II. Puerto Rico no fue reconocido como provincia ultramarina, con el derecho a enviar un delegado o representante a las Cortes del Reino hasta 1809 y en el reconocimiento influyó la invasión napoleónica a España. Un gobierno metropolítico, estructuralmente antidemocrático, no podía solicitar hombres de armas sino por virtud de imposición. En el hogar del criollo se evitaba, en cuanto fuese posible, dar carrera militar a los hijos, sujetándolo a servidumbre involuntaria en la Milicia. Para una España, burocráticamente insensitiva, las vidas de los criollos tenía un valor instrumental y pragmático, no sentimental. Los hijos de la familia criolla eran, resuelta y acumulativamente, mano de obra, peonaje de y carne de cañón de la metrópolis. Esto explica la mentalidad de los cronistas que comentamos ya cuando se refieren al hombre transplantado, nacido o escapado en los apéndices coloniales, describiéndolo no como civil descontento de su situación política-social, si no designado como el apático, inmoral y desidioso. El desprecio es mayor cuando es étnico, o ha mezclado su sangre con 'nativos' / léase indígenas, o esclavos. [6] Pepinito tuvo varios Alcaldes Ordinarios y un primer Cabildo; pero aún queda por determinar, y esto por causa de insuficiencia de documentos, quiénes fueron, o sea la mayor parte de los nombres de sus funcionarios y los periodos a los que correspondió la gestión. Por desgracia, San Sebastián del Pepino es uno de los pueblos que más sufrió con las pérdidas documentales, cualquiera que hayan sido las razones. En el Archivo General Histórico de Puerto Rico (A.G.H.P.R.), los fondos documentales sobre el Pepino anteriores al año de 1800 brillan por su ausencia. Se valdría, empero, hacer más investigación sobre los primeros 48 años de la vida municipal de este pueblo porque, aunque incompletos, dañados, insuficientes, la documentación existe y, sobre, hay que acudir a investigaciones orales que permitan otras reconstrucciones de la memoria colectiva y cotejar archivos extranjeros, a la luz de nuevas colecciones disponibles. LA VISION HEGEMONICA DEL HOMBRE COLONIAL: Para mis «Trece monografías» tuve la oportunidad de rastrear documentos de diverso tipo, de fuentes primarias y secundarias, relacionadas a los comportamientos e ideolog1as de algunas familias locales. Un tópico importante, reiterado en conversaciones coin la gente octogenaria en labor de campo, fue éste, la visión del colonizador sobre la economía y espiriualidad del campesino criollo, al paso del primer siglo de la Conquista y colonización. [7] Al llegar a América, los nacidos en España, con alguna educación formal, nunca perdieron la esperanza de tener esclavos, crecer en movilidad social y sustraerse de la costumbre de prohijar una prole que ser1a condenada a ser peones del jefe de una familia propia y ajena. A la menor oportunidad, ellos buscaban oficio en el comercio, como ventorrilleros o viajantes. Especulaban con el tráfico de esclavos; aprendían oficios menos pesados que la agricultura, por ejemplo, notarías, sastrería, artesanías de paja y cuero y, en último caso, el servicio religioso y las milicias. Acostumbrados a la paz del campo, su bucólica sensualidad y paliques, pese al duro trabajo que realizaban para medrar económicamente, el criollo consideró que la milicia ofrecía muy pocos estímulos. «Hablar sobre la política españolas era más divertido desde un batey, o una hamaca, disfrutando de un cigarro o buches de café prieto», [8] pero sólo hasta el día en que, independientemente de la educación y el color de piel, se le hizo exigencias intolerables. En su tiempo, Gabriel del Río hablaría sobre «desfalcos de terrenos» y, «en tiempos de mi madre, Doña Eulalia, en tiempos de Loizaga, se aprendió el alzamiento, el motín y el golpe bajo», que coincidieron con el auge del esclavitud negra. En unos versos de la «Epica», López Dzur dice: ... ha nacido en tierra arcádica el dime y el direte, el capitalismo agresivo y el afán de latifundio. El Pepino es un cisco encendido que nos quema. Este niño-viejo refunfuña. En cáscara de buenaventuranza va soñando. El Capitán Loizaga le enseñó el alzamiento, el motín, el golpe bajo y el realismo se siente temeroso y los nuevos inmigrantes de la Cédula se buscan entre ellos, se solapan y conspiran. Ya tienen mala fama los cubanos. Y los que dan braguetazos en esclavas y después a son de misas pagan deudas y pecados. [«Y llegaron esclavos»] [9] Este poema recobra de la memoria de la anciana Prat cuanto contuvo, asociado a la factura romántica y liberal de ella y su madre Eulalia, a quien evocara en la conversación casi a diario. A Doña Dolores le pareció admirable que ella liberara los esclavos que tuvo su padre, que no eran muchos, pero cuando los tuvo no estaban contentos. El se mudó a Cuba. Por el contenido de ideología es evidente que, siendo niña y akll crecer, Prat vivió las etapas del proceso emancipador soñado por el Dr. Betances, así como la lucha abolicionista que se intensificara a partir de la Revolución de Lares. Se desmiente una visión hegemónica de la persona nacida en la colonia. Se valora la figura del Capitán Pedro de Loizaga y se examinan los conflictos sociales de su tiempo. La mujer inspiradora del poema (Doña Eulalia) es evocada como «mujer romántica», lectora de Espronceda, Zorrilla y Gautier Benítez, que es de los pocos poetas boricuas que a menudo se leían en ese tiempo, por gozar notoriedad. Como parte de sus relatos de memoria oral-familiar, Doña Dolores expuso que el mundo arcádico del Pepino, del «tranquilo buchecito de café», moría una y otra vez al impacto «del dime y el direte», los nuevos inmigrantes de la Cédula de Gracias, jactándose de ser 'mejores españoles' que los que hallaron en las tierras de su traslado, 'los cubanos y dominicanos Alers que llegaron, seguidos de los Ortiz y Carire' dieron sus braguetazos en esclavas, los Echeandía venezolanos, por igual'... Y recordó a su madre referirle otras historias: «En los caminos que van hacia Añasco, murió un hijo de Josep Vélez que criaba cerdos y cabras», y a mencionaba al Teniente de Alcalde, Francisco González de Linares, cuando copió su nombre en carta puebla para cumplir con el traspaso al padrón de repartos de hatos... Y éste lo añadió como vecino poblador ante José Feliciano González en Furnias y ante el vecino Tomás de Rivera, de Pepino, «hoy fecha de 1812, como poblador de crédito y en Las Marías, habilitó hatos por el camino norte de Añasco». [10] La anciana D. Dolores Prat se enorgulleció de que su madre no se casara (pero tuvo muchos amoríos y una de sus parejas fue de la raza negra). Asociaría ésto a una noción de lo romántico, que mienta a su vez la líbido fuerte y gozosa, lo apasionado y orgulloso que debe ser el amante. Racionalizaba en torno a una situación de ultraje de su madre, cometida por un hombre blanco (su padre). Cuando hablara acerca de cómo Eulalia, 'mi mare Lala', juzgara a Loizaga, el capitán rebelde que originara un motín de protesta, y fuese perseguido por su alzamiento, lo coloca en la misma categoría de Betances, el pirata Cofresí, Valero de Bernabé y otros liberales puertorriqueños y peninsulares que, de vez en vez, brotaran sus recuerdos y conversaciones con su madre. A veces Prat no fechaba con datos numéricos, e.g., a la década ominosa de 1824-1833, cuando se recrudeció el absolutismo borbónico; pero viviía a consciencia ese conocimiento. Destacaba cómo se persiguieron a los oradores y poetas románticos, debido a la censura, o los exilios fozados a forzados a París o Londres durante el decenio. Para ella los periodos seguían a nombres. Así es que hablaría sobre los tiempos del Capitán Loizaga, «poquito antes de Lares», «los tiempos de Fernando VII» que le incitaban a despotricar contra «Mariana, hija de Mestre, pionera entre los Oharriz y Rodones», acusándola de quemar el pueblo. [11] O más bien, por alguna vez apoyar públicamente y justificar en sus actos al Rey Fernando VII, tal como aprendió de su padre, quien a final de cuentas lo repudió: ¡Eso es como la vela que resbala de tu mano y quema al Pueblo! eso es como la vela de Psique, la curiosa, que gotea aceite caliente sobre el pecho de Cupido Sin definir la fecha, curioseó las incidencias del Trienio liberal (1820-23) cuando España volvió al liberalismo por tres años y fueron más expuestas y conocidas las doctrinas románticas que su madre Eulalia estudiara y amara tanto. Era mujer de mayor cultura y medios económicos a su disposición que los de su hija en el Popino empobrecido por un ambiente más represivo que conservador, porque no se quiso renunciar a la esclavitud como institución ni a la utilidad de la monarquía. Entiende que, no en todos los casos, el romanticismo fue liberal. O progresista. El reaccionarismo estaba en Fernando VII y el carlismo, y los románticos, en general, lo evitaban. El romanticismo reaccionario, si bien pudo ser conservador, tiraba más a su vertiente dentro del liberalismo, con un anhelo de modernizar, democratizar, abrirla a la libertad a España cuando se acentuaban sus momentos de decadencia, que siempre ocvurren cuando triunfan la codicia sobre la buena voluntad, las cooperación y el altruísmo. «Gentes de Puertoi Rico, Pepino, nuestro campo, son las mismas espiritualmente que en España, sólo que tenemos más colores, razas cociéndose unas con otras, en condiciones de mayor miseria», decía. Pensé que nadie lo diría mejor. Esto es lo que plantea su verdad en torno a cómo participa el colonizado de los distintos procesos y va desmiente a quien nos cree incapaz de su liberación y representación adecuada. DE LA CEDULA DE GRACIAS Y DEL DEMOCRATIZAR EL CABILDO: Seguiría con las notas de Prat para indicar su visión particular sobre la evolución del pueblo, soprendiendome que cada vez que se zafara la expresión «Mirabales, mi pueblito», porque la raíz de «todo lo grande está aquí». Es muy posible que, a pesar de haber constituído una aldea urbana, Pepino no formalizara un cabildo ordinario regular sino tardíamente. Si es cierta una afirmación de D. Dolores Prat quien dijo «hubo un tiempo en que no había más alcalde que loa ricos de los barrios» (sic.) y, por ello alegara, que en el Mirabales de 1800, «el único con autoridad fue Josep Vélez» (sic) y después el mayor de los hijos de éste, Francisco José ('Paché'), la posibilidad de una autoridad civil señalaría al hecho de que los alcaldes de barrios fueron predominantes y su ejercicio público aún anterior al desempeñado por los regidores. En este caso, se trataría de una concesión de poder espontánea y autolegislada por la comunidad hacendataria. Los hacendados mirabaleños José y Miguel González de Mirabal, de hecho, los protectores de Josep Vélez, inmigrante catalán de Vinarós y quien recibió tierras de ellos «sin renta ni pago, antes de que el pueblo fuera pueblo» (D. Prat), se documentan como los primeros alcaldes ordinarios; pero no se han hallado los nombres de sus regidores. [12] También fueron importantes, en las gestiones para fundar el Cabildo e «ir ganando gobierno propio», «en aras de alcanzar un mayor control de nuestros asuntos y lograr una buena medida de desrrollo», ls cepas de los Alcalde de Campo, como les desigana el historiador Eliut González. Estos entraron en funciones antes de 1700 y duraron hasta que el poblado quedaba gobernador por los llamados Tenientes y Capitán a guerra. Muchos de los nombres de vecinos y prospectivos funcionarios del Pepino original son los mismos que uno se topa al estudiar sobre los pobladores de San Francisco de la Aguada o hatos realengos que, para 1707, en tal región son conocidos como son Olgadero, Anasco, Malpaso, Laguna, Peroalonso, Moca, Moquilla, Piñales, Culebras, Pepino entre otros (cf. Andres R. Méndez, «Pobladores de San Francisco de la Aguada para comienzos del siglo XVIII», Revista de la SPG, Año 4 Numero 1 Abril 2003). Pero estudiar la historia de Pepino, las raíces de sus posibles fundadores, si se deseara ir hacia finales del siglo XVII, requiere una investigación no sólo de Aguada, sino San Germán. Esta tarea no sería posible sin investigarse en el Archivo de Indias, siendo que en archivos locales se observa y coteja poca informacion sobre los hatos y personas en regiones correspondientes al cabildo de San Germán. Esto es importante para compromer por qué llegan los González de Mirabal y González de la Cruz, los Cadafalch y Vélez. Yendo atrás, a la historia antes de loos reconocimientos al capitán poblador don Cristóbal González de la Cruz, podemos considerar a un posible 'alcalde de campo' en Pepino y Aguada, pues, éste individuo.Antonio González de la Cruz, en el año 1709, con la edad de 26 años, «sabía firmar su nombre» y, desdel 1707, «era dueño de cuatro partes de posesión de ganado mayor y tres partes de criaderos» [13].
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Mi pueblito en su épica histórica inicial (2)

II.

Puerto Rico no fue reconocido como provincia ultramarina, con el derecho a enviar un delegado o representante a las Cortes del Reino hasta 1809 y en el reconocimiento influyó la invasión napoleónica a España. Un gobierno metropolítico, estructuralmente antidemocrático, no podía solicitar hombres de armas sino por virtud de imposición.

En el hogar del criollo se evitaba, en cuanto fuese posible, dar carrera militar a los hijos, sujetándolo a servidumbre involuntaria en la Milicia. Para una España, burocráticamente insensitiva, las vidas de los criollos tenía un valor instrumental y pragmático, no sentimental. Los hijos de la familia criolla eran, resuelta y acumulativamente, mano de obra, peonaje de y carne de cañón de la metrópolis. Esto explica la mentalidad de los cronistas que comentamos ya cuando se refieren al hombre transplantado, nacido o escapado en los apéndices coloniales, describiéndolo no como civil descontento de su situación política-social, si no designado como el apático, inmoral y desidioso.

El desprecio es mayor cuando es étnico, o ha mezclado su sangre con 'nativos' / léase indígenas, o esclavos. [6]

Pepinito tuvo varios Alcaldes Ordinarios y un primer Cabildo; pero aún queda por determinar, y esto por causa de insuficiencia de documentos, quiénes fueron, o sea la mayor parte de los nombres de sus funcionarios y los periodos a los que correspondió la gestión. Por desgracia, San Sebastián del Pepino es uno de los pueblos que más sufrió con las pérdidas documentales, cualquiera que hayan sido las razones. En el Archivo General Histórico de Puerto Rico (A.G.H.P.R.), los fondos documentales sobre el Pepino anteriores al año de 1800 brillan por su ausencia. Se valdría, empero, hacer más investigación sobre los primeros 48 años de la vida municipal de este pueblo porque, aunque incompletos, dañados, insuficientes, la documentación existe y, sobre, hay que acudir a investigaciones orales que permitan otras reconstrucciones de la memoria colectiva y cotejar archivos extranjeros, a la luz de nuevas colecciones disponibles.

LA VISION HEGEMONICA DEL HOMBRE COLONIAL: Para mis «Trece monografías» tuve la oportunidad de rastrear documentos de diverso tipo, de fuentes primarias y secundarias, relacionadas a los comportamientos e ideolog1as de algunas familias locales. Un tópico importante, reiterado en conversaciones coin la gente octogenaria en labor de campo, fue éste, la visión del colonizador sobre la economía y espiriualidad del campesino criollo, al paso del primer siglo de la Conquista y colonización. [7]

Al llegar a América, los nacidos en España, con alguna educación formal, nunca perdieron la esperanza de tener esclavos, crecer en movilidad social y sustraerse de la costumbre de prohijar una prole que ser1a condenada a ser peones del jefe de una familia propia y ajena. A la menor oportunidad, ellos buscaban oficio en el comercio, como ventorrilleros o viajantes. Especulaban con el tráfico de esclavos; aprendían oficios menos pesados que la agricultura, por ejemplo, notarías, sastrería, artesanías de paja y cuero y, en último caso, el servicio religioso y las milicias.

Acostumbrados a la paz del campo, su bucólica sensualidad y paliques, pese al duro trabajo que realizaban para medrar económicamente, el criollo consideró que la milicia ofrecía muy pocos estímulos.

«Hablar sobre la política españolas era más divertido desde un batey, o una hamaca, disfrutando de un cigarro o buches de café prieto», [8] pero sólo hasta el día en que, independientemente de la educación y el color de piel, se le hizo exigencias intolerables. En su tiempo, Gabriel del Río hablaría sobre «desfalcos de terrenos» y, «en tiempos de mi madre, Doña Eulalia, en tiempos de Loizaga, se aprendió el alzamiento, el motín y el golpe bajo», que coincidieron con el auge del esclavitud negra.

En unos versos de la «Epica», López Dzur dice:

... ha nacido en tierra arcádica
el dime y el direte,
el capitalismo agresivo
y el afán de latifundio.
El Pepino es un cisco encendido
que nos quema. Este niño-viejo refunfuña.
En cáscara de buenaventuranza va soñando.
El Capitán Loizaga le enseñó
el alzamiento, el motín, el golpe bajo
y el realismo se siente temeroso
y los nuevos inmigrantes
de la Cédula se buscan entre ellos,
se solapan y conspiran.
Ya tienen mala fama los cubanos.
Y los que dan braguetazos en esclavas
y después a son de misas
pagan deudas y pecados.

[«Y llegaron esclavos»] [9]

Este poema recobra de la memoria de la anciana Prat cuanto contuvo, asociado a la factura romántica y liberal de ella y su madre Eulalia, a quien evocara en la conversación casi a diario. A Doña Dolores le pareció admirable que ella liberara los esclavos que tuvo su padre, que no eran muchos, pero cuando los tuvo no estaban contentos. El se mudó a Cuba.

Por el contenido de ideología es evidente que, siendo niña y akll crecer, Prat vivió las etapas del proceso emancipador soñado por el Dr. Betances, así como la lucha abolicionista que se intensificara a partir de la Revolución de Lares. Se desmiente una visión hegemónica de la persona nacida en la colonia. Se valora la figura del Capitán Pedro de Loizaga y se examinan los conflictos sociales de su tiempo. La mujer inspiradora del poema (Doña Eulalia) es evocada como «mujer romántica», lectora de Espronceda, Zorrilla y Gautier Benítez, que es de los pocos poetas boricuas que a menudo se leían en ese tiempo, por gozar notoriedad.

Como parte de sus relatos de memoria oral-familiar, Doña Dolores expuso que el mundo arcádico del Pepino, del «tranquilo buchecito de café», moría una y otra vez al impacto «del dime y el direte», los nuevos inmigrantes de la Cédula de Gracias, jactándose de ser 'mejores españoles' que los que hallaron en las tierras de su traslado, 'los cubanos y dominicanos Alers que llegaron, seguidos de los Ortiz y Carire' dieron sus braguetazos en esclavas, los Echeandía venezolanos, por igual'... Y recordó a su madre referirle otras historias: «En los caminos que van hacia Añasco, murió un hijo de Josep Vélez que criaba cerdos y cabras», y a mencionaba al Teniente de Alcalde, Francisco González de Linares, cuando copió su nombre en carta puebla para cumplir con el traspaso al padrón de repartos de hatos... Y éste lo añadió como vecino poblador ante José Feliciano González en Furnias y ante el vecino Tomás de Rivera, de Pepino, «hoy fecha de 1812, como poblador de crédito y en Las Marías, habilitó hatos por el camino norte de Añasco». [10]

La anciana D. Dolores Prat se enorgulleció de que su madre no se casara (pero tuvo muchos amoríos y una de sus parejas fue de la raza negra). Asociaría ésto a una noción de lo romántico, que mienta a su vez la líbido fuerte y gozosa, lo apasionado y orgulloso que debe ser el amante. Racionalizaba en torno a una situación de ultraje de su madre, cometida por un hombre blanco (su padre).

Cuando hablara acerca de cómo Eulalia, 'mi mare Lala', juzgara a Loizaga, el capitán rebelde que originara un motín de protesta, y fuese perseguido por su alzamiento, lo coloca en la misma categoría de Betances, el pirata Cofresí, Valero de Bernabé y otros liberales puertorriqueños y peninsulares que, de vez en vez, brotaran sus recuerdos y conversaciones con su madre.

A veces Prat no fechaba con datos numéricos, e.g., a la década ominosa de 1824-1833, cuando se recrudeció el absolutismo borbónico; pero viviía a consciencia ese conocimiento. Destacaba cómo se persiguieron a los oradores y poetas románticos, debido a la censura, o los exilios fozados a forzados a París o Londres durante el decenio. Para ella los periodos seguían a nombres. Así es que hablaría sobre los tiempos del Capitán Loizaga, «poquito antes de Lares», «los tiempos de Fernando VII» que le incitaban a despotricar contra «Mariana, hija de Mestre, pionera entre los Oharriz y Rodones», acusándola de quemar el pueblo. [11]

O más bien, por alguna vez apoyar públicamente y justificar en sus actos al Rey Fernando VII, tal como aprendió de su padre, quien a final de cuentas lo repudió:

¡Eso es como la vela que resbala
de tu mano y quema al Pueblo!
eso es como la vela de Psique,
la curiosa, que gotea aceite caliente
sobre el pecho de Cupido

Sin definir la fecha, curioseó las incidencias del Trienio liberal (1820-23) cuando España volvió al liberalismo por tres años y fueron más expuestas y conocidas las doctrinas románticas que su madre Eulalia estudiara y amara tanto. Era mujer de mayor cultura y medios económicos a su disposición que los de su hija en el Popino empobrecido por un ambiente más represivo que conservador, porque no se quiso renunciar a la esclavitud como institución ni a la utilidad de la monarquía.

Entiende que, no en todos los casos, el romanticismo fue liberal. O progresista. El reaccionarismo estaba en Fernando VII y el carlismo, y los románticos, en general, lo evitaban. El romanticismo reaccionario, si bien pudo ser conservador, tiraba más a su vertiente dentro del liberalismo, con un anhelo de modernizar, democratizar, abrirla a la libertad a España cuando se acentuaban sus momentos de decadencia, que siempre ocvurren cuando triunfan la codicia sobre la buena voluntad, las cooperación y el altruísmo. «Gentes de Puertoi Rico, Pepino, nuestro campo, son las mismas espiritualmente que en España, sólo que tenemos más colores, razas cociéndose unas con otras, en condiciones de mayor miseria», decía. Pensé que nadie lo diría mejor.

Esto es lo que plantea su verdad en torno a cómo participa el colonizado de los distintos procesos y va desmiente a quien nos cree incapaz de su liberación y representación adecuada.

DE LA CEDULA DE GRACIAS Y DEL DEMOCRATIZAR EL CABILDO: Seguiría con las notas de Prat para indicar su visión particular sobre la evolución del pueblo, soprendiendome que cada vez que se zafara la expresión «Mirabales, mi pueblito», porque la raíz de «todo lo grande está aquí».

Es muy posible que, a pesar de haber constituído una aldea urbana, Pepino no formalizara un cabildo ordinario regular sino tardíamente. Si es cierta una afirmación de D. Dolores Prat quien dijo «hubo un tiempo en que no había más alcalde que loa ricos de los barrios» (sic.) y, por ello alegara, que en el Mirabales de 1800, «el único con autoridad fue Josep Vélez» (sic) y después el mayor de los hijos de éste, Francisco José ('Paché'), la posibilidad de una autoridad civil señalaría al hecho de que los alcaldes de barrios fueron predominantes y su ejercicio público aún anterior al desempeñado por los regidores.

En este caso, se trataría de una concesión de poder espontánea y autolegislada por la comunidad hacendataria. Los hacendados mirabaleños José y Miguel González de Mirabal, de hecho, los protectores de Josep Vélez, inmigrante catalán de Vinarós y quien recibió tierras de ellos «sin renta ni pago, antes de que el pueblo fuera pueblo» (D. Prat), se documentan como los primeros alcaldes ordinarios; pero no se han hallado los nombres de sus regidores. [12]

También fueron importantes, en las gestiones para fundar el Cabildo e «ir ganando gobierno propio», «en aras de alcanzar un mayor control de nuestros asuntos y lograr una buena medida de desrrollo», ls cepas de los Alcalde de Campo, como les desigana el historiador Eliut González. Estos entraron en funciones antes de 1700 y duraron hasta que el poblado quedaba gobernador por los llamados Tenientes y Capitán a guerra.

Muchos de los nombres de vecinos y prospectivos funcionarios del Pepino original son los mismos que uno se topa al estudiar sobre los pobladores de San Francisco de la Aguada o hatos realengos que, para 1707, en tal región son conocidos como son Olgadero, Anasco, Malpaso, Laguna, Peroalonso, Moca, Moquilla, Piñales, Culebras, Pepino entre otros (cf. Andres R. Méndez, «Pobladores de San Francisco de la Aguada para comienzos del siglo XVIII», Revista de la SPG, Año 4 Numero 1 Abril 2003). Pero estudiar la historia de Pepino, las raíces de sus posibles fundadores, si se deseara ir hacia finales del siglo XVII, requiere una investigación no sólo de Aguada, sino San Germán. Esta tarea no sería posible sin investigarse en el Archivo de Indias, siendo que en archivos locales se observa y coteja poca informacion sobre los hatos y personas en regiones correspondientes al cabildo de San Germán.

Esto es importante para compromer por qué llegan los González de Mirabal y González de la Cruz, los Cadafalch y Vélez. Yendo atrás, a la historia antes de loos reconocimientos al capitán poblador don Cristóbal González de la Cruz, podemos considerar a un posible 'alcalde de campo' en Pepino y Aguada, pues, éste individuo.Antonio González de la Cruz, en el año 1709, con la edad de 26 años, «sabía firmar su nombre» y, desdel 1707, «era dueño de cuatro partes de posesión de ganado mayor y tres partes de criaderos» [13].




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[6] A excepción de algunos eclesiásticos (como Vitoria, B. de Las Casas y Sepúlveda, entre muy pocos), la ideología del la Iglesia y la Monarquía fue no reconocer a los indios como propietarios, en sus «dominios» (propiedad pública) y menospreciar el hecho de que accedieran a la adquisición de «sus cosas» (propiedad privada), esto es, al sistema político esspaPol y colonial le es imprescindible que la etnicidad americana se describa como impedimento y a las personas aborígenes como enemigos de la fe, antes que de su derecho a ser propietarios, pero, como a los criollos, o los propensos a mezclarse con ellos, aplicarían el mismo desprecio por sus facultades morales, vedándole también acceso a derechos económicos y políticos. «Quien ha mezclado su sangre» con 'nativos' / léase indígenas, o esclavos, p 'criollos;, «para el gobierno y la Iglesia ya lo ha perdido todo». Ver. «Entrevista con Doña Dolores Prat: Notas y Grabaciones (1972)», en: «Trece monograf1as de Historia Municipal Pepiniana»

La mentalidad de curas franciscanos locales, como Fray Alonso del Espinar, no es muy diferente a las de un primer gobernador real en La Española, o primer genocida (exterminador de indios), Nicolás de Ovando, con su primer intento de someter a los indios a la Corona directamente (en sentido regalista, sin la mediación de encomenderos ni repartos). Dirán que «A causa de la mucha libertad que tienen los indios huyen de los cristianos y no trabajan. Por lo tanto, mandé que los apremiéis a trabajar, para que el reino y los españoles se enriquezcan, y los indios se conviertan al cristianismo. Se les pagará un jornal diario que por vos fuera tasado: lo cual hagan y cumplan como personas libres, como lo son, y no como siervos, y haced que sean bien tratados los indios». El hecho es que, después del primer experimento de «libertad plena respecto de la intermediación señorial (representada por la encomienda, o la proto-encomienda) se les impondría tributos sobre los jornales que ganasen diariamente con su trabajo, súbdito sin más de la Corona, pero no por mucho tiempo. Tras que las Leyes Nuevas de 1542 para los indios de las Antillas llegan tarde, se recrudeció la encomienda esclavizadora y la actitud que ya, con Fernández de Oviedo, se atrevería a juzgar los aspectos más odiosos del «buen salvaje» Cf. ver: Ángel Losada, «Apología de Juan Ginés de Sepúlveda contra Fray Bartolomé de Las Casas», Editora Nacional, 1975, pp. 30-31)

El Obispo Alejandro Arizmendi dispuso que se diera el tratamiento de 'don' y 'doña' a toda persona blanca, tuviese o no la condición de grande o mediano propietario, siempre y cuando fuese considerado 'blanco' (de limpia sangre), católico y apto para leer y escribir y fundar nuevos pueblos, excluyéndose a los pardos libres o negros de similar tratamiento.

[7] No se puede subestimar el grado de comprensión que tuvo el compesino criollo sobre la economía, la política y su espiritualidad, después de la colonización. Había poca población en los barrios, mucha sencillez en los estilos de vida y graves carencias, pero una más rica espiritualidad y una buena lógica política. Estudié en profundo varias familias de los campos de Cidral, Guacio, Mirabales y Pozas que dan pauta para entender ésto. Un de los casos fue el de la familia Prat.

En este entrejuego ideológico cobra su importancia la distinción entre lo que Lucien Goldman distinguiera como «conciencia real» y «conciencia posible». El hecho fue, tras el segundo viaje de Prat-Ayats a América, ambos familias (ésta y Prat-Cadafalch y Vélez) coincidieron, se acogieron a las normas de programa de Meléndez Bruna y, ante los funcionarios del Cuartel de Bernardino López de Victoria y el Cura Delgado, cuando se les dio «a Gavarres y Ayats cédulas de vecinos» (sic.) como extranjeros y ambos dieron la concesión como agravio, porque se consideraban súbditos españoles «aunque no hablaban el castellano»

Las razones para que esto fuese así van a los antedentes mismos de la Revolución del 2 de Mayo de 1808, en España, durante el reinado de Carlos IV, el proceso reformador y liberal que crea la Constitución de 1812 (o de Cádiz) y que fracasa con la negativa del rey Fernando VII a jurarla. Esto dejaría casi intacto el absolutismo, patrocinaría la persecución y condena de los militantes liberales españoles y, al final de su regencia, una ambivalencia ideológica interna, dentro y fuera de las Cortes. Entonces, se forman opiniones interesantes sobre la economía, la política y espiritualidad, que pueden rastrearse cuando «Hablar sobre la política española ya no sería tan divertido como desde un batey, o una hamaca, disfrutando de un cigarro o buches de café prieto» (Doña Dolores Prat).

[8] Los españoles del Establecimiento político querran siempre caricaturizar al jíbaro criollo, al indio, mestizo y al mulato, como los incompetentes. Los mecen en hamacas en el batey y elaboran un folclor simplificador, sin admitir ninguna culpa en cuanto el estado social de miseria que una situación colonial produce. En 1777, cuando el capitán de milicias Cristóbal González de la Cruz, natural de Aguada, explicó la razón por la baja producción de Pepino, a exigencias e un ngoboierno central, explica a lo que se debe: «...por hallarse [el pueblo] tan remoto del tráfico [comercial] y tan tierra adentro, que aunque labren y siembren, no tienen expedido [o ventas] de sus labranzas y frutos». Más que la distancia misma, le preocupa una geografía peligrosa por sus ríos, quebradas y caños entre riscos y barrancos. En ese tiempo, de cultivos de subsistencia, Pepino incluía todo lo que es Lares y buena parte de Las Marías.

[9] López Dzur, «Epica de SSP», ed. cit.

[10] «Carta de José de la Xara», 23 de junio de 1824, y «Nota del 6 de julio de 1824», en: A.G.H. P.R., San Sebastián, Caja 580, E. 302; además: «Petición de D. Manuel Prat-Ayats y Los Vélez sobre deslindes y marcas ejidales en Añasco y Las Furnias•, 3 de mayo de 1823, «Nota de José de la Xara sobre pedido de Francisco Vélez de (Los) Mirabales», 24 de febrero de 1824, en: A.G.H.P.R., San Sebastián, Caja 580, legs. 1360 y 1367.

[11] Para la relatora Prat, quien se lamentaría de conocer a Doña Mariana Rubio, haber sido su amiga y compartirle confidencias soñadoras de señorita, es claro que Fernando VII «escupió sobre principios de su juramento», defraudó a mucha gente al punto que ya no pudo ser perdonado ni compadecido. La figura del Rey Fernando fue admirada por los padres de ambas mujeres hasta que s produjo su cambio. La traición en Las Cabezas de San Juan, su asesinato del Empecinado (e; Comandante Refael Riego)... Pudo vestirse de gloria cuando con la Ayuda de la Santa Alianza «llenó con 100,000 tropas las calles de Cádiz», pero, al final «los echó contra los hijos valientes de su suelo»:

... ya no podía ser amado ni compadecido
por tu padre, restableció
la Inquisición, persiguió la prensa,
el pensamiento libre, las imaginaciones
de los espiritistas, los masones,
los poetas francesados, los obreros que leen,
los que saben que, organizados,
son más sabios que los sabios

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[13] «Declaración de Antonio González de la Cruz ante el teniente a guerra de Aguada, Juan López de Segura. Aguada», 15 de julio de 1709. AGI. Escribanía de Cámara, 128-A. Cf. vid:.Andres R. Méndez, «Pobladores de San Francisco de la Aguada para comienzos del siglo XVIII», Revista de la SPG, Año 4, Numero 1 Abril 2003).


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