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Un retrato en París (Noa)
 
 
Por fin después de mucho tiempo, se había decidido a viajar sola a París. Había esperado durante años a que algún amigo o amiga estuviera dispuesto a ir con ella. Pero sabían que le gustaba disfrutar del turismo más callejero, corretear por toda la ciudad que visitaba, y a sus amistades les gustaba otro tipo de turismo. Así que después de pensarlo un poco, había determinado lanzarse sola a la aventura.

En la agencia de viajes habían sido muy amables, le habían localizado un hotel bastante céntrico y bien situado en París, con la particularidad de que su dueño era español, así que en el hotel podría entenderse y hacerse entender sin problema.

Ya había trazado un recorrido para los días que estaría allí, y así aprovechar más su estancia.
Y ahora ya estaba allí. Después del viaje en avión y el traslado desde el aeropuerto, había llegado al hotel. Aunque pequeño, era muy bonito y cuidado. Y como le habían dicho en la agencia, se hablaba castellano y estaba en el centro de la ciudad y muy bien comunicado.

Su primer día lo dedico a moverse por los alrededores. Visitó St. Marie Madeleine, que estaba al lado del hotel. Contempló lo que le pareció algo fuera de lo común, un templo griego en pleno París. Luego se encaminó hacia la Place de la Concorde, lugar donde durante la Revolución Francesa habían pasado por la guillotina a miembros de la nobleza.
Y paseando por aquellas calles llenas de edificios con tanta historia divisó la Tour Eiffel, sin duda el reclamo internacional de Paris.
Se impregnó de aquel aire romántico, mezclado de historia y modernidad que se respiraba en la ciudad de la luz.

Cuando regresó al hotel estaba verdaderamente cansada. Tomó un baño y pidió la cena en la habitación, para recobrar fuerzas para el día siguiente. Sacó los carretes que había utilizado del bolso para guardarlos y colocó nuevos para el día siguiente. Le gustaba mucho la fotografía, y creía haber conseguido algunas instantáneas muy buenas. Cuando regresará a casa, las revelaría y ya vería.

En los siguientes días siguió disfrutando de aquella impresionante ciudad.
Su estancia coincidía con “ Le 14 Juillet” el día nacional de los franceses. Así que la Tombe du soldat inconnu estaba engalanada para la ocasión y custodiada por soldados.
Pudo disfrutar de los mejores escaparates de las mejores boutiques de la ciudad en la Avenue des Champs Elysées. Toda la avenida estaba adornada para la ocasión.

Visitó el Musée du Louvre, posiblemente el más conocido de los museos del mundo, con su Place du Carrousel y su Pirámide que atraía tan diversas opiniones, pero que nunca dejaba impasible al visitante.

Deambuló por el corazón intelectual de París, el Barrio Latino. Rebosante de ciencia, popularidad y exclusividad con su Universidad de la Sorbonne, y sus cientos de librerías y vendedores de libros de segunda mano por la ribera del Sena hasta el Pont de Sully.

Contempló el magnífico ejemplo de arquitectura gótica europea de Notre Dame du Paris. Con sus vidrieras y gárgolas. Un mundo irreal de demonios que contemplan irónicos, quizás pensativos la ciudad lejana. Pájaros de formas fantásticas e irreales, grotescas figuras de monstruos sarcásticos.
La parte con mas arraigo histórico de la ciudad, junto con las Catacombes, una de las más espeluznantes atracciones de París.

De las piedras más vetustas de la ciudad a la representación del arte moderno, la arquitectura y el logro de la Défense. Con la estrella de la atracción que es por supuesto el Grande Arche, donde subió a uno de sus innovadores ascensores suspendidos dentro del cubo.

Así día a día, calle a calle, edificio a edificio, había ido desgranando cinco días recorriendo aquella maravillosa ciudad.
Su sexto día lo había reservado para la parte más bohemia de Paris. El barrio de Montmartre.
Visitó el famoso Moulin Rouge, donde comenzó el Can-Can a finales del siglo XIX. Donde Toulouse-Lautrec dibujó a artistas y gente en momentos de diversión.
Recorrió las calles de aquel barrio tantas veces inmortalizado por pintores, poetas y cineastas.

Visitó la Basilique du Sacré-Coeur, con su aspecto etéreo debido al mármol blanco y el reflejo de la luz en él.
Llegó a la Place du Tertre. El ambiente pictórico, lleno de retratistas y paisajistas vendiendo sus caricaturas y lienzos la envolvió.
Se paró a tomar un café en aquella plaza, mientras contemplaba aquella mezcla de color y olores. Absorta en aquel ambiente, no se había fijado que justo enfrente de ella había un joven dibujando.

Era moreno, pelo largo, nariz aguileña, pero de aspecto atractivo. Su mano se movía con rapidez, entre sus dedos el carboncillo dibujaba trazos seguros. Ella, tan absorta en sus propios pensamientos, no se había dado cuenta que el joven no hacía mas que mirar hacia donde estaba ella. Miraba y seguía dibujando. Hasta que por fin, paró y se acercó a su mesa.

Le preguntó de donde era, a lo que ella contestó como pudo dado su pequeño dominio del francés. Le mostró lo que había estado dibujando, solo era una mirada, unos ojos, unos bellos ojos. Conforme los miraba, se dio cuenta que eran suyos. La había estado dibujando a ella. ¿Pero por que sólo los ojos? A todo esto, creyó entender que el joven le intentaba decir que su carboncillo se había acabado. Que quería completar el dibujo, que la acompañara. Ella envuelta por aquella esencia bohemia que flotaba, sin decir más pagó el café y le siguió.

No sabía exactamente donde iban. Pero no anduvieron mucho, cuando el joven le indicó un portal de una casa. Supuso que allí vivía. Cuando se abrió la puerta, pudo comprobar que aquello era una mezcla entre estudio lleno de bocetos y apartamento con lo indispensable para poder vivir. Una mesa con una silla, una cama, y un pequeño habitáculo donde estaba el servicio.
Creyó entender que le decía que tomara asiento, mientras él rebuscaba entre aquellos bocetos esparcidos descuidadamente por la sala.
Cuando estaba a punto de sentarse en la silla, él le indico que lo hiciera en la cama. Sentándose al mismo tiempo él en la silla. Y acto seguido se puso a dibujar. La miraba, observaba, y seguía trazando con gestos firmes lo que captaba su mirada.
Ella se había quedado sentada, allí en el borde de la cama, con el bolso colgado al hombro.

Pasado un rato, el se acercó, le quitó el bolso y la camisa que llevaba abierta, dejándola con una camiseta de tirantes. Le movió la barbilla, y volvió a su silla.
Seguía absorto en sus trazos. Ella mientras tanto aprovechó para observarlo detenidamente.
Se fijó en sus labios bien definidos, sensuales; sus ojos oscuros. Su cuerpo atlético que se dejaba entrever debajo de aquella camiseta y sus vaqueros. Mientras seguía observando, en un momento sus miradas se cruzaron; fue un momento casi electrizante.

Ella se sintió incómoda. Qué estaba haciendo allí. Un desconocido la empezaba a pintar en la calle, la hacía subir a su casa y ella sin oponer la más mínima resistencia, estaba allí. Justo en el momento en que pasaba por su cabeza la idea de coger su bolso y su camisa y salir de aquel sitio, notó que el joven se había levantado. Estaba allí, frente a ella, arrodillado, observando su rostro. Vio como levantaba su mano y la dirigía hacia sus labios. Pasó su dedo por su contorno. Subió por su nariz, hasta llegar a la frente. Bajó por su mejilla. Y cuando se quiso dar cuenta, sus labios estaban pegados a los suyos.

Era casi una caricia, suave, delicada. No era un beso tímido, sino más bien de sondeo. La respuesta de ella no se hizo esperar. Sus labios y su cuerpo reaccionaron antes que su mente. Cuando pensaba que estaba haciendo, su boca ya respondía apasionadamente. Sus manos rodeaban el cuerpo de aquel joven, el pintor.
Sintió como la boca de su pintor atrapaba su lengua. Cómo sus manos se movían por encima de su camiseta. Esas manos que minutos antes trazaban firmemente líneas, ahora seguían firmes diseñando las curvas de su cuerpo.

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No podía pensar, tampoco lo quería hacer. Solo sentía, notaba aquellas caricias, aquellas manos, su boca, su calor.
Él le bajó los tirantes de su camiseta, dejando al descubierto sus pechos firmes y tersos. Notó como los miraba, era mezcla de mirada profesional, la de un artista mirando su modelo; mezcla de deseo, la de un amante.

El joven se quitó la camiseta y ella pudo comprobar sus músculos bien formados. Se sintió poseída por una extraña mezcolanza de pasión y deseo carnal, al mismo tiempo que admiración por aquel bello cuerpo. Él siguió desvistiéndose, para luego hacer lo mismo con ella, hasta que quedaron los dos desnudos.

Ambos se dejaron llevar por aquellos turbadores sentimientos. Sus manos recorrieron el cuerpo del otro, descubriendo sus rincones, sus curvas. Sus bocas probaban cada centímetro de piel, deleitándose con sus sabores. Los dos se sabían ávidos del otro.
Las manos del pintor estaban algo manchadas por el carboncillo, al recorrer su cuerpo, iban dejando una leve sombra sobre él. Su cuello, sus pechos, su vientre, sus piernas, hasta llegar a su sexo, mojado ya por su deseo.
Se sabía deseada, acariciada, besada, pero al mismo tiempo observada. Él miraba su cuerpo, se recreaba en él, analizaba hasta la más mínima curva, como si quisiera grabar todos los detalles.

Sentía como aquella mano firme exploraba su cuerpo. Recorría su sexo, acariciaba su clítoris, el botón de su placer. Ella recorría aquel pecho fuerte, aquellos músculos bien formados. El vientre terso, hasta llegar a su pene, notar su dureza. Oía la respiración entrecortada de ambos, los leves gemidos de placer provocados por sus caricias.
Notó como él apartaba su mano, y empujaba sobre ella, hasta que sintió en su interior esa dureza que había tenido entre sus manos momentos antes.

Empezaron a moverse, él con movimientos firmes y fuertes, como sus trazos al dibujar. Ella intentado sincronizar sus movimientos a él. Mientas oía que él le hablaba, no sabía que le decía, pero en aquellas circunstancias podía imaginar, y además qué bien sonaba el francés.
Él estaba encima de ella, con sus piernas en sus hombros, moviéndose, disfrutando y mirándola. Ella se movía, acariciaba sus pechos, presa del deseo y la excitación. Lamía su dedo, mientras miraba aquellos ojos que la observaban con lascivia.
Él bajó sus pies, e inclinándose sacó su dedo de la boca para introducirlo en la suya. Ella deseó su boca, incorporando su cabeza llego hasta ella, para sacar su dedo y besarlo.

Notó como él salía de su cuerpo. Y antes de que pudiera reaccionar, o decir nada, sintió aquellas fuertes manos de pintor girando su cuerpo, dejándola arrodillada sobre la cama. Percibió el contacto de sus manos en su cintura, mientras volvió a sentir cómo la penetraba. Él ayudaba sus movimientos, atrayéndola hacia él. Ella no lo veía, pero lo sentía. Sentía todo su deseo dentro de ella. Y ambos se movían. Sus pechos se balanceaban al ritmo de esos movimientos firmes, acompasados.
De su mente ya había desaparecido que aquel hombre que estaba allí, era un completo extraño para ella. Era como si se conocieran de siempre. Siempre se habían estado buscando el uno al otro. Estaban hechos el uno para el otro, para disfrutar juntos.

Su cuerpo era todo deseo, ardor, pasión, calor. Notaba que él estaba igual, poseído por los mismos sentimientos. Y cuando se dio cuenta de que todos los músculos de él se contraían, estalló, llegó el éxtasis. Él seguía moviéndose, sabía que no tardaría en llegar él también. Y llegó, notó como su sexo se llenaba de él, su semen caliente la inundaba.

Quedaron exhaustos tumbados el uno junto al otro en la cama. Ella no era consciente de cuanto tiempo llevaba allí, en aquel estudio. Miró el reloj, era tarde. Se intentó recomponer lo mejor que pudo en aquel estrecho lavabo y cuando salió vio que él estaba allí, medio reclinado en la cama, desnudo y dibujando de nuevo.
Intento explicarle como pudo que era tarde, que tenía que marcharse. Le pareció entender que él le decía que se esperara a que acabara el retrato, que era suyo.
Ella anotó en un papel el nombre de su hotel y la dirección, ofreciéndoselo a él, que al verlo afirmó con la cabeza. Creyó entender que le decía que al día siguiente le llevaría a su hotel el retrato.

Aún excitada por aquel casual encuentro, volvió al hotel, y subió directamente a la habitación, preparándose un baño. Mientras se relajaba en el agua, su cabeza no dejaba de recrear toda la escena en aquel estudio.
Bajó a cenar, aún pensando en todo lo ocurrido. Pensó que le quedaba un día, no recordaba que había planeado para ese último día. Pero estaba segura que él vendría, así que pensó que no madrugaría ya que no tenía que salir para seguir recorriendo las calles de aquella ciudad. Al menos no, hasta que él hubiera pasado por el hotel.
Subió a su habitación, y con esas reflexiones se desnudó y se acostó. No sin antes avisar en recepción que igual recibía una visita de un pintor al que le había encargado un retrato.

A la mañana siguiente le despertó una caricia de una mano firme. Era su mano. No sabía que hora era, pero él ya estaba allí. Su amante, su pintor. Le había subido o había pedido el desayuno, y enfrente en el espejo que había encima del tocador de la habitación había pegado el retrato. Su retrato.
Era el rostro de una mujer, de rasgos suaves y delicados no exentos de gran belleza. Se reconoció, aunque ella nunca se había visto así. Pero así era como él la había pintado, la había visto, la había mirado y deseado.

El séptimo día pasó entre caricias, besos, medias palabras en francés, comida en la habitación y poses para un nuevo retrato.
Posaba a ratos, desnuda encima de la cama, entre momentos de caricias, besos, y momentos de pasión y deseo.
Y así llegó la noche, la hora de la cena. Ambos se vistieron y bajaron a cenar. Volviendo a subir a la habitación después, sin poder controlar su deseo en el pasillo antes de abrir la puerta de la habitación.

Cayeron uno junto al otro en la cama, desnudándose el uno al otro, apresuradamente, salvajemente. Y volvieron a unir sus cuerpos, sus deseos. Para luego caer dormidos, así, sus cuerpos entrelazados, unidos el uno al otro.
Cuando despertó, él estaba sentado desnudo en una silla, terminando de retocar el dibujo. La besó y se lo mostró. Allí estaba ella, de nuevo ella, pero esta vez en todo el esplendor de su desnudez.
Pensó en decirle que aquel se lo quedara, pero no quiso obligarlo, así que no dijo nada.

Se levantó y desayunaron allí en la habitación. Su pintor la ayudó a preparar las maletas, aquella mañana se marchaba. Cuando acabaron, él la atrajo y la besó tan dulcemente como aquel primer beso que le había dado en su estudio. Aquel había sido un beso de bienvenida, este lo era de despedida. Pero le supo igual de bien.
Vio como él recogía sus carboncillos, y enrollaba su retrato, el desnudo. El otro ya estaba en su maleta. Y dándole otro beso, la llevó hacia la puerta, recorrió su cuello, sus pechos, sus caderas mientras seguía besándola. Abrió la puerta, y casi ya fuera de la habitación le acarició el contorno de los labios. Y se fue.

Al volver hacia la habitación, se dio cuenta que el retrato, el desnudo, no estaba. Su amante, su pintor, se lo había llevado.
Cogió sus maletas y se dirigió hacia el aeropuerto. Una vez en el avión, de vuelta a casa, revivió como si de una película se tratara todo lo vivido y visto en París. Se dio cuenta que algunos lugares y monumentos que había reservado para el último día de su estancia, tendrían que esperar a un nuevo viaje a París.
Pero no le importó, había vivido y gozado intensamente aquellos dos últimos días en París. Sería difícil olvidarlo, por mucho tiempo que pasara. Siempre recordaría a su amante, a su pintor. Tenía su retrato para no olvidarlo. Y sabía que él también lo haría, siempre la recordaría, siempre tendría su desnudo para mirar como la había mirado a ella.


© NOA (2004)
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