La leyenda de Manolete
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Después de la Guerra Civil, en una España arruinada y dolorida, deseosa de olvidar y necesitada de mitos, se impone la figura de Manuel Rodríguez Manolete, sola y majestuosa. Si como dicen algunos y practicaban Juan Belmonte y Domingo Ortega torear es cargar la suerte, Manolete no toreaba. El suyo era un toreo de líneas paralelas, él en una y el toro en otra, no había encuentro posible; pero era el más valiente, el más pundonoroso y el que mejor mataba.
De este modo, sin rivales posibles, Manolete fue único, no por la excelencia de su toreo, sino por su prestancia, por la majestad y distinción que emanaba de toda su figura y porque, cuando los demás aún estaban sometiendo al toro, él ya le había pegado una docena de naturales, según le dijo en una ocasión a Domingo Ortega, un lidiador de sabor añejo:
La suya fue la segunda innovación del siglo, la del toreo posmoderno, la que abre camino al "pegapases" que ignora las condiciones del toro, porque ya todos los toros son iguales. Pero estaba tan solo y era tan absoluto su dominio, es tan voluble el público en sus pasiones y afectos, que en la temporada del 47 comenzó a reprocharle todo lo que antes le había ovacionado. Manolete se sintió más cansado que nunca y decidió retirarse. Pero antes acudió a Linares donde debía torear el 28 de agosto. En quinto lugar salió Islero,
de Miura, siempre Miura, negro entrepelao
y bragao, que cortó y apretó en banderillas, y empujó luego por el
derecho. Sin embargo, Manolete lo toreó por el derecho y le dio unas
manoletinas "espeluznantes".
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