Costillares | Pedro Romero | Pepe-Hillo
| El toreo a pie surgió
cuando la nobleza, fascinada por los usos y costumbres
versallescos traídos por Felipe V de Borbón (1700-1746) o bien
por cortesía hacia el rey, que consideraba la Fiesta un espectáculo
bárbaro y cruel, abandonó las plazas y el toreo a caballo.
Entonces el pueblo, la plebe, aprovechó la oportunidad, saltó a la arena, se apoderó de la fiesta y creó el toreo tal como hoy lo conocemos. Era el primer paso de la revolución que, apoyándose en el motín de Esquilache (1766), alumbraría luego en el siglo XIX (1808, 1836 y 1868). Durante el primer tercio del siglo, hasta 1733 cuanto más en Sevilla, los varilargueros, los conocedores y mayorales de las ganaderías, sucedieron a los señores; pero a partir de esta fecha el matador de a pie se impone indiscutible en el favor del público.
En 1761 aparecen los primeros
carteles de toros: de 1763, anunciando la inauguración de la temporada
en Sevilla, es el más antiguo que se conserva. Y en 1771 fallece el
gaditano José Cándido, el primer torero de fama muerto en la
plaza cuyo nombre conocemos. Fue en El Puerto de Santa María y el
pueblo lo cantó en coplas:
y ayí remató su fin, le mató un toro de Bornos por salvar a Chiquilín y a otro día siguiente salieron toos los toreros vestíos de negro. No obstante, en aquel tiempo la fiesta era tumultuaria, sin orden ni reglas, tanto que la autoridad tenía que recuperar el espacio festivo con la ayuda de un piquete de tropa que hacía el despejo; luego intervenían los toreros al azar de la oportunidad y practicaban la suerte que mejor conocían haciendo ostentación de fuerza, valor y osadía, como aquel Martín Barcaiztegui Martincho, vizcaíno o navarro, que retrató Goya. Hasta que en Sevilla apareció Joaquín Rodríguez Costillares (1743-1800), hijo y nieto de toreros, antiguo empleado del matadero como todos los suyos, que al sistematizar y reglamentar el toreo inventó la corrida moderna.
Quizá haya que relativizar alguna de estas novedades, porque Costillares organizó y sistematizó un rico y abundante caudal de suertes que se practicaban de manera caótica; pero sin duda a partir de él la corrida cobra el aspecto con que llega a la actualidad. Terminaba la fiesta y comenzaba el espectáculo; porque tanto la autoridad como los profesionales del toreo tenían interés en apartar del ruedo a los aficionados.
Sus consejos a los aprendices de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, de la que fue director, adivinan con más de un siglo el toreo de Belmonte:
![]() Los cronistas de la época confirman que en sus faenas sólo jugaba los brazos. Tanto era su poderío, que dicen que mató un toro a los ochenta años.
Adornó su toreo con toda clase de suertes y filigranas, conformando un estilo, inspirado en el de su maestro, que se conocerá como escuela sevillana. Rivalizó con Pedro
Romero, que siempre lo derrotó en los ruedos; sin embargo, fue ídolo de
las gentes y lució su gallardía y seducción en los salones de la
aristocracia que lo trataba como a un igual. Por eso, cuando el toro Barbudo
lo mató el 11 de mayo de 1801 en la plaza de la Corte, todo Madrid lo
lloró.
Los tres alcanzaron su madurez y plenitud durante el reinado de Carlos III y los tres torearon en la Plaza Mayor de Madrid con ocasión de la coronación de Carlos IV.
Empieza el siglo XIX. El baile, el teatro y la fiesta de toros son las diversiones favoritas del pueblo; la aristocracia recibe en sus salones a los toreros, que el pueblo ha llevado a la fama y los poetas cantan en versos inmortales, y adopta los modos populares de vestir; Goya, la gran pupila de la época, recoge en sus cuadros a unos y otros. Está en marcha una gran revolución que no tardará en tomar forma política. |