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Ex-Congresista Henry Barbosa González
A pesar de que los pueblos originarios y etnias aborígenes mezcladas con éstos fueron primero en Norteamérica / USA / que la presencia de inmigrantes de la Europa anglosajona, los pobladores de la Nueva España y los rancheros del tiempo colonial pasaron al rezago. Se quedaron en una marginación dolorosa y empobrecedora. Por eso la memoria de la identidad hispánica no fue festejada ni reconocida, política y culturalmente, como digna de su afirmación y orgullo hasta los años del decenio de 1960. Comienza en esos años un despertar.

Antes del decenio del 60, los mexicanos en la Unión Americana vivían casi a la sombra, escondidos e inferiorizados, absorbiendo con dolor los prejuicios y el desprecio xenofóbico de los grupos blancos dominantes. Una parte de la actitud se debió a la incapacidad del colono anglocaucásico de convivir armoniosamente con las gentes que parecían «rehusar la asimilación cultural y americanizarse».

La acusación de no americanizarse fue una media-verdad. La idea de una ausencia de minorías cultas, competentes políticamente y anhelosas de oportunidades de educación y progreso, fue otro prejuicio. En realidad, lo que faltaba fue una vigencia activa de oportunidades y mecanismos democráticos de participación. El deseo de integración a la vida política, social y social, en la comunidad mexicoamericana, estuvo palpitante desde el 1940, con lo que se llamara «El Movimiento».

Este despertar tan pausado se forjó gracias a tres grupos, principalmente de estudiantes radicados en California y Texas: el Movimiento Estudiantil Chicano de Aztlán (MECha) en California y la Organización de la Juventud Mexico-Americana (MAYO, por sus siglas inglesas) en Texas, que se organizaron en las universidades y colegios. Su principal objetivo fue la situación educativa. Un replanteo acerca de los obstáculos de acceso a la educación superior y de su financiamiento para los candidatos de ingresos insuficientes; mas, como parte de un espíritu de protesta imperante en la época contra la Guerra de Vietnam, el problema de los derechos civiles, políticos y de la represión policíaca y el infiltramiento de la CIA y el FBI en organizaciones estudiantiles y políticas, lanzó otras campañas. Un grupo como los «Brown Berets» tomó una ideología de militancia y combatividad. Pululaba, in situ, la tendenciosa provocación.

Lo que se iniciaba, como resistencia pacífica, se instigaba que cediera a la bronca. Así se desacreditaba el Movimiento, se alimentaba el estereotipo de un peligro paralelo al del negro violento. Se sumaría el Latino bandolero y mariguano.

Uno de los políticos y líderes texanos que comprendió, con profundidad, la necesidad de esa nueva combatividad que intensifica el Movimiento fue Henry González, nacido en San Antonio, Texas. Sus padres, Leonides González Cigarros y Genoveva Barbosa, llegaron a San Antonio, procedentes del Estado de Durango, durante la Revolución Mexicana en 1911. Su papá había sido Alcalde del pueblito de Mapini (Durango, México).

Antes de iniciar su carrera política, trabajó como agente de libertad bajo palabra y jefe de esas oficinas en el Condado de Bexar, después de adquirir su diploma de abogado en St. Mary’s University. Fue concejal de San Antonio de 1953 a 1956, Senador estatal de 1956 al 1961, donde se opuso a legislación racista y segregacionista.

Al menos, 8 de diez venenosas propuestas de ley logró que se abandonaran. Fue candidato a la gobernación del Estado sin éxito y logró que el Congresista Paul J. Kilday le nombrara a la Corte Militar de Apelaciones.

CARLOS LOPEZ DZUR
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Pocahontas: la Madre de la Nación (USA) o un tipo de La Chingada
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La influencia corporativa y los partidos
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Rush Limbaugh: El demagogo aparatoso
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El precio de inmigrar donde no se nos quiere
Por CARLOS LOPEZ DZUR

CONDADO DE ORANGE: : Se necesita una comprensión de lo que es educación cívica y perspectiva histórica para no convertirse en un hostigador. La democracia no la forjan quienes animan la hostilidad, la discriminación y la persecución. Los extremos son malos y, desde la fundación de las Trece Colonias, han pululado los extremistas por estas nuevas tierras.

Se necesita la información histórica porque en la conducta cívica de muchos estadounidenses se ha producido un vacío dialógico de generaciones que imposibilita el entendimiento del por qué prevalece el maltrato de los inmigrantes nuevos y que no es muy diferente de las prácticas iniciales de la colonización durante la época en que existieron los dominadores británicos en Norteamérica, el gobierno colonial de las asociaciones headrights y sus siervos («indentured servants»), quienes fueron esencialmente los inmigrantes europeos del primer arribo.

Afortunadamente, en esos tiempos, el gobierno colonial inglés quería que Norteamérica se poblara y concedía tierras baldías (por lo general, 50 o 100 acres para cada persona que llegara al territorio) a través de las asociaciones llamadas Headright. La triquiñuela de esa ley colonial fue que la tierra no iría necesariamente al inmigrante, sino a quien le pagara el pasaje. Por encima de los beneficiados de un Derecho de Cabeza, solía estar una vieja versión del coyotaje.

Estos coyotes primordiales solían ser los Capitanes de Barcos, quienes realmente eran los que traían al colono desde Europa, embarcándolos por una nueva cuota de trabajo. En estos contratos, el colono que no podía pagar su traslado o embarque a los EE.UU., o no tenía la protección de una asociación de Headright, hipotecaba entre cinco y seis años de su vida productiva, semi-esclavizándose con un amo, el capitán de barco, a cambio del pasaje. Cuando el término de esta semi-esclavitud [indentured servants] llegaba a su fin, los amos estaban obligados a proveerles herramientas para el cultivo del campo, semillas y otros recursos esenciales para que pudieran independizarse. Sólo hasta entonces las asociaciones de Headright entregaban al colono embarcado un título de propiedad sobre tierras, sus 50 acres.

En 1965, un libro titulado «Early Emigrants to America» ofreció muchísimos detalles sobre estos siervos, llegados a territorios como Maryland, Virginia, Barbados y Jamaica, entre 1683 y1684.

La investigadora Hillary Beckles en libros como «White Servitude and Black Slavery in Barbados, 1627-1715», y «Natural rebels», nos presenta variaciones del mismo tema, la lucha de los indentured servants para liberarse y el difícil proceso emancipatorio contra el sistema colonial y los grupos explotadores. Beckles, como otro estudioso del tema, Eric Williams, concluye que los indentured servants del siglo 17 en los EE.UU., sean de origen europeo o temporarios, «experimentaron muchas de las condiciones subsecuentemente asociadas con esclavitud». «The system of indenturship was a form of protoslavery».

De hecho, el maltrato del blanco por el explotador blanco llegó a niveles infames. En un libro titulado «The Invention of the White Race: The Origin of Racial Oppression in Anglo-America», escrito por Theodore Allen, él nos dice: «Por ekemplo, una ley de 1643 hizo ilegal para los siervos casarse, fornicar y/o tener niños.

Cuando lo hacían y eran capturados, las consecuencias fueron un aumento en la duración de su servidumbre. De interés particular en términos de la reproducción de la clase laboral es su relación con los niños en este sistema explotador».

«For example, a 1643 Virginia law made it illegal for indentured servants to marry, fornicate and/or have children. When they did and were caught, the consequence was an increase in their length of the servitude. Of particular interest in terms of the reproduction of the laboring class is the relationship of children in this exploitative system».

Las colonias en Norteamérica prosperaron gracias al hecho de que los colonos pagaron este precio inicial de esclavitud voluntaria. Trabajar para otros; pero, al final, ser propietarios de un pedacito [digamos, los 50 acres] de tierra. Desde la regencia como Primer Ministro del Imperio Británico entre 1721 a 1742, Sir Robert Walpole, el trabajo con la tierra prosperó gracias a la política británica del Salutary Neglect.

Había libertad económica y respeto al trabajo de campo que fue haciéndose cada vez más lucrativo, gracias a la esclavitud del indígena y el esclavo. Claro está que aquellos blancos amargados que sufrieron el sistema de servidumbre con los dueños de compañías marítimas y capitanes inescrupulosos, no aprendieron una lección de humildad.

No aprendieron el civismo. Sencillamente, descargaron como agricultores y hacendados, en cuanto progresaron, su odio en otros, con menos derechos que ellos, el nuevo oprimido, el esclavo y el peón que tomaron a su servicio.

Michael Thorburn, editor del periódico The Worker, al referise a la relación de la esclavitud y los identured servants con la evolución de los derechos del inmigrante, nos recuerda los orígenes del capitalismo en los EE.UU. que fue el trajo a los africanos como esclavos, no limitándose a ellos. «Europeans were imported as indentured servants. Later, after grabbing, by war, the present-day southwest, the capitalists disenfranchised the Mexican people, stealing their land and turning them into agricultural and industrial workers. So too, successive waves of immigrants from Germany, Ireland, China, Eastern and Southern Europe, etc. were brought to the U.S. in a myriad of legal and illegal ways. Each wave of immigrants was subjected to abuse, racism, repression and confined to the lowest rung of a complicated caste system designed to maximize the exploitation of the workforce».

DIFERENCIAS ENTRE ESCLAVO Y SIERVO: The Newspeak Dictionary de INGESOC sobre las palabras de uso pol1tico hoy, hace unas distinciones interesantes. Un esclavo trabaja para su dueño el amor y en cambio se le ofrece alimento, albergue y ocasionalmente unos latigazos. El es una propiedad del amo y puede ser vendido en cualquier momento».

En cuanto al siervo, especifica una mejoría con respecto a la esclavitud, porque, como fue el siervo (en el sistema de «identureship»), se le permitirá acumular algunas posesiones y sólo el amo le requirirá un 20% de lo que produzca (claro está, el amo mide ese 20%, no el siervo: «In the by-gone days of Europe, a surf was required to give 20% of his produce to his lord, in exchange he had enough food to eat, and was allowed to live on the land. Actually, a serf is considered part of land: If the property is sold, he is sold with it».

«An Indentured servant was required to work for his master for a term of years. This servitude was generally repayment for some sort of loan or grant. Many colonists became indentured servants to pay for their passage to the new world».

LOS NUEVOS SIERVOS: Como seguimos huérfanos del conocimiento racional y verdaderamente comprensivo de la historia, blancos y latinos se manejan bastante jactanciosos ante ciertos hechos históricos. Los anglosajones de hoy, especialmente si son republicanos y conservadores, en ausencia de un análisis sobre las luchas económicas y de clase, que no aplican ni a su propia situación como blancos, se han obsesionado con tres palabras: Aztlán, barrio y pachuco.

Lo cierto es que el Movimiento Chicano de los '70 y la visibilidad del crecimiento demográfico del segmento mexicano-centroamericano, latino-estadounidense en general, los hizo conscientes de que hay nuevos siervos, con la misma amargura, por no querer serlo que tuvo el europeo blanco en los siglos 17 y 18.

El hecho histórico, real y doloroso, es que el Congreso declaró el 13 de mayo de 1846 una guerra a México que, dos años después, sería un triunfo para los anglosajones del país. El Tratado de Paz o cese de hostilidades fue oneroso para México que se vio forzado a dar los actuales estado de Arizona, California, Nuevo México, Utah, Nevada y parte de Colorado. Cuatro años más tarde, bajo amenaza militar, México vendió parte de Nuevo México y el sur de Arizona a los EE.UU.. Las protecciones al mexicano que poblaba el Suroeste adquirido por los EE.UU. fueron «sustancialmente ignoradas».

El Artículo Noveno del Tratado Guadalupe-Hidalgo daba garantías de protección al mexicano que optara por permanecer en el territorio en que nació; pero la mala memoria histórica jugó una mala pasada para el mexicano ancestral. El gringo / gabacho / que tomó para sí todas las tierras, antes mexicanas, miró como un intruso e invasor, al que fue autóctono de esos territorios. Como comunidad, se la hizo sentir ajeno, destituída, sin mérito, sin dignidad, en su propia tierra.

Un pueblo al que se humilló, se lo condujo progresivamente al empobrecimiento, guardará sus rencores. Se marcará con heridas colectivas.

El chicano, al que se le trataría con la misma hostilidad con que se trataba al afroamericano, haya sido esclavo o haya sido emancipado, un día tendría que vaciar sus recelos.

Después de ese despojo del expansionismo estadounidense contra México, ningún mexicano en tierras jurídicamente estadounidense podría vencer con una reconquista militar. Sus luchas de resistencia fueron bandolerismo social y sentimental, con el que la comunidad se daba cierta sonrisilla reinvindicativa. Una venganza resignada y sin vuelo. Sin embargo, ese es sólo el comienzo de la imaginación de Aztlán. El primer paso para que surja un pachuco, un barrio distanciado. La desconfianza como fractura en el civismo que concilia.

De hecho, la mayor parte de los mexicanos cultos entendían que era preferible ser una república independiente, desvinculada plenamente de México, hecho que intentaron en Texas y California. Oportunistas gringos le comieron el mandado a los independentistas mexicanos. Ya sabemos los movimientos de águilas y halcones de Sam Houston y Stephen Austin, entre otros.

Si alguna resistencia hubo, con el beneplácito de la gente mexicano, fue contra el trato injusto que daban al mexicano las nuevas autoridades y ejércitos de ocupación estadounidenses. En El Paso, Texas, la más sonada protesta fue la Guerra de la Sal en 1878 y el principal motivo fue la hostilidad racista en el contexto de una «extrema explotación económica» (Rodolfo Acuña: «Occupied America», 52).

Desde 1846, extendiéndose por más de medio siglo, nació el legendario bandidaje chicano, tan tergiversado por el anglo para que se ignorase lo que tuvo de patriotismo y resistencia; pero los nombres de los héroes y sus verdaderas motivaciones quedaron, aunque no fue hasta los '60 y '70 que se comenzó a dialogar con seriedad en torno a ellos: Juan N. Cortina «El Bandido Rojo del Río Grande»), Gregorio Cortez, Elfego Baca, Tiburcio Vázquez y Joaquín Murrieta, por mencionar algunos.

Entiéndase este hecho: aún los pueblos convertidos en siervos, aplastados jasta convertirlos en seres invisibles, vergonzosos y sumidos, canalizan su rabia y su furor por algún lado.

Esta fue la conclusión de dos investigadores del Centro de Estudios Chicanos (UC, Los Angeles), Pedro Castillo y Albert Camarillo cuando en 1973 publicaron su trabajo «Furia y muerte: los bandidos chicanos».

¿QUE SUCEDE CUANDO SE HABLA A LOS SORDOS?: Puede que usted piense que la pregunta se responde con decir: Nada. Pero no es así. A quienes designo los sordos es principalmente a los funcionarios y administradores del sistema de la opresión y a la comunidad anglosajona que se vuelve beneficiaria de ese sistema.

Lo que se designa, el aprendizaje del civismo y la participación, o rescate de la memoria histórica, es la voz que aquellos mexicanos que se atrevieron, con tanta valentía y pasión como los bandidos chicanos, trasladar el mensaje a un escenario menos violento que la guerra de guerrillas.

Los nuevos oprimidos, habitantes domésticos, en la nación estadounidense, siquiera son los inmigrantes de nuevo arribo. Son las generaciones sucesivas que nacieron en el territorio que les perteneció antes de la Guerra Mexico-Estadounidense de mayo de 1846.

Para ellos, se habló y muchos de los que tendrían que oír fueron sordos. Fue una época, al parecer, muy temprana y aquella gente estuvo en pánico y negación aunque se les estuvo hablando en su propia idioma desde

Lo que se les dijo, en los años de 1970, se les repite en inglés y se les da la historia del por qué perdieron sus tierras, sus derechos y se redujeron a un rebaño de gente pobre y sin organización: se les habla sobre la imposición de leyes y reglamentos administrativos por los nuevos dominadores; tributos excesivos sobre las tierras de los mexicanos que tienen la intención de que las pierdan y no puedan liquidar los impuestos y sus tierras se rematasen en favor del anglocaucásico.

Se les hablaría de todas las estrategias en práctica para que la pequeña propiedad de los mexicanos desapareciera; se les habló de las nuevas instituciones de crédito, cuyos dueños anglocaucásicos negaban sistemáticamentye el acceso a los préstamos de capital.

En fin, se les advertía cómo se les iba a empobrecer hasta lo indecible para que fueran el sustituto del afroamericano, es decir, los nuevos siervos y esclavos de facto.

Rudolfo Acuña, entre otros investigadores, resumió el proceso al decir: Se les negaría la práctica del idioma, sus costumbres, sus propiedades; se les arrebataría sus tieras de modos legales e ilegales; se les discriminaría en la enseñanza, la vivienda y el empleo. Hasta en los detalles más simples de su presencia, en su entrada a teatros, a restaurantes y lugares püblicos, a la vista de su color de piel, o su acento al articular el nuevo idioma, se les haría sentir el racismo: No se admiten ni perros ni mexicanos.

ABEJAS Y ASPIDES: Hemos dicho en variados artículos y entradas que el vecino motivado por amor social nos desune la comunidad. Se comporta, más bien, como la abejita del poema de Calderón de la Barca y no como el áspid. El que tiene una mentalidad anticomunitaria, contrario a la abeja no tiene, en sí la Miel de la Armonía, la Unidad Colaborativa. No trabajará para el Bien Común. El es el áspid que muerde y pica con su ponzoña. Como dijimos en Comunidad y Civilización, una consciencia culpable no deriva ningún gozo al entrar a un jardín y chupar del néctar del Clavel más hermoso, que representa la convivencia y la tarea mutua de alimentar un mundo mejor.

Al contrario, éste es el vecino que aterriza con las tarea de acusación. Es el chota. El divisor. El que saca amargura de sus hígados y dice, por ejemplo, porque en cada época sobra un dirigente o figura que él no comprende, sino referencial y simplísticamente: Ese sujeto es peligroso (sólo porque «no es uno de nosotros»).

En algún momento, el anglocaucásico del tipo áspid ensanchó su corazón con la jactancia de los expansionistas. México es nuestro. Nos quedamos con el Suroeste. «Remember the Alamo».

En los Estados Unidos de hoy, hay nativistas que tienen la misma mentalidad de los alguaciles rangers de 1823 que en Texas constituyeron una fuerza paramilitar con el objetivo de librar al territorio de los indios, «ya fueran beliciosos o pacíficos» (Charles M. Tatum, op. cit.).

En 1845, cuando Texas adquiere la calidad de Estado, y hasta 120 años después, los «ciudadanos» residentes dentro de sus fronteras, simplemente por ser de ancestro mexicano, se vieron hostigados por los rangers. Más que ningún otro tipo de justicia se les aplicó lo que el Dr. Julián Samora llamó la justicia de la pólvora y la pistola, «Gunpowder Justice».

La mentalidad paramilitar de los alguaciles / Rangers / y de los beneficiados del despojo de la gente mexicana se materializaba a diario en toda una serie de prácticas hostiles, conducentes a originar desigualdad, pobreza, maltrato, amargura y desconfianza. En el sistema judicial del nuevo régimen anglocaucásico «no había justicia para los mexicano-norteamericanos». El soplón xenófobo / el áspid / transormado en los rangers y sus abogados que actuaban para este sistema de injusticia. En Nuevo México fue lo mismo que en Texas y en California.

EL CLAMOR PUBLICO Y LA VOZ JUVENIL: Aún cuando, particularmente en California, se abogó pacíficamente por «la participación de los californios en las actividades gubernamentales» para evitar las confrontaciones, la fuerza de quienes no oyen ni desean entender fue más fuerte. Los Angeles tuvo periódicos como El Clamor Público, editado por Francisco P. Ramírez, que eran muy valientes.

Este fue un pionero de lo que llamaría el potencial promisorio del civismo. En tiempos en que sólo se hablaba de los bandidos mexicanos, Francisco encarnó la voz de orienta y clarifica. Y era un joven al que se ha descrito del modo siguiente: «Ramírez adopted a surprisingly literary flair to his writing, quoting Latin poets and philosophers along with abolitionists of the day, with virtually no formal education. He has also been described as the self-styled champion of Spanish Americans in California as his publication chronicled the struggles of Mexicans facing the new reality of becoming part of the United States just a few years before. He believed in racial equality and ran editorials condemning lynching. After four years, the paper went bankrupt and Ramirez moved to Mexico for an editing job. In 1862, he returned to California as editor of San Francisco’s La Voz del Nuevo Mundo. Later, he served as Los Angeles’ postmaster and then became a state translator. Eventually, he practiced law in Los Angeles and was a successful lawyer and leading citizen until his death in 1908».

Ciertamente, lo que más impresiona de la labor de Ramírez es la precocidad con que se manifestara. Entre 1855 y 1859, cuando establece su periódico de combate y denuncia de la explotación económica de los mexicanos en California, él es un adolescente de 17 años de edad. Francisco P. Ramírez. Daba una voz a los mexicanos. Abogaba por iguales derechos entre las ciudadanos de todas las razas en aquellos tiempos turbulentos. Se negaba a aceptar que «the long-established Mexicans faced with a new reality of becoming strangers in their own land».

Today's society is far more advanced. People are no longer considered to be anybody else's property. They my own their own property. None-the-less, a worker must still pay 38% of what they earn to the state. To make matters worse, most are heavily in debt to banks and other lending institutions. In a sense, they have allowed themselves to become indentured servants by agreeing to loans with 15%-20% usury charges. They are forced to hand over a large percentage of their income to their new masters. (Did you really think the bank was doing you a favor by giving you a credit card?)

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Rodolfo Francisco Acuña, el historiador de la chicanidad
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Primer poeta y el periodista pionero en Borinquén
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La agenda del pendejeado
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