
es sólo respecto del vicio sino también respecto de la virtud. De la misma
manera en lo que concierne a todas las «teorías» (diÊÊhi), afirmaciones y
negaciones: «es» (el error Eternalista) y «no es» (el error Aniquilacionista)
no son ninguno de ellos descripciones verdaderas de una realidad última (Saµyutta-Nikya
2.19-20, 217), —de la misma manera que para Boecio, la fe es un «medio entre
herejías contrarias». Esto no significa que la Vía Media tenga una dimensión;
en términos de espacio, la meta no está aquí ni más allá ni entre ambos (Udna
8), y no es «dando pasos», sino dentro de vosotros, donde debe alcanzarse el
Fin del Mundo (Saµyutta-Nikya 1.61-62; Anguttara-Nikya
2.48-49; Saµyutta-Nikya 4.94). De la misma manera
—y esto es quizás el aspecto más interesante del principio atómico— en lo que
concierne al tiempo. La existencia —el origen y la disolución— de todas las
cosas es momentánea (khaöika
[Visuddhimagga 1.230, 239; Dpvs. 1.16]); como había sido para
Heráclito (cf. Plutarco, Moralia,
392B, C). Este in-stante (khaöa), en el que las cosas
surgen, existen, y cesan de ser simultáneamente, es el ahora sin duración que
separa el pasado del futuro y que da a ambos su significado; el tiempo, en el
cual sobreviene el cambio, no es nada sino la sucesión sin ruptura del flujo de
tales momentos, cada uno de los cuales —en sí mismo sin tiempo[31]—
es nuestra Vía Media (Anguttara-Nikya
4.137). La vida, como nosotros la conocemos empíricamente, es el campo de la
acción transitoria, y son precisamente tales acciones las que tienen
consecuencias heredables. Por otra parte, las actividades inmanentes, puesto
que permanecen en el agente, no implican al agente en los acontecimientos
externos y, por la misma razón, son inaccesibles a la observación. Muchas
expresiones budistas (por ejemplo, Êhit’atto [Saµyutta-Nikya
3.55; Suttanipata 5l9, cf. 920], que han de contrastarse con la
transitoriedad, aniccaµ, de todo lo que no es el Sí
mismo) implican la inmovilidad del Sí mismo liberado. Lo que esto significa es
que la Vida trascendente y supralógica del Sí mismo liberado es Auto-contenida.
Los momentos mismos son un único momento; su aparente sucesión es convencional.
Así pues, el «momento» sin
duración es nuestra gran oportunidad, —«ahora
es el día de la salvación»,— y encontramos que el Buddha elogia a aquellos de
los Mendicantes que han «aprehendido su momento», y que recrimina a aquellos
que lo han dejado pasar (Saµyutta-Nikya 4.126; Suttanipata 333). Ciertamente, los momentos nos pasan; pero
quienquiera que aprehende uno de ellos escapa de su sucesión; para el arahant
despirado el tiempo ya no es. En todos los casos el Buddha enseña el Medio por
el principio de la causalidad; y lo que quiera que sean los dos extremos, ello
sólo puede ser «apetito» o, literalmente, «sed» (taöh), una «sed» que le lleva a
uno a un devenir renovado; y sólo como un incondicional del Medio, uno no es
contaminado por ninguno de los dos extremos (Anguttara-Nikya 3.399-401; Suttanipata 1042), —de la misma manera
que, para Platón, sólo agarrándose al hilo de oro de la Ley Común, la marioneta
humana puede evitar los impulsos contrarios y desordenados que nos arrastran
aquí y allí, a acciones buenas o malas determinadas por nuestros apetitos (Leyes, 644).
No falta una buena razón
para que al Mendicante se le llame un Trabajador (samaöa, literalmente «afanado», y
equivalente semántico exacto de «asceta»); el Mendicante no puede conocer
ningún reposo hasta que es uno «que ha hecho lo que tenía que hacerse» (katakaraö´yo).
Debe ser el señor de su voluntad o pensamiento, no uno que está a su merced; y
el hombre a quien el Buddha encomienda como un «iluminador» del bosque en el
que vive solo, es el Mendicante que, cuando vuelve de su ronda de limosnas,
asume su sede contemplativa determinado a no levantarse nunca de nuevo hasta
haberse liberado de los flujos. Para ganar lo que todavía no se ha ganado, para
alcanzar lo que todavía no se ha alcanzado, para verificar lo que todavía no se
ha verificado, el Mendicante, que ha dejado el mundo por la fe y que es todavía
un discípulo, debe ejercitar la hombría o el heroísmo (viriyam = <*Dg\", virtus), resolviendo, como el Bodhisatta mismo: «Que queden más
bien la piel, los tendones, y los huesos solos, mientras la carne y la sangre
se secan, que dejar algún resto del ejercicio de la hombría hasta que yo haya
ganado lo que puede ganarse por aguante humano, por hombría, y por persistente
avance» (Saµyutta-Nikya 2.28; Majjhima-Nikya 1.481; Anguttara-Nikya 1.50; Jtaka 1.71). Estas son sus
intenciones: «Yo no devendré de la materia de la que están hechos todos los
mundos, yo erradicaré la noción de “yo” y “mío”, yo devendré plenamente poseído
de la gnosis que no puede ser impartida, yo veré claramente la causa y la
originación causal de todas las cosas».
Hemos visto que el propósito
(attha) original y principal del
Bodhisatta era efectuar la conquista de la muerte, y que, de hecho, conquistó a
la Muerte en la noche del Gran Despertar; y que, en adelante, por su enseñanza
de la Ley Eterna, «abrió las puertas de la inmortalidad» para otros. Así pues,
será una suerte de prueba de la eficacia del Caminar con Brahma del Mendicante,
en concordancia con su enseñanza, si nosotros nos preguntamos a nosotros mismos
como ve la muerte de los demás el arahant graduado, o como ve la suya propia.
En cuanto a la muerte de los demás, es una parte de su disciplina, ser
«consciente de la muerte», y esta consciencia de la muerte incluye la reflexión
de que todos los seres, hasta el mundo de Brahma, e incluso los Dioses del
mundo de Brahma, son finalmente mortales; y siendo consciente de esto, el
Mendicante graduado permanece impasible incluso ante el deceso mismo del
Buddha, pues es consciente de que el declive y la disolución son inherentes a
todas las cosas compuestas, y que sólo los novicios y las deidades inferiores
lloran y se lamentan cuando «el Ojo en el mundo» se retira. En la India, ya era
una historia antigua que la inmortalidad en el cuerpo es imposible; así pues,
el arahant es bien consciente de que vendrá su propio tiempo. El hombre del
promedio, inenseñado, cuando se acerca el fin, «se aflige, desfallece, llora y
se lamenta»; pero no así el discípulo ario en quien se han extinguido los
fuegos de la egoidad —él sabe que la muerte es el fin inevitable de todos los
seres nacidos, y siendo consciente de esto, sólo considera, «¿Cómo aplicaré
mejor mi fuerza a lo que se acerca?» (Anguttara-Nikya
3.56) hasta que muere. Puesto que ya ha muerto a lo que puede morir, espera la
disolución del vehículo temporal con perfecta compostura, y puede decir: «No
anhelo la vida, y no estoy impaciente de la muerte. Espero la hora, como un
sirviente espera su sueldo; finalmente, dejaré este cuerpo mío, providente,
recogido» (Theragth 1.606.1002). O incluso si el discípulo ario, ya sea un Mendicante o
todavía un hogareño, aún no ha «hecho todo lo que tenía que hacerse», tiene la
certeza de que, una vez venido al ser en otra parte según sus merecimientos,
todavía le será posible acabar su perfección allí. Las palabras, «Oh tumba,
¿dónde está tu victoria?. Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón?» podrían haber
sido las del Buddha o las de un budista verdadero. Para él, ya no habrá más
devenir, ya no habrá más aflicción; o si lo hay, no será por mucho, pues ya ha
llegado muy lejos en ese largo camino que lleva al Nirvana, «y, ciertamente,
pronto habrá alcanzado la meta».
* Publicado por primera vez como
Introducción a The Living Thoughts of Gotama the Buddha,
The Living Thougths Library, Cassell: Londres, 1948.
[1] Todas las referencias a las obras pali son a las ediciones de la Pali Text Society, excepto en los casos de los Vinaya y de los Jtaka, cuyas ediciones romanizadas fueron publicadas por Williams and Norgate, 1879-1883, y por Trübner & Co. (y Kegan Paul, Trench, Trübner & Co. Ltd.), 1877-1897, respectivamente.
[2] Este abandono es literalmente una entrada en exilio (pabbajj): pues el punto de vista budista, como el del Maestro Eckhart, es que esas pobres almas que se establecen en casa y que sirven a Dios allí, están erradas, «y nunca tendrán el poder de afanarse ni de ganar lo que esas otras que siguen a Cristo en la pobreza y el exilio».
[3] Parinibbyati; aquí en el sentido de «muerto», aunque no se usa a menudo en este
contexto físico.
[4] «Toda la raza humana es tan
miserable y sobre todo tan ciega que no es consciente de sus propias miserias»
(Comenius, Labyrinth of the World and
Paradise of the Heart, Cap. 28). Fue precisamente a causa de esta ceguera, por lo que el
Buddha vaciló en predicar el Dhamma a hombres cuyos ojos estaban llenos de
polvo.
[5] Enseñado tan pronto como en
la Primera Predicación.
[6] «La ignorancia es la sujeción al placer y al dolor… consentirse a uno mismo» (Platón, Protágoras, 356, 357).
[7] En todas las filosofías
tradicionales, en las cuales es axiomático que «hay dos en nosotros», es
inevitable distinguir entre el «Sí mismo» y el «sí mismo» o el Ego. En el
presente contexto no-Sí-mismidad coincide con egoidad; haber dicho «no-egoidad»
habría sido lo opuesto de lo que se significa, —sólo del Sí mismo puede
predicarse una no-egoidad ontológica, y por consiguiente también una no-egoidad
ética. Por el momento, estamos examinando sólo el Ego, o el sí mismo; el
problema del Sí mismo en el budismo se tratará después.
[8] La «existencia», en tanto
que se distingue del «ser», esse de essentia, (X<gF4H de
@ÛF\".
[9] La traducción por
«extinción» (como si se tratara de un fuego) no es ilegítima; pero la
traducción por «aniquilación» es completamente errónea. En la India, la
«extinción de un fuego» se concibe siempre como una «vuelta a casa».
[10] Incluso «Gotama» no es un
nombre personal, sino sólo un nombre de familia; înanda es también un Gotamid.
[11] Sa×khr (@b<6D4J@4s
Fb<2gJ@4)
aquí con referencia a las imágenes mentales, fantasmas, nociones, postulados,
complejos, opiniones, prejuicios, convicciones, ideologías, etc. En un sentido
más general, sa×khr define todas las cosas que
pueden llamarse por un nombre o ser percibidas sensiblemente, todos los nma-rèpa, todas las «cosas», incluidos nosotros
mismos.
[12] Los cinco khandhas son casi lo mismo que los cinco «poderes del alma»
como los define Aristóteles (De an. 2, 3) y Santo Tomás (Sum. Theol. 1.78.1), a saber, el
vegetativo (nutritivo), el sensitivo, el apetitivo, el motriz y el intelectual
(diagnóstico, crítico).
[13] L. Paul, The Annihilation of Man,
1945, p. 156.
[14] A-Ghazl´, Al-Rislat
al-Laduniyya, Cap. 2.
[15] Rèm´, Mathnaw´ 1.2449.
[16] W. Law, Hobhouse p. 219.
[17] Timeo 28A; cf. Crtilo 440; Plutarco, Moralia 392B. Para la doctrina budista del «momento» (khaöa) en el que las cosas se originan, maduran y cesan,
cf. Visuddhimagga 1.239, y el desarrollo más
completo en el Mahyna.
[18] Una tal identificación
revierte a la proposición animista, «yo pienso, por consiguiente yo soy», e
implica el concepto ininteligible de un solo agente que puede querer cosas
opuestas a uno y el mismo tiempo. El positivista lógico debe negar la
posibilidad de todo «control de sí mismo», —y quizás lo hace.
[19] Los naturalistas y
psicólogos citados son Dewey, Hook y Nagel, Charles Pierce, H. S. Sullivan, E.
E. Hadley y C. G. Jung. Se verá que el último, que habla de la «absoluta
necesidad de un paso más allá de la ciencia», es un metafísico a pesar de sí
mismo. Las citas no se han hecho con el fin de probar la verdad del análisis
budista, sino para ayudar al lector a comprenderla; la prueba del pudding estará en comerlo. (Las bastardillas
son mías).
[20] Idéntico al Brahmánico «de
aquellos que son mortales, no hay ningún Sí mismo» (antm hi martyah, êatapatha Brhmaöa 2.2.3).
[21] El «mundo no-hecho»
(Brahmaloka) de las Upanishads.
[22] «No compuesto», es decir,
sin originación, ni crecimiento ni mutación, A. 1.152; Nirvana, Milindapaha 270; Dhamma, Saµyutta Nikya 4.359. Por otra parte,
incluso los «estados» Contemplativos más altos son compuestos, y es de estas
exaltadas condiciones de donde hay un «escape final».
[23] «Una Ley sobre nuestras
mentes, la cual se llama la Verdad», San Agustín, De ver. relig. 30. Cf. Santo Tomás de Aquino, Sum. Theol. 2-1.91.2.
[24] Cf. la historia de Gavesin,
p. 41.
[25] Como en Platón, ÃP<gbT passim.
«El alma que sigue el rastro de su presa, Cristo» del Maestro Eckhart.
[26] Attha×-gato es un buen ejemplo de las numerosas ambigüedades etimológicas que se
encuentran en pali, donde el sentido de attham
= sánscrito astam, es el de «vuelta a casa»,
y donde el de attham = artham, es el de «haber alcanzado el propósito o la
meta de uno». Una tal ambigüedad está lejos de ser inconveniente, puesto que la
«vuelta a casa» y el «logro del fin» tienen una referencia común.
[27] En el ritual védico, el brahm es el más instruido de los
cuatro oficiantes brahmanes, y su patrón en todas las materias de duda; de aquí
que brahm, en el trato de un brahman con otro, es la forma de tratamiento más
respetuosa posible.
[28] BuddhÕatt buddho,
Visuddhimagga 209, cf. B¨hadaraöyaka Upani·ad 4.13 pratibuddho tm. El «Sí mismo despertado»
será el «Sí mismo hecho-devenir» (bhvitÕatt,
passim), es
decir, el «Sí mismo no nacido (ajtaÕatt) que ni envejece ni muere»,
Comentario sobre Dhammapada 1.228, cf. Bhagavad
G´t
2.20.
[29] La «no-existencia», el
«manantial», el «desierto» del Maestro Eckhart corresponde al Mar budista (como
se trata arriba) en el que se pierde toda diferenciación (cf. la definición de teosis de Nicolás de Cusa como una ablatio omnis alteritatis et diversitatis) y al «Mar» de Amor o de
No-existencia de Rèm´, —allí el amante deviene el Amado (Mathnaw´ 1.504, 1109; 2.668-690, 1103; 3.4723; 6.2771 y passim con las notas de Nicholson.
[30] En el simbolismo
arquitectónico, empleado a menudo, la concentración de los poderes del alma en
su fuente, efectuada en el samdhi,
se ilustra por la síntesis de las vigas radiantes en la clave de bóveda de un
edificio adomado; y esta clave de bóveda (perforada) es ella misma la «puerta
del sol» por la que uno escapa de cualesquiera mundo condicionado, que es
representado por el espacio o la cavidad interior (la «caverna» Platónica) del
edificio mismo.
[31] Es cierto que «los hombres
sienten que lo que no puede ponerse en términos de tiempo carece de significado»,
pero «la noción de un ser inmutable, estático, debe comprenderse más bien
como un proceso tan intensamente vivaz… como para comprender el comienzo
y el fin en un solo instante» (W. H. Sheldon en el Modern Schoolman 21.133). «Plus la vie
du moi s’identifie avec la vie du no-moi [es decir, del Sí mismo], plus
on vit intensément» (Abdul Hd´ en Le Voile d’Isis, Enero 1934).