Lagartijo | Frascuelo | Guerrita | Espartero
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«En aquella época, ya lejana… el público, poseído de enardecimientos fronteros a la locura, luchaba con ardor y discutía sin medida las cualidades y los méritos de los dos ídolos populares: Lagartijo y Frascuelo» (Natalio Rivas). En aquella época, durante la que hubo una revolución, una Restauración y una guerra colonial (1868-98), dos eran las diversiones que llenaban los ocios y pasiones de los españoles: el teatro y los toros. Fue una época de plenitud para el toreo:
Sin embargo, los hombres de la generación del 98, inspirados por la Institución Libre de Enseñanza, regeneracionistas y rebeldes, de espíritu ilustrado, están todos (con la excepción de Valle-Inclán) contra la Fiesta en la que ven lo peor de la peor España. Rafael Molina Sánchez, Lagartijo, el primer "Califa" de Córdoba (1841-1900), tomó la alternativa en Úbeda (1865) y desde entonces su nombre fue obligado en todos los carteles hasta su retirada en 1893.
«De él se dijo muchos años que se podía pagar con gusto el dinero de la entrada, sólo por verle hacer el paseíllo... Hasta él la lidia había sido lucha, caza; con él empezó a ser un juego artístico con plástica y belleza» (Curro Meloja). Incluso Frascuelo, su principal rival en los ruedos, llegó a decir «que el cordobés es el mejor torero que ha parido madre». Alardeaba de republicanismo, aunque sus votos y los de sus amigos iban a parar a las urnas de los candidatos que patrocinaba Romero Robledo, el gran elector de Cánovas. En 1889, en la primera de las corridas que se celebraron en París con motivo de la Exposición Universal (la de la torre Eiffel), se negó a brindar un toro a la destronada reina Isabel II «porque soy republicano». Durante dieciocho temporadas estuvo en su cuadrilla José Gómez, el primero de los Gallos, así apodado por su gallardía y valor, tío de Joselito, que transmitió todo el saber del califa a su dinastía. Salvador Sánchez Povedano, Frascuelo (1842-1898), era granadino de Churriana de la Vega; pero residió en Madrid desde niño, tuvo por maestro a Cayetano Sanz, el mejor y más elegante torero madrileño del siglo XIX, de quien tomó la alternativa (1867), y en Madrid murió de una pulmonía.
Fue partidario entusiasta del
príncipe Alfonso, quien luego de ocupar el trono lo honró con su
amistad, y colaboró a la restauración de la monarquía, figurando en las
milicias alfonsinas como sargento en el batallón que se llamó del aguardiente. Rafael Guerra, Guerrita, el segundo "Califa" (1862-1941), se retiró de los toros en una corrida de Zaragoza el 15 de octubre de 1899, cansado de la intransigencia del público y de la hostilidad de la prensa, hastiados ambos de su poderío y de su insolente soberbia: «Después de mí, naide; después de naide, Fuentes», había dicho.
Torero enciclopédico, «sabía y podía más que nadie»; con la capa, las banderillas y la muleta no tenía rival, y con la espada muchas veces superaba a los mejores. Impuso el toro de cinco años, más pronto, alegre y apto para el toreo artístico, exigido ya por el público, que el toro viejo que se lidiaba entonces, muy peligroso por sus resabios y reacciones inesperadas, lo que le permitió introducir cambios en la verónica, el cite de costado, y en el natural «para que una vez terminado el pase quede el diestro en posición de repetirlo» (Tauromaquia). Es decir, pone las bases de la ligazón de las faenas, seguramente inspirado en el toreo de su maestro Fernando el Gallo. Había tomado la alternativa en 1887 de manos de Rafael Molina Lagartijo.
Manuel García Cuesta, Espartero (1866-1894), murió en la plaza de Madrid el 27 de mayo de 1894 de la cornada de Perdigón, un toro de Miura.
Lo llevó a la muerte el empeño de los sevillanos de enfrentarlo, en una rivalidad desigual e imposible, con Rafael Guerra Guerrita. Toda Sevilla lloró su muerte en coplas diversas. |
| Espartero,
Esparterito, no te vayas a morir, que las niñas de la Alfalfa se pondrán luto por ti. |
Los toritos de
Miura ya no tienen miedo a nada, que se ha muerto el Espartero, el que mejor los mataba. Vaya una pena que ha muerto el rey de los toreros; de luto está Sevilla entera y se han teñido los pañuelos de negro todas las cigarreras. |