arequita - Minas, Lavalleja, República Oriental del Uruguay

 

La eterna bondad de Doña Petra

 Casi podríamos contar las hojas que permanecen en los árboles. El sol brilla pero sin calentar. Las callecitas de la Rambla saludan al San Francisco. Lo mismo hacen con reverencia los sauces llorones, mientras tres o cuatro perros reeditan el juego eterno de disputarse el título de ser el dueño de la cuadra. Las retorcidas y amarillentas hojas son víctimas de un viento frío que las amontona, las acorrala y las vuelve a separar. La "piqueta fatal del progreso" ha tenido compasión de la Rambla. Construcciones de una sola planta, veredas angostas, patios de tierra, palmeras añosas que han vivido el siglo. El San Francisco es solo un suave rumor que se abre vida entre las piedras. Hilo de agua en meses estivales, multiplicado en inundaciones de invierno, jamás muestra estridencias. Su marcha cadenciosa avanza, se abre camino pacientemente. Un barrio que se columpia con el sentir de la raza negra, del tamboril, de los carnavales.

 Pleno invierno. Y algo nos dice el invierno. Un julio como éste se llevó a una ciudadana ilustre de la zona. Un "cable a tierra" para todos aquellos que acudían en busca de una respuesta. A todos atendía con la misma sencillez, desde el más encumbrado de los hombres hasta aquel en el que solo abundaban las carencias. Por aquello de "ama a tu prójimo como a ti mismo"...

 Hay personas que por algo han sido puestas en esta vida. Fuente inagotable para brindarse a los demás, se colocan en un escalón superior del bien y el mal. Nacen para ser queridos, por su obra, por su cálida y respetada estampa.

 Sin ella, La Rambla ya no fue la misma. A pesar que su proficua descendencia muestra orgullosa su estandarte. Hay seres que, más allá de ser llorados en la partida definitiva, dejan vacíos que –todos sabemos- jamás podrán ser llenados.

 Estamos situados en calle Esther Moré, entre 25 de mayo y Domingo Pérez. En esa cuadra se ha escrito la historia grande de un barrio grande, de una ciudad toda.

 Le podría decir que se llamó Petrona Valentina Concepción Correa y tal vez no le resulte familiar. Pero si le digo que se dio a conocer como Petra, simplemente como Petra, ya sabrá de quién estamos hablando.

 Cuando decidimos crear esta sección, de "Personajes entrañables", sabíamos que en un plazo exiguo haríamos referencia a la figura de esta morena, fiel representante de una raza sacrificada, humilde, trabajadora, que encontró bajo este cielo generoso, la tierra fértil y solidaria para criar a sus hijos.

 Doña Petra, así la conocimos nosotros desde el día en que tenemos uso de razón y, aunque mi trato con esta personalidad fue demasiado escaso –recuerdo que nos llevaban a curarnos del "empacho" con la famosa "tirada del cuerito"- sabía desde mi niñez asombrada que portaba valores únicos que la convirtieron en referente de toda una sociedad. Esos flashes que la niñez atesora y resguarda del olvido. Así la recuerdo, su generosa imagen, en su patio de tierra, siempre esperando al que la necesitaba.

 Nació cuando el 1800 casi expiraba. Más precisamente en 1894 y su paso por este mundo cumplió 92 años ya que la convocaron desde allá arriba en 1986.

 Sabíamos que escribir sobre Petra era para nosotros una asignatura pendiente y decidimos intentar empezar a saldarla el pasado lunes sin saber ni por asomo que ese día, precisamente, hacía 14 años que había emprendido el viaje sin regreso. (¿Casualidad, acaso?...)

 Por eso es que decidimos hablar con sus familiares, con quienes jamás se les ocurrirá olvidarla porque les sería imposible hacerlo. Y con esa humildad propia de la nobleza de la raza negra, forjadora también de este país, hablamos con una nieta política de Doña Petra que prefirió no publicar su nombre porque lo que "importa es hablar de Petra, recordarla. No importa quién lo haga", nos dijo con seguridad inconmovible.

 Así supimos que Doña Petra nació en Minas. Más precisamente el barrio de La Plata fue testigo de sus primeros pasos. Vaya a saber qué encanto, que confesión del San Francisco le confirmó que frente a él estaba su lugar en el mundo y fue allí, en la hoy Rambla Esther Moré, donde decidió columpiar su vida.

 Desde niña sintió especial inclinación por ayudar al prójimo y, a través del don de curar que le fue conferido, encontró el vehículo ideal para hacerlo. Sabedora del poder de sus manos, se enteró que en Brasil se dictaba un curso para poder potenciar aquel don. Y hacia el país norteño marchó pensando en todo el bien que podía trasmitir. Al volver, sintió que estaba ya capacitada para hacer funcionar ese don de la mejor manera, buscando el bienestar de todo aquel que la reclamara. También nos enteramos que vendió ropa para llegar con el indispensable aporte económico en tiempos siempre difíciles. Trabajó también en aquellos años, según se recuerda, en la casa del Dr. Borrás, ubicada en el centro mismo de la ciudad. Desde esa época se sabe de sus curaciones, habiéndose casado con Anacleto Mario Cotto, matrimonio del cual nacieron nueve hijos.

 Su arte milagroso consistía en curar a través de santiguados. Todo lo hacía con las manos, trabajando con Santos católicos. Esa misma especialidad fue trasmitida de generación en generación. Primero fue su hija, María Luisa, la que continuó la misma línea. En la actualidad, una nieta política mantiene viva esa llama convertida también en tradición. Sus enseñanzas han trascendido su muerte. El don no se trasmite, sí la enseñanza y, con quien hablamos nos manifestó, orgullosa, que a Petra nadie podrá igualarla porque sencillamente fue única.

 Su fama, basada en su efectividad, en su don de gente, pronto se hicieron conocer. Por ese motivo, además de la gente de Minas, solía recibir contingentes de personas de Montevideo, incluso de la vecina República Argentina, y otros países, convocados, atraídos por la fe que irradiaba su blanca sonrisa. Sabían en la forma en que trabajaba Doña Petra, en la calidez y pureza de sus palabras, de sus consejos, de su infinita generosidad.

 Su casa siempre estaba colmada de gente, personas que confiaban en ella, que creían en ella y veían en sus santiguados y oraciones la cura de los males que les aquejaban, incluso más allá de los problemas físicos o espirituales, buscaban su palabra, sus consejos. Para todos, Doña Petra resguardaba una palabra, una oración, un consuelo. Venían de todos lados. Se recuerda aún hoy que una señora venía una vez al año desde España.

 Siempre trató de cumplir su misión en la vida: hacer el bien.

PORTADA                  PERSONAJES ENTRAÑABLES

alojamiento web gratis
Otros servicios ofrecidos por HispaVista:
Videos, Loterías y Lotería de Navidad
Consigue una página web gratis o un
alojamiento web profesional con Galeón