Hacía mucho tiempo que había estado reuniendo dinero para hacer un viaje. La economía familiar no daba para mucho así que haciendo grandes esfuerzos guardaba una pequeña parte todos los meses en un sobre amarillo. Eramos cuatro bocas a comer y siempre surgían los típicos imprevistos: zapatos nuevos, uniformes para el colegio, la lavadora se estropeaba, el recibo extraordinario de la comunidad de vecinos; en fin, las cosas cotidianas de una familia como cualquiera.
A pesar de ello llevaba muchos años organizando ese viaje. Todas las primaveras me acercaba a una agencia de viajes a preguntar por los precios. Mi destino era: Karlsruhe, Alemania.
Era el origen de mi familia. El primer antepasado del que teníamos conocimiento del año 1725 nació allí. Sentía una curiosidad especial en conocer aquella pequeña ciudad alemana, de la que un personaje conocido inició una rama familiar extensa, muy extensa. Sus descendientes fueron repartiéndose por todo el mundo; Estados Unidos, Chile, Filipinas, Europa, España, Africa, Australia.
Siempre pensaba que al año siguiente podría realizar el viaje: mi viaje.
Un día, al volver del trabajo, recibí una carta procedente de alguien que decía llamarse Aaron Fridher. No sabía quien podría ser, el remite decía Karlsruhe por lo que sentí un nerviosismo tremendo. No podía esperar a llegar a casa para abrirla y en el mismo ascensor empecé a romper el sobre, procurando no estropearlo demasiado y perder el remite.
En un español casi perfecto hacía una breve presentación:
"Estimada Ruth, se sorprenderá al recibir esta carta ya que aún no nos conocemos, aunque sé que pronto lo haremos, o eso espero al menos. Mi nombre es Aaron Fridher, hijo de Samuel Fridher, nieto de David Fridher, biznieto de Ruth Zilberman. Mi bisabuela tenía una relojería en la plaza mayor de esta pequeña ciudad de Karlsruhe, que luego heredó mi abuelo, después su hijo y ahora acabó de heredar yo por la muerte de mi padre.
Llevaba muchos años queriendo saber de mi familia española, pues sabía que mi bisabuela Ruth tenía 4 hermanos que, uno de ellos al menos, fue a vivir a España. Pero ahora no es simple curiosidad, es que necesito que venga Vd. a Alemania pues debo enseñar algo que he encontrado en un pequeño baúl que conservábamos de mi bisabuela. Sé que le interesará verlo y espero que tenga la oportunidad de viajar este verano a esta preciosa ciudad, en donde podrá disponer de la casa de mis abuelos, parientes suyos también, pudiendo pasar el tiempo que desee, ofreciéndole de corazón nuestra hospitalidad. Sería una buena ocasión para estrechar nuestros lazos familiares y que conociese Vd. la historia de sus antepasados. Reciba un fuerte abrazo de Aaron."
No podía creer lo que estaba leyendo; años esperando para visitar esta ciudad y de repente me servían en bandeja la posibilidad de hacerlo.
Estaba muy nerviosa, di vueltas por la cocina, el gabinete, el dormitorio; no podía creer la casualidad de este acontecimiento. No sabía si debía desconfiar, pero no tenía ningún sentido hacerlo. Era un familiar lejano que quería enseñarme algo; pero ¿por qué a mí?. Yo tenía cuatro hermanos ¿por qué a mí?
Mis problemas económicos para el viaje se habían disipado, ya no era cuestión de dinero, ya que al tener casa donde hospedarme la cosa cambiaba.
Era 24 de junio, me quedaban seis días para empezar a disfrutar las vacaciones, no sabía si me daría tiempo a preparlo todo.
Cuando llegó Daniel a casa le conté lo sucedido, sorprendiéndose igual que yo nos sentamos en el sofá y debatíamos sobre lo que íbamos a hacer. Pasado un buen rato decidimos que era una oportunidad única. Se lo contamos a David y a Elena, nuestros hijos, y empezamos a organizar el viaje. Lo primero fueron los billetes, un telegrama a Aaron diciéndole que llegaríamos el día 3 del mes de julio y agradeciéndole su hospitalidad nos dispusimos a organizar las maletas, compras de último momento, etc.
Fueron unos días bastante ajetreados, y sobre todo yo tenía un nerviosismo un poco raro. Por una parte estaba contenta de conocer a mis parientes, por otra no me imaginaba qué sería lo que me iba a interesar tanto de Ruth Zilberman. Seguía dándole vueltas a la cabeza sobre él por qué a mí.
Cuando llegamos al aeropuerto nos estaban esperando. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Nos recibieron de la forma más cariñosa posible, saludaron a mis hijos y a mi marido como si fuesen conocidos de siempre y cuando besé a Aaron y miré sus ojos noté una sensación extraña: Vi en ellos a muchas personas..fué algo muy extraño, le miraba pero no le veía a el..veia a muchas personas andando una detrás de otra... Estaba tan confundida que casi me asustaba. Era como una especie de visión, ¿cómo podía haber visto esto en los ojos de Aaron? Habían sido unos segundos pero se me vino a la mente una imagen no tan desconocida para mí. Sabía que era una imagen que me recordaba algo, pero no conseguía descubrir qué.
Nos subimos al automóvil y nos dirigíamos hacia Karlsruhe. El paisaje era maravilloso y el olor... ¡qué olor¡... un aroma suave, cálido y familiar...
Tardamos casi dos horas en llegar. Era una casa grande, con un escudo heráldico en la portada, unos balcones estrechos y llenos de flores. Parecía un castillo en pequeñito, o por lo menos eso me parecía a mí. Me dio la impresión de haberlo visto en alguna postal o algún reportaje en la televisión, me era tan familiar... Supuse que es algo bastante normal que nos suele pasar a todos, el creer que has estado en un sitio anteriormente. La casa por dentro estaba decorada con un gusto exquisito, sencillo pero armonioso. Los relojes que colgaban de la pared eran todos fabricados por Zilberman, algo que me dio una satisfacción especial...pensar que lo habían construidos mis antepasados...
El gabinete era una habitación muy luminosa, una gran chimenea en la esquina y un sofá que invitaba a relajarse. Después del viaje veníamos muy cansados, por lo que agradecí a Aaron que decidiese dejarnos hasta la mañana siguiente que vendrían a recogernos para enseñarnos la ciudad.
Los dormitorios estaban preparados para nuestra llegada, por lo que soltamos las maletas en ellos y nos tumbamos un rato a descansar. Cerré los ojos y me quedé dormida. Soñé con una señora mayor que me hablaba con una dulzura extrema, me contaba una historia...una larga historia.
Cuando desperté no recordaba nada de la historia pero me sentía relajada, muy relajada.
Bajamos a la cocina y vimos que nos había dejado preparada la cena, con una nota encima de la mesa en la que nos explicaban que por la mañana iría una asistenta a hacernos la comida y limpiar la casa, que no nos preocupásemos de nada y solo intentásemos disfrutar.
No me lo podía creer, nos trataban con tanta delicadeza que empecé a dudar y a pensar si serían unos maniáticos y querrían asesinarnos, nunca había visto tanta hospitalidad en alguien que ni siquiera conocíamos. Decían que eran nuestros parientes, pero ni siquiera lo habíamos confirmado. Por otra parte: ¿que sentido tendría que no fuese verdad? Las atenciones y el gasto que les podríamos ocasionar me hacían pensar que todo era tal como nos lo había explicado Aaron: tenían algo que yo necesitaba ver y eramos parientes. En nuestra familia siempre hemos dado todo por la misma; en cierto modo ellos estaban haciendo lo que nosotros hacemos con los parientes que vienen a vernos. Decidí no darle mas vueltas al asunto e intentar disfrutar y conocerlos a fondo.
A la mañana siguiente me levante de madrugada, eran como las cinco y media de la mañana, baje a la cocina a desayunar y me preparé para salir y oler la mañana de Karlsruhe. Me gusta el olor de las mañanas: fresco, limpio y revitalizante; es como la dosis necesaria para empezar el día. Con cuidado de no perderme fui hacía arriba, no quería desviarme para encontrar la vuelta rápidamente. No sabía alemán y me aterrorizaba tener que preguntar algo, por lo que decidí ir siempre recto hacía arriba. Anduve y anduve y me encontré en unas callejuelas estrechas tropezando con un escalón de una casa vieja, muy vieja. Me paré sin saber por qué y observe detenidamente a las ventanas. Una anciana se asomó a ella y con una voz suave y dulce me preguntó que si me gustaba la ciudad, le contesté que si, que era maravillosa. Me parecía familiar esa cara, la había visto antes, no sabía dónde, pero así era. Me dijo que me había desviado mucho del centro y me dio instrucciones para volver. No podía imaginar cómo había llegado hasta allí, decidí no desviarme de la calle por donde venía y resulta que había ido a parar a la otra punta de la ciudad. Cuando le agradecí su amabilidad me contestó en alemán, le dije que no le entendía que me volviese a hablar en español, pero por los gestos que hacía me daba a entender que no hablaba español.... ¡es una vieja chiflada¡ pensé, me ha estado hablando en español y ahora dice que no sabe...Bueno, ya me había dicho como volver y si no quiere volver a hablarme en mi idioma, que no lo haga. Volví a la casa lentamente, observando todos los detalles de la ciudad. Yo tenía mucha imaginación y me veía andando por allí, con trajes largos y carruajes, en los años de mi antepasado. Las señoras con las que me cruzaba me saludaban atentamente, y una de ellas me dijo algo muy sorprendida...me miró fijamente a los ojos e hizo un comentario, que por supuesto no entendí.
Pasé por un mercadillo que estaban empezando a abrir y viendo un pequeño puesto de flores paré a comprar un ramo para obsequiar a la mujer de Aaron. Vendrían a recogernos y quería tener un pequeño detalle con ellos. Compre unas begonias amarillas, mezcladas con unos nardos. Volví a la casa y desperté a los niños. Dentro de una hora vendrían a recogernos y no quería hacerles esperar. El ramo estaba en el recibidor y las que había comprado para nosotros las puse en un jarrón en el gabinete, al lado de la chimenea.
Cuando llegaron Aaron y su mujer nos preguntaron si habíamos descansado y al entrar en el gabinete, mirando a las flores, noté como sus caras cambiaron de repente. Era una expresión de asombro, hablaron algo en tono muy bajo y nos fuimos rápidamente. Me agradecieron las flores, pero no hicieron ningún comentario. No sé por qué tenía la sensación de haber metido la pata ¿no les gustarían aquellas flores? ¿Sería de mal gusto regalarlas allí? No podía imagina que sucedía, pero esperaría el momento oportuno para preguntar por aquel incidente.
Nos llevaron por toda la ciudad, era un pueblo maravilloso, lleno de luz y color, de amabilidad y sencillez.
Al pasar por una de las calles me di cuenta que una de las casas era donde yo había hablado por la mañana con aquella señora que al final no me quiso hablar en mi idioma. Le conté la anécdota a Aaron y me contestó que era una casualidad; allí es donde vivió Ruth Zilberman, la hermana de mi bisabuelo, pero que la casa estaba deshabitada desde hacia muchos años y no podía vivir nadie allí pues por dentro no había nada; lo único que se conservó fue la fachada.
Me reí pues a pesar de decirme aquello: yo había estado hablando con una señora horas antes, estaba asomada a la ventana de la primera planta y no lo había imaginado. Supuse entonces que a lo mejor la señora estaba subida a una escalera, o qué sé yo: pero había hablado con ella.
No le di mas importancia al asunto y seguimos con el recorrido turístico. Pasamos por el mercadillo donde yo había comprado las flores y en uno de los puestos pude ver a la señora de la casa fantasma.... corrí a decírselo a todos y me adelante para hablar con ella: le dije: "¿Se acuerda Vd. de mí?- Hablamos esta mañana y me dijo Vd. como podría volver al centro.
En alemán me contestó algo que no entendí y cuando Aaron llegó a mi lado me tradujo lo que la señora decía: " Dice que no sabe que quieres decirle, que no habla español y que lo siente, pero que no te ha visto en su vida"
No comprendía nada, pero mi sorpresa fue cuando Daniel me preguntó que cómo podía haber confundido a la chica del mercadillo con una señora mayor....¿cómo chica joven?- Daniel, esa señora del mercadillo tendría por lo menos ochenta años, ¿por qué dices que era una chica? -.
Ruth- me dijo- estas un poco cansada, creo que deberíamos volver a la casa para que te relajes un poco. El ajetreo de ayer y el calor que hace hoy puede que no te esté sentando demasiado bien. Volvamos, cariño.
Sin decir una palabra mas, volvíamos a la casa. Nos quedaba una hora para comer y la casa de Aaron se encontraba a unos pasos de la nuestra. Acordamos que en una hora estaríamos allí.
Subí a la habitación y di vueltas y más vueltas, ¿es que Daniel creía que me había vuelto loca? ¿Cómo iba a confundir a una chica joven con la señora con la que estuve hablando? ¿por qué Aaron me habría dicho que en la casa que vivió Ruth Zilberman no vivía nadie? ¿por qué ese extraño comportamiento cuando vieron las flores en el jarrón?
Todos estaban pasándoselo estupendamente, adoraban a mis parientes y les encantaba el trato y los mimos que estabamos recibiendo, la ciudad les maravillaba y todos estaban muy contentos.
Pero yo, yo empezaba a notar algo extraño, me sentía inquieta, dudosa. Desde que llegamos al aeropuerto noté esa sensación que ahora me invadía: una curiosidad por algo que desconocía, una inquietud por algo que me estaba sucediendo y todo el mundo parecía ignorar..
Intenté relajarme y descansé un rato.
Cuando llegamos a casa de Aaron me quedé maravillada, me sentía satisfecha de tener un pariente con tanto gusto para decorar la casa, era como la de sus abuelos, sencilla pero tan acogedora.. .el olor era familiar, los retratos que colgaban de las paredes estaban perfectamente conservados, los marcos muy antiguos pero en excelentes condiciones. Tomamos una copa antes de comer y pude observar en una esquina un retrato pequeñito...era yo...bueno, quiero decir que se parecía tanto a mí... Pregunté quien era a lo que Aaron me contestó que Ruth Zilberman. El parecido conmigo era tan espectacular que todos nos quedamos asombrados, David y Elena en tono de broma llegaron a decir: "Mama, eres la reencarnación de la hermana de tu bisabuelo..." No reí al comentario, estaba tan confundida que no paraba de pensar en todo lo sucedido..¿Cuándo me daría Aaron eso que él creía que yo debía ver?... El parecido de Ruth conmigo... yo no era descendiente directa de ella...¿cómo podría parecerme tanto a ella?...
Un poco nerviosa me acerqué a Aaron y le pedí: "Estoy un poco impaciente de saber de que se trata lo que debo ver" ¿Cuando me lo enseñarás?.
- En su momento- dijo- en su momento.
¿Cuándo será el momento, Aaron?
El doce de julio- contestó.
Dándose la vuelta nos invitó a todos a entrar en el comedor.
A medida que avanzábamos contaba los días que quedaban...ocho días aun, no entendía por qué no podía enseñármelo ahora. Todo era tan misterioso que empezaba a cabrearme, pero ¿cómo podía enfadarme con alguien que nos había ofrecido su casa, que nos trataban con un mimo exquisito, que eran tan correctos y sobre todo que eran parientes nuestros...?
No quería darle mas vueltas al asunto, por lo que decidí pasar una velada lo más agradable posible, nos contamos nuestras vidas, en que trabajábamos, que hacían los niños, qué hacíamos los días de descanso. Bueno, mas que nos contamos: les contamos de nuestras vidas. No me di ni cuenta, pero casi no habían hablado de ellos.
No le di mas importancia al asunto: eran mis vacaciones, no quería pensar más ni en la señora de la casa "deshabitada", ni en la chica del mercado (eso al menos decían los demás) ni en las begonias y nardos, ni en los ojos de Aaron...aquellos ojos profundos, capaces de mostrar imágenes....
Los cuatro días siguientes los pasamos de turismo, fueron días magníficos en el que recorrimos todos los alrededores de Karlsruhe. Salíamos por la mañana temprano y volvíamos casi de noche. No nos preocupábamos de nada, todo lo teníamos preparado en la casa y nos llevaban de un sitio a otro intentando que disfrutásemos lo máximo posible.
El día nueve de julio decidimos quedarnos en casa y descansar un poco. Ibamos a pasar un mes entero allí y no era necesario agotarnos de tal forma.
Aaron debía ir a un pueblo cercano a cosas de su negocio, así que aprovechamos para hacer un alto en el turismo y mañana sería otro día.
Me levanté a las 6,30 como siempre. Bajé a desayunar procurando hacer el mínimo ruido. A los niños y a Daniel les gustaba levantarse tarde, por lo que después de estos últimos días de madrugones, se merecían un descanso.
En uno de los cajones de la cocina había un libro, un libro sobre sucesos paranormales... Era un tema que me apasionaba desde hace muchos años. Ese mismo cajón lo había abierto varias veces durante mi estancia allí, pero nunca lo había visto.
Lo ojeé y había temas sobre espíritus inquietos, reencarnaciones, visiones... parecía ser entretenido, pues muchos de éstos al final suelen ser un rollo. La fecha de publicación del mismo databa de 1899...hacía 100 años de aquello.
Me sentía tan bien.. después de aquel copioso desayuno, algo fundamental en mi equilibrio físico y psíquico, me dispuse a sentarme en aquel sofá y leer y leer hasta que empezase a oír las voces de mis hijos pidiéndome algo, cosa que era habitual.
Empece leyendo por el final, algo que suelo hacer cuando no son novelas en las que al final se descifra el desenlace. Es una costumbre que suelo tener desde que ojeo el periódico local de mi ciudad buscando el primer tema que me interesa: el deporte de mi hija Elena.
El último tema trataba de las visiones. Hablaba sobre las personas que tienen ese extraño poder de visualizar hechos, ocurridos o no, y la forma de canalizarlos.
Seguí con el penúltimo capítulo: los espíritus inquietos. Explicaba el libro que en las personas que mueren en extrañas circunstancias, bien sea por muerte violenta o por resistencia a la misma, sus espíritus se niegan a abandonar el cuerpo, dando lugar a una dura batalla en la que por supuesto vence el espíritu pues el cuerpo deja de responder. En resumen, hablaba de esos espíritus que vagan incansables por el túnel del tiempo hasta que encuentran la satisfacción de poder realizar sus deseos y descansar en paz.
Cuando más emocionante estaba el tema oí la puerta de la calle que se abría: era la asistenta que venía a realizar sus tareas. Me preguntó que si deseaba que me preparase el desayuno. Le contesté que sí, a pesar de haberlo hecho ya. Para mí era como media mañana, después de haberme levantado tan temprano ya casi lo que me apetecía era una buena cerveza con una tapa de queso y jamón cocido (hubiese preferido jamón jjjj, pero Jabugo quedaba lejos)
Habían pasado unos minutos cuando se acercó con una bandeja que portaba café, bollitos y un croisant. Mientras comía saboreándolo, pues ya he comentado que los desayunos es la comida más importante del día, oía las voces de mis hijos bajando por las escaleras. "Mama- decía Elena- Mama, dile a tu hijo que me deje en paz, me está dando con un bastón que ha encontrado en una de las habitaciones"
Cuando David se acercó cogí el bastón, otro de mis objetos de colección. Lo miré maravillada; el palo era de madera de roble y la empuñadura era de hueso. La forma era como de una serpiente enroscada y los ojos eran de azabache. Nunca había visto un bastón igual, original y precioso. Las piedras despedían un brillo especial y fijándome atentamente pude notar una especie de imagen... ¡no, Dios mío, no volvamos a empezar....¡ Era la viejecita que vi el primer día en la casa que decían deshabitada....
Su pelo canoso, su piel arrugada y esa serenidad en los ojos...transmitía una paz increíble...vi cómo movía los labios...empece a pensar que me estaba volviendo loca....sus labios se movían y oía una voz que me decía: "ya queda menos para que puedas entender todo lo que está sucediendo..."
No quise contar nada a mi familia, pero corrí a casa de Aaron para comentárselo. Aaron no estaba y su mujer tampoco. Le pedí a la asistenta esperarlo en el gabinete, a lo que accedió sin problemas. Debía haberle puesto al corriente de quien era yo. Eramos de la familia y no puso obstáculos para dejarme entrar.
Cuando llegué al gabinete me fui directamente al retrato de Ruth Zilberman. Me paré ante él y esperé a que me hablase. Pasaron minutos y minutos y aquel retrato no hablaba... decididamente, aquello estaba alterando mis funciones vitales...¿cómo esperaba que una imagen me hablase? Me volví dirigiéndome a la mesa cuando oí una lejana voz que me decía:
- Vuelve, debo contarte muchas cosas, me queda poco tiempo y tienes que saber realmente quien eres, quien fue tu familia y por qué vagamos en el tiempo.
Era algo que me llamaba la atención: vagar en el tiempo...relojeros...¿tendría que ver algo el que fuesen relojeros con vagar en el tiempo?... Estaba desconcertada. O me estaba volviendo loca o mi familia había estado loca, o iba a volver loca a mi actual familia.
¿Cómo contar lo sucedido? Preferí callarme y no contar absolutamente nada. Estas vacaciones estaban siendo algo diferentes a lo que yo creía.
Mi paciencia, algo de lo que siempre he carecido, empezaba a jugarme una mala pasada. No podía resistir más. Quería saber ya todo lo relativo a estos parientes, a estas apariciones, a estas cosas tan extrañas que me estaban sucediendo.
Antes de que Aaron hubiese llegado me marché rápidamente a casa. No comenté nada al respecto. Pasamos un día familiar, en casa sin hacer nada. Deseaba que pasará esa noche y volver a encontrarme con Aaron; al día siguiente le pediría mas explicaciones.
Supuse que Aaron se haría del despistado como siempre y no me contestaría. Aún así decidí contarle todo lo sucedido. Mirándome a los ojos fijamente...otra vez vi imágenes en sus ojos..otra vez era esa mujer anciana que hablaba conmigo a través de sus ojos....
Dios, la cosa estaba cada vez peor.... Mientras Aaron me hablaba yo solo podía oír como me hablaba la anciana... Aaron se daría cuenta de que no le estaba escuchando, por lo que calló y siguió mirando a mis ojos fijamente como intentando darme la oportunidad de seguir hablando con aquella viejecita. Es como si él supiese que yo podía hablar con su bisabuela a través de sus ojos. La voz de la anciana me decía: "confía en Aaron...el te guiará hasta mí en el momento oportuno" Y de repente volví a ver sus ojos, negros como azabaches, esperando... solo esperaba a que terminase mi conversación con ella...
Comencé a llorar, no estaba preparada para aquello, nunca pasaba nada extraordinario en mi vida, y para una vez que pasa: es tan complicado que no podía asimilarlo.
Además, una cosa es que me haya gustado siempre el tema y otra que crea en ello. No podía creer en espíritus que vagaban en el tiempo, ni en visiones que contaban acontecimientos, ni en viejecitas en una ventana, ni en ojos de parientes en los que se viesen imágenes, ni en bastones que los ojos de la serpiente visualizaran otras imágenes...
Dios, me había metido en algo que no sabía exactamente si me gustaría o no. Mi vida era tan normal...sin complicaciones...sin alteraciones... sin visiones y sobre todo sin antepasados que me llamaban desde el más allá, todo tan rutinario que aquello se me iba de las manos.....
El tema me gustaba, pero en piel ajena. Disfrutaba cuando leía algo sobre otras personas a las que les sucedían cosas extrañas, pero de ahí a que me sucediesen a mí..... ya eso no me gustaba tanto.
Ya no sabía que pensar, si Aaron no sabía nada del tema pensaría que estaba loca, yo hablando con sus ojos y además con una de sus bisabuelas....era una locura...y lo peor era que me estaba creyendo que todo era realidad. Intenté razonar: esto es todo producto de mi imaginación. La genealogía es algo que me viene por parte materna, pero estoy imaginando cosas irreales. No puedo hablar con mis antepasados, la viejecita no estaba más que en mi imaginación: allí no vivía nadie, en el mercado con la que hablé era una chica joven, no mayor. Los ojos de Aaron son preciosos, imaginativos, pero no me trasladan a otro lugar en el que hablo con una persona que creo que es Ruth Zilberman. Lo del bastón ha sido una imaginación mía. Lo del cuadro también..¿Cómo va a hablar alguien que está pintado en un cuadro?-.... Es todo mi imaginación. Por primera vez en la vida odié ser tan imaginativa.
Volvimos a casa. Esta vez me tomé una tila, algo que no suelo hacer, pero necesitaba relajarme, todos estos acontecimientos estaban poniendo mis nervios de punta. Nunca tuve a una desequilibrada en la familia, por lo que pensé que genético no podía ser. Hubo momentos que me arrepentí de haber ido a Alemania. Empezaba a estar asustada, no podía contar a nadie lo sucedido. Quería volver a la rutina de siempre....
Llegó el día 11 y mi nerviosismo iba aumentando considerablemente. Ese día nos llevaron a visitar un pueblo que estaba bastante lejos. Decía Aaron que merecía la pena visitarlo. Cuando llegamos nos quedamos maravillados; era como una especie de fortaleza en lo alto de una colina. Sus paredes medio derruidas aún podían hacernos imaginar lo que fue aquel castillo. Tuvimos que dejar el automóvil abajo y subiendo unos estrechos caminos íbamos llegando a la cumbre. En el arco de entrada había un precioso escudo de armas, bastante deteriorado pero pude observar que era el nuestro... Me contaron que aquella fortaleza databa del año 1200. En ella habían vivido buena parte de nuestros antepasados, pero como siempre Aaron omitía detalles puntuales sobre cada uno de ellos. Yo esperaba que me contase algo más, pero no conseguía saber mas que lo que también podría haberme contado en una carta. A mí me gustaba imaginar absolutamente todo, quienes eran, con quien se casaron, que hacían sus hijos, cómo vivían...si había hijos bastardos, si hubo algún esquizofrénico, si se cometió algún asesinato... En fin, anécdotas exactas de mi familia, la historia de ellos.. algo que poder contar a mis descendientes con todo lujo de detalles. Pero no, no había forma de sacarle a Aaron ni una palabra más.
Volvimos de noche, bastante cansados y yo con la única idea en mente de acostarnos pronto para que llegase el ansiado día 12: el día siguiente sería el día clave, suponía que me aclararían todas mis dudas.
Comeríamos en casa de Aaron: allí me entregaría aquel misterioso objeto, procedente del pasado.
Eran las nueve de la mañana; ya había desayunado y puse en pie a toda la familia, que a regañadientes no entendían por qué debían levantarse tan temprano.
Estabamos todos preparados pues vendrían a recogernos a las 11,30. Yo no paraba de dar vueltas y vueltas por la casa. Daniel me dijo que me tranquilizase, que no creía que tuviese mayor importancia lo que iban a entregarme.
El no podía entender nada; mi impaciencia a veces me jugaba una mala pasada. Estuve a punto de llamarlos por teléfono para decirles que estabamos listos y que iríamos nosotros hacia su casa. Me dirigí a la cocina y busque aquel libro que había estado ojeando un día para ver si me entretenía un poco y pasaba el tiempo más rápidamente. Busque en todos los cajones pero no apareció.
Por fin sonó la campanilla del timbre y corrí a abrir la puerta. Era la mujer de Aaron que venía a recogernos. Él había tenido que salir pues hubo una llamada de emergencia de su trabajo. Nos comentó que apenas tardaría, pero yo ya empecé a desesperarme.. aunque hubiera sido media hora yo lo que necesitaba ya es ver aquello que tenían para mí.
Llegamos a su casa y esperamos en el gabinete, ofreciéndonos café. Yo no quería mas café, había tomado por lo menos cuatro esperándoles. Si me tomaba uno mas creo que me empezarían las taquicardias. No quería que ellos notasen mi nerviosismo, pero era casi inevitable.
Por fin apareció; oía mis latidos del corazón, mis manos empezaron a temblar y un sudor frío recorría me frente. Empecé a pensar que estaba poniéndome enferma, una gripe o algo parecido. Fueron unos minutos en los que, francamente, me encontraba fatal.
Aaron fue a su despacho. Tomó una caja de madera de ébano negra, pequeña, muy pequeña. Su tamaño no pasaba de los 10 centímetros. Yo estaba sentada en el sofá y acercándose a mí lentamente me la entregó.
Esto- dijo- esto es lo que debo entregarte y deberás conservar como si de un tesoro se tratara. Cuando llegue el momento sabrás lo que deberás hacer con él.
Cuando abrí la pequeña caja encontré dentro un colgante. Un precioso colgante de oro. Al principio me pareció un guardapelo, pequeñito y con unos grabados en relieve realmente preciosos. Cuando lo abrí descubrí que era un reloj. En ese momento sonaba el reloj de pared que Aaron tenía en el gabinete. Era la una del mediodía. Lo comprobé con el mío y estaba exacto.
En ese momento la esfera empezó a cambiar de color, eran tonalidades oscuras, verde, azul, negro, rojo... era como un torbellino de colores. Aquella esfera empezó a dar vueltas y vueltas, de oeste a este. No oía nada a mí alrededor. Empecé a notar un ligero mareo, pero no podía dejar de observar ese maravilloso objeto que me inundaba de una sensación de bienestar; notaba cómo mis músculos iban relajándose poco a poco, primero los pies... las rodillas...subiendo lentamente por los muslos... apenas notaba las molestias que había padecido en la columna los días anteriores... los hombros... el cuello... los brazos.... las manos...los dedos... me notaba como si estuviese en una nube, era la sensación típica del efecto que te hace la anestesia antes de una operación... iba contando en sentido descendente... diez... nueve...ocho...siete... seguía sin oír a nadie, no veía a nadie, ni a mis hijos, ni a Daniel, ni a Aaron....seis...cinco...solo podía oír el tic tac del reloj.. o quizá eran los latidos de mi corazón...nunca había sentido esa sensación... ni siquiera me había relajado tanto cuando lo había intentado...cuatro....tres....la esfera comenzó su giro en sentido contrario... entonces los colores cambiaron a tonalidades cálidas, color tierra... verde claro... salmón...celeste... iba envolviéndome...me sentía francamente bien...
Los colores iban disipándose y comencé a ver una imagen bastante confusa... dos....cada vez era más nítida, pero no conseguía ver quien era...uno...Esos segundos en los que miraba fijamente la esfera eran como horas...días.. semanas...años... Exactamente no sabía el tiempo que había transcurrido.
Conseguí ver la imagen clara: era Ruth Zilberman. Yo seguía ajena a la realidad, no podía imaginar exactamente donde estaba... solo miraba atentamente a Ruth.
Entonces comenzó a hablar, pausadamente, con esa cálida y entrañable voz que ya había escuchado anteriormente. Fue relatándome paso a paso la vida de todos y cada uno de nuestra rama familiar. Había habido personas normales y corrientes, como en todas las familias, pero hubo genios. Genios de la astronomía, de la física, de la medicina...
Samuel fue al autor del descubrimiento familiar. Era el año 1325. Desde muy pequeño había demostrado sus dotes como científico. Vivía en aquel castillo medieval casi derruido que fuimos a visitar el día anterior. Sus primeras inquietudes fueron la historia, después el tiempo. Estudió, investigó y después de muchos años, casi en las puertas de su muerte, consiguió descubrir el secreto del tiempo. La vuelta atrás y al futuro. Poco a poco, mientras iba relatándome aquella historia, iban visualizándose en la esfera de aquel reloj los acontecimientos que iba describiendo. Pude ver aquel castillo habitado, a sus inquilinos, sus horas y horas de investigación en aquella fría y destartalada estancia. Pude observar cómo de generación en generación se fue transmitiendo el secreto de la familia, ya que en aquellos tiempos estas cosas había que callarlas pues te tomaban por loco, hereje o brujo. En cada generación existía una persona que era la encargada de transmitir los conocimientos oportunos. Así pasaron siglos y siglos de traspasos familiares y científicos. La ciencia avanzaba a pasos agigantados. Cuando se descubrió el reloj uno de ellos consiguió traspasar la barrera del tiempo a aquel pequeño artilugio de oro. Nadie sabe cómo lo hizo pues murió en extrañas circunstancias. Pero nos dejó el legado más precioso que pudo dejar: aquel reloj que pasaría de generación en generación y que era el que marcaba las pautas a seguir y a las personas a las que se les debería entregar. En mi inconsciencia me preguntaba por qué a mí.
Estaba realmente maravillada con la historia, aquel estado de semi-incosciencia y conociendo datos familiares y descubrimientos científicos deseados desde hace muchos años por muchos ambiciosos físicos.
También vi muchas imágenes impresionantes, hechos históricos, muertes, asesinatos, nacimientos, idilios matrimoniales y extramatrimoniales, infancias infelices e incomprendidas, vidas totalmente satisfactorias, amor, odio, locura...
Era la historia de la vida: nuestra vida. Pude descifrar todas las incógnitas: las flores...eran flores prohibidas en nuestra familia; ocasionaron el asesinato múltiple de varios miembros de la misma por el amor despechado de un enamorado hacía una de nuestras mujeres...
Aquella visión en los ojos de Aaron...hombres y mujeres andando uno detrás de otro...era la época del nazismo, miembros de nuestra familia dirigiéndose hacia una muerte segura...
Mi mente no podía asimilar lo que estaba sucediendo. Mi impaciencia por conocerlo todo iba dejando historias sin terminar... quería saberlo todo en ese preciso instante...
Volvió a aparecer Ruth y con voz lenta y apagada me dijo que no deseaba que me aturdiese aquello, que no me preocupase que cada vez que abriese el reloj podría ver y estudiar detalladamente lo que quisiera.
También me dijo que constantemente aparecería una imagen de alguien que nacería un 12 de julio y esa persona sería la siguiente afortunada en poseer el reloj, que iría transmitiendo asimismo a quién se le apareciese en aquella esfera. Debería buscarla y no me tendría que preocupar pues el reloj me orientaría sobre el lugar del mundo donde debería localizarla y entregárselo justo un día 12 de julio a la una del mediodía. También me advirtió que únicamente utilizase el futuro para localizar a la próxima privilegiada, únicamente para eso. Podía ver del pasado todo lo que quisiera, pero el futuro era mejor no conocerlo con antelación. Esta curiosidad por conocer lo que nos queda por venir había causado mas de una muerte en nuestra familia. Nuestro cometido sería transmitir nuestra historia, nunca adelantarnos a ella.
En pocos segundos la esfera empezó a girar y girar en el sentido de las agujas del reloj... otra vez los colores suaves... salmón...verde...celeste...La cuenta iba en sentido ascendente... uno...dos...tres.. Notaba cómo lentamente iba recuperando la elasticidad de mis músculos... el cuello... la espalda... sentía un hormigueo especial por todo el cuerpo...cuatro...cinco...empezaba a notar los dedos... las manos...los codos... seis... siete....
De repente las agujas cambiaron el sentido de rotación, yendo de este a oeste...otra vez los colores fuertes... rojo...azul...verde....
Mis muslos notaron una mano que me acariciaba... oía la voz de Daniel...pero no estaba todavía allí...ocho....nueve... las voces se hacían cada vez mas patentes...diez....
Di las gracias a Aaron por el reloj, alabando sus relieves, se lo enseñé a Daniel preguntándole si no era el reloj más bonito que había visto en su vida. Me contestó que si, lo tomó en sus manos y comentó que era una obra de artesanía. Lo abrió, miro atentamente y volvió a cerrar. Miré a sus ojos intentando descubrir si notaba algo raro en su mirada. Me preguntaba si habría visto lo que yo, pero comprobé que no...
Me acerqué a Aaron, le di un beso en la mejilla y mire sus ojos...eran de color negro azabache...
Con una leve sonrisa nos invitó a pasar al comedor. Pasamos una velada de lo más agradable.
Nos quedaban dos semana por estar allí. En cuanto me levantaba me colgaba el reloj al cuello. Bajaba a desayunar y después salía de la casa muy temprano. Iba recorriendo aquellas callejuelas, visitando cada rincón de aquella ciudad.
Utilizaba el coche de Aaron cuando necesitaba salir fuera de la ciudad. Me recorrí kilómetros y kilómetros en busca de los testigos de mi historia.
Fueron los días más emocionantes de mi vida.
Pasaron catorce años cuando escribí una carta a Sofía. Ella vivía en Méjico.
La carta comenzaba así:
""Estimada Sofía: te sorprenderá
el recibir esta carta ya que aún no nos conocemos, aunque sé
que pronto lo haremos, o eso espero al menos. Mi nombre es Ruth.......