(...) Lo había explorado ya, otrora extraviado por sus montes, González de Mirabal, López de Segura y Vélez del Rosario. Y hay muchos otros varones perdidos, sin bautizos. [Carlos López Dzur, en «Del pasado»} I. El primer vecindario de colonos fue descrito por Fray Iñigo Abbad en 1788, en términos del Partido del Pepino, con extensión territorial de 24 leguas cuadradas aproximadamente (una legua equivale a 3 millas; o 5572. 7 metros), dispuestas como 4 y media lenguas de Norte a Sur y 6 lenguas de Este a Oeste. El poblado fue llamado también Pepinito por ubicarse sobre un monte pequeño y achatado en medio del valle cubierto de lomas calizas. El Dr. Rafael Picó describió la posición geográfica y regional de la aldehuela, en su libro «Geografía de Puerto Rico»: «Hacia el interior la topografía se hace más irregular. El terreno está cubierto por centenares de lomas calizas de forma especial, llamadas mogotes o 'pepinos', y de depresiones en forma de embudos, llamadas sumideros o colinas, que se extienden desde Aguadilla y el valle del río Culebrinas hasta el valle del río Arecibo». [1] Durante la administración del Gobernador Meléndez Bruna, en la región que hoy sería Pepino, como en otros pueblos de Puerto Rico, comienza a verse el resultado de un programa de estímulos tributarios para promover un mayor poblamiento de las villas. Este gobernador creó una promoción de cartas de domicilio, cuya fase final fueron las cartas de naturalización para extranjeros. Las normas para la solicitud en dicho programa fueron expedidas el 15 de enero de 1816. Según éstas, al inmigrante o solicitante se le ofrecía tierras sin pago por las mismas y exención de pago de impuestos por un periodo de 5 años, después del cual los extranjero podían convertirse en súbditos españoles o regresar a su país de origen. La solicitud para acogerse a estos beneficios incluía como requistos informar sobre lo siguiente: nombre del inmigrante, nombres de la familia inmediata, evidencias de su carácter moral, confirmación como profesante católico, cantidad de capital líquido traído al país anfitrión, nombre del pueblo o villa en que le interesaría domiciliarse y el oficio o negocio en que se desempeñaría, una vez fuese aprobada su petición de domicilio. La práctica más vieja y sustentada fue que los permisos de fundación se concedieron a peticionarios otrora en servicio militar, admimistrativo o aún entre eclesiásticos. EMPRESA POLITICO-CAPITALISTA: Voy a dar una definición funcionalista de 'pueblo' y del por qué se fundan y se seguirán fundando, en la medida en que se conquistan o se reconquistan otros territorios. O se autoriza una invitación con los requisitos de la de Menéndez Bruna. La idea de aldea mienta tácitamente la noción de gobierno, o cabildo, y de empresa por consenno. Los pueblos se fundan para que sean empresas que sacarán provechos materiales que a su vez beneficiarán inevitablemente al fisco que, tarde o temprano, será reclamante. Un fundador es siempre un funcionario que ofrecerá servicio a la continuidad política y su lealtad empresarial al país que reclamara la posesión 'in jure' del territorio como suya. La tierra puede que no tenga 'dueños' personales conocidos; pero, ya está prevista a tenerlos. Y ninguno poblará a título personal, como quien organiza una utopía o se jacta de un descubrir su tesoro. Necesitará unos socios para compartir y, por fuerza, el Estado se invita. El poblado es, pues, una empresas política y productiva del Estado, tarde o temprano intervenida. De modo, que no hay pueblo o aldea definitiva hasta que no haya cabildo. Al gobierno no le interesa la comunidad moral o espiritual de los colonos sino hasta que llega el día del cabildo; sin esta condición, la desarticulará cuando le plaza o entienda que no le conviene que exista o que sea foco de desafío. Durante el periodo colonial, el cabildo constituyó la unidad de gobierno local y constituyó, en su estructura, versión modificada que seguía pautas provenientes del modelo de leyes para las ciudades romanas. Las ciudades fueron consideradas por los hispanolatinos de primordial importencia y a una villa urbana se subordinaba directamente sus alrededores rurales. De más reciente parentezco, el cabildo como unidad y modelo gubernativo fue la reminiscencia de la praxis de pueblos castellanos de la Edad Media. Sus alcaldes ordinarios ('magistrates'), junto a los regidores ('concejales') y el corregidor, designado por el Rey, gozaban de prestigio y poder significativo. Los cabildos puertorriqueños tenía un pequeño número de funcionarios. Los de ciudades importantes podían llegar a constituirse hasta con 12 miembros. Las funciones de un cabildo, grande o pequeño, solían ser las mismas: asuntos de vigilancia policíaca, sanidad, supervisión de obras públicas, regulación de precios y salarios, pesos y medidas y administración de la justicia. Un cabildo formal podía hacer nombramiento de ayudantes 12 para cumplir con sus responsabilidades, por ejemplo, recaudadores de impuestos, inspectores de pesas y medidas y oficiales de fiscalización de mercados, así como comisarios de barrio. Hasta que un Cabildo formal, autorizado por su metrópolis, no surge, la comunidad es sólo una hidra, con múltiples cabezas, el leviatán y el behemot a su suerte, en condición tal que se combaten; pero no se arrancan aún los egos. «El poeta Espronceda decía, según lo citaba mi mare Lala, que todo pueblo encarna en sí mismo 'El Diablo Mundo', con gentes que no se integran, como son los tipos marginales y rebeldes, ya sea el bandolero, el sinvergüenza y lacras de pordioseros. En conjunto, son el diablo-mundo al que se suma el peor de los perveros y represores, que es la cultura misma del Estado organizador, tragándose al yo del individuo». [2] Con esta tesis de Rousseau, la fenecida Dolores Prat-Prat hacía defensa de su lar mirabaleño y de su madre (D. Eulalia), a quien Pedro Arocena, su vecino, describió como una anarquista catalana, perdida en el campo, y Mirabales 'como el corazón del mundo y el mundo es Pepino'. En la región centro-occidental de la isla, durante los albores del Siglo XVIII, Camuy fue el hato concedido a Antonio de Matos y éste, con Amador de Lariz, echó los cimientos de una primera hacienda en lo que fue llamado el Sitio de Lares. «Pero Lares era un sector de Pepino / o lo llamado Las Vegas. Pepino y Las Vegas eran una misma cosa. Y yo me sentí en el centro del mundo» (Dolores Prat, vid. Bibliografía). La autorización para fundar este pueblo en particular data de 1752 y el capitán poblador fue Cristóbal González de la Cruz. No significa que las iniciativas no se hayan dado mucho antes. Por desgracia, en la isla, las 'cartas pueblas', las tierras aparentemente más feraces y permisos de fundación de nuevos pueblos se concedieron en muchísimas ocasiones a aristócratas ausentistas, que adquirieron tales tierras como premio a servicios políticos a la Corona. Y tales hatos quedaban realengos, o desatendidos por sus dueños, es decir, aquellos hidalgos y exfuncionarios que los obtuvieron por concesión real. El principal caso, en Pepino, fue el del Duque de Mahon-Crillon. Para la señora Prat, ésto significaba que para el Estado español, Pepino no existiría hasta que tuviese un cabildo y le produjese yb beneficio y tendría que ser pronto. Cuando López Dzur escribe su «Epíca de San Sebastián del Pepino» (Edición Kool-Tour-Activa: 2012), el segundo y tercero de los textos se refieren a Mirabales, barrio de 1600 y el tercero a Las Vegas, antiguo apelativo para Pepino que se suprimió del nombre 'Vegas del Pepino' en 1767 cuando el elemento vasco católico se vuelve más influyente que los originales canarios, o primeros pobladores. López Dzur destaca el periodo entre 1826 y 1830 como momento de un despertar en cuanto a la defensa del Casco Urbano del Pueblo que viene siendo saqueado. PEPINO EN LA EPOCA INICIAL DEL DIABLO MUNDO: Gabriel del Río diría, en 1826: «Si se ha robado ya al Centro, más será lo que se robará a las periferias». Este es el contexto de una administración municipal que observa cambios en la administración de España bajo el Ministro Godoy y Juan Alvarez Mendizábal, quien deseara acabar los viejos señoríos y las 'manos muertas', que son obstáculos en la economía en la nación y en las colonias: En España y aqui, en Pepino, donde Miguel López pretendiera institucionalizar el latifundio, se oye el grito. ¡Mendizábal, despierta! Gobernador, infórmalo a Godoy y el Ministro a la Reina, que lo sepa Nogues y Juan de los Santos, Mahon Crillon, el duque de Pamplona, reclamó un señorío de mano muerta en el Pepino. Se te opone, Juan Alvarez, se afana en las merecdes caprichosas del Territorio Nobiliario, a expensas del Pepino y la Isla Entera. [frag. en la «Epica») Mas hay mucho más por lo que Gabriel del Río está enojado: los vecinos quieren fabricar y hermosear el poblado y lo que verifican, cuando se interesan en solares, es que sus dueños son falsos. Venden más caro que lo que realmente es posible que se pague en justicia a lo que realmente valen. El Ayuntamiento no facilita el fomento de nuevas obras, públicas ni privadas, porque lo primero que ignora son los procedimientos de aclaratorias de sus puntos ejidales. «Como miembro del Cabildo, Del Río ha comenzado por exigir una redemarcación definitiva, nueva prefijación de límites ejidales y mojonaduras, porque ya se ha realizado bastante burlas de los vecinos más antiguos de Pepino. Y si bien se ha reunido, en par de ocasiones la Junta gubernativa local, el Cabildo se queja como cuerpo de que no hay Cartas-Pueblas ni documentos que digan noticias sobre el número de terrenos de pueblos y pobladores. Las tierras baldías se reparte, «sin formalidad y al capricho» y pocos propietarios conservan los documentos de sus propiedades». El Cabildo se queja de que los caminos hacia otro lugar que no sea La Moca y Aguada, suelen ser, en tiempo de lluvia, intransitables. Es difícil no sólo entregar el servicio de correos, sino que ir a cobrar los subsidios al Fisco. Y se enoja aún más Gabriel del Río. Para él, una parte del problema es que cada vez que se aporta un informe a petición del Gobernador, ninguno se expresa en verdad sobre la corrupción que existe. Cuando se hizo un deslinde de terrenos para aclarar puntos dividentes entre Pepino y Añasco, en marzo de 1820, fue cuando Gabriel del Río se dio cuenta de la ausencia de expedientes con que se regía la vida puertorriqueña y, por consiguiente, la de ésta, su villa. Tenía cierta fe de que, con la nueva Constitución Liberal de 1812 y de la que su burló el Rey Fernando VII, se organizara mejor la administración colonial. En Pepino, se habían instalado como Alcaldes, José González, quien también lo fue en 1812, Juan de la Vega y Juan Luciano de Fuentes, a quien tuvo confianza. De otros regidores y síndicos no decía lo mismo. Ni del Cura Rector, sacerdote Lino Delgado, porque, en conjunto eran unos tapachines. Para que se resolviese y constaran íntegramente las acusaciones que hacía Gabriel del Río y firmaran, como testigos adicionales, sus solicitudes ante el Gobernador y el Jefe Político Superior en la Sala Consistorial de Pepino, Gabriel traía toda su parentela que provenía de la cepa de fundadores del Pueblo [a saber, Domingo del Río, Faustino y Lucía del Río, gente del decenio de 1750s] y, por eso, en las Actas de 1823 que firmaba José de la Xara, para el Alcade la Vega, como vecinos citados, no faltaban los nombres de Antonio y Manuel del Río, Juan Antonio del Río y, por supuesto, Gabriel mismo. Y llegó el año 1827, pese a los desvelos que, desde hacía cuatro años, Gabriel señalara para que, por salud del pueblo, los puntos ejidales internos y los que delimitan a Pepino con Añasco, Mayagüez y San Germán (1825) estuviesen claros, ahora bajo una administración de Alcaldía Real Ordinaria, hubo que medir, por los cuatro puntos cardinales, los Límites del Pueblo otra vez. El hecho fue que «no se encontraron los puntos» y que «desde las orillas de su plaza, en manos de unos cuantas personas que se titulan propietarios de los terrenos que existen contiguos a aquella», se arracan las estacas que señalan al ejido y violan la ley sospechosa e impunemente. Un Acta del Ayuntamiento, escrita por Agustín Alvarez, relató los detalles sobre la medición realizada por una Junta de Visita, ordenada por el Gobernador, realizada el 16 de agosto de 1827. En cierto modo, de lo que Gabriel del Río quiso ser portavoz, con sus alarmas, fue el sistema que se con la reinstauración de los Tenientes a Guerra y las Alcaldías Ordinarias y a quienes servían. Un nuevo sistema de Tenencia de Tierras está a las puertas. Con el Gobernador Miguel de la Torre y su representante en Pepino, el Teniente a Guerra Miguel López el latifundio será institucionalizado. Hubo alguna cosas con que Gabriel del Río avizoraba, antes de su muerte, lo que vendría. En el Pueblo, ya no se construían bohíos, sino casas. La cantidad de gente blanca que vivía como agregados, arrimado, eran tan alta como la de esclavos y había tantos pardos y morenos como agregados blancos. Con la inmigración venezolana, llegaron muchos esclavos con edad productiva. Y, para 1828, su número se censó en 615 personas negra en servidumbre forzada. Los emigrantes, venidos de España, sumaron 112 peninsulares y otros 16 de origen extranjero. EL Gobernador de la Torre no era como Arostegui, a quien Del Río podría comunicarse utilizando términos ta fuertes como la tiranía del hombre próspero contra el labriego humilde. A lo que De la Torre contribuiría, ya se lo había advertido, el temor «que los infelices no progresen y que la agricultutra [...] pase a pocas manos y que se conserven incultas multitud de tierras», razón de la «vagancia y el aburrimiento» [Méndez Liciaga, 31].
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Mi pueblito en su épica histórica inicial (1)
(...)
Lo había explorado ya,
otrora extraviado por sus montes,
González de Mirabal,
López de Segura y Vélez del Rosario.
Y hay muchos otros varones
perdidos,
sin bautizos.

[Carlos López Dzur, en «Del pasado»}

I.

El primer vecindario de colonos fue descrito por Fray Iñigo Abbad en 1788, en términos del Partido del Pepino, con extensión territorial de 24 leguas cuadradas aproximadamente (una legua equivale a 3 millas; o 5572. 7 metros), dispuestas como 4 y media lenguas de Norte a Sur y 6 lenguas de Este a Oeste.

El poblado fue llamado también Pepinito por ubicarse sobre un monte pequeño y achatado en medio del valle cubierto de lomas calizas.

El Dr. Rafael Picó describió la posición geográfica y regional de la aldehuela, en su libro «Geografía de Puerto Rico»:

«Hacia el interior la topografía se hace más irregular. El terreno está cubierto por centenares de lomas calizas de forma especial, llamadas mogotes o 'pepinos', y de depresiones en forma de embudos, llamadas sumideros o colinas, que se extienden desde Aguadilla y el valle del río Culebrinas hasta el valle del río Arecibo». [1]

Durante la administración del Gobernador Meléndez Bruna, en la región que hoy sería Pepino, como en otros pueblos de Puerto Rico, comienza a verse el resultado de un programa de estímulos tributarios para promover un mayor poblamiento de las villas. Este gobernador creó una promoción de cartas de domicilio, cuya fase final fueron las cartas de naturalización para extranjeros.

Las normas para la solicitud en dicho programa fueron expedidas el 15 de enero de 1816. Según éstas, al inmigrante o solicitante se le ofrecía tierras sin pago por las mismas y exención de pago de impuestos por un periodo de 5 años, después del cual los extranjero podían convertirse en súbditos españoles o regresar a su país de origen. La solicitud para acogerse a estos beneficios incluía como requistos informar sobre lo siguiente: nombre del inmigrante, nombres de la familia inmediata, evidencias de su carácter moral, confirmación como profesante católico, cantidad de capital líquido traído al país anfitrión, nombre del pueblo o villa en que le interesaría domiciliarse y el oficio o negocio en que se desempeñaría, una vez fuese aprobada su petición de domicilio. La práctica más vieja y sustentada fue que los permisos de fundación se concedieron a peticionarios otrora en servicio militar, admimistrativo o aún entre eclesiásticos.

EMPRESA POLITICO-CAPITALISTA: Voy a dar una definición funcionalista de 'pueblo' y del por qué se fundan y se seguirán fundando, en la medida en que se conquistan o se reconquistan otros territorios. O se autoriza una invitación con los requisitos de la de Menéndez Bruna.

La idea de aldea mienta tácitamente la noción de gobierno, o cabildo, y de empresa por consenno. Los pueblos se fundan para que sean empresas que sacarán provechos materiales que a su vez beneficiarán inevitablemente al fisco que, tarde o temprano, será reclamante.

Un fundador es siempre un funcionario que ofrecerá servicio a la continuidad política y su lealtad empresarial al país que reclamara la posesión 'in jure' del territorio como suya. La tierra puede que no tenga 'dueños' personales conocidos; pero, ya está prevista a tenerlos. Y ninguno poblará a título personal, como quien organiza una utopía o se jacta de un descubrir su tesoro. Necesitará unos socios para compartir y, por fuerza, el Estado se invita. El poblado es, pues, una empresas política y productiva del Estado, tarde o temprano intervenida. De modo, que no hay pueblo o aldea definitiva hasta que no haya cabildo.

Al gobierno no le interesa la comunidad moral o espiritual de los colonos sino hasta que llega el día del cabildo; sin esta condición, la desarticulará cuando le plaza o entienda que no le conviene que exista o que sea foco de desafío.

Durante el periodo colonial, el cabildo constituyó la unidad de gobierno local y constituyó, en su estructura, versión modificada que seguía pautas provenientes del modelo de leyes para las ciudades romanas. Las ciudades fueron consideradas por los hispanolatinos de primordial importencia y a una villa urbana se subordinaba directamente sus alrededores rurales.

De más reciente parentezco, el cabildo como unidad y modelo gubernativo fue la reminiscencia de la praxis de pueblos castellanos de la Edad Media. Sus alcaldes ordinarios ('magistrates'), junto a los regidores ('concejales') y el corregidor, designado por el Rey, gozaban de prestigio y poder significativo.

Los cabildos puertorriqueños tenía un pequeño número de funcionarios. Los de ciudades importantes podían llegar a constituirse hasta con 12 miembros. Las funciones de un cabildo, grande o pequeño, solían ser las mismas: asuntos de vigilancia policíaca, sanidad, supervisión de obras públicas, regulación de precios y salarios, pesos y medidas y administración de la justicia. Un cabildo formal podía hacer nombramiento de ayudantes 12 para cumplir con sus responsabilidades, por ejemplo, recaudadores de impuestos, inspectores de pesas y medidas y oficiales de fiscalización de mercados, así como comisarios de barrio.

Hasta que un Cabildo formal, autorizado por su metrópolis, no surge, la comunidad es sólo una hidra, con múltiples cabezas, el leviatán y el behemot a su suerte, en condición tal que se combaten; pero no se arrancan aún los egos.

«El poeta Espronceda decía, según lo citaba mi mare Lala, que todo pueblo encarna en sí mismo 'El Diablo Mundo', con gentes que no se integran, como son los tipos marginales y rebeldes, ya sea el bandolero, el sinvergüenza y lacras de pordioseros. En conjunto, son el diablo-mundo al que se suma el peor de los perveros y represores, que es la cultura misma del Estado organizador, tragándose al yo del individuo». [2]

Con esta tesis de Rousseau, la fenecida Dolores Prat-Prat hacía defensa de su lar mirabaleño y de su madre (D. Eulalia), a quien Pedro Arocena, su vecino, describió como una anarquista catalana, perdida en el campo, y Mirabales 'como el corazón del mundo y el mundo es Pepino'.

En la región centro-occidental de la isla, durante los albores del Siglo XVIII, Camuy fue el hato concedido a Antonio de Matos y éste, con Amador de Lariz, echó los cimientos de una primera hacienda en lo que fue llamado el Sitio de Lares. «Pero Lares era un sector de Pepino / o lo llamado Las Vegas. Pepino y Las Vegas eran una misma cosa. Y yo me sentí en el centro del mundo» (Dolores Prat, vid. Bibliografía).

La autorización para fundar este pueblo en particular data de 1752 y el capitán poblador fue Cristóbal González de la Cruz. No significa que las iniciativas no se hayan dado mucho antes. Por desgracia, en la isla, las 'cartas pueblas', las tierras aparentemente más feraces y permisos de fundación de nuevos pueblos se concedieron en muchísimas ocasiones a aristócratas ausentistas, que adquirieron tales tierras como premio a servicios políticos a la Corona. Y tales hatos quedaban realengos, o desatendidos por sus dueños, es decir, aquellos hidalgos y exfuncionarios que los obtuvieron por concesión real. El principal caso, en Pepino, fue el del Duque de Mahon-Crillon. Para la señora Prat, ésto significaba que para el Estado español, Pepino no existiría hasta que tuviese un cabildo y le produjese yb beneficio y tendría que ser pronto.

Cuando López Dzur escribe su «Epíca de San Sebastián del Pepino» (Edición Kool-Tour-Activa: 2012), el segundo y tercero de los textos se refieren a Mirabales, barrio de 1600 y el tercero a Las Vegas, antiguo apelativo para Pepino que se suprimió del nombre 'Vegas del Pepino' en 1767 cuando el elemento vasco católico se vuelve más influyente que los originales canarios, o primeros pobladores. López Dzur destaca el periodo entre 1826 y 1830 como momento de un despertar en cuanto a la defensa del Casco Urbano del Pueblo que viene siendo saqueado.

PEPINO EN LA EPOCA INICIAL DEL DIABLO MUNDO: Gabriel del Río diría, en 1826: «Si se ha robado ya al Centro, más será lo que se robará a las periferias». Este es el contexto de una administración municipal que observa cambios en la administración de España bajo el Ministro Godoy y Juan Alvarez Mendizábal, quien deseara acabar los viejos señoríos y las 'manos muertas', que son obstáculos en la economía en la nación y en las colonias:

En España y aqui, en Pepino, donde Miguel López pretendiera institucionalizar el latifundio, se oye el grito.

¡Mendizábal, despierta!
Gobernador, infórmalo a Godoy
y el Ministro a la Reina,
que lo sepa Nogues y Juan de los Santos,
Mahon Crillon, el duque de Pamplona,
reclamó un señorío de mano muerta
en el Pepino. Se te opone, Juan Alvarez,
se afana en las merecdes caprichosas
del Territorio Nobiliario, a expensas
del Pepino y la Isla Entera.

[frag. en la «Epica»)

Mas hay mucho más por lo que Gabriel del Río está enojado: los vecinos quieren fabricar y hermosear el poblado y lo que verifican, cuando se interesan en solares, es que sus dueños son falsos. Venden más caro que lo que realmente es posible que se pague en justicia a lo que realmente valen. El Ayuntamiento no facilita el fomento de nuevas obras, públicas ni privadas, porque lo primero que ignora son los procedimientos de aclaratorias de sus puntos ejidales.

«Como miembro del Cabildo, Del Río ha comenzado por exigir una redemarcación definitiva, nueva prefijación de límites ejidales y mojonaduras, porque ya se ha realizado bastante burlas de los vecinos más antiguos de Pepino. Y si bien se ha reunido, en par de ocasiones la Junta gubernativa local, el Cabildo se queja como cuerpo de que no hay Cartas-Pueblas ni documentos que digan noticias sobre el número de terrenos de pueblos y pobladores. Las tierras baldías se reparte, «sin formalidad y al capricho» y pocos propietarios conservan los documentos de sus propiedades».

El Cabildo se queja de que los caminos hacia otro lugar que no sea La Moca y Aguada, suelen ser, en tiempo de lluvia, intransitables. Es difícil no sólo entregar el servicio de correos, sino que ir a cobrar los subsidios al Fisco.

Y se enoja aún más Gabriel del Río. Para él, una parte del problema es que cada vez que se aporta un informe a petición del Gobernador, ninguno se expresa en verdad sobre la corrupción que existe.

Cuando se hizo un deslinde de terrenos para aclarar puntos dividentes entre Pepino y Añasco, en marzo de 1820, fue cuando Gabriel del Río se dio cuenta de la ausencia de expedientes con que se regía la vida puertorriqueña y, por consiguiente, la de ésta, su villa.

Tenía cierta fe de que, con la nueva Constitución Liberal de 1812 y de la que su burló el Rey Fernando VII, se organizara mejor la administración colonial. En Pepino, se habían instalado como Alcaldes, José González, quien también lo fue en 1812, Juan de la Vega y Juan Luciano de Fuentes, a quien tuvo confianza. De otros regidores y síndicos no decía lo mismo. Ni del Cura Rector, sacerdote Lino Delgado, porque, en conjunto eran unos tapachines.

Para que se resolviese y constaran íntegramente las acusaciones que hacía Gabriel del Río y firmaran, como testigos adicionales, sus solicitudes ante el Gobernador y el Jefe Político Superior en la Sala Consistorial de Pepino, Gabriel traía toda su parentela que provenía de la cepa de fundadores del Pueblo [a saber, Domingo del Río, Faustino y Lucía del Río, gente del decenio de 1750s] y, por eso, en las Actas de 1823 que firmaba José de la Xara, para el Alcade la Vega, como vecinos citados, no faltaban los nombres de Antonio y Manuel del Río, Juan Antonio del Río y, por supuesto, Gabriel mismo.

Y llegó el año 1827, pese a los desvelos que, desde hacía cuatro años, Gabriel señalara para que, por salud del pueblo, los puntos ejidales internos y los que delimitan a Pepino con Añasco, Mayagüez y San Germán (1825) estuviesen claros, ahora bajo una administración de Alcaldía Real Ordinaria, hubo que medir, por los cuatro puntos cardinales, los Límites del Pueblo otra vez. El hecho fue que «no se encontraron los puntos» y que «desde las orillas de su plaza, en manos de unos cuantas personas que se titulan propietarios de los terrenos que existen contiguos a aquella», se arracan las estacas que señalan al ejido y violan la ley sospechosa e impunemente. Un Acta del Ayuntamiento, escrita por Agustín Alvarez, relató los detalles sobre la medición realizada por una Junta de Visita, ordenada por el Gobernador, realizada el 16 de agosto de 1827.

En cierto modo, de lo que Gabriel del Río quiso ser portavoz, con sus alarmas, fue el sistema que se con la reinstauración de los Tenientes a Guerra y las Alcaldías Ordinarias y a quienes servían. Un nuevo sistema de Tenencia de Tierras está a las puertas. Con el Gobernador Miguel de la Torre y su representante en Pepino, el Teniente a Guerra Miguel López el latifundio será institucionalizado. Hubo alguna cosas con que Gabriel del Río avizoraba, antes de su muerte, lo que vendría. En el Pueblo, ya no se construían bohíos, sino casas. La cantidad de gente blanca que vivía como agregados, arrimado, eran tan alta como la de esclavos y había tantos pardos y morenos como agregados blancos. Con la inmigración venezolana, llegaron muchos esclavos con edad productiva. Y, para 1828, su número se censó en 615 personas negra en servidumbre forzada. Los emigrantes, venidos de España, sumaron 112 peninsulares y otros 16 de origen extranjero.

EL Gobernador de la Torre no era como Arostegui, a quien Del Río podría comunicarse utilizando términos ta fuertes como la tiranía del hombre próspero contra el labriego humilde. A lo que De la Torre contribuiría, ya se lo había advertido, el temor «que los infelices no progresen y que la agricultutra [...] pase a pocas manos y que se conserven incultas multitud de tierras», razón de la «vagancia y el aburrimiento» [Méndez Liciaga, 31].



Foto

Notas bibliográficas
Abreviaturas

A.G.I. Archivo General de Indias, cuya sede es la Casa Lonja de Sevilla (España).

L.S.D Last Days Saints 's Archives Microfilms

A.G.H.P.R. Archivo General Histórico de Puerto Rico (con sede en San Juan de Puerto Rico).

A.R.A.P.R. Archivo de la Real Audiencia de Puerto Rico, donde se contiene el Archivo General de Protocolos (de 1790 al presente, de las Escribidurías de Guerra y Marina), sede en San Juan de Puerto Rico.

A.C.A. Archivo de la Corona de Aragón, Provincia de Barcelona, Cataluña. colecciones o libros de la Editorial Universitaria).

B.C.I.A.C. Biblioteca del Centro Iberoamericano de Cooperación (Madrid). España.

* f.s.n. folio sin numerar

* * *

[1] Rafael Picó, «Geografía de Puerto Rico» (Editorial UPR, Río Piedras, 1954), p. 18. Con referencia a la hidrografía de San Sebastián del Pepino, se informa: «(Pepino) está regado por los ríos Grande de Añasco, que le sirve de limite por el sur con el municipio de Las Marías; Culebrinas, que atraviesa su territorio de este a oeste, y Guajataca, que penetra en su territorio a la altura del limite entre los barrios Juncal y Cibao. Los afluentes del Grande de Añasco que también riegan a San Sebastián son las quebradas Sumaria, Las Cañas, Alto Sano, Caña India y La Mona. Al Culebrinas tributan sus aguas los ríos Juncal, Guatemala, que nace en el barrio Aibonito, y Sonador, que nace en el Calabazas. El Guatemala tiene de afluentes a las quebradas Chicharrones, de la Boca y del Guano; y el Sonador a las llamadas Quintana, del Anón y de las Lajas. Además, al Culebrinas tributan sus aguas las quebradas Grande, Lajas, Collazo, Moralón, Bejuco, Zalla, Salada, otra más de nombre Grande, Loro y El Salto. En el cauce del río Guajataca, entre los barrios Guajataca de Quebradillas y Aibonito de San Sebastián, se forma el lago Guajataca».

[2} Los estudios de Eliut González Vélez sobre un poblamientos en el Valle del Culebrinas y los barrios de Pepino del 1690 a 1763 es una gran novedad historiográfica, que había sido vaticada por J. Nicolás Oronoz Font. Ver: «San Sebastián de las Vegas del Pepino: Su Geografía, Apuntes sobre sus barrios» (Publicaciones VegoEli, Guacio).

Según opinión de J. N. Oronoz Font, la familia González de Mirabal, exploradores pioneros de este barrio, fueron 'hidalgos poderosos'. Es muy probable que fungieran como Tenientes a Guerra, o de Justicia Mayor, sin la existencia de un cabildo y sin una Casa del Rey siquiera construída, ya que tal cosa fue común. Un teniente de este tipo si tenía vínculos con un Gobernador de provincia, o si se convertía en su representante, tenía la autoridad de intervenir y votar en los asuntos de una aldea, aún no siendo oficiales de cabildo alguno. De todos modos, lo que faltan son las verificaciones documentales acerca de cómo funcionó la estructura político-jurídica local en los primeros 50 años de historia del Pepino.

En torno a los albores de historia de la aldea urbana, Pepino no se formalizó un cabildo ordinario regular sino tardíamente. Si es cierta una afirmación de D. Dolores Prat quien dijo «hubo un tiempo en que no había más alcalde que los ricos de los barrios» (sic.) y, por ello alegara, que en el Mirabales de 1800, «el único con autoridad fue Josep Vélez» (sic) y después el mayor de los hijos de éste, Francisco José ('Paché'), la posibilidad de una autoridad civil señalaría al hecho de que los alcaldes de barrios fueron predominantes y su ejercicio público aún anterior al desempeñado por los regidores. En este caso, se trataría de una concesión de poder espontánea y autolegislada por la comunidad hacendataria. Los hacendados mirabaleños José y Miguel González de Mirabal —de hecho, los protectores de Josep Vélez, inmigrante catalán de Vinarós y quien recibió tierras de ellos «sin renta ni pago, antes de que el pueblo fuera pueblo» (D. Prat), se documentan como los primeros alcaldes ordinarios; pero no se han hallado los nombres de sus regidores. F. vid nota 5.

Desde el Partido del Pepino incipiente se abrieron los caminos a las zonas de espesura y bosques que vendrían a ser los pueblos limítrofes, dándose entre sus nombres Camino de Añasco, como el predominante, 'a Lariz' y 'a la Aguada' como los más antiguos, Camino de La Moca (para 1774) y a Utuado, como el que más trabajo brindaba a los desempleados una vez se agotó la caza y la demanda de artesanía por haber sido tan precarias industrias en El Pepino.

En el año 1769, se tenían registradas al menos 110 estancias, dedicadas a la ganadería y al cultivo de subsistencia en el pueblo de Utuado. González Vélez en sus trabajos de historiografía pepiniana nos lleva barios tan antiguos que exceden a los 60 años de la fecha convenida de fundación oficial. Ver: Andrés Méndez Liciaga, «Boceto histórico del Pepino» (Tipografía La Voz de la Patria, Mayagüez, 1925), ps. 2, 9, 28, 84-85 y 117; además, Cayetano Coll y Toste, «Boletín Histórico de Puerto Rico,» tomo 12, p. 42 y «Reseña del estado social, económico e industrial de la isla de Puerto Rico» (Imprenta de La Correspondencia, San Juan, 1899), ps. 15, 314-316.

[3] Esta queja de F. Abbad y O'Really sobre las desidia y falta de industriosidad es injusta si se entiende que mucha de tal gente una vez que escapaba de las costas y puertos, yendo hacia los campos, en realidad iba a criar hatos de ganado vacuno y de cerda y lo hacía para su subsistencia por razones fuera de su control. El bucanerismo. Ni se puede confundir la búsqueda de una vida apacible y sencilla con vagancia e ineptitud para el trabajo.

La descripción de gente, en casi toda la isla, como «de, por sí muy desidiosa y sin sujección alguna por parte del gobierno» recuerda los prejuicios del cronista Fernández de Oviedo, en «Historia General y Natural de las Indias». cuando se explaya sbre «esta gente destos indios de sí misma es para poco, e por poca cosa se mueren o se ausentan e van al monte; porque su principal intento (...) era comer, e beber, e folgar, e lujuriar, e idolatrar, e ejercer otras muchas suciedades bestiales».

[4] Carlos López Dzur, «Epica de San Sebastián del Pepino» (v. en internet); «Gabriel del Río, el defensor de la comunidad», en internet, sobre sus quejas emitidas desde1820 por Del Río sobre desfalcos de tierra que e ante el Secretario del Ayuntamiento, Juan Coll y Grau y otros males, que incluyen el monopolio y la usura, falta de escuelas, deficiencias del mismo sistema tributario ni tiene método ni buenas bases. No hay médicos y, en adición, en el Pepino se ha esparcido un brote de calenturas y vómitos, la explotación del pequeño labrador, «comprándole sus frutos en flor hasta en un 50% menos de su valor de cosecha». Y, para sorpresa de los miembros del Ayuntamiento, utilizó la palabra «tiranía» en una carta que enviara al Gobernador y Brigadier Gonzalo Arostegi Herrera, Caballero de la Orden de Calatrava.

[5] López Dzur; «Entrevista con Doña Dolores Prat: Notas y Grabaciones (1972)», en: «Trece monograf1as de Historia Municipal Pepiniana» En la historia privada de la familia Prat-Vélez, de Mirabales, hay testimonios significativos sobre el patriarca Manual Prat en tareas de disuadir a su hijo mayor (Edelmiro Prat Vélez) de enlistarse en el servicio militar, o cursar tal carrera. Le dijo que si quería ser útil a la Mare Patria que se hiciera médico, que más se lo agradecería el país, que está lleno de anemia y de bubas (sic.). Y también se recordó cómo, en la misma familia, uno de ellos (Luis Prat, o Prats) que se hizo capitán del ejército recibió maldiciones (entre los suyos) el día que se fue a San Juan. También se alegaba que Manuel Prat y Paché Vélez trataban con piratas y esclavistas de Jamaica y Haití, desafiando grandes penalidades impuestas por el gobierno español, ya que el tráfico de esclavos había sido abolido por España en 1820. f. vid., «Solicitud de Domicilio fulminada para un reclamo de Los Velez», 17 de julio de 1820, AGHPR, Caja 580, s.f. Según un testimonio documental, para el avecindamiento de Prat-Aysts, elalcalde José de la Xara solicitó a Los Velez una carta dotal para Nicasia Nicasia Vélez (que Josep Vélez Güemes no produjo) y un nombraniento de Manuel Prat como albacea y apoderano de bienes. Prat-Ayats presentó cartas de ejecutoria que la favorecían por informes de una familia Gavarres y Tuyet (en el documento, Tullet).
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