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Cuento: El hombre que enamoraba las hormigas
A Adolfo Medina González (1867-1925), abogado, poeta y periodista pepiniano

«... los hormigas son chiquitas, pero tambián pican»: Adolfo Medina


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Por CARLOS LOPEZ DZUR
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Esta historia la contaba Adolfo Medina González cuando buscaba memorias viejas para sus Medinadas y, a su saber, según dijo una vez para justificar sus artículos políticos en El Pobrecito Hablador, periódico mayagüezano, cierto personaje, anarcosindicalista de Barcelona, fue quien inspiró tal nombre.

El pobrecito hablador es una gran ironía. Es una fábula muy llena de vida. Explica un perro, fiero en sus tiempos, que dejó de ser bravo. Retozaba con las hormigas. Y que, por amor, no les pasaba su lengua pegajosa por encima. Y sobre el pobrecito hablador quien mejor supo porque lo recogía de la calle, de sus borracheras y de sus desamparos, fue un pepiniano que se fue al exilio, Manuel Epifanio, y que no volvió más, «porque este pueblo es ingrato y no aprende y tiene sus propios noveleros, círculos de verdugos, y no oyen a los pobrecitos habladores que mucho ha sido lo que tienen que decirnos».

El conoció a Manuel Liciaga, cuando ya estaba muy viejito. El y su hermano Fermín, que se quedó en Pepino, eran quienes le hablaban sobre pobrecitos habladores, como aquel de Barcelona de su cuento y, así hay otros que escuchan a los perros apaleados, que alguna vez fueron criados sólo para la caza o para verdugos.

Ahora que escribe medinadas, a don Adolfo, el abogado, le viene el recuerdo del Dr. Liciaga. El sí oyó a los perros cuando eran bravos y vio los circos de los depredadores, cazadores urbanos de alguien a quien dar por medio muerto. Manuel Elpidio, ahora médico-cirujano en Barcelona, viene de una familia de buenos oídores. Unos como sus primos Corchado de Isabela, otros son como los Juarbe y Liciaga de Pepino. La política, no necesariamente como pelea de galgos, antecede a su nacimiento. Corre en la sangre ancestral de Martin Juarbe, alcalde isabelino, y fluye en la sangre de Manuel Corchado Juarbe. Este fue el gran héroe y modelo del Dr. Liciaga. Se lo instruyeron a él y a Fermín con este dicho: «Con España, hemos sido como hormiguitas mansas, siempre afanosas; pero cuídense los provocadores de lo mucho que pica un hormiguero».

En 1873, Manuel Corchado Juarbe fue Diputado a las Cortes Españolas. Y las cortes, casi siempre han sido un circo, máxime con la Constitución de 1876 que redactó Alonso Martínez. Esta es el ideario de Cánovas del Castillo. Ni a Manuel Corchado ni a su primo, el Dr. Liciaga Juarbe, le gustara ese embeleco. A un mismo tiempo, es como aceite y vinagre, posa como la más conservadora en su esencia y liberal en los raseros, recalcitrante y monárquica y engaña a moderados de centro. Entonces, no hay constitucionalismo ni del 1810 ni el 1869. Hay un vapor malo de agujero de leguleyerías del 1845.

Por otro lado, la ley electoral de junio de 1870 tiene entretenidos a los puertorriqueños. Se ha formado en Partido Liberal Reformista y ya algunos que tales dan se sienten reformistas verdaderos, no siéndolo; piden el autonomismo, como mansas hormigas ante el aliento de un perro. Los más, aquellos que no se involucraron en la Revolución de Lares, callan las ansias de abolicionismo. Una hormiga negra, peón o artesano, es para que aguante más que la lengua venenosa y rasposa de los galgos. «Que el sufragio universal, después de todo, no será para ellos. El esclavo a su faena, a su debido tiempo, sin mucho apresurarlo para que no haya represalias, las hormiguitas mansas, poco a poco, lucharán por ellos».

Aún no quedó claro, con la Constitución que mandó a zurcir Cánovas del Castillo, qué tipo de sufragio habrá, pero dos años después elaboraron una ley electoral que restituyó el sufragio censitario y se guardó el Sufragio Universal masculino. Cuando Manuel Corchado aceptó competir por un escaño en las cortes de diputados fue porque el rey Amadeo I, el pendejo, abdicó el 10 de febrero de 1873 y los madrileños se alborotaron como un hormiguero y tomaron los puntos principales de las calles. Apoyaron a los diputados republicanos. Sí. Las hormiguitas mostraron el poder proclamando la República.

Cuentan que en Pepino, lo ha escrito don Adolfo en sus Medinadas, el español Pascasio Moreno, aquel elocuente y poderoso liberal republicano, como David en gozo, el hijo de Salomón el Sabio, se sacó los zapatos, se quitó la chaqueta, la camisa, casi se quedó desnudo, al dejar sus calzones en la Plaza Alfonso XII, y se puso a bailar. Escribió que eso mismo le imitó el más grande de los pobrercitos habladores de este pueblo, Juan Tomás Cabán y Rosa, y bailaron por horas, sin importar que Diabolín, el poeta estuviera mirando, y dio tiempo a que llegara Venancio Esteves, Guillermo Serrano, Fermín Liciaga Juarbe, Basilio Arvelo, Cesáreo Méndez, Baldomero Roig Soto, los Maury recién llegados, en fin, los mejor de entre los pobrecitos habladores que, siempre testificaron que España fue como una perra malparida que no ha querido otra cosa en Puerto Rico que ignorancia, que no tengamos unversidades ni escuelas para el pobre, sino luchas internas, políticas y de clase, reyes y capitanes generales que se impongan en su perdido imperio en Suramérica y, finalmente, en Cuba y el Caribe... Ni el propia España, que las guerras carlistas han desangrado, ha querido a sus pobrecitos habladores... El modelo unitario y centralista sigue siendo el inspirado por Alfonso XII, para la supresión de los fueros vascos y la rivalidad permanente con una Mancomunidad catalana. O con un anarquismo creciente...

A pesar de que bailaron en la Plaza, ni la alegría de la primera ni segunda república entre esos hormigueros adventicios durará. Y la razón es la siguiente y Don Aldolfo así lo explica: «Hubo una vez un hormiguero prohijado por Etanislao Figueras, Francisco Pi i Mergall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar, unos perros habladores en tribunas de la República Unitaria, o la Federal, que fue el mismo agujero; pero el pueblo era entonces como una gran jauría. No se consideraban parte de ese agujero de la minoría. La minoría de los pobrecitos habladores».

Y, cuando de España regresó Manuel Corchado Juarbe, se quedó en su casa del barrio Arenales Altos, en Isabela, y llamó al primo de Pepino a verle. «Manuel Elpidio, con tanta ilusión, yo ví la República; abogué por todo lo que hablamos, el fin de la esclavitud del negro, una universidad para la isla, el relevo de los tiranos que gobiernan y nos persiguen en este Puerto Rico, la anulación de la pena capital y el vil garrote... y no ha resultado nada. Han dicho que soy un hablador, un reformero, que no importa que yo haya sido electo diputado, si quienes me han tolerado cuando abro mi boca son hormigas débiles, frágiles como fue Figueras, apoyado por los unitarios; termitas de una colmena federal como Pi i Margall, muy bocón para ser hombre de estado, pero, con libros de intelectual que se los va comiendo la polilla... A las hormigas se las lleva el viento. Los hechos sobrepasan sus fuerzas... No hay unidad en España y las provincias o cantones se han ido levantando. Se han rebelado, sin concierto, contra el Estado. Cuando ocurrió en Alcoy, mi admirado Pi i Mergall, federalista, tomó las de Villadiego. Dimitió y quedó Salmerón y Cartagena en armas contra la República. El perro de una violencia amarga ha hecho que la pena de muerte, por la que tanto luchara, sea reestablecida... Castelar, si tú lo vieras, Manuel Elpidio, descaradamente aliado con la Monarquía, sofocando a anarquistas, cantonalistas, carlistas majaderos y patriotas de Cuba... En Bardelona, me cerrabaron la revista «Las Antillas», que fundé con José Coll y Britapaja... el hormiguero allá es peor que el nuestro».

La dictadura comenzó con el General Serrano que ha disuelto las Cortes. El abogado Corchado ya no tiene foro ni trabajo. Desde Sagunto, en diciembre de 1874, el general Martínez Campos lo predijo: ya jugaron las hormigas con la lengua del perro. Ya es hora de que la restauración de los Borbones al hijo de Isabel II, ponga el orden y esté en el trono de España. Alfonso XII que sea el rey y Cánovas del Castillo, voz que lo represente. «Estamos pues, primo, donde comenzamos. El perro viene a morder y a pisar el hormiguero. Estoy triste, avergonzado, primo mío».

2.

Esta historia la contaba Adolfo Medina González cuando buscaba memorias viejas para sus Medinadas. El la conoce bien porque aunque Manuel Corchado y, su primo, el Dr. Manuel Elpidio Liciaga, se fueron a Barcelona y allá murieron, en Pepino estuvo Fermín Liciaga Juarbe y Estefanía, otra hermana, casada con Avelino Méndez Martínez. Se fueron porque los conservadores comenzaron a ganar cada elección, con la nueva Constitución del canovismo y la restauración monárquica. Toda una fiera corruptia, o circo de emperadores que ajotan a sus perros. Ganaron en 1876, 1879, 1881, 1884, 1886, 1891, 1893 y 1896. A los liberales, pobrecitos habladores, les evitaban que siquiera participaran de los procesos eleccionarios del caciquismo. Bastaba ser masón, espiritista y reformero, para que le vieran como hormigas vulnerables. Les metieran en presidios, les sospecharon anarquistas, ateos, comunistas, heterodoxos, quema-iglesias, come-vacas, manos negras, subversivos, hijos de la Gran Puta, antiespañoles, jacobinos, tarados, indeseables, gusanos. Y, por el contrario, a los perros caza-presas todo estaba permitido. El Capitán General de Madrid, sí, Pavía, se dio el lujo, como si fuese Emperador de los Circos Romanos, de penetrar a caballo en el hemiciclo de las Cortes seguido de fuerzas de la Guardia Civil.

Había dicho un cierto loco anarquista en Barcelona que a Castelar ese día le dieron hasta patadas en el culo y dimitió. O lo mataban.

Ahora a don Adolfo le viene al pelo el recuerdo de los Corchadoy los Juarbe. Ha buscado ejemplares amarillentos de revistas españolas, aquellas que él tanto leía, porque hablan de esos días, años que vieron bailar a los pobrecitos habladores en la Plaza del Pepino. Días que Fermín Liciaga Juarbe y su hermana Estefanía recuerdan con tristeza porquE aquellos dos valientes, por no querer conformarse ante las burlas de tantos vascos y catalanes engreídos de los que había en el Pueblo, liaron bártulos y se fueron a Barcelona a reintentar meterse y ver claro desde el mismo ojo del huracán y es, cuando lamentan, que dejaran de verlos para siempre.

Al periodista de El Pobrecito Hablador, gacetilla mayagüezana, lo que le importa no es recordar el descrédito que produjo en España aquel gesto heroico y suicida de los pobrecitos habladores, entre quienes Corchados y Juarbes eran unos. El no quiere hablar sobre la reina Isabel II, sus puterías y excentricidades, ni de su hijo que llegara a España en 1875, como todo un cachaco del Theresiarum y graduado de la Academia Militar de Sandhurst (Inglaterra), a patear hormigueros y pasar lengua rasposa sobre cada gusano.

Su labor será mucho más modesta, muy simple. Quiere recordar al viejo Manuel Elpidio, quien cuando médico en Pepino le curó la farfallota. El sí supo qué exactamente debe ser un médico, si es que va a curar las almas tanto como los cuerpos. El sí fue mentor de muchos estudiantes, corazón del Pepino en Barcelona, y tenía un alma de niño. Si bien decía que leía con interés las fábulas de Esopo y Samaniego, mucho más las fábulas vivientes, encarnadas en los pobrecitos habladores.

Mientras escribía su libro El médico en la casa del niño, Liciaga Juarbe conoció a un anarquista viejo de aquellos que Juan Antonio Hernández Arvizu, pepiniano de alcurnia, asesor de los Reyes, odiara y procesara en tribunales. Al anarquista le dieron una tunda torturante durante del Gobierno de Sagasta. Eran los días de La Mano Negra en Jerez de la Frontera, según reportajes escritos por Leopoldo Alas. Días en que un jerezano, estudiante de Leyes como fuera Manuel Corchado y el pobrecito apaleado, éste buscó refugio en Barcelona. Dicen que cruzó del Sur al Norte, a pie para que la Guardia Civil no lo rematara. De Jerez a Barcelona... Se fue donde nadie lo conociera, con los huesos blanditos y la sesera afectada. Se alimentó de mieles robadas a los panales, comía hojas y se entretenía con hormigas. Llegaron a decir que era disparatero porque, si bien le negaban el pan, lo emborrachaban para que hablara como un payaso de sus aventuras y de las cosas que dijo a Leopoldo el Clarín cuando lo entrevistara para el periódico «El Día» de Andalucía.

«Aquí comenzó todo», explicaría don Adolfo Medina. El fue recogido, ebrio de la calle. Lo escuchó, con atención, sutilmente curioso, el Dr. Manuel Elpidio Liciaga, cuando iba rumbo a un hospitalillo que creara para pobres. El loco estaba divirtiendo a los curiosos. La guardia civil se caracajeaba al oírlo. El anarquista loco estaba contando sus recuerdos. Contó la historia de un perro que enamoraba a las hormigas y, con el hocico y lengua afuera les ladraba con amor, sin atraparlas.

Aquello era amor, no lamidas y dijo que fue el perro más bravo del Pueblo. Ni hormigas ni pulgas soportaba en la cola y él lo vio manso, con ojos más dulces que los de una enamorada. «Aquel perro», decía a quien llamaban el Pobrecito Hablador, el pordiosero de las fábulas chistosas, «estaba enamorado, dialogaba sus amores, hacía el amor con las míseras termitas».

Y se burlaban de él. Sabían ya que anduvo a pie por toda España haciendo cuentos tales desde los años de su golpiza por protestar la ejecución de quince campesinos en la Plaza del Mercado de Jerez de la Frontera. El recuerda la fecha: 14 de junio de 1884, es decir, el mismo año que Manuel Corchado, en esfuerzo por representar al Distrito de Aguadilla en las Cortes Española como diputado, recibió una gran patada y menosprecios de caciques.

Entonces, decidió morirse. Lo mataron los corajes y la amargura. Había sido electo con los votos, del modo más legítimo, y le hicieron chanchullos. Le robaron el cargo. Le dijeron otra vez que era un valepoco, pila de mierda, y ni su primo, el Dr. Liciaga, su pañuelo de lágrimas, lo pudo consolar y murió Barcelona, testigo de sus ojos y su abrazo en despedida.

Aquí, en los días en que Cánovas del Castillo y Alfonso XII, esposo de la reina María Cristina, son uña y carne, en medio de la tristeza que le embargara por la muerte de Corchado, aquí en una plazoleta cerca de Las Ramblas, está el anarquista loco contando la historia de la hormiga que un animal, antes fiero y peligroso, seduce dulcemente.

Le hacen rueda. «Ha de ser muy pendejo ese perro que no busca una hembra y la ensarta por el culo. No ha de ser tan provocador como dice», dijo un guardia civil que pretendía una sagacidad que no tuvo al oir al fabulista.

Y fue cuando el anarquista, ya molesto con sus impertinencias e interrupciones, le dijo: «Oígame... observo que usted no ha entendido nada. Ese perro del que hablo no es un perro. Es el poder del pueblo. Esa dulce mansedumbre que hoy tiene con el hormiguero no es la sandez ante una masa numerosa. El hormiguero es la comunidad organizada. Es la patria. Las hormigas son la clase obrera y la gente alrededor del perro, que lo ajota a que lama y con la lengua las aplaste, son la verdadera jauría. Usted es uno de esos noveleros. Así es que usted entiende la política, novelería de chusma. Así son sus Cortes, audiencias de noveleros, creadores de legislaciones agresoras, peticiones de un poder aplastante, dientes, lenguas, patas y azotes de rabo, contra el pobre... pero el perro devorador, odioso, de mi cuento ha quedado en el olvido. Esta es la nueva etapa y perspectiva del sentido de la historia. Estoy hablando para ustedes, hijos del Circo Romano, sobre un futuro. Les profetizo un nuevo Poder de amor solidario, no de la fuerza de un Estado represor y coercitivo. Ese perro bobo sabe más que usted. Más que todos ustedes, españoles de espadas y sables. Ese perro compadece. No ve al prójimo como simples gusanos, hormiguitas. El ve lo alternativo, los potenciales futuros, esperanzadores y sabe que el día que haya unidad en ese hormiguero, de criaturitas frágiles, la rebelión será mayor que en Jerez de la Frontera o en Alcoy donde se lucha por trabajo, libertad y autonomía».

«¡Usted es un pobrecito hablador», le dijo el guardia, dándole la espalda, moviendo la cabeza con rechazo y marchándose.

«Los hormigas son débiles, pero en grupo pican», le gritó el loco.
Por su parte, el Dr. Liciaga no le perdió la pista. Escribió en una carta, desde Barcelona, a sus parentela en Pepino, antes que la muerte también a él le cerrara los ojos, el 27 de octubre de 1900, que había escuchado la fábula más maravillosa que alguna vez escuchara y que, pese a la muerte de Manuel Corchado, la sonrisa que le produjo el cuento no se le ha quitado. Confesó que cinco años después de la muerte de Corchado murió el fabulista y que espera al morir él, recordarlo. El donó el ataúd y el noble entierro del anarquista en 1890.

03-14-2004

De «El pueblo en sombras», libro en preparación
*
[«El Pobrecito hablador», periódico dirigido por Adolfo Medina, editado en Mayagüez (Puerto Rico) de 1900 a 1902, dedicado a la defensa de los trabajadores; más que anexionista, Medina González fue un socialista-anarco, adcrito inicialmente al Partido Republicano de Barbosa. En 1903, publicó una recopilación de artículos con el título Medinadas. Fue biográfo del poeta Luis Rodríguez Cabrero (Diabolín), ensayo publicado en 1923, dos años antes de morir en Aguadilla.]
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