Me siento aterrado por algo
nuevo, por una situación inédita para mí: estoy, por primera vez, de acuerdo con
la enorme mayoría de la gente. La clase media reaccionó como yo hubiera
reaccionado, más allá de que tengamos o no razón. No estaba acostumbrado a
tantas coincidencias. Tengo 62 años. Pasé gran parte de mi vida criticando a los
gobiernos: nada raro, salvo que uno sea un talibán. Pero también critiqué la
reacción de mucha gente: la forma masificada en que procedía gran parte del
pueblo al ser engañado. Pasó durante el Proceso, con los famosos "no te metás",
"acá no pasa nada" o "algo habrán hecho" de la puta clase media. O durante la
Guerra de Malvinas, cuando hasta la gente de izquierda vitoreaba a Galtieri y
decía que íbamos ganando. Después hubo un golpe de Estado económico y Alfonsín
no tuvo huevos para denunciar a los lobbies. Después vino la década menemista,
cuando se pensó que Puerto Madero era el mundo y que las autopistas se parecían
a las de Miami, como decía Susana Giménez. Mientras tanto, se hacían
privatizaciones fraudulentas y la desocupación y subocupación iban en aumento.
Para colmo, la clase media compró el uno a uno, vendido por Menem y sus
secuaces. A tal punto que en 1995 algunos bien pensantes se me acercaban a la
salida de mi espectáculos para decirme que había sido demasiado duro. En 1999 me
decían lo mismo, pero respecto a De la Rúa. "No lo pongas en la misma bolsa que
a Menem", me sugerían. Yo les decía que se quedaran tranquilos, que lo iba a
poner en otra bolsa, porque no iban a entrar ambos en la misma y porque el olor
iba a ser
insoportable.
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Hay
que reconocer, de todas formas, que la Alianza tuvo algunos méritos. Unificó el
odio, por ejemplo. Hacía tiempo que no veía un odio tan homogéneo. Eso tiene su
cuota de virtud porque, aun en las peores situaciones, es algo lindo tener
sentimientos colectivos. Como decían algunos españoles después de la dictadura:
"¡Qué bien que estábamos contra Franco!
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Ahora
llegó Duhalde, como si no hubiera sido parte de la clase política que propició
esta situación extrema. Los punteros políticos del Gran Buenos Aires juntaron a
mil tipos pagos, los llevaron a Plaza de Mayo y se cagaron en la gente que había
hecho los cacerolazos. La clase política nos quiso vender que había hecho una
especie de Pacto de la Moncloa, cuando en realidad había hecho un arreglo de
conventillo para asegurarse su continuidad y su beneficio: un nuevo pacto
radical-peronista. Deberían haber tenido un gesto patriótico. Hasta ahora, el
único gesto que tuvieron es un corte de manga. ¿Qué puede llegar a pasar?
Después de lo que prometió Duhalde, si no se respetan los depósitos corremos el
peligro de que la gente ya no salga con cacerolas sino con fusiles. El 90 por
ciento de la plata que quedó en el corralito eran depósitos de menos de 30.000
dólares: la guita de los pobres tipos a los que Cavallo les había dicho que
apostaran al país. A mí me quedó todo el dinero adentro. Hace poco estuve en Los
Angeles y me dijeron: ¿Por qué no transfiere sus ahorros aquí?. Yo,
después de haber criticado a los que sacaban la plata del país, dije que no:
pelotudeces de los que nacimos antes del 40. Ahora me cagaron, aunque mi caso no
es de los más patéticos. Nos obligaron a todos a hacer interminables trámites
bancarios. Debería haber puesto mi plata en Alaska, debajo de un bloque de
hielo: prefiero que se me congele allá antes que en los bancos de la
Argentina.
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Nos
hablaron durante años de liberalismo a ultranza. Nos dijeron que la única
regulación debía ser la del mercado. Pero las medidas que tomaron fueron
absolutamente intervencionistas. Estamos como en Cuba pero sin playa. ¿Cómo es
posible que no puedas disponer de tu dinero? ¿Eso es socialismo? No, el
energúmeno de Cavallo no tomó medidas intervencionistas para imitar a Fidel
Castro. Simplemente, no sabía qué hacer y tuvo un ataque de nervios. Durante el
Proceso había estatizado la deuda: marcó el rumbo económico desde 1982 hasta el
2002. Todavía quedan algunos que dicen que sabe mucho. ¿Qué les falta? ¿Que
Cavallo les entre a robar en las casas con una pistola en la mano? A lo mejor es
buenísimo, pero es un incapaz para manejar la economía argentina.
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Es
muy posible que, más allá de luchar por sus propios intereses, los políticos
trabajen para el beneficio de los poderosos. Pero no me entra en la cabeza que
los grupos económicos y de poder no entiendan que las desgracias de los demás
serán, tarde o temprano, las desgracias de ellos. Cuando más gente haya fuera
del sistema, habrá más delincuencia, marginalidad y depresión económica. Si las
clase alta es indolente, si los empresarios poderosos creen que así cerrarán sus
putos números, están totalmente equivocados. Si piensan así, estamos
perdidos.
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En
general, estoy contento de que hayan tirado el Muro de Berlín, de que se haya
terminado con una serie de dictaduras. Pero el hecho de que el capitalismo
quedara como sistema único ha sido perjudicial en países como el nuestro. Tras
la caída del comunismo, el capitalismo no llenó ese vacío ni le dio una lección
al mundo. Se limitó a decir: el mercado ganó, ellos se cayeron por no tenerlo en
cuenta. Eso no nos sirve. Tiene que haber un equilibrio entre mercado y Estado.
Hay que asegurarle a la gente las cosas básicas: la salud, la educación, el
trabajo. Después, habrá algunos que tengan más y otros menos, que se rompan más
o menos el culo, que tengan más o menos talento. Ahora, la Argentina se quedó
sin sistema. No somos ejemplo de capitalismo ni estatismo: somos ejemplo de
nada.
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Algunos
dicen que en los quilombos de Plaza de Mayo había gente pagada. Aun así, aun si
un tipo acepta hacer despelotes a cambio de unos pesos, eso también habla de la
decadencia económica y moral del país. Tendríamos que calmarnos y presionar
bien, evitando el desborde y el caos institucional, aunque nuestros mandatarios
sean aberrantes. Si permitimos que algún mesías se instale en el poder, será
peor el remedio que la enfermedad. No se debe quebrar el sistema democrático
aunque esté mal representado.
Enrique Pinti
(04-01-02)