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Cuenta
el Cossío que desde el siglo XVII se encuentran referencias sobre
ganaderías y ganaderos de bravo.
Consta
que Felipe IV poseía una vacada importante, la Real Vacada, en Aranjuez.
En el siglo XVIII aumentan las noticias con los informes que envían los
intendentes en 1768 al Consejo de Castilla y en 1776 don José Daza
puede caracterizar las ganaderías de cada región.
Pedro Romero,
poderoso técnica y físicamente, se vanagloria de matar cualquier toro
que en el campo paste; sin embargo, Costillares y Pepe-Hillo,
de toreo más colorista y afiligranado, rechazan los toros de Castilla
la Vieja por su aspereza.
De
otro modo:
La escuela rondeña
considera bueno cualquier toro, porque su objetivo fundamental es
prepararlo para la muerte.
La escuela sevillana, en
cambio, que pretende llegar al mismo objetivo adornándolo con todo
tipo de lances y suertes, requiere un toro más seguro.
Esa necesidad sentida por los
toreros sevillanos y por los públicos que los aplauden, hace surgir el
tercer elemento de la ecuación: el ganadero.
El ganadero de bravo surge
lógicamente en Sevilla,
porque allí se da la mayor actividad torera,
porque los toros tienen más extensos pastizales, que les permite
mayores recorridos y mayor alejamiento del hombre,
porque, quizá, una burguesía enriquecida se afanaba por conseguir un
nuevo status social.
Tales
son las circunstancias que llevan a obtener un toro que hiciera posible
el nuevo arte de la lidia.
La raza andaluza presenta «el
prototipo del toro de lidia, con toda la nobleza y bravura necesarias y
con la alegría y vivacidad características, que es el alma de la
fiesta» (Cossío).
Fueron dos sevillanos los
ganaderos que, al fundar sus ganaderías con intención exclusivamente
lidiadora, fijaron el tipo del toro de lidia andaluz:
don Benito Ulloa, conde de
Vistahermosa (1770), que cuidó sus reses
con esmero sin mezclarlas con ninguna otra sangre, y
don Vicente J. Vázquez
(1780), que logró reunir lo mejor de todas las ganaderías, incluida
la de Vistahermosa, para fundirlo en una sola, lo que le permitió
ufanarse de poseer «lo que cada uno de vosotros tiene y además lo
que ninguno de vosotros ha podido reunir.»
Ambos, con magnífica
intuición científica, pusieron en práctica los métodos de selección
que entonces ensayaba en Inglaterra Robert Bakewell y luego aconsejaron
las leyes de Mendel. Además, don Vicente J. Vázquez inició la tienta
de machos en el campo y la tienta de hembras como pruebas
para hacer la selección que habría de llevar los toros a la plaza y a
las vacas a transmitir el misterio de la bravura.
Los
toros condesos, llamados luego del "Barbero" (porque don Juan
Domínguez Ortiz, el "Barbero de Utrera", adquirió el lote
principal de la vacada en 1823) tenían fama de conservar su bravura
durante toda la lidia. Esta casta ha prevalecido sobre casi todas las
demás en el ganado que hoy se lidia. Sus toros eran de pinta cárdena,
negra y melocotón, ojos de perdiz.
Los ejemplares de la ganadería
vazqueña, también originarios de las dehesas de Utrera, de capa tan
variada como su origen, eran mejores en el tercio de varas, pero
llegaban a la muleta muy aplomados. A la muerte
de don Vicente J. Vázquez (1830), fue adquirida en su mayoría por
Fernando VII y llevada a Aranjuez. Luego pasó a los duques de
Veragua (1835), quienes la hicieron célebre y la tuvieron casi sin
cruzar hasta 1927. A principios de 1930 la tiene ya don Juan Pedro
Domecq y Núñez de Villavicencio que la cruza con vacas y
sementales de procedencia vistahermosa, hasta el extremo que, cuando sus
herederos la reciben en 1937, ha transfigurado completamente su encaste
originario.
Luego estos encastes han dado
la semilla de la han derivado, con mayor o menor grado de pureza, todas
las demás ganaderías que han desplazado a las razas originarias de
otras regiones, hasta el extremo de que «hoy el toro de lidia es un
producto pecuario esencialmente andaluz y genuinamente sevillano»
(Filiberto Mira).
Hitos importantes en este proceso
fueron las preferencias, influencia y aún exigencias de algunos
toreros, como
Costillares
y Pepe-Hillo,
que preferían toros andaluces,
Guerrita
que impuso un toro más franco y alegre para su intuición del nuevo
estilo de torear,
Joselito
El Gallo que
impulsó el desarrollo de un toro de «bravura
más prolongada, para aguantar un toreo de mayor poder, menos nervio
defensivo, para facilitar el temple, y más armonía física y de
cuerna, para entrar en los vuelos del engaño y facilitar unos
movimientos más ceñidos y más curvos»
(Paco Aguado), el toro de Belmonte en definitiva.
«La inmensa mayoría de las
ganaderías andaluzas importantes de su época, que eran las más
importantes de España, pastaban en Sevilla y su provincia, en las
tierras de marisma de las que, andando el tiempo, el más productivo
cultivo de arroz, maíz, girasol o algodón habría de desplazarlas
hasta el monte bajo de la sierra, los llanos de Cádiz o los encinares
extremeños. Pero entonces, a primeros de siglo [XX], en 50
kilómetros a la redonda de la Giralda se encontraba el gran cogollo
ganadero de Andalucía. Sobre todo en el solar de Utrera, donde se
forjó la leyenda de las castas fundacionales de Vistahermosa,
Vázquez y Cabrera, y donde, desde tiempo inmemorial, las manadas de
toros se refugiaban de las crecidas del Guadalquivir.
«Todo el valle del viejo Betis, su
campiña y su marisma, estaba plagado de ganaderías, que se criaban
en grandes extensiones ricas en pastos, sabrosas y salitrosas hierbas
como el armajón, la espiguilla o el carretón, que cubrían los
inmensos espacios abiertos hasta la desembocadura en Sanlúcar de
Barrameda. Aquel era el hábitat natural del toro bravo, el lugar
idóneo para su crianza, sin necesidad de aportes alimenticios
complementarios en forma de piensos, antes de que los cercados
sufrieran el arañazo del arado.
«En esas tierras cálidas y fértiles
pastaban los "saltillos", los "santacolomas", los
"murubes", los parladés", los "guadalests",
los "conchaisierras", los "pablorromeros", los
"miuras"... Todos allí, a mano de joselito. y con la
autoridad y el peso con que hablaba de toros, con que opinaba hasta en
los sacrosantos tentaderos de Miura, no es extraño que sus consejos
comenzaran a influir ya cambiar los criterios de los ganaderos en
busca de ese toro que necesitaba el nuevo toreo»
(Paco Aguado, El rey de los toreros,
Joselito el Gallo, p. 206).
Después de la Guerra Civil de
1936 quedó diezmada la ganadería brava y se autorizó la reducción
transitoria del toro. Pero lo que fue una medida de excepción tomó
carta de naturaleza. No son los toreros, sino sus administradores, por
razones económicas, los que imponen un toro disminuido en edad y casta
para hacerlo más cómodo, lo que da lugar a una degradación
del toro de lidia que hoy llega a poner en peligro la propia
naturaleza de la Fiesta.
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